miércoles, 1 de julio de 2015

El Cantón Carora en 1830

A comienzos de nuestra vida en república y después de 20 años del muy desastroso conflicto armado, la Guerra de Independencia, el estado de Venezuela era de total postración y de ruina. Los sobrevivientes de aquella hecatombe trataban de darle a aquel naciente Estado cierta fisonomía y articulación. La capital del antiguo Cantón, Carora, contaba en esos días con una población de unas 4.500 almas y su jefe político era Manuel A. Silva, quien sus gastos cubría con 25 pesos mensuales que se pagaban de las rentas municipales. El Alcalde Primero Municipal era Agustín Zubillaga quien también ejercía el prominente cargo de Mayordomo de la Cofradía del Santísimo Sacramento, fundada en 1585; en tanto que el Alcalde Segundo Municipal era Diego Herrera. Tres ciudadanos, como se habrá notado, pertenecientes a la incipiente “godarria caroreña” de hace dos siglos. Incipiente, decimos, pues el proceso de uniones matrimoniales entre miembros cercanos de las familias godas se va a producir de forma muy intensa durante el siglo XIX, como he mostrado en mi Tesis Doctoral: Iglesia Católica, cofradías y mentalidad religiosa en Carora, siglos XVI a XIX, y que puede consultarse en internet.
Los munícipes de aquella ocasión también se extraían del “patriciado local”: José Francisco Álvarez, Ramón Montes de Oca, Ceferino Maldonado. Las funciones de Síndico Procurador General las ejercía el General José Félix Álvarez. El Secretario Municipal ganaba 12 pesos mensuales, era la única escribanía pública del Cantón, y estaba a cargo del señor Juan José María Montes de Oca. El señor Francisco Meléndez tenía el cargo de Juez Primero de Paz, en tanto que el cargo de Segundo Juez de Paz lo ejercía el señor Juan Cristóbal Carrasco. Los Comisarios de Policía eran 4 personas, a saber, Juan Bracho, Román Verde, Miguel Segovia y Demetrio Goyo , en tanto que Lorenzo Meléndez era el Administrador de Correos en aquella remota ciudad del occidente de Venezuela que fue hasta hace muy poco nuestra ciudad de Carora.
Un sueldo de 6 pesos mensuales ganaba el Alguacil Juan Luis Rodríguez, y 9  pesos mensuales  la remuneración del Alcaide de Cárcel, señor José Rafael González. Tales sueldos se extraían de nuestras muy pobres rentas municipales. En las parroquias del Cantón, como la de Aregue, el Juez Primero de Paz era José María Vásquez, en Río Tocuyo Juan José Santelíz, el de Moroturo (actual Municipio Urdaneta)  Tomás Polanco, el de Siquisique  Gerónimo Torres, en Arenales lo ejercía José Hernández, en Burere  Norberto Piñango y el Síndico Parroquial Paulino Guerrero, quien además llegaría a ser administrador de las famosas cofradías “del Montón” de Carora que tenían a Burere como centro administrativo. Este Paulino Guerrero, último mayordomo de estas haciendas de la Iglesia fue el responsable, entre otras causas, de la debacle y extinción de estas ricas propiedades esclavistas de la Iglesia Católica de Carora, pues puso a nombre de sus herederos muchas posesiones de valor y los censos de tales haciendas de cofradías.
Estas estructuras de solidaridad de base religiosa, tal como las conceptualiza el francés Michel Vovelle a las hermandades y cofradías de la Iglesia Católica, eligieron en Carora en el año 1832 como Mayordomo al Alcalde Segundo Manuel Antonio Álvarez, cargo por el que fue electo por Joaquín Oropeza, Lázaro Perera, Francisco Morillo, Manuel Oviedo, Julián Delgado, Juan T. Espinoza, el Vicario interino José María Luna, Juan Bautista Aguinagalde, J. Evangelista Álvarez y Manuel Morales. Como notario público  firma Vicente Cabrales. Estas cofradías fueron unas de las pocas instituciones que quedaron en funcionamiento luego de la muy sangrienta Guerra de Independencia, auxiliando a los pobres, enfermos y viudas. También actuaban como primitivas entidades bancarias al prestar dinero a interés, y poseían  las extensas explotaciones agropecuarias con mano de obra esclava, unos 160 negros de la etnia tare, que tenía la Iglesia de Carora en las extensas y fértiles llanuras que van al oeste de la ciudad en la actual carreta Lara-Zulia, posesiones que perdió para siempre la Iglesia a mediados del siglo XIX y que son el antecedente de las grandes explotaciones agroindustriales del presente. Es de destacar que la Iglesia Católica tuvo el mérito de haber introducido desde comienzos del siglo XVII el ganado amarillo traído por los españoles de la conquista, el cual se adaptó muy bien al clima de estas regiones y que en el siglo pasado fueron cruzadas con razas bovinas  europeas y norteamericanas por el señor Teodoro Herrera Zubillaga, para dar nacimiento al Ganado Raza Carora, de fama universal.