sábado, 25 de febrero de 2017

La visión carnavalesca del mundo

El carnaval es uno de los fenómenos de la cultura popular menos comprendidos por la cultura y la estética burguesa contemporáneas, sobre todo los del siglo XIX. Este es uno de los sorprendentes criterios -entre muchos- del crítico literario soviético Mijaíl Bajtin (1895-1975) expuestos en  La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de Francois Rabelais, un memorable estudio, ya un clásico del siglo XX.

Con esta fiesta se ha cometido un anacronismo inaceptable, pues se ha visto deformada al modernizarla. No se ha comprendido que los festejos del carnaval, con todos los actos y ritos cómicos que contienen, ocupaban un lugar muy importante en la vida del hombre medieval, sobre todo en los países latinos: Francia, Italia, Portugal  y España.  Ofrecían una visión del mundo, del hombre y de las relaciones humanas totalmente diferentes,  deliberadamente no-oficial, exterior a la Iglesia y al Estado, dos instituciones graves y circunspectas.
La risa carnavalesca es ante todo patrimonio del pueblo, este carácter popular es inherente a la naturaleza misma del carnaval: todos ríen, la risa es “general”. La risa es, en segundo lugar, universal, el mundo entero parece cómico y es percibido y considerado en un aspecto jocoso. Por ultimo esta risa es ambivalente: alegre y llena de alborozo, burlona y sarcástica, amortaja y resucita a la vez. 


La risa influyó en las más altas esferas del pensamiento y en el culto religioso. Se escenificaban en la calle y en la plaza pública parodias y burlas de la liturgia religiosa, parodias y bufonadas de las lecturas evangélicas, de las plegarias, los salmos,  de las letanías, incluso de las más sagradas como el Padre Nuestro, el Ave María. Todo ello- y esto nos sorprende mucho hoy en el siglo XXI- tolerado en cierta medida por la Iglesia.
Los ecos de la risa  de los carnavales públicos repercutían en los muros de los monasterios, universidades y colegios. Con  un lenguaje cargado de groserías y palabras injuriosas  contribuía a la formación de una atmósfera de libertad. Se burlaban de la gramática latina, de la sabiduría escolástica aristotélica y hasta de los métodos científicos de principios de la Edad Media. La gramática jocosa estaba muy en boga en el ambiente escolar culto de la Edad Media. Es muy posible que hasta el muy grave “Doctor Angelicus”, Santo Tomás de Aquino, haya sido tocado algunas veces por la risa medieval. En su lecho de muerte pidió que le leyeran El cantar de los cantares, el más sensual y mundano de los episodios bíblicos.  San Francisco de Asís se designaba sí mismo “juglar del Señor”,  su original concepción del mundo con su alegría espiritual, su bendición del mundo material y corporal p
La literatura cómica latina del Medioevo llega a su apoteosis durante el apogeo del Renacimiento con el Elogio de la locura (1511) de Erasmo de Rotterdam, una de las creaciones más eminentes, afirma Bajtin,  del humor carnavalesco en la literatura mundial. Pero esto no queda allí, pues otros autores del Renacimiento tuvieron inclinaciones literarias análogas: Boccacio, Shakespeare, Lope de Vega, Tirso de Molina, Quevedo, Guevara y Cervantes. No sólo la literatura, sino también las utopías del Renacimiento y su concepto del mundo estaban influidos por la visión carnavalesca del mundo  y a menudo adoptaban sus formas y símbolos.  

 La panza de Sancho Panza -estética de la deformidad-, su apetito y su sed, son esencial y profundamente carnavalescos. El materialismo de Sancho, su ombligo, su apetito, sus abundantes necesidades naturales constituyen lo “inferior absoluto” del realismo grotesco, la alegre tumba corporal abierta para acoger el idealismo de don Quijote, un idealismo abstracto, aislado e insensible. Risa y seriedad en la novelística  de Cervantes, en la que el rechoncho escudero representa  las Carnestolendas, y el espigado Don Quijote  la Cuaresma.
Puede ser calificado de catolicismo carnavalizado.

La cultura cómica popular es infinita, muy heterogénea en sus manifestaciones, poseedora de una naturaleza ideológica profunda, tiene un inmenso valor como concepción del mundo y su valor estético es innegable. Solo la risa puede captar ciertos aspectos excepcionales del mundo, aspecto que no entendió y atacó el cristianismo primitivo y mucho después el siglo XVIII de la Ilustración, movimiento de las ideas dominado por la tiranía de la Razón.

Bajo la influencia de la cultura burguesa, la noción de fiesta no ha hecho sino reducirse y desnaturalizarse, aunque no llegara a desaparecer. La fiesta es la categoría primera e indestructible de la civilización humana, despojada de lo utilitario brinda los medios para penetrar, aunque temporalmente, a un universo utópico.  Ya lo dijo Goethe: “el carnaval es la única fiesta que el pueblo se da a sí mismo.”