viernes, 25 de diciembre de 2015

A la memoria de Ernesto Mayz Vallenilla

España y América Latina han sufrido de un viejo complejo de inferioridad, pues se admite que nada de lo iberoamericano sea profundo y válido en materia de filosofía. Hasta Octavio Paz ha escrito que no hemos tenido movimientos intelectuales originales. Apenas hace resaltar a una figura solitaria: el español José Ortega y Gasset.
Un venezolano ha hecho cambiar esta perspectiva de sumisión a lo europeo, el Dr. Ernesto Mayz Vallenilla, natural de Maracaibo  en 1925 y fallecido en Caracas el 21 de diciembre de 2015. Se le considera el fenomenólogo más fiel a Husserl y Heidegger en la América Ibérica. Fue estudiante en Caracas y en Alemania, donde fue discípulo de Martín Heiddeger, doctor en filosofía en 1954. Enseño en la Universidad Central  de Venezuela y fue rector fundador de la Universidad Simón Bolívar.
Sus obras más conocidas son: La idea de estructura psíquica en Dilthey, Fenomenología del conocimiento, El problema de América, Ontología del conocimiento, El problema de la nada en Kant, Esbozo de una crítica de la razón técnica, Hombre y naturaleza, Fundamentos de la meta técnica, El ocaso de las universidades.
Admirador incondicional del pensamiento germano, Mayz Vallenilla piensa a partir de Heiddeger. En su Fenomenología del conocimiento, expone fielmente de manera exhaustiva la doctrina de Husserl, afrontando muy especialmente el problema de la constitución del objeto. Su análisis de la gnoseología crítica de Husserl explora magistralmente un tema simplemente abordado por el maestro. En Ontología del conocimiento se refiere a Heiddeger, cuya doctrina del Dasein, el ser ahí, busca completar mediante una original  gnoseología ontológica que invierte audazmente la fórmula cartesiana, por el llamado del Ser, proclamando: “Sum, ergo cogito”. El conocimiento se encuentra enraizado en la existencia.
En El problema de la nada en Kant parte de una laguna, observada en el filósofo alemán en la teoría del esquematismo, el sentido temporal de la nada no ha sido en absoluto percibido. Mayz Vallenilla trata de extraerlo recurriendo al testimonio de las cosas mismas, muestra que la nada no puede ser expresada, sino únicamente sentida. Estas páginas son de una singular profundidad.
Por otra parte Mayz Vallenilla se ha interesado en la civilización tecnicista y ha reflexionado profundamente sobre la razón técnica, la que puede realizarse en amor al prójimo. Intenta una nueva definición del logos que logre alcanzar el desarrollo de la ciencia contemporánea.  Finalmente, el filósofo de Caracas ha meditado sobre la vocación de Iberoamérica, en la cual discierne una conciencia “preontológica”  llamada a devenir una actividad auténticamente histórica, orientada a un porvenir incierto, pero portavoz de esperanzas.
La llamada América Latina no es en absoluto un pariente pobre de la cultura mundial con pensadores como Mayz Vallenilla. Su originalidad étnica, su geografía, su economía, su folklore, su literatura, sus artes tan específicas y sus desconcertantes vicisitudes políticas y sociales, así como su original pensamiento filosófico como el que Andrés Bello, Andrés Arturo Roig, Edmundo O´Gorman, Leopoldo Zea, José Gaos,  Salazar Bondy y nuestro paisano Mayz Vallenilla nos han hecho pensar de manera radicalmente distinta.
 Paz a su alma esclarecida.

martes, 22 de diciembre de 2015

Socotra

Isla perdida en la inmensidad del océano
Donde el tiempo se detuvo estacionado:
La lengua de sus extraños moradores
Los bulbos de sus arboles apartados.

De tus secos lagos las riveras
Produjeron mil perfumes y raíces
Que largas caravanas camélicas
Azafrán e incienso al mundo ofrecían.

Del cuerno de África eres como continuación
Oceánica. Vestida de antiguas túnicas
Y mujeres extraviadas de Las mil y una noches
Que rumoran palabras ya remotas
Sacadas de El Corán y de Gustav el navegante.
 Rancias soledades y agrietados lagos
Salados que sultanes y magos habitaron
Cuántas lámparas desérticas alumbran
Tus meandros internos escondidos.
Allí estuvo Tomas el Apóstol
En tiempo inmemorial desconocido
Y la palabra redentora de Occidente
Apenas de tu sueño oriental te ha rozado.
Acantilados y fosas desgarradas
Por el viento del Indico te asolan
La dragonera enhiesta te domina
Y disimulados peces ciegos te contemplan
En baldías procesiones de memoria.

jueves, 17 de diciembre de 2015

La hallaca angostureña y otras delicias


Rafael Cartay Angulo, economista de formación, fue mi profesor  de economía política en la Escuela de Historia de la Universidad de Los Andes en 1972. No sospechaba entonces que se iba a convertir en un magnifico y rutilante historiador de nuestra alimentación. De su libro La hallaca en Venezuela, Fundación Bigott, 2003, tomo algunas ideas para escribir la presente nota. Refiere entre las hallacas poco corrientes a la hallaca vegetariana rellena con hortalizas, cebolla cebollín, zanahoria, tomate, y se la agregan garbanzos o manzana. O la magnifica hallaca de carotas negras a la cual se le añade tocineta. En Carora las llamamos “tungos”. Mi esposa Raiza Mujica los hace añadiéndoles chicharrones o “carraos” de marrano molidos. A la masa le agrega suero cremoso, por cierto  invención caroreña, que les da un ligero y suculento toque de acidez.
Rafael Cartay Angulo

En el sur del Lago de Maracaibo se sustituye la masa de maíz con masa de plátano verde, las cuales tuve el placer de degustar en Carora gracias a la esposa del profesor José Perozo, nativa de Santa Bárbara del Zulia. Existen las hallacas para diabéticos o para personas con régimen dietético.

Pero existe una hallaca que merece una distinción especial por su extrañeza: la hallaca angostureña. Era una hallaca nacida en el siglo XVIII en la antigua Provincia de Barinas, de donde Cartay es nativo. Los comerciantes de allí la preparaban para unos largos y fatigosos viajes fluviales por los ríos Santo Domingo y Apure hasta llegar a la activa ciudad comercial que era Angostura. Llevar un buen avío era indispensable y la más preciada de las provisiones era la hallaca angostureña, así llamada porque hasta 1846 la ciudad de Angostura, en  las riveras del Orinoco, y desde entonces pasó a llamarse Ciudad Bolívar.
 Se le llamaba también hallaca seca, de guiso crudo o de año, ahora casi en extinción, se lamenta Cartay. Este guiso se preparaba con carnes crudas de cochino y de res, molidas y puestas a macerar por un período no menor de un día, en vinagre o jugo de naranja ácida o cajera, onoto y vino rojo, con poca manteca de cochino. Además el guiso llevaba cebolla, cebollín, ajo, comino, orégano, pimienta dulce, y sal, y se espesaba o se le daba consistencia añadiéndole galletas de soda molidas. El agregado o adorno consistía en aceitunas, alcaparras, pasas y  ciruelas pasas. Luego el conjunto se revolvía o armaba la hallaca con masa de maíz pilado, envolviéndola luego en hojas de maíz ligeramente asadas y amarradas con las mismas fibras de la hoja o con hilo pabilo.
Rayza Mujica de Cortés Riera



El producto era tan consistente que se podía comer sin cubiertos, sosteniéndola con la mano, y tan estable que aguantaba el larguísimo viaje de Barinas a Ciudad Bolívar, que duraba un mes, y podía durar, si estaba bien hecha, hasta tres meses sin corromperse. Esta circunstancia la convertía en un regalo ideal para los paisanos residentes en la lejana por entonces Europa, y era corriente que los barcos a vapor las llevaran a Canarias, España e Italia. 
 


La hallaca angostureña es, lamentablemente, un recuerdo en el presente. La ha venido acabando la desaparición del comercio por los ríos llaneros mencionados, pues ahora el comercio se realiza por las carreteras asfaltadas y cuando Barinas se conectó, gracias al automóvil, con Barquisimeto, Valencia, Maracay y Caracas en el año 1936.  Entonces la hallaca angostureña no era tan necesaria como avío de viaje, pero ha seguido viva, resalta Cartay, en la memoria colectiva del pueblo barinés. Debería ser declarada patrimonio cultural del pueblo venezolano, agrego yo.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Masacre en la academia

Pánico en universidad de Estados Unidos por un francotiradorLo acontecido en la Universidad Politécnica de Virginia, Estados Unidos, el pasado 16 de abril, merece un intento de comprensión a tan alocada conducta de un ciudadano que ha conmovido en su fibra más íntima al gigantesco y todopoderoso país del norte. Digamos en principio que la tragedia se ha producido en una sociedad tardocapitalista, a la que también se la ha dado el nombre de poscapitalista y también posmoderna. Sociedad de la abundancia a la que llamó Herbert Marcuse sociedad opulenta. Ahora bien preguntémonos: ¿por qué una sociedad que ha satisfecho tantas necesidades es de tal modo tan violenta? ¿por qué estos flemáticos personas obran de manera tan criminal y con una saña poco vista en las sociedades de Occidente? ¿por qué la violencia se expresa en los centros de enseñanza en particular?¿Qué le sucede en lo íntimo a la sociedad que primero ha entrado en el siglo XXI, muy por delante de sus pares, las democracias del Occidente cristiano?

Debemos recordar que es una nación que se ha erigido sobre la base de una fuerte tradición religiosa, la de los Padres Fundadores, los valores del rígido puritanismo de los hombres y mujeres que desembarcaron en el Mayflower en el siglo XVII. Pudiera decirse que esta religiosidad moldeó por entero a las Trece Colonias Americanas, su sistema jurídico, la enseñanza, las normas de convivencia, los patrones de sexualidad y alimentarios. Pero esa pequeña nación, que inspiró al lograr su libertad a muchos pueblos del mundo a seguirle, sufrió uno de los cambios sociales, económicos y culturales más drásticos que conoce la historia de la humanidad. Se levantó sobre la base de un genocidio al exterminar a la casi totalidad de la población aborigen, se adueñó de las extensas praderas al oeste y encontrarse con el océano Pacífico, y hasta le arrebató a México más de un tercio de su territorio, se llenó de la más  gigantesca inmigración que se conozca y que la convirtió en una Nueva Babel, esclavizó en el Sur a una población negra, lo que motivó una de las primeras guerras que con propiedad  pueden llamarse modernas. Y fue en las Trece Colonias en donde se llevó a cabo uno de los más alevosos juicios que haya visto la modernidad, el de las brujas de Salem, en 1692.

Pero es el ámbito de la economía y en la producción científica en donde se producen los  más dramáticos  y espectaculares cambios en aquella sociedad anclada en fuertes vínculos tradicionales  que la colocarían a la cabeza del desarrollo tecnológico y científico en pocas décadas. Ya en el siglo XVIII el señor Benjamín Franklin había asombrado a la corte del Luis XIV de Francia con sus descubrimientos sobre electricidad, las corrientes marinas y el uso de la información, amén de sus buenas maneras y su sentido del ahorro, virtudes que un siglo después iban a inspirar al sociólogo alemán Max Weber  a escribir su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo.  Como hija de la Pérfida Albión, superó con creces a Inglaterra en el desarrollo de la producción en masa  de bienes y servicios  a través de la domesticación de la fuerza del vapor, el telégrafo y la electricidad. Pronto se hizo América una sociedad de consumidores que pacificó sus conflictos internos y se fue convirtiendo en un gigantesco e impersonal aparato anónimo que abarca a la industria y al Estado. El individualismo, el apropiamiento del método científico y el positivismo, así como su marcado utilitarismo motivaron en 1900 al uruguayo José Enrique Rodó a escribir una de las más fieras requisitorias que se le han hecho al gigante del norte: Ariel.

Experimentó esta sociedad una modernización social de tal calidad  y de tales proporciones que le creó frustraciones, carencias y déficits específicamente modernos, uno de los cuales llamó Habermas  pérdida de sentido y pérdida de la libertad”, como producto de la cosificación de los seres humanos llevada a cabo por la razón instrumental, un producto de la modernidad  que ha separado  la fe y el saber. En este sentido han quedado destruidas las antiguas certezas, creadoras de sentido unitario que proporcionaban las imágenes mítico-religiosas. Fenómeno que a principios del siglo XX llama Weber el desencantamiento del mundo; A ello se debe agregar el manejo de la conciencia y de la opinión que crearon los países anglosajones, los EEUU e Inglaterra, anticipándose en ello a la Unión Soviética y a la Alemania nazi en varias décadas,  como lo ha mostrado el lingüista Noam Chomsky.

Esta serie de críticas a la moderna sociedad industrial avanzada que hemos expresado tuvieron como foco a la llamada Escuela de Frankfurt, fundada en 1923 por Max Horkheimer y que agrupó a mentes tan lúcidas como a Herbert Marcuse ,Teodoro Adorno, Walter Benjamín y el ya mencionado Jürgen Habermas. Su propósito no es otro que la actualización adecuada del marxismo a los tiempos actuales. La crítica de la sociedad se desplaza de la base económica  y se dirige  a la esfera de la cultura, la familia, la escuela, la religión, la moral. Una investigación total de la sociedad en la búsqueda de la emancipación  por conducto de lo que llamaron la “teoría crítica”. Después de la Segunda Guerra se interesan por el fenómeno de reciente aparición por aquellos años, la industria cultural, la que, dicen estos filósofos, supone el eclipse de la reflexión crítica. Una sola y omnímoda razón domina las democracias occidentales, a lo que se agrega que el sistema soviético responde a la misma racionalidad manipuladora que en Occidente, como muestra Marcuse en su obra El marxismo soviético (1958), pensador que se dirigió a la crítica de la sociedad occidental desarrollada, que, según afirma, sólo en apariencia es permisiva, pues son las clases dominantes las que organizan el consenso y también el disenso.

En una sociedad como la norteamericana se ha establecido unos aparatos de poder y unas estructuras económicas supercomplejas extraordinariamente eficaces como producto último de la razón instrumental. Habermas sostiene que a pesar de ello existen tres mundos en los cuales opera la acción no instrumental y, por consiguiente, emancipadora: 1º: entre sujeto y realidad, 2º: entre sujeto y el mundo de la sociabilidad y 3º: entre el sujeto mismo y otras subjetividades. Estos tres mundos constituyen el mundo de la vida. En tal sociedad el conflicto se produce, ya no entre clases sociales como lo dijo Marx hace 150 años, sino entre el sistema donde actúa la racionalidad instrumental y los distintos mundos de la vida, constituidos  por valores, cotidianidades y emociones. Es decir, entre los media controladores de la opinión que intentan colonizar el mundo de la vida. Frente a este nuevo tipo de amenaza el marxismo decimonónico parece poco menos que inútil. Habermas propone que ante tan sombrío cuadro de cosas urge establecer luchas locales en defensa del mundo de la vida para enfrentar  la colonización  desarrollada  por el sistema para lograr una reunificación general de las consciencias en un mundo secularizado, es decir en un mundo  que ya no tiene los referentes teleológicos premodernos que garantizaban la jerarquía de los saberes y articulaba los valores éticos y cognitivos. El racionalismo occidental  ha desgajado ciencia, moral y arte. La fe y el saber se separan, la fe es enviada a la vida privada, se atrofia la individualidad y los centros de enseñanza  forman  la ominosa clase de los especialistas sin espíritu.


Las noticias que nos llegan por diversas vías desde los EEUU muestran un cuadro desolador  de lo que puede hacer la manipulación de los media. Todos ellos se afincan en el análisis individual, es decir en la persona del joven asiático que disparó con tal eficiencia sobre sus compañeros, pero ninguno de los medios va más allá y preguntarse qué le sucede a  esta sociedad en su conjunto para que acontezcan eventos de tal monstruosidad.  Era un joven que dejó una nota donde se queja de los más aborrecibles pecados de estos especialistas sin espíritu y gozadores sin corazón, sus compañeros de universidad, a los que llamó libertinos y charlatanes embusteros. Ninguno de los media se detuvo a meditar sobre la formación confuciana del joven Cho Seung-Hui, una ética de la vida que privilegia la virtud de los ciudadanos. Puede que haya habido un componente psicológico complejo e individual en el joven surcoreano, pero que tales perturbaciones no se hubiesen expresado de tan cruel manera si el mundo de la vida gobernara sobre los omnímodos poderes anónimos del sistema.