martes, 27 de diciembre de 2016

Carl Sagan: ciencia y democracia

Este científico extraordinario, inteligente, magnifico divulgador de la ciencia a través de su serie televisiva Cosmos, partió prematuramente de la vida terrenal a los 62 años en la patria adoptiva de sus padres ucranianos: Estados Unidos. Allí nace en 1934 este jovial hombre que hizo de su batalla contra la pseudociencias, de los errores y las mentiras la singladura de su intensa vida. Se trata de los prejuicios y actitudes preconcebidas, los ídolos de la tribu, de la plaza, del teatro, de la caverna y del mercado contra los cuales nos advirtió Francis Bacon hace cuatro siglos en su Novum Organon.

Tengo entre mis manos unas de sus obras señeras:Los dragones del Edén,El cerebro de Broca,en donde nos advierte preocupado por el renovado interés que se observa en Occidente por doctrinas ambiguas, anecdóticas y a menudo manifiestamente erróneas que revelan una desidia intelectual, una endeblez mental y una dispersión de energías poco prometedoras de cara a nuestra supervivencia. Ya lo advertía  quien escribe a propósito de un libro descaminado y delirante que se hizo un Bestseller hace unas décadas: El retorno de los brujos.

Sagan se refiere a el famoso Triángulo de las Bermudas que devora buques y aviones; la astrología; los objetos volantes no identificados; la creencia de astronautas que vivieron en la antigüedad, la fotografía de espectros y fantasmas; la piramodología, que sostiene la peregrina idea de que una flor  se marchita muy lentamente si la cubrimos con una pirámide de cartón; la escientología; la “cara en Marte”;las auras y la fotografía kirliana; la vida emocional y preferencias musicales de los geranios; la cirugía psíquica; los modernos augures y profetas; el doblamiento a distancia de cuchillos; las proyecciones astrales; el catastrofismo velikovskiano; Atlantis y Mu; el espiritismo; y la doctrina de una creación especifica del hombre por un dios o dioses.
 Fue Sagan defensor a ultranza de lo que  llamó ese “maestro despiadado”, esto es, el método científico, y un escéptico notable, así como un gran acusador de la cultura del secreto, a la que tildó de incompatible con la  democracia y con la ciencia. Una de sus más célebres sentencias es la de que “la metafísica no tiene laboratorio”.


Se lamentaba amargamente de que el escepticismo (duda de lo que es aceptado como realidad), sus herramientas, no suelen estar al alcance de los ciudadanos de nuestra sociedad. Casi nunca se menciona en las escuelas norteamericanas, ni siquiera en la presentación de la ciencia, su más ferviente practicante, aunque también el escepticismo surge espontáneamente de las decepciones de la vida cotidiana. Nuestra política, economía, publicidad y religiones (nuevas y viejas) están inundadas de credulidad. Los que tienen  algo que vender, los que desean influir en la opinión pública, los que mandan- podría sugerir un escéptico- tienen un interés personal en no fomentar el escepticismo.
Sagan nos habló de muchas falacias o camelos: falacia contra el hombre, o sea: atacar a la persona y no a sus ideas; falacia del argumento de autoridad; falacia del llamado a la ignorancia; falacia de la pregunta sin sentido; falacia de la exclusión del medio; falacia del corto plazo; falacia del hombre de paja; falacia del terreno resbaladizo; falacia de las palabras equivocas, entre otras engañifas.Conocer la existencia de estas falacias retóricas y lógicas completa nuestra caja de herramientas, agrega Sagan, quien  afirma: “Como todas las herramientas, el equipo de detección de engaños, noticias falsas, puede usarse mal, aplicarse fuera de contexto o incluso aplicarse rutinariamente como alternativa al pensamiento. Pero si se aplica con juicio, puede marcar toda la diferencia del mundo, y nos ayuda a evaluar nuestros propios argumentos antes de presentarlos a otros”. No resulta gratuito que otra obra suya que hemos consultado: El mundo y sus demonios, se subtitule: La ciencia como una luz en la oscuridad.

Sagan no solo nos enseñó de manera magistral los misterios del cosmos,  las galaxias y de su favorito, el planeta Marte, sino que nos indicó alarmado de los graves peligros que corre la humanidad al no emplear de forma cotidiana y correcta el escepticismo y la critica, bases del pensamiento moderno. El pensamiento científico es necesario para salvaguardar nuestras instituciones democráticas y nuestra civilización técnica, sentenciaba. Y lo más importante y hermoso de su pensamiento es cuando proclamó que la ciencia no destruye la espiritualidad.

lunes, 26 de diciembre de 2016

El nacimiento del diario El Impulso



PRIMER NÚMERO  DE EL IMPULSO

La fundación del diario El Impulso en Carora el 1 de enero de 1904 ocurrió en el siglo XX de manera solo cronológica, pues el  violento siglo XIX extendió su ominoso  brazo mucho más allá, hasta llegar, como dijo Mariano Picón Salas, al año 1936: “Venezuela venía de devorar vidas humanas en las guerras civiles, en el azar sin orden de una sociedad violenta, en convulsionado devenir, sino también marchitó, antes de que fructificaran bien, grandes inteligencias. Venezuela, después de las guerras civiles de la segunda mitad del siglo XIX, es como una gran montonera, sin ejército, sin administración pública digna de ese nombre, donde el caudillo más guapo, inteligente o astuto se impone sobre los otros caudillos provinciales.”
FEDERICO CARMONA

Cómo fue posible que en este cuadro de calamidades, a la que agregamos  nuestra gran tragedia de cultura: un analfabetismo descomunal cercano al 90 por ciento, naciera en una  recoleta ciudad del semiárido larense un periódico como El Impulso de la mano del Br. Federico Carmona y su familia, tal es nuestro propósito de comprensión. He hablado de lo que llamo “el genio de los pueblos de semiárido venezolano”, una categoría de análisis para explicar la gran significación histórica de esta porción del territorio que, sin embargo, ha hecho aportes cruciales a la cultura nacional. Veamos.

El Estado Lara cuenta desde la Colonia con tres   focos de cultura: la “ciudad madre” El Tocuyo, Barquisimeto y Carora: el triángulo colonial y barroco de la Contrarreforma católica, misioneros capuchinos y franciscanos, lecciones de latín en sus conventos, música barroca,  clases de gramática y retórica. Sin casas superiores de estudios como la de Mérida, se distinguieron sin embargo José Ángel Álamo, Tomas Valero y Juan Agustín de la Torre, sabios de nuestro siglo XVIII.

La naciente Republica nos dio conformación política con la Provincia y el Estado Barquisimeto, así como dos Colegios Nacionales en Barquisimeto y El Tocuyo respectivamente, llega la imprenta con Pablo María Unda y Pablo Júdas, se erige la Diócesis de Barquisimeto en 1863. El ferrocarril y el telégrafo nos permitieron enlazarnos con el mundo. Los estudios superiores son decretados en 1884 con el Colegio Federal de Primera Categoría de Barquisimeto.

 Carora de entre siglos.

Carora, “ciudad levítica de Venezuela”, activo centro de comercio,   artesanías del cuero, famosas sus cofradías católicas. Se gesta allí desde el siglo XVIII la “godarria caroreña”, orgullosa de sus privilegios: Oropeza, Zubillaga, Perera, Gutiérrez, Riera, Álvarez, Herrera, Meléndez, Silva. Ejercen una hegemonía ideológica y cultural al crear sus centros de enseñanza, sus periódicos, sus clubes, dominan los cargos eclesiásticos. Urbe culta en hombres como el padre Espinoza de los Monteros, fraile Aguinagalde y sus cátedras latinas, Dr. Ezequiel Contreras y su Colegio San Andrés,  Lic. Rafael Antonio Álvarez con su Colegio La Paz, y las clases del Lic. Lázaro Perera; Dr. Ramón Pompilio Oropeza en el Colegio La Esperanza, fundado al calor del “patriciado caroreño” en 1890; Jaime Blanch, Andrés Riera Silva, Juan Bautista Franco, Dr. Juan José Bracho, general Federico Carmona, Br. Federico Carmona.

Llega la imprenta en 1875 y será su primer retoño La Patria.  Seguirán  El Bien Común, El Caroreño, La Égida, Los Rayos Roentgen, La Guirnalda, El Ideal, El Gran Partido Liberal, El Museo, La Palanca, El Voto Libre, Monitor, La Moral, Minerva, El Deber, El Adolescente, El Amigo de los Pobres, Vendimia, Le Petit Fígaro, El Impulso, El Diario de Carora. Un verdadero boom editorial, sorprendente para una pequeña ciudad.
MARIANO PICÓN SALAS


Llegan los Carmona a Carora.

Desde Río Tocuyo se traslada a Carora el general Federico Carmona. Es el padre del Br. Federico quien  fundaría  El Impulso. Este joven, una vez terminada su primaria con Ramón Perera, se traslada a El Tocuyo. Allí  recibe del Br. Egidio Montesinos y su  Colegio La Concordia  una enseñanza de corte eclesiástica, semiescolástica, con una gran influencia del espíritu balmesiano, una conciencia teísta y cristiana del mundo. Allí se forman eminentes hombres: Lisandro Alvarado, José Gil Fortoul, Ramón Pompilio Oropeza, Lucio Antonio Zubillaga, José María Riera, Hilario Luna Luna, Pedro Montesinos,  Rafael M. Garmendia, Lisandro Colmenárez, Gregorio Limardo, Rafael Linárez, Federico Yépez, Pedro Montesinos, Luis Lucena,  Roberto Montesinos. Observará  acá el joven Federico la impresión del periódico del Colegio llamado Fraternidad, que lo anima en el oficio de Gutenberg.

Una vez terminado su “trienio filosófico” vuelve a Carora, participa en los negocios de su padre, la casa comercial La Seductora, la Imprenta Torres, fundada en 1890. El Br. Rafael Lozada le enseña el arte de la tipografía en la Imprenta Sucre, y participa en las tertulias en su botica.  Federico acariciaba la idea de fundar un periódico  de circulación diaria desde 1888, pero las calamidades de la guerra se lo impiden. Para tal propósito adquiere una imprenta Washington y elabora  en su casa trabajos tipográficos, expendía sobres y tarjetas de toda clase, cuentos “preciosos y muy morales” para niños, y también realizaba la portentosa tarea de pedir  a solicitud libros a Caracas.

Por esos años los godos de Carora crearán dos instituciones que le darán conciencia de su grandeza espiritual: el Colegio La Esperanza en 1890, de la mano de Andrés Tiberio Álvarez y el Dr. Ramón Pompilio Oropeza,  así como el Club Torres en 1898, creado por el jefe del “mochismo”, el médico con estudios en Francia, Dr. José María Riera.



Nace El Impulso.

Fundar un periódico de circulación diaria en una ciudad de 8.000 almas fue considerado  insensatez. En la comarca venezolana que  recuerda más a Castilla se funda en un caserón del siglo XVII, el 1 de enero de 1904, una empresa de cultura por una familia. Nace el primer periódico de circulación diaria de Carora, toda una temeridad a la cual se le pronosticaban negros augurios.

Eran años en extremo difíciles. En 1902  protesta en los salones del Club Torres el Dr. Ramón Pompilio Oropeza “el violento y escandaloso ataque a la Soberanía Nacional hecho por Alemania e Inglaterra”. Una paradoja aquella inflama de nacionalismo, pues  Cipriano Castro había ordenado clausurar las aulas de su Colegio Federal Carora en 1900. Al cierre del Colegio se agregaba otra calamidad que venía del siglo XIX: las guerras civiles: la Revolución Libertadora de Matos estaba cerca de Carora, en 1903 la atacó el general revolucionario Juan Bautista Barráez.

Pero no todo era fatalidad. Al calor de la Encíclica  Rerum Novarum de León XIII, se echa a andar una iglesia social en Carora con los padres Lisímaco Gutiérrez y Carlos Zubillaga, quienes en 1900 fundan el periódico El Amigo de los Pobres, la obra El Pan de los Pobres, en 1902 el Hospital San Antonio, junto a  las Hijas de San Antonio de Padua, dotan de edificio al Hospital, abren una escuela nocturna para obreros en 1905, fundan la Sociedad Amigos de los Pobres y el Asilo San Vicente Paúl, la Banda Musical San Antonio. En 1911 inauguran el Hospital San Antonio, abren La Casa de los Pobres.

Un escenario de odio, pero también de humanismo ve nacer El Impulso, quien desde sus primeros momentos dio muestras de vigor, lo que explicaría por qué aquel humilde origen daría lugar al Decano de la Prensa de Venezuela. Sus fortalezas serán: es empresa familiar, en donde participan la esposa de Federico, Francisca Figueroa, sus hijos, con la asesoría  del Dr. Pedro Francisco Carmona. Es iniciativa particular que no espera dádivas de ningún César. Otra es su discurso universalista, a contracorriente del espíritu de campanario. Quiere comunicarnos con el mundo. Saluda  aquel momento de paz, el de la pacificación de Venezuela bajo la tiranía de Castro y Gómez. Exalta al telégrafo, la electricidad, que nos comunican “con todos los puestos del globo, todas las lenguas, todas las razas, la gran familia humana”, como se  lee en el editorial, que es todo un programa de intenciones para tender puentes con “ideas ajenas y el perenne influjo de los extraños sentimientos”.

Otra fortaleza: su relación con planteles educacionistas: la pasantía de Federico por las manos de Montesinos, en 1890  el general Carmona expresidente del estado Lara, es de los firmantes del Acta de Fundación del Colegio La Esperanza de Carora, junto al Dr. Ramón Pompilio Oropeza, Andrés Riera, Antonio M. Zubillaga, Andrés Tiberio Álvarez, Amenodoro Riera. Allí se inscriben sus nietos, Pedro Francisco, Federico José, Juan, y participará en las juntas examinadoras de 1891.  Participa el Br. Federico en pruebas de Geografía y Cosmografía, Geografía Política de América del Sur, Aritmética Práctica, Gramática Castellana, Latinidad, Griego. Juan Carmona, hijo del Br. Federico, fue Rector del Colegio Federal de Barquisimeto en 1920. Se preguntaba el Dr. Ramón Pompilio Oropeza cuál ha sido la influencia del Colegio Federal en los destinos de Carora. Respondía así: “un periódico diario, El Impulso, juicioso y organizado a la altura de los mejores del país, dirigido por alumnos del Colegio Federal Carora”.

 La etapa caroreña de El Impulso.

Dijo “Chío” Zubillaga: “El Impulso enseñó a leer a los caroreños”. En esos 15 años publicó a Baudelaire, Nicanor Bolet Peraza, Simón Bolívar, Eduardo Calcaño, Byron, Darío, Maupassant,  Pedro Emilio Coll, D´Annunzio, Manuel Díaz Rodríguez, José Echegaray, Tulio Febres Cordero, Dimas Franco Sosa, Bello, Benjamín Franklin, Víctor Hugo, Jorge Isaac, José Martí, Jesús Muñoz Tébar, Poe, José Asunción Silva, Pérez Bonalde, Tolstoi, Tourgueneff,  Vargas Vila, Zumeta, Polita de Lima, Arístides Rojas, Antonio Álamo, Stendhal, Lucio Antonio Zubillaga, Udón Pérez, Zolá, Goethe, Anatole France, Lombroso, Schopenhauer, Bécquer, Nervo, Chío Zubillaga, Lamartine, Blanco Fombona, Dumas, Shakespeare, Ramón Pompilio Oropeza, Nietszche, Alcides Losada, José Herrera Oropeza, Rodó. Un prodigio que una aislada ciudad se leyera tal florilegio de autores. El Impulso nos hizo entrar a la modernidad al crear el hábito de la lectura.

En 1915  publica el Álbum Poético de El Impulso, una apoteosis de cultura con 28 autores, constituyéndose en nuestra primera y más voluminosa antología poética del Estado Lara. Son poetas que llamará Hermann Garmendia “expresión de su ámbito telúrico, mariposas sentimentales, románticos poetas en tono menor, que emplean el romanticismo como una puerta de evasión, casi vírgenes de influencias extranjeras”: Simón A. Escovar, Gelasio Rivero, Hilario Luna y Luna, Ezequiel Bujanda,  hermanos Bracho de Carora.

La libertad de prensa será la  perseguida  de las dictaduras de Castro y Gómez. Languidece El Cojo Ilustrado. El  establecimiento en Caracas de  El Impulso se detiene bajo la censura del César en 1928 y la muerte del Br. Federico Carmona.






De Gutenberg a internet.

 El Impulso ha transitado un camino iniciado por el impresor alemán del siglo XV, hasta el presente globalizado por la comunicación satelital e internet. Se ha mantenido a distancia del sensacionalismo y cercano a la sobriedad de la cultura. No participa de la “civilización del espectáculo”  que puede hacer desaparecer la cultura, como denuncia Vargas Llosa. Ha comprendido que es agente necesario de formación de opinión.  En su deslumbrante sede enfrenta los retos del tercer milenio: la muerte de los impresos anunciada por Mc Luhan, así como la pertinaz  falta de papel. Pero, como siempre, saldrá adelante. Felicidades en estos 113 años.














lunes, 7 de noviembre de 2016

Kenji Nakagami y ese otro Japón

Kenji Nakagami es el enfant terrible de la literatura japonesa. Autodidacta, ganó sin embargo el más alto galardón literario de Japón, el Premio Akutagawa. Nació en 1946 en Shingu, en el ghetto donde viven los barakumin, los parias de la sociedad nipona. Ha atacado fieramente lo que ha llamado la “servidumbre mental nipona”, la ausencia de contestación, el ardor en el trabajo, la negación del individualismo, el respeto por las formas, por la autoridad y las jerarquías.
Japón no es un país aséptico, eficaz, organizado, productivo. Esa es la idea que trasmite la ideología imperial hacia el exterior y hacia los propios japoneses para que se mantengan tranquilos, nos dice Nakagami. Aparentemente Japón funciona a la perfección, su renta per cápita es de las más elevadas del mundo, desempleo mínimo; la miseria, ausente; la ancianidad, respetada; la sociedad estable y homogénea; la política, moderada; el fanatismo, prácticamente desaparecido; el refinamiento generalizado.
La represión que domina la vida en Japón la llama  este literato la “barrera invisible”, forjada por siglos de aprendizaje nacional que ha encerrado a cada japonés en un código represivo que les indica lo que debe hacerse y lo que no: El emperador es, se atreve a decir Nakagami, el símbolo de la esclavización.
 La tradición de la que se enorgullecen los japoneses no es tal. Se deriva del reciente periodo Meiji de finales de siglo XIX. Es, en palabras de Eric Hobsbawm, una verdadera “invención de la tradición”.  Fue durante la Era Meiji cuando la clase dirigente hizo creer que las reglas siempre habían sido respetadas. Era de hecho la una manera de negar a la población toda posibilidad de innovar por sí misma.
Es también Japón, agrega Nakagami, una sociedad excluyente. Excluye a los occidentales, que es el Otro por excelencia, y los designa con la palabra eufemística  y a veces irrespetuosa gaijin: los hombres de afuera. La exclusión no solo afecta a los extranjeros. Aflige también a los inmigrados, coreanos, chinos o filipinos que trabajan en Japón. Los japoneses no los “ven” y no los mencionan nunca.
 De manera más radical aún se ejerce una discriminación  despiadada desde hace siglos contra varios millones de auténticos japoneses que no se distinguen no por la raza ni por la lengua: los burakumin, una verdadera casta de intocables. Se estima que son unos cinco millones de estos japoneses genuinos que sufren de un ostracismo social y económico denigrante e indigno. Se les acusa de trasgredir las antiguas prohibiciones del budismo, ejercen profesiones despreciadas, sólo se pueden casarse entre ellos, viajan constantemente por el archipiélago en busca de reconocimiento. No lo logran, pues el koseki o registro del pasado familiar les impide conseguir trabajos. Empresas como Toyota o Nissan acuden a estos registros a la hora de contratar personal. Uno de los más destacados burakumin es precisamente Nakagami, quien se ha atrevido a reivindicar a su gente y a sí mismo como burakamin.
Este novelista nos traza así un cuadro de la sociedad japonesa contrario a las apariencias: lejos de ser homogénea y civilizada, es en realidad jerárquica, conminatoria, profundamente desigualitaria, basada en la exclusión del Otro y en la marcación de chivos expiatorios, como los barakumin y los inmigrados. Con la prohibición de hablar de ello, ni entre sí, ni a fortiori con los extranjeros: el hecho de mencionar estas prohibiciones conduce a la marginación social.
Las elites, dice Nakagami, desconfían de todo lo que venga del pueblo llano japonés. Prefieren inspirarse en el extranjero: Japón siempre ha importado. Es el caso del budismo que viene de China y Corea, la ciencia y la técnica de Estados Unidos, el Código Civil de Francia, el orden militar de Alemania. Y lo que es peor, Japón solo exporta  a Occidente objetos, no contenido.
Nakagami murió en 1992 con solo 46 años a cuestas. Un violento cáncer acabó en seis meses su vida de trasnochador amante del jazz, el teatro y adicto al alcohol de sochu. Eligio una forma de suicidio distinta a la tradicional japonesa: el harakiri. Nos deja una producción literaria interesantísima: El Cabo, su novela más personal; Mil años de placer, El mar de los arboles muertos. Nos ha mostrado este novelista ese otro Japón del cual no nos atrevíamos ni siquiera imaginar, universalizando a una minoría: los barakumin.  

sábado, 8 de octubre de 2016

El idiota de la familia


Cierta vez un compañero de estudios, medio loco él, me pidió que le ayudara a mudar su biblioteca, allá en la Mérida de los años 1970. Gabrielito, como le decíamos, me regaló al final de aquella tarea una novela que yo desconocía: Madame Bovary. Su autor era parecido a mi amigo, pues ambos sufrían de una especie de neurosis que los conducía a ataques de melancolía y de  misantropía. La leí con bastante agrado y me pareció una obra muy bien construida en lengua francesa, la lengua de la precisión idiomática.
Gustave Flaubert es el creador de aquel monumento de la literatura, que se desarrolla en una mogigata localidad de la Normandía del siglo XIX. El argumento es simple como ninguno, pero el tratamiento literario que le da Flaubert es extraordinariamente novedoso: una mujer común y corriente se casa con un médico bonachón que raya en la simpleza. Emma no es feliz y se aburre. Se entrega a los amantes y se endeuda para  mantenerlos a su lado. La familia se arruina por efectos de esa conducta. Ella  termina envenenándose con arsénico desesperada por las deudas y el abandono de sus amantes.
Años después me encontré con un breve pero genial ensayo de Mario Vargas Llosa: La orgía perpetua de Madame Bovary, que leí de un tirón, pese a las innumerables citas en francés, lengua que no domino bien. Es la primera novela moderna, afirma el peruano, quien agrega que al leer la novela de Flaubert sufrió lo que ha llamado un proceso de vampirización de su atención que pocas veces ha conseguido en otras obras literarias. 
La saga de mis lecturas continuó con El idiota de la familia, gigantesca obra inconclusa de 1.000 páginas con la que cierra su producción literaria y filosófica Jean Paúl Sartre. Es un estudio minucioso, hasta el más mínimo detalle, de la vida de Flaubert, que se basa en el método fenomenológico que Sartre aprendió en Alemania de las manos de Husserl y Heidegger. Es el método de la empatía o compenetración que el marxista Sartre combina con lo que llama una psicología profunda existencial para lograr la comprensión de este caso individual.


Sartre se coloca en la situación de Flaubert, ambos franceses y neuróticos, ambos han hecho de la escritura una forma de vida. Es la gran originalidad de esta obra, pues su autor crea su propia metodología: todas las ciencias rompen allí sus fronteras y se compendian para comprender, más no explicar, ese fenómeno idiosincrático, único en su singularidad que es Flaubert.
Gustave es un bueno para nada, pasa largas horas de ensimismamiento. Aprendió a leer a los nueve años: es el idiota de la familia, y que sin embargo será  a la postre uno de los mejores novelistas franceses. ¿Cómo comprender este fenómeno tan excepcional? Sartre analiza su obra a la luz de su vida, sus innumerables cartas, o anotaciones en un diario, o manifestaciones de familiares o amigos.
 Flaubert traslada al papel sus propios problemas, como hiciera Edgar Allan Poe. Por ello la obra de Sartre se explaya en largas explicaciones sobre el vasallaje, el fracaso, la inferioridad, el resentimiento y la envidia. Gustave es la historia de un fracaso. El método sartreano de análisis es el regresivo y la síntesis progresiva.  Aplica el primero a la dificultad de Flaubert para el aprendizaje de la lectura, en tanto que el segundo a la pasividad del niño que observa a lo largo de su toda vida. Un padre autoritario y una madre glacialmente afectiva moldean la existencia del escritor.
El titulo de la obra es una provocación, pues sus padres no lo consideraron un idiota, pero lo juzgaron de menos luces que su hermano mayor. Por ello el primogénito estudiara medicina como su padre. Gustave, en cambio, fracasará como estudiante de jurisprudencia. Es su “pasividad activa” que él mismo eligió. Es su resentimiento producido por la constante comparación con su primogénito. Digamos que su familia lo marca de forma indeleble, pero que su elección por la literatura es una transgresión a los moldes férreos de la familia.
La neurosis hace su aparición en esa alma atormentada. Es un ataque epileptoide en el cual se refugia Gustave para emprender sus actividades literarias. Es la huella de Freud, sin duda. La enfermedad es una regresión a la infancia y un asesinato simbólico de su padre. El fracaso lo convierte en genio a base de la  imaginación, la estética, el  estilo, el lenguaje con el cual convierten lo indecible en comunicable. “Quien pierde, gana”, concluye Flaubert. 
 La obra de un neurótico no es una obra neurótica, dice Sartre como  contradiciendo a Max Nordau, quien afirmaba que los degenerados y enfermos mentales producen obras de arte. En un análisis que hice a la literatura modernista de Baudelaire, Poe, Lautréamont, Verlaine, Darío y Lugones, a la cual ataca duramente el escritor larense Rafael Domingo Silva Uzcátegui, me encontré que este curarigüeño no coloca a Flaubert entre los degenerados.