viernes, 28 de septiembre de 2012

Humocaro Alto,1959


Al caer la dictadura de Pérez Jiménez, la carrera docente de Expedito, mi padre, comenzó un rápido ascenso. Fue un perseguido del régimen de facto en Cubiro, en donde los esbirros lo sacaron del aula de clases en alguna ocasión, detenido por accióndemocratista. De tal forma, en septiembre de 1959 fue designado director de la Escuela Guayauta, situada en la pintoresca población de Humocaro Alto, gentil pueblecito andino que se recuperaba del terremoto de 1950 que destruyó a El Tocuyo. Aun estaban allí las barracas de zinc en la que se alojaron los aterrorizados lugareños después del sismo.
La escuela no tenía edificación propia, por lo que los distintos grados estaban dispersos en viejas casas de adobe y tejas. Expedito oyó de la visita a la Ciudad Madre del presidente Betancourt, a quien le dijo: “Presidente, tengo los alumnos en la calle…” Acto seguido ordenó el mandatario construir la moderna edificación escolar a un contratista italiano de apellido Molinari, quien justo al mes llegó a Humocaro con máquinas y obreros. No lograríamos ver culminada aquella ansiada obra, puesto que en 1960 fuimos trasladados a Carora.
Ha quedado asida a mi memoria la gigantesca mole geológica situada en Humocaro Bajo, así como los continuos viajes que hacia mi progenitor a El Tocuyo a la búsqueda de la quincena de los maestros, pues fue designado flamante director de aquel disperso pero amable instituto escolar en donde apenas pude cursar mi segundo grado. 

Por qué amo a Carora


Amo entrañablemente a Carora porque de barro nutricio me he alimentado por más de medio siglo.
Amo a la ciudad del Portillo porque ella ha sido mi hogar de adopción desde que fui arrancado de los Andes hace media centuria.
Amo a Nuestra señora de la Madre de Dios de Carora porque su antigua y vetusta arquitectura me conectó con un pasado que he tratado de comprender.
 Amo a San Juan Bautista del Portillo de Carora porque ella me ha dado fuerza, valor y entereza para mostrarme como soy, un hombre del semiárido venezolano.
Amo decididamente a Carora  porque tu nombre venerado jamás tembló de vergüenza o temor por salir de mis labios provincianos.
Amo a Carora porque su indumentaria extrovertida y locuaz completó mi andina timidez introvertida.
Amo a Carora porque resuenas como tu nombre, insistente y sin pausa hasta la extenuación.
Amo a Carora porque tu nombre sonoro se dice de forma semejante en cualquier lengua: cicada, cicala, cigarra, mannazikade.
Amo a Carora por tu insistencia y tenacidad de vivir y dar tus frutos en una geografía imposible.
Amo a Carora porque tu cielo estrellado ha sido mi cobijo en mis noches adolescentes, porque bajos tus raros aguaceros mostré mi virilidad sin miedo ni vergüenza.
Amo a Carora por el manto tachonado de estrellas de la virgen de la Chiquinquirá, por amplitud oval y terrosa de su rostro aindiado.
Amo a Carora porque acá sueña mi primogénito hijo José  Manuel con la faltante oreja de Van Gohg, las trenzas de Rapunzel y la cajita de dormir del Niño Jesús.
Carora, te amo entrañablemente porque tus amaneceres de campanas e inciensos me dieron una certera esperanza ultraterrena.
Amo a Carora porque aquí vi el rostro resplandeciente de tu sol y el  acabado  mestizaje de tus féminas.

Carora, 12 de septiembre de 2012.