lunes, 10 de febrero de 2014

Cipriano Castro en Carora


A la memoria de Alejandro Barrios Piña



El 22 de agosto de 1899 llega a Carora  el General Castro, quien no encontró oposición de ninguna especie. El Doctor José María Riera, fundador del Club Torres, le brinda su apoyo, a pesar de ser declarado “Mochista”, ésto es, seguidor del popular político liberal José Manuel Hernández. Acampó acá hasta el 24, día en que marchó al caserío Parapara, actual Parroquia Reyes Vargas.
El río Tocuyo estaba crecido, por lo que se detuvo hasta el 26, cuando tropezó inopinadamente con las tropas de Torres Aular. Fue una sorpresa para ambos, pues ninguno de los contendores  había tomado precauciones militares. Los  de Castro reaccionaron pronto para combatir, mientras que las tropas del gobierno huyeron de la manera más vergonzosa. Dejaron casi todas las armas, un cañón alemán Krupp, cápsulas, y hasta el dinero para las raciones.

El suceso de Parapara, tan inaudito como degradante para Torres Aular, reanimó las tropas de Castro, que estaban decaídas de espíritu, por lo que decide seguir al Centro del país y no hacia Coro, como lo había pensado días atrás. La idea de entregarse había desaparecido, pues no había ante quién hacerlo, pues el gobierno del merideño Ignacio Andrade estaba derrumbándose por sí mismo.
En la batalla de Parapara- cosa insólita-  no hubo pérdida de vidas, y durante el resto del día Castro pudo capturar 200 hombres que habían quedado dispersos por los montes.


Lo que llevaba el tachirense Castro y su compadre Juan Vicente Gómez hacia Caracas no tenía apariencia de ejército, dice el tenaz y desgraciado opositor de Castro, general Antonio Paredes. Marchaban las tropas en pequeños grupos, con largos intervalos, sin formación ni orden de ninguna especie. Mesclados con los soldados iban mujeres y niños en gran número, a pie, en burros. Muchos subalternos iban también montados sobre ellos, en enjalmas, o a pelo, otros en mulas o caballos, con toda clase de aperos improvisados. Aunque hacía gran calor, muchos de los pasantes llevaban sobre el vestido ruanas o mantas que se usan en las frías montañas de donde habían bajado. La apariencia en general era la de una caravana que acabara de cruzar el desierto.

Aquel grupo de hombres indisciplinados, muchachos y mujeres sólo necesitaba de una carga para dispersarse, pero allí no había quien quisiera darla. Los generales a quienes el Gobierno central había confiado el mando de sus tropas eran sencillamente unos miserables, dignos de ser fusilados por la espalda por cobardes o traidores, o por ambas cosas a la vez.


Al presidente Andrade le habían anunciado lo de Parapara como un triunfo. Le habían dicho que Castro después de la derrota se había dirigido a Coro, buscando las fuerzas revolucionarias de Colina, y así se había publicado en Caracas. Pero al saberse en la capital que Castro, en lugar de seguir en la dirección indicada, iba marchando hacia Carabobo, ya nadie creyó en las victorias del Gobierno. Fue también inexplicable que pasara tan cerca de Barquisimeto sin ser atacado por los 2.000 hombres que allí estaban acampados.

Como todos sabemos, Castro entra triunfante a la capital el 19 de octubre de 1899, al mando de la Revolución Liberal Restauradora y con el apoyo de gruesos contingentes del “Mochismo” sin conseguir resistencia enérgica  alguna, dando inicio de tal manera a la larga hegemonía política de los andinos en el poder que se prolongó hasta bien entrado el siglo XX.

Su fulgurante campaña militar, iniciada el 23 de mayo de 1899 luego de fracasar en conversaciones con Carlos Rangel Garbiras para invadir conjuntamente y desde Colombia a Venezuela, apenas duró cinco meses, 150 días signados por la suerte y el sentido de la oportunidad de “El Cabito” y su astuto lugarteniente Gómez. Todo ello puso de relieve con todo dramatismo que el Liberalismo Amarillo del siglo XIX era un cascarón vacío. 

“La Invasión de los 60” en Carora tuvo dramáticas consecuencias. Una de ellas fue que el joven “Chío” Zubillaga abandonara sus estudios en el Colegio Federal Carora, instituto dirigido por el Doctor Ramón Pompilio Oropeza, que sería clausurado por Castro y su ministro de Instrucción, el escritor Eduardo Blanco, en 1900. Lo otro fue el vil y despreciable asesinato del Doctor José María Riera en el sitio de las Sábilas Coloradas, cerca de Burere, con lo cual se perdió para siempre un valioso elemento humano con estudios de posgrado en medicina en la Ciudad Luz, París.
Fuentes consultadas: Congreso de la República. La oposición a la dictadura de Cipriano Castro. Caracas, 1983. Pp. 60-64. Velázquez, Ramón J. La caída del Liberalismo Amarillo. Caracas, 1977. 380 pp. Cortés Riera, Luis Eduardo. Del Colegio La Esperanza al Colegio Federal Carora, 1890-1937. Carora, 1997. Pp. 164.

domingo, 2 de febrero de 2014

Carora escrita de memoria




La idea que tengo sobre la ciudad de Carora está condicionada por un recuerdo inicial que me ha resultado, después de medio siglo, imborrable y permanece como intacto. Llegué a esta vieja y rancia ciudad del siglo XVI siendo un niño, entrándole desde los Andes que me vieron nacer, y no desde el semiárido, como era la costumbre, allá por los años 1960. Después de asombrarme por la neblina y los abismos de los páramos larenses, bajábamos, mi padre Expedito y yo, a la Depresión de Carora, geografía árida y reseca. Tierra sin jugo, enjuta, refugio del diablo y de una curiosa expresión de la hispanidad.
Habíamos dejado atrás aquellos primorosos pueblecitos serranos, donde solíamos oír  fantásticas historias del salvaje, una especie de oso capaz de raptar niños arrebatándoselos a sus madres; en una montaña al sur de Cubiro vivía en una cueva una mujer que tenía varios hijos con ojos de un azul muy intenso y de los cuales nadie daba razón de sus paternidades; los días lluviosos eran prolongadísimos y nos contaban de hombres fulminados por rayos y centellas después de proferir vehementes insultos a lo sagrado. La blasfemia es, dice Antonio Machado, una oración al revés.

De no haber aceptado mi padre el cargo de Director de escuela en la calcinante ciudad del Portillo, no hubiese conocido a tan idiosincrático, heteróclito  y singular conglomerado humano. Y lo digo porque si bien pertenecemos a la cultura universal de habla castellana y religiosamente católica, no es menos cierto que a pesar de ello posee la urbe del Morere rasgos que le son muy suyos y que le dan a su ethos católico y barroco una fisonomía particular.

Nuestra modernidad, si acaso puede usarse tal término, es una modernidad barroca e incompleta, pues no ha terminado de realizarse acá entre nosotros la fusión en el mestizaje étnico, lo que en el resto del país se logró en el siglo XVIII. Quiero decir que acá ha persistido el sentido excluyente y de casta que se erosionó y sufrió un enorme desgaste con la violencia durante la Gesta Magna y la Guerra Federal. Los paladines de tan curiosa singularidad social en la primavera del siglo XXI son los llamados “godos de Carora” o “caras colorá”. Ellos son los introductores de la modernidad europea y norteamericana a la ciudad, pero también se han anclado en conductas decididamente premodernas, como la de un catolicismo ortodoxo que viene del Concilio de Trento del siglo XVI, así como en unas relaciones sociales y familiares basadas en una persistente endogamia biológica y espiritual. Una frontera mental, religiosa, espiritual, legal, física, racial y de sensibilidades en cuanto al rigor de los tiempos, de las campanadas de la iglesia, del ritual, de los rezos, del recelo hacia las castas, nos dice Alejandro Cardozo Uzcátegui.

Nos instalamos en la flamante y espaciosa residencia del director del Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza de Carora, una soberbia y altiva arquitectura escolar diseñada por el gobierno medinista y su extraordinario esfuerzo  y planificación educacionista. De estilo neocolonial, atribuible a Carlos Raúl Villanueva, tiene largos y frescos pasillos, frondosos patios y techos entejados. Carecíamos de refrigerador, hamacas y de mosquiteros, por lo que los primeros días fueron de dura y áspera acomodación. Aquello sucedió -para ser exactos- el 16 de septiembre de 1960.
Es el semiárido venezolano la cuna de la colonización hispánica del siglo XVI. Juan de Ampíes y los Welser irrumpieron sobre Sudamérica, no olvidemos, desde su cimiento sita en Coro, voz chaquetía que significa “lugar de los vientos”. Hispanos y tudescos arrancarán desde allí para internarse en el continente tras la búsqueda de la mítica ciudad de Manoa, una afiebrada exploración tras del aureo metal. Seguirán la ruta trazada por las inmemoriales y prehistóricas rutas de la sal aborígenes, para de tal forma plantarse en lo que ahora es el estado Lara, al centroccidente de Venezuela, para fundar tres orgullosas ciudades de blancos: la “Ciudad Madre” de El Tocuyo, Barquisimeto y por último Carora.


Al abrigo de una geografía imposible por su dureza y reciedumbre, la ciudad se dio unos contornos y unos caracteres muy propios. Se trata de una depresión geográfica que nos separó durante siglos del resto del occidente venezolano. Es una suerte de circo o anfiteatro que rodea con serranías y picachos a tal depresión. Hundimiento tectónico atravesado por un único río, el que por su extensión nos retrajo y distanció del Lago de Maracaibo, de Coro y de Barquisimeto, de los Andes. Esta enorme superficie, por su vasta extensión comparable en superficie a la de  algunos otros estados de Venezuela, tiene un clima desusado para el trópico, pues los semiáridos no son climas precisamente ecuatoriales. Son una curiosidad o una rareza geográfica los áridos venezolanos.

Esta geografía deslumbrante es el reino indiscutible del cují, una planta que tiene primos hermanos muy distantes y lejanos: en Arabia Saudita, el Sahara africano y la milenaria India. En América extiende sus brazos protectores desde México hasta el Perú. El Gran Sertao de Guimaraes Rosa y el Chile de Neruda son su asiento privilegiado. En nuestras “playas” de la Otra Banda caroreña se bate a duelo por el espacio con el dividive, otra leguminosa del Caribe mar. Sus minúsculos folios se acurrucan para protegerse del astro rey y también por las noches para evitar la pérdida de la valiosa  e insustituible humedad. Un prodigio de la Madre Naturaleza. Hurgan profundo sus potentes raíces para hacerse del agua hasta notables profundidades de hasta 50 metros. Los herbívoros andaluces traídos en el siglo XVI han hecho el resto para la supervivencia de estas mimosáceas en estos secos y desabridos parajes: diseminan en sus heces fecales sus comestibles semillas. Pero la planta guarda para sí una protección del hambre de los cuadrúpedos en la toxicidad de sus hojas liliputienses.

Los semiáridos están diseminados por buena parte del globo y no son por tanto una exclusividad de nuestra geografía. Pensemos en las lejanas estepas de la ex república soviética de Kasajistán, lugar donde transitaban camellos y mercaderes de la Ruta de la Seda, el outback australiano, el Sertao brasileño que inspiró al Vargas Llosa de la novela La guerra del fin del mundo, el sur andalús de España, la Patagonia que deslumbró a Darwin, y la Cuarta Región de Chile, en otros tiempos boliviana. Lo que resulta una rareza es el semiárido instalado en el trópico, como el venezolano.

Acá en Venezuela y en nuestros semidesiertos se incubó una muestra notable de la “civilización del calor”, así llamada por Don Mariano Picón Salas. Distinguió el merideño entre calor seco y calor húmedo, dos connotaciones fundamentales de nuestra geografía biológica. Carora desde tiempos coloniales  desarrolló, pese y gracias a la geografía, una vigorosa civilización del calor seco. Es nuestro ardor seco dominante casi todo el año que arremolina al viento en los meses de junio y julio anunciando la presencia del diablo de Carora, uno de nuestros más potentes imaginarios colectivos.

Parafraseando a Augusto Roa Bastos al referirse al Paraguay que lo vio nacer, diremos que Carora es una isla rodeada de tierra. Pero constituye una verdadera paradoja que hubiese a pesar de ello una ciudad tan bien y firmemente comunicada con el exterior durante el régimen colonial como la nuestra. Y ello se lo debemos al discurso universalista de la Iglesia Católica, institución milenaria que echó fuertes y frondosas raíces acá, como podría resultar un contrasentido, pues siempre asociamos la implantación de la fe cristiana a los climas templados y cordilleranos del país: Los Andes son el catolicismo.


Esa conexión de Carora con el mundo era un vínculo de otro orden: era una  ligazón metafísica y espiritual que tenía por conducto las hermandades o cofradías de la Iglesia Católica. A través de estas estructuras de solidaridad de base religiosa Carora no solo se conecta con el mundo físico y palpable del otro lado de las serranías, sino que se vincula con ese otro mundo colocado más allá de la humana percepción: el más allá de los cristianos.

Es por esa circunstancia que he llamado a la ciudad del Portillo “Llave del Reino de los cielos”, pues  resulta increíble y hasta insólita la cantidad y variedad de creyentes asentados en esos viejos infolios cofrádicos que buscaban de tal manera asegurase el tránsito desde el purgatorio al regazo celestial. Irlandeses, franceses, italianos, españoles peninsulares como catalanes y castellanos e insulares canarios entraron a nuestra cofradía del Santísimo Sacramento. También lo hicieron cubanos y residentes de la isla de Santo Domingo, Puerto Rico. Les acompañaron en esa esperanza bíblica de salvación los habitantes neogranadinos de Tunja, Maracaibo, Coro, San Carlos de Austria, Valencia del Rey, Caracas o Trujillo y la Barinas del conde de Pumar, Tiznados, Calabozo. Y los poblados más cercanos a la ciudad del Portillo también: Siquisique, la mariana población de Aregue, la andina Barbacoas, Quíbor, Río Tocuyo, El Jabón, Baragua, San Pedro, Carache, la pequeña Mesopotamia de Arenales, San Francisco o Curarigua de Leal.

Tal circunstancia salvífica llamó la atención de recatadas y púdicas monjas Concepcionistas de Caracas, altivos bachilleres, curtidores de cueros, oficiales ingenieros, arrogantes licenciados y doctores de la Universidad de Caracas, Real y Pontificia,  soldados, intendentes de justicia, maestros de órganos, negros y mulatos esclavos, profesores de medicina, indios, sacristanes mayores,  mulatos, los muy humildes sirvientes, así como al orgulloso mantuanaje caraqueño encarnado en la figura del padre del Libertador Simón Bolívar, don Juan Vicente y al terrible “diablo”, Antonio Nicolás Briceño.

En los amarillentos folios de los libros de la cofradía del Santísimo Sacramento de Carora aparecen los altivos apellidos de los “grandes cacaos” caraqueños, los que años después se inmolarían en la Guerra de Independencia. Helos aquí: Lovera, Tovar, Istúriz, Herrera, Ponte, Bolívar, Fajardo, Sojo, Blanco, Galindo. Allí está la sociedad mantuana de nuestro siglo XVIII finalizante, tal como los vislumbró el sabio prusiano Alejandro de Humboldt: víctimas del resentimiento como producto del desprecio europeo. “Yo no soy español, soy americano”, solían decir las futuras víctimas del holocausto de la guerra emancipacionista de principios de la centuria venidera. La “ciudad blanca” casi desaparecerá en la hecatombe de la guerra.

Esta conexión de la altiva ciudad de Caracas y la lejana localidad de Carora nos coloca ante una relación entre dos “ciudades de blancos” o dicho en palabras de Ángel Rama dos “ciudades letradas”, con unos anillos protectores del poder y ejecutor de sus órdenes: una pléyade de religiosos, administradores, educadores, profesionales, escritores y múltiples servidores intelectuales, todos esos que manejaban la pluma: un funcionariado y una burocracia.

 Los ojos de buena parte del orbe católico pusieron su esperanza en la permanencia y estabilidad de aquellas hermandades, a las cuales seguramente supusieron poco menos que eternas a perpetuidad. Esas impresionantes instituciones fueron alentadas por una legión de curas y sacerdotes y laicos comprometidos excepcionales, que le dieron continuidad a tal promesa redencionista durante centurias. No es ocioso, pues, calificar a Carora como “ciudad levítica de Venezuela”, tal como la nombró el sacerdote Carlos Borges en 1918, quien fue confinado allí para purgar unos cuantos pecadillos de la carne.

ARTESANIA DEL CUERO EN CARORA COLONIAL:
Carora, como España, ha estado muy ligada al cuero. España es semejante a una piel extendida de Occidente a Oriente, diría Estrabón. Y viene del Andalús la tradición medieval de elaborar cueros. Es el espíritu de la antigua ciudad de Córdoba y sus primorosos guadameciles árabes que rebrota, ¡y de qué manera!, en el occidente seco de la Provincia de Venezuela. Decae por efecto de la intransigencia religiosa contra los judíos en la Península, pero renace con un vigor extraordinario e impresionante en San Juan Bautista del Portillo de Carora, donde es probable que tan esmerada industria haya sido introducida por los misioneros franciscanos del convento de Santa Lucía. No tendrá esta habilidad inmemorial en manos de indios, negros y pardos, a no dudarlo, parangón alguno en Venezuela colonial. Estos monjes eran más dados a lo empírico y lo práctico, lejos de las especulaciones filosóficas de los jesuitas.

Unos monjes desconocidos del convento de Santa Lucía, gracias al espíritu de observación, descubrieron en las vainas amarillentas del árbol de dividive el tanino astringente para curtir las pieles cuando alimentaban a sus bóvidos. Y ese fue el ingrediente principal que hizo posible que los cueros caroreños deslumbraran por su finura y exquisitez en buena parte del mar Caribe y de Nueva Granada.

Y no solo fueron un éxito de exportación esas badanas, cordobanes, zapatos, gamuzas, botas, sillas de montar, sino que en la ciudad del Portillo estos diestros y hábiles artífices del cuero se agruparon en torno a las cofradías de Carora. No formaron los famosos gremios de artesanos como en la Península, pues la ley se los prohibió taxativamente. En tal sentido ese instinto mutualista y corporativo se expresó en las hermandades y cofradías de Carora que se constituyeron de tal modo en su lugar de reunión y de tertulias. Espíritu de extraordinaria sociabilidad que nos alcanza en el presente.


EL SANTO PATRONO DE CARORA: SAN JUAN EL BAUTISTA.

Esta localidad ha tenido como santo patrono protector a Juan el Bautista, un predicador del desierto de Judea que hacia una vida de ascetismo y de privaciones: “voz que clama en el desierto”, se llamaba a sí mismo aquel asceta. Profeta de dos grandes religiones universalistas: el cristianismo y el Islam. Desde su infancia fue nazir, es decir, estuvo ligado por el voto a ciertas abstinencias. El desierto del que estuvo rodeado  le llamó desde el primer momento. Llevaba allí la vida de un yoguí de la India, vestido de pieles o de telas de pelo de camello, sin otros alimentos que langostas y miel silvestre. Abstinencia de carne, de vino, de placeres sexuales se consideraba como el noviciado de los reveladores. Es el santo patrono que mejor encaja en la geografía caroreña por su espíritu semítico, a medio paso de dos desiertos, el de Judea y el de Arabia. ¿No es el desierto, acaso, el lugar donde nacieron las religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islamismo?

Resalta que la indumentaria de este eremita bíblico se componía de pieles de camello, cabra u oveja. Una vestimenta y una alimentación   ciertamente pobre y menesterosa, que bien ha podido incidir en el psiquismo de los caroreños de antaño. Austeridad, rigor y ascetismo trasmite la figura del eremita del desierto, condicion que templó el ánimo y el aliento de los primigenios pobladores de estos eriales venezolanos. Tierra yerma para hombres y mujeres arrojados y resueltos para convivir rodeados de una geografia espinoza y difícil.

Alrededor de la cuadrícula de la Plaza Mayor se asentaron los dos poderes sobre el que se levanta la cultura hispánica: la iglesia y el ayuntamiento. Una arquitectura hecha para permanecer, la iglesia de San Juan y la Casa Amarilla, edificios que después de cuatro siglos aún reciben visitantes maravillados y que muestran una impronta andalús o canaria en sus diseños. Todo muestra austeridad. Hasta nuestro barroco está como gobernado por la economia de la forma, estilo que tiene como epitome las fachadas desnudas y desabrigadas de nuestros templos coloniales. Es un barroco espartano, si cabe la expresión. Es la expresion clara de la ausencia de aborigenes a los cuales deslumbrar, o bien la dificultad de obtener materiales constructivos durables, así como alarifes y albañiles. Carora es el producto del desengaño doradista y de la simplicidad de los pueblos agropecuarios.

Y allí estaban las casas coloniales, con anchas paredes y muros, amplios patios andaluces en donde se reproducían los huertos peninsulares, habitaciones protegidas por las infaltables celosías y mamparas, que son una suerte de panópticos coloniales. Quedará para futuros investigadores determinar cómo este elemento arquitectónico modeló nuestro psiquismo, que dotó de ese espiritu fisgón  y curioso en extremo de los caroreños, inclinados y propensos para la vigilancia , el control y la corrección. Recato y pudor que fue quebrado en algunas ocasiones memorables, como el escándalo protagonizado por Inés de Hinojosa y su amante, el bailarin Jorge Voto, situacion que simboliza y alude con  una ruptura con el mundo simple y mojigato de Carora. Una discordia que pagará Voto muy caro. En la Tunja neogranadina será asesinado este héroe danzarín y romántico, que será liquidado por el nuevo amante de aquella mujer fatal, la que contribuye al crimen del artista ¡con sus propias manos!.
En estos frescos corredores y amplias habitaciones se incubó en tierras tropicales el llamado “yoga hispánico”, su magestad la siesta de mediodía. Saludable hábito castellano que debieran imitar los anglosajones, molidos por el trabajo y el stress. En nuestras tierras se alió el sueñito del día a la espléndida hamaca, lecho y abanico de Luis Beltrán Guerrero, herencia de los pueblos aborigenes del Caribe mar. La cultura de la siesta la hizo posible otro invento castellano o andalús nombrado con acento morisco: la alcayata. Este clavo acodillado era desconocido por los arawacos pues estos aborígenes colgaban sus redes vegetales de arboles y follajes. Debió llegar la tapia hispánica para que un desconocido español tuviera la muy genial y brillante iniciativa de colgar allí a la depositaria de nuestra pesadez meridiana. Hamaca, chinchorro y alcayata, en hermosa simbiosis han dado lugar a una prodigiosa síntesis de la cultura de ambos lados del Atlántico.
No hay casita de Carora sin hamaca colgada. Hace medio siglo llegar a la sultana del Morere a hora meridiana y de aceras y calles reverberantes, era llegar a un pueblo desolado: poca gente, pocos carros y autos, poco ruido. Apenas el sonidos de los acondicionadores de aire anglosajones en las casas patricias. Más allá, el vaivén de los ventiladores de aspas de la clase media nacida al calor de la explotacion del petróleo. Y finalmente la oscilacion melódica del chinchorro y de la hamaca de nuestras barriadas populares allende al quebradon rebosadas de “caras mohosas”, apelativo empleado por los patricios para designar a las clases populares, expresion que -gracias a Dios- va en vías de extinción.

Este saludable hábito ha creado la idea sesgada del caroreño perezoso y negligente. Nada más apartado de la realidad, pues se ha demostrado que dormir despues del almuerzo aumenta el rendimiento y la creatividad. Hombres de gran talento y competencia ha producido esta yerma geografía que, paradójicamente, no ha sido árida de ingenio. Estos ojos que escriben han visto tumbarse plácidamente en sus angarillas y balancines al Doctor Pastor Oropeza y al Maestro Alirio Díaz, para solo mencionar dos portentos de nuestra cultura. Y qué decir de nuestro “pensador de hamaca y zaguán”, el Maestro Cecilio Zubillaga Perera, de tan magistral manera calificado por el filosofo palmaritense José Manuel Briceño Guerrero.

Al arrogante y engreido mundo noratlántico lo salvará- no cabe duda alguna- nuestro Ariel latino y soñador. Lo salvará del utilitarismo materialista que se opone al buen gusto estético nuestro espacio simbólico de habla castellana mestizada, antípoda de la barbarie utilitaria anglosajona. La soberbia lengua de Cervantes es nuestro lugar común. El lenguaje es la casa del Ser.
Sería una enorme pretension hablar del Idioma de los caroreños como si tuviesemos un Jorge Luis Borges indígena de las tierras del Morere. Tampoco es viable que tuviésemos un Breve diccionario del caroreño exquisito, pues si algo tiene el habla de nuestros locales es precisamente la llanura y el igualitarismo de nuestras expresiones. Tan breve como el del argentino Adolfo Bioy Casares al registrar unas 500 palabras rioplatenses, Gerardo Castillo y Pablo Arapé han tenido la feliz y radiante iniciativa de escribir nuestro Diccionario de caroreñismos. Allí están unas palabras que sorprenderían al mismo Angel Rosenblat. Las palabras no son palabras-dice Ortega y Gasset- hasta que son dichas por alguien. Una de ellas por su carácter heteróclito es rolianza, que se emplea para denominar a las trabajadoras sexuales, vocablo que es tan nuestro como el delicioso y único lomo prensao, fino embutido adobado con nuez moscada y otras especias, tales  como  comino, clavo de olor, canela, pimienta y guayabita, todo lo cual ha resultado ser la única receta de alimentos propiamente autóctona, porque se necesita prensarlo por tres días bajo el radiante Sol caroreño.

Desde la época colonial debe de venir consertao, palabreja que parece de extraccion portuguesa que designa al muchacho de crianza de una casa, particularmente las de los godos de Carora, que se destina para hacer los mandaos a las bodegas. Podría decirse que una casa de familia mostraba su éxito económico y su poder e influencia en la sociedad por la cantidadde muchachos mandaderos a su servicio. Y no faltaban consertaos en algunos hogares de la altanera clase media que hacia denodados esfuerzos por hacerse un lugar preminente en aquella sociedad marcada en pleno siglo XX por el orgullo de las castas y los linajes.

Nuestra infaltable siesta de los mediodías ha hecho posible la memorable expresion chocar los juanes; el ser comedido con las palabras generó esta otra como Picho ele palito en boca; en tanto que la flojera se designa con una breve como concisa palabra: ñemeo. A la chicha de arroz le decimos resbaladera, bebida refrescante que se vio envuelta como en una suerte magnicidio frustrado cuando le yprovocó terrible diarrea a Su Excelencia el Libertador de paso por acá en 1821. Seguramente cautivó el paladar de Bolívar las lujuriosas aromas y las acariciantes fragancias del agua de azahares oriental y de la vainilla, especia que Hernán Cortés llevó desde México a Europa en el siglo XVI para cautivar el gusto de los monarcas católicos.

Una sociedad tan marcada por el catolicismo daba, sin embargo, lugar a ciertos pecadillos de la carne. Entre santa y santo, pared de calicanto. De tal manera nació la voz cebera y su diminutivo ceberita para designar a las damas proclives a los amores diversos y hasta numerosos. El machismo al revés, pues, y que hogaño algunos llaman hembrismo. La expresión fullera y fullerita no tiene el sentido de tahúr y de tramposo del castellano culto, como diría Ángel Rosenblat, sino que se usa como engreida y presumida. En los tiempos mayameros, ya idos, del dólar a 4,30 luisherreriano, se les decía sifrinas.
Una interesante aliteración es la simpática locución golingolin, que ha de significar algo así como colgado o guindando. Pareciera derivarse de jolín, vocablo ya en desuso en la Península. La geografía del semiárido generó las voces de improntas precolombinas: lefaria, guanajo y tambien semeruco. Gracias a la primera de estas plantas el caroreño pudo apagar su sed  arcaica y secular, pues al arrojar trozos de cactus lefaria a las aguas turbias se produce el milagro de su aclaramiento en aquellos minusculos manantiales, espejos del semidesierto: los aljibes.