viernes, 28 de septiembre de 2012

Por qué amo a Carora


Amo entrañablemente a Carora porque de barro nutricio me he alimentado por más de medio siglo.
Amo a la ciudad del Portillo porque ella ha sido mi hogar de adopción desde que fui arrancado de los Andes hace media centuria.
Amo a Nuestra señora de la Madre de Dios de Carora porque su antigua y vetusta arquitectura me conectó con un pasado que he tratado de comprender.
 Amo a San Juan Bautista del Portillo de Carora porque ella me ha dado fuerza, valor y entereza para mostrarme como soy, un hombre del semiárido venezolano.
Amo decididamente a Carora  porque tu nombre venerado jamás tembló de vergüenza o temor por salir de mis labios provincianos.
Amo a Carora porque su indumentaria extrovertida y locuaz completó mi andina timidez introvertida.
Amo a Carora porque resuenas como tu nombre, insistente y sin pausa hasta la extenuación.
Amo a Carora porque tu nombre sonoro se dice de forma semejante en cualquier lengua: cicada, cicala, cigarra, mannazikade.
Amo a Carora por tu insistencia y tenacidad de vivir y dar tus frutos en una geografía imposible.
Amo a Carora porque tu cielo estrellado ha sido mi cobijo en mis noches adolescentes, porque bajos tus raros aguaceros mostré mi virilidad sin miedo ni vergüenza.
Amo a Carora por el manto tachonado de estrellas de la virgen de la Chiquinquirá, por amplitud oval y terrosa de su rostro aindiado.
Amo a Carora porque acá sueña mi primogénito hijo José  Manuel con la faltante oreja de Van Gohg, las trenzas de Rapunzel y la cajita de dormir del Niño Jesús.
Carora, te amo entrañablemente porque tus amaneceres de campanas e inciensos me dieron una certera esperanza ultraterrena.
Amo a Carora porque aquí vi el rostro resplandeciente de tu sol y el  acabado  mestizaje de tus féminas.

Carora, 12 de septiembre de 2012.


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