domingo, 17 de enero de 2016

Atanasio Kircher, el último hombre que sabía de todo

Atanasio Kircher
Mi interés por este extraordinario  sabio barroco, jesuita y alemán del siglo XVII nació al leer con deleite un libro incomparable del mexicano Octavio Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, allá por la década de los años 90. El jesuita tudesco, nacido en 1602, era una enciclopedia andante, que muy atacado por la egiptomanía, dictaminó que la civilización del México antiguo, como se veía por las pirámides aztecas y otros indicios, era una versión ultramarina de la de Egipto, opinión que debió haber encantado a su lectora y admiradora, la poetisa novohispana Sor Juana Inés de la Cruz. El hispanista estadounidense Irving Leonard ha demostrado que en México se leían muchos libros prohibidos por la Inquisición: Gassendi, Kepler, Copérnico, Descartes, y fue muy profunda la influencia de Kircher.
Sor Juana de la Cruz
El siglo XVII marca la línea divisoria de dos tipos de pensamiento: el hermetismo que viene de la Antigüedad y el pensamiento propiamente moderno. Es el triunfo del cartesanismo y la astronomía newtoniana. Sin embargo este hermetismo  sobrevivió con los Rosacruces, y figuras intelectuales como el místico inglés Robert Fludd y Atanasio Kircher, de universal renombre en su siglo.
Hombre de gran ingenio y facundia, erudito poseído por el delirio de interpretación exclusivista que lo acerca a muchos de nuestros contemporáneos, Kircher creyó encontrar en la civilización egipcia la clave universal para descifrar todos los enigmas de la historia. Naturalmente ese Egipto era el de la tradición hermética. En varios libros demostró con temible erudición y verba, escribe Paz, que la India, China y el México antiguo debían sus artes, religiones, ciencias y filosofías al Egipto de la tradición hermética.
Robert Fludd
Inspirado en una síntesis cristiana de las religiones, animada por los jesuitas, lo llevaron a interpretar a Confucio como el sabio egipcio Thot y por los griegos Hermes. Los brahamanes de la India adoran en sus pagodas a Isis y andan vestidos de lino y apoyados en un bastón como los sacerdotes egipcios. Los magos y adivinos de México seguían en sus ritos a los hierofantes egipcios y a los gimnosofistas de la India.
La gran pasión de Kircher fueron los jeroglíficos y, como todos en su época, los vio como emblemas, es decir, no como una escritura, sino como pinturas simbólicas que escondían verdades divinas. “Hermes Trimegisto, el Egipcio, escribe Kircher, fue el primero que usó los jeroglíficos, convirtiéndose así en el príncipe y el padre de toda la filosofía y la teología egipcias…grabó sus ideas en piedras y rocas eternas y así pudieron saber de Dios de las cosas divinas Orfeo, Museo, Lineo, Pitágoras, Platón, Parménides, Homero, Eurípides.”
La egiptomanía fue una de las enfermedades intelectuales de ese siglo. Esa obsesión se prolonga hasta el Iluminismo del siglo XVIII y el romanticismo del XIX. A ella le debemos, entre otras obras, La flauta mágica, de Mozart. En Nueva España el poema Neptuno alegórico de Sor Juana, es de inspiración kircheriana.
Los libros de Kircher no sólo contenían hipótesis fantásticas apoyadas en una erudición libresca sino que eran enciclopedias del saber de su época. Se interesó en la física, sobre todo en la óptica, la astronomía y las ciencias naturales o filosofía naturalis, como se las llamaba entonces. A pesar de su inclinación por las hipótesis y las interpretaciones caprichosas, el jesuita era un verdadero sabio y estaba en relación con las mejores mentes de Europa. Leibniz se interesó en su idea del origen egipcio de los ideogramas chinos, aunque al final la rechazó.
En una extraordinaria amalgama del saber, en la obra de Kircher confluyen tres corrientes: el catolicismo sincretista, tal como lo representaba en el siglo XVII la Compañía de Jesús, el hermetismo neoplatónico “egipcio” heredado del Renacimiento y las nuevas concepciones y descubrimientos astronómicos y físicos, en una superposición de hechos, ideas y fantasías. Un verdadero delirio razonante. El caso extremo de nuestro jesuita no es el único. La mescla  entre las creencias e ideas del neoplatonismo hermético, la alquimia, la Cábala y las nociones y las nociones de la nueva ciencia eran una característica general del siglo XVII.
Kircher representa, afirma Octavio Paz, una tradición universal todavía viva, una tradición que no ha cesado de inspirar a los poetas de nuestra civilización, desde el Renacimiento hasta la posmodernidad.