viernes, 20 de junio de 2014

Primera Guerra Mundial: Un siglo


Las famélicas manos de Gavrilo Princip no podían imaginar que al disparar su pistola Browning sobre la humanidad del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona del Imperio Austro Húngaro, se iba a desatar la más larga, pavorosa y destructiva guerra que la humanidad hubo de conocer hasta entonces, pues se inició con tal atentado en Sarajevo, Bosnia-Herzegovina, el 28 de junio de 1914, y habría de terminar el 9 de agosto de 1945 con el bombardeo atómico de dos indefensas ciudades japonesas por los Estados Unidos: Hiroshima y Nagasaki.
Como habrán notado, he realizado un cambio decisivo en el análisis del conflicto, pues se considera desde ahora que tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial constituyen un único enfrentamiento que duró 31 años. Este enfoque se lo debemos al más eminente historiador del siglo XX: el británico Eric Hobsbawm (1917-2012), de quien tomo las ideas más importantes para escribir esta nota. Habla este historiador marxista, fundador de la revista Pasado y Presente, del “corto siglo XX”, pues según sostiene, se inicia en 1914 y finaliza con el colapso de la Unión Soviética en 1991. ¡Un siglo de apenas 77 años!
Estas ideas tan lúcidas como audaces  están contenidas en su libro Historia del siglo XX. 1914-1991, Crítica, 1994, 616 páginas. Allí habla de la época de la guerra total, un conflicto en el cual el gran edificio de la civilización del siglo XIX se derrumba. 1914 inaugura la era de las matanzas y de la barbarie a gran escala, estimuladas hasta el horror por la ciencia moderna: gases venenosos, tanques de guerra, aviones, submarinos. A diferencia de otras guerras anteriores, impulsadas por motivos limitados y concretos, la Primera Guerra Mundial perseguía objetivos ilimitados. Solo se podía contemplar la victoria o la derrota total.
Ello se entiende porque el conflicto se desarrolla en la era imperialista, en donde por vez primera en la historia se produce la fusión de la política y de la economía, lo que hoy no nos sorprende. La rivalidad política internacional se establecía en función del crecimiento y la competitividad de la economía, pero el rasgo característico era precisamente que no tenía límites. Alemania aspiraba a desplazar a Gran Bretaña como potencia política y económica y este enfrentamiento cobró dimensión planetaria. Era el todo o nada, sentencia Hobsbawm.
Era pues un objetivo absurdo y destructivo que arruinó tanto a los vencedores como a los vencidos. Precipitó a los derrotados en la revolución, como la Rusia bolchevique en 1917, proceso liderado por Lenin, y a los vencedores en la bancarrota y en el agotamiento material: la Gran Depresión de 1929, que sumió al mundo capitalista en un desempleo aterrador y una hiperinflación  pavorosa, sobre todo en la Alemania de la República de Weimar.
A 100 AÑOS DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL
Todo lo cual provocó el ascenso de los regímenes autoritarios en España, Italia y Alemania. El fascismo, y sobre todo el nazismo, buscaban la venganza tras la imposición del que consideraban el odioso Tratado de Versalles en 1918. Pronto se agregaría Japón y estaba montada la continuación de la guerra en la era de los imperialismos. Este conflicto unió a liberales y comunistas para derrotar la alianza nazi-fascista, que tenía objetivos políticos, como en la guerra de 1914-1918, ilimitados. Cualquier alianza antifascista, comprendieron las democracias occidentales, Inglaterra y Francia,  debía incluir a la Unión Soviética.
El año 1941 es clave para entender la guerra, pues Estados Unidos entra al conflicto empujado por el ataque a Pearl Harbor, y Hitler invade a la Unión Soviética, lo cual inclinará la balanza a favor de los aliados: se desmorona el Tercer Reich en 1945. Es el triunfo de los valores de la Ilustración y de la era de las revoluciones. La Unión Soviética obtiene un inmenso logro al derrotar a Hitler y, paradójicamente, salvar a las democracias capitalistas de Europa occidental, su enemigo jurado, cuestión que se olvida con demasiada frecuencia.
De las ruinas de la guerra emerge otro conflicto, la Guerra Fría, la cual enfrenta económica, social e ideológicamente al capitalismo con el llamado Socialismo Real, rudo, brutal y dominante, conflagración  que finalmente gana ampliamente EEUU y sus aliados, Alemania y Japón, económica y tecnológicamente muy superiores, pues la Unión Soviética “implosionará” tras la caída del Muro de Berlín en 1989, con la consecuente  disolución del Socialismo Real en 1991, dejando en el escenario mundial un único superpoder: los Estados Unidos.
 El siglo XX, un siglo de apenas 71 años que pone en evidencia que el tiempo histórico es diferente al tiempo cronológico, base teórica en la que se fundamenta el historiador recién fallecido en 2012 para hablar del “siglo corto”. Genial, señor Hobsbawm.

martes, 17 de junio de 2014

Antonio Navarro: el Stradivarius venezolano

Antonio Navarro
Ni sus gruesas manos, ni su espartano taller daban cuenta cabal de las extraordinarias creaciones de su inmenso y autodidacta talento de luthier, verdadero y genuino representante de lo que he llamado “genio de los pueblos del semiárido venezolano”.
La paradoja es la palabra que mejor rima con este octogenario baragüeño y larense que acaba de dejar la vida terrenal a los 86 años. Lo primero de su rareza es, a no dudar, su formación casi completamente autodidacta en el oficio de fabricar instrumentos cuerdófonos de altísima calidad. Compró—eso sí-- libros de luthería españoles y franceses.
Lo segundo reside en que habiéndole dado estatus académico al cuatro, sacándolo de la oscuridad, dándole una simetría nueva, así como una afinación diferente, sin embargo no sabía tocar los instrumentos que salían de su prodigioso talento. Apenas los afinaba. ¡Y de qué manera! Para ello hizo algo inaudito hasta entonces: elevó la afinación desde el quinto traste tradicional hasta el traste número 17, con lo cual hubo de alargar el mástil y, consecuencialmente, darle una apariencia mucho más elegante y altiva al instrumento.

A pesar de sus innegables innovaciones transformadoras de la luthería, este apacible caballero jamás llegó a registrarlas para protegerlas de eventuales plagios e imitaciones. Era tal su genio y agudeza que hasta la renombrada empresa japonesa Yamaha lo invitó en varias ocasiones a visitar sus talleres, a lo que se negó don Antonio por aquello del frío extremo del archipiélago oriental.
Construía cuatro o cinco instrumentos en un mes de trabajo solitario este ermitaño que apenas dejó que su hijo Elías aprendiera al dejarse mirar por su retoño haciendo sus portentos musicales. Me dicen que en sus inicios--años 70 del milenio ido-- se fue a aprender la técnica en el caserío Agua Salada, pero no le soltaron prendas. Se inspiró en un fabricante de Caracas llamado Ramón Blanco y con ello construye sus liliputienses Cuatros iniciales. Monta su taller en la calle Jacobo Curiel de Carora y le da el sugerente nombre de El Señuelo. De allí se trasladará a su residencia definitiva y en donde en una ocasión le visité: la calle de Los Silos, sector Las Mercedes.
ALIRIO DIAZ LEAL

Pero también salieron de sus callosas manos de enmatonador de potreros y talador de montañas--  que fue su primer quehacer y en donde entra en contacto con la materia prima de su oficio— bandolas, bandolinas, el sexto del tamunangue,  cuatros y guitarras. De estos nobles instrumentos tenemos referencia de elogios emitidos por Simón Díaz y el Maestro Universal de la guitarra, Alirio Díaz. El Mangoré caroreño dijo que los cuatros de Navarro son, en efecto, una guitarra.

AGRUPACION CAROTA, ÑEMA Y TAJA

SERENATA GUAYANEZA

UN SOLO PUEBLO

De sus rústicas manos salieron los instrumentos con los cuales hacen delicias musicales los grupos Un Solo Pueblo, Seranata Guayanesa, Carota Ñema y Tajá, los Salveros de nuestro Cerro de La Cruz, Los Golperos de Don Pío, así como las individualidades de Hernán Gamboa, Iván Pérez Rossi, Simón Díaz, Cecilia Todd, La Chía, el Zamurito, Luis Santeliz, Reinaldo Armas, Maira Martí, Cheo Hurtado, entre otros.
La palabra materia, de todos en uso, deriva de la palabra madera. Pues la materia prima de su labor, heredera del lejano genio griego Pitágoras, son el palo santo de la antigua India, el pino canadiense, el cedro, el abeto y la caoba. De su talento matemático saldrá lo que llamó el Cuatro número 33, el que finalmente logra tras 20 años de investigación, me dice César Tovar, el famoso fabricante de rosetones. Ese sugerente número es la base matemática que da forma a la anatomía y a todas las medidas del instrumento musical. Y es el Cuatro el instrumento que reúne todas las características de armonía, conformación y simetría. Apenas es necesario decir que el concepto pitagórico de número y  armonía acompañan a Navarro, pues sus Cuatros son de largo 33 cmts. exactos, la parte más angosta de la caja armónica mide la mitad de 33 cmts: 16,5 cmts, la parte más ancha de esta misma caja mide 22 cmts, es decir dos partes exactas de 33, para el diapasón usa la regla 49,5, o sea 33 más la mitad de este emblemático número, el cuello de la caja armónica tiene 14 cmts es decir, la tercera parte de 33 más tres cmts, la altura de los aros o costados mide 9 cmts, o sea la multiplicación de 3x3, y ,finalmente, el grueso de la tapa de abajo es de 6 mms , que es la suma de 3 más 3, luego de armado el instrumento se va rebajando en forma cóncava, quedando las orillas de 3 mms, y el centro de 6 mms.

De modo pues que el Maestro Navarro hizo de manera callada y solitaria el descubrimiento que hizo Pitágoras del fondo numérico de la música: música y número, una y la misma cosa, que es el punto de partida de una nueva concepción cosmológica de la civilización occidental.
Antonio Stradivarius y Antonio Navarro, dos Antonios genialmente maravillosos. Tres siglos en sus existencias los separan, pero los unen el afán desinteresado de hacer un mundo más vivible a fuerza de sonidos armoniosos.