domingo, 31 de enero de 2016

Jacobo Penzo, cineasta caroreño

JACOBO PENZO
Es una magnifica pluma que se revela como un extraordinario humanista, de una amplia cultura y de una capacidad critica pocas veces vista del hecho cinematográfico. Yo había disfrutado de sus filmes desde hace mucho tiempo, tales como La casa del agua, Cabimas, El afinque de Marín, entre otras excelentes producciones. Pero debo confesar que como escritor no le conocía, lo cual lamento de veras.
Recientemente leí  su trabajo primoroso y bien hecho: Cine Escrito. Textos sobre grandes películas programadas por Cinecelarg3, 2015, el cual me ha dejado gratamente sorprendido. Lo primero que pienso es que la saga de los escritores caroreños no se agotó con Luis Beltrán Guerrero, Héctor Mujica o Guillermo Morón. No, de ninguna manera, pues continúa con gran fuerza expresiva con este cineasta, pintor y critico de cine que nació en 1942.
El libro se divide en siete partes, muy intensas y agradables. La primera sobre el cine norteamericano. Allí nos deleita con unas maravillosas y breves críticas de lo mejor del cine del Norte y en donde revela su conocimiento profundo del arte del celuloide. No podían faltar el género western, filmes que produce una sociedad fascinada por Dios y por las armas, y llevado a su mejor expresión en las cintas de Clint Eastwood. No podía faltar acá una referencia a James Dean, arquetipo del joven rebelde, inmortal, gallardo y perfilado, imagen detenida de un hombre siempre joven y apuesto. Las calles de nueva york, esa jungla humana, se nos revela con dramatismo en un film que es como el reverso del sueño americano: Vaquero de medianoche, protagonizada por Jon Voiht y Dustin Hoffman. Sobre el pequeño actor escribe Penzo uno de sus mejores trabajos: Quién es Dustin Hoffman, que tiene una profunda penetración psicológica del actor que guarda en su interior el esencial misterio del ser. La economía de medios actorales tiene su epitome en Paul Newman, su capacidad de concentración, intensidad e impasible contención, y que logra la magia étnica de convertirse, caucásico como era él, en un autentico aborigen norteamericano. De La naranja mecánica, una apoteosis de violencia y maldad que es la cinta más pesimista de Kubrick.

Del cine francés destaca Clair de femme, la fuga a Caracas de un hombre abrumado por la tragedia, un film de Costa Gavras. El otro es Lucien Lacombe, cinta sobre la herida causada a Francia por la invasión nazi. En  Mirar desde Alemania, Penzo nos encanta con El padre de todos los vampiros, Nosferatu, una sinfonía del horror una obra de belleza y lirismo. Los asombrosos  movimientos de cámaras del director Murnau, los mejores recursos del expresionismo alemán en cintas en blanco y negro. Marlene Dietrich inicia su mito con una frase: “Todo mi cuerpo está hecho para el amor”, con lo que comienza Penzo El cabaret infernal,  sobre la cinta El ángel azul, 1930.
El cine soviético nunca fue bien visto por occidente. Destaca Penzo cuatro cintas, de las cuales apenas una ganó Palma de Oro en Cannes y que ensalza la “gran guerra patria”, el triunfo de los soviéticos sobre la bestia nazifascista en Cuando pasan las grullas, 1957.
 Otra de las partes del libro los dedica Penzo a los directores:  Orson Welles de El proceso. La dama de shanghai, Sed de mal. Lamento que no se haya referido a su mejor film: Ciudadano Kane. Le siguen el infaltable Bergman de Gritos y susurros, continúa la violenta cinta rodada en México con Los olvidados de Buñuel, y la sorprendente Bella de día, donde una inocente Caterine Deneuve hace el papel de una dama acosada por el deseo.
Roman Polansky  es un maestro indiscutido del cine mundial, que resalta los cuchillos como elemento estilístico, reconocible en Chinatown, Cuchillo en el agua. El arma siempre tiende a impulsar el drama. En El pianista, como maestro del detalle, el director polaco nos coloca nuestra atención en un abrelatas que el oficial alemán regala al músico en desgracia, un soldado con sensibilidad que no ha debido morir en un campo de concentración soviético.

En Otras voces otras visiones, Penzo se pasea por la locura estalinista en Todos bajo sospecha, la venezolana Margot Benacerraf, autora de otra leyenda que intrigó durante décadas los mentideros del cine mundial: Araya,1959, el film  Vivir, un canto a la existencia terrena de Kurosawa. No podía faltar el neorrealismo italiano con De Sica, Antonioni, Fellini,  así como Visconti y su refinamiento decadente y casi perfecto en Muerte en Venecia. Y qué decir de Woody Allen, quien habla de temas graves sin solemnidad.
Invito a leer este prodigio de la crítica cinematográfica escrito por un coterráneo  casi desconocido.

domingo, 17 de enero de 2016

Atanasio Kircher, el último hombre que sabía de todo

Atanasio Kircher
Mi interés por este extraordinario  sabio barroco, jesuita y alemán del siglo XVII nació al leer con deleite un libro incomparable del mexicano Octavio Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, allá por la década de los años 90. El jesuita tudesco, nacido en 1602, era una enciclopedia andante, que muy atacado por la egiptomanía, dictaminó que la civilización del México antiguo, como se veía por las pirámides aztecas y otros indicios, era una versión ultramarina de la de Egipto, opinión que debió haber encantado a su lectora y admiradora, la poetisa novohispana Sor Juana Inés de la Cruz. El hispanista estadounidense Irving Leonard ha demostrado que en México se leían muchos libros prohibidos por la Inquisición: Gassendi, Kepler, Copérnico, Descartes, y fue muy profunda la influencia de Kircher.
Sor Juana de la Cruz
El siglo XVII marca la línea divisoria de dos tipos de pensamiento: el hermetismo que viene de la Antigüedad y el pensamiento propiamente moderno. Es el triunfo del cartesanismo y la astronomía newtoniana. Sin embargo este hermetismo  sobrevivió con los Rosacruces, y figuras intelectuales como el místico inglés Robert Fludd y Atanasio Kircher, de universal renombre en su siglo.
Hombre de gran ingenio y facundia, erudito poseído por el delirio de interpretación exclusivista que lo acerca a muchos de nuestros contemporáneos, Kircher creyó encontrar en la civilización egipcia la clave universal para descifrar todos los enigmas de la historia. Naturalmente ese Egipto era el de la tradición hermética. En varios libros demostró con temible erudición y verba, escribe Paz, que la India, China y el México antiguo debían sus artes, religiones, ciencias y filosofías al Egipto de la tradición hermética.
Robert Fludd
Inspirado en una síntesis cristiana de las religiones, animada por los jesuitas, lo llevaron a interpretar a Confucio como el sabio egipcio Thot y por los griegos Hermes. Los brahamanes de la India adoran en sus pagodas a Isis y andan vestidos de lino y apoyados en un bastón como los sacerdotes egipcios. Los magos y adivinos de México seguían en sus ritos a los hierofantes egipcios y a los gimnosofistas de la India.
La gran pasión de Kircher fueron los jeroglíficos y, como todos en su época, los vio como emblemas, es decir, no como una escritura, sino como pinturas simbólicas que escondían verdades divinas. “Hermes Trimegisto, el Egipcio, escribe Kircher, fue el primero que usó los jeroglíficos, convirtiéndose así en el príncipe y el padre de toda la filosofía y la teología egipcias…grabó sus ideas en piedras y rocas eternas y así pudieron saber de Dios de las cosas divinas Orfeo, Museo, Lineo, Pitágoras, Platón, Parménides, Homero, Eurípides.”
La egiptomanía fue una de las enfermedades intelectuales de ese siglo. Esa obsesión se prolonga hasta el Iluminismo del siglo XVIII y el romanticismo del XIX. A ella le debemos, entre otras obras, La flauta mágica, de Mozart. En Nueva España el poema Neptuno alegórico de Sor Juana, es de inspiración kircheriana.
Los libros de Kircher no sólo contenían hipótesis fantásticas apoyadas en una erudición libresca sino que eran enciclopedias del saber de su época. Se interesó en la física, sobre todo en la óptica, la astronomía y las ciencias naturales o filosofía naturalis, como se las llamaba entonces. A pesar de su inclinación por las hipótesis y las interpretaciones caprichosas, el jesuita era un verdadero sabio y estaba en relación con las mejores mentes de Europa. Leibniz se interesó en su idea del origen egipcio de los ideogramas chinos, aunque al final la rechazó.
En una extraordinaria amalgama del saber, en la obra de Kircher confluyen tres corrientes: el catolicismo sincretista, tal como lo representaba en el siglo XVII la Compañía de Jesús, el hermetismo neoplatónico “egipcio” heredado del Renacimiento y las nuevas concepciones y descubrimientos astronómicos y físicos, en una superposición de hechos, ideas y fantasías. Un verdadero delirio razonante. El caso extremo de nuestro jesuita no es el único. La mescla  entre las creencias e ideas del neoplatonismo hermético, la alquimia, la Cábala y las nociones y las nociones de la nueva ciencia eran una característica general del siglo XVII.
Kircher representa, afirma Octavio Paz, una tradición universal todavía viva, una tradición que no ha cesado de inspirar a los poetas de nuestra civilización, desde el Renacimiento hasta la posmodernidad.

viernes, 15 de enero de 2016

La raza caucásica

Johann Friedrich Blumenbach
Poca gente repara en el origen de los términos que emplea la ciencia en la actualidad. Uno de ellos, quizás el más polémico y centro de debates, sea el de raza caucásica, que se emplea para denominar a la gente de piel blanca  que vive en Europa y en Norteamérica. El origen de este término se lo debemos al Siglo de Las Luces, el Siglo de la Ilustración europea. En  1795 lo acuñó  Johann Friedrich Blumenbach, un antropólogo alemán, discípulo del naturalista sueco Carlos Linneo. Sostuvo, basándose en estudios de los cráneos, que existían cinco razas humanas: africana, oriental, malayos, indios americanos y en el vértice colocó a los caucásicos.
Por supuesto que los caucásicos eran, en la concepción de este germano, la cúspide del desarrollo de la humanidad. Pensar esto en los siglos XVIII y XIX era completamente normal. Hoy no se puede sostener tan desacertada idea. Blumenbach llegó a tales conclusiones de manera muy subjetiva y por consiguiente poco científica, pues pensó que los caucasoides era la raza más bella y hermosa del planeta. Seguramente lo motivó a emitir tal juicio el canon de belleza grecolatino, el doriforo de Policleto o el David de Miguel Ángel.
 Los europeos son los seres humanos más hermosos, con la gente del Cáucaso en el pináculo más alto del donaire. Las personas más hermosas debían ser las que vivieran más cerca de nuestro primer hogar, las actuales republicas de Georgia  y Armenia. Esta idea del origen asiático de la humanidad ha tenido larga vida. Recuerdo que mi padre Expedito como docente de la Escuela Normal de Carora, me hizo dibujar un mapa para mostrar a sus alumnos el origen de la humanidad, colocando el centro difusor  de ella en los Montes Urales, actual Rusia.
 Escribió Blumenbach que el Cáucaso era el lugar geográfico donde tuvo origen la humanidad. La cartografía determinó con mucha fuerza sus ideas clasificatorias de las razas. Hoy sabemos que fue lejos de allí, en la República del Chad, Tanzania y Kenya, África la cuna del homo sapiens. Hablamos desde 1987 de la Eva mitocondrial negra que habitaba el África subsahariana, una idea que Blumenbach jamás pudo pensar, pues el ADN o genoma mitocondrial se descubrió mucho tiempo después.
Blumenbach sin embargo no era racista, como el francés Arthur Gobineau, padre del racismo del siglo XX y  consecuencialmente del de la Alemania nazi que condujo al holocausto judío. Defendió con vehemencia y contra la corriente dominante de su época la teoría del origen único de la especie humana. Admiraba a los intelectuales negros y hasta llegó a tener una biblioteca de autores de color. Uno de ellos fue la poetisa Phillips Wheatley, una negra de Boston nacida en el Senegal y a quien la posteridad la ha reconocido como la abuela de la literatura afroamericana.
Blumenbach vivió toda su vida como profesor enclaustrado, jamás viajó al Cáucaso y escribió su obra en latín, una lengua muerta, pero sus ideas reverberan a lo largo de nuestras guerras, nuestras conquistas, nuestros sufrimientos y nuestras esperanzas.

lunes, 11 de enero de 2016

Fernando Botero y la deformidad

Fenando Botero
Los cachacos colombianos deben sentir una envidia enorme por el hecho de que este extraordinario pintor,  así como el novelista Gabriel  García Márquez, sean nativos de la costa colombiana. Medellín vio nacer en 1932 a este extraordinario pintor y escultor, al cual se le considera de los mejores del planeta. Voy a intentar en apretada síntesis mostrar en qué consiste la grandeza indiscutida de Botero desde una lectura de Marta Traba y su libro Historia abierta del arte colombiano
Gabo
Afirma la escritora argentina que el artista es un hecho emergente, que aparece abruptamente en una sociedad turbulenta que llega a su clímax con el asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán en 1948, una verdadera traición al pueblo, herida abierto hasta los días que corren. De joven viajó a Italia a estudiar a dos de sus inspiradores: Piero Della Francesca y más claramente Paolo Uccello, pintores del Renacimiento, con lo cual su obra adquiere una profunda estructura de sentido. En 1958 expone La camera degli  spossi, una
Elicer Galletán
gigantesca caricatura de la familia Gonzaga, en la cual se anuncian los principios deformantes de su obra hasta el presente. El primero de ellos y más revolucionario será la eliminación del aire circulante, que implica a su vez el desprecio por el cubo escénico. Esto significa un rechazo a la pintura renacentista que le dio origen y eliminando cualquier sospecha de arcaísmo. Así destruye el equilibrio entre forma y espacio que la contiene, y destruye la concepción ilusionista de una realidad corregida por el artista. La obra es trasportada a un plano de pura irrealidad.
Ramón Hoyos
Crea el artista una iconografía voluntariamente estática, pero el color le da atribuciones dinámicas. Botero es un gran colorista, una verdadera hazaña. Otro rasgo boteriano es su sentido del humor y que se muestra con grandeza en su obra La apoteosis de Ramón Hoyos, de 1959. Es una radiografía del país, de sus miserias. Nace una conciencia fustigante de la realidad colombiana. Se inclina por lo grotesco y rechaza la tragedia.

El Nobel de literatura y Botero tienen una postura tan paralela de la realidad nacional colombiana. El Gabo con un surrealismo sui géneris donde el mayor encanto proviene de que las cosas parezcan verdad. Botero engrana su obra en un idéntico surrealismo, en una nueva dimensión del absurdo, más verídica y compuesta, más instintiva y menos ingeniosa, revestida de la misma falsa inocencia que  tiñe los relatos elementales de García Márquez. Llevar la situación surrealista a un plano de normalidad es precisamente la aportación original de ambos artistas a las múltiples vías irracionales que sigue hoy en día el arte contemporáneo, desde el dadá al pop art. La originalidad del Gabo es que no es Poe ni Truman Capote, así como  Botero no es Magritte ni Pistoletto. Ni la construcción inteligente del absurdo intelectual, ni la aguda noción del disparate que se desprende de las sociedades industrializadas.
La coherencia de Botero, su altísimo poder significante se manifiesta justamente de esa relación perfecta de los dos pintores renacentistas que escogió como puntos de partida, y el modo como los ordenó en una visión original. Su obra desciende de dos “congelantes” de la acción, de dos geometrizantes irrealistas del Renacimiento italiano: de la Francesca y Uccello y sus formas quietas en medio de un espacio móvil. Para evitarlo, Botero va ampliando la figura hasta que llega a cubrir la casi totalidad del cuadro y la circulación queda reprimida por esa incontenible y monstruosa expansión. La tela queda anegada por la imagen.
Paolo Occello

En pleno siglo XX, Colombia da estos dos formidables cronistas, como si pertenecieran en tiempos de la Conquista y la Independencia. Dos genios, sin duda.