jueves, 20 de septiembre de 2007

¿QUÉ QUIERE LA MUJER?

El proceso hacia la emancipación femenina no es tan contemporáneo como parece, puesto que su condición subalterna es un fenómeno reciente en la larga historia de la humanidad. Pensemos que durante el neolítico, período que duró miles y miles de años y que antecedió a las civilizaciones, era el elemento femenino el dominante al organizarse las incipientes sociedades de manera matriarcal. Los historiadores coinciden en afirmar que la sujeción y la condena de lo femenino comienza con el establecimiento de las religiones universales y monoteístas: el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam. La tradición judeocristiana hace coincidir la mujer y el pecado, una suerte de condenación bíblica que arranca de los tiempos edénicos.
Pero hubo de pasar mucho tiempo para que de nuevo, y a través de la mariología, como la mujer reclamara su puesto en la sociedad y en la historia. Fue por intermedio del culto a la virgen, como una tentativa prodigiosa de la Iglesia, como se intentó feminizar al cristianismo. Fue al sur de Francia, en Provenza, en donde se creó una poesía que inventó un arquetipo femenino que convirtió a la mujer en una depositaria de la salud cósmica. Este nuevo espíritu que reivindica a la mujer dentro del catolicismo, una religión veterotestamentariamente machista, llegó con los cristianos al Nuevo Mundo americano en el siglo XVI. El desarrollo del culto mariano en América depende, al parecer, de muchas causas. Históricamente, la primera es, sin duda la devoción por María extendida entre la mayoría de los jefes de la conquista, originarios de Extremadura o de otras provincias ibéricas.
Durante los tres largos siglos coloniales impera entre nosotros un régimen de feminismo sentimental, que tiene como refugios a la Iglesia, el hogar, y el convento. Nuestra Teresa de La Parra afirma que, aunque parezca contradictorio, son las monjas las precursoras del moderno ideal feminista. El proceso independentista cortó de raíz esta tradición por lo que los siglos XIX y buena parte del XX, son de nuevo, años de sumisión femenina y que sólo le dio protagonismo a contadas mujeres en el arte y la literatura: Teresa Carreño y Teresa de La Parra, mujeres que pasaron la mayor parte de sus vidas extrañadas de su país.
En esa recoleta y provinciana Venezuela castrogomecista el Doctor Ramón Pompilio Oropeza Álvarez, funda un colegio para señoritas en la Carora de principios del siglo pasado. Más tarde, en 1915, el Doctor Rafael Tobías Marquís crea el Liceo Contreras con iguales pretensiones. De modo pues que acá en la ciudad del Portillo no hubo que esperar el libro emblemático de Simone de Beauvoir El Segundo Sexo,(1948) para iniciar el movimiento feminista en una ciudad dominada por el catolicismo regido por las normas del Concilio de Trento y las Constituciones Sindicales de 1683, aunque es bueno recordar que el Club Torres de los godos fue sexista hasta hace relativamente pocos años.
El cine norteamericano y europeo terminó de completar el cuadro, las mujeres ahora conducen automóviles, miran a los ojos a los hombres y asisten a la universidad. Ahora nada detiene a las féminas. Hoy son mayoría en nuestros institutos de educación media y superior, se han adueñado del oficio de enseñar y del oficio médico. Son evidente mayoría en consultas en bibliotecas e Internet y han copado los estudios de postgrado en el país. En la actualidad nadie es capaz de decir lo que decían nuestros abuelos “Mujer que sabe latín tiene mal fin”. Y a la desesperada pregunta que se hacía el creador del psicoanálisis, el Dr. Seguismund Freud, ¿qué quiere la mujer, qué es lo que quiere?, podríamos responder que: reconocimiento social, igualdad de oportunidades en lo laboral, dominio de su cuerpo y de su capacidad reproductiva, y disfrute pleno y sin tapujos de su sexualidad.
Todo lo anterior tiene su contrapartida negativa en la Venezuela del tercer milenio. Nuestra familia se ha destriangulizado para dar paso a la familia monoparental: los hijos no conocen a sus padres. También se ha incrementado de manera brutal la violencia contra la mujer, como de igual manera el consumo de alcohol, cigarrillos y drogas. Aparte de ello, hay quienes creen que ante el vertiginoso posicionamiento de la mujer en el tejido social, muchos hombres no han tenido otra opción que la de refugiarse en la homosexualidad, a lo que se agrega la muy posmoderna tendencia a borrar las fronteras de la sexualidad. La neutralidad sexual y el llamado sexo frío, o sexo virtual, son realidades ominosas que las sociedades del mundo desarrollado y el subdesarrollado debemos enfrentar y combatir.
Con todo, apostamos por un mundo mejor como han soñado los utopistas desde Moro hasta Marx, pero esa utopía sólo tiene una manera de realizarse y no es otra que, sin ambages y torceduras, se reconozca que la mujer y la madre son el vehículo de nuestra reconciliación con el mundo y con la vida. Recordemos siempre que en un principio nuestro apacible y dulce hábitat fue el cálido líquido amniótico de la placenta, el lugar en donde todo lo humano tiene comienzo.