viernes, 28 de diciembre de 2012

Blade Runner, 30 años



El británico Ridley Scott estrenó en 1982 la película que ha sido considerada como el mejor film de ciencia-ficción de todos los tiempos. Sin embargo, como suele suceder con las cintas verdaderamente visionarias e imaginativas, no tuvo éxito de crítica ni de taquilla en los Estados Unidos, pero en el exterior, sobre todo en Europa, se convirtió en un verdadero icono de la cultura ciberpunk, es decir alta tecnología, bajo nivel de vida. Yo la pude ver y quedar asombrado y a la vez extrañado, al contemplar ese prodigio del cine del siglo XX, en el viejo cine Salamanca de Carora, en compañía de otro cinéfilo cordial y conversador: Hermann Pernalete Madrid.

Antes de esta película, Scott nos había deleitado con Alien, el octavo pasajero, 1979, una cinta que considero film de ciencia-ficción-terror. Después de Blade Runner otros asombrosos filmes  de Scott serán: Thelma y Louise (1991); en 1992 fracasa rotundamente con la película 1492. La conquista del paraíso, homenaje a la hazaña colombina. Pero en el año 2000 resucitará un género que se creía agotado: Gladiador; al año siguiente nos presentará Hannibal; y un año después, 2001, el bélico La caída del halcón negro, sobre la cruenta guerra en Somalia.

Blade Runner nos aproxima a una tenebrosa y opresiva realidad en la ciudad de Los Ángeles, en un hipotético año 2019, ya muy cercano a nuestro presente. Todo es oscuridad, no aparece la luz del sol en medio de una pertinaz lluvia; la arquitectura es una verdadera ruina y la basura así como los mendigos abundan en demasía; solo han quedado en el decadente planeta Tierra, arruinado por los excesos ecológicos, los pobres y desheredados, pues la gente rica ha emigrado a otros planetas. En un mundo de tal manera, tétrico y sombrío, unos humanoides, construidos por la poderosa Tyrell Corporation, son los esclavos del siglo XXI, pues hacen las tareas que no realizan y se niegan a realizar, los humanos. Un policía “Blade Runner” (Harrison Ford), es contratado para perseguirlos y exterminarlos, pues han realizado una matanza descomunal en el planeta Marte. Son los llamados “replicantes”, fabricados por manipulación genética, casi pasan desapercibidos por su perfección, y solo se les puede detectar por carecer de emociones. Ello queda en evidencia con una prueba, el test de Voigth-Kampff: el trato que le dan a los animales. Es una tenue y sutil frontera entre lo humano y lo artificial, pues el más díscolo, violento y perturbador de los replicantes (Roy Batty), le perdona la vida al policía, en una de las escenas más dramáticas del film. El replicante sabe que le queda poco de vida e indulta la del Blade Runner.

Y como si fuera poco, el policía se enamora de una hermosa mujer (Rachel) en actuación de Sean Young, en aquel entonces contaba con 22 años, quien resulta ser una replicante, y  al descubrir ella su condición, llora desconsoladamente. Al final, ambos huyen con destino desconocido, dando de tal manera una sensación de que lo natural y lo postizo se imbrican y superponen. Es un final un tanto hollywoodense, un happy end que no le quita grandiosidad y excelsitud al film.

Como se habrá podido creer, Blade Runner no es cine de acción puramente. En ella podemos descubrir una estructuración compleja y bien concebida, con diversos niveles dramáticos, tiene pinceladas de drama griego, el simbolismo religioso, el film noir expresionista europeo, género nacido en los Estados Unidos en la década de los años 1940-1950, iluminación tenebrosa en claroscuro, escenas nocturnas con humedad, explora la convención de la mujer fatal, al tiempo que la narración se desliza en primera persona. Es, pues y sin lugar a dudas, cine de culto.

Esta cinta tiene referentes con otra película del mismo género, basada en una novela de Isaac Asimov, esto es, El hombre bicentenario (2005), en la cual se plantea la cuestión de qué hacer en el caso de que las creaciones nuestras nos superen. La cinta de Scott se basa en una novela de Philip K. Dick titulada ¿Sueñan los androides con ovejas cibernéticas?, la que es superada ampliamente por la versión de celuloide, tal como sucedió con otra cinta memorable: La muerte en Venecia (1971), de Visconti, al llevar a la pantalla esta pequeña obra maestra de Thomas Mann.

Invito, pues, a los cinéfilos a redescubrir, a mirar con nuevos ojos, esta portentosa cinta, que ha quedado para siempre como una de las más acabadas y consumadas películas de  ciencia-ficción, a despecho de la opinión de los que sostienen que tal mérito y distinción lo merece 2001, Odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick., basada en la novela de Arthur Clarke.

lunes, 24 de diciembre de 2012

hace 11 años fue sembrado el educador, folcklorista, ambiestalista sanareño




 Es un lugar de obligada visita cuando se llega a la Gran Buenos Aires, cosmopolita capital de la Argentina. Su nombre se debe a que fue construido en un viejo huerto de los monjes recoletos. Expropiado por el gobernador Martín Rodríguez y su ministro, el futuro primer Presidente de la Nación, Bernardino Rivadavia. Se convirtió en necrópolis en 1822 y por años fue el único cementerio de la ciudad y lugar elegido por los ciudadanos acomodados de la ciudad para descansar por el resto de la eternidad, nos dice Omar López Mato, autor de Guía del cementerio de La Recoleta. Ciudad de Ángeles (2004). Hermoso trabajo que lleva por subtítulo el empleado por mí para darle título a este artículo y documentarme para escribirlo.

Uno se sorprende al ver tanta magnificencia y boato al apenas entrar. Es la Nación rica y los príncipes de la pampa quienes copiaron de los burgueses italianos y franceses, no sólo sus ropas y su espíritu, sino también las esculturas que admiraban en los cementerios de Père Lachaise en París y Staglieno en Génova, nos dice López Mato. Justamente al lado del cementerio se encuentra una joya arquitectónica colonial, la Iglesia del Pilar, la cual fue proyectada por los sacerdotes Klaus y Wolf y construida por Andrés Bianchi, todos jesuitas que habían trabajado en la construcción de la Catedral Metropolitana. Juan Narbona, un rico comerciante, donó el dinero para su edificación. La iglesia fue terminada en 1732.


 

El cementerio recibió al principio el nombre de Cementerio del Norte, y fue delineado por Proper Catelin, ingeniero francés. En 1863, el obispo de Buenos Aires le retiro la bendición después que el presidente Mitre ordenara el entierro de un conocido masón, bendición que hasta hoy no fue restituida. Durante 1888, el Intendente de la ciudad Torcuato de Alvear reconstruyó el deteriorado cementerio con la asistencia del arquitecto Buschiazzo y lo llevaron a la extensión presente. En 1946 fue declarado Monumento Nacional.

Impresiona la cantidad de hombres y mujeres prominentes allí sepultados. Músicos, poetas, jefes de gobierno, pintores, docentes, militares. Empecemos a mostrarlos: Juan Bautista Alberdi (+1884), redactor de la Constitución Nacional; Martín de Álzaga (+1812) el hombre más rico de su época; la familia de los Anchorena, los terratenientes más poderosos del siglo XIX; Pedro Eugenio Aramburu (+1970), uno de los militares que depusieron a Perón; Marco Avellaneda (+1841), el mártir de Metán; Pierre Benoit (1853), el nunca ungido rey Luis XVII; Rufina Cambaceres (1903), la misteriosa dama de blanco, fue enterrada viva a los 19 años; Eva Duarte de Perón, Evita (+1952), siempre hay flores en su tumba. Su cuerpo fue embalsamado por el doctor Pedro Ara y vagó en secreto militar por Italia y España, donde fue devuelto al general Perón, su esposo; Luis Ángel Firpo (+1960), el Toro de las Pampas, boxeador que aparece en bata como si fuera a enfrentar a la muerte; Bartolomé Mitre (+1906), “quiero morir como un romano”, palabras que dijo al ser herido mucho antes de morir este presidente de la Nación.

Otros difuntos de La Recoleta son: Martín Rodríguez (+1844), fundador de este cementerio que no es camposanto, por razones arriba aludidas; Juan Manuel de Rosas (+1877), presidente de la Nación, gobernó con mano de hierro durante 20 años; se dice que cuando se abrió el cajón de su esposa, Encarnación Ezcurra, se la encontró intacta, como si estuviera dormida: Domingo Faustino Sarmiento (+1888), Presidente de la República quien diseñó él mismo su tumba de acuerdo al ideal masón, autor de Facundo o  civilización y barbarie; Luis Vernet (+1871), último Gobernador de las islas Malvinas, hogaño en manos inglesas.

Pero hay más en esta extraordinaria necrópolis. Me refiero a las tumbas colectivas, tales como las bóvedas masónicas. Allí se encuentran los presidentes Sarmiento, Hipólito Yrigoyen, y José Hernández, autor de Martín Fierro; otro es el Panteón de los Combatientes del Paraguay, un soldado y un marino custodian el sueño de estos héroes; la familia Devoto erigió lo que se llamó El ultimo palacio; Panteón de los Ciudadanos Ilustres, que tiene una extraordinaria placa realizada por el artista italiano José Livi, que muestra la escena bíblica “Dejad que los niños se acerquen a mí”; más allá están las Tumbas Británicas, contentiva de 668 cuerpos, el más importante es César Augusto Rodwey, Ministro de los EEUU; panteón de la familia Atucha, estancieros acaudalados y adversarios del presidente Rosas, tal como Jorge Atucha (1863), amante de las carreras de caballos; La familia Spinetto, la puerta de este mausoleo fue hecha en Italia y muestra a San Jorge en lucha con el dragón.

Se cuenta que el escritor Jorge Luis Borges era asiduo visitante del lugar, ahora patrimonio artístico, una de las más extraordinarias necrópolis del mundo. Este cementerio encuentra en Omar López Mato a su lazarillo perfecto; de sumo interés para historiadores, investigadores, estudiosos del arte, turistas, Ciudad de Ángeles, está sembrado de anécdotas deliciosas, cada imagen equivale a una historia. López Mato rescata -cámara en mano- a próceres e ignotos, enemigos y amantes, maestros y alumnos, científicos, artistas, intelectuales y personajes legendarios de la ciudad. Hoy, todos ellos, discretos vecinos de la eternidad.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Guillermo Morón y el Colegio Federal Carora



Nacido en Cuicas, Estado Trujillo, el 8 de febrero de 1926, este reconocido historiador y literato venezolano, que ha alcanzado altas distinciones en su vida académica e intelectual, tales como el de Director de la Academia Nacional de la Historia, el Premio Nacional de Literatura en 1990, docente de la Universidad Simón Bolívar, y que ha escrito una prolífica obra histórica y literaria, comenzó sus estudios secundarios a los 15 años de edad en este viejo Colegio, que con el nombre de La Esperanza fundara el Dr. Ramón Pompilio Oropeza en 1890.
Sucedió en 29 de septiembre de 1941 cuando fue inscrito por su tío Alfonso Montero a cursar el primer año las asignaturas: Castellano y Literatura, Matemáticas, Ciencias Naturales, Geografía e Historia Universales, Francés, Latín y Raíces Griegas, Educación Artística. Sus compañeros de aula eran, entre otros, Joel Gutiérrez (+), Elina Mora, Clímaco Chávez, Ignacio Zubillaga, Ermes (sic) Chávez (+), Gonzalo García,  María Vásquez, su entrañable amigo Mario Oropeza (+), Ada Marina Crespo, Guillermo Betancourt. Eran un total de 30 primerañeros, de los cuales solo un puñado llegará a terminar estos exigentes estudios secundarios.
Era Guillermo el único de los muchachos que no era nativo del Estado Lara, pues el resto de sus condiscípulos lo eran de Carora, unos 24, casi todos de la llamada “godarria”; dos eran nativos de San Francisco; y otros dos de Aregue, poblaciones del interior del Distrito Torres. Era además uno de los más jóvenes, pues los había de 34 años: Evelio Barrios, José Antonio Gutiérrez; Octavio de Jesús Suárez contaba con 26; Gonzalo García de 25; otros de 23: Clímaco Chávez; Elías Perera y Ricardo Sulbarán contaban con 21 abriles; Octavio Alvarez y Andrés Rafael Chávez cifraban los 19. Hoy en día tal añosidad en modo alguno se permite en la secundaria diurna.
Al año escolar siguiente, 1942 a 1943, cursa Morón su segundo año. La matrícula se redujo a solo 10, pues al parecer los muy adultos, nombrados arriba, desertaron. Mencionemos a Guillermo Betancourt, Mario Oropeza, José Ramón Herrera, Alfredo Franco, José Luis Alvarez, Gonzalo Gutiérrez, Andrés Rafael Chávez, Herminio Rojas, José María Vásquez. Ninguna dama aparece en el registro de matrícula. Acá cursaron las asignaturas: Castellano y Literatura, Matemáticas, Ciencias Naturales, Geografía e Historia de Venezuela, Geografía e Historia Universales, Francés, Latín y Raíces Griegas, Educación Artística.
El tercer año comenzó el 16 de septiembre de 1943, y la cantidad de alumnos permanece igual, esto es, 10 alumnos, los cuales son los mismos del año escolar pasado. Cursan las asignaturas: Castellano y Literatura, Matemáticas, Física, Reina de las Ciencias Naturales, (observación nuestra), Química, Geografía e Historia de Venezuela, Geografía e Historia Universales, Ingles, Filosofía. Este plan de estudios ha debido de estimular de sobremanera a Morón a continuar estudios humanísticos, ello por la significativa cantidad de historias y de literaturas cursadas. Fue, pues, una impronta profunda que dejó en el joven cuiqueño nuestro viejo Colegio Federal Carora.
Así concluyó el joven Guillermo Morón, de 17 años,  su “Trienio Filosófico”, una rémora educativa que venía del siglo XIX, con lo cual se le otorgo el título de bachiller. Alentado por el conductor de juventudes Cecilio Chío Zubillaga, proseguirá sus estudios de tercer nivel en el recién creado (1936) Instituto Pedagógico Nacional, obtiene acá el título de Profesor de Geografía e Historia de Venezuela. Sus primeros ejercicios docentes los realiza en el centenario Liceo Lisandro Alvarado de Barquisimeto; dirige la redacción del diario El Impulso de esta misma ciudad crepuscular; obtiene una beca para realizar estudios doctorales en la Universidad Central (hoy Complutense) de Madrid, siendo el primer venezolano en adquirir el Doctorado en Historia en 1954.
Lo que sigue es harto conocido, sobre todo su rutilante vuelta a la literatura con la controversial novela El gallo de las espuelas de oro (1984), su columna el diario caraqueño El Nacional, su figuración política siempre alineada al conservadurismo, y sobre todo, debo destacar, la inmensa y no igualada cantidad de libros editados bajo su responsabilidad. Toda una obra de cultura y civilidad que me recuerda la realizada por el mexicano José Vasconcelos.
Esta es pues la historia personal de un humilde muchacho, hijo de una maestra de escuela, Rosario Montero de Morón, que a fuerza de tenacidad  y disciplina coronó una carrera como escritor y hombre público extraordinaria e impresionante, la cual, sin duda, tuvo sus atisbos y vislumbres en nuestro viejo Colegio de secundaria, hogaño llamado Liceo Egidio Montesinos.
Carora, 22 de diciembre de 2012.

Buenos Aires: Babel antártica



Regreso de esta magnífica urbe suramericana, la cual no conocía. Mi primera impresión es que se trata de una realidad europea trasplantada al continente americano. Unas palabras de Freud vienen a mi mente cuando el padre del psicoanálisis visitó  Norteamérica: “Estados Unidos es un error, un gigantesco error.” ¿Se podría decir lo mismo de la Argentina?. Esta idea me acompañó durante los seis días que permanecí en  ella durante la primavera austral.
Esos europeos venidos en su gran mayoría de la cuenca mediterránea levantaron una arquitectura agresivamente viejomundista en sus centros urbanos para enfrentar, digo yo, la desmesura de la geografía argentina, la inmensa pampa, los monumentales glaciales, la grandiosa cordillera de los Andes, y el descomunal Mar del Plata. Una realidad imposible siquiera de imaginar en Europa, un continente de proporciones comedidas.
Muchas lenguas venidas de cualquier parte del planeta se cruzan en los cafés, las aceras y las plazas.es el hogar de italianos, árabes, españoles, judíos, indígenas bolivianos o paraguayos, polacos, alemanes, chinos y rusos. Pero la lengua franca es el castellano o español. En la lengua de Lope de Vega y Rubén Darío se entienden y tienen comercio de la palabra aquellas abigarradas multitudes porteñas. Bien lo dijo Angel Rosenblat, ese gran polaco-argentino que hizo lo mejor de su obra en Venezuela, que el castellano iba a conservar su gran unidad a despecho de los que arguyen su desintegración inminente.
Es un país que rinde culto desmedido y hasta enfermizo a los hombres y mujeres resaltantes en su accidentada historia. Gigantescos murales de Evita Perón a los 60 años de su muerte, estatuas de Diego Armando Maradona, rostros sonreídos de Gardel, pegatinas del Ché Guevara, franelas con el rostro siempre impasible de Borges. Es, pues, una nación icónica. Con el patriarca Nicéforo podríamos parafrasear: si se suprime la imagen, no es la imagen de Gardel quien desaparece, sino la Argentina entera.
Los bonarenses son tristes, como lo escribió Ezequiel Martínez Estrada, pues  no oímos ninguna carcajada o algaraza, o algo que pudiera parecérsele en esa semana primaveral y porteña. Es lo que (des)anima al baile nacional, el tango. Una danza de los prostíbulos, un baile sin alma, “tiene algo del quejido apagado angustioso del empasmo”, nos dice este autor de Radiografía de la pampa (1933). Lo mismo cabe decir del carnaval, agrega el escritor de este sin igual ensayo histórico-sociológico: “El carnaval es la fiesta de nuestra tristeza.”
Pareciera que quieren los sureños expiar y lavar un pecado: el de haber exterminado las poblaciones aborígenes y haber borrado de la memoria a los esclavos negros. Por ello, creo, fuman en demasía hombres y mujeres; lo hacen  desmesuradamente, con desespero y en cualquier lugar.  Y lo que es peor, envenenan sus pulmones cuando más daño hace la nicotina: caminando. Pareciera que no leen los carteles colocados en cualquier sitio que previenen sobre ese vicio que está íntimamente conectado a la aparición del cáncer. Los fumadores, dice Freud, son seguidores crédulos y perpetuos. ¿Tendrá, en el caso argentino, razón el médico vienés?
Volvamos a la lengua, y para ello debemos referirnos necesariamente a esa creación argentina que se llama lunfardo, señal de identidad de los sureños que nació a finales del siglo XIX, que se deriva de los diversos dialectos de los inmigrantes. Borges señaló en alguna ocasión que “El idioma de los argentinos es mi sujeto. Esa locución “idioma de los argentinos”, será a juicio de muchos una travesura sintáctica, una forzada aproximación de dos voces sin correspondencia objetiva.” Es habla en castellano, sí, pero un castellano que no entenderán con facilidad otros latinoamericanos.
Es tan rica la lengua castellana cargada de argentinismos que ya a finales del siglo XIX, en 1873, el país vio nacer su primer diccionario de vocablos y expresiones rioplatenses, unos 1.266, el 90% de los cuales permanecen vigentes. Del lunfardo porteño se nutren muchas letras de los tangos, señaladamente los de Enrique Santos Discépolo, quien en vida adquirió un aura de verdadero profeta nacional con su tango Cambalache, compuesto en 1934. Veamos la primera estrofa de este llamado anti-himno: Que el mundo fue y será una porquería / ya lo sé…/ En el quinientos seis / y en el dos mil también / que siempre ha habido chorros / maquiavelos y estafaos,/ contentos y amargaos,/valores y dublé…/ pero que el siglo veinte / es un despliegue / de maldad insolente,/ ya no hay quien lo niegue./ vivimos revolcaos / en un merengue / y en un mismo lodo / todos manoseaos…
 ¿Hacia dónde va la Argentina? Pregunta difícil de contestar. Ernesto Sábato, escritor recientemente fallecido, decía al respecto: “La argentinidad es la que no deniega la hibridez de sus raíces, reconoce su ancestro europeo, pero no acata servilmente los modelos descendientes del viejo continente.” Y Julio Cortázar escribió: “Cuando digo Buenos Aires estoy diciendo la Argentina y América Latina. Para eso trato en la medida de lo posible de identificarme con toda la América Latina.” Por ello pienso que el destino de este país está en su plena aproximación a sus vecinos del Sur.
Carora, 21 de diciembre de 2012.