domingo, 4 de marzo de 2012

Personajes en Carora siglo XVII

Revisando los libros de las cofradías caroreñas de hace 250 años, las hermandades del Santísimo Sacramento, fundada en 1585, y Jesús en La Columna y Glorioso Mártir San George, creada en 1745, que se hayan en el Archivo de la Diócesis de Carora, encontramos inscritos allí una serie de mujeres y hombres, que nos dan una idea de la conformación de la sociedad venezolana en vísperas de la Guerra Magna, veamos.

En 1745 entraron como cófrades a la del Sacramentado el Pbro. Lic. Domingo Espinoza de Los Monteros, natural de La Laguna, Islas Canarias, el Pbro. Dr. Rafael Alvarado Serrano, cura de Petare, el Pbro. Br. Pedro A. Meléndez, clérigo de Carora, el Dr. Antonio Juárez de Urbina, el Sargento Mayor residente en nuestra ciudad Santiago de Silva. En 1757 se inscribió el Lic. (abogado) José de Espinoza de  Caracas, el profesor de medicina Luis Esteban Faisa, docente en la Real y Pontificia Universidad de Caracas, fundada en 1725, el Pbro. Dr. Juan de Mendoza que vive en La Victoria (Aragua), el militar de Carora Don Juan Álvarez de Silva.

         En 1760 lo hacen Lázaro Perera Ancheta, la tía del Libertador Luisa Bolívar y Ponte, el Teniente de Justicia de Barquisimeto Francisco Yépez Herize. En 1764 se agregan a esta cofradía de fama internacional el Dr. Juan Félix de Aristigueta, caraqueño,  la Abadesa del convento concepcionista de Caracas Sor Rosalía Robles, el caroreño Agustín de la Torre Sánchez, un cura vecino de El Tocuyo, Pbro. Lic. Juan Eugenio González, la monja concepcionista Sor Apolonia de Santo Tomás Fajardo, así como su compañera de reclusión Sor Paula de San Rafael Bolívar, el cura de San José, Pbro. Lic. Jacobo de Cusa, la tía del Libertador Josefa Bolívar y Ponte, la madre del General de División Pedro León Torres, Juana Francisca de Arriechi, el caraqueño Pbro. Br. Marcos Reyes, el cura de San Carlos (Cojedes) Pbro. Lic. Baltazar Fuenmayor.

En la otra hermandad caroreña, la de Jesús en La Columna entraron en 1745 el Vicario Foráneo, Comisario de Carora Pbro. Lic. Juan Hilario de Hoces, el Pbro. Pedro Nolasco Riera, Cura Rector de esta misma ciudad, el Cura Rector de la Parroquia de San Juan Bautista Pbro. Br. Antonio Venancio de Urrieta, el Sacristán Br. Domingo Alvarez Franco, fundador de tal hermandad, Dr. Francisco Ramos, Lic. Antonio de Hoces, Lic. Valentín Ocanto, Pedro Regalado Alvarez, Juan de la Torre Sánchez, la trujillana Sor Juana de Villegas, el Corregidor Dr. Domingo García Leal, el guipuzcoano residente en tierras del Morere Teniente de Justicia Juan Manuel de Aldazoro, el cura Rector de Coro Pbro. Lic Juan Sangronis, de la orden de Predicadores aparece  fray Antonio Salazar de Frías. Como evidencia de una picaresca entre nosotros aparece Juan Esteban Verde, alias “el pobre tatareto”. De los Reinos de España en 1749 están Juan Antonio Baudín, Juvencio Segovia, Justicia Mayor de Carora, el pardo de Caracas Teodoro Beato. Entró difunto a la cofradía el cura de Carache Pbro. Lic. Cristóbal Alvarez. Otros son  el navarro (España) Melchor Esponda, el cura nacido en San Carlos Pbro. Francisco Buenaventura, de Caracas Martín Tovar y Galindo, el canónigo Dr. Julián Fernández (1752), los guipuzcoanos Juan de Alzurú que vive en Ospino y Juan de Andonegui , de 33 años.

En 1754 aparecen Salvador de Alvarado, natural del Reino de Santa Fe (Colombia) que vive en San Carlos de Austria, de Barquisimeto Francisco Alvarez de Lugo y Macías, el Lic. caraqueño Juan Suárez de Urbina, y de Trujillo el Pbro. Lic. Juan Pacheco y Meza, el alias “el mestizo” Juan Mogollón, el cura de la iglesia parroquial de Carora Pbro. Pedro Regalado Riera, “la palillos”, alias de Isabel Adames, Doña Luisa, la tía del Libertador, el dominicano Dr. Felipe Prado, el nuevo Mayordomo de la cofradía Sargento Mayor Andrés Antonio de Oropeza, entre otros.

Esta muestra nos coloca frente a una sociedad dominada por lo sagrado, en la que se crean dos imaginarios: la leyenda del diablo de Carora en 1736 y el aparecimiento de la virgen de Chiquinquirá a don Cristóbal de La Barreda en 1746, lo cual se explica por el hecho de que no tuvimos filosofía de la Ilustración, sistema de pensamiento que logró en amplias partes de Europa un proceso de descristianización acelerado, que en cierto modo explica la explosión social que dio lugar a la gran Revolución francesa de 1789. Esa notable ausencia en nuestro sistema de pensamiento es responsable del bajo nivel de uso del instrumento de la Crítica en nuestros medios académicos y de calle, y el innumerable registro de fiestas religiosas y laicas en nuestra Hispanoamérica católica, colonial y barroca.

La Guerra de Independencia de Venezuela en la Jurisdicción de Carora



En el presente trabajo trataremos de hacer una descripción de los sucesos ocurridos en la jurisdicción de Carora durante los sucesos de la Guerra de Independencia entre los años 1810 y 1830. Para tales efectos hemos de tomar en consideración los aspectos y situaciones particulares ocurridos en su extensa jurisdicción. Pero este cometido no lo lograríamos sin tomar en cuenta el escenario nacional e internacional bajo el cual se desenvolvió la Gesta Magna. Pondremos de relieve el carácter artesanal de la economía caroreña, así como la densa atmósfera religiosa que la define, a tal punto que la ciudad se le conoce como “Ciudad levítica” y “Ciudad procera de Venezuela”. En tal sentido utilizaremos la llamada “comprensión” para lograr entender de qué manera una ciudad de rostro artesanal y católico, a la vuelta de poco tiempo se convierte en una de las más decididas ciudades del país que siguieron con verdadero fervor patriótico la ruta independentista.
Escenario geográfico:
La antigua ciudad de San Juan Bautista del Portillo de Carora fue fundada en 1569 en el extremo occidental de la Provincia de Venezuela. Durante la Colonia se le conoció por su activa y reconocida artesanía del cuero, el dinámico comercio con Coro, Maracaibo, Trujillo y Barquisimeto, las muy apreciadas mulas de carga, así como por sus numerosas vocaciones sacerdotales, la existencia de internacionales hermandades y cofradías de la Iglesia católica. La Jurisdicción de Carora se extendía hacia el norte y ocupaba las localidades de Siquisique y Aguada Grande, actual Municipio Urdaneta del Estado Lara.
Asentada sobre un terreno arenopedregoso del semiárido, con escasos recursos hídricos y una vegetación xerófita, la ciudad orientó su economía hacia la artesanía del cuero, la cría y el comercio con los Andes, el Lago de Maracaibo, Coro y Barquisimeto. Las poblaciones más significativas de su Jurisdicción eran Río Tocuyo, Aregue, Arenales, Curarigua, San Francisco, San Miguel de los Ayamanes, y las ya mencionadas Siquisique y Aguada Grande.
Población:
Para finales del siglo XVIII, en 1799, nos dice Reinaldo Rojas, que la población de Carora arroja los siguientes resultados: 469 personas de la casta de los blancos y mestizos, 71 indios, 3.832 negros, zambos y mulatos y 585 esclavos. Para toda la vicaría caroreña las cifras serán 1.999 habitantes blancos y mestizos, 3.160 indios, 3832 mestizos de negro y 585 esclavos; tales cifras, dice este investigador larense, representan un 14, 7 % de la Región Barquisimeto, categoría de análisis creada por Rojas. A fines del siglo XVIII, la llamada “godarria caroreña” daba muestras incipientes de su conformación, la que se lograría finalmente luego de la Guerra Magna, en el escenario de aislamiento, pobreza y violencia que dominó al país durante el siglo XIX.
Cultura y religión:

En el siglo XVIII la ciudad era conocida por la calidad finamente labrada de sus artesanías del cuero, un complejo cultural específico, dice Reinaldo Rojas en su obra. De la misma manera era la ciudad asiento de numerosas cofradías, instituciones de socorros mutuos que le dieron a la urbe una sensibilidad religiosa sin igual y en la cual se incubaron sólidos imaginarios colectivos: la virgen del Rosario de la Chiquinquirá de Aregue (desde el siglo XVII) y la extraordinaria “Leyenda del Diablo de Carora” en 1736, y durante la República, en 1859, la muy conocida “Maldición del fraile”. Se erigió una arquitectura barroca un tanto simplificada, por no ser sobreabundantemente decorada, en las que resaltan las iglesias de San Juan, San Dionisio y la Capilla del Calvario, así como la Casa Amarilla, la Casa del Balcón de los Alvarez. Es el escenario ideal para que allí se produjeran numerosas vocaciones sacerdotales, a tal punto que en los inicios del siglo XX la urbe fue llamada “Ciudad levítica de Venezuela” por el padre Carlos Borges.
En los cultivos de cañamelar curarigüeños, en vía a El Tocuyo, los negros esclavos desarrollaron un complejo cultural sin parangón en el país, el tamunangue, constituyéndose en un conglomerado cultural mestizo que incorpora rasgos hispanos, indígenas y negros, que dan lugar a una manifestación popular y dancística en honor a San Antonio de Padua, el santo de los negros y de los pobres.
Es de destacar un hecho importante para entender esta Región Barquisimeto como categoría de análisis de Reinaldo Rojas. Tiene que ver con la existencia de tres ciudades de blancos en ella, en lo que hoy corresponde al estado Lara: El Tocuyo, Barquisimeto y Carora, conglomerados humanos de donde irradió la cultura dominante hispana en tres siglos de dominación y coloniaje.
Es demasiado importante destacar un hecho que marca a la jurisdicción de Carora cuando estalla la Guerra Magna. Se trata de el enorme vuelco que en la mentalidad de sus habitantes se produce en esos días, pues luego de ser una comarca de pacíficos artesanos del cuero, pequeños criadores y comerciantes fieles a los dogmas de la Iglesia Católica durante los 300 largos años de régimen colonial, al sonar la clarinada del 19 de Abril y en acontecimientos súbitos se vuelve la urbe una ciudad abiertamente alineada con la Independencia, a tal punto que sufrió varios asaltos por realistas y patriotas, como veremos más adelante. Unos años antes, en 1806, se supo en la ciudad del Portillo que “el enemigo estaba cerca”, refiriéndose a la fracasada expedición de Miranda por las costas del Caribe, cercanas a la ciudad de Coro. Nadie se movilizó en Carora para apoyarlo o para manifestarle su aprobación.
Pero un rasgo define a la ciudad: sus numerosos artesanos del cuero, el barro, la madera, el metal. Ellos contribuyeron a darle fisonomía de ciudad a Carora. Se agruparon en defensa de sus intereses en las múltiples cofradías que existieron. Eran, por así decir, sus gremios naturales las hermandades de la Iglesia católica. El artesano, es preciso destacar, tiene una mentalidad proclive a la autonomía, pues vive de su trabajo, que ejerce de manera libre; es el artesano su propio jefe. Esto explica de alguna manera que la ciudad se proclamara ferviente partidaria de las ideas liberales, de la libertad económica, es decir de la plena independencia, y, una vez iniciada la Guerra Magna se convirtiera en una cantera principalísima de reclutas a favor de la Revolución. Tal es así que se le conoce como  “Ciudad procera de Venezuela”, por la significativa cantidad de eminentes patriotas que entregó a la Independencia. No nos extrañe, pues, que el nombre de la entidad, el Estado Lara, y el nombre del Municipio Torres se deban a la membresía de dos Generales de División caroreños: Jacinto Lara y Pedro León Torres, héroes de la Independencia venezolana y suramericana. Como si ello no bastara, en el siglo XX, José María Zubillaga Perera escribió un libro titulado “Procerato caroreño”, donde destaca que la ciudad dio a la Independencia dos Generales de División, los ya mencionados Lara y Torres, a los que debemos agregar al Dr. Domingo Perera Álvarez, Lic. Pedro Regalado de Arrieche, 12 coroneles, 2 tenientes coroneles, 5 comandantes, 10 capitanes, 13 tenientes, 2 subtenientes, 1 sargento. Un total de 53 próceres que prodigó la ciudad del Portillo a la causa de la Emancipación venezolana y suramericana, tal como detallaremos después.
A diferencia de otras localidades, como las que se condujeron por la economía agrícola, tal es el caso de El Tocuyo, ciudad donde  estaba fuertemente estratificada su población, en la que una minoría de propietarios de la tierra ejercía un dominio de clase muy marcado por las formas de propiedad que imperan en el campo, donde el esclavo, los agricultores asalariados y los jornaleros son objeto de un fuerte dominio social y cultural, a lo que debe agregarse el apego secular a las formas de explotación agrícola, que hacen de estos seres humanos conservadores y poco proclives al cambio revolucionario, lo que nos conduce a pensar que no se produjese allí en El Tocuyo tal entusiasmo patriótico como en la vecina ciudad del Portillo de Carora. El artesano vive en el foco de la insurrección, la ciudad. El agricultor vive en el campo, la zona del conservadurismo secular. A la ciudad llegan las nuevas ideas, hay personas cultas, o que saben leer; en la campiña por el contrario el ritmo lento de los cultivos conducen a la quietud y el recogimiento.


Antecedentes de la Guerra de Independencia en la Jurisdicción de Carora:
Creo que, sin embargo, no es descabellado afirmar que la Gesta Independentista  en Carora  tiene algún antecedente de alguna significación y que deben ser, en consecuencia, tomados como tal, como bien los tiene la Guerra de Emancipación en Venezuela en el movimiento de José Leonardo Chirinos o el de Gual y España, entre otros. En el caso de la ciudad del Portillo se omite, quizá por temor a afirmar que la muy famosa Leyenda del Diablo de Carora es, en efecto, un antecedente local de nuestra Gesta Patria. Solo que este fue un movimiento de masas un tanto confuso, pero que ya muestra un rechazo a las prácticas económicas de la monarquía de los Borbones.
Sucedió en 1736 que la ciudad de Carora, urbe que tenía fuertes vínculos con el contrabando que infectaba las costas del Mar Caribe, pues era una localidad artesanal que elaboraba famosos y bien estimados cueros para la exportación, inclusive. Para sostener tan elaborado producto artesanal la ciudad necesitaba un material que solo el contrabando le podía proporcionar: herramientas para elaborar sillas, botas, badanas, cordobanes, etc. Estos valiosos utensilios eran cuchillos, alicates, fuelles, clavos, tachuelas, grapas, yunques, martillos, agujas, las cuales eran proporcionados por el comercio holandés de las islas de Aruba, Curazao y Bonaire, y que entraba por las costas del Estado Falcón. Este comercio ilícito no lo podía tolerar la Compañía Guipuzcoana, empresa recién instalada en la Provincia de Venezuela y que tenía su representación en la ciudad. Una de las misiones más importantes encomendada a tal Compañía era, en efecto, combatir el tráfico ilícito de mercaderías. Esta empresa de comercio auspiciada por la monarquía  fue factor de perturbación, no solo en Carora, sino en distintas regiones de la Provincia, tal como la Rebelión de Andresote en los llanos del Yaracuy en ese mismo siglo XVIII.
De modo pues que los contrabandistas eran bien tratados y se les tenía gran estima en estos lugares del occidente de Venezuela. Fue por ello que al resultar presos algunos de ellos, un movimiento popular trata de rescatarlos de las manos de las autoridades locales caroreñas. Logran, empero, escapar. Fue inútil, pues los contrabandistas fueron sacados del Convento de Santa Lucía, lugar sagrado donde se creyeron a buen resguardo, y sin juicio alguno, arcabuceados en la cercana Plaza Mayor. Desde allí se dice que el diablo anda suelto en Carora.

La alborada del 19 de Abril de 1810.  Las cofradías y hermandades caroreñas.

La caída de la monarquía de España en manos de Bonaparte desencadena una serie de dramáticos cambios en la mentalidad de la América hispana. Asistimos al derrumbe de la Escolástica y sus sutilezas barrocas, penetra la ciencia moderna y experimental a sus centros de enseñanza, la Ilustración entusiasma a las clases acomodadas. La cultura-dice Picón Salas- ya tiene traje seglar. El sistema de castas crea serios y profundos resentimientos sociales. Estamos en vísperas de la Revolución.
En 1804, un decreto real molestó enormemente a la cofrádica ciudad de Carora y así como a la América hispana, pues el Rey Carlos IV despojó de sus bienes a las múltiples cofradías y hermandades existentes desde el siglo XVI, y a la cual pertenecían el grueso de su población que entraban a ellas como hermanos. Estas “estructuras de solidaridad de base religiosa”, tal como las llama el francés Michel Vovelle, eran las responsables de que se creara en la ciudad una densa atmósfera religiosa hasta ahora poco conocida y escasamente valorada. Con los bienes de las cofradías se financiaban dos escuelas de primeras letras creadas por el Obispo Martí en 1776, por lo que se creyó que sería el Real Decreto de Consolidación de Carlos IV un duro golpe a la enseñanza así como a la economía eclesiástica, pues la Iglesia poseía ricas haciendas de cofradías, llamadas “del Montón”, basadas en la explotación de la mano de obra esclava. Estas obras pías atendían las necesidades de enfermos, viudas, huérfanos, obligaba a los cófrades a asistir a las exequias de los hermanos fallecidos. También prestaban dinero a interés. Eran las hermandades, por así decir, un antecedente de los seguros sociales del presente.
Nosotros hemos hecho un estudio del comportamiento de las cofradías caroreñas durante los años del prolongado y sangriento conflicto bélico que sufrió el país luego del 19 de Abril de 1810 y el 5 de Julio de 1811 hasta los años de la disolución de la Gran Colombia en 1830. Es una nueva perspectiva de análisis histórico que arroja resultados sorprendentes e inesperados. Veamos.
La “entrada” de hermanos y cofrades mide comportamientos colectivos muy importantes y que habían pasado desapercibidos para los cultivadores de la llamada “historia acontecimal”, aquella historia que le da relevancia desproporcionada a la cronología, los grandes hombres, las batallas y a los acuerdos y armisticios, pero relega al olvido a los anónimos hombres y mujeres del común. En este caso se trata de los creyentes que cifraban sus esperanzas en la vida de ultratumba, pero que en el ínterin de la vida terrenal se agrupaban en tales “estructuras de solidaridad de base religiosa” para resolver sus necesidades cotidianas en casos de enfermedad, muerte, viudez, horfandad. Así también las hermandades resolvían problemas tales como educación, concedían préstamos a interés. Eran, pues, tales hermandades un factor de sociabilidad y de socorros mutuos que explican la gran estabilidad del orden colonial, y que sin embargo, sus vidas institucionales se prolongan hasta la República para llegar, de forma atenuada, hasta el presente.
Tomemos para comenzar el comportamiento de dos hermandades. Entre los años 1795 y 1830 la entrada a las cofradías del Santísimo Sacramento y Jesús en La Columna fue relativamente bajo,  pues en ellas se inscribieron 240 hermanos en la primera y 118 en la segunda, para un total de 358 hermanos inscritos en esas tres décadas de confrontación. Es importante para hacer una comparación temporal hacer notar que la cofradía del Santísimo inscribió entre los años 1716 y 1799 la significativa cantidad de 1.010 hermanos, y que la de Jesús en La Columna hizo inscripción de 882 cófrades entre los años 1745 y 1799. Esa caída significativa de las adscripciones revela el enorme estado de confusión y de desconcierto que sufrieron las hermandades caroreñas, y por extensión toda la sociedad, en esas décadas de enfrentamiento bélico.
La expedición mirandina de 1806, con toda la carga de confusión y miedo que provocó en los católicos, motivó que entre ese año de tal desgraciada expedición y 1809, se inscribieron 70 hermanos en la cofradía del Santísimo y 20 en la de Jesús en La Columna, para un total de 90 nuevos cófrades que seguramente pensaron en la amenaza protestante, los anticatólicos estadounidenses e ingleses, enemigos declarados de la virgen y de los santos, así como de la autoridad del papa.
Cuando se producen los acontecimientos del 19 de Abril en Caracas, comienza el declive muy notorio de entrada a las cofradías de Carora, descenso que tocará fondo en 1816. Entre esos 6 años la ciudad paga por su rebeldía patriótica cuando el 23 de marzo de 1812 es tomada por las tropas del capitán Domingo Monteverde. Dos años después, en agosto de 1814 paga de nuevo Carora de manera más cruel su entusiasmo libertario cuando es asaltada por la caballería del teniente de milicias de Coro José Manuel Listerri. Durante el tiempo transcurrido entre estos dos asaltos la población huyó despavorida, sin saberse su paradero, dice una fuente, el Libro de donaciones de Nuestra Señora del Rosario, 1790. Entre esas dos fechas, 1810 a 1816, las hermandades inscribieron 70 hermanos, de los cuales 47 lo hicieron en la del Santísimo, y apenas 23 en la de Jesús en La Columna.
En los años siguientes  a 1816 hubo un repunte de inscripciones en las hermandades que se extendió hasta 1821. Es el breve periodo de la Tercera República y en el cual entran 50 hermanos a las cofradías mencionadas.
Después del triunfo patriota en la Batalla de Carabobo, en 1821, se despoblaron por completo las dos hermandades que venimos estudiando. En los años 1822, 1823 y 1824 nadie entró como hermano en ellas. Entre 1825 y 1829, sólo 16 fieles se animaron a pertenecer a la cofradía del Santísimo, y ninguno a la de Jesús en La Columna.
Había un compromiso que obligaba a los cófrades: realizar misas cantadas o no y en gran número  para hacer emerger a los hermanos difuntos de ese tenebroso tercer lugar de la geometría del más allá, el purgatorio. Apenas se realizaron 8 misas para aligerar sus  salidas de esa  creación de la Iglesia medieval francesa y que, por lo tanto, carece de base bíblica, según ha establecido Michel Vovelle.
Asaltos realistas y patriotas a Carora.

Recién  iniciada la gesta independentista la ciudad fue tomada por el brigadier francisco Rodríguez del Toro, quien la ocupó antes de su marcha sobre  la realista ciudad de Coro en 1810. En 1811 fue nombrado su comandante el patriota Diego Jalón, quien fue derrotado al año siguiente cuando Monteverde toma la ciudad.         
El mejor estudio sobre la Guerra Magna en nuestra jurisdicción larense  la debemos a Lino Iribarren Celis, quien afirma que Carora fue un objetivo táctico del brigadier realista y gobernador de Coro José Ceballos, lo que   propició la caída de la ciudad en manos del capitán de fragata Domingo Monteverde el 23 de marzo de 1812. Pero la toma es obra directa del indio Reyes Vargas, quien la planeó, le infundió su aliento y la ejecutó al frente de los hombres de Monteverde. Derrota a sus defensores Manuel Felipe Gil y Florencio Jiménez. En esa acción contó Reyes Vargas con el decidido respaldo del sacerdote realista Andrés Torrellas. Esta acción, entre otras, dice Iribarren Celis, contribuyó a echar por tierra el frágil edificio de la Primera República, la cual culminó, como sabemos, con la capitulación de Miranda en San Mateo el 25 de junio de 1812.
En el terrible año de 1814 la ciudad vuelve a sufrir otro asalto realista, esta vez de la mano del teniente de milicias de Coro, bajo las órdenes de José Ceballos, José Manuel Listerri, quien realiza su asalto con 100 hombres a caballo. En 1821 la ocupan los patriotas al mando del general Carlos Soublette. Ese mismo año fue visitada por Simón Bolívar luego del triunfo de Carabobo. Allí se hospedó en la casa conocida como “Balcón de los Alvarez”, del 18 al 22 de agosto de 1821, en su paso hacia la Nueva Granada. Un suceso ocurrido en estos días es digno mencionar. El Libertador sufrió de fuertes dolores abdominales luego de bailar por la noche, por lo que se pensó erróneamente que había sido envenenado con una bebida llamada “resbaladera”, lo cual fue desmentido vehementemente por la mujer que la elaboró, una de las hermanas de los Siete Torres, todos ellos patriotas que murieron inmolados en la guerra, por lo que se les conoce también como “Los Siete Macabeos de la Independencia”. Las excusas de los edecanes de Bolívar no se hicieron esperar.
Entre abril y julio de 1822 fue Carora el cuartel general del intendente del departamento de Venezuela, quien dirige la guerra en la provincia de Coro, el general Carlos Soublette. Desde esta posición dirige sus encuentros contra los realistas  mariscal de campo Tomás Morales y Judas Tadeo Piñango.
Las haciendas de las Cofradías “del Montón” de Carora.

La Guerra Magna desarticuló las instituciones que se habían estructurado a lo largo de tres siglos de orden colonial, el sistema productivo, las obras pías, las haciendas de cofradías, llamadas “del Montón”, y que tenían extensas posesiones al oeste de Carora, en dirección al Lago de Maracaibo. Se basaban en la explotación de la mano de obra esclava por parte de la Iglesia Católica, unos 160 negros de ambos sexos, de la etnia tare, dedicados a la agricultura y a la cría. Se les decía “del Montón” porque ellas agrupaban varias hermandades caroreñas, tales como la del Santísimo Sacramento, Nuestra Señora del Rosario, Glorioso Príncipe de los Apóstoles, Señor San Pedro, Benditas Animas del Purgatorio y Dulcísimo Nombre de Jesús. Fueron establecidas a comienzos del siglo XVII.
Cuando estalla la Guerra de Independencia estas haciendas se convirtieron en un objetivo militar estratégico. Pero sucedió que los administradores de estas ricas haciendas no tomaron partido por alguno de los bandos en pugna. Así, por ejemplo, le concedieron ganado mayor al realista Don José Ceballos, quien atacó a los insurgentes en Bobare en 1813. El 31 de octubre de 1816 entregaron 4 reses a José Tomás Morales cuando pasó por Carora; entre 1813 y 1819 proveyó 71 caballos a las tropas del Rey dirigidas por el indio Reyes Vargas y Don Vintila Navarro e, igualmente, 38 caballos a los patriotas. Los revolucionarios embargaron en alguna ocasión las haciendas: 29 reses en junio de 1814; en diciembre de 1813  entregaron 31 reses para sostener las tropas realistas de Don José Javier Alvarez. A todo ello habrá que agregar que algunos esclavos y peones se incorporaron a la revolución en el terrible año de 1814. Estos esclavos conocían de la insurrección de José Leonardo Chirino de 1795 escenificada en la Serranía de Coro, pues eran frecuentes los viajes que hacían desde las haciendas del Montón de Carora hasta las costas del mar Caribe en búsqueda de la sal que tanto necesitaban las haciendas para elaborar sus productos lácteos y la curtiembre de cueros.
Los decretos revolucionarios sumergen en una terrible crisis a estas unidades de producción esclavistas propiedad de la Iglesia Católica caroreña. En 1816 Simón Bolívar emite el Decreto sobre libertad de los esclavos, en tanto que el Congreso de Cúcuta en 1821 abolió el tráfico negrero. En estos años los mayordomos de las 10 cofradías no rindieron cuentas de los fondos que de ellas  llevaban. En 1828, el famoso fraile Aguinagalde, el de la muy conocida maldición, acusa la difícil situación de las cofradías, las faltas que cometen los mayordomos y lo decaídas que están sus rentas. El religioso recriminó duramente a los mayordomos que las hermandades bajo su responsabilidad no hacían misas por los difuntos, lo cual era una obligación contraída por los cófrades al entrar a una de estas estructuras de solidaridad de base religiosa.
De modo pues que el proceso de Emancipación significó un profundo trastorno para la Iglesia venezolana, que se extendió por todo el siglo XIX. En Carora fueron fracturadas las antiguas cofradías, sus haciendas abandonadas por sus esclavos, y en un proceso de varias décadas, sus extensas posesiones invadidas. La Iglesia jamás las pudo recuperar. En la actualidad esas ricas y ubérrimas tierras se han convertido en grandes haciendas cañeras y ganaderas.
La procera ciudad de Carora.
Hemos dicho más atrás que la Guerra de Independencia animó a un contingente muy significativo de caroreños a sumársele, a tal punto que a Carora se le conoce como  “Ciudad procera de Venezuela”. Esta designación se la debemos a José María Zubillaga Perera quien editó en 1928 en París el libro Procerato caroreño, investigación histórica en la cual establece que 53 héroes de la Independencia entrega la jurisdicción de Carora a la contienda, tal como veremos de seguido.
En primer lugar dos civiles destacan: Dr. Domingo Perera y licenciado Pedro Regalado de Arrieche. Luego menciona el crecido contingente militar caroreño: los Generales de División Jacinto Lara y Pedro León Torres. Los coroneles Julián Montesdeoca, José María Niño y Ladrón de Guevara, Manuel Morillo, Francisco Torres, Etanislao Castañeda, Domingo Riera, José María Camacaro, “primera lanza del Perú”, Miguel Lara, Andrés María Alvarez, José María Vargas, José de los Reyes González, y José Oliveros. Los tenientes coroneles Rafael Rodríguez y Bruno Torres. Los comandantes Asisclo Torres, José de la Trinidad Samuel, Lorenzo Alvarez, Juan Agustín Espinoza, Antonio Díaz.
Agrega José María Zubillaga Perera los capitanes Manuel María Torres, José Antonio Samuel, Fernando Perera, Martín María Aguinagalde, quien moriría asesinado en funciones de gobernador de la Provincia de Barquisimeto en 1854, Carmelo Antía, Javier Chávez, José Ignacio Torres y Arrieche, Juan Antonio Montesdeoca, Juan Alvarez. Los tenientes Juan Agustín Montesdeoca, Simón Judas Crespo, Loreto Franquis, Juan José Urrieta, Luciano Samuel, Andrés Pineda, José Manuel Samuel, José de la Cruz Samuel, Juan Norberto Rodríguez, Juan López Samuel, Juan Carlos Santeliz, Jacinto Silva, Manuel Fonseca. Los subtenientes Juan Manuel Santeliz, Marcelino Rodríguez. Los sargentos Manuel Ramos, Policarpo Samuel, Juan José Samuel, Bernardino Torres, Juan Bautista Torres.
A esta lista habría que añadir a dos personajes relevantes que en un principio abrazaron la causa realista para luego pasarse al bando patriota. Ellos son el “indio Reyes Vargas y el sacerdote Andrés Torrellas, quienes después de la batalla de Carabobo y por efecto de las políticas del Libertador, se hicieron fervientes partidarios de la independencia.
A toda esta pléyade  de hombres habrá que agregar los anónimos hombres y mujeres caroreños que no quedaron registrados para la historia, y que con sus esfuerzos y su sangre derramada liberaron de la tiranía española a Venezuela y a la gran patria suramericana.
Reconocimiento del Libertador a los caroreños.

Desde su cuartel general de Trujillo, el general Simón Bolívar, Libertador y Presidente de Colombia, se refiere de esta manera sobre la ciudad y de sus habitantes:
 “Caroreños: vuestra conducta leal y siempre eminentemente laudable ha arrancado de mi corazón el sentimiento de la más justa admiración. Sí, compatriotas: vosotros merecéis ser llamados hijos beneméritos de la patria. Caroreños: el ejemplo que acaba de dar el coronel Vargas poniéndose a vuestro frente para enarbolar el pabellón de Colombia, es digno de la gratitud nacional. Seguidle, pues, en la senda del honor y de la gloria republicana. Un solo esfuerzo más y viviréis libres y pacíficos porque Dios ha coronado nuestra constancia con la victoria.”

Tales palabras de Bolívar fueron emitidas en el Cuartel General Libertador en la ciudad de Trujillo el 26 de octubre de 1820, poco antes de la crucial batalla de Carabobo. El Libertador muestra su entusiasmo por el fervor patriótico de los caroreños. Con la muerte del general de división Pedro León Torres en Yacuanquer, Colombia, en 1822,  daría también muestras Bolívar de admiración por el brío indoblegable y el fervor republicano de los caroreños en esa hora excepcional vivida por Venezuela. Los generales de división Jacinto Lara y Pedro León Torres se distinguieron además por haber sido partidarios fervientes del Libertador. Torres vivió apenas 34 años, sus restos esperan aun ser repatriados y llevados, como bien se merece, al Panteón Nacional.
El General de División Jacinto Lara, una vez terminada la contienda, volvió a Carora, se dedicó a la tierra y fue Gobernador de la Provincia de Barquisimeto entre 1843 y 1847. Desde el 24 de julio de 1811, sus restos reposan en el Panteón Nacional.


Consideraciones finales.

La antigua ciudad de Carora, situada en el occidente de la antigua Provincia de Venezuela, fue durante el régimen colonial conocida por su magníficas artesanías como la del cuero, la calidad de sus recias mulas, así como sus numerosas vocaciones sacerdotales, su potente y acusado imaginario religioso. Una vez que estalla la Guerra de Independencia la ciudad se pronuncia con entusiasmo y fervor por la causa republicana, por lo cual sufre de varios asaltos, tanto de realistas como de patriotas. Es significativo que esta urbe diera tan gran contingente de próceres eminentes y destacados a la Independencia, lo cual se constituye como una singularidad que deviene de la estructura ocupacional de su población, dedicada mayoritariamente a las artesanías, lo cual nos permite comprender tan significativo aporte de la ciudad, unos 53 patriotas eminentes y de proyección suramericana, a la causa independentista. Por ello se le conoce como “Ciudad procera de Venezuela”. Esta realidad, de indiscutible mérito y significación histórica que le vincula con su glorioso pasado, le ha dado a Carora una fuerte personalidad, un ethos que la distingue de otras localidades, pueblos y ciudades de Venezuela.

Fuentes consultadas.

Cortés Riera, Luis Eduardo. Iglesia Católica, cofradías y mentalidad religiosa en Carora, siglos XVI a XIX. Tesis doctoral presentada para optar al grado de Doctor en Historia en la Universida Santa María, Caracas, 2003. Pp. ·40. En proceso de publicación.
Fundación Polar. Diccionario de historia de Venezuela. Segunda edición. Caracas, 1997. 4 vols.
Iribarren Celis, Lino. La Guerra de Independencia en el Estado Lara. Colección Autores Larenses. Ediciones del Gobierno del Estado Lara. Fundacultura. Editorial Carteles, C.A. Barquisimeto, Venezuela. 1994. Pp. 210.
Oropeza Vásquez. Luis. Vida y sacrificio del General Pedro León Torres. Instituto Politécnico Barquisimeto. 1974. Pp. 174.
Rojas, Reinaldo. Historia social de la Región Barquisimeto en el tiempo histórico colonial, 1530-1810. 1995. Academia Nacional de la Historia. Italgráfica S. A., Caracas. Pp. 398.
Rosales, Rafael María. Reyes Vargas: paladín del procerato mestizo. San Cristóbal, Centro de Historia del Táchira. 1950. Pp. 135.
Silva Uzcátegui, Rafael Domingo. Enciclopedia Larense. Biblioteca de Autores Larenses. Barquisimeto, 1981. 2 vols.
Vovelle, Michel. Ideologías y mentalidades. 1985. Editorial Ariel, S. A. Barcelona, España. Pp. 326
Zubillaga Perera, José María. Procerato caroreño. Editorial Franco-Iberoamericana. París, 1928. Pp. 112.


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El autor del presente ensayo es Licenciado en Historia, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1976. Magíster en Historia, Universidad José María Vargas y Doctor en Historia, Universidad Santa María, Caracas, 2003. Docente de la Maestría en Historia, Convenio Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, Universidad Pedagógica Experimental Libertador, Instituto Pedagógico Barquisimeto Dr. Luis Beltrán Prieto Figueroa, y Fundación Buría. Cronista de Carora desde 2008. Discípulo de los doctores Federico Brito Figueroa y Reinaldo Rojas.

Pastor Oropeza y el Colegio Federal Caror


Cuando investigaba para escribir mi trabajo de Maestría en Historia sobre el Colegio La Esperanza o Federal Carora, visité la casa de este iniciador de la pediatría en Venezuela, quien me dio algunas informaciones muy valiosas sobre su educación secundaria en el instituto que dirigían los doctores Ramón Pompilio Oropeza y Lucio Antonio Zubillaga. Me contó que se inscribió en el instituto el 18 de septiembre de 1911, después de que el Colegio reabriera sus puertas después de permanecer clausurado desde 1900 por orden del presidente Cipriano Castro y su ministro de Instrucción Pública, Dr. Eduardo Blanco. Fue por disposición del presidente Gómez, su Ministro,  Dr. Gil Fortoul, las diligencias del Dr. Ramón Pompilio y Chío Zubillaga, a la sazón diputados que votaron favorablemente para que Gómez se eligiera presidente por cuatro años en 1910, quienes aligeraron la reapertura del instituto.
Para comenzar debió Pastor, de 10 años de edad, presentar un examen de admisión junto a otros muchachos: Felipe José Alcalde, José María Aldazoro, Ramón José Alvarez, Ricardo Alvarez, Federico José Carmona, Fenelón Perera, Roberto Montero, Carlos Montesdeoca, Juan Bautista Gallardo, José Clemente Montesdeoca, José Franco, Gonzalo González, Flavio José Herrera, José Alejandro Riera, Félix Lameda, entre otros. En el año escolar 1911-1912 cursó las clases de Gramática Castellana, Geografía Universal, Francés (1er año), Inglés (1er año), Higiene. Entre 1912-1913 estudió Retórica y Ejercicios de Composición, Latín (1º y 2º año), Francés (2º año), Inglés (2º año), Aritmética Práctica y Razonada, Geografía e Historia de Venezuela (asignatura que por vez primera se dictaba en el Colegio), Nociones de Historia Natural y de Química, Historia Universal, Taquigrafía. Para 1913 y 1914 (año de la langosta), estudió Gramática Castellana, Algebra, Geometría, Botánica y Zoología, Latín y Raíces Griegas, Alemán, Complementos de Historia Universal, en especial de España y América. En el año escolar 1914-1915 lo hizo en Literatura Castellana y su Historia, Alemán, Física (1er año), Mineralogía y Geología, Química, Filosofía y su Historia (1er año). Para finalizar el joven Pastor de 15 años se inscribió en el Tercer Año del Curso Filosófico en 1916 para cursar Literatura y su Historia, Física (2º año), Cosmología y Cronología, Biología y Antropología, Filosofía y su Historia (2º año). Como se habrá notado, el arrollador avance del positivismo cientificista en nuestros medios académicos de principios del siglo XX no logra desplazar las asignaturas ligadas a las Humanidades, tales como el Griego y el Latín, una lengua que había dejado de ser universal desde el siglo XVII, así como la Gramática, Filosofía, Retórica, entre otras.
En 1916, año de la gran inundación que sufriera Carora, obtuvo Pastor su título de Bachiller en Filosofía y Letras. Fueron sus maestros y guías en la ciudad del Portillo Manuel Torrealba Ramos, Cecilio “Chío” Zubillaga Perera, Rafael Tobías Marquís, doctores Ramón Pompilio Oropeza y Lucio Antonio Zubillaga, Director y Sub Director del Colegio Federal Carora respectivamente. Fue determinante en su vocación de médico la influencia que recibiera del Dr. José María Riera, quien egresó de la Universidad de Caracas a finales del siglo XIX y que luego haría estudios de perfeccionamiento, como lo haría el mismo Pastor, en Francia, país que por aquel entonces era el faro luminoso de los estudios médicos a escala universal. El Dr. Riera era el jefe del “Mochismo” en Carora, fundó en 1898 el Club Recreativo Torres, recibió y le dio apoyo a Cipriano Castro a su paso por la ciudad en 1899, y murió asesinado en 1900. El médico Miguel Riera Meléndez, su descendiente, me mostró en su casa unas fotografías y el instrumental de cirugía del Dr. José María con los cuales recibió lecciones de anatomía en la Ciudad Luz, París.
Pastor continuaría sus estudios en la Universidad  de Caracas, donde se recibió de Doctor en Ciencias Médicas en 1924, allí obtuvo conocimientos de los doctores José Gregorio Hernández, Henrique Toledo Trujillo, Luis Razetti, Enrique Tejera, Francisco Antonio Rísquez, José Izquierdo. En París recibió el título de Médico Colonial en 1928. El Dr. Pastor es reconocido como una eminencia a escala planetaria en los estudios de Pediatría y atención maternal. Una gloria para  caroreños y venezolanos. “Cuando yo me inicié como pediatra, Venezuela era una necrópolis”, me dijo en aquella oportunidad.

Las haciendas de las cofradías del Montón de Caror



En tiempos de la Guerra de Independencia existían en los sitios de Siruma y Camururo, al este de Carora (actual  carretera Lara-Zulia) unas florecientes haciendas propiedad de la Iglesia  Católica y que fueron establecidas a principios del siglo XVII. Se les llamó “del Montón” porque agrupaban a las cofradías del Santísimo Sacramento, Nuestra Señora del Rosario, Glorioso Príncipe de los Apóstoles, Señor San Pedro, San George, Benditas Animas del Purgatorio, Dulcísimo Nombre de Jesús. El centro religioso y administrativo de tales propiedades eclesiásticas estaba en Burere y comprendía sitios y poblados como Guedes, Daguayure, La Redonda, Zaragosa, La Sabaneta, Boraure, Los Quediches, Venadito, Cadillar, Lagunita, Hueso de Venado,  Burerito, habitados por unas 600 personas, según estimó el Obispo Martí en 1776.
El funcionamiento de estas haciendas se basaba en la mano de obra esclava, unos 160 negros (en su mayoría de la etnia tare), hombres y mujeres que se dedicaban a la cría de ganado mayor, cabras, chivos, gallinas, sembraban maíz, chícharos, plátanos, caraotas, piñas, entre otros rubros. El mayordomo era el canario Don Trinidad Franquis, quien anotó que entre 1812 y 1819 los esclavos consumieron 311 reses, 223 cabras y chivos, 41 arrobas de queso, se gastaron 168 pesos en la manutención de esclavos y sirvientes, y otros 363 pesos por el costo del vestuario para los esclavos y concertados. Se les proveía de frazadas, chinchorros, sombreros de palma, lienzo tejido, chaquetas, botas y zapatos. Se compraba algodón en Boconó para la elaboración de la ropa, pues las criadas de las cofradías tejían lienzos e hilaban algodón para tales fines.
La disciplina en aquellas grandes extensiones se mantenía a la fuerza, y para ello existían en Burere dos calabozos para encerrar a los negros rebeldes. Sin embargo ellos podían comprar su libertad, la que valía unos 290 o 240 pesos, lo cual era una gran cantidad de dinero. Los esclavos tenían un gran valor y por esta razón se les atendía en caso de enfermedad, para ello se contrató al curioso Juan José Serrano y al licenciado don Francisco Antonio Sanz para curarlos de las tulliciones, calenturas e ictericia, sus males más frecuentes. Los capitales que producían las haciendas se repartía así: 8.242 pesos para los venerables curas y capellanes de las cofradías (68 %), 1.832 pesos (15 %) renta del sacristán mayor, 1.016 pesos salario de concertados y jornaleros (8%) ,192 pesos para pagar a peones y arrieros, 173 pesos consumidos en medicinas, comida y asistencia, 363 pesos para vestuarios de esclavos y concertados, 168 pesos consumido en la manutención de esclavos.
Cuando estalló la gesta independentista estas haciendas se convirtieron en objetivos militares estratégicos, pero sus  administradores le suministraban ganados, caballos y alimentos a los dos bandos enfrentados. Tal es el caso del ganado mayor que se le entregó al realista Don José Caballos, 4 reses a Francisco Tomás Morales, 71 caballos para las tropas del rey dirigidas por el indio Reyes Vargas y Don Vintila Navarro, 38 caballos del sitio El Potrero para los patriotas, el 31 de diciembre  de 1813 se entregaron 31 reses para sostener las tropas realistas de José Javier Álvarez, y no faltó que algunos peones y esclavos se fueran tras la revolución. Fue el comienzo de la desarticulación de estas haciendas, pues nada pudo hacer don José María de Oropeza, alcalde primero y mayordomo de la cofradía del Sacramentado para evitar tales fugas, pues otros graves problemas se presentaban en aquellos fatídicos días, pues el vecindario de Carora andaba huyendo entre los años 1813 y 1814, y ni siquiera había hermanos de las cofradías a quien citar, escribió Vicente Cabrales, Notario Publico.
Durante el siglo XIX las haciendas del Montón terminaron por desaparecer gracias al relajo administrativo de sus mayordomos, en 1831 se fugaron otros 9 esclavos, sus tierras fueron ocupadas poco a poco, los censos perdidos, a lo cual se sumó la abolición de la esclavitud en 1854. Pero el golpe de gracia se las dio el mayordomo José Paulino Guerrero, quien dejó en herencia a sus descendientes muchas posesiones y censos de mucho valor de las cofradías. Esta dramática situación fue planteada al Obispo Guevara y Lira en visita pastoral a Carora en 1865 por notables caroreños como Rafael Antonio Álvarez, José María Zubillaga, Agustín A. Álvarez, Desiderio Herrera, Flavio Herrera, Rafael Montesdeoca, Julián Gallardo, Norberto Piñango, Pedro Montero, Antonio María Zubillaga, Teodoro Zubillaga, José F. Álvarez, Jacobo Haim Curiel, Agustín Zubillaga, Pablo Arapé, Manuel María Herrera, entre otros. Pero nada se pudo lograr para salvar aquel anacrónico sistema productivo, el cual es el antecedente de la gran propiedad agroindustrial que se instaló en esas  magníficas tierras en el siglo XX.
                                                                 


Iglesia católica, cofradías y mentalidad religiosa en Carora en el siglo XX



Hace dos años terminábamos de redactar nuestra Tesis Doctoral, que tras 6 años de investigación, presentáramos en la Universidad Santa María y con la tutoría del Dr. Reinaldo Rojas con el título de Iglesia Católica, cofradías y mentalidad religiosa en Carora, siglos XVI al XIX (en prensa), cuando sentimos el profundo compromiso de terminar, tal como era el deseo original, con el siglo XX caroreño en sus manifestaciones culturales y religiosas.  Ahora, sin las urgencias académicas y los apremios temporales, nos disponemos en tono más sereno y reposado a pensar, a intuir, como mágica expresión de Don Mariano Picón Salas, la colectividad de Carora, una de las urbes venezolanas más singulares y distintivas.  Su catolicidad, su conservadurismo y la inclinación de sus hijos por el cultivo del conocimiento han sido desde hace siglos sus marcas más indelebles.

Digamos que nuestro empeño investigativo se ha orientado por el esfuerzo de construir una historia social de la cultura, empírica y analítica en sus procedimientos para aprehender los factores más sutiles que son las convicciones religiosas, las antiguas solidaridades regionales,  las    tradiciones   educativas     y de   formación   cultural,  la pertenencia a un determinado sexo o generación (1).  Todo ello determinado por una dependencia de las fuentes archivísticas y de unos criterios científicos establecidos en la búsqueda de la verdad.  Es decir, hacemos una historia social de la cultura y no una historia cultural de lo social afincada de modo extremo en el desarrollo del lenguaje, vehículo que hace posible la vida mental (2).  En este sentido afirmamos que la historia social de la cultura necesita cultivarse y desarrollarse aún y por mucha más tiempo en Venezuela.  Es un paradigma que si bien ha sido puesto en cuestión en Europa y los EEUU, aún tiene mucho que hacer en nuestros   medios  académicos  y de  investigación.  En este  sentido  hemos creado la
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1.       Véase: Chantier, Roger El mundo como representación Chartier es uno de los más destacados historiadores culturales franceses y colaborador de los Annales durante largos años.
2.       Cf. Iggers, Georg. La ciencia histórica en el siglo XX. Las tendencias actuales. 1998.
P. 113 y sgtes.



 Línea de Investigación llamada Redes sociales, cultural y mentalidad religiosa, Maestría en Historia, Programa Interinstitucional Universidad Centroccidental “Lisandro Alvarado”, Universidad Pedagógica Experimental “Libertador”, Instituto Pedagógico de Barquisimeto “Luis Beltrán Prieto Figueroa” desde el año 2002.

Hemos llegado a la convicción de que mucho de su realidad y de su existencia le debe a la antigua ciudad de Carora al catolicismo como una estructura mental que condicionó los modos de comportamiento de sus moradores desde el siglo XV.  Se trata de un discurso, la promesa bíblica de salvación, que se difundió entre nosotros a través de un vehículo de proyección universalista, la lengua castellana.  Tal discurso experimentó notables actualizaciones históricas con el Concilio de Trento (1549), “sufrimos aún los efectos del Concilio de Trento”, ha dicho Octavio Paz, el Concilio Vaticano I (1869), y la encíclica Rerum Novarum (1891) y Vaticano II (1962) Vehículo y discurso que son como los componentes culturales más persistentes y que han permanecido en su unidad y coherencia durante siglos.  Es que el discurso católico no ha perdido su legitimidad y eficacia.  Durante 300 años de coloniaje gozó de completa aceptación y unanimidad, aunque es necesario destacar que ella se vio perturbada durante la Guerra Magna, pero luego de estos sucesos el país siguió siendo fiel a la Silla de San Pedro.

En el caso que particularmente nos ocupa, la “levítica” Carora, debemos hacer referencia que tal discurso le dio nombres al poblado recién fundado, Nuestra Señora de la Madre de Dios de Carora (1569) y San Juan Bautista del Portillo de Carora (1572), y motivó a sus primeros pobladores a iniciar un proceso de Evangelización forzada, pues estaba escrito que Cristo volvería cuando se convirtiera a la fe católica el último de los seres humanos.  El Concilio de Trento por su parte, repotenció el espíritu asociativo y mutualista de los españoles mediterráneos al permitir que en el Nuevo Mundo se crearan las hermandades y cofradías, tal como la que en 1585 se erigió en Carora con el nombre del Santísimo Sacramento, la cual permitió la entrada de indios y negros, como expresión de un acto de proselitismo religioso.  Además es el discurso del catolicismo quien promueve el ordenamiento económico con la creación a comienzos del siglo XVII de las haciendas de cofradías, situadas al oeste de la ciudad, en la dirección al Lago de Maracaibo, haciendas que con el transcurrir el tiempo habrían de ser llamadas “del Montón”.


En el siglo XVIII era la ciudad una comunidad eminentemente artesanal, tal como lo destacaron distintos viajeros.  Nosotros hemos puesto de relieve que esa numerosa población dedicada a las labores del cuero, la platería y la carpintería eran los miembros de las numerosas cofradías que existían, con lo cual podemos afirmar que Carora era una ciudad artesanal y cofrádica pues eran las hermandades como los gremios naturales de los artesanos en aquel siglo.

No menos importante resulta decir que fue el Derecho Canónigo y a través de las dispensas matrimoniales, lo que permitió que las clases de los principales,  descendientes de los conquistadores, criollos y españoles recién llegados experimentaran un intenso proceso endogámico que dio como resultado, en el siglo XIX a la “godarria caroreña”, tal como hoy la conocemos.  Todavía en la década de los 60 del siglo pasado, se podían ver los bancos de la iglesia de San Juan con los apellidos de la “godarria” impresos en sus espaldares.  El matrimonio vincula de esta manera las estructuras económicas y de propiedad a las estructuras sociales.  Sin dispensas matrimoniales no hubiese sido posible la formación de la “godarria caroreña” y no hubiese sido posible la preservación del patrimonio económico en el interior de pequeños grupos de familias.  Pero hay acá un endogamia que nos llama la atención particularmente, es decir, la endogamia espiritual que en torno al dogma del catolicismo vincula de manera estrecha a esta reducida clase social y de raigambre mantuana que se mantiene aún hoy en Carora.

Es así como en una realidad determinada y en un tiempo de larga duración, hemos podido constatar la enorme fuerza cohesionadora de lo social de un cuerpo de ideas y conceptos que como el catolicismo no ha perdido jamás su legitimidad en un lago transcurso histórico.  Ni aún los trágicos sucesos posteriores a 1810 significaron un trauma profundo y de conceptos de la fe en una ciudad que siguió siendo conservadora en las cuestiones de sus creencias centenarias.  Sin embargo debemos manifestar que ese unanimismo de la fe en Carora hubo de sufrir algunas alteraciones que se produjeron en el seno de esa misma fe, y que dieron lugar a que se formaran sus más reconocidos imaginarios: en 1736 el asalto de un convento dio lugar a la “Leyenda del diablo de Carora”, en tanto que la expulsión del fraile Aguinagalde en 1859 dio origen a la “maldición del fraile”. 
Otro de los imaginarios de la Jurisdicción eclesiástica de Carora en el tiempo histórico colonial, pero que no ha sufrido traumas significativos, ha sido el surgimiento y consolidación del fervor marianista en la vecina población de Aregue bajo la advocación de la Virgen del Rosario de la Chiquinquirá de Aregue, devoción que se instaló acá en el siglo XVII proveniente del Reino de Santa Fe y que tiene fuertes elementos sincréticos, pues a diferencia de la homónima Virgen Zuliana, es la Chiquinquirá nuestra una virgen india.

De modo pues que resulta evidente que estamos colocados frente a una ciudad en la que ha dominado una verdadera atmósfera religiosa, un clima de sensibilidad católico en el que ha jugado un rol esencial la Iglesia de San Juan Bautista del Portillo de Carora, centro irradiador y propulsor del discurso del catolicismo, y sus 12 hermandades y cofradías, estructuras de solidaridad de base religiosa, expresión de Michel Vovelle, que propiciaron la formación de esta atmósfera metafísica.

De modo pues que si pudiésemos hacer abstracción quitándole a Hispanoamérica su catolicidad, poco quedaría en pie de sus instituciones, modos de vida y sentido de su existencia.  A su alrededor el catolicismo organizó y le dio dirección a ambas vidas, a ésta, la terrenal, y a la otra, la verdadera vida, la vida de ultratumba.  En ese sentido podemos establecer  que  entre nosotros  los  hispanoamericanos  se  ha  conformado una histórica y muy particular idea de la muerte y que nosotros hemos llamado la muerte barroca en la cual dominan dos caras antagónicas y opuestas ante el fin de la existencia humana: el horror y la fascinación.

El discurso del catolicismo reguló pues, los tres componentes esenciales de lo humano: el lenguaje, el trabajo y la cooperación.  Así no es posible obviar esa serie de palabras de nuestro uso corriente que derivan de la fe: nuestros onomásticos, nuestras fiestas, el sentido lineal de la historia humana y que terminará en el Juicio Final, nuestra idea de las relaciones entre el hombre y la mujer, el sexo, la procreación, nuestro comportamiento tanto individual como social.  Del mismo modo el trabajo y la producción de los bienes de subsistencia acusan una fortísima impronta religiosa.  Una frase es significativa e ilustrará cabalmente esta idea y no es otra que aquella que reza: “danos Dios el pan nuestro de cada día”.  Nuestro ser no tiene consistencia propia, es una dádiva que Dios, en su magnificencia e infinita bondad le confiere a todas las cosas.  En este sentido no tenemos ser propio, sino que es un ser prestado.


Nuestra idea del trabajo y del descanso está normado por la cronología religiosa en el Eclesiastés y la liturgia establece qué días son los laborables y cuáles no.  La sentencia bíblica de que ganarás el pan con el sudor de tu frente nos acompaña en todo momento, pero  el sentido  del trabajo y del ahorro tiene un connotaciones muy diferentes entre católicos mediterráneos y pietistas alemanes, tal como lo estableció con genio y agudeza el sociólogo Max Weber en su célebre y polémica obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, una lectura a la inversa de Karl Marx y que dio lugar al nacimiento de la psicología comprensiva basada en el término Vertehen (comprender lo humano), por oposición a erklaren (explicar reduciendo a leyes) (3).

Y creemos que no ha habido un aglutinador de los seres humanos más efectivo que la religión, palabra que deriva del latín re ligar. Ya lo decía Freud al decir que la religión no es sólo una ilusión, sino que basa su efectividad en que es un fenómeno histórico.  Las ideas reterotestamentaroas de la “tierra prometida” y la liberación del yugo egipcio motivaron y motivan a los afroamericanos del norte y a la Teología de la Liberación al sur del Río Grande.  De este modo podemos afirmar que los dictados del Concilio de Trento (1549) ha normado y reglado nuestra vida social de una manera pocas veces comprendida. Trento animó la conformación en toda América hispano-lusa de las llamadas estructuras de solidaridad de base religiosa de las cofradías y hermandades, una base para la sociabilidad que acusa una fuerte impronta corporativista y mutualista que procede de una de las religiones más medularmente marianistas de España, a saber, Extramadura y sus ciudades emblemáticas, Trujillo y Cáceres.  Fue este espíritu asociativo el que explica los términos de la sociabilidad que animó a nuestras ciudades coloniales durante los tres siglos de coloniaje y buena parte de nuestra vida republicana, hasta que con la irrupción desde el subsuelo de una inmensa riqueza   petrolera, el   país dejó   atrás a   seculares y   efectivas formas de auxilios sociales y se ha encaminado por el estrecho túnel del individualismo burgués de la modernidad.  El sociólogo norteamericano Immanuel Wallerstein no ha advertido la tragedia que significa que el capitalismo haya destruido milenarias formas de asociatividad en todo el mundo.  Y más aún ha dicho el recientemente fallecido antropólogo brasileño Darcy Ribeiro al advertir que en Norteamérica ha existido una fuerte tendencia gregaria y que por siglos dio nacimiento a millares de asociaciones-refugio, ha sido progresivamente utilizado en contra del ciudadano y haberse convertido en una nueva  fuente de  alineación (4).  Podemos  afirmar que las
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3.       Martínez Miguélez, Miguel. La Nueva Ciencia.  Su desafío, lógica y método. 2002. P. 195. 
4.       Ribeiro, Darcy. Las Américas y la Civilización. Proceso de formación y causas del desarrollo desigual de los pueblos americanos. 1992. P. 413.
cofradías en Venezuela y en particular en la vieja ciudad de Carora tuvieron una efectiva presencia en la comunidad hasta a mediados del siglo XX cuando salud y educación sufrieron un proceso de secularización indetenible y que no ha tenido pausa hasta los días de hoy.

Cuesta trabajo hacernos una idea de cómo y en el transcurso de pocos años (medio siglo) la sociedad venezolana dejó atrás y en el olvido colectivo estas formas de cooperación que nos acompañó desde los años genésicos de nuestra conformación como pueblo.  Un siglo atrás, pongamos por caso, tener una papeleta de una cofradía era tan importante y tan vital como poseer hoy un carnet del seguro social.  Si bien es cierto que el positivismo y los regímenes de gobierno que se  inspiraron en la idea de progreso, prepararon el camino hacia la secularización y laicización de la sociedad, no fue sino hasta después de la segunda década del siglo pasado cuando este proceso se acentúa invadiendo y penetrando las zonas más inaccesibles de nuestro sentir colectivo.  Protector del catolicismo y propiciador de que se instalaran en el país diversas órdenes religiosas y católico devoto lo fue el dictador Juan Vicente Gómez, pero esta condición de régimen personalista y absoluto no podía haber detenido un proceso inevitable y fatal hacia el “desencantamiento del mundo”, movimiento universal del espíritu que en Venezuela se aceleró de manera drástica y atropellada con el advenimiento de una súbita e inesperada riqueza: el petróleo.  ¿Estaba el país preparado para aquello? ¿Fue capaz nuestro pensamiento decimonónico inspirado en el paradigma positivo de configurar en nuestro colectivo la asunción de una nueva sociabilidad científica, es decir, positiva?

Sin embargo hubo zonas, pueblos y ciudades que quedaron  al margen  y   como  detenidos,  ajenos a  esta  gran corriente transformadora de nuestro medio rural y analfabeta, de hábitos mentales agrícolas y de creencias afincadas   en la Escolástica   las   unas y las otras  que   son un producto de lo popular y asistemático.  Es lo que ahora nos motiva y estimula, comprender de qué manera y bajo cuáles condicionamientos la ciudad de Carora, como otras tantas del país, entró abruptamente en el siglo XX, e intentar captar lo singular y específico de tales cambios y entender cuáles fueron las permanencias y las resistencias que en lo colectivo e individual frenó o desestimuló este proceso.  Estamos pensando en la tremenda y hasta la traumática inserción de los protestantes en la ciudad en la década de los veinte, o en la negativa de la Iglesia católica local y que a través de Monseñor Pedro Felipe Montes de Oca se opuso ¡en la década de los cincuenta! a que se fundase una capítulo del Rotary Club Internacional en la levítica ciudad de Carora
            Pero es menester destacar que el hilo conductor de esta segunda parte de nuestra investigación y referida al siglo XX lo seguirán siendo las cofradías y hermandades, estructuras de solidaridad que continuaron funcionando con regularidad, pero que siguieron sufriendo un proceso que se inició, ya hemos visto, en el siglo XIX, esto es, la confiscación de las cofradías por las clases hegemónicas de la ciudad, quienes no son otros que los famosos “godos de Carora”, clase social excluyente pero aceptada por el resto de la sociedad como la clase dirigente en los   asuntos  sagrados  y  profanos.  Ya  habíamos afirmado en nuestro trabajo sobre la educación secundaria (5) que los godos caroreños ejercieron, en el sentido gramsciano del término, una verdadera hegemonía ideológica y cultural en la ciudad desde los albores del siglo XIX.  Fue una clase que, a no dudarlo, se preparó para ello.  Los libros de cofradías del siglo XX están salpicados de los nombres y apellidos de sacerdotes, médicos, militares, poetas, educadores y abogados con los apellidos de la godarria: Álvarez, Oropeza, Zubillaga, Herrera, Montes de Oca, Meléndez, González, Riera y otros más.

            El médico e historiador caroreño, doctor Ambrosio Perera ha afirmado que a pesar de aquella separación de castas, había en la ciudad una   pacífica   convivencia   (6),  lo   que   nos   ha   motivado   a   indagar y comprender de qué manera tal hegemonía se fundamentó en el dominio que sobre lo sagrado y los asuntos de la fe ejerció esta clase social, y de cómo la pertenencia a la antigua cofradía del Santísimo Sacramento, fundada en 1585, los hizo aparecer ante el resto de la sociedad como herederos  legítimos de   una antigua  tradición e  historia, y  en tal  sentido, como las personas que se adueñaron de la memoria: toda clase, social hegemónica intenta apropiársela y con ello consolidar su hegemonía, tal y como el historiador francés Jacques Le Goff ha sostenido (7) quien agrega que “Apoderarse de la memoria y del olvido es una de las máximas preocupaciones de las clases, de los grupos, de los individuos que ha dominado y dominan las sociedades históricas”.
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5.       Cortés Riera, Luis Eduardo. Del Colegio La Esperanza al Colegio Federal Carora 1890-1937. (1997).
6.       Véase de este autor Historial genealógico de familias Caroreñas. 1967. Tomo I (Introducción).
7.       7. Véase de este historiador de las mentalidades y de las                  representaciones  e  imaginarios  colectivos  su  obra.   El orden de la memoria El tiempo como imaginario. 1991. PP. 134, 140 y 141.

            Nos sentimos fascinados por las permanencias, por las “prisiones de larga duración” como llamara Braudel a las convicciones religiosas que actúan subrepticiamente pero sin pausa en la larga duración, pero también nos interesa el cambio en el tiempo corto de los acontecimientos, tales como la llegada a la ciudad de los Reverendos Padres Escolapios y la forma en que a mitad del siglo pasado se imbricaron y hasta chocaron con las convicciones e intereses de la clase hegemónica y poco cristiana por su sentido exclusivo de los “godos de Carora”, o de cómo la Iglesia caroreña se opuso y hasta condenó los indetenibles avances de la mujer en el camino de su emancipación social, cultural, sexual y reproductiva.

      De modo pues que la religión sigue siendo nuestra protagonista en esta parte segunda de nuestro trabajo, sólo que en esta segunda entrega la religión es un actor que entre sus espacios, que retrocede en el horizonte dramático y profundo de un proceso iniciado desde tiempos de la ilustración y que ha continuado con las doctrinas comteanas y spencerianas del siglo XIX, el marxismo materialista que llegó tardíamente a estas tierras, pero que ha tenido un enemigo mucho más eficaz y que la misma Iglesia ha cohonestado, la sociedad de consumo materialista, hedonista y adoradora del instante y del ahora que se ha instalado entre nosotros en la segunda mitad de este “siglo corto” el siglo XX, tal y como le ha llamado el gran historiador británico Eric Hobsbawm. 



P A R T E   I
Carora entre siglos: de la Escolástica al Positivismo
(1875-1925)

Cuando se aproxima el fin del siglo XIX es la ciudad de Carora una localidad en la que una fuerte herencia del pasado se transparenta y expresa en su arquitectura de viejos templos y casonas coloniales, su actividad económica precapitalista en sus múltiples talleres de artesanos, unas actividades agropecuarias basadas en especies vegetales (la caña de azúcar y el café) y animales (los ganados bovino, caprino y caballar) traídos al Nuevo Mundo americano por los españoles en los siglos XVI y XVII, su apacible vida transcurrida parroquialmente entre las clases populares que habitan Barrio Nuevo, El Terreno o El Yabal, humildes hombres y mujeres en su mayoría analfabetos y católicos, la hegemonía social y cultural que ejercen los descendientes de los españoles y los recién llegados de los siglos XVII y XVIII, los “godos de Carora”; es decir una sociedad que desde su implantación en el siglo XVI como ciudad de Blancos (1569) ha regido, organizado su vida social y creado sus imaginarios y representaciones más significativos desde la perspectiva de uno de los discursos más coherentes y acabados que ha conocido la cultura occidental, el catolicismo universal en su versión hispánica.  Es decir que España, esa península metafísica, legó a la cultura hispanoamericana éste, uno de sus ingresos primarios y fundamentales que ha configurado decisivamente sus coordenadas sociales y culturales.

      Sin embargo, esta vieja tradición colonial y católica no podía permanecer intacta después de varias centurias, pues en el siglo XIX habría de enfrentar un fuerte proceso secularizador expresado en la idea de progreso del positivismo, filosofía que pregonaba una nueva sociabilidad y enviaba al ámbito de lo privado las creencias religiosas. Es, en resumidas cuentas, un proceso de modernización con nuevas formas de vida urbana, educación formal y la secularización de valores y normas. (1).

      Hemos escogido una fecha emblemática en la historia de Carora, 1875, momento en que, a nuestro entender se produce un acontecimiento cultural de profundas   consecuencias  en cualquier  sociedad, y no es otro que la introducción de

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1.       Habernas, Jurgen. El discurso filosófico de la modernidad. 1985. P. 12.


 una institución social muy importante: la imprenta.  La palabra impresa sacudió profundamente la conciencia de aquella sociedad anclada en el pasado, que meditaba y valoraba su vida desde la perspectiva de la transcendencia metafísica y lo orientó hacia la curiosidad por el presente y lo inmediato. Una curiosidad interesada y práctica particularmente viva en el político o en   el hombre de negocios (2).  En efecto, fue en 1875 cuando se fundó el primer órgano periodístico con el nombre de La Patria, la cual le siguieron una buena cantidad de otros impresos, de entre los cuales destacan El Impulso (1904) fundado por el Br. Federico Carmona, y El Diario (1919) dirigido por José Herrera Oropeza.

            A la imprenta le seguirá la educación formal secularizada con la fundación, en 1890, de un colegio de secundaria particular, el Colegio La Esperanza, institución creada y animada por la godarria caroreña, quien colocó en la rectoría al Dr. Ramón Pompilio Oropeza, en el interés y la imperiosa necesidad de que allí se educaran sus hijos como nuevos agentes de su hegemonía social y cultural (3).  Seguidamente, en 1894, irrumpió en la cuidad una novedosa forma de sociabilidad, la que por inspiración alglosajona y victoriana recibiría el nombre de Club recreativo, al que le siguió el epónimo de un héroe de la Independencia, el General Pedro León Torres.  Fue este un club aristocrático,  excluyente  y sexista   fundado  por  el  adalid del “mochismo local”, el Dr. José María Riera.

            Como habrá podido notarse, estos tres hitos socio-culturales emprendidos por la clase dl “patriciado caroreño”, tal como conceptúa el historiador Ambrosio Perera en su monumental obra de juventud titulada Historial Genealógico de Familias Caroreñas (1933) a esta clase social excluyente y de raigambre mantuana, la que copó los escenarios sociales, institucionales y culturales de su ciudad en un proceso que tímidamente se inició a fines del siglo XVIII, pero que se consolidó a todo lo largo del siglo XIX y que continuará hasta los días que corren.   Paradójicamente,  esta clase  social  que  emprende  esta  inaplazable modernización, es también ella misma la depositaria y la que dirige los asuntos de la fe.  De modo pues que la “godarria caroreña” se halla  colocada  polarmente  entre dos  extremos, el del conservadurismo
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2.        Prólogo de Henri Berr a la ora de Georges Weill titulada El Periódico: Orígenes, evolución y función de la prensa periódica. P. VII.
3.       Véase nuestro trabajo Del Colegio La Esperanza al Colegio Federal Carora 1890-1937. (1997).


religioso por un lado, y la actualización modernizante por el otro.  Dicho en otras palabras, es una clase social que asume, interpreta y dirige dos discursos enfrentados y antagónicos, la Escolástica como paradigma del conservadurismo por un lado, y por el otro el Positivismo decimonónico, garante del progreso social, al que se llegará después de superar el obstáculo que suponen las iglesias y otros credos metafísicos trabados en las sociedades de occidente.

      Sabemos que el Iluminismo del siglo XVIII se canceló, o mejor dicho, tuvo su continuidad con la llegada del Positivismo a Venezuela en la década de 1870, y que debió enfrentar a su contraparte religiosa y necesariamente dogmática del catolicismo, doctrina sólidamente imbricada en la sociedad.  En Carora el catolicismo basó su fortaleza en las muy bien organizadas cofradías, en el discurso oral de curas y sacerdotes, “intermediarios culturales” que vertían al populacho sus lecturas de las Escrituras, textos redactados en una lengua tan sagrada como iniciática: el latín.  La promesa bíblica de salvación debió de vérselas con una doctrina tan teleológica como ella misma, el progreso indetenible de la sociedad, idea que maravilló y atrapó a las mentes de muchos de aquellos que se ilusionaron con la Ilustración, cuerpo de ideas liberadas de todo tutelaje que entre nosotros no tuvo ocasión de prender.  “Tenemos fiesta porque no tuvimos Ilustración”, dice repetidamente Octavio Paz.  Y de sobra las teníamos: fiestas religiosas y fiestas paganas plagaban el calendario desde enero a diciembre.  El nuestro era un calendario sagrado.

      De modo pues que no nos sorprenda que de modo festivo fuese recibida en Carora la imprenta en 1875, institución social (4)  que  de  forma  decisiva  contribuirá  a la  difusión del nuevo paradigma en la ciudad.  Todo ello es lo que explica que en tal comunidad, aislada y pequeña (8.000 habitantes) se imprimiera un tabloide que le canta y da loas a uno de los más notables descubrimientos del siglo XIX, Los Rayos Roegten (1897), y de otro que le rinde culto a la nación más civilizada de Europa y a su lengua: Le Petit Fígaro (1890), o que un joven bachiller formado en el Colegio de La Concordia de El Tocuyo dirigido por Egidio Montesinos, fundara a la vuelta de siglo, en 1904, un periódico de circulación diaria con  un    nombre   inspirado    en los  avances   de  la  Física   del   siglo   que  moría:


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4.       La expresión es de Karl Popper y se encuentra, entre otras de sus obras en La Miseria del historicismo. 1981. P, 167 y siguientes.

El Impulso (5).  Ninguno de los múltiples periodiquillos de Carora que circulaban en estos 50 años de su existencia podía dejar de mencionar y de usar las palabras claves del positivismo decimonónico nuestro: progreso, orden, ciencia, civilización, higiene, o frases laudatorias como “la culta Europa”, “el correcto caballero francés”, “la fina y exquisita vajilla y regalos ingleses”.  “El Imán, botiquín al estilo parisiense” (6), a lo que habría que agregar la permanente diatriba política en torno al liberalismo amarillo y sus representantes locales, en los que se confunden militares y civiles: General Andrés A. Álvarez, Coronel Francisco Franco Urrieta, Dr. Tertuliano Herrera, Gral. Francisco Antonio Nieves, Br. Rafael Herrera Oropeza, Roseliano R. Bracho, José Antonio Perera, Coronel Francisco Montero, Juan Bautista Franco. . . . miembros del flamante Partido Liberal Independiente Rehabilitador que expresaba sus ideas a través de su Órgano de difusión La Palanca (1891), pero también se observa en estos “heraldos del progreso” un entendible amor por el terruño y un sentido parroquial alimentado por el aislamiento geográfico y el apego de sus locales a viejas tradiciones y costumbres.  No nos sorprenda pues que don José Herrera Oropeza en su recién fundado órgano periodístico, El Diario (1919) haya hecho la publicación por     entregas  de  las    Aventuras de Robinson Crusoe         , un homenaje y reconocimiento a un hombre que, como la Carora aislada y remota, sabe sortear con éxito múltiples desafíos y dificultades (7).

            Pero nuestra admiración por el progreso, la ciencia y la civilización del siglo XIX no obedecía a un conocimiento directo o doctrinal de la filosofía positiva.  Nadie en Venezuela recitó oraciones positivistas o asistió templos de la nueva religión de la ciencia como en Brasil y Chile.  Fue una idea, un espíritu de la época, más o menos espontáneo y no orgánico que se sincretizó con las ideas del liberalismo local en torno a figuras como el General Antonio Guzmán Blanco, o en menor media con los doctores  Juan Pablo Rojas Paúl y Raimundo Andueza Palacio, herederos políticos de
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5.       EL Impulso, una empresa de carácter familiar circuló en su ciudad natal hasta 1919, año en que, por olfato de las oportunidades de su fundador, decide mudarse a Barquisimeto.
6.       Los Rayos Roentgen. 11 de febrero de 1897.
7.       Don Mariano Picón Salas, nuestro gran historiador de la cultura, ha afirmado que la lectura del Robinson Crusoe fue muy popular en las colonias americanas del norte, en  donde se interpretó como alegoría del trabajo colectivo y la autonomía. Véase de este autor De la Conquista a la Independencia y otros estudios. 1987.

la causa federal.  Habría que esperar a que el enterramiento político del liberalismo por el general Cipriano Castro y la asunción al poder del general Juan Vicente Gómez (1908-1935) propiciara la elevación del positivismo como filosofía del régimen gomecista y sus cultivadores: José Gil Fortoul, Laureano Vallenilla Lanz, Pedro Manuel Arcaya.

Pero el positivismo decimonónico no podía, y ése era su propósito, desplazar del psiquismo profundo de los seres humanos a un sistema de creencias y de valores firmemente arraigado y que había moldeado en buena medida nuestra cultura y nuestro ser social durante varios siglos, el catolicismo.  De modo pues que éstas dos visiones del mundo no les quedó otra alternativa, a pesar de sus radicales antagonismos, que convivir y adaptarse de forma sincrética el uno al otro.  Contribuyó a ello el carácter teleológico, la confianza de que al final de los tiempos todo será mejor para la humanidad.  Pasemos a analizar de inmediato la prensa caroreña de la época para mostrar de qué manera se expresan en ella tales discursos.

En  1904,  1° de  enero,  vio  la  luz  el diario El Impulso, en  cuyo contenidos encontramos palabras y contenidos, implícitos o no de ambas corrientes ideológicas.  Comienza señalando que bajo “el halagüeño auspicio de la paz (…) comienza la vida del periodismo diario” en la ciudad.  Más adelante se refiere en término completamente spencerianos que “fue depurado el organismo de la Patria de la fiebre de odios”.  Equipara a la sociedad a un organismo vivo y al malestar social y a la guerra como elevación de la temperatura corporal manifestándose en éste un estado febril.  Al tiempo en que varias y repetidas veces se menciona la palabra progreso admira “las conquistas científicas del pasado siglo”, esto es, “las aplicaciones de la electricidad (…), el telégrafo como vehículo del pensamiento que ha suprimido las distancias, pero más adelante y en un pequeño artículo titulado “La Paz” se lee: “los pueblos se alistan alborazados para proseguir la marcha por los derroteros de la civilización y progreso…” y, acto seguido y en términos decididamente apocalípticos podemos leer: “Abdicó el reino de las tinieblas, su imperio de exterminio entre el caos de lágrimas y sangre, surge el arcángel de la justicia social, en luz bañada la divina frente”. (8).
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8.       El Impulso. N° 1. 1° de enero de 1904. P. 2.


      Esa convivencia continuará.  Así, en el N° 21 de esta misma publicación encontramos ya un santoral: “Miércoles 27- Santos de hoy: Nuestra Señora de Belén, San Juan Crisóstomo, obispo, confesor y doctor y Santa Ángela de Mérici, virgen y fundadora de la Ursulinas”.  Más adelante celebra la mejoría de salud de un sacerdote, el Pbro. Julio Montes de Oca, en tanto que otro reverendo, el Pbro. Lucio Antonio Gutiérrez Meléndez, un adelantado de la teología de la liberación y de quien tendremos ocasión de hablar, anuncia que el “Hospicio San  Antonio de Padua”, de que soy Fundador y Director, marcha bien”. En el N° 24 de 30 de enero de 1904 dice El Impulso de Carora que “Es este un pueblo esencialmente religioso, que se encariña con todas esas obras que se dedican a Dios” y agrega “Bien por el culto, bien por los jóvenes y progresistas Curas, y bien por el honorable Mayordomo de la Cofradía del Santísimo”.  De modo pues que podemos inferir que fue este novel diario durante sus primeros años un órgano de prensa muy lejos de ser anticlerical y mucho menos escéptico en asuntos de la fe.  Daba espacio suficiente a la Iglesia católica, su línea editorial era decididamente de adherencia a esta fe que hasta llegó a afirmar que “el más importante de los órdenes sociales (reside) en la magnificencia pública de los edificios levantados al culto”. (9).

      El hecho de que el catolicismo haya sido durante siglos una religión difundida fundamentalmente por el discurso oral, dirigido a la población analfabeta (en Carora de fines de siglo XIX llegaba al 90%) no impidió que se editaran pequeñas hojas y periódicos con esta orientación y que no cabe duda de que eran leídos en voz alta al grueso de la población ágrafa y católica. (10). Fue así como nació en 1893 el quincenario El Bien Común “bajo el patrocinio de María Inmaculada.  Órgano de intereses del Círculo Católico de esta ciudad” (11), la revista El Amigo de los Pobres (1901) “Bajo el amparo de San Antonio de Padua” con aprobación eclesiástica.  Director, el padre (Lucio Antonio) Gutiérrez Meléndez, Administrador, Pbro. Dr. Carlos Zubillaga otro de los sacerdotes caroreños adelantados de la Iglesia social y que orientaron su apostolados en los dictados del Concilio Vaticano I (1869) y la Encíclica Rerum Novarum (1891), otra revista religiosa y también dirigida por el padre Lucio Antonio Gutiérrez Meléndez fue El Paduano (1913) (12).
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9.        El Impulso. N° 64. 19 de marzo 1904. P. 2.
10.    Cf. Chartier, Roger. El mundo como representación, Historia cultural: entre práctica y representación. 1999.
11.    Silva Montañés, Ismael. Bibliografías. Imprentas y periódicos caroreños. 2001. P. 68.  Esta revista tuvo, dice este autor, una segunda época hacia 1917. P. 83.
12.    Ibid. P. 81.
Para culminar esta parte, debemos agregar que El Diario (1919) periódico de circulación diaria y suplió a El Impulso, luego de qu éste se mudara a Barquisimeto en 1919, se muestra de forma parecida al diario de Federico Carmona en lo atinente a la religión, así podemos leer:


CULTOS DE MAÑANA
Domínica 8ª de Adviento
Segunda Clase de la Semidoble y Ornamento Morado
Oficios sin preces.  Conmemoración de la Inmaculada
Concepción en su octava.  Misa sin gloria y sin
3ª Oración. Prefacio de Trinidad.


A lo que agrega:


ORDEN DE MISAS
En San Juan, a las 5 a.m. y a las 7 a.m.
En San Dionisio, a las 6 a-m.
En la tarde, hora de adoración en San Dionisio (13).

Esta es la genuina ciudad de Carora que se expresa tal como ella es en su profundidad, una sociedad raigalmente religiosa a la que se le ha barnizado superficialmente con ideas y conceptos nuevos y que pronto quedarían en el museo del pensamiento, el positivismo cientista decimonónico.


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13. El Diario. N° 85. Sábado 13 de diciembre de 1919.
CARORA A COMIENZOS DEL SIGLO XX.
VIDA RELIGIOSA Y COFRADÍAS

            El positivismo en Venezuela, a diferencia de Europa, debió de difundirse en una sociedad precapitalista y latifundista que veía en las ideas de progreso y orden una vía para superar el atraso y la barbarie.  Pero estas doctrinas naturalísticas no significaron entre nosotros un ataque frontal y sistemático a las instituciones clericales como herederas de una tradición dogmática que debía superarse por intermediación de la ciencia.  Más bien hubo entre nuestros hombres de pensamiento una coexistencia de discursos entre fe y razón.  Así podemos observar que en la Carora de comienzos de siglo XX nuestros ciudadanos aprendían en el Colegio La Esperanza, fundado en 1890, los fundamentos de esta doctrina de raigambre francesa, asistían al Club Recreativo Torres, muy a la manera inglesa, leían los diferentes periódicos que desde 1875 se imprimían en la ciudad, pero, y es lo que es muy notable, seguían siendo miembros y asistían a las reuniones y participaban en los diferentes eventos que preparaban y animaban las diferentes hermandades y cofradías existentes y que tenían sus sedes en las Iglesias de San Juan Bautista y San Dionisio Areopagita.

            Era una vieja tradición el pertenecer a una hermandad, y a pesar de que ya estábamos en un nuevo siglo, ellas satisfacían incertidumbres psíquicas que la ciencia y la filosofía contemporánea no lograron responder con eficacia: ¿Qué es la vida de ultratumba?, ¿Existe otra vida después de la terrena?.  La certeza de la muerte y la existencia de una institución, la Iglesia católica, como la única que garantiza un tránsito al otro mundo explica esta conducta gregaria y social.  Observemos a continuación dos hojas sueltas que con un lenguaje cargado de misticismo escatológico ofrecen una redención y constituyen una promesa de salvación, veamos:


            Al leer estas dos hojas, una de 1907 y otra de 1937, no debemos olvidar que la ciudad estaba aún dominada por concepciones médicas superadas y paradigmas pre-pasteurianos que ocasionaban grandes mortandades:

IGLESIA DE SAN JUAN BAUTISTA DE CARORA
DEFUNCIONES (*)
A Ñ O S
DIFUNTOS
1895-1904
1.029
1905-1914
405
1915-1924
341
1925-1934
444
1935-1944
339
TOTALES: 
2.558

(*) Fuente: Libros de Defunciones Parroquia de San Juan Bautista.
1895-1945  A partir de 1905 la Parroquia de San Dionisio comenzó a llevar su propio registro de difuntos, lo que explica la aparente reducción de las muertes en la Parroquia San Juan.



            Ya sabemos que Venezuela fue azotada en 1918 por la horrorosa epidemia de la gripe española, peste bubónica (1908), fiebre amarilla (1941), fiebre tifoidea (1946), gastroenteritis, difteria, meningitis y dengue, entre otras.

            Pero las hermandades satisfacían otras necesidades humanas muy sentidas, el espíritu asociativista y gregario.  Pero a inicio del siglo XX se observa que estas estructuras de sociabilidad continúan siendo confiscadas por la clase dominantes de los “godos de Carora”.  Pero antes veamos los números en bruto:
           
COFRADÍA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO
HERMANOS INSCRITOS 1905-1919
AÑO
TOTAL
HOMBRES
MUJERES
SIRVIENTES
1905
31
12
19
04
1906
42
16
26
04
1907
31
10
21
04
1908
46
18
28
05
1909
38
11
27
05
1910
27
13
14
02
1911
14
02
12
05
1912
32
15
17
07
1913
21
06
15
04
1914
22
12
10
04
1915
12
06
06
01
1916
18
09
09
03
1917
27
13
14
01
1918
41
19
22
04
1919
17
07
10
07

419
169 (40%)
250 (60%)
55 (13%)

           
Nótese la prevalencia del elemento femenino (60%) frente al masculino (40%), tendencia característica de nuestras cofradías durante toda su larga existencia, a excepción de comienzos del siglo XVII cuando los hombres dominaban a las mujeres en número de personas que “entraban” a la del Santísimo Sacramento después de 1641.




Al leer estas dos hojas, una de 1907 y otra de 1937, no debemos olvidar que la ciudad estaba aún dominada por concepciones médicas superadas, paradigmas pre-pasteurianos que ocasionaba grandes mortandades.

IGLESIA DE SAN JUAN BAUTISTA DE CARORA
DEFUNCIONES (*)

AÑOS
DIFUNTOS

1895-1904
1.029

1905-1914
405

1915-1924
341

1925-1934
444

1935-1944
339

                                    TOTALES:
2.558

(*) Fuente: Libros de Defunciones Parroquia de San Juan Bautista.
1895-1945: A partir de 1905 la Parroquia de San Dionisio comenzó a llevar su propio registro de difuntos, lo que explica la aparente reducción de las muertes en la Parroquia de San Juan.
Ya sabemos que Venezuela fue azotada en 1918 por la horrorosa epidemia de la gripe española, Peste bubónica (1908), fiebre amarilla (1941), fiebre tifoidea (1946), gastroenteritis, difteria, meningitis y dengue, entre otras.
Para las hermandades satisfacían otras necesidades humanas muy sentidas, el espíritu asociativista y gregario.  Pero a inicio del siglo XX se observa que estas estructuras de sociabilidad continúan siendo confiscadas por la clase dominantes de los “godos de Carora”.  Pero antes veamos los números en bruto:

COFRADÍA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO
HERMANOS INSCRITO 1905-1919

AÑO
TOTAL
HOMBRES
MUJERES
SIRVIENTES
1905
31
12
19
04
1906
42
16
26
04
1907
31
10
21
04
1908
46
18
28
05
1909
38
11
27
05
1910
27
13
14
02
1911
14
02
12
05
1912
32
15
17
07
1913
21
06
15
04
1914
22
12
10
04
1915
12
06
06
01
1916
18
09
09
03
1917
27
13
14
01
1918
41
19
22
04
1919
17
07
10
07
TOTAL
      419
169 (40%)
250 (60%)
55 (13%)

Nótese la prevalencia del elemento femenino (60%) frente al masculino (40%), tendencia característica de nuestras cofradías durante toda su larga existencia, a excepción de comienzos del siglo XVII cuando los hombres dominaban a las mujeres en número de personas que “entraban” a la del Santísimo Sacramento después de 1641.


Veamos ahora la forma en que la “godarria caroreña” copó los espacios de esta cofradía:
COFRADÍA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO
GODOS Y GENTE A SU SERVICIO ASENTADOS
1905-1919

ÁLVAREZ
46
(10,9%)
HERRERA
25
(5,9%)
RIERA
22
(5,2%)
CARMONA, YEPEZ


MARMOL, MONTAÑES


CRESPO
19
(4,5%)
GUTIERREZ
14
(3,3%)
ZUBILLAGA
13
(3%)
OROPEZA
12
(2,8%)
MELENDEZ
11
(2,6%)
MONTES DE OCA
10
(2,3%)
PERERA
09
(2,1%)
SILVA
06
(1,4%)
GENTE A SU SERVICIO
55
(13%)
                       TOTAL
247
(59%)

(*) Fuente: Libro de la Cofradía del Santísimo Sacramento 1905-1916. Folios 1 a 65. Mayordomo Antonio María Zubillaga.

Observemos la notable preponderancia de los elementos que: pertenecen a la “godarria caroreña”, es decir 192 personas y que representan un 46% del total de personas asentadas.  Hemos agregado este cuadro a 55 personas que fungen como gente al servicio (mujeres de servicio y capataces) de los “godos de Carora”.  Ellos revela como una manifestación de una obligación muy arraigada desde el Medievo europeo: la obligación de enseñar la doctrina cristiana a las personas que viven bajo el mismo techo del señor (1).  Veamos en detalle quiénes eran estos humildes servidores y las casas en las cuales laboraban:

1.      CF. Flandrín, Jean-Louis. Orígenes de la familia moderna. 1976P. 134.
COFRADÍA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO
PERSONAL AL SERVICIO DE LOS GODOS DE CARORA
INSCRITOS 1905-1919 (*)

AÑO
GENTE DE SERVICIO
“VIVE EN CASA DE”
1905
Natividad Navas
Ángel Montañés
1905
Raimunda Torres
Lisímaco Oropeza
1906
Hortensia Cuicas
Flavio Herrera
1906
Hercilia Camacaro
Pedro Crespo Meléndez
1906
Ramona Meléndez
Manuel José Perera
1907
Francisca Serrano
Vicente González
1907
Felipa Perdomo (andina)
Ygnacio Oropeza
1907
Francisca Timaure
Lisímaco Oropeza
1907
Gumersinda Leal
Julia Silva de Álvarez
1908
María Almeira
Jacobo Curiel
1908
María del Carmen Primera
Gilberto Zubillaga
1908
Rosalía Sánchez
Hprtemsoa de Meléndez
1908
Rufina Álvarez
Ernesto Álvarez Silva
1908
Presentación Mascareño de Pérez
Amenodoro Riera
1909
Francisco Riera (El Cardonalito)
Gilberto Zubillaga
1909
Benicia Torcate
Ramón Herrera
1909
Lucrecia María Ocanto
Delfina González
1909
Adela Verde (Aregue)
Amalia Álvarez
1910
Jacinto Gallardo
Caporal del Sr. Ramón Herrera en Quebrada Arriba
1910
Bernardina Querales
Concepción Silva
1911
Efigenia Campos
Tirso Álvarez
1911
Ysabel Chirino
Criada de Rosaura Montes de Oca de Hernández
1911
Ramona Mogollón
Servicio de Sara Meléndez de Perera
1911
Fidelina Figueroa
Ibid
1911
Constantina García
Criada de Rosa Montes de Oca
1912
María Pérez
Amenodoro Riera
1912
Petrona Riera Rodríguez
Ibid
1913
Ramona del Carmen Perera
Gilberto Zubillaga
1913
Pascuala Serrano
Juvenal Montes de Oca
1913
Sofía Herrera
Antonio María Zubillaga
1913
Filadelfo Torres
Mayordomo Hacienda La Gallera, Arenales
1914
Berdiana Mogollón (El Cují)
Elvira Yépez de Montañez
1914
Francisca Mogollón Sulvaran
Antonio María Zubillaga
1914
Francisca Escalona
Concepción Perera Silva
1915
María Rodríguez (Curarigua)
Ramón Herrera
1916
Hortensia Gutiérrez
Dolores Montes de Oca
1916
Bárbara Rosa Marchán
Jaime Riera
1917
Mercedes Morales de Gutiérrez (Curarigua)
Carmelita Herrera de Perera
1918
Pánfila Vásquez
Jacobo Curiel
1918
Carmen Torrealba
Elena Gutiérrez

Paula Crespo
Sirve casa Amenodoro Riera
1918
Luisa Torres (Arenales)
Roberto Riera
1919
Enriqueta Torres (Arenales)
Criada casa Dolores Álvarez de Riera
1919
Luisa Amado
Vive en casa del suscrito (Antonio María Zubillaga)

María Figueroa
Vive en casa del suscrito (Antonio María Zubillaga)

Eulalia Álvarez
Vive en casa del suscrito (Antonio María Zubillaga)
1919
Dorotea Sánchez (Quebrada Grande)
Al servicio de Teresita Gutiérrez de Álvarez

(*)  Fuente: Libro de la Cofradía del Santísimo Sacramento 1905-1996. Folios 1 a 66. Mayordomo: Antonio María Zubillaga.



Esta gente de servicio goza de una particularidad muy especial, pues al vivir en una casa de los godos participa de la cultura de élite letrada, alfabetizada, pero también lo hace de la llamada cultura popular, oral y analfabeta.  Son, al decir de Michel Vovelle (2) una suerte de intermediarios culturales, mestizos culturales en la dialéctica cultura de élite-cultura popular.  Ellos ayudan a reforzar los valores de la clase de los godos, pero es un hecho incontrovertido y poco estudiado, que con sus valores populares impactan a los sectores hegemónicos de la ciudad.  El mundo de las élites Caroreñas se puede definir por el paso por los Colegios de Secundaria (la Cátedra de latinidad del fraile Aguinagalde (1829), el Colegio San Andrés (1855) del Dr. Ezequiel Contreras, el Colegio de La Paz (1864) del Lic. Rafael Antonio Álvarez y el Colegio La Esperanza y Federal Carora 1890-1891, del Dr. Ramón Pompilio Oropeza, lugares en donde la élite accedió a las humanidades clásicas y a su instrumento, el latín, lengua que ha contribuido en América Latina a conformar la mentalidad de élites como la ha sostenido el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro (3), por el acceso a las bibliotecas, la de los doctores Ramón Pompilio Oropeza y Lucio Antonio Zubillaga, Jacobo Curiel, Andrés Riera Silva, Cecilio Zubillaga Perera, la frecuentación de lugares de encuentro con el Club Recreativo Torres (1894).

Pero la cultura popular es impartida por la cultura de élites, hemos  dicho; y  este  fenómeno  de   aculturación se observa en una culinaria compartida, las caraotas fritas, la carne esmechada, el suero; en las formas humorísticas democratizadoras,  la  presencia  de  la comadrona en los partos  de las godas; la Curandería de la Sábila y el cují; la nodriza que amamantó al escritor Antonio Crespo Meléndez: el mesonero del botiquín o del Club Torres; el autodidacta que ha fabricado su cultura, el inspirado mesiánico que sueña con cambiar el mundo que no es     otro que el Pbro. Dr. Carlos  Zubillaga  y  su  hermano  Cecilio  “Chío”

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2.  Vovelle Michel. Ideologías y mentalidades. 1985. P. 161.
3.    Véase de este autor: El dilema de América Latina. 1977. P. 170   



            Zubillaga, intermediarios agentes de la difusión del saber y del poder, por una parte, héroes prometeicos por la otra.  Son los hombres que asumen la defensa de los desheredados y los humildes de la tierra, pero que se ha formado en el seno de la cultura de élites.  Son dos verdaderos intermediarios culturales en la Carora de Comienzos del siglo XX, y a los que habría que agregar al farmaceuta Jacobo Curiel, los sacristanes, las maestras de escuela, Rosario Montero, María Auxiliadora Álvarez de Salcedo, María Perera Álvarez, Carmen Elena Montes de Oca, Olga Oropeza de Gallardo, Atala Oropeza Riera, Adela Virginia Riera, Petra Crespo de Aldazoro, los médicos y cirujanos Andrés Riera Silva y José Luis Andrade, los educadores Manuel María Torres, Agustín Álvarez, el Dr. Ezequiel Contreras, Lázaro Perera, Emis Maduro, Ramón Perera, Dr. Ramón Pompilio Oropeza, Rafael Tobías Marquis.  No podían faltar unos personajes emblemáticos que son los vendedores ambulantes de leche o de conservas, las putas y los locos, que cumplen en toda comunidad una función importante de aculturación descendiente. (4).
                  Como bien podrá haber sido notado, nosotros hemos agregado entre el universo de los dominantes y el de los dominados a esta cincuentena de mujeres de servicio como genuinos intermediarios culturales de la Carora del Primer Cuarto del Siglo XX.  Estas mujeres y algunos hombres, son gente de extracción popular y campesina, son andinas o proceden de Aregue, Curarigua, El Cardenalito, Arenales o Quebrada Grande, y sus apellidos contrastan con los de los godos: Serrano, Mogollón, Marchán, Querales, Cuicas, Navas, Gallardo, Chirino, Camacaro. Todo parece indicar que los godos propiciaban el que estas mujeres entraran a las cofradías y con ello entraban en contacto con la religiosidad ortodoxa de las élites a la vez que su religiosidad popular impregnaba a la de las élites.  Las hermandades y cofradías estaban creando de tal forma unas verdaderas redes sociales de solidaridades y de apoyos entre las clases.  Esta conducta gregaria permitió, a no dudarlo, a crear en la ciudad una pacífica convivencia, no obstante del impenetrable aislamiento social imperante, según manifestó Ambrosio Perera (5).  Es que en toda sociedad existen elementos perturbadores, pero también estabilizadores como ha indicado el historiador Eric Hobsbawm al comentar la extraordinaria aportación de Karl Marx al pensamiento histórico (6).

. Vovelle, Michel. Op. Cit. P. 161 y sgtes.
5. Véase de este autor Historial genealógico de familias caroreñas. 1967. Tomo I. P. XXV.

6. Véase de Hobsbawn ek el ensayo “¿Qué deben los historiadores a Karl Marx?” o también “Marx y la historia”. En: Sobre la historia. 2002. P. 148 a 175.    
PERSONAJES DE RELEVANCIA INSCRITOS EN LA COFRADÍA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO ENTRE 1905 Y 1919
  LA MUERTE DE LA CONFRADÍA JESÚS EN LA COLUMNA Y GLORIOSO MARTIR SAN GEORGE EN 1947
Cuando comenzaba el siglo XX, los hermanos de la Cofradía del Santísimo se distinguían porque asistían al templo de San Juan Bautista con una visible y colgante cinta o coseta blanca con una medalla de la cofradía en forma de custodia en el centro, con una inscripción en la circunferencia de “Alabado sea el Santísimo Sacramento”.  Estos hombres y mujeres visitaban a los enfermos llevándoles el sagrado Viático, costeaban el alumbre, incienso, música y canto en el día de Corpus, en las Minervas, en la misa de la Ascensión, a la función parroquial de la mañana del Jueves Santo, los Oficios Matinales de la Iglesia, la Procesión del Domingo de Resurrección, adornaban e iluminaban el monumento en Semana Santa. (1). Esta singular cofradía del Sacramento se constituyó a los ojos de los hombres y mujeres de comienzos del siglo XX en un hilo directo con un pasado remoto y al cual se sentían vinculados.  Así, el artículo 1° de la Constitución (1900) dice que “La Cofradía del Santísimo Sacramento es la misma establecida por nuestros antepasados en esta ciudad el 27 de Enero de 1585 y cuyas prácticas piadosas se han estado observando en cuanto ha sido posible hasta hoy” (2).  Aún cuando su objetivo es de carácter ultramundano, la adoración del Ser Supremo, la cofradía cumplió efectivamente con darle coherencia y proporcionarle un origen común inobjetable a la godarria caroreña.  Al final de esta  Constitución  aparecen los nombres de los más distinguidos representantes de esta clase social, veamos:




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1.      Constitución de la Cofradía del Santísimo Sacramento 1900. Folios 39 y sgtes. En Libro Mayor de la Cofradía del Santísimo Sacramento.
2.      Ibid subrayado nuestro.


COFRADÍA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO
FIRMANTES CONSTITUCIÓN DE 1900. (*)

Agustín Horacio Álvarez, Cura y Vicario
Antonio María Zubillaga, Mayordomo
Jacobo J. Curiel
Gilberto Zubillaga
Ramón Gutiérrez
Roberto Riera
Jaime Riera Meléndez
Francisca Oropeza de Marquis
Carmen Oropeza
Teresa Oropeza
Dolores Herrera
Dimas Montes de Oca
Carolina Riveros
Zoila Rodríguez
Cleofe Giménez
Francisca de Perera
Eva María Perera
Carmen Perera
Virginia Madrid
Francisca Oropeza
María Eulalia Oropeza
Elena Riera Montañez
Josefina Montañez Yépez
Matilde Silva
Romelia Herrera
María Leonor Herrera
Ester de Álvarez
Manuela Álvarez Yépez
Lucrecia Meléndez de Meléndez
Obdulia Lozada
Gregoriana Lozada
Rosario Álvarez





COFRADÍA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO
FIRMANTES CONSTITUCIÓN DE 1900. (*)

Rosalina Hernández
Josefa Martínez
Sulpicia Álvarez
Josefa de Mogollón
Pastora Nicolasa de González
Rosario Riera
Mercedes Gutiérrez
                                Eliana Montes de Oca
                                Eufrosiana de Álvarez
Raimunda Primera





            (*) Fuente: Libro Mayor de la Cofradía del Santísimo Sacramento. Folios 42 a 44.



Dorotea Sánchez (Quebrada Grande)
Al servicio de Teresita Gutiérrez de Álvarez

(*) Fuente: Cofradía del Santísimo Sacramento 1905-1996.  Folios 1 a 66. Mayordomo: Antonio María Zubillaga.


Después de dos siglos de ilustración, enciclopedismo y positivismo, de perfección racional y de frialdad de la razón, estos caroreños de comienzos del siglo XX intuían que estos sistemas filosóficos no tomaban en cuenta ni resolvían el dolor o el malestar de la vida humana.  Por ello, los más significativos elementos de la sociedad plenaban con sus nombres los libros de las cofradías Caroreñas cuando en Europa nadie ponía en duda el triunfo del individualismo burgués y el liberalismo.  Veamos esos nombres:
COFRAFÍA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO
PERSONAJES DE INTERÉS INSCRITOS
1905-1919.  (*)

AÑOS
NOMBRES Y APELLIDOS
OBSERVACIONES
1905
PEDRO FELIPE MONTES DE OCA Y SILVA
FUTURO MONSEÑOR
1906
GERMAN HERRERA
MAYORDOMO DE LA VIRGEN DEL CARMEN
1906
PBRO. DR. PEDRO MANUEL ÁLVAREZ

1906
ANTONIO JOSÉ CRESPO MELÉDEZ
ESCRITOR
1908
DR. PEDRO FRANCISCO CARMONA

1908
PBRO. JOSE MARIA ESCALONA

1908
BR. LUCIO PERERA MONTES DE OCA

1909
GAETANO BRANDO
ITALIANO, VIVE EN CARACAS, NEGOCIA ARTICULOS ORNAMENTALES A LA IGLESIA
1910
PASTOR OROPEZA RIERA
ASENTADO POR SU ABUELA, DOLORES ALVAREZ DE RIERA, MEDICO PEDIATRA
1910
MONSEÑOR DR AGUEDO FELIPE ALVARADO, OBISPO DE LA DIOCESIS DE BARQUISIMETO.
EL PBRO. DR. CARLOS ZUBILLAGA DIO LA LIMOSNA DE ENTRADA
1911
YSMAEL ANTONIO SILVA MONTAÑES
HISTORIADOR

GENERAL ANTONIO FIGUEROA PERERA

1912
MARIA OCANTO
NO FUE INSCRITA EN 1867, PERO PRESENTÓ DIPLOMA (DESPUÉS DE 43 AÑOS)
1913
JUAN HILARIO ZAMBRANO
PEDAGOGO
1914
JOSE MARIA RIERA HERRERA
GANADERO
1916
DR. JOSE DE JESUS LOPEZ MORANDI

1917
LUIS BELTRAN GUERRERO
ESCRITOR
1918
PBRO. BR. CRUZ TERAN MELENDEZ

1918
DR. JOSE LUIS ANDRADE
MEDICO COLOMBIANO
1919
LULIO CHAVEZ CRESPO
MEDICO
(*) Fuente: Cofradía del Santísimo Sacramento 1905-1996. Folios 1 a 66. Mayordomo: Antonio María Zubillaga.


Estos fueron años de relativa calma en el país, el general José Vicente Gómez desplazó del poder al general Cipriano Castro en 1908 y había emprendido un eficaz proceso de pacificación del país.  En 1911 ordenó reabrir el Colegio Federal Carora, el cual había sido clausurado en 1900.  Ello fue motivo de júbilo en Carora.
A otra de las cofradías Caroreñas, Jesús en La Columna y Glorioso Mártir San Jorge, fundada, pues las adscripciones entre 1905 y 1919 no se podían comparar a las realizadas por la del Sacramento, las que se elevaban a 419 hermanos.
COFRADÍA JESÚS EN LA COLUMNA
Y GLORIOSO MÁRTIR SAN JORGE
INSCRITOS 1905-1919 (*)

AÑOS
INSCRITOS
1905
03
1906
-
1907
-
1908
02
1909
-
1910
03
1911
-
1912
01
1913
02
1914
01
1915
-
1916
-
1917
-
1918
-
1919
-
TOTAL
12
(*) Fuente: Libro de aciento Hermanos de la Cofradía Jesús en La Columna y Glorioso Mártir San Jorge 1745-1947.  Folios73v a 74.

        
Esta cofradía tuvo unos inicios muy auspiciosos cuando fue fundada en 1745, pero poco a poco y en un proceso indetenible fue perdiendo su preponderancia, hasta que en 1947 se inscribió el último cófrade, el Sr. Carlos Herrera Zubillaga, quien fue asentado en el folio 75.  Así, había dejado de existir una hermandad que había vivido 202 años y que esos dos siglos se pueden resumir así:
COFRADÍA JESÚS EN LA COLUMNA
GLORIOSO MÁRTIR SAN GEORGE
RESUMEN DE ACTIVIDADES 1745-1947. (*)

Total de inscritos
    1.112 (100%)
Hombres
        520 (47%)
Mujeres
        592 (53%)
Misas hechas a los difuntos
        700 (63%)
Religiosos inscritos
        108 (10%)
Funcionarios públicos
          28 (2,5%)
Esclavos
          12 (1,0%)
Sirvientes
          10 (0,8%)

                         








(*) Fuente: Libro de aciento Hermanos de la Cofradía Jesús en La Columna y Glorioso Mártir San George 1745-1947.  Folios 2 a 75.


Ahora bien, preguntémonos: ¿Por qué muere una hermandad? ¿A qué se debe que tengan períodos de esplendor y de decadencia? ¿Qué factores económicos y sociales permiten su pervivencia? ¿Cuáles son los factores espirituales y afectivos que en ello inciden? Tratemos dar algunas respuestas.
En primer lugar debemos destacar que Venezuela sufrió un profundo cambio económico, social y cultural en la primera mitad del siglo XX por efectos de la radical transformación que experimentó debido a la aparición del petróleo, un elemento que contribuyó a acabar viejas formas de sociabilidad que databan desde tiempos coloniales.  La secularización se hizo presente en la educación, en la salud, la gente comenzó a aglutinarse en los clubes y asociaciones de todo tipo; los miedos sociales a la enfermedad y a las pestes eran cosa del pasado.
A este cuadro general de cosas debemos agregar que las cofradías Caroreñas habían dejado de ser las importantes instituciones de crédito dinerario que habían sido en el siglo XIX.  Agregado a ello debemos destacar que el costo de la inscripción en la Cofradía de Jesús en La Columna y Glorioso Mártir San George no había dejado de crecer: en 1745 se pagaban 3 pesos por la “entrada” en la hermandad, en 1875 12 reales y 6 bolívares después de 1929.  Pero lo que llama más la atención es que esta cofradía se ha ido vaciando subrepticia e indeteniblemente del elemento “godo”, un factor que como hemos visto, es determinante por su capacidad aglutinadora e influyente, veamos:





COFRADÍA DE JESÚS EN LA COLUMNA
Y GLORIOSO MÁRTIR SAN GEORGE
GODOS DE CARORA INSCRITOS 1888-1947

Álvarez
   11
Gutiérrez
   04
Herrera
   09
Meléndez
   01
Montes de Oca
   00
Oropeza
   13
Perera
   07
Riera
   12
Silva
   04
Yépez
   02
Zubillaga
   09
TOTAL GODOS
   72 (70,5%)
TOTAL GENERAL
 102 (100%)
(*) Fuente: Libro acientos Hemanos de la Cofradía Jesús en La Columna y Glorioso Mártir San George 1745-1947.  Folios 66v a 75.
Es decir que en 60 años esta hermandad inscribió a 72 “godos”, en tanto que la del Sacramentado atrajo en apenas 15 años, de 1905 a 1919, a 192 elementos de la “godarria caroreña”.  Puede que haya existido entre las diversas cofradías caroreñas un cierto espíritu de competencia y que Michel Vovelle ha localizado que en algunas localidades de Francia en el Siglo XVII, la sensibilidad popular no asimila el Santo Sacramento. (3).
Un hecho muy sutil queda claro: Jesús en La Columna y su compañero el Glorioso Mártir San George (Jorge) dejaron de ser los predilectos y queridos íconos de la sensibilidad religiosa de los caroreños,  lo que de ningún  modo sucedió  con la poderosa,
1.      Vovelle, Michel. Ideologías y mentalidades. 1985. P. 150.


por su poder aglutinador, con la antigua Cofradía del Santísimo Sacramento, una de las más antiguas de América Latina, pues sus Constituciones datan de 1585.
Podíamos afirmar que la clase dirigente de los “godos” arrastra tras de sí el sentimiento y la predilección por los santos al resto de la sociedad.  Así la de Jesús en La Columna y Gloriosa Mártir San George inscribió a 72 “godos” que motivaron a inscribirse en la hermandad a otros 30 individuos, un 30%, en un período de más de medio siglo (1888-1947), en tanto que la del Sacramento inscribió entre 1853 y 1870 un total de 257 “godos” (38%) que animaron a inscribirse en la hermandad a 425 personas, es decir un crecido 62% de elementos de las clases populares.  En el siglo XX esta tendencia de la del Sacramento se mantiene, pues, hemos visto, entre 1905 y 1919 192 “godos” inscribieron a 55 personas, gente a su servicio doméstico (13%) y animaron a otros 172 personas (41%) de clases populares a entrar en la hermandad.
Esta es la Carora del primer cuarto del siglo XX en su sensibilidad religiosa y que hizo exclamar al Pbro. Dr. Carlos  Borges: “Urbe veneranda, ciudad matrona, doctoral, levítica, guerrera (. . .)  Por sus tradiciones domésticas, por sus costumbres patriarcales, por su devoción religiosa, por su cultura social, por su amor reverente a las glorias pretéritas, me inspira profunda simpatía esa urbe austera y bondadosa”.  Agrega el padre Borges que Carora es conservadora y que ella se ha convertido en “ciudadela de refugio contra el repugnante modernismo que por dondequiera nos invade”.  En efecto era Carora en aquellas décadas una ciudad aislada y remota del occidente venezolano y en donde apenas se oían las noticias que estremecían el mundo, la Primera Guerra Mundial o la Revolución  Bolchevique de 1917, sucesos de  alcance  universal

que la férrea y criminal dictadura del general Juan Vicente Gómez silenciaban sistemáticamente.  El ascenso del comunismo al poder en la lejana Rusia quizá haya motivado a 41 caroreños a adherirse al Sacramentado en el año 1918, una tímida reacción frente al ateísmo marxista que no puede compararse con la masiva respuesta del catolicismo caroreño frente a las políticas anticlericales del Ilustre Americano, el general Antonio Guzmán Blanco (4).
El Br.  Antonio María Zubillaga, íntegro caballero de la fe.
Pero dejemos que Antonio María Zubillaga, Mayordomo del Sacramentado en 1915 quien nos dé un cuadro general del catolicismo en Carora:
Noticias referentes a la Cofradía del Santísimo Sacramento
Escritas por el Mayordomo, quien suscribe a petición del
venerable Cura Mardoqueo Perera.

A los 13 años de haberse fundado la ciudad, el 27 de enero de 1585, se estableció la Cofradía del Santísimo Sacramento en la Iglesia Parroquial de San Juan Bautista ad instar de Santa María Súper Minerva de Roma.  Desde entonces ha funcionado sin interrupción y hasta hoi en el año 331 de su fundación.  Tenía una regular cantidad de censos, perdidos hoi completamente.  Poseía lleguas, mulas como dueña del fundo de cofradías, así llamado, y destruido totalmente por la guerra.
2.      Véase la parte VI. 10 de nuestro trabajo Iglesia católica, cofradías y mentalidad religiosa en Carora: Siglos XVI al XIX (en prensa)



Los únicos ingresos con que cuenta hoy son las cuotas de entrada que son 8 bolívares y las limosnas de los hermanos.
Correrá a su cargo las solemnes funciones de Corpus, procesión, reseñas y octavas, las Minervas mensuales, la fiesta de Ascención del Señor, la solemne función de 40 horas (del 5 al 8 de diciembre), la postura, adorno e iluminación del Monumento al Jueves Santo, la procesión del Santísimo Domingo de Resurrección, el sufragio de una misa por cada hermano muerto que fallezca.  En años anteriores holgadamente cubría todos los gastos (ilegible) habrá en la ciudad esta cofradía encargada del culto a Jesús Sacramentado.
Y más adelante agrega el sempiterno Mayordomo del Sacramentado:
Hoy tenemos 4 santuarios en que está colocada la Divina Majestad y se ha establecido instituciones como la Oración Perpetua y el Corazón de Jesús (ilegible) como la Cofradía del Santísimo Sacramento a rendirle oración (ilegible) con estreches apenas cubre sus gastos ordinarios.
Cuenta con numerosos cófrades en esta ciudad, sus pueblos vecinos en varias ciudades de la República y según los libros tiene hoy 1.558   hermanos  vivos,  pero  como  sin   duda

Algunos habran fallecido y no se ha hecho la anotación porque los deudos no lo han participado o por otras causas, pueden rebajar prudentemente 28 de aquella cifra y queda así reducido a 1.530 el número de hermanos vivos hasta hoy. 
Carora, 4 de mayo de 1915
Antonio María Zubillaga
Mayordomo. (5)
Estos son los años de afianzamiento del poder de Gómez, el positivismo venezolano media bajo su sombra, la Iglesia mantiene muy buenas relaciones con Gómez, quien permitió el regreso de gran número de congregaciones religiosas y facilitó la reapertura de colegios regentados por religiosos.
Este “íntegro caballero de la Fe, fervoroso Cruzado del honor y dechado ejemplar de santas costumbres”, tal como se decía de sí mismo Antonio María Zubillaga, bachiller egresado del Colegio de La Concordia de El Tocuyo y que dirigía el br. Egidio Montesinos dirigió la Cofradía del Sacramentado hasta su muerte el 5 de abril de 1924 (6).  El 13 de abril de tal año asumió el nuevo Mayordomo, José María Zubillaga Perera (7).  Observamos lo que el br. Antonio María Zubillaga dice en pocas y reveladoras líneas.  Lo primero es que revela un notable conocimiento de la historia de la Cofradía, de sus períodos de esplendor, el siglo XVIII, y los de ruina, a comienzos del siglo XIX.  Lamenta  que la hermandad,  en otras ocasiones  dueña de

3.      Libro 11 de la Cofradía del Santísimo Sacramento. F. 11v y 12.
4.      Perera, Ambrosio. Historial genealógico de familias Caroreñas. 1967. Tomo II. P. 146-148.
5.      Cofradía del Santísimo Sacramento 1905-1996. Folio 85v.

una gran riqueza, tenga que hacer una vida precaria a costa de cuotas y limosnas.  Nos revela también que las fiestas religiosas eran bastante numerosas en la Carora de principios de Siglo XX, y que por ello mantenían permanentemente ocupados a los cófrades buena parte del año.  Pero lo más importante para efectos de realizar una historia social de la religión son las cifras que nos presenta el br. Zubillaga.  Ciertamente, el que 1.530 personas “militen” en la Cofradía del Sacramentado es un dato verdaderamente excepcional, precioso. Si consideramos que la población de la ciudad cifraba las 10.000 personas, ello significa que un 15% de la gente era miembro de la hermandad del Sacramentado allá en el año 1915.  Esta cifra de 1530 hermanos la obtuvo Antonio María gracias a su gran poder de observación y a la minuciosidad de los datos que nos proporciona.  Por ejemplo nos dice que existen 4 libros de la Cofradía, el primero desde el 10 de enero de 1686, el segundo desde el 9 de enero de 1853, el tercero que comenzó el 1 de enero de 1881 (contaba con 155 folios y se hizo quebradizo e ilegible), y el cuarto el presente libro y que comenzó el 1 de enero de 1905.
Era un hombre ordenado y metódico, pulcro y preciso en sus anotaciones, las que requerían una mirada atenta y permanente de su medio social.  Anotaba la fecha de ingreso a la hermandad, el nombre completo del cófrade, su profesión, el lugar de procedencia, si se le había hecho misa al morir, quién dio la limosna por el hermano, la casa donde vive la persona y alguno que otro dato en apariencia poco significativo: la filiación y la fiesta religiosa que eligió el hermano para “entrar” a la cofradía.
Es posible que nuestro Mayordomo del Sacramentado haya considerado la cifra de 1.530 en atención a la asistencia a las reuniones de la hermandad o, en todo caso habrá aprovechado  para estimar este número en ocasión de las fiestas
religiosas de Corpus Cristi, la Procesión de Domingo de Resurrección, actos litúrgicos en que los hermanos se distinguían por los colores de las cintas que rodeaban sus cuellos.  De modo pues que afirmar que la fe era una realidad masiva en Carora de principios del siglo XX no es de ninguna manera aventurado, una apreciación intuitiva.
Antonio María Zubillaga era un personaje excepcional en nuestro accidentado siglo XIX.  Fue un hombre constructor en un siglo de desorden y anarquía.  Nació en Carora el 10 de mayo de 1841, bachiller egresado del Colegio de La Concordia de El Tocuyo.  En 1868 asistió como diputado al Congreso Nacional.  Entre 1873 a 1874 fue profesor del Colegio La Paz que fundó en Carora el Licenciado Lázaro Perera; fue el alma de los festejos con que Carora conmemoró el Centenario del General Pedro León Torres en 1888. (8).  El bisemanario barquisimetano El Centenario de Torres, redactado por el Dr. Luis Razetti: Gral. Ramón Escovar, Dr. Luis María Castillo, Br. J. A. Guillén y el Gral. Telasco A. Mac Pherson nos refiere que en Carora se constituyó una Junta Directiva del Centenario del General Pedro León Torres en donde aparece como Tesorero nuestro Antonio María Zubillaga en compañía de F.N. Giménez como Presidente, Ramón Perera, Vicepresidente, Adolfo Meléndez, Andrés Tiberio Álvarez, Jacobo Haim Curiel, Andrés Riera Silva, Ramón Urrieta, Manuel María Herrera, y como Secretario Félix Hilarión Riera. (9).  A ello se agrega que cultivó la poesía y que además era versado en estudios genealógicos, agrega Perera.

6.      Perera, Ambrosio Op. Cit.
7.      El Centenario de Torres Barquisimeto, 10 de marzo de 1888.  Mes 1°, Número 1°.


La familia Zubillaga es de origen vascuence, de las localidades de Mondragón, Oñate, Villareal de Urrechu, Villafranca, San Sebastián, Rentería, Amezqueta y Salinas de Leniz, San Pedro de Barinaga (Viscaya).  Ya en la Edad Media, en 1342, un Ochoa de Zubillaga ganó prueba de hidalguía en Mondragón.  El fundador de la familia en Carora, dice Perera, fue don Agustín Luis de Zubillaga, natural y vecino de San Sebastián, Guipuzcoa, donde nació en el año 1768, se embarcó a Venezuela en 1787.  Antes de partir se le expidió una certificación en donde había justificado plenamente su hidalguía, pureza y limpieza de sangre, sin mezcla alguna de judíos, moros y agotes (10) penitenciados por el Santo Tribunal de la Inquisición.
En 1794 se estableció en la ciudad de Carora como Administrador de la Real Hacienda.  Durante la Guerra Magna, entre 1810 y 1812 fue contralor de los Hospitales del Ejército de Colombia.  En 1824 el General Francisco de Paula Santander firmó su Carta de Naturalización. (11).

           


_______         
8.      Dícese de una generación o gente que hay en el valle de Baztán, en Navarra, y del individuo de esta raza, nos aclara el Diccionario de la Lengua Española. 1970.
9.      Perera, Ambrosio.  Op cit.



PUNTE RDEONDO: EL SIMBOLISMO DEL
APELLIDO ZUBILLAGA

Tanto el mito como los símbolos han sido rechazados por el racionalismo de Occidente.  Los mitos, sin embargo, crean y suponen dimensiones de mundo, y todo por absurdos que puedan parecer, encierran unos valores de verdad.  El símbolo, por su parte, es paradigma del ser y posibilita en cierto modo que las cosas sean.  Es la idea en su sentido originario, el arquetipo o forma primigenia que vincula el existir con el ser.  Los símbolos están en el centro, en el corazón de esta hermana gemela de la razón que es la imaginación; revelan los secretos de los inconsciente, conducen a los resortes más ocultos de la acción, abren la mente a lo desconocido y a lo infinito.  Estos fenómenos han sido estudiados desde el siglo XIX por Ed Von Muller, D. T. Wundt, y en el siglo XX por Lévy-Bruhl, Glaber, Eichhorn, Baver, Strauss, Eliade, Freud, Jung y Lévi-Straus, entre otros (1).
Para Carl Gustav Jung, discípulo y luego disidente de Freud, la motivación inconsciente no maría de cultura a cultura, como sostenía su maestro.  Se opone a este relativismo cultural en su teoría del inconsciente colectivo que sería la más honda y universal motivación humana.  Desde que el hombre, simboliza en imágenes y mitos de carácter universal.  En todas partes es la
madre el símbolo de lo que  nutre y  protege; y el  padre lo es del

1.      Véase Censillo, Luis. Los mitos, sus mundos y su verdad 1988.  Chevalier, Jean y Alain Gheerbrannt Diccionario de símbolos 1999. Jung, Carl Gustav. El hombre y sus símbolos 1997.  Eliade, Mircea. Tratado de historia de las religiones 2000. “Función de los símbolos” P. 627 y ss. Freud, Seguismund. Obras completas 1948.  Lévi-Strauss Antropología estructural 1976.

poder, de la ley, de lo temible.  La serpiente personifica astucia y seducción.  A estos símbolos ancestrales de significación universal los llama Jung arquetipos, de los cuales está hecho el inconsciente colectivo.  Ahora bien ¿Por qué nos interesa esta doctrina tan altamente interesante?
Tal interés viene por efecto del apellido Zubillaga, el cual y según refiere José Antonio Sangróniz de Castro en su obra Familias coloniales de Venezuela, significa en vascuence “Puente redondo” (2).  El escudo de armas de la familia, según el autor de Heráldica vasca, Don Carlos de Guerra que los parlantes eran: un puente de oro de tres arcos sobre ondas de agua; orla de plata, con ocho jabalíes negros (3).  La historia del símbolo atestigua que todo objeto puede revestirse de un valor simbólico, ya sea natural (piedras, metales, árboles, frutos, animales, fuentes, ríos y océanos, montes y valles, plantas, fuego, rayo, etc.  O sea abstracto (formas geométricas, número, ritmo, idea, etc).  Para Jung el símbolo no es ni una alegoría, ni un simple signo, sino más bien “una imagen apta para designar lo mejor posible la naturaleza oscuramente sospechada del espíritu”; y agrega “el símbolo no encierra nada, no explica, remite más allá de sí mismo hacia un sentido aún en el más allá, inasible, oscuramente presentido, que en ninguna palabra de la lengua que hablamos podría expresar de forma satisfactoria” (4).

Perera, Ambrosio. Historial genealógico de familias Caroreñas. 1967. T.I. P. 257 y ss.
2.      Op cit. P. 258.
3.      Jung, Carl Gustav. El Hombre y sus símbolos. 1997 y un enfoque psicoanalítico de las imágenes muy sugerente se encuentra en Visto y no vistoEl uso de la imagen como documento histórico 2001 de Peter Burke. P. 216 a 218.

El puente, los puentes son en efecto símbolos preñados de significación, son la expresión de lo que se presiente, pero aún no se reconoce.  Entonces incitan al inconsciente a la participación: engendran la vida y estimulan su desarrollo.  Dicen Chevalier y Gheerbrannt que el simbolismo del puente:
en cuanto permite pasar de una ribera a otra, es uno de (los símbolos) más universalmente extendidos.  Este paso es el de la tierra al cielo, el del estado humano a los estados suprahumanos, el de la contingencia a la inmortalidad, el del mundo sensible al mundo supasensible.  Diversas leyendas de Europa oriental hablan de puentes de metal (5),
Esta simbología penetró, incluso, al cristianismo: la visión de San Pablo menciona símbolos parecidos.  Es muy notable, agregan, que el título de pontifex, que fue el del emperador romano y continúa siendo el del Papa, significa “Constructor de puentes”.  El pontífice es a la vez el constructor y el puente mismo, como mediador de cielo y tierra (6).  En la tradición galesa existe un aforismo que reza “Quien sea jefe, que sea puente”.  El rey Arturo, como rey, es decir el puente entre cielo y tierra.  En las tradiciones del Islam se describen la travesía del Puente o Sirat que permite acceder al paraíso, pasando por encima del infierno.  Más adelante agregan estos autores:
5.Chevalier y Gheerbrannt.  Diccionario de símbolos. 1999. P. 853.
6.  Ibídem.


Todas estas tradiciones confirman la simbólica del puente: lugar de pasaje y de prueba.  Pero le dan una dimensión moral,
ritual y religiosa ( ) la simbólica general del puente y su significación onírica: un peligro a superar, pero igualmente la necesidad de un paso a atravesar.  El puente pone al hombre sobre una vía estrecha, donde encuentra ineluctablemente la obligación de escoger.
Y su elección lo condena o salva (7).
Veamos ahora las formas y circunstancias en que los hombres y mujeres de la progenie Zubillaga han actuado como mediadores, intermediarios, y en suma como puentes en diversas y distintas situaciones que les han tocado vivir desde que en 1794 llegó el primer Zubillaga a Carora, Don Agustín Luis de Zubillaga como Administrador de la Real Hacienda.  Como funcionario real debió de actuar como un árbitro, un mediador entre la Corona española y sus Súbditos americanos.  Años después, al estallar la Guerra de Independencia tomó partido por la República al servirle como contralor de los Hospitales del Ejército de Colombia, lo que le permitió, dice Perera, hacer todo el bien posible a los que perseguía el gobierno español (8) “que fue un bienhechor de todos aquellos infelices que se les perseguía por afectos al sistema de Independencia” (9).  Su conducta siempre pacífica y cordial le salvó de ser objeto del Decreto de Guerra a Muerte expedido por Bolívar en Trujillo. (10).
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5.      Op. Cit. P. 854.
6.      Perera. Op. Cit. P. 259.
7.      Perera. Op. Cit. P. 260.
8.      Op. Cit. P. 261.

Uno de sus hijos, José María Zubillaga (Perera), nació en
Carora el 20 de agosto de 1808.  Una pequeña biografía escrita en el siglo XX por un descendiente suyo, Cecilio “Chío” Zubillaga Perera dice que “fue sujeto de bastante distinción en Carora, en diversas actividades de la vida social (11).  Como activo mediador cultural, según la expresión de Vovelle, (véase letra d, supra) participó de la cultura de élites, pues se adiestró “en escritura, lectura y números en el Bufete particular de don Agustín” (12).  Como su padre, fue también Administrador de Rentas y gracias a su competencia y honradez fue posible sostener, con el Tesoro local, cinco Escuelas de Primeras Letras en el Cantón.  Años más tarde fue revolucionario contra el gobierno de José Gregorio Monagas, por lo que fue procesado en 1854.  En 1863, en un gesto que caracteriza a los Zubillaga, fue conducido a prisión por el simple hecho de haber protestado contra el saqueo de su pequeña propiedad pecuaria por parte de las tropas federales.  Agrega “Chío” que José María le valió obtener su libertad por sus relaciones amistosas, siempre cordiales y consecuentes con el General León Colina (13).
Ya nos hemos * lo suficiente sobre el Br. Antonio María Zubillaga (1841-1924) unas páginas más atrás (letra e) y destaquemos ahora un rasgo excepcional y único de la familia Zubillaga al constituirse como los permanentes mayordomos de la Cofradía del Santísimo Sacramento.  En 1828  Agustín Luis de
Zubillaga era Alcalde Segundo Municipal y Mayordomo de la Cofradía del Sacramento (14); su hijo, José María, lo era en 1869, oportunidad cuando existían en la ciudad otras nueve cofradías  (15). Y en el  siglo  XX  esta  saga  continuará, pues al
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9.      Perera. Op. Cit. T. II. P, 151.
10.  Ibídem.
11.  Ibídem.
12.  Libro Mayor de la Cofradía de Las Ánimas. 1801-1869. Folio 102v.
13.  Libro Mayor de la Cofradía de Jesús en La columna y Glorioso Mártir San George 1869. F. 7 y 8.

morir el Br. Antonio María en 1824, le sucedió como conductor de la hermandad más antigua y famosa de Carora su hijo José María Zubillaga Perera, el cual fue electo para tan importante institución eclesial, aglutinadora de lo social, el día 13 de abril de 1924 (16).  No todo quedó allí pues al fallecer José María le sucedió como Mayordomo del Sacramentado el Sr. Pablo Jesús Zubillaga Herrera, Mayordomo de la Cofradía hasta su fallecimiento en octubre de 1980, y le ha sucedido hasta el presente su hijo mayor Pablo Jesús Zubillaga Carrasco.
Quiere decir que desde que el primer Zubillaga en llegar a Carora se anotó como hermano de la cofradía del Sacramentado, el 15 de febrero de 1803 (17) hasta los días que corren, han transcurrido 202 años en los que la familia Zubillaga, han dirigido la Cofradía más antigua, de mayor renombre y cantidad de cófrades.  Han sido dos siglos en los que esta notable estructura de solidaridad de base religiosa ha soportado y sobrevivido al pensamiento ilustrado, al positivismo, discursos del progreso que intentan destronar la eternidad (18).  ¿Qué ha permitido esta notable pervivencia?  En un primer lugar y como ya lo hemos destacado, Carora ha sido un pueblo reconcentrado, cerrado al exterior y que se cocinó en su catolicismo gracias al rito, a la repetición: vuelta de la fecha sagrada (19) más que la profana, y a la “lectura colectiva” de una lengua sagrada, el latín, ligada a un orden de poder ultra terrenal (20).

14.  Libro de la Cofradía del Santísimo Sacramento 1905-1996. F. 85.
15.  Libro de la Cofradía del Santísimo Sacramento 1786-1836 (N° 89) Folio 94. “Agustín Subillaga, Administrador de la Real Hacienda”.
16.  Cf. Paz, Octavio. Pasión Crítica 1990. Entrevista con Rita Guibert. P. 37 a 103.
17.  Ibid. P. 89.
18.  Anderson, Benedit. Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo 1993. P, 30 y 31.

El historiador colombiano Germán Arciniegas nos dice en su Bibliografía del Caribe, obra publicada por vez primera en 1945, que Francisco de Miranda y su destino fue vaticinado por la heráldica.  La descripción de su blasón empieza así: “Un escudo de campo roxo y en él colacados cinco medios cuerpos de doncellas sin adorno. . .” (21).  De modo similar el puente de la heráldica vaticinó el destino de la muy caroreña familia Zubillaga.  Custodios de la fe en la Sagrada Eucaristía, junto a los Párrocos, cuyos ancestros y defectos eran conocidos por todos los oyentes de sus celebraciones, eran todavía los intermediarios directos entre los feligreses y la divinidad.  Es que el gran mérito de las concepciones del mundo  religiosas, tradicionales, dice Anderson, (que naturalmente deben distinguirse de su papel en la legitimación de sistemas específicos de dominación y explotación) ha sido su preocupación por el hombre-en-el-cosmo, el hombre como un ser de especie, y la contingencia de la vida (22).
Impulsados por estos sentimientos eternos de lo humano fundó el Pbro. Dr. Carlos Zubillaga la Cofradía de la Inmaculada Concepción en la Iglesia de San Dionisio en “Homenaje a su divina aparición en Lourdes”.  Con ayuda de su mayordomo ¡otro Zubillaga!, Ramón, celebraba fiestas en honor a Nuestra Señora de Lourdes el 12 de febrero de 1909, e hizo un trono para su imagen que costó 96 bolívares.  Al hacer a Nuestra Señora de Lourdes Patrona de la Parroquia, trajeron floreros de Europa en octubre de 1909 y construyeron una gruta que sirve al altar (23).

19.  P. 433 de la octava edición, junio 1964. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, Argentina.
20.  Anderson. Op. Cit. P. 27.
21.  Libro de Recibos de la Cofradía de la Inmaculada Concepción.
11-02-1908. Folios 3 al 11.

Pero no se crea que las mujeres Zubillaga no accedían a cargos de alguna importancia, pues por vía del ejemplo, al morir en 1939 el Mayordomo de esta Cofradía, el Señor Pedro Adrián Zubillaga, fue nombrada sin realizar elecciones como Mayordoma la Señora María Zubillaga de Riera el 30 de abril de 1939 (24).
Los Zubillaga, así como el resto de la “godarria caroreña” constituían pequeños enclaves de gente alfabetizada entre grandes multitudes de iletrada.  Sacerdotes, sacristanes y mayordomos eran estratos estratégicos de una jerarquía cosmológica cuya cúspide era divina (25) como personas que sabían leer y escribir los Zubillaga construyeron no sólo su memoria colectiva de un pueblo.  No de otra manera nos hubiésemos enterado que el 12 de abril de 1924 fue nombrado un nuevo Mayordomo de la Cofradía del Sacramentado al morir el Sr. Antonio María Zubillaga y que por votación resultó elegido el Sr. José María Zubillaga Perera, hijo del anterior, por 68 votos, y que, además, José María derrotó a Ramón Pérez Alvarado, quien obtuvo 01 votos, al Dr. Agustín Zubillaga (01 votos) y al señor Juan Bautista Zubillaga (01 votos).  Este acto tuvo por escenario la Iglesia Parroquial de San Juan Bautista y firmó como su párroco el Pbro. J. Mardoqueo Perera.  El documento va acompañado de 68 firmas de hermanos, de entre las cuales destacan siete de apellidos Zubillaga, a saber Gilberto, Pedro Adrián, Juan Bautista, Carlos Zubillaga Silva, José María Zubillaga Riera, Rosana y Cecilia (26)

22.  Ibid. Folio 71.
23.  Blach, Marc. La Sociedad Feudal. 1961, vol I, P. 83.
24.  Libro 17 de la Cofradía del Santísimo Sacramento 1841-1924. Folio 120.


La mano de los Zubillaga registró para la posteridad las misas celebradas por el alma del difunto Br. Federico Carmona (fundador de El Impulso en 1904) el 22 de octubre de 1928 (27), la misa por el difunto hermano Dr. Lucio Antonio Zubillaga (28) (Vicerrector del Colegio Federal Carora); la suma de bs. 15 por 3 misas que se le aplican por los hermanos difuntos Dr. Ramón Pompilio Oropeza (Rector del Colegio Federal Carora), Felipa S. de Meléndez y Matilde S. de Zubillaga Perera el 31 de marzo de 1937 (29), la misa por el difunto hermano José Herrera Orioeza (fundador de El Diario de Carora en 1919)