viernes, 25 de abril de 2014

Gabriel García Márquez en Carora


Conocí a Gabriel García Márquez en 1968 en la plaza Corpahuaico de Carora, lugar que era un verdadero ateneo de la juventud del Liceo Egidio Montesinos por aquellos años. Juan Hildemar Querales, uno de aquellos soñadores utopistas, me mostró allí ese portento de novela llamada Cien años de soledad, editada el año 1967, más no me la dio prestada. Desde ese momento el Gabo comenzó a ser una figura literaria rutinaria en nuestras vidas y fue quien comenzó a darle un inmenso sentido literario a nuestra realidad cotidiana, que nosotros, quizás por ello mismo, no habíamos caído en cuenta de lo extraordinario y asombroso del mundo que nos rodea acá en la comarca más bella del Universo.

En la lectura juvenil que hice de esta novela, que en un principio estuvo a punto de titularla el joven de AracatacaLa casa, detecté un error en su construcción, el que años después observé hizo también el peruano Mario Vargas Llosa en su tesis doctoral García Márquez: historia de un deicidio. (1971). Reflexioné por aquel entonces que los genios suelen también equivocarse y que yo, modestia aparte,  era un lector prevenido y cuidadoso.
Una de las grandes sorpresas que no dio el colombiano fue que al ganar el prestigioso Premio de Novela Rómulo Gallegos en 1973, donara el significativo premio en metálico de 100.000 bolívares al partido político Movimiento Al Socialismo (MAS), en el cual militábamos las personas que nos considerábamos iconoclastas e inteligentes en el campus de la Universidad Central de Venezuela. Mi padre, Expedito, al leer aquella noticia en el diario El Nacional, exclamó: “Me gustó mucho este gesto del colombiano.”
Después que el ejército y su artillería pesada nos obligara a cambiar de casa de estudios, y una vez instalados en la ciudad emeritense, tuve el privilegio de asistir a un seminario sobre García Márquez ofrecido por la Universidad de Los Andes, dictado por un investigador tan brillante como presumido, el uruguayo Angel Rama, con quien tuve un breve cruce de palabras al final del cual terminé regañado por aquel inteligente hombre, autor de García Márquez: edificación de un arte nacional y popular (1987). Moriría Rama años después en un accidente de aviación junto a la crítica de arte Marta Traba en 1983.


Le decía a Franklin Piña Gonzàlez, responsable de esta magnífica página literaria en El Caroreño,queel Gabo no es el padre del llamado “realismo mágico” que ha hecho prodigios en la literatura del siglo XX latinoamericano. Es, eso sí, uno de sus cultores más destacados y quizá el mejor. Los padres de la criatura fueron tres jóvenes residentes en el París de entreguerras: el cubano Alejo Carpentier, el guatemalteco  Miguel Ángel Asturias y el venezolano Arturo Uslar Pietri, quienes percibieron  que el surrealismo de André Breton y sus secuaces no terminaba de satisfacer sus expectativas literarias, que era además una cosa sencilla si se comparaba con la mágica realidad latinoamericana.La novela desde ese momento está más cerca de la poesía y de la antropología que de Marx, Freud o Heidegger. Se trata en lo sucesivo de recuperar una mitología de la mano de Lévi Strauss, Michaux, de Dumézil, dice el mexicano Carlos Fuentes en su ensayo Sobre la nueva novela hispanoamericana.(1997).


Ya mi amigo el periodista Milton Enrique Meléndez, recién llegado de Francia,  lo dejaba entrever al recitarme de memoria trozos enteros de La montaña mágica de Thomas Mann: es la culminación de la novela burguesa europea. La novela desde la perspectiva tercermundista tenía de esa manera su camino expedito en figuras como Borges, Cortázar, Onetti, Carpentier, Sábato, Vargas Llosa, García Márquez. Se crea de tal manera y para tales fines, dice Fuentes, un nuevo lenguaje. Latinoamérica se siente urgida de una profanación que dé voz a cuatro siglos de lenguaje secuestrado, marginal, desconocido. Una resurrección del lenguaje perdido. Los latinoamericanos son hoy -dice Octavio Paz-contemporáneos de todos los hombres.


En este contexto aparece nuestro García Márquez, el escritor más célebre del “tercer mundo”, y el mayor exponente de una corriente literaria, el denominado “realismo mágico” que ha cobrado un asombroso vigor en otros países en vías de desarrollo, dice su biógrafo “oficial”, el británico Gerald Martin. Ha cosechado, agrega, adeptos sobre los novelistas que escriben sobre ellos, como es el caso de Salman Rushdie, para citar sólo un ejemplo obvio.
García Márquez tal vez sea el novelista latinoamericano más admirado en el mundo entero, así como quizá el más representativo de todos los tiempos de toda América Latina; e incluso del “primer mundo”, que conforman Europa y Estados Unidos, en una época en la que cuesta encontrar  grandes escritores reconocidos universalmente, su prestigio durante las cuatro últimas décadas no ha conocido rival, sentencia Martin.
Y es que la gran novela del siglo XX se canceló en los años cincuenta (cuando yo nací) con Joyce, Proust, Kafka, Faulkner, Woolf; pero en la segunda mitad del siglo el único escritor que ha cosechado verdadera unanimidad haya sido el Gabo. Su obra maestra, Cien años de soledad -agrega el catedrático de la Universidad de Pittsburg- apareció en el vértice de la transición entre la novela de la modernidad y la novela de la posmodernidad, y acaso sea la única publicada entre 1950 y 2000 que haya encontrado tal número de lectores entusiastas en prácticamente todos los países y culturas del mundo. En ese sentido, remata Martin, tanto en el asunto que aborda- a grandes términos la colisión entre “tradición y modernidad” - como su acogida, probablemente no sea excesivo considerarla la primera novela verdaderamente “global”.


Los venezolanos sentimos una gran satisfacción en el hecho de que el Gabo haya amado y sentido a Caracas de tal manera que en ella se sentía “feliz e indocumentado”, como solía decir él mismo. Solo me resta apuntar que en aquellos años alguien ha debido traer al “Segundo Cervantes” a Carora, para que en esta remota ciudad del semiárido del occidente de Venezuela conociera a Chico pico e´loro, un personaje portentoso que se ganaba la vidaal recoger dinero exhibiendo a sus maravilladose infaltables curiosos su gigantesco y formidable miembro viril. Realismo mágico del bueno.