miércoles, 19 de septiembre de 2007

La godarria caroreña -Una singularidad social republicana


Resumen:

La godarria caroreña es una singularidad social que, tal como hoy la conocemos, es de naturaleza republicana y no colonial, como hasta entonces se había creído. En su proceso de conformación y estructuración ha tenido un papel de primer orden la Iglesia católica, institución que por intermedio del generoso otorgamiento de numerosas dispensas matrimoniales propició las uniones endogámicas entre este sector social minoritario y excluyente, que se asemeja a una casta, con lo cual se protegió la dispersión de fortunas, de hábitos sociales así como de formas de pensamiento en esta ciudad levítica, asiento de numerosas cofradías. La godarria ejerció en Carora una verdadera hegemonía ideológica y cultural en los finales del siglo XIX y comienzos del XX y que en forma atenuada se ha extendido hasta el presente. Sólo que, después de un brillante liderazgo social y cultural, ha tenido que vivir de las glorias de su pasado cuando en la actualidad transita por la globalización y el socialismo del siglo XXI acompañada de un cierto desconcierto.

Palabras claves: godarria caroreña, Iglesia católica, cofradías, ciudad levítica, endogamia, singularidad social, hegemonía ideológica y cultural.



Desarrollo

El fenómeno social de la llamada godarria caroreña tiene múltiples y variadas explicaciones, las que van desde las de naturaleza biológica, las económico- sociales hasta las de orden cultural y religiosa. Nosotros asumimos que es un fenómeno extremadamente complejo, difícil de desentrañar si nos aferramos a concepciones teóricas y a métodos que por parciales resultan insuficientes. A primera vista parece ser la godarria determinada por lo económico-social, pero bien pronto entramos en cuenta que esta es una explicación incompleta de esta singularidad social que aun en los días que corren existe con relativa fuerza, por que en ellas ha faltado un elemento esencial y que ha sido determinante en nuestra formación como pueblo: la religión católica. Quien ignore esta realidad no podrá comprender en profundidad la historia del mundo hispánico, ha dicho Francois Chevalier. La religión no es un mero agregado de la sociedad, la religión con mucha frecuencia organiza a la sociedad. A pesar de que el mundo se encuentra en un acelerado proceso de desencantamiento de las imágenes religiosas y metafísicas y que nos dirigimos a la estructuración de una conciencia moderna, como escribió Max Weber, no es menos cierto que en la dialéctica tradición- modernidad, la Venezuela de hoy conserva rasgos muy marcados de permanencia de formas ancladas en sistemas de pensamiento que vienen del medioevo y de inicios de la modernidad.

El catolicismo es una religión universal, lo sabemos, que acompañó a los descubridores y conquistadores del siglo XVI, el siglo que quiere creer, según dijo Lucien Febvre, y con la cual se conformó en el Nuevo Mundo americano una “visión bíblica del mundo”, como ha mostrado Jacques Lafaye y que estuvo, además, muy ligada a la formación de nuestro estado y de nuestra mentalidad en los tres largos e intensos siglos de coloniaje. Esta es una contundente realidad. No en balde Octavio Paz cita frecuentemente a nuestro Mariano Picón Salas quien dijo: sufrimos aún los efectos del Concilio de Trento. El genésico siglo XVI estuvo dominado por ideas escatológicas del fin del mundo, la fe, el pecado original, la gracia divina, la fe , la veneración de los santos , sus imágenes, la educación del clero, los sacramentos: la Eucaristía, el bautismo, la confirmación. Es la llamada Contrarreforma católica, muro de contención de la Reforma protestante, y de la cual España, esa “península metafísica”, fue su portaestandarte más eficaz.


En España y en la América hispana se desarrolló un fuerte movimiento que se convirtió en un estilo nacional, el barroco, que es, dice Picón Salas, “un anti-Renacimiento y anti- Europa por que negaba o planteaba de otra manera los valores de la conciencia moderna”. Agrega el merideño que: “A pesar de de casi dos siglos de enciclopedismo y de crítica moderna no nos evadimos enteramente aún del laberinto barroco. Pesa en nuestra sensibilidad estética y en muchas formas complicadas de psicología colectiva”. De tal modo que nos atrevemos a decir siguiéndole los pasos a nuestro don Mariano que es barroca nuestra mentalidad individual y colectiva”.

Barroca es nuestra idea de la vida y de la muerte, de las relaciones sociales, de la educación, de la familia y del matrimonio. Ideas y concepciones difundidas y preservadas por una institución milenaria, clave en la comprensión de la cultura occidental: la Iglesia católica. En este momento estamos llegando a un elemento esencial para la compresión de la endogamia entre los godos de Carora, esto es, el matrimonio. Georges Duby ha dicho que : “ los ritos del matrimonio son instituidos para asegurar dentro de un orden el reparto de las mujeres entre los hombres, para reglamentar en torno a ellas la competición masculina, para oficializar, para socializar la procreación… el matrimonio es la base de las relaciones de parentesco de la sociedad entera, forma la clave del edificio social.” Agrega este notable historiador francés que el matrimonio: “Se sitúa en la conjunción de lo material y lo espiritual. Por él se ve regularizada la trasmisión de las riquezas de generación en generación, sostiene por consiguiente las “infraestructuras”; no es disociable, y esto hace que el papel de la institución matrimonial varíe según el lugar que ocupa en las relaciones de producción.”

Luego, Iglesia católica e institución del matrimonio explican la formación en el país de lo que llama Vallenilla Lanz las oligarquías municipales, pues según explica este notable historiador positivista, el Rey de España dio preferencia en los cabildos coloniales a los descendientes de los conquistadores y primeros pobladores. De esta manera se conformaron oligarquías municipales en Caracas, Mérida, San Carlos, Coro, El Tocuyo, Barquisimeto, Cumaná, Barcelona, Trujillo, Maracaibo, y en nuestro caso en Carora. “ Todas ellas, agrega este brillante historiador , llenaban a cabalidad las funciones sociales de la élite, su papel de clase dirigente y protectora de la comunidad, fundando pueblos, erigiendo iglesias, casas consistoriales, puentes , mercados, fuentes públicas , cárceles, mataderos; velando por la seguridad pública, persiguiendo bandidos del llano, fomentando la agricultura, abriendo caminos, limpiando ríos.”(… )

En un extraordinario trabajo realizado en sus mocedades por Ambrosio Perera Historial genealógico de familias caroreñas ha establecido este historiador tardíamente positivista, pues nació en 1904, que las familias “patricias” caroreñas son:

Aguinagalde (extinguida a mediados del siglo XIX)
Antich (Extinguida)
Arrieche (Extinguida)
Álvarez (Usagre, Castilla) arriban a la ciudad en 1628, es la más numerosa.
Ferrer (extinguida)
González Franco (Usagre, Castilla) llegan a Carora en 1579
Gordón, de los fundadores de la ciudad (extinguida)
Gutiérrez (Coro) se establece en la ciudad del Portillo en 1650.
Herrera (Islas Canarias) y arriban en 1776
Hoces (extinguida)
Luna (extinguida)
Meléndez (Asturias) arriba en 1673
Montes de Oca (Las Palmas, Canarias) llegan a la ciudad en 1737
Oropeza (La Orotava, Canarias) se establecen en Carora en 1725
Pineda (extinguida)
Perera (Tenerife, Canarias) llegan a la ciudad del Portillo en 1753
Riera (Cataluña) arriban a Carora en 1659
Salamanca, de los fundadores del Portillo de Carora (extinguida)
Silva (Portugal) llega en 1633
Torres, o de la Torre, canarios (extinguida)
Urrieta (extinguida)
Yépez (Castilla) se establecen en Carora en 1750
Zubillaga (Provincias vascongadas) arriban en 1794.


Como se habrá notado esta es la base poblacional de la conquista y de la colonización temprana y tardía en la antigua y levítica ciudad de San Juan Bautista del Portillo de Carora fundada en 1569, y que con el transcurrir de las centurias conformará lo que Perera llamará el “mantuanismo caroreño”, conocidos también como los “blancos de la plaza”, “caracoloradas”, “patricios caroreños”, los cuales como sus pares de otras ciudades del país, “vivían dominados por una preocupación, dice Brito Figueroa, la limpieza de sangre, la que coincidía con sus intereses económicos de grupo social privilegiado , la endogamia, el origen étnico, el status jurídico y el monopolio de las instituciones coloniales estratificaron la clase de los terratenientes blancos en términos similares a los de una casta.”

Este grupo social minoritario ocupó la vieja cuadrícula de la ciudad, “una separación de castas total que bien podríamos llamar territorial, dice Ambrosio Perera, pues fuera de tal rectángulo se levantaban las viviendas de aquellos que no enterraban sus raíces en el mantuanismo”. Dice Cecilio “Chío” Zubillaga que en 1768 se llevó a efecto un censo oficial en Carora que dio un resultado impresionante, pues 5.297 personas eran de las clases inferiores y apenas 233 de la otra, es decir, de la principal…” Perera, sostiene que esa “separación existía en Carora hasta muy avanzado el siglo (XX) y que, agrega, en los libros parroquiales de la iglesia de San Juan y desde el siglo XVIII eran por regla general los libros donde se asentaban las partidas correspondientes a los blancos españoles… de aquellos destinados para las partidas de la gente común que comprendía a los negros, mulatos, pardos en general y a veces a los indios y mestizos”.

A Carora se le conoce como “ciudad levítica”, pues es bien conocida la gran cantidad de sacerdotes que han nacido en esta localidad. Debemos de aclarar que buena parte de estos religiosos se extraen del mantuanaje caroreño, pues este grupo social parecido a una casta ha presentado un rasgo muy indeleble e importante, su religiosidad militante, la cual le ha permitido copar los espacios de la institución eclesiástica desde hace bastante tiempo. De los 120 levitas que ha dado la ciudad, bien podemos estimar que un crecido 70 por ciento procede de las clases dominantes hispano-criollas y de la godarria, de entre los cuales destacan 5 obispos. Este dominio godo sobre los asuntos del altar han propiciado la formación de un imaginario de importancia: la muy famosa “maldición del fraile”, en 1859, vísperas de la Guerra Federal, en tanto que en 1905 los mantuanos de Carora expulsaron de la ciudad a un sacerdote de ideas avanzadas que bien podían calificarse como un antecedente de la Teología de la liberación, el Pbro. Dr. Carlos Zubillaga. Ha sido proverbial la dificultad que representó para las diversas sectas protestantes afincar pie en la ciudad, y no lo lograron sino hasta la muerte de Juan Vicente Gómez, cuando un grupo de ellos proveniente de una semicolonia de los EEUU, Puerto Rico, erigió ,después de múltiples tropiezos atizados por la godarria, una casa de oración allí .En pleno siglo XX hubo un sacerdote de la godarria que fungía de líder moralista de la ciudad, monseñor Pedro Felipe Montesdeoca, quien impidió se crease el Rotary Club, porque, según razonaba , era un engendro comunista. Este levita administraba sus oficios religiosos de acuerdo a la procedencia social: a las 5 am. misa para las mujeres de servicio, a las 7 am. para los godos, en tanto que a las 8 am. para el colectivo de la ciudad. Como vemos, una gradación del rito por la escala social.

En nuestras investigaciones sobre la religiosidad de los caroreños hemos determinado que en la conformación de esa atmósfera religiosa en la ciudad han jugado un papel fundamental unas estructuras de solidaridad de base religiosa, como las llama el historiador francés Michel Vovelle: las cofradías y hermandades. Ellas son muy antiguas y ya se había instituído en el medievo europeo entre los siglos XI, XII y XIII. En España son aún en la actualidad, innumerables ,y se les ha estimado como un antecedente del seguro social, pues ayudaban a los enfermos, a viudas y huérfanos, enterraban a los difuntos y garantizaban entierros con misas y oraciones para sacar el alma del purgatorio, una idea sin base bíblica ,como ha establecido Jacques Le Goff. Además eran una suerte de primitivas entidades bancarias y tenían cuantiosas haciendas y hatos con abundante mano de obra esclava. En Carora se les llamó haciendas de las cofradías “del Montón”, situadas al oeste de la ciudad, en la vía hacia el Lago de Maracaibo,una propiedad original de la Iglesia católica , que es el antecedente de la gran explotación ganadera y cañera de la actualidad.

Pues bien, estas hermandades han sido el centro de nuestro interés investigativo, ya que a su rededor se aglutinaron las clases altas y bajas de la Carora del siglo XVI hasta el presente, y a través de ellas podremos detectar los sutiles y complicados cambios que ha experimentado la estructura de la sociedad y su correspondiente modo de actuar y de pensar en la larga duración. Las cofradías no son todas coloniales pues las ha habido republicanas, pero la de mayor prestigio y alcance ha sido, a no dudar, la del Santísimo Sacramento, fundada por los conquistadores españoles en 1585, es decir 16 años después de la fundación de la ciudad. Esta hermandad agrupó sin exclusiones a blancos, criollos, indios, negros libres esclavos, mestizos, mulatos y pardos, lo que niega la existencia en la ciudad de cofradías étnicas, como sí las tuvo la “ciudad madre”, El Tocuyo. La geografía no fue obstáculo para que recibiera hermanos de lugares distantes: Irlanda, Francia, España, Italia, las islas Canarias, Cuba, Santo Domingo, Reino de Santa Fe. Como provenientes de Venezuela están asentados en sus folios y con elegantes caligrafías caraqueños, trujillanos, tocuyanos, barineses, sanfelipeños, valencianos, maracaiberos, nirguanos, corianos, yaritagüeños, sancarlenses, merideños, y por supuesto un grueso número de locales. Oficios y ocupaciones que van desde oficiales, comisarios del santo oficio, profesores de medicina, alcaldes, monjas, organistas, mayordomos de las cofradías, carpinteros, plateros, curas ,licenciados, doctores… Gentes de los más disímiles apellidos de cualquier parte de la península y de Venezuela. Curiosos motes como Belmonte, Bambelle, de la Chica, Matheus, de la Fuente, Barrientos, Darmella, etc., y los más comunes como Bolívar ( el Padre del Libertador ), Riera, Colina, Sánchez, Luna, Rodríguez, Chávez, Blanco y un largo etcétera. Era como se habrá notado una hermandad bastante democrática e internacional.

A finales del siglo barroco, el siglo XVIII, comienza a reflejarse entre las personas que “entran” a la del Santísimo la reiteración de un pequeño número de apellidos, los que con el tiempo habrían de conformar la godarria caroreña, tal como la conocemos hoy en los albores del siglo XXI, pues es un fenómenos que se ha prolongado hasta el presente cuando ha desaparecido de otras ciudades del país. Estos son los apellidos del mantuanismo caroreño: Álvarez , el catalán Riera, Urrieta, Ferrer, Hoces, el canario Oropeza, Arriechi, González, Crespo, Regalado. Es el tímido arranque de una clase social con rasgos de casta y que se completará con estos otros apellidos: el vascuense Zubillaga,el isleño de la Torre, Meléndez, Pero lo curioso de todo este cuadro de cosas que hemos descubierto y por intermedio de los libros de cofradías, que la godarria no es tan colonial como se había pensado hasta ahora, sino que ella es un producto eclesiástico de los tiempos republicanos.

Esto merece, dada su complejidad, una explicación adicional. Sabemos que la Iglesia católica propició las uniones matrimoniales entre personas con vínculos sanguíneos cercanos a través de las llamadas dispensas matrimoniales y sabemos que en Carora la Iglesia fue bastante generosa al expedir tales licencias, pero es el hecho que los legajos de dispensas desaparecieron del Archivo de la Diócesis de Carora desde hace bastante tiempo. En vista de esta carencia documental debimos reconstruir el proceso de la endogamia espiritual y social de la godarria a través y valiéndonos de los libros de entrada en las cofradías. Allí pudimos observar el intenso proceso de uniones matrimoniales entre los patricios caroreños que tiene por escenario temporal, no el siglo XVIII como en las ciudades del resto del país, sino el siglo XIX, a tal punto que podemos decir que es una élite social que se ha conformado tardíamente en tiempos republicanos. Esta es la singularidad social que hemos descubierto y que Ambrosio Perera no captó o se cuidó de manifestarla, pues era una cuestión que le restaría linaje y alcurnia a un patriciado al cual se vanagloriaba de pertenecer.

La hermandad del Sacramentado recibió como cofrades entre 1853 y 1870 la cifra de 682 personas de entre las cuales 257 pertenecen a la godarria, es decir un elevado 38 % de los inscritos, lo que pone en evidencia el acelerado proceso de entronización de los caracolorá en los espacios de las cofradías que se inició con el proceso republicano y que no se detendrá hasta el presente. En este período las uniones matrimoniales entre personas de este reducido y excluyente grupo social son un hecho sin precedentes en la ciudad del Portillo. Así el apellido Álvarez lo encontramos mezclado con los apellidos Gutiérrez, Álvarez, Franco, Indave, Oropeza, Silva, Torres, Montes de Oca, Riera, Zubillaga y Meléndez. El otro apellido godo es González el cual se mezcla con Álvarez y con Gutiérrez. Este último a su vez establece vínculos con González, Álvarez, Silva, Meléndez. El apellido de origen canario Herrera lo encontramos ligado a Meléndez y al recién llegado de Coro, el judío sefardita Curiel.

El apellido de prosapia asturiana Meléndez lo hallamos en enlaces con Meléndez, Riera, Gutiérrez, Torres, Oropeza. El muy sonoro y oriundo de Las Palmas Montes de Oca endogámicamente conectado a Montes de Oca, Indave, Álvarez, Zubillaga, Perera. El apellido que más universitarios ha producido es el canario Oropeza y se mezcla con Meléndez, Riera, Álvarez, Oropeza, Herrera. Otro apellido godo es el emblemático Perera, de origen tenerifeño y que establecerá vínculos matrimoniales con los Perera, Montes de Oca, Álvarez y el vascongado Zubillaga, en tanto que el catalán Riera lo hará a su vez con Silva, Álvarez, Aguinagalde (hoy extinto), Gutiérrez, Perera Montes de Oca. El portugués Silva se mezclará con Andueza, Riera y Oropeza. Y finalmente el apellido de los eternos mayordomos de la cofradía del Sacramentado, el vascuence Zubillaga, el cual aparece vinculado a Perera y Herrera Perera. He aquí como en este “refugio de la hispanidad”, tal como se le ha llamado a Carora, se produjo por efectos del aislamiento geográfico, de los factores económico- sociales y religiosos la muy conocida godarria caroreña del presente y de la cual podemos dar crédito de que hogaño goza de relativa buena salud.

Entre los años 1837 y 1852 entraron a la hermandad del Santísimo cinco personas de apellido Aguinagalde, nueve de Álvarez, 17 de Álvarez con otros apellidos godos, del apellido canario Herrera ingresan siete, los Meléndez ascienden a cinco, Montes de Oca 11, en tanto que 8 son Oropeza, los Perera son 16, los Riera 13, Silva cinco, Torres seis y finalmente el vascuence apellido Zubillaga con dos, una esclava y el sr. Antonio María Zubillaga Perera, mayordomo de esta cofradía hasta su deceso en 1924.Entre esos años el proceso de apropiamiento de los espacios de esta y otras cofradías caroreñas irá in crescendo, pues 108 personas anotadas allí son de la godarria (58 %) y apenas 79 personas, un 42 %, de las otras clases. Estas últimos hermanos llevan apellidos que no hunden sus raíces en el mantuanismo caroreño y son los que siguen: Rivero, Pernalete, Ramos, Carrasco, López, Fernández, Arroyo, Romero, Cuevas, Chávez, Gómez, Chirinos, Pérez, Mendoza. Estos son los años de la verdadera consolidación hegemónica de la godarria, pues son los del secular aislamiento que sufrieron las regiones durante el siglo XIX y que si lo comparamos al siglo XVIII observaremos que las hermandades caroreñas eran en cierto modo cosmopolitas en esta última centuria, como hemos destacado más atrás. Todo lo cual facilitó el predominio social, cultural y religioso de esta clase social minoritaria y excluyente.

Con la llegada al poder del autócrata civilizador, el presidente Antonio Guzmán Blanco y su política anticlerical , signada por el positivismo cientificista, se puso a prueba el espíritu de cuerpo del catolicismo en Carora y consecuencialmente el de la godarria . Hasta ahora se pensaba erróneamente que tal política debilitó a la Iglesia católica. Esto no es cierto en el caso particular que nos ocupa, pues los libros de cofradías revelan que en esos años del guzmancismo la entrada a las hermandades sufrió un proceso exponencial en cuanto a las adscripciones en estas estructuras de solidaridad de base religiosa. En los años del más furibundo anticlericalismo de Guzmán Blanco ,1872 a 1875, las entradas al Sacramentado se elevan a 90 en 1872, 129 en 1873, 116 en 1874, 108 en 1875 cuando venían de una discreta adscripción de 27 en 1853 ,70 en 1858, 55 en 1863 y 44 en 1869. Cabe destacar que esta reacción antigubernamental de las cofradías fue liderizada por elementos fundamentalmente femeninos del patriciado caroreño.

En la levítica ciudad del Portillo se implantó una moralidad que hunde sus raíces la Biblia y en la interpretación que en la filosofía medieval hizo Santo Tomás de Aquino a la Ética a Nicómaco de Aristóteles, las virtudes teologales : fe, esperanza y caridad, la noción platónica del alma que mantiene la cristiandad católica, es decir que el alma y el cuerpo no son dos substancias vinculadas, que el centro de la religión bíblica está el concepto de amor por los que pecan, y que lo temporal es un mero espejo de lo eterno. Es de destacar la enorme eficacia entre nosotros de una idea-fuerza sin base bíblica, el purgatorio, idea que recibiera un tremendo impulso durante el Concilio de Trento en el siglo XVI y que han llegado con notable fuerza hasta nosotros en los días que corren. Biólogos y antropólogos han propuesto que la transmisión cultural se podía describir, en cierta medida, de la misma manera que la herencia genética. El autor de El gen egoísta, el biólogo Richard Dawking ha descrito la cultura como una población de memes, que son “programas de reproducción mimética” igual que los genes. Los memes son unidades de cultura, conceptos, valores, historias, entre otras, que llevan a la gente a hablar o actuar de manera que provocan que otras personas a su vez almacenen una réplica de estas unidades mentales.

Los godos de Carora tenían unas costumbres y usos sociales muy arraigados, sus memes, que han tenidos una prolongación y eficacia temporal admirable. Una de ellas tiene que ver con los espacios sagrados, pues debemos tomar en cuenta que no hay lugar de encuentro más importante entre el hombre biológico y el hombre social que el espacio, nos dice Jacques Le Goff. En este sentido debemos destacar que algunos de los bancos de la iglesia de San Juan Bautista eran privados y de uso exclusivo de los patricios caroreños. Eran un total de 25 de tales muebles con los nombres de las familias godas grabados y que estaban colocados cerca del altar mayor, como dando a entender que ellos estaban más cerca de Dios que el resto de los mortales. Los difuntos de este grupo minoritario gozaban de un tratamiento especial, pues sus cuerpos eran tapiados en las gruesas paredes de la iglesia de San Juan, una costumbre que en los días de Guzmán Blanco enfrentó a los godos con el gobierno, pues es sabido que por razones sanitarias el “ilustre americano” prohibió tales prácticas funerarias, como en su oportunidad lo hizo el médico y presidente de Venezuela, el Dr. José María Vargas.

Las hermandades y cofradías caroreñas eran plurales y aceptaban como miembros a cualquier persona, sin importar su condición étnico o social, como hemos visto, pero la dirección de estas corporaciones siempre pertenecía a un miembro destacado de la sociedad, una persona de cierto relieve social y de cierta notoriedad. Estos eran los mayordomos de las cofradías, quienes llevaban con gran esmero y cuidado sus libros de registros de entradas, sus cuentas y negocios. Queda claro que las clases dominantes hacían todo lo que estuviese a su alcance para apropiarse de la memoria, ellos decidían qué debía recordarse y qué no debía recordarse.

La memoria, la memoria. Ha sido la Iglesia la garante y resguardadora de la memoria de los pueblos en el Occidente cristiano, y lo ha hecho a través de la numerosa legión de levitas que ha producido, en el caso que nos ocupa, la ciudad antigua del Portillo de Carora desde el genésico siglo XVI. De entre ellos debemos destacar que de los 120 levitas caroreños cinco han sido obispos, uno de ellos animado por la Encíclica Rerum Novarum (l891) , el Obispo Mártir Salvador Montes de Oca, fusilado por los nazis en Italia en 1944, suena como candidato a ser elevado a los altares.


En nuestro trabajo investigativo sobre la educación secundaria en Carora, hemos puesto de relieve la hegemonía ideológica y cultural que ejercieron los godos a finales del siglo XIX y principios del XX, puesto que fundaron periódicos y revistas (El Impulso,1904 y El Diario, 1919), crearon el Colegio particular La Esperanza en 1890, sólo para varones y casi todos de la godarria, un colegio para señoritas, el Liceo Contreras en 1915, dirigían los asuntos eclesiásticos, las cofradías, organizaban los actos litúrgicos, procesiones y fiestas sagradas, a la par que manejaban el muy activo comercio local, y se apropiaron progresivamente de hatos, haciendas y cañamelares. Todo un proceso de concentración de la propiedad territorial que ,según Taylor Rodríguez, se inició en 1870 y que fue protagonizado por las familias godas Oropeza, Riera, Álvarez, Yépez y Herrera.

Pero hay un símbolo inequívoco del sentido excluyente de esta clase que se asemeja a una casta y no es otro que la fundación de un club recreativo, a la manera inglesa, elitesco y excluyente, el Club Torres de Carora fundado por los más conspicuos representantes del patriciado el 31 de julio de 1898, a la cabeza de los cuales estaba el médico con estudios en Francia, el Dr. José María Riera, quien murió en un enfrentamiento armado en 1900. Este polémico centro social excluyente y sexista se mantuvo cerrado para el grueso de la población caroreña hasta hace unos pocos años, cuando sus directivos más jóvenes y preparados para asumir los cambios que introdujo la economía de signo rentístico y petrolera, notaron y advirtieron que aquello era un verdadero anacronismo y que como tal debía de dársele final. Fue una lucha que en cierto modo inició Chío Zubillaga a comienzos del siglo pasado cuando renunció a esta corporación por que –aducía- sus salones fueron utilizados para actos sociales y fundamentalmente, para el juego y la venta de licores. El Club se convirtió en una institución exclusiva de los godos. Otros, como el Dr. Pastor Oropeza tienen un concepto distinto del Club, pues dice que esa corporación fue la bolsa y el lugar donde se planificó el desarrollo agropecuario del inmenso Distrito Torres, entidad político-administrativa que, debemos aclarar, representa el 46 % del total del territorio del Estado Lara, por ello se le ha denominado “la Rusia del estado Lara”.

Ha sido el historiador larense Reinaldo Rojas quien ha dicho que la godarria caroreña es en verdad regionalista, pero que es un regionalismo puesto al servicio de la Nación venezolana. Su ancestral y telúrico apego a la tierruca no les ha impedido ponerse al servicio de las causas más nobles y patrióticas en todos los tiempos y lugares. Comencemos a decir que tres caroreños han ocupado el Rectorado de la Universidad de Caracas en distintos momentos, el Dr. Juan Agustín de la Torre en 1789,quien introdujo el pensamiento moderno de Hume, Descartes, Newton y Condillac a las aulas dominadas por la Escolástica de la Real y Pontificia Universidad de Caracas; el Dr. José Manuel Oropeza , de convicciones realistas , que la dirigió en 1819, en tanto que en 1946 estuvo al frente de nuestra alma mater el Dr. Juan Oropesa ,fundador del partido ORVE con Rómulo Betancourt, Alberto Adriani y Mariano Picón Salas, un magnífico y olvidado escritor de la obra Cuatro siglos de historia.

En los días de la Emancipación fue Carora generosa con la Patria y por ello le obsequió, entre otros, dos eminentes patriotas, el general Jacinto Lara, quien participó en 1824 en la batalla de Ayacucho, epónimo actual del estado, y el general Pedro León Torres, quien peleó en la batalla de Bomboná en 1822, epónimo del Municipio que lo vio nacer. En los difíciles momentos de la Federación fue la pluma del Dr. Ildefonso Riera Aguinagalde quien animó el grito libertario y de justicia social, fue uno de los primeros propagadores de la doctrina social de la Iglesia católica, fue famosa su polémica sobre las revoluciones con Cecilio Acosta.


Se distinguió como educador y abogado un discípulo del Br. Egidio Montesinos en el Colegio de La Concordia de El Tocuyo, el doctor Ramón Pompilio Oropeza (1860-1937) egresado de la Universidad Central de Venezuela , fundador del Colegio La Esperanza con el concurso de los godos de la época en 1890, instituto en donde se formaron los hijos de Federico Carmona, fundador del diario El Impulso en 1904,el humanista Luis Beltrán Guerrero “Cándido”, el periodista de combate que en ocasiones se acercó al marxismo Cecilio Zubillaga Perera ,“Chío”, el político ,defensor de la independencia de Puerto Rico , José Herrera Oropeza ,el jurista Ambrosio Oropeza, corredactor de las Constituciones de 1946 y 1961,el historiador Ambrosio Perera ,el Dr. Juan Oropesa, miembro fundador del partido ORVE, Rector de la UCV, el Pbro. Dr. Carlos Zubillaga, un adelantado de la Teología de la liberación, el Dr. Pastor Oropeza, padre de la pediatría en Venezuela y progenitor del periodista y escritor Héctor Mujica, el pediatra Homero Álvarez, padre de nuestro embajador en los EEUU, Bernardo Álvarez.

Hemos dicho que en la ciudad se formó una verdadera elite cultural en Carora bajo la dirección del Dr. Ramón Pompilio Oropeza (1860-1937), en una localidad que no fue beneficiada con la creación de su Colegio Nacional en tiempos de la oligarquía conservadora, pero que la labor educativa la asumieron los religiosos y los particulares, como es el caso del fraile Ildefonso Aguinagalde ,miembro de la Asamblea Nacional en 1863, el de la famosa maldición, y quien abrió una cátedra de latinidad, una lengua que había dejado de ser un idioma universal desde el siglo XVII, por muchos años desde 1829, el Dr. Ezequiel Contreras, fundador del efímero Colegio San Andrés (1855) y el Lic. Rafael Antonio Álvarez quien creó el Colegio de La Paz en 1864, esfuerzos educacionales que no duraron mucho tiempo pero que contribuyeron a fomentar el gusto por el conocimiento y el saber en Carora, una población que muy tardíamente vio llegar el instrumento difusor de la cultura por antonomasia, la imprenta, la cual fue recibida con gran regocijo popular en 1875, cuando un miembro de la comunidad sefardí, un verdadero “intermediario cultural”, José Mármol Herrera la llevó allí y con la cual se imprimió el primer periódico caroreño y que lleva el sugerente nombre de La Patria.

Mucho más tardíamente llegó la educación superior a la ciudad de Carora , pues la capital del estado , Barquisimeto , también sufrió largamente esta carencia, su Colegio Federal de Primera Categoría fue cerrado por el presidente Cipriano Castro y su ministro de Instrucción, el escritor Eduardo Blanco en 1904 , y no fue sino bajo la presidencia del Rómulo Betancourt que se abrieron el Instituto Pedagógico Barquisimeto y el Politécnico de Barquisimeto, hasta que al fin y luego de una presión popular se crearon en Carora sendos núcleos de la la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado y de la Universidad Nacional Experimental Politécnica en la década de los ochenta del siglo XX. Pero una ausencia notable se produjo en este movimiento por la educación superior en Carora y no es otro que el de la “godarria caroreña”, clase social que en el pasado motorizó movimientos e instituciones de cultura y de saber. Ello se debió quizás a que ellos tenían resuelto el problema de la educación de sus hijos al enviarlos a la universidades de Los Andes, a la del Zulia, Carabobo, Central de Venezuela y a las diversas universidades privadas del país y del exterior, sobre todo en los EEUU. Pese a esta evidente ventaja formativa es un hecho notorio que las nuevas generaciones de godos no ha mantenido la preocupación por el saber de sus pares de otras generaciones. Un vacío intelectual sufre la godarria en el presente, ello pueda deberse a que se interesó más por la acumulación de capitales por un lado y a su extrañamiento de la ciudad por el otro.

He aquí pues en donde nos hemos topado con otra de las actividades emblemáticas de los godos de Carora, el mundo de los negocios. Es sabido que desde fines del siglo XIX son poseedores de inmensas haciendas ganaderas y en el presente cañeras, ubicadas en las zonas más privilegiadas del Municipio Torres y fuera de ésta entidad. Han fundado el hospital y la planta eléctrica, dos centrales azucareros, un matadero industrial, colegios privados y un equipote béisbol profesional, el Cardenales BBC y el extinto Banco de Lara en sociedad con el capital nacional. Pero hay un portento muy admirable y que ha sido creación maravillosa de los godos y no puede ser otro que el Ganado Tipo Carora, una feliz mezcla del llamado “ganado amarillo de Quebrada Arriba”, traído a estas tierras por los conquistadores españoles del siglo XVI con razas europeas y norteamericanas, proceso de selección genética un tanto empírico que inició Teodoro Herrera, entre otros, en la década de 1930. Esta Raza, ahora Patrimonio Genético Nacional, un Pardo Suizo criado y aclimatado , de gran rendimiento en el trópico, ha ido a parar a los lugares más remotos del planeta, Indonesia, Colombia, Centroamérica, África, para alivio de la pobreza de esas comunidades preteridas del llamado Tercer Mundo; pero que una paradoja un tanto cruel la acompaña, pues la Arcadia que la vio nacer hace ya 70 años se ha quedado sin el Ganado Tipo Carora, pues menos de 2500 vientres cuenta hogaño el Municipio Torres. Puede que ello sea parte también de la legendaria y un tanto mítica Maldición del fraile (1859) y que ha condenado a la godarria caroreña a vivir de las glorias de su brillante pasado cuando en el presente mundo globalizado ha dado escasas muestras de genio y de creatividad, las que a no dudarlo, les ha faltado en el presente para afrontar la globalización económica y el mortal y fatídico viernes negro del 18 de febrero de 1983,suceso que produjo descalabros notables entre los caracoloradas de Carora.

Bien se puede afirmar que el producto más acabado de la Iglesia católica en Carora ha sido en efecto, la godarria caroreña y que por resultado de una maldición de orden teológico y bíblica, la ya mencionada Maldición del fraile, ha condenado a la godarria del presente a transitar por uno de los más dilatados eclipses por la que ha transcurrido en su existencia esta singularidad social excluyente que aún pervive con relativa fuerza en el presente Las incesantes uniones matrimoniales entre los miembros de lo que llamó Ambrosio Perera “ patricios caroreños” ha ocasionado un resultado esperado y temido por los godos, las enfermedades hereditarias, las que han sido y son comunes y frecuentes entre este grupo social: retraso mental, síndrome de Dawn, esquizofrenia y enfermedades autosómicas recesivas de todo tipo. Es de capital importancia hacer notar que la endogamia no es sólo biológica sino religiosa y que los patricios de Carora han desarrollado unos curiosos nichos semánticos y fonéticos fáciles de percibir por el extraño, componente lingüístico que les da cierta coherencia interna y que aún espera de un estudio científico.
En medio de los enormes cambios políticos y sociales del presente y que han tenido como protagonista principalísimo al presidente Hugo Chávez Frías han tenido ,con contadas excepciones ,dificultades y hasta enfrentamientos con la administración de gobierno nacional y en el Municipio han perdido toda representatividad en la Alcaldía del Municipio Bolivariano General de División Pedro León Torres. Hay quienes afirman que la godarria sufrió una especie de bifurcación, pues una de sus partes se quedó atada a su sustento secular ,la tierra y a una forma tradicional y conservadora de pensamiento; en tanto que otro grupo salió de la levítica ciudad y se instaló en centros de mucho mayor dinamismo económico, social y cultural, tales como Barquisimeto y Caracas ,lugares en donde emprende exitosos negocios en el concierto de una Venezuela que se abre al gran capital internacional y asume una forma cosmopolita de vida que asombraría a sus pares quedados en la vieja y pacata ciudad de Carora. Es el caso de la familia Zubillaga quien en la década de los cincuenta del siglo pasado emprendió un éxodo bastante notable a Caracas , en donde estableció vínculos matrimoniales con los más elevados apellidos de los “amos del valle”, según se puede observar en las páginas sociales de los diarios capitalinos.


Parece ser , y estamos conjeturando , que los godos de Carora carecen de un liderazgo que los guíe en los cambiantes e inesperados momentos que vive el país y el mundo hogaño. En el siglo XIX tal guía como “influyentes locales” la ejercían los sacerdotes y los mayordomos de las cofradías y hermandades, y cuando los dirigentes laicos hacen su aparición, lo hacen los educadores como los doctores Ramón Pompilio Oropeza y Lucio Antonio Zubillaga cuando asumen ese tan necesario liderazgo entre siglos, el cual fue retomado desde principios del siglo XX por Cecilio “Chío Zubillaga y más recientemente por el Dr. Ambrosio Oropeza, el constitucionalista, y mucho más recientemente el odontólogo formado en Brasil en la década de los 50 del siglo pasado, Domingo Perera Riera, ex gobernador del Estado Lara durante la presidencia de Jaime Lusinchi. Desde ese momento hasta el presente la oquedad en el liderazgo mantiene a los godos en permanente sobresalto y temor frente a los anuncios del Alcalde del Municipio , nuestro exalumno en las aulas del centenario Liceo Egidio Montesinos, el Ingeniero electrónico Julio Chávez Meléndez y del reelecto presidente Teniente Coronel del Ejército Hugo Chávez Frías de establecer en Venezuela el llamado Socialismo del siglo XXI, ideas que han resultado en un despertar repentino del letargo que sufrieron las clases subalternas y que se expresa de múltiples maneras en Carora ,antigua ciudad del siglo XVI que se enrumba, dejando atrás al liderazgo y la preeminencia de los godos, hacia el tercer milenio


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CIPRIANO CASTRO Y CARORA


Entrada de los andinos a Carora en agosto de 1899

La ciudad de Carora de fines de siglo XIX que veía llegar los introvertidos montañeses, mostraba una fuerte y marcada impronta colonial que se manifestaba en su catolicismo de masas, sus cofradías y hermandades, su gran cantidad de sacerdotes y levitas nacidos allí, sus templos y capillas, el ceremonial religioso de casi todo el año. Se trataba de una prolongación en el siglo XIX de nuestra cultura colonial y barroca que arraigó profundamente en esta cálida ciudad, que en su vínculo con lo sagrado se asemejaba en fervor y devoción a cualquier localidad andina de Venezuela. Entre el final del siglo XIX y comienzos del siglo pasado se llevaba a cabo una extraordinaria experiencia religiosa y social por los sacerdotes Doctor Carlos Zubillaga y Lisímaco Arturo Gutiérrez, que como bien dijo el Dr. Luis Beltrán Guerrero, se puede calificar como un antecedente de la llamada “Teología de la Liberación.” A lo que debemos agregar la hegemonía de una clase social, la godarria caroreña, grupo social que permanecía y permanece en los días que transcurren, fiel a su pasado hispánico, y aunque no decididamente producto de la Venezuela colonial, pues tal como la conocemos hoy, endogámica y excluyente, ejercía allí una hegemonía ideológica y cultural y ha realizado una importante obra de cultura en esta aislada localidad en el Estado Lara del occidente venezolano.

Contaba la ciudad con unos 8.500 almas, una estructura poblacional en cuyo vértice se hallaba ubicada la godarria caroreña, una clase social con rasgos de casta que dominaba la economía, la sociedad y la cultura. Protagonizan un intenso proceso de concentración de la tierra y una hegemonía en los asuntos de la Iglesia y la cultura en general cuando agoniza el siglo XIX. Se han apropiado del intenso comercio local, de las inmensas y feraces tierras al occidente del Distrito Torres, han copado con sus apellidos las prestigiosas cofradías y hermandades de la Iglesia, dominan los resortes del poder político, además han llevado la imprenta en 1875, fundan el Colegio Particular La Esperanza en 1890, el sexista y excluyente Club Recreativo Torres en 1898, motivaron la prensa, sobre todo el diario El Impulso, fundado por el Br. Federico Carmona en 1904. Es una hegemonía evidente que se sustenta y ampara en la marcada endogamia propiciada por la Iglesia, su catolicismo militante y en un claro signo de exclusión que se proyecta hasta el presente.[1]

Durante el siglo XIX la política en Carora se polarizó entre Unidos (liberal) y Vitalicios (conservador, afecto a la godarria). Pero a finales de tal siglo este dominio conservador mostró sus simpatías y respaldó al carismático y tenido por honesto líder caraqueño general José Manuel Hernández, alias El Mocho, jefe del Partido Liberal Nacionalista, que agrupa a los inconformes con la corrupta maquinaria de gobierno del Liberalismo Amarillo, quienes le roban las elecciones de 1897 y colocan en el gobierno al protegido del general Joaquín Crespo, el Dr. Ignacio Andrade, último representante del decadente liberalismo decimonónico en Venezuela. Hernández decide alzarse desde la hacienda de Queipa, cerca de Valencia el 2 de marzo de 1898. Crespo sale a enfrentársele, pero muere de un certero disparo en combate en La Mata Carmelera, Cojedes. En los días del arribo de Castro a Carora, El Mocho está preso en la temida cárcel de La Rotunda de Caracas.

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José Manuel “Mocho” Hernández. Archivo fotográfico de la Fundación John Boulton. Caracas
A la cabeza de este movimiento se colocó un joven médico egresado de la Universidad Central de Venezuela y con estudios de especialización en París, galeno quien en 1898 había fundado el excluyente y selecto Club Torres, el Dr. José María Riera, personaje trágico de nuestro turbulento siglo XIX que habría de morir prematuramente en una refriega en 1900. De este eminente médico y político caroreño dice el eminente Dr. Pastor Oropeza:

DR. JOSÉ MARÍA RIERA
Médico caroreño afecto al Mochismo y quien recibió a Castro en agosto de 1899

“Médico eminente y generoso murió vilmente asesinado en el “Pozo de las Zábilas” en el Municipio Burere el 17 de abril de 1900. Su nombre, prestigio y vida se lo dio por entero al pueblo venezolano. Espíritu amplio, liberal, luminoso, fue una víctima más de nuestras guerras civiles. La suerte de nuestro país, convirtió al hombre de recia formación universitaria en Europa, en jefe militar y en el director supremo de una bandería política. Hoy que se rinde homenaje a su memoria esclarecida, evoco con emoción su nombre y actuación. Fueron sus libros y el ambiente de su cuarto con sus objetos todos y utensilios intocados, guardados con la más reverente de las devociones dentro de la casa solariega de la abuela, los que hicieron o plasmaron mi futura vida de médico y hombre”[2]

Viene en 1899 el general Castro de su comarca nativa del Estado Táchira al mando de un revolución llamada de los 60, es un jefe, guerrero, político y personalista, que en fulminante campaña llega a Mérida y luego pasa a Trujillo y se dirige a la población de Carora en tránsito a Coro, pues tiene planes de llegar a Caracas y tomarla por vía marítima. Dice Mariano Picón Salas de este personaje que, según su criterio, es el último dictador barroco que conociera el país, que su entrada al estado Lara

“En silencio que ya parece desidia o tibieza hacia el presidente Andrade de parte de sus obligados defensores, don Cipriano entra a Carora el 22 de agosto, casi sin combatir. El 25 el río Tocuyo está crecido frente a la aldea de Parapara y allí se detienen los expedicionarios, mientras amenguan las aguas. En los alrededores del pueblo se estacionan las tropas del Presidente del Estado Lara, Torres Aular, que ha salido a detener a los andinos. Pero de modo inexplicable, las gentes de Torres Aular se dispersan a la primera carga que les envía el batallón “Junín”, comandado por Emilio Fernández. Apenas duró un cuarto de hora la refriega, y Castro baja del cerrito donde la estaba presenciando, a incautarse de las 100 cargas de parque, máuseres, monedas para racionar las tropas y un cañón -el primero que caía en manos de los “restauradores”-abandonados por el muy presuroso Torres Aular.”[3]


El historiador y ex Presidente de Venezuela, el tachirense Ramón J. Velásquez, comete un error al alterar el orden de las batallas al escribir que: “Cumpliendo la orden presidencial, las fuerzas trujillanas del gobierno, miran pasar a las tropas invasoras sin intentar combate y así avanzan hasta Barquisimeto. Parapara y Nirgua serán los próximos triunfos de la expedición revolucionaria” [4]. Debemos aclarar que la batalla que nos ocupa, la de Parapara (actual Parroquia Reyes Vargas del Municipio Torres del Estado Lara), no ocurrió después del tránsito a Barquisimeto de los restauradores, sino después de la toma de Carora. Velásquez hace aparecer erróneamente a Parapara, caserío al margen izquierdo del río Tocuyo como punto intermedio entre la capital del estado Lara y la vecina población de Nirgua, actual estado Yaracuy.

Juan Vicente Gómez y Cipriano Castro. Colección Archivo Audiovisual Biblioteca Nacional de Venezuela

Es poco conocido por la historiografía nacional y en particular por los historiadores tachirenses, que en Carora es un miembro destacado y muy culto de la godarria quien recibió y apoyó al caudillo andino: “El general Castro y el general Gómez siempre recordaron el encuentro en Carora con el Dr. (José María) Riera, cuando venían casi derrotados del Táchira, pero decididos a jugarse el todo por el todo.”[5] Esa historiografía apenas destaca el tránsito por esta ciudad larense que se encuentra a medio camino entre Barquisimeto, el Lago de Maracaibo y la ciudad costera de Coro, en el Estado Falcón. Como veremos más adelante, algo muy importante sucedió a las tropas de Castro en el Distrito Torres, a tal punto que los hizo desistir de su plan de campaña original.

En esta casa propiedad del general José María Riera, ubicada en el casco histórico de Carora, se hospedó
Cipriano Castro, en agosto de 1899.

Juan Páez Ávila dice en su biografía de Cecilio “Chío” Zubillaga Perera que este interesante y combativo personaje era apenas un mozalbete cuando Castro se acercaba en agosto de 1899 a la ciudad de San Juan Bautista del Portillo de Carora:

“Chío comprendió: la recluta. Se acercaba a Carora el general Cipriano Castro con sus invasores. Todos los jóvenes abandonaron la ciudad. Chío no tenía edad para ser “reclutado”.¡Pero era tan alto y tan gordo!(…) La huida fue general. El batallón del gobierno, comandado por el coronel R. Planas, hijo, (…) abandonó la plaza y permitió que el general Castro entrara a Carora sin resistencia alguna .El abandono de la ciudad por la mayoría de la población hizo aumentar las dudas en el caudillo andino con relación a su avance al centro del país”[6]

Más adelante agrega este mismo autor algunos detalles poco conocidos por la historiografía nacional que son necesarios destacar sobre la recepción que le dio la godarria caroreña al caudillo andino:

“En Carora se le sumaron el general Juan José Perera y el Dr. José María Riera, quien lo hospedó en su casa y puso a su disposición algunos recursos para la continuación de la guerra. Castro le pidió al general Juan José Perera que lo condujera a la Sierra de Coro, donde estaba alzado el general Diego Colina”[7]

Es entonces cuando sucede un hecho militar tan inesperado como insólito, como los que nos relata el novelista austríaco Stefan Zweig, que habría de cambiar repentinamente los planes originales de Castro:

“El general Perera, baquiano de esas tierras, hacía los preparativos para llevar al general Castro a unirse con Colina, cuando les llegó la información de que en “Las Paraparas”, cerca de Río Tocuyo, las tropas del gobierno comandadas por el general Elías Torres Aular y el coronel R. Planas, habían sido derrotadas en una refriega después de una primera carga que les disparara el batallón “Junín” comandado por Emilio Fernández. Esta cobarde e inexplicable dispersión de las tropas del gobierno, muy superiores a las de Castro, dejó en poder de éste un importante parque militar, incluso un poderoso cañón.”[8]. Y acto seguido sucedió un cambio de estrategia que torció el rumbo de la campaña del caudillo andino: “Castro hizo llamar al general Perera y le dijo:--“No, amigo. Ahora no es para la Sierra de Coro para donde marcho. Es hacia Barquisimeto hacia donde me encamino a estrellarme o a vencer”[9]


Otro autor, el tachirense Manuel Carrero escribe en su bien documentada obra muy brevemente sobre el tránsito del general Castro por la jurisdicción de Carora:


“Atravesando los cálidos y penosos caminos de Trujillo y Lara, la “revolución” llegó el 22 a Carora, ya desalojadas por las fuerzas oficiales. El 24 arribó al (sic) Parapara y el 26 trabó brevísimo y exitoso combate con las fuerzas del Presidente del Estado Lara Elías Torres Aular”[10]

Dice Manuel Carrero, citando al general Eleazar López Contreras y quien describe el enfrentamiento de Parapara que: “En la acción, que duró aproximadamente 20 minutos, se capturó a los generales Planas, Narváez y otros oficiales, 200 individuos de tropa, 600 máuseres, treinta mil cartuchos, un cañón con sus accesorios, bagaje y algún dinero de raciones”[11]. Agrega Carrero que el parte revolucionario del día 26 de agosto (1899) informaba los resultados:

“Un cañón Krupp con todos sus accesorios y municiones, 500 máuser, 30.000 cápsulas y 200 prisioneros, todo quitado al enemigo (…) para entrar del valle de Trujillo al Estado Lara, no siguió el camino que todos los ejércitos seguían desde la independencia, atravesando la cordillera (de los Andes) para caer en (la ciudad de) El Tocuyo, sino que se fue por una pista desusada a que se daba el nombre de “La Viciosa”, rodeando la cordillera. Como no lo esperaban por ahí, en el sitio de Para Para (sic) tomó un gran parque que traían para el enemigo.”[12]


Esta estrategia militar basada en el recurso de la sorpresa fue, a nuestro modo de ver, la responsable del triunfo del caudillo andino en tierras larenses. Castro estaba a mitad de camino a pesar de las medidas tomadas desde Caracas. El general Eleazar López Contreras agrega un dato crucial para entender la relevancia poco comprendida del combate de Parapara:

“Los mil quinientos máuser de repetición y el cañón Krupp sustituyeron la vieja fusilería (cubanos y máuser), de un solo tiro potenciando al ejército revolucionario. Siguió a Barquisimeto luego de intentar la ruta de Coro por Las Playitas y Siquisique, con el fin de sumar las fuerzas del general Colina, a quien supo derrotado por el General (Gregorio S.) Riera.” [13]


Hasta aquí es necesario hacer dos importantes precisiones. En Parapara Castro tomó importantes decisiones que ya hemos conocemos, la primera de ellas es que acá desechó su plan de tomar a Caracas por el Mar Caribe, pues seguramente en Coro y su puerto de La Vela no iba a encontrar apoyo y suficientes embarcaciones para lograr aquél cometido, por lo que decide ir por tierra en la vía a la capital del estado Lara, Barquisimeto. La campaña se quedó en tierra y no siguió por agua, como originalmente había pensado Castro. Esto fue decisivo. El otro aspecto que es necesario resaltar tiene que ver con la captura de material bélico y hombres que logró Castro en la batalla de Parapara. Acá se produjo un hecho militar singularísimo que no es otro que desde antes de esta refriega el ejército de Castro era por su armamento y pertrechos una montonera del siglo XIX y que después de Parapara se transforma en un ejército más moderno y mucho mejor equipado, que en lo sucesivo le iban a dar una ventaja o lo colocaba en igualdad de condiciones sobre las tropas del gobierno del Presidente Ignacio Andrade. El viejo máuser de un solo tiro estaba emparentado con el arcabuz del siglo XVI de los conquistadores españoles, en tanto que el máuser de repetición permitía al soldado hacer varios disparos sin tener que detenerse a recargar. La tecnología moderna había cambiado el arte de la guerra por completo, a lo que debemos agregar el tremendo poder de fuego y alcance de aquel cañón de la casa Krupp alemana arrebatado a las tropas de Torres Aular. El camino hacia la capital del estado Lara estaba expedito, y los rifles de repetición capturados en Parapara seguramente fueron decisivos para derrotar a las tropas gubernamentales en Tocuyito, Estado Carabobo, batalla que se convirtió en la antesala de la Casa Amarilla.


Como ya sabemos, el general Castro entra triunfalmente a Caracas el 23 de octubre de 1899 dando inicio a uno de los gobiernos más interesantes de cuantos ha tenido el país. La derrota que le propinó en forma definitiva al caudillismo y al liberalismo decimonónico, la centralización política y administrativa que inició y que habría de culminar el general Juan Vicente Gómez, su valiente nacionalismo, así como su enfrentamiento al capitalismo imperialista que daba sus primeros zarpazos, lo destacan como uno de los mandatarios más insignes que ha tenido la Patria de Bolívar.


El gobierno del general Castro en Carora.
1899-1908

El ascenso de los cordilleranos al poder despertó múltiples simpatías en la Carora de fines de siglo XIX, a pesar de que en 17 de abril de 1900, su más destacado líder, Jefe y Centro de la oligarquía caroreña y mochista confeso, resultó asesinado en una refriega en el sitio de Las Sábilas Coloradas, cerca del poblado de Burere, al oeste de Carora. El 8 de julio de ese mismo año los godos reinstalan el Club Torres presidido por el Dr. Julio Segundo Álvarez, pues había estado cerrado esta corporación elitesca por motivos de la guerra.[14]

Una de las más importantes de las instituciones de la ciudad habrá de sufrir un colapso muy grave en estos tormentosos y difíciles años. Nos estamos refiriendo al Colegio La Esperanza o Colegio Federal Carora, fundado en 1890 por los godos de Carora, quien hasta el año 1898 había graduado 28 bachilleres en ciencias filosóficas, en tanto que en el año escolar 1898-1899 estaban cursando sus estudios secundarios 21 jóvenes, todos varones, se estaban dictando cinco cátedras, a saber, Gramática y Retórica, Geometría, Trigonometría y Topografía a cargo del Dr. Ramón Pompilio Oropeza ,Rector de la institución, Y las de Latín, Griego y Física por el Dr. Lucio Antonio Zubillaga, Vicerrector del Colegio, a lo que debemos agregar que funcionaba con cierta regularidad la Escuela (primaria) Anexa al Colegio Federal. En 15 de septiembre de 1900 escribió el Dr. Lucio Antonio Zubillaga en el Libro de Matrícula del Colegio lo que iba a significar once largos años de clausura del instituto:

“Hago constar que en el año académico 1899 a 1900 no hubo cursos, por causa de la guerra. En agosto de 1900 se suprimió el Colegio Federal, y en septiembre del mismo año se abrió como particular.”

Los alumnos que estaban cursando la clase de Latín en 1899 eran: Ferdinando Álvarez, Manuel Ignacio Carrillo, Francisco Miguel González, José Herrera, Zenón Mora, Samuel Riera, Juan Ricardo Arispe, Esteban Hernández, Emisael Leal, Rafael Antonio Pernalete, Cecilio Zubillaga Perera, “Chío”, José Rafael Zubillaga. En la Escuela Federal Anexa, dirigida por el br. Rafael Losada se preparaban los siguientes muchachos: Agustín y José Rafael Arispe, Ramón F. Crespo, José Crespo, Jacobo José Curiel, Simón Oropeza, Pedro José Silva, Ramón Crespo, Antonio Jiménez, Agustín Gutiérrez, Felipe Segundo Montero, Juan Bautista Silva, Ángel Oviedo, Pedro Adrián Zubillaga. El Colegio volvió -como se habrá notado- a su primitiva condición de colegio particular o privado, decimos hoy, pues fue sacado del Presupuesto Nacional mediante la infame Ley de Rentas y Gastos Públicos de 1900. Era tan desesperada la situación del país, que el ministro Dr. Félix F. Quintero no elaboró Memoria y Cuenta del Ministerio de Instrucción, pero sí fue capaz de borrar de un plumazo el Colegio caroreño, así como muchos institutos de educación de Venezuela.[15]

Dr. Ramón Pompilio Oropeza
Rector y fundador del Colegio “La Esperanza”

¿Por qué se suprimió el Colegio caroreño? Cuando Castro asume el poder consigue a un Estado y a un país en ruinas. El precio del café, nuestro principal producto de exportación, había bajado de una manera espectacular, pues llegó a pagarse a 0,83 bs. en 1899, cuando se pagaba a 5,47 bs. en 1895, la deuda externa ascendía a más de 200 millones de bs., el crédito externo estaba por el suelo, las transacciones anuladas. Castro necesitaba dinero a toda costa para mantenerse en el poder y recurre al cierre de múltiples instituciones educativas, las universidades de Carabobo y del Zulia en 1903 y varios colegios de Primera y de Segunda Categoría, ordenada por el Dr. Eduardo Blanco, Ministro de Instrucción, alegaba Blanco para justificar sus infamias que: “a la deficiencia de la enseñanza se unía el exceso de médicos y abogados lo cual contribuiría a crear en el país un verdadero “proletariado intelectual” en Venezuela., dice Mariano Picón Salas que esto era “una constante perniciosa de nuestra historia republicana. Una dolencia profunda que no era tan sólo de la educación, sino de todo nuestro organismo histórico.” Habría que esperar hasta el año 1911 para que el Colegio fuese reabierto por el general Juan Vicente Gómez y su ministro de Instrucción, el historiador y político larense Dr. José Gil Fortoul. El cierre del Colegio Federal Carora de 1900 perjudicó sobre todo a la godarria caroreña, pues su matrícula se extraía en su casi totalidad del “patriciado caroreño”, para utilizar la expresión del historiador Ambrosio Perera. Los Libros de Matrícula del Colegio, ahora de nuevo particular, muestran un espantoso cuadro de desolación y abandono. Las cátedras de Gramática, Retórica y Latín sin alumnos. Apenas aparece la solitaria figura de un joven, Emisael Leal, en las de Filosofía Elemental, Aritmética y Algebra, en tanto que en la Física, Astronomía y Cronología se inscribieron Zenón Palma hijo, Rafael Leal, Alfredo Franco y Agustín Oropeza.[16]

Al año siguiente, es decir en 1901, la godarria rinde homenaje a su líder recién desaparecido, el Dr. José María Riera. Una bala lo hiere en una refriega en Las Sábilas Coloradas el 17 de abril de 1900 al no poder montar a tiempo en el momento de la fuga, fue después alcanzado por un piquete de fuerza del guerrillero Rafael Montilla y su segundo, Montaña. Así, herido, fue encontrado por Rafael Aranguren quien lo cosió a balazos.[17] El 23 de marzo de 1901 el Club de la godarria emite el siguiente considerando en su memoria:


EL CLUB TORRES


CONSIDERANDO

Que esta sociedad debe al finado Dr. José María Riera, en su creación y sucesivo desarrollo, la muy especial cooperación de la iniciativa de su carácter eminentemente sociable y progresista, y de su ferviente entusiasmo por todo acto que dijera relación con el adelanto del nativo suelo.

CONSIDERANDO

Que en la época azarosa de su fallecimiento, por el extremo grado de guerra civil en que estaba envuelta nuestra patria, no pudo esta Corporación exteriorizar su gratitud y su justicia por medio de ninguna demostración de duelo, ni siquiera cumplir con los deberes que para el propio caso pautan sus estatutos.


CONSIDERANDO

Que dada la profesión humanitaria de aquel inolvidable consocio, su personal temperamento de filántropo y el edificante ejemplo que dio de de ordinario sacrificio del interés personal al internes ajeno, ningún tributo más grato puede rendirse a su memoria, que el establecimiento de una obra benéfica, de carácter permanente, y que contribuya al alivio de las clases menesterosas de este pueblo, que ha perdido en él uno de sus más abnegados bienhechores;

ACUERDA

1º Establecer en su propio seno una Institución benéfica a favor de los pobres vergonzantes, cuyas bases y reglamentación fijará la Sociedad y cuya inauguración tendrá lugar el día del primer aniversario de la muerte de aquel.

2º Asistir en cuerpo a los funerales que se celebraren en su aniversario.

3º Presentar este Acuerdo a la Señora Madre del finado por órgano de una comisión designada por la Presidencia.

Carora, 23 de marzo de 1901


EL Presidente: Julio Segundo Álvarez
Vicepresidente: Nicanor Oropeza
Secretario de Actas: Francisco Manuel Álvarez
Sub Secretario: Rafael Herrera Oropeza
Secretario de Correspondencia: Rafael Losada
Sub Secretario: Rafael Zubillaga
Bibliotecario: Rafael Tobías Marquís
Administrador: Jacobo J. Curiel[18]


En 1902, la más querida de las instituciones educativas de Carora, el Colegio particular La Esperanza toca fondo, pues no hay ningún muchacho inscrito, no hay cátedra alguna abierta. Sin embargo, y a pesar de la ruina y las pérdidas materiales y humanas ocasionadas por las guerras civiles y por la revolución del general Castro, cuando las potencias europeas bloquean nuestras costas, la godarria sale en defensa de la patria mancillada por “la planta insolente del extranjero”. En los salones del club de los godos se redacta el siguiente documento en apoyo al gobierno de Castro:



“3 de febrero de 1903. Sesión extraordinaria convocada a excitación patriótica de los socios Dr. Julio Segundo Álvarez, Jacobo José Curiel, José María Zubillaga Perera, para resolver la actitud que debería asumir el Club Torres ante la amenaza de la Patria hecha por Alemania e Inglaterra. Discursos del Dr. Ramón Pompilio Oropeza, Dr. Julio Segundo Álvarez, Gnal. F.N. Jiménez. Acuerdo de Protesta.”



EL CLUB TORRES DE CARORA


CONSIDERANDO:

Que ante el inminente peligro en que se encuentra la Soberanía Nacional, por la agresión insólita de Alemania e Inglaterra, ningún venezolano puede permanecer indiferente, sino que por todas las partes debe dejarse oír la altiva protesta del patriotismo indignado;


CONSIDERANDO:

Que no merece llamarse hombre el que tolerase impasible ver cambiar su título de ciudadano de una República libre, siquiera se halle como la nuestra sujeta a las agitaciones naturales en las Naciones jóvenes, por el ominoso dictado de colono o protegido de Potencia extranjera, y no prefiriese la muerte a tal ignonimia.


CONSIDERANDO:

Que Carora tiene que ser consecuente con sus heroicas tradiciones, mostrando en la presente ocasión que no es indigna de haber sido la cuna de los siete hermanos Torres, de Lara, Montesdeoca y de cien más, que contribuyeron con sus esfuerzos y sus vidas a la creación de nuestra nacionalidad y a la libertad de medio continente;


CONSIDERANDO:


Que una de las primeras disposiciones reglamentarias de esta Corporación es proponer a mantener vivo en el corazón del pueblo el fuego del amor patrio; y que por otra parte, el Club Torres está obligado a corresponder al glorioso nombre que lleva, ya que es el de aquel Prócer Inmortal que no dejó sacrificio que no hiciera en el altar de la Patria, hasta el del orgullo militar herido, pues no vaciló, en ocasión memorable, en deponer la espada del General para tomar el fusil del soldado;



CONSIDERANDO:

Que al mismo tiempo que la protesta contra las pretensiones extranjeras, se hace necesario que los hombres de buena voluntad dejen oír su palabra serena y desapasionada, predicando la concordia entre todos los hijos de la Patria, desgraciadamente dividida hoy en lucha fratricida, y clamando por la culminación de la actual contienda civil, como una imperiosa necesidad de los presentes críticos momentos.


ACUERDA
1º Protestar de la manera más solemne contra el violento y escandaloso ataque a la Soberanía Nacional hecho por Alemania e Inglaterra.

2º Manifestar de igual manera que todos y cada uno de los miembros del Club Torres están dispuestos a contribuir con todas sus energías, recursos y esfuerzos a la defensa de esa Soberanía, ora tomando las armas, ora por todo otro medio, según el giro de los sucesos y la posibilidad de cada cual, sin omisión de sacrificios de ningún género;

3º Excitar vehementemente a los venezolanos que empuñan sus armas entre sí, a prestarse, ante el peligro común, a cualquier avenimiento; a cerrar los oídos a la voz del odio fratricida, y no oír sino el gran clamor del patriotismo, que pide en todos los tonos que en Venezuela no haya más que un solo partido: el de la Patria; y una sola aspiración: la de salvarla, y, si fuere preciso, morir por ella.

Dado en la sala de sesiones del Club Torres, en Carora el 4 de febrero de 1903.

EL Presidente: Ramón Pompilio Oropeza.
El vicepresidente: Jacobo J. Curiel
El Secretario de Actas: Gilberto Zubillaga
El Sub Secretario de Actas: Rafael Losada
El Secretario de Correspondencia: Julio Segundo Álvarez
El Sub Secretario de Correspondencia: Roberto Riera
El Tesorero: Ramón Zubillaga
El Administrador: Rafael Herrera Oropeza
El Bibliotecario: Ramón Riera Álvarez

Lucio Antonio Zubillaga, F. N. Jiménez, José A. Gutiérrez hijo, Ramón Gutiérrez, F. Franco Urrieta, Rafael Tobías Marquís, Ignacio Zubillaga, Víctor M. Silva, José María Zubillaga Perera, Lucio P. Montesdeoca, Rafael Zubillaga, Fortunato Herrera, Samuel Silva Riera, Nicanor Oropeza, Flavio Herrera Oropeza, Francisco Manuel Álvarez, Francisco María Álvarez, José Zubillaga, Jaime Riera M.

Aprobada en sesión extraordinaria de esta fecha.
El Presidente: firmado: Ramón Pompilio Oropeza.
[19]

Como se habrá notado, quienes suscriben este documento son los más conspicuos representantes de la godarria caroreña, a la cabeza del cual se coloca en su calidad de Presidente del Club, el Dr. Ramón Pompilio Oropeza, Rector del Colegio Federal Carora, cuando Castro ordena suprimirlo en septiembre de 1900. Pudo más la fuerza del patriotismo que el rencor que pudiera guardar en su corazón el educador por la clausura de su querido instituto. Le acompañan en el documento el Br. Rafael Losada, el Dr. en medicina Julio Segundo Álvarez, el Dr. Lucio Antonio Zubillaga, el Dr. Rafael Tobías Marquís, el Dr. Ignacio Zubillaga, docentes de la institución. Es impresionante la carga emotiva que mueve la fibra patriótica que emana de este acuerdo de la godarria de principios de siglo pasado. Cabría preguntarse si la godarria de Carora del siglo XXI será capaz de producir un documento de tal tono frente a las amenazas imperialistas norteamericanas que acosan a Venezuela en el presente.


Pero hay un hecho que nos llama la atención y tiene que ver con el silencio que guardan los “patricios caroreños” en ocasión de los acontecimientos terribles que vivió el país como consecuencia de la llamada Revolución Libertadora (1901-1903), comandada por el banquero Manuel Antonio Matos, quien recibe apoyo para levantar una revolución de los norteamericanos, franceses y alemanes. En los salones del Club Torres no se convoca a ninguna Sesión Especial, ninguna excitación al patriotismo se vocea, ningún Acuerdo de Protesta se redacta. Este silencio no va a durar mucho tiempo, como se verá más adelante. Parece ser que en Carora se ignoraba de la intervención solapada de las potencias extranjeras en “La Libertadora”, o puede ser que Matos despertó algunas simpatías entre la godarria, lo cierto es que una nueva intervención, flagrante y directa de Holanda en 1908, en vísperas de la caída de Castro, encenderá de nuevo la fibra patriótica de la godarria, como veremos más adelante.

En esos azarosos momentos el Colegio Particular La Esperanza abrió para el año académico 1903-1904 una cátedra de Gramática, Retórica y Latín y se incorporaron los jóvenes Antonio N. Jiménez, José Crespo, Félix Mariano Zubillaga, Rafael González, Jacobo José Curiel, Pedro Adrián Zubillaga, Simón Oropeza, Rafael Andrade, Emigdio de Santiago, José María Nieves y Eustaquio Castillo. Pero la calamidad de la guerra impidió que ellos rindiesen sus exámenes finales. El Dr. Lucio Antonio Zubillaga escribió en el Libro de Actas de Exámenes: “En 1903 no hubo exámenes, por haberse suspendido el Colegio a causa de la guerra civil.” En efecto, la Revolución Libertadora estaba cerca de Carora, la ciudad de Barquisimeto había sido tomada por sus tropas, el 13 de febrero de 1903 atacó a la Carora el general revolucionario Juan Bautista Barráez, quien perdió la acción. Durante y después de 1904 el Colegio La Esperanza desapareció por completo, no se abrieron cátedras, no hubo inscripciones, no se levantaron Actas de exámenes. En 1906 el Rector de la institución aparece como presidente del Club Torres y en 1908, “presionado por sus paisanos”, acepta la Presidencia de la Alta Corte Superior en Barquisimeto, aceptó aquel cargo para gestionar ante las autoridades la reapertura del Colegio Federal Carora, el cual, como vimos, fue suprimido por el general Castro en 1900.[20]

Como ya dijimos con anterioridad, un miembro de la pequeña comunidad judía sefardita caroreña, conversa al catolicismo, Julio Mármol Herrera, es quien lleva a la ciudad en 1875 la imprenta. Desde ese momento se imprimieron unos 25 periódicos hasta 1900. Pero es el 1º de enero de 1904 cuando nace el primer diario en la ciudad fundado por el Br. Federico Carmona, llamado de forma muy auspiciosa El Impulso. Este periódico, de los más antiguos de país aún circula en la actualidad, y que Humberto Cuenca ha denominado periódico portátil, puesto que circuló en su ciudad de nacimiento hasta 1919, año en que Carmona lo trasladó a Barquisimeto. Chío Zubillaga dijo en cierta oportunidad que “El Impulso enseñó a los caroreños a leer.” Una vez que El Impulso se fue a Barquisimeto, nació de inmediato en la ciudad otro periódico diario, esto es, El Diario de Carora, fundado por José Herrera Oropeza.



Cecilio Zubillaga Perera, “Chío”,
periodista que en ocasiones se acercó al marxismo




El 24 de noviembre de 1908 el Presidente Castro sale con rumbo a Alemania a someterse a una delicada intervención quirúrgica en sus maltratados riñones, ocasión que aprovecha el general y Vicepresidente de Venezuela Juan Vicente Gómez para dar un incruento golpe de Estado el 19 de diciembre. Las potencias del momento, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Holanda se coaligan para impedir el retorno de “El Cabito” al país. En Carora cunde la alarma general. El 16 de diciembre de 1908 se lleva a efecto una Sesión Extraordinaria en los salones del Club Torres:


“…a excitación patriótica de los socios Br. Miguel Ángel Meléndez, José Herrera y Víctor Silva, para resolver la actitud que debía tomar el Club Torres ante los actos hostiles en aguas venezolanas por el gobierno de Holanda. Lucidas y patrióticas palabras del señor Presidente Br. Ramón Riera Álvarez. Bello y elocuentísimo discurso lleno de recuerdos históricos y de ideas patrióticas del señor Br. Agustín Oropeza, para terminar proponiendo que el Club Torres levante su enérgica protesta contra el insólito ultraje de que ha sido víctima Venezuela, firmado por todos los socios de la Corporación. Discurso patriótico del Br. Rafael Losada, aprobando la moción Oropeza, que dio por término el siguiente Acuerdo:


EL CLUB TORRES DE CARORA


CONSIDERANDO

Que el sentimiento patrio se halla profundamente lacerado por la inicua agresión de los “Países Bajos”, al hacer manifestaciones hostiles a la Nación en propias aguas venezolanas;

CONSIDERANDO

Que este acto insolente y audaz constituye una grande ofensa para la augusta Soberanía de la República; y que no es posible que los ciudadanos de esta Patria tan libre –que surgió como de la mágica advocación de un potente conjuro, de la palabra y de la espada de Bolívar el grande, de Sucre el Hércules, del indomable Páez y de mil campeones más que iluminaron la historia con el sublime fulgor de sus portentos- vean impasibles la brutal y salvaje agresión que nos ofende;

CONSIDERANDO

Que esta circunstancia Carora- fragua de héroes y alentadora de grandes energías en los días genésicos de nuestra nacionalidad, la ciudad legendaria, bajo cuyo purísimo cielo vieron la luz del sol los siete Torres, Lara, Montesdeoca, Espinoza, los Samuel y otros héroes más- debe probar que aún palpita en ella el mismo fuego sagrado que animó a estos titanes a sacrificarse en aras de la augusta libertad;

CONSIDERANDO


Que esta Corporación, ya por encerrar en su seno elementos valiosos y abnegados, ya por que es una de sus atribuciones reglamentarias mantener vivo en el ánimo del pueblo el sentimiento del amor patrio, ya, y muy especialmente, por tener como timbre de su más legítima gloria llevar el bendecido nombre de Torres, está en el deber, en el presente caso, de hacer las más altas manifestaciones de patriotismo.

ACUERDA

1º Protestar de la manera más categórica y solemne contra el violento e incalificable atentado que ha herido en lo más íntimo las fibras del alma nacional;


2º Excitar el sentimiento popular y la virilidad venezolana para que, en caso necesario, marchemos a la lucha con la intención resuelta de sacrificarlo todo por la Soberanía e integridad de la Nación.


3º Manifestar al País que todos y cada uno de los Miembros del Club Torres en defensa de esa integridad y soberanía están dispuestos a hacer gustosos las ofrendas de sus vidas e intereses en las aras augustas de la Patria.

4º Enviar copia del presente acuerdo que será firmado por todos los miembros del Club a la Junta Patriótica establecida en esta ciudad, y publicarlo por la prensa.


Dado en el Salón de sesiones del Club Torres en Carora a 17 de diciembre de 1908.

El Presidente: Ramón Riera A.
El Vicepresidente: Víctor M. Silva
El Tesorero: Miguel Ángel Meléndez
El Bibliotecario: Ignacio Zubillaga
El Secretario: Jaime Riera M.
El Sub Secretario: Pedro Adrián Zubillaga
Miembro Honorario: Antonio María Zubillaga
Miembro Honorario: Amenodoro Riera
Lucio Antonio Zubillaga, Ramón Pompilio Oropeza, Pedro Felipe Carmona, Pablo Riera, José María Zubillaga Perera, Jacobo José Curiel, Alejandro Riera, José A. Gutiérrez H. , Ramón Zubillaga, Rafael Oropeza Riera, Anselmo Riera, Pedro Riera A., Antonio Nicolás Jiménez, Rafael Herrera Oropeza, Rafael Losada, Lucio P. Montesdeoca, Ramón Gutiérrez, Rafael Zubillaga, Lorenzo Arispe, Agustín Oropeza, José Herrera Oropeza, José Rafael Zubillaga, Antonio Lameda, Fortunato Herrera, Andrés Riera Álvarez, Diego Herrera, Samuel Silva Riera, Casimiro Carrasco, Juan Agustín Gutiérrez, Guillermo Silva, Augusto Álvarez hijo.[21]

Fue de tal manera como la godarria caroreña despidió del ejercicio del gobierno al general Castro, gobernante del cual no podían saber si regresaría o no de Alemania a encargarse de la presidencia. Seguramente había hondas simpatías por el general andino entre los godos, y lo más importante que hay que destacar del acuerdo que acabamos de leer es que la godarria se siente en la obligación como clase hegemónica de la ciudad a excitar el sentimiento popular en defensa de la soberanía nacional, lo que es muy justo recordar para el presente cuando la patria se ve amenazada, como en el pasado, por la más formidable potencia de todos los tiempos, los Estados Unidos.

Castro comenzó un exilio solitario del cual no volvería jamás. Con la llegada de Gómez al poder con la ayuda de los Estados Unidos, se implantó un gobierno decidida y abiertamente pro norteamericano y que habría de tener el mérito de haber terminado para siempre con el viejo caudillismo decimonónico para siempre. En Carora el entusiasmo cunde por doquier. Chío Zubillaga y el Dr. Ramón Pompilio Oropeza son designados legisladores, representantes del Distrito Torres ante la Asamblea Constituyente del Estado Lara. Dice Juan Páez Ávila que Chío:


“fundó en Carora la Sociedad Patriótica Ezequiel Zamora a través de la cual participó en las elecciones para Diputados a la Asamblea Legislativa del Estado Lara. Fue electo diputado. Como tal, le correspondió refrendar la reforma de la Constitución Nacional, que permitió que Gómez fuera nombrado Presidente de Venezuela (…) hasta 1911.” [22]


Gómez recibió de igual manera el apoyo del otro legislador del Distrito Torres, el Dr. Ramón Pompilio Oropeza, quien deseaba a través de ese gesto conseguir la reapertura de su querido Colegio La Esperanza o Federal Carora, institución que había sido cerrada en 1900 por su enemigo número uno, el general Cipriano Castro. Venezuela comenzaba a hundirse en la más oscura y primitiva de las dictaduras de todo el continente.

Consideraciones finales.

Resulta poco menos que increíble que ese período tan decisivo en la historia de Venezuela haya recibido tan poca atención en lo referente al paso, estadía y circunstancias que rodearon a los andinos y a su caudillo Cipriano Castro en los días que estuvo por tierras del Distrito Torres y del Estado Lara. Es de resaltar de nuevo que en estas tierras Castro decide continuar su campaña por tierra y desecha su plan original de llegar a Coro e ir por mar hasta La Guaira y, eventualmente, Caracas; en tanto que tras las batalla de Parapara, los andinos capturan unas armas que potenciaron el ejército expedicionario de una manera decisiva, esto es digno de destacar. De modo pues, que en estas tierras semiáridas del Estado Lara se decidió el destino final de la aventura de Castro y no resultaría descabellado afirmar que acá tomó unas decisiones que le abrirían el camino hasta la capital de Venezuela.

A lo anterior debemos agregar que en Carora recibe el apoyo de una clase social de raigambre mantuana, endogámica y excluyente, los godos o “caras colorá”, quienes se habían abroquelado tras la carismática figura del Mocho Hernández, pero que a pesar de ello los unía, tanto a los andinos como a los godos, el odio hacia el decadente gobierno del último de los liberales amarillos, el general Ignacio Andrade. La godarria mostró en los duros días del bloqueo naval a nuestras costas un extraordinario sentido de Patria, el que se vio potenciado por el carácter anglosajón, protestante y luterano de las fuerzas enemigas, lo que movió la más íntima fibra católica de los godos caroreños, quienes habitaban en esa oportunidad una de las ciudades más conectadas con lo sagrado, el rito y la liturgia católica de todo el país. Debemos aclarar que en su mayoría habían entrado como hermanos en las prestigiosas cofradías religiosas de la Iglesia, a la cabeza de las cuales se encontraba la del Santísimo Sacramento, fundada en 1585. Este minúsculo sector social colocó al servicio de la causa de la Nación amenazada lo mejor de sus prohombres, y no dudó ni por un instante de hacer el mayor de los sacrificios para defender la Patria mancillada porque otro resorte moral los impulsaba, el de ser descendientes espirituales de la procera ciudad de Carora, localidad que como pocas, en los días de la Emancipación colocó al servicio de la libertad un grueso número de patriotas a la cabeza de los cuales se colocaron los generales Jacinto Lara y Pedro León Torres, héroes de la Independencia venezolana y suramericana.


Estas circunstancias motivaron el decidido respaldo que le brindaron al andino, pese a que en 1900 eliminó a una de sus instituciones más queridas , que había sido una creación de la godarria, sobre todo del financista Andrés Tiberio Álvarez, primera riqueza entonces del Distrito Torres, el Colegio La Esperanza , institución que en 1891 pasó a llamarse Colegio Federal Carora, centro educativo en la que se estaban formando los hijos de los godos y que estaba siendo dirigida por dos de sus más preclaros de sus representantes, los doctores Ramón Pompilio Oropeza y Lucio Antonio Zubillaga, quienes además presidieron en su oportunidad el más abierto símbolo de exclusión de los godos, el Club Torres, corporación que se sabía ductora del colectivo caroreño y que en caso de una intervención directa al suelo venezolano se iban a poner al lado del resto de sus conciudadanos caroreños, descendientes de piel morena de los negros, de los indios y de uno que otro español o canario venido a menos. La amenaza extranjera hizo saltar los convencionalismos de clase.

Resulta poco menos que una verdadera tragedia que una de los más acabados y cultos representantes de la godarria, el Dr. José María Riera, acabara de la forma en que terminaron sus días. La violencia más atroz y despiadada, que según el psiquiatra Dr. Francisco Herrera Luque se implantó entre nosotros en aquel siglo genésico de nuestra nacionalidad, el siglo XVI, y que los positivistas atribuían a los determinismos de la geografía y de las etnias, cortó la vida de aquel líder de la godarria que se había preparado en los mejores institutos de enseñanza médica de Venezuela y de Europa, puesto que era un individuo de la única clase social que tenía medios y disposición para coronar tan exigentes y onerosos estudios superiores. Poco pudo el positivismo filosófico, la ciencia médica de Pasteur, el darwinismo, la fraternidad profesional médica, la religión de la humanidad de Comte, así como la fe en el progreso para lograr un cambio de mentalidad en aquel hombre que por tradición e instinto estaba anclado en la barbarie, la indisciplina social y la violencia que campeaba en la Venezuela finisecular. Sus ojos se cerraron para siempre aquél 17 de abril de 1900 y no pudieron ver el inicio de la parasitología en Venezuela en el hospital Vargas, ni la fundación del Colegio de Médicos en 1902, tampoco la erección de la Academia Nacional de Medicina en 1904.

Recordemos que el Dr. Riera pudo atisbar el progreso científico moderno de fines del siglo XIX y de comienzos del XX en Venezuela, el inicio de las especialidades de urología, la oftalmología y la pediatría En este sentido debemos decir que el malogrado médico caroreño era contemporáneo de los doctores Luis Razetti, José Gregorio Hernández, Francisco Antonio Rísquez, el barquisimetano Pablo Acosta Ortiz, Santos Dominici, David Lobo, Felipe Guevara Rojas, T. Aguerrevere Pacanins, Alfredo Machado, J.M. de los Ríos Llamozas, Manuel Antonio Fonseca y el bachiller Rafael Rangel. Que como estudiante frecuentó los pasillos del Hospital Vargas, fundado en 1891, que asistió a las recién creada cátedra de Histología Normal y Patológica y que entre sus manos acarició y hojeó la Gaceta Médica de Caracas (1893), esfuerzo académico y científico animado por el positivismo, filosofía cientificista introducida en el país por los doctores Adolf Ernst y Rafael Villavicencio en la Universidad de Caracas, y que finalmente no pudo saber que el caudillismo llegaba por fin a su extinción en esos días. Sólo nos queda hacer el uso de la historia contrafactual y preguntarnos: ¿qué hubiese sucedido con la figura del Dr. Riera si hubiese logrado sobrevivir a la vorágine destructiva de nuestras guerras intestinas del siglo XIX?


[1] Cortés Riera, Luis Eduardo. Del Colegio La Esperanza al Colegio Federal Carora (1890-1937) 1997.Fondo Editorial de la Alcaldía del Municipio Torres-Fundación Buría. Carora. P.166. Y también: Llave del Reino de los Cielos. Iglesia católica, cofradías y mentalidad religiosa en Carora, siglos XVI al XIX. (2002).Trabajo de Grado para optar al título de Doctor en Historia. Universidad Santa María ,2003. P.300. (En proceso de impresión)
[2] Club Torres, Carora. 90 años, 1898-1988. Editorial Pandorga. Carora (1988), pp. 14,15.

[3] Picón Salas, Mariano. Los días de Cipriano Castro. (Historia venezolana del 900) 1986.Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Estudios, Monografías y Ensayos. Nº 75. P. 70-71.
[4] Velásquez, Ramón J. La caída del Liberalismo Amarillo. Tiempo y drama de Diego Paredes. 1988. Ediciones de la Presidencia de la República. Caracas. P. 327.
[5] Álvarez Perera, Orlando. Síntesis. 2003. Tipografía y Litografía Horizonte S. A. Barquisimeto. P. 95.
[6] Páez Ávila, Juan. Chío Zubillaga, caroreño universal. 2006. Dirección de Cultura de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado. P. 12.
[7] Ibidem.
[8] Ibidem.
[9] Ibidem. P. 13
[10] Carrero, Manuel. Cipriano Castro. El imperialismo y la soberanía nacional venezolana. 1895-1908. 2000.Biblioteca de Temas y Autores Tachirenses. Nº 172. Servicio Autónomo Imprenta Nacional. P. 180.
[11] Ibidem. (Resaltado nuestro.)
[12] Ibidem.
[13] Ibidem.

[14] Club Torres, Carora…P. 26
[15] Cortés Riera, Luis Eduardo. Del Colegio La Esperanza…P. 113 y siguientes.
[16] Ibidem.
[17] Álvarez Perera, Orlando. Op. Cit. P. 95.
[18] Club Torres Op. Cit. P. 29.
[19] Club Torres. P. 33
[20] Cortés Riera, Luis Eduardo. Del Colegio La Esperanza…P. 113 y siguientes.
[21] Club Torres. P. 43
[22] Páez Ávila, Juan. Op Cit. P. 29