jueves, 6 de junio de 2013

La Candelaria, lugar de la memoria

       Una existencia soterrada y casi colonial vivían amplias y desconocidas zonas y regiones, desarticuladas entre sí, de Venezuela en el siglo XIX. Y más aún se constataba esta condición en las aisladas y remotas regiones del semiárido del Occidente venezolano. Acá no había ni café, ni cacao, los dos productos que moldearon y le dieron sentido, tono a la vida de nuestros pueblos.
Eran comunidades humanas colocadas en lo que don Miguel de Unamurro llamó la intrahistoria, una historia oculta y replegada, poco conocida. Ese modo atávico de vida no se canceló del todo con la brusca e inesperada aparición del petróleo. Al abrigo del aislamiento geográfico y el clima pervivieron relaciones sociales muy antiguas, pues venían de cuando éramos una humilde provincia del Imperio Español en América.
Y allí estaba una pequeña aldea llamada La Candelaria, en el vientre profundo de la Otra Banda, al noroeste de la antigua ciudad del Portillo de Carora. Poblado republicano que comenzó a instalarse no más concluyó la Gesta Magna independentista. Acá convergieron los descendientes de los primitivos aborígenes ajaguas, los canarios y peninsulares con los negros de la etnia tare, escapados de las haciendas de las cofradías “del Montón”, propiedad de la Iglesia Católica, con su centro administrativo ubicado en Burere. Es por ello que no es casual en modo alguno que el topónimo escogido para darle nombre al poblado, Candelaria, tenga raigambre marianista, insular y fundamentalmente canario.

Es excepcional, un milagro cultural que aquel remoto y minúsculo poblado de unos 100 habitantes, perdido entre la vegetación xerófila de cardones y tunas, semianalfabeta, se la haya llamado con propiedad aldea musical. “Y la música era el alimento espiritual más inmediato que se poseía. No había casa -dice Alirio Díaz- donde no hubiese música, ahí estaba el cuatro, el bandolín, estaba la guitarra, el furruco…todos los instrumentos de nuestra gente, de nuestro pueblo…las maracas…pero aparte de esto habían las tradiciones, la tradición de la Salve a la Cruz de Mayo, la Salve a San Rafael.”

Cómo dilucidar semejante prodigio de la cultura popular musical venezolana en una tierra moldeada de forma profunda por el trabajo y hacer cotidiano ancestral. La explicación de muchos fenómenos culturales venezolanos es una perpetua interrogante, afirma Picón Salas. Avancemos, pues, en la búsqueda por desentrañar tan insólita, original como hermosa circunstancia de la cultura popular de nuestra Venezuela profunda.

Y fue precisamente Mariano Picón Salas quien nos habló, de la “civilización del calor”, reivindicando con ello al calor seco y las calumnias que se esgrimieron contra el Trópico. Calor seco y calor húmedo –agrega el merideño- son dos connotaciones fundamentales de nuestra geografía biológica. Las tierras de calor seco desde las islas perleras de Margarita y Cubagua hasta Coro, Carora, El Tocuyo en el Occidente, fueron tempranos centros de colonización española. Caroreños y corianos, hijos del paisaje semidesértico, tienen fama de ser los soldados venezolanos de más aguante físico y los borricos y yeguas que llevaron allí los conquistadores proliferaban y se reproducían con mayor talla y resistencia que en sus nativas dehesas andaluzas.

El sabio Francisco Tamayo por su parte nos habla de la “concurrencia larense”, un fenómeno que es producto de una confluencia de medios físicos y tipos ecológicos diversos y, por ende, de formas de vida, de sensibilidades de idiosincrasias, de expresiones. Ello ha dado lugar a un tipo humano de características medias, equilibrado, una síntesis humana mestiza, lo cual le permite afirmar: “En Lara, nace, pues, lo nacional, lo venezolano.” No es por otra razón, pensamos, que sea precisamente el estado Lara la región musical de Venezuela por excelencia.

Contemporáneamente, el sociólogo Nelson Fréitez ha escrito que: “El estado Lara ha sido escenario de la gestación de un conjunto de valiosos intelectuales y artistas con reconocimiento nacional e internacional de la talla de José “Pío” Tamayo, Lisandro Alvarado, “Chío” Zubillaga, Rodrigo Riera, Alirio Díaz, Salvador Garmendia, Manuel Caballero, Rafael Cadenas, entre otros, los cuales presentan dos rasgos comunes, reflejo de los valores abordados anteriormente. Un fuerte y “militante” arraigo por su “patria chica” expresado en sus obras intelectuales y sociales y una elevada y practicante sensibilidad hacia los problemas sociales manifiesta en la generación de conocimiento y de opciones culturales y educativas para los grupos poblacionales más excluidos. Lo resaltante de esta pléyade de valiosos y reconocidos intelectuales ha sido su comprometida disposición a compartir sus conocimientos y talentos en procura de encontrar mejores opciones para la vida económica, social y cultural de la entidad y del país en general.”

Al acercarnos a la jurisdicción de la antigua ciudad del Portillo de Carora, observamos la impronta de un vigoroso impulso cultural desde tiempos coloniales. Resuenan los nombres de Juan Agustín de la Torre, Félix Espinoza de los Monteros, el fraile Aguinagalde, Ezequiel Contreras, Idelfonso Riera Aguinagalde. Al despuntar el siglo XX y en medio de grandes dificultades de orden social y político están allí los nombres excelsos y eminentes de Ramón Pompilio Oropeza, Lucio Antonio Zubillaga, Pablo Alvarez, Federico Carmona, Carlos Zubillaga, Pastor Oropeza, Rafael Domingo Silva Uzcátegui, Antonio Crespo Meléndez, José Herrera Oropeza y su hijo Antonio, Ismael Silva Montañés, Federico Alvarez, Ambrosio Perera, Héctor Mujica, Juan Oropesa, Elisio Jiménez Sierra, Ambrosio Oropeza, Luis Beltrán Guerrero, Guillermo Morón, entre otros.

Esa es la ciudad de raigambre patricia y goda hacia donde miran los ojos de un adolescente criador de chivos, gallinas y puercos que acompaña por ratos en labores de la bodega a su padre, Pompilio. Quiere ser filósofo, humanista, historiador. Con esa firme idea entre cejas escapa una madrugada de su hogar rumbo a Carora Alirio Díaz Leal. Tenía apenas 16 años el mozalbete, pero estaba dotado de una voluntad a toda prueba, férrea y contumaz.

Con unas pocas pertenencias en una caja de cartón, sin un céntimo en los bolsillos, se dispone ir al encuentro del conocimiento y el saber el muchacho campesino de 16 años. Dice el mismo Maestro Alirio Díaz que ya sus hermanos se habían ido al estado Zulia “por aquello del petróleo. Yo buscaba otra cosa, la cultura, que estaba en Carora.” En el interior de su improvisada maleta no olvida colocar los dos tomitos de lo que ha llamado Historieta sobre La Candelaria y Documentos Biográficos, hechura de su propio puño y letra fechado en 1938. Es un documento de un precioso y excepcional valor y que aquí damos a conocer en los 90 años de fructífera vida del Maestro. Dice Alirio que de tal Historieta: “tan pronto como aprendí a leer y a escribir llevé al papel los aspectos los aspectos más interesantes referentes al pasado de la aldea. Concebí en 1938 una historieta de La Candelaria, en la que gracias a mis observaciones y a la información tradicional (oral) anoté cuanto dato existía sobre el por qué de un viejo estanque, de unas casas de tejas…” Con tal ejercicio de la escritura y de la memoria se sintió “como si ya se me hubiesen conferido las atribuciones de cronista de la aldea.”
Es posible conjeturar que la palabra “historieta” empleada por Alirio Díaz en aquel ya lejano año de 1938, pueda deberse a la influencia de los comics o historietas europeas y estadounidenses que se publicaron en Venezuela en los periódicos La Linterna (1900) y Fantoches (1923) de Leoncio Martínez “Leo”, y que en la década de 1930 llegará a las páginas de El morrocoy azul de Miguel Otero Silva, el larense Kotepa Delgado y Carlos Irazábal. Recordemos que Alirio adolescente era un voraz lector de la prensa caroreña, los periódicos El Diario de Carora, Cantaclaro y Tío Conejo, mientras vivió en su aldea de nacimiento. Nos da, incluso, un dato precioso: el diario El Universal de Caracas se leyó durante un año en La Candelaria gracias a una suscripción.

Más adelante hablara el Maestro Alirio de sus primeros días en la ciudad del Portillo: “Pasado el cansancio de los 30 kilómetros que separan a La Candelaria de Carora, supe de don Chío. Recuerdo que llevaba en mi avío unas alpargatas nuevas y mi ropita. Claro, no tena un centavo. Mira, hizo mucho. Pregúntale a mucha gente y tendrás muchas respuestas sobre la maestría, las enseñanzas de don Chío. Sus palabras, sus libros, su manera de ser, de estudiar el mundo.”

Es en este momento en el cual sucede algo estelar y maravilloso: le muestra con su timidez campesina a don Chío el folleto Historieta sobre La Candelaria “con la esperanza de recibir sus sabios consejos, su crítica, y más que todo, con el deseo de que me contase en el círculo de sus discípulos.” Pero el destino estaba escrito de otra manera. Una vez que Alirio termina su sexto grado en la Escuela Egidio Montesinos, don Chío le dice: “Tienes que viajar, tienes que superar tus estudios no estudiando humanidades. El joven pensaba: A mí me atraía mucho la literatura, la filosofía, todo lo que es el mundo de las humanidades. Y el maestro de las juventudes agregó: “No te aconsejo ese camino, porque eso te va a costar mucho dinero, que tú no tienes, vas a pasar mucha hambre, y tu vocación verdadera es la música. Yo sin ser músico, dice Alirio, sin tener conocimiento de solfeo, y él (Chío) tampoco, pero ya había descubierto en mi esa vocación.”

De modo pues que la culminación de Historieta sobre la Candelaria quedaría postergada para muchos años después. No es la primera vez que tal circunstancia sucede en la literatura. Un joven colombiano llamado Gabriel García Márquez, nacido en 1927, quiso hacer lo propio con su pueblo, Aracataca, proyecto que finalmente concluyó en 1967 con la rutilante aparición de su novela Cien años de soledad. De modo semejante acontece con la Historieta sobre La Candelaria, propósito escritural temprano del Maestro universal de la guitarra que se objetivizará en 1986 con la publicación de un ejercicio de la memoria deslumbrante titulado Al divisar el humo de mi aldea nativa.

Historieta sobre La Candelaria, escrita en 1938, está compuesta de dos pequeños tomos. El primero denominado Documentos para la historia de La Candelaria, consta de 27 páginas manuscritas. Comienza con la fundación de la aldea, la cual sitúa Alirio en 1830; sigue luego con lo que llama Edificación; continúa un aparte titulado La educación y su atraso; páginas adelante se refiere a El agua conectado con un estudio de El pozo tubular,1938. Entre las páginas 13 a 17 se refiere a La sociedad y la religión. El templo (página 16) en donde aparecen las dos primeras e muy ingenuas ilustraciones del folleto: la iglesia del caserío.

Las páginas 18 y 19 las dedica a La Candelaria de 1902 a 1905; acto seguido le consagra otras hojas a la arquitectura: La primera casa de adobe y teja, 1895, seguida de Casa donde se cantó primera vez misa en La Candelaria, 1900 (página 20). Y para cerrar este primer tomo escribe: Saqueos y azotes (página 22) Número de casas y habitantes de La Candelaria. Región a la que pertenece. Fauna candelareña (página 24) Climatología y vías de comunicación (página 25) a lo que siguen: Criollismo en épocas pretéritas (página 25); finalmente escribe: La Candelaria y su situación (página 26).
El segundo tomo lo titula Alirio: Datos biográficos sobre hombres de letras y próceres de la Guerra Federal hijos de La Candelaria (página 29); en la siguiente hoja hay una Introducción, seguida de una pequeña biografia de Juan Manuel Oviedo Piñango y también de Ricardo Oviedo Piñango y Manuel Oviedo Leal (página 35).

Así termina esta pequeña obra historiográfica de apenas 38 folios “escritos de la manera más sencilla, pero en los que había, ciertamente, errores garrafales de redacción y de ortografía”, dirá muchos años más tarde el ya consagrado Maestro de la guitarra. Humilde y hasta modesto documento que sin embargo habría de trocarse en las manos de don Chío en el Pasaporte a la universalidad para aquel joven delgaducho que siempre hacia esfuerzos supremos para vencer su timidez rural. Años después le escribirá Chío al mocetón Alirio ya instalado en Caracas asistiendo a las clases de los maestros Vicente Emilio Sojo y Raúl Borges, la profética e intuitiva sentencia: “Sé que llegarás a la cumbre.”

Para el Alcalde del Municipio Bolivariano General de División Pedro León Torres, Ing. Edgar Carrasco, es motivo de suprema complacencia y deleite dar a conocer este documento esencial de la cultura venezolana y que hasta ahora había permanecido casi completamente inédito y anónimo, del cual había hecho desperdigadas referencias en sus escritos y entrevistas concedidas el Maestro Alirio Díaz. Extraordinario y excepcional venezolano del cual nos aprestamos a celebrar magníficamente los 90 años de su nacimiento en el año que transcurre, el venidero martes 12 de noviembre de 2013.

Tiene, pues, el lector entre sus manos una versión de esta Historieta sobre La Candelaria que ha sido transcrita con esmero y diligencia por la Licenciada y Magíster en Historia Isabel Hernández Lameda, en tanto que la diagramación ha corrido a cargo de Jesús Carrasco, un esfuerzo editorial que ve la luz bajo el sello del Fondo Editorial Alí Lameda de la Alcaldía del Municipio Bolivariano G/D Pedro León Torres.
Finalmente debo dar las gracias a la Fundación Alirio Díaz, María Isabel Diaz y Haydeé Alvarez de Barrios, por haberme hecho llegar una copia de Historieta sobre La Candelaria, así como permitir que sea mi persona quien le haga una especie de estudio preliminar a tan inestimable y singular documento.