lunes, 3 de septiembre de 2012

Monseñor Eduardo Herrera Riera


Gracias a una maquinita de escribir que le presté,
 se ganó Guillermo Morón sus primeros 10 bolívares”


Luis Eduardo Cortés Riera.

Me recibe Monseñor en su hermosa casa con una generosa sonrisa y cariño. Ello me hace recordar que fue fraternal amigo de Expedito, mi padre. Asisto a esta primera entrevista gracias a Antonio Zubillaga, quien me puso en contacto con el padre Eduardo. Unas graciosas y gentiles monjitas me reciben. Obsequian a mi paladar unos hermosísimos semerucos que seguramente plantaron allí unos querubines. Su habitación esta al final de ese preciosos recinto, vecino de la Plaza Bolívar de Carora. Su memoria continúa intacta, casi sin actos fallidos. Esta jubilado desde hace 10 años el Primer Obispo de la Diócesis de Carora, fundada el5 de julio de 1992 gracias a sus diligencias.
Comenzamos a hablar de sus estudios secundarios. A los 16 años su padre Teodoro Antero Herrera Zubillaga lo inscribe en el Colegio Federal Carora el 27 de septiembre de 1943, dirigido en esa oportunidad por Miguel Ángel Meléndez. Allí  cursa  las asignaturas castellano y Literatura, Raíces Griegas y Latinas, Matemáticas, Ciencias Naturales y Educación Artística. Judith Pernalete, Elena María Coronel, los hermanos Curiel, José Elías, Salomón y Jacobo, así como Hermes Chávez, el Bachiller Alberto Quintero, Joel Gutiérrez, Nano Yépez y Pachús Zubillaga comparten aquellas lecciones en esos años apacibles del medinismo, en plena Segunda Guerra Mundial.
A los 12 años lo emocionó la oratoria sagrada de  unos capuchinos, lo que completó el ambiente de riguroso catolicismo que reinaba en su hogar. Su padre enviudó a los 37 años y debió encargarse de una numerosa progenie de nueve hermanos, por lo que tuvo que ayudar a su padre en las labores ganaderas. Egresado como bachiller estudia agricultura en los Estados Unidos, donde aprendió a media la lengua de Shakespeare. Pero fueron los sacerdotes Van Grieken y Pacheco a quienes le manifestó su deseo de tomar los hábitos sacerdotales. Una monja, Justa de San José, le regala el libro Imitación de Cristo  de Tomás Kempis que termina de darle el empujón definitivo. Así pues y a los 22 años parte para el austral y gélido Chile, donde ingresa a la Universidad Católica. La temperatura en invierno bajaba a 3º centígrados, y no teníamos calefacción. Solo nos proporcionaban a nosotros los tropicales (se ríe) unas estufitas para calentarnos manos y pies.
En el Sur estuvo por seis años en tiempos de la rectoría universitaria del padre  Emilio Tagle Covarruvias, en tanto que su director espiritual era Alberto Rencoré, quien más tarde vino a Carora y le predicó su primera misa. Su papá  no pudo asistir-agrega-por tener cáncer de pulmón. Casi me da un ataque cardiaco cuando me comunica que uno de sus compañeros en las lecciones santiaguinas de latín y Filosofía era Gustavo Gutiérrez Merino, sacerdote peruano quien más tarde  usaría por vez primera las palabras Teología de la Liberación, un anatema para la Iglesia Católica. Se hizo gran amigo mío, dice Monseñor cerrando los ojos, era más o menos inquieto. Luego fue a Bélgica y era chiquito y feo, agrega, al tiempo que se da un sorbo de “resbaladera”, una bebida refrescante caroreña.
Su padre apenas tenía sexto grado, pero leía mucho. Hizo una primera selección de las mejores vacas, las de pelo de color más claro,  del llamado “Ganado Amarillo de Quebrada Arriba”. Comenzó a experimentar con la raza Holstein lechera, pero no le sirvió. Siguió documentándose y se fijo en los Pardo Suizos. Le escribió a un señor de apellido Streuli que vivía en la suiza de habla germana, quien le envía seis vacas y dos toros en un vapor que debía llegar a Puerto Cabello, el cual no pudo atracar puesto que en el país helvético había fiebre aftosa. De tal modo que Jaime, hijo de Streuli, quien venía a acompañar a los animales, debió quedarse seis meses en La Orchila, donde aprendió a hablar castellano, con groserías y todo. Appezel es el pueblecito de donde partieron en largo periplo estos animales. Yo visité mucho después, dice el Obispo Eduardo, al viejito Jaime y a su familia.
Don Teodoro le dijo al joven suizo que no tenía como pagarle, por lo que se lo refirió a un ganadero de Acarigua, Ángel Alberto Yépez, quien canceló el costo de los Pardo Suizos y su traslado. Este ganado es más de leche que de carne-agrega-  acto seguido me nombra  de forma deletreada a una de las vacas de segunda importadas llamada Franjo Eva Jung, la cual  dio  tres partos y 53 litros de leche al día.
Me comenta que el Pbro. Dr. Carlos Zubillaga, el fundador del Hospital San Antonio,  era tío de su papá, así como Cecilio Zubillaga, Chío. El padre Carlos, quien según palabras de Luis Beltrán Guerrero, fue uno de los adelantados de lo que hoy se llama Teología de la Liberación realizó una pastoral a la búsqueda de Dios entre los más humildes junto al sacerdote curarigüeño Lisímaco Gutiérrez. Para finalizar me confía Monseñor que su parroquia más querida ha sido la de la iglesia  de la virgen de la Coromoto, ubicada en el Torrellas, donde recibió un enorme entusiasmo de la población y de dos figuras notabilísimas del barrio: Doña Pura y Nicanor Graterol, quienes con la ayuda de las cornetas de su Radio Violeta  arrimaron el hombro para crear el ambiente parroquial desde aquel 15 de septiembre de 1961.
De tal manera concluyo esta primera entrevista con Monseñor Eduardo, uno de los últimos sobrevivientes en asistir por Venezuela al Concilio Vaticano II en 1965, con la firme promesa de seguir charlando de manera tan amena y cordial con este Príncipe de la Iglesia Católica, quien me despide con la bendición y un consejo: no te quedes con José Manuel como tu hijo único.
Carora, septiembre 1º de 2012.