jueves, 7 de mayo de 2015

Andoche, una década




Visitar la morada de mi amigo Andoche en el trazado de damero del  barrio Torrellas de Carora era todo un reto a la imaginación. Para empezar no era una casa sino un conglomerado de casas. Pasillos repletos de anécdotas con retratos de gente de un tiempo inmemorial, habitaciones donde parieron decenas de mujeres con comadronas del entorno, gente de la más diversa y colorida condición se daban cita allí: orates, mercahifles y mendigos, atrás caballos y vacas en pequeños potreros urbanos, un curioso horno de barro con el piso esterado de vidrios molidos, el comedor convocaba los domingos una familia de médicos judíos sefardíes que se empujaban unos almuerzos pantaugrélicos, el sonido de las más diversas hamacas balanceándose al compas del mediodía. Pareciera el resumen de aquel barrio que nació por causa de las enfurecidas aguas del río Morere que se lanzaron sobre la parte baja de la Ciudad del Portillo en 1916.
Los viernes se impregnaba aquella mítica residencia de olores y esencias  venidos del Lejano Oriente: el agua de azahares que perfumaban aquéllos lozanas y frondosas acemitas salidas de las manos prodigiosas de la sacerdotisa del paladar de los caroreños: la  otoñal señorita Chayo Barrios. Y digo prodigiosas porque de aquellas rollizas y fortachonas extremidades salían las gallinas deshuesadas rellenas más exuberantes que podamos pensar. Sus dedos a lo Botero dejaban de ser plúmbeos dactilares para que ágiles y rápidos  horadaran la blanca carne de las plumíferas para confeccionar uno de los condumios más exquisitos que   envidiarían los emperadores del romano imperio.


Bajo ese techo y en medio de la algarabía humana podíamos empero redactar nuestro órgano literario: el periódico Yaguarahá. Todos querían participar en ese prodigio de las letras que iluminó la oquedad  y el eclipse de nuestra sensibilidad por aquel entonces secuestrada por los ventorrillos de Miami. La habitación de Andoche estaba atravesada por una colosal hamaca tan ancha como su descomunal pecho. Libros y anécdotas iban y venían: Un hombre que se quedó dormido durante semanas sobre un saco de sal dejando al pararse la forma exacta de su cuerpo grabada allí. Los preparativos para celebrar los 70 años de la forzada fundación del barrio con un palo encebado de 35 metros de altura y 17 cavas rebosantes de espumosas. ¡Realismo mágico torrellero!
Chila era la madre de Andoche y tenía una mirada tan llena de bondad que hacia florecer los semerucos de la parte de atrás con solo mirarlos. A lejanas geografías llegaba su cariño y ternura. Una vez los amigos de la universidad serrana encontraron en la maleta de Andoche unas conservitas en forma de corazón traídas de la fabulosa  Otra Banda allende al Morere río.  A su funeral  asistió medio barrio Torrellas y Carorita. Tras aquel suceso parecía como si el silencio y el sosiego se hubiesen instalado en su sarcófago poblado de jazmines blancos y escapularios bendecidos por el padre Carlos Zubillaga.  
Licdo, Alejandro José Barrios Piña, educador, historiador, periodista, locutor, Segundo Cronista de Carora

 Había varios caballeros que colaboraban con Chayo para amasar y meter a las brazas lo que sería luego el más exquisito condumio hornero de toda Carora. Llegaban en una bicicletas tan pequeñas que parecían prestadas a un espectáculo circense. Los sillines estirados daban la sensación de jirafas mecánicas en dos ruedas. De pocas palabras y miradas evasivas, comenzaban al alba su jornada para luego ofrecer panecillos y bollos de distintos tamaños y formas a una legión de gentes que entraban y salían sin tocar puertas o timbres.
Frente a la casa vivía un anciano caballero que había sido mayordomo en el viejo Colegio Federal Carora, recinto donde asistía de palto y corbata a su empleo. Nos miraba por el postigo de su habitación para pedirnos, violando la prescripción  médica que le alcanzáramos un poquito de mondongo quitándole la grasa de la superficie humeante aún. No quería despedirse de la existencia sin llevarse un clavo de olor en sus entrañas.
Un viejo Nissan Patrol era el carro a la disposición de los visitantes. Andoche aprendió a conducir en aquel esperpento de auto que comenzaba a temblar cuando superaba los 40 kilómetros por hora. Las primeras lecciones se la dio su tío por las riberas del río. Superando el vetusto dique que protege a la ciudad se le paró aquel viejo japonés en repetidas ocasiones.
El mentado  tío montó en cierta ocasión una flamante carnicería que en breve plazo hubo de bajar la Santamaría. Increpado por aquel dislate contestó con una sonrisa meliflua y sardónica: “acaso yo puse ese negocio para ponerme rico. La puse para saber quién comía carne en el Torrellas y quién no.
Eran cinco hermanos, dos mujeres entre ellos. Andoche se despidió temprano junto a sus cordiales hermanos, uno con progenie, Nacho, y el otro, Orlando, hacía vida de eremita sonriente siempre en una habitación espartana y frugal de la que apenas salía para darnos su mano generosa y gentil. El silencio que acompañaba a sus gestos me recordaba a Siddartha, el iluminado.
Mi amigo se licenció en el oficio de Herodoto en la emeritense casa de estudios superiores. Casó, siendo una pared de sordo, con una mujer de afinado timbre musical: Haydée Álvarez, sobrina de don Alirio Díaz. Tres retoños procreó con la profesora de la lengua de Shakespeare, el primero de los cuales, homónimo de su progenitor, lo sacamos de la maternidad y lo presentamos a Carora luego de subir al Cerro de la Cruz en el niponés cuatro propulsiones de mi propiedad.
Un busto a la memoria de Andoche, Alejandro Barrios, vigila altivo las procelosas aguas desbordadas de La Barranca, en donde su mirada atenta avisará si su Torrellas de siempre-- y al cual nos enseñó a amar entrañablemente-- sufrirá otra embestida de las turbas líquidas que suelen fundar conglomerados humanos salidos de la condición damnificada de sus gentes en estas tierras del semiárido venezolano.