jueves, 8 de octubre de 2015

Presbítero Doctor Carlos Zubillaga

Presbítero Doctor Carlos Zubillaga

La agonía y la temprana muerte del padre Carlos me recuerda la de otro sin igual personaje, tan joven y de tan intensa vida como la del levita caroreño: el malogrado pintor Vincent Van Gogh. Apenas 32 años fue el peregrinaje vital de este sacerdote que realizó en muy poco tiempo una obra de redención social que ha sido calificada como un antecedente de la polémica Teología de la Liberación latinoamericana del presente.
Tengo en mis manos el Acta de Grado por medio de la cual los doctores Ramón Pompilio Oropeza y Lucio Antonio Zubillaga le otorgan, el día 28 de julio de 1898, el anacrónico titulo de Bachiller en Ciencias Filosóficas de nuestra educación del siglo XIX en el Colegio Federal Carora. En este instituto seguramente conoció las ideas del paradigma dominante de esa centuria, el positivismo comteano y spenceriano, quienes atacaban con enorme dureza al catolicismo y nuestro pasado colonial de signo hispánico, una herencia nefasta y fúnebre que debía ser superada, decían, para colocarnos en la dirección de la ciencia y el espíritu positivo, dejando atrás supersticiones y creencias metafísicas. Sus oídos oyeron de Ernest Renan, recién fallecido por aquellos días, y su libro Vida de Jesús ,obra en  la que el francés había calificado al hijo del carpintero de Nazaret de anarquista.
Pero es bien sabido que el cristianismo ha sepultado diversos sistemas filosóficos: Ilustración, positivismo, marxismo. Y quizá lo haga con los que vienen. Estos sistemas son demasiado racionales, demasiado lógicos y no responden a las eternas preguntas del humano existir: ¿habrá vida después de la terrena existencia?, ¿cual es mi destino final?, ¿por qué me nació un hijo enfermo?
 Dos polos morales del alma guiaron la corta existencia de Carlos, hermano mayor de Chío Zubillaga: Dios y la caridad cristiana. La fe sin obras es vacía, sostiene la Iglesia Católica de la Contrarreforma. Es vía para la salvación de la propia alma el darle la mano al necesitado, al enfermo, al que no puede cubrir su desnudez con decoro, al que no puede llevar pan a su boca.
Y fue ese discurso perpetuo y perdurable el que captó la emoción, y no la razón, del joven Carlos cuando parte de Carora, “ciudad levítica de Venezuela”, a estudiar en el Seminario Metropolitano de Caracas. Ha debido ser una sorpresa encontrar que en aquellos días la Iglesia había dado un giro espectacular y asombroso luego de siglos de inmovilidad y parálisis. El Papa León XIII lanza urbi et orbi la encíclica Rerum Novarum en 1891, en la que se resalta la necesaria liberación de los obreros del monstruoso capitalismo. Una minoría detenta la riqueza, frente a una mayoría empobrecida y marginada. Son planteamientos que coinciden con los del socialismo decimonónico y que han debido sorprender al anciano teórico del socialismo, aun vivo entonces: Federico Engels. Pero no nos engañemos, pues León XIII condenó en 1891 al socialismo marxista de ser “un cáncer que pretendía destruir los fundamentos mismos de la sociedad moderna”. En consecuencia, se trataba de una tercera vía distinta al capitalismo y al socialismo el planeamiento central de la Rerum Novarum, más parecida al propósito de Tony Blair que otra cosa.
En 1902, 7 de diciembre, en los días en que los imperialistas bloquean a Venezuela,  se ordena sacerdote el joven Carlos. Seguirá estudios doctorales un la Universidad de Caracas, institución en la que languidecían, frente al empuje arrollador del cientificismo positivista, los estudios de Sagrada Teología. Son los años del prestigio académico y científico de Darwin, Adolfo Ernst, Rafael Villavicencio, Luis Razetti, José Gregorio Hernández.
Pero como sucedió en su momento con los jóvenes  Ramón Pompilio Oropeza y José Gregorio Hernández, el discurso afrancesado y antimetafísico del positivismo no toca la hondura del corazón y la sensibilidad de estos hombres. Tampoco lo hará con Carlos Zubillaga, quien en 1905 presentará una breve tesis doctoral, de sólo 33 páginas, con el significativo título de La Iglesia y la civilización. Allí argumenta que la cultura occidental no habría sido posible de ser edificada sin el concurso del cristianismo: las raíces cristianas de Europa.
Regresa con enormes ímpetus a su amada Carora. Acá se encuentra con otro levita notable, que ha iniciado solitariamente una obra social desde la perspectiva de la Reum Novarum, el padre Lisímaco Gutiérrez. Estas novedosas ideas provocaron bien pronto comentarios adversos. Los godos decían que el papa se había pasado a los protestantes, los enemigos de la virgen María y de los santos. La jerarquía eclesiástica miraba con recelo las organizaciones populares que estos sacerdotes comenzaron a crear: escuelas nocturnas para obreros, la congregación religiosa Hijas de San Antonio de Padua, la Sociedad Amigos de los pobres y su vocero el periódico El Amigo de los Pobres, el Hospital San Antonio, cuyo epónimo es el santo de los pobres, es necesario decirlo, la Casa de los Pobres, la reconstrucción de la iglesia de San Dionisio por medio de las “cayapas” o trabajo voluntario, la obra humanitaria Pan de los Pobres. Una Iglesia social, con tendencias mutualistas y de socorro que pronto levantó suspicacias y recelos.
En 1903 se produce un enfrentamiento entre los padres Agustín Álvarez y Carlos Zubillaga por rivalidad de los cargos eclesiásticos, celos familiares entre los godos de Carora, argumenta el Pbro. Abogado Alberto Álvarez, lo que determina que Carlos sea enviado a Duaca. Allí, extrañado de su tierra sufre un ataque de esquizofrenia, se sentía perseguido por un tigre, se encarama en lo alto de la iglesia, resbala, se golpea fuertemente y muere tras cinco angustiosos días de agonía el 29 de diciembre de 1911. Juan Páez Avila lo interpreta de otra manera: se trata de una colisión de dos modelos de Iglesia, una tradicional anclada en el pasado, y la otra, encarnada en el padre Carlos, que sale a la búsqueda de Dios entre los más pobres.
Chío Zubillaga, su hermano menor, dolido por aquella tragedia que acabó con aquella promesa de redención, recoge el legado magnifico de su hermano y se enfrenta a los godos de Carora, a la miseria, el latifundio y el analfabetismo. A la “malechuría”. Pero a diferencia de Carlos, Chío agrega un elemento nuevo a su batallar social que Carlos no conoció: el marxismo de inspiración soviético que llegó a estas tierras luego de la Gran Revolución Bolchevique de 1917. De este modo es Chío el  verdadero antecedente de la Teología de la Liberación y no Carlos, como alguna vez argumentó el humanista Luis Beltrán Guerrero.