domingo, 23 de diciembre de 2012

Guillermo Morón y el Colegio Federal Carora



Nacido en Cuicas, Estado Trujillo, el 8 de febrero de 1926, este reconocido historiador y literato venezolano, que ha alcanzado altas distinciones en su vida académica e intelectual, tales como el de Director de la Academia Nacional de la Historia, el Premio Nacional de Literatura en 1990, docente de la Universidad Simón Bolívar, y que ha escrito una prolífica obra histórica y literaria, comenzó sus estudios secundarios a los 15 años de edad en este viejo Colegio, que con el nombre de La Esperanza fundara el Dr. Ramón Pompilio Oropeza en 1890.
Sucedió en 29 de septiembre de 1941 cuando fue inscrito por su tío Alfonso Montero a cursar el primer año las asignaturas: Castellano y Literatura, Matemáticas, Ciencias Naturales, Geografía e Historia Universales, Francés, Latín y Raíces Griegas, Educación Artística. Sus compañeros de aula eran, entre otros, Joel Gutiérrez (+), Elina Mora, Clímaco Chávez, Ignacio Zubillaga, Ermes (sic) Chávez (+), Gonzalo García,  María Vásquez, su entrañable amigo Mario Oropeza (+), Ada Marina Crespo, Guillermo Betancourt. Eran un total de 30 primerañeros, de los cuales solo un puñado llegará a terminar estos exigentes estudios secundarios.
Era Guillermo el único de los muchachos que no era nativo del Estado Lara, pues el resto de sus condiscípulos lo eran de Carora, unos 24, casi todos de la llamada “godarria”; dos eran nativos de San Francisco; y otros dos de Aregue, poblaciones del interior del Distrito Torres. Era además uno de los más jóvenes, pues los había de 34 años: Evelio Barrios, José Antonio Gutiérrez; Octavio de Jesús Suárez contaba con 26; Gonzalo García de 25; otros de 23: Clímaco Chávez; Elías Perera y Ricardo Sulbarán contaban con 21 abriles; Octavio Alvarez y Andrés Rafael Chávez cifraban los 19. Hoy en día tal añosidad en modo alguno se permite en la secundaria diurna.
Al año escolar siguiente, 1942 a 1943, cursa Morón su segundo año. La matrícula se redujo a solo 10, pues al parecer los muy adultos, nombrados arriba, desertaron. Mencionemos a Guillermo Betancourt, Mario Oropeza, José Ramón Herrera, Alfredo Franco, José Luis Alvarez, Gonzalo Gutiérrez, Andrés Rafael Chávez, Herminio Rojas, José María Vásquez. Ninguna dama aparece en el registro de matrícula. Acá cursaron las asignaturas: Castellano y Literatura, Matemáticas, Ciencias Naturales, Geografía e Historia de Venezuela, Geografía e Historia Universales, Francés, Latín y Raíces Griegas, Educación Artística.
El tercer año comenzó el 16 de septiembre de 1943, y la cantidad de alumnos permanece igual, esto es, 10 alumnos, los cuales son los mismos del año escolar pasado. Cursan las asignaturas: Castellano y Literatura, Matemáticas, Física, Reina de las Ciencias Naturales, (observación nuestra), Química, Geografía e Historia de Venezuela, Geografía e Historia Universales, Ingles, Filosofía. Este plan de estudios ha debido de estimular de sobremanera a Morón a continuar estudios humanísticos, ello por la significativa cantidad de historias y de literaturas cursadas. Fue, pues, una impronta profunda que dejó en el joven cuiqueño nuestro viejo Colegio Federal Carora.
Así concluyó el joven Guillermo Morón, de 17 años,  su “Trienio Filosófico”, una rémora educativa que venía del siglo XIX, con lo cual se le otorgo el título de bachiller. Alentado por el conductor de juventudes Cecilio Chío Zubillaga, proseguirá sus estudios de tercer nivel en el recién creado (1936) Instituto Pedagógico Nacional, obtiene acá el título de Profesor de Geografía e Historia de Venezuela. Sus primeros ejercicios docentes los realiza en el centenario Liceo Lisandro Alvarado de Barquisimeto; dirige la redacción del diario El Impulso de esta misma ciudad crepuscular; obtiene una beca para realizar estudios doctorales en la Universidad Central (hoy Complutense) de Madrid, siendo el primer venezolano en adquirir el Doctorado en Historia en 1954.
Lo que sigue es harto conocido, sobre todo su rutilante vuelta a la literatura con la controversial novela El gallo de las espuelas de oro (1984), su columna el diario caraqueño El Nacional, su figuración política siempre alineada al conservadurismo, y sobre todo, debo destacar, la inmensa y no igualada cantidad de libros editados bajo su responsabilidad. Toda una obra de cultura y civilidad que me recuerda la realizada por el mexicano José Vasconcelos.
Esta es pues la historia personal de un humilde muchacho, hijo de una maestra de escuela, Rosario Montero de Morón, que a fuerza de tenacidad  y disciplina coronó una carrera como escritor y hombre público extraordinaria e impresionante, la cual, sin duda, tuvo sus atisbos y vislumbres en nuestro viejo Colegio de secundaria, hogaño llamado Liceo Egidio Montesinos.
Carora, 22 de diciembre de 2012.

Buenos Aires: Babel antártica



Regreso de esta magnífica urbe suramericana, la cual no conocía. Mi primera impresión es que se trata de una realidad europea trasplantada al continente americano. Unas palabras de Freud vienen a mi mente cuando el padre del psicoanálisis visitó  Norteamérica: “Estados Unidos es un error, un gigantesco error.” ¿Se podría decir lo mismo de la Argentina?. Esta idea me acompañó durante los seis días que permanecí en  ella durante la primavera austral.
Esos europeos venidos en su gran mayoría de la cuenca mediterránea levantaron una arquitectura agresivamente viejomundista en sus centros urbanos para enfrentar, digo yo, la desmesura de la geografía argentina, la inmensa pampa, los monumentales glaciales, la grandiosa cordillera de los Andes, y el descomunal Mar del Plata. Una realidad imposible siquiera de imaginar en Europa, un continente de proporciones comedidas.
Muchas lenguas venidas de cualquier parte del planeta se cruzan en los cafés, las aceras y las plazas.es el hogar de italianos, árabes, españoles, judíos, indígenas bolivianos o paraguayos, polacos, alemanes, chinos y rusos. Pero la lengua franca es el castellano o español. En la lengua de Lope de Vega y Rubén Darío se entienden y tienen comercio de la palabra aquellas abigarradas multitudes porteñas. Bien lo dijo Angel Rosenblat, ese gran polaco-argentino que hizo lo mejor de su obra en Venezuela, que el castellano iba a conservar su gran unidad a despecho de los que arguyen su desintegración inminente.
Es un país que rinde culto desmedido y hasta enfermizo a los hombres y mujeres resaltantes en su accidentada historia. Gigantescos murales de Evita Perón a los 60 años de su muerte, estatuas de Diego Armando Maradona, rostros sonreídos de Gardel, pegatinas del Ché Guevara, franelas con el rostro siempre impasible de Borges. Es, pues, una nación icónica. Con el patriarca Nicéforo podríamos parafrasear: si se suprime la imagen, no es la imagen de Gardel quien desaparece, sino la Argentina entera.
Los bonarenses son tristes, como lo escribió Ezequiel Martínez Estrada, pues  no oímos ninguna carcajada o algaraza, o algo que pudiera parecérsele en esa semana primaveral y porteña. Es lo que (des)anima al baile nacional, el tango. Una danza de los prostíbulos, un baile sin alma, “tiene algo del quejido apagado angustioso del empasmo”, nos dice este autor de Radiografía de la pampa (1933). Lo mismo cabe decir del carnaval, agrega el escritor de este sin igual ensayo histórico-sociológico: “El carnaval es la fiesta de nuestra tristeza.”
Pareciera que quieren los sureños expiar y lavar un pecado: el de haber exterminado las poblaciones aborígenes y haber borrado de la memoria a los esclavos negros. Por ello, creo, fuman en demasía hombres y mujeres; lo hacen  desmesuradamente, con desespero y en cualquier lugar.  Y lo que es peor, envenenan sus pulmones cuando más daño hace la nicotina: caminando. Pareciera que no leen los carteles colocados en cualquier sitio que previenen sobre ese vicio que está íntimamente conectado a la aparición del cáncer. Los fumadores, dice Freud, son seguidores crédulos y perpetuos. ¿Tendrá, en el caso argentino, razón el médico vienés?
Volvamos a la lengua, y para ello debemos referirnos necesariamente a esa creación argentina que se llama lunfardo, señal de identidad de los sureños que nació a finales del siglo XIX, que se deriva de los diversos dialectos de los inmigrantes. Borges señaló en alguna ocasión que “El idioma de los argentinos es mi sujeto. Esa locución “idioma de los argentinos”, será a juicio de muchos una travesura sintáctica, una forzada aproximación de dos voces sin correspondencia objetiva.” Es habla en castellano, sí, pero un castellano que no entenderán con facilidad otros latinoamericanos.
Es tan rica la lengua castellana cargada de argentinismos que ya a finales del siglo XIX, en 1873, el país vio nacer su primer diccionario de vocablos y expresiones rioplatenses, unos 1.266, el 90% de los cuales permanecen vigentes. Del lunfardo porteño se nutren muchas letras de los tangos, señaladamente los de Enrique Santos Discépolo, quien en vida adquirió un aura de verdadero profeta nacional con su tango Cambalache, compuesto en 1934. Veamos la primera estrofa de este llamado anti-himno: Que el mundo fue y será una porquería / ya lo sé…/ En el quinientos seis / y en el dos mil también / que siempre ha habido chorros / maquiavelos y estafaos,/ contentos y amargaos,/valores y dublé…/ pero que el siglo veinte / es un despliegue / de maldad insolente,/ ya no hay quien lo niegue./ vivimos revolcaos / en un merengue / y en un mismo lodo / todos manoseaos…
 ¿Hacia dónde va la Argentina? Pregunta difícil de contestar. Ernesto Sábato, escritor recientemente fallecido, decía al respecto: “La argentinidad es la que no deniega la hibridez de sus raíces, reconoce su ancestro europeo, pero no acata servilmente los modelos descendientes del viejo continente.” Y Julio Cortázar escribió: “Cuando digo Buenos Aires estoy diciendo la Argentina y América Latina. Para eso trato en la medida de lo posible de identificarme con toda la América Latina.” Por ello pienso que el destino de este país está en su plena aproximación a sus vecinos del Sur.
Carora, 21 de diciembre de 2012.

La Hallaca en la pluma de los intelectuales



Estoy leyendo un pequeño libro de Rafael Cartay, economista barinés y profesor de la Universidad de Los Andes, escenario académico donde tuve el privilegio de ser su discípulo cuando aún no había descubierto la gastronomía como centro de sus investigaciones. Se titula este bello y bien presentado trabajo La hallaca en Venezuela, editado por la Fundación Bigott en el año 2003, contentivo de 123 páginas. De allí extraigo buena parte de lo que voy a escribir sobre lo que llama este autor Una sinfonía multisápida, al referirse al plato navideño que nos hermana frente la mesa a los venezolanos en el mes de diciembre.
Debemos la curiosa denominación de plato barroco al escritor trujillano Don Mario Briceño Iragorri, quien en 1952 escribió: “La hallaca o tamal corresponde en el arte de comer a lo que el barroco representa en el arte de construir”. Y agrega el autor  de Mensaje sin destino que nuestro plato navideño: “Es la conjunción sibarítica del maíz de América con las finas carnes y los soporíficos aliños venidos de Europa: pasas, alcaparras, aceitunas, almendras, aceite, carne de vaca, carne de puerco, etc.” Y más adelante dirá Don Mario: “La hallaca que pudiera considerarse la apoteosis colonial del maíz indígena, es el plato de la América fiel al maíz. Representa la generosidad de la cultura que se nutrió  en el ámbito fecundo de la Colonia. El pan arcaico que se ofreció de molde para recibir los mil sabores de la mesa europea.” Este generoso juicio del trujillano para nuestro período colonial se debe comprender, puesto que Don Mario representa una corriente historiográfica llamada “revisionismo” el cual considera que no todo fue oscuridad y atraso en los tres largos siglos de dominio colonial español.
Uslar Pietri por su parte señalo que “Nuestra hallaca es como un epitome del pasado de nuestra cultura. En su cubierta está la hoja del plátano africano y americano, con el que el negro y el indio parecen abrir el cortejo de los sabores. Luego está la luciente masa del maíz. El maíz del tamal y de la tortilla y de la chicha, que es tal vez la más americana de las plantas. En la carne de gallina, las aceitunas y las pasas está España, en el azafrán que colorea la masa y las almendras que adornan el guiso están los siete siglos de invasión musulmana. Y la larga búsqueda de las rutas de las caravanas en la Europa medieval hacia el Oriente fabuloso de riquezas y refinamientos está presente en la punzante brevedad del clavo de olor.”
Armando Scannone, el gran ordenador y divulgador de nuestro corpus culinario, dice Cartay, la hallaca debió haber sido “el producto de la incorporación progresiva de la cocina y de los ingredientes europeos a un bollo de masa de maíz envuelto en hojas de cambur, típico de la cocina indígena, con la sazon fuerte y robusta de la cocina negra.”
Pues bien, el profesor Cartay nos presenta casi al final de su trabajo , página 110, el poema Elogio informal de la hallaca, del humorista Aquiles Nazoa, el cual dice así:
Pasadme el tenedor, dadme el cuchillo,
arrimadme aquel vaso de casquillo
y echadme en él un trago de vino claro,
que como un Pantagruel del Guarataro
voy a comerme el alma de Caracas,
encarnada esta vez en dos hallacas

Qué sabroso y suculento es el librito de Rafael Cartay, tanto como el motivo de su escritura, la apetitosa, exquisita y deliciosa hallaca, nuestro plato nacional por excelencia.
Carora, 4 de diciembre de 2012.