sábado, 29 de agosto de 2015

Doctor Lucio Antonio Zubillaga y el Colegio Federal Carora

De antigua prosapia vasca, llegada a Venezuela en 1794 con don Agustín Luis Zubillaga, nace en Carora en 1867 y fallece en Caracas en 1928, este ilustre médico y educador caroreño, quien  junto al Dr. Ramón Pompilio Oropeza serán el pivote fundacional del Colegio La Esperanza o Federal Carora, institución creada al calor del patriciado caroreño el 1º mayo de 1890.
En 1882 comenzó su trienio filosófico con el Dr. Ramón Perera, su abuelo. Allí tuvo como compañeros al Dr. Hilarión Riera, Dr. Telésforo Montero, al futuro fundador del diario El Impulso, Br. Federico Carmona, y los bachilleres Ramón Caldada y Juan Antonio Figueroa. Como en Carora no se otorgaban títulos de bachiller se vio en la obligación de viajar a El Tocuyo en donde obtuvo el de Bachiller en Ciencias Filosóficas de las manos del Br. Egidio Montesinos, rector del Colegio de La Concordia.
En la Universidad de Caracas cursa estudios de medicina y cirugía. Su padre, Antonio María, viajó en esa ocasión, año 1889, a la capital para entrevistarse con el Dr. Juan Pablo Rojas Paúl, Presidente de Venezuela, con el fin de pedir se abriese en Carora un colegio federal. Estas diligencias no dieron los frutos esperados. En 1890 los jóvenes Lucio Antonio, Salomón Curiel y José María Riera llevarán al Dr. Raimundo Andueza Palacio, Presidente de la República otra petición semejante y que hiciera el jefe civil del Distrito Torres, don Andrés Antonio Álvarez.
 Hablaba con fluidez la lengua latina y fue gran amigo del escritor Manuel Díaz Rodríguez, autor de la novela Ídolos rotos. En una ocasión, cuenta el Dr. Ambrosio Perera, que Díaz Rodríguez entregó su tesis de grado a Lucio Antonio, quien a su vez la entregó al jurado como de su autoría, y otro tanto hizo el caroreño  al entregar la tesis de Díaz Rodríguez como suya. Ambos aprobaron excelentemente. Recibe el título de Doctor en Medicina y Cirugía en la Universidad de Caracas el 2 de diciembre de 1891.
Regresó a su ciudad natal en donde desplegó una gran actividad en la profesión médica y e hizo una intensa actividad como Vicerrector del Colegio La Esperanza o Federal Carora desde 1891 hasta su muerte en 1928, ocurrida a la edad de 62 años.
 El acta de fundación del Colegio aparece sin el nombre de Lucio Antonio, pues se incorporó a la nueva institución en 1891. En 1894 lo encontramos firmando el primer grado de Bachiller en Ciencias Filosóficas egresado de La Esperanza otorgado a Ignacio Zubillaga Perera. Todos estos grados de bachiller serán en lo sucesivo estampados con la rúbrica de Lucio Antonio. De entre ellos mencionaremos a Beltrán Perdomo, Pedro Francisco Carmona, Pablo Álvarez, Porfirio Álvarez, Guillermo Cañizález, Dimas Franco Sosa, Fortunato Franco Sosa, juan Bautista Franco, Lucio Montes de Oca Silva, Rafael Tobías Marquís, Carlos Zubillaga, Jacobo Curiel, Juan Bautista Zubillaga, Fernando Yépez Bracho, Pablo José Arapé.
En 1900 tuvo la desagradable experiencia de escribir en los libros del Colegio que en el año académico de 1899 a 1900 no hubo cursos por causa de la guerra. En agosto se suprimió el Colegio Federal y en septiembre del mismo año se abrió como particular. Eran los años de la invasión de Cipriano Castro, quien al llegar al poder suprime el Colegio caroreño por conducto del ministro Eduardo Blanco. Otra tragedia ocurrió en 1903, cuando el Colegio particular fue suspendido por causa de la guerra civil. Eran los años de la Revolución Libertadora y cuando el general revolucionario Juan Bautista Barráez atacó a Carora, perdiendo la acción.
Ante el bloqueo de las costas venezolanas por las naves alemanas e inglesas, el Club Torres emite un acuerdo de protesta firmado por su presidente Dr. Ramón Pompilio Oropeza, Rafael Losada, Ignacio Zubillaga, Rafael Tobías Marquís y Lucio Antonio Zubillaga.
Cuando el presidente Juan Vicente Gómez, por intervención del ministro José Gil Fortoul, decide reabrir el Colegio caroreño en 1911, allí aparece firmando nuestro Lucio Antonio el Acta de Reinstalación, junto al Dr. Ramón Pompilio y Rafael Losada.
En 1917 dictaba nuestro Lucio Antonio las asignaturas zoología y química. En 1893 dirigió el periódico El Voto Libre, conjuntamente con los doctores Juan  José Bracho y Ramón Pompilio Oropeza.
Este destacado galeno y educador caroreño falleció en Caracas en 1928 cuando fue a realizarse allí una delicada intervención quirúrgica. Apenas una pequeña placita situada frente al Liceo Egidio Montesinos nos recuerda los inmensos beneficios que hizo este extraordinario hombre a la salud corporal y espiritual de los caroreños.

Rafael Domingo Silva Uzcátegui contra el poeta Rubén Darío

En 1925 escribió este curarigüeño, larense y venezolano un polémico libro titulado Historia crítica del modernismo en la literatura castellana, obra con la cual ganó premio de la Real Academia la Lengua Española en 1927. Es un libro casi desconocido, pues apenas se editó una vez. Nos ha sorprendido en grado sumo que se trata de un ataque despiadado y artero a los poetas que lograron un enorme y extraordinario cambio en la apolillada y envejecida literatura castellana del siglo XIX y comienzos del XX, los poetas estadounidenses, los simbolistas franceses, Rubén Darío y Leopoldo Lugones.
Silva Uzcátegui ha sido conocido por su muy popular Enciclopedia larense, editada en 1941, o por Historia biológica de Bolívar, escrita en 1954, pero casi nadie ha reparado en sus obras de juventud, tales como la mencionada Historia crítica del modernismo y también Psicopatología del soñador, escrita en 1931. En estas últimas obras nuestro autor se revela como un profundo conocedor de la medicina psiquiátrica positivista de entonces, pues se hizo médico psiquiatra de manera autodidacta, y basándose en unos inaceptables criterios del médico judío húngaro y cofundador del sionismo Max Nordau, expuestos en su libro Degenerados, escrito en 1891, califica a los poetas modernistas de enfermos mentales, que han producido una literatura desequilibrada, afeminada, anormal, psiquiátrica. En suma, son unos degenerados.
En este sentido, serán unos degenerados los escritores estadounidenses Edgar Allan Poe y Walt Whitman, los llamados “poetas malditos” franceses: Baudelaire, Lautréamont, Mallarmé, Verlaine, Moreas y los latinoamericanos, fundadores del modernismo y de la poesía genuinamente hispanoamericana: el nicaragüense Rubén Darío y el argentino Leopoldo Lugones. Como es bien sabido de sobra estos son los grandes y consagrados literatos del siglo XIX y comienzos del XX, pero que Silva Uzcátegui, atrincherado en la ciencia médica positivista y los malsanos criterios del criminalista judío italiano Césare Lombroso y de Max Nordau, así como en un estrecho casticismo que quiere mantener a la lengua castellana en su pureza y lejos de la contaminación francesa, los califica de corrompidos y malsanos galicistas.
Así, del poeta Rimbaud y su la “audición colorada”, su creación más extraordinaria, será para Silva Uzcátegui un fenómeno que es síntoma de una grave perturbación mental: “Rimbaud insulta, ensucia convierte en fealdades en pequeñas composiciones en verso o en prosa en horribles idilios, cuyas imágenes corrompidas hasta la inmundicia son más de un bribón que de un hombre cualquiera”.
Estas malintencionadas ideas de Silva Uzcátegui no las comparten  Pedro Henríquez Ureña, el Nobel de Literatura Octavio Paz, Jorge Luis Borges, ni los venezolanos Luis Beltrán Guerrero y Mariano Picón Salas. Estos insignes escritores sostienen que los modernistas revolucionaron el lenguaje poético de España  y de América Latina,  “que necesitábamos, dice Picón Salas, afrancesarnos, anglizarnos, germanizarnos”. Así dirá el caroreño Luis Beltrán Guerrero que: ¨Desde 1888, Darío inicia el uso del vocablo modernismo, que significa la libertad y el vuelo, y el triunfo de lo bello sobre lo preceptivo, en la prosa y la novedad en la poesía, dar color y vida y aire y flexibilidad al antiguo verso que sufría anquilosis, apretado entre moldes de hierro”.

Estas fueron las ideas que expuse en un ensayo titulado Rafael Domingo Silva Uzcátegui. Más allá de la Enciclopedia Larense: Psiquiatría y literatura modernista, con el cual participé en el Segunda Bienal Literaria Antonio Crespo Meléndez, renglón Crónica Social ganando, para mi gran satisfacción y orgullo, el primer lugar frente a otros doce ensayos participantes. En la mención poesía resultó ganador Erasmo Fernández. Tal evento de las letras fue organizado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura,  Alcaldía del Municipio General de División Pedro León Torres, y la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello.
Ese premio consiste en la publicación de ambos trabajos y de un premio en metálico. Debo confesar que en mi ya larga trayectoria como escritor, es la primera vez que me atrevo a incursionar en la literatura cuando mi formación académica ha sido fundamentalmente histórica. Ello me produjo gran satisfacción y placer al sentirme capacitado para explorar con éxito otros campos del saber. Por último debo decir que en internet podrán leer este ensayo en mi blog Cronista Oficial de Carora. Gracias.

Lucien Febvre comete anacronismo con la risa de Rabelais

En un ensayo que titulé Ocho Pecados capitales del historiador, 2007, destaqué con Lucien Febvre que el más imperdonable pecado que puede cometer un historiador es el anacronismo, es decir interpretar el pasado con los esquemas mentales del presente: modernizar el pasado. Este historiador francés, quien con Marc Bloch fundaría la Escuela de Annales en 1929, enojado y movido por la pasión escribió un libro clásico de la historiografía: El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais, 1942. Y digo que enojado porque en esos días Abel Lefranc y su escuela sostenían que este gigante de la literatura francesa era un militante de la fe racionalista. ¿Racionalismo en el siglo XVI­? Imposible decía el exaltado y ofuscado Febvre. Rabelais no podía de manera ser ateo en aquel “siglo que quiere creer”.
La incredulidad no existía en el siglo XVI, y tal condición del espíritu humano se la debemos a los siglos venideros: el siglo XVIII y el corrosivo sistema filosófico de la Ilustración, al siglo XIX y su antimetafísico positivismo comteano, al darwinismo, y a la radical crítica de la religión de Marx y Engels. Febvre analiza el utillaje mental del siglo XVI y dice que Rabelais. No tenía las suficientes y adecuadas palabras para negar la existencia de Dios. No tenía ni absoluto ni relativo, ni confuso ni complejo, ni virtual, ni causalidad, ni regularidad, ni concepto, ni criterio, tampoco análisis, ni síntesis, ni deducción, intuición aparecerá con Descartes, ni coordinación, ni clasificación. Tampoco existía la palabra sistema, palabra clave del racionalismo. Ni deísmo ni teísmo. Materialismo deberá esperar a Voltaire, y  escepticismo con Diderot. Otras palabras que no estaban al alcance de Rabelais son fideísmo, estoicismo, quietismo, puritanismo, conformista, libertino, librepensador, tolerancia, irreligioso, controversia. Tampoco conocía telescopio, lupa, microscopio, barómetro, motor, orbita, elipse, parábola, revolución.
Pero, por qué Febvre comete anacronismo en su libro, nos preguntamos. La respuesta nos la da el sabio soviético Mijail Bajtin en su magnifica obra La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de Francois Rabelais, 1941, quien afirma que la tesis de Lefranc como la de Febvre nos apartan de la correcta comprensión de la cultura del siglo XVI. Ambos ignoran la cultura cómica popular del medievo y el renacimiento. Solo la seriedad es aceptable. La acusación de Febvre a Lefranc es justa, pero él mismo cae en el pecado del anacronismo al tratar la risa. Escucha la risa rabelesiana con el oído del hombre del siglo XX, no como se escuchaba en 1532. Por eso no puede leer Pantagruel con los ojos de un hombre del siglo XVI.
No comprende Febvre el carácter universal de cosmovisión, ni la posibilidad de una concepción cómica del mundo, sostiene Bajtin. Solo se fija en aquellos pasajes en los que Rabelais no ríe, en los que permanece perfectamente serio. Cuando lo hace lo considera unas chanzas inocentes incapaces de revelar ninguna cosmovisión auténtica: ya que según él toda cosmovisión  debe ser seria. Allí es donde Febvre aplica al siglo XVI un concepto de la risa que pertenecen a la época moderna y más aún al siglo XIX. Incurre en consecuencia en un anacronismo y una modernización flagrantes. La impiedad no la ve por ningún lado, no era un propagandista consciente del ateísmo. Solo encuentra viejas bromas clericales, habituales antes de Rabelais.
Posiblemente Febvre considera a la risa igual en todas las épocas, y que la broma fue siempre eso: una broma. Ignora la visión cómica del mundo que evolucionó durante siglos y milenios para organizarse en las múltiples formas de la cultura popular: una totalidad inmensa y unitaria: la cosmovisión popular y carnavalesca. Ignoró la parodia sacra, la risus paschalis y la inmensa literatura cómica del Medievo y las formas espectaculares y rituales del carnaval. Deja de lado Elogio de la locura de Erasmo, precisamente el libro que más nos conecta con el mundo de Rabelais.
El aspecto cómico es universal y se propaga por todas partes. Febvre no capta este universalismo, el valor de la risa como cosmovisión, ni su especial criterio de verdad. Hoy hemos perdido el sentido de la parodia. Creo que debemos leer y volver a escuchar con nuevos oídos muchas de las obras de la literatura mundial del pasado, sentencia Bajtin.
En Carora, verdadero bastión de la comicidad en el occidente de Venezuela, he encontrados señales de una cultura cómica desde los siglos XVII en adelante. Sobrenombres como La Palillos, El Pobre Tatareto, son algunos de ellos encontrados en viejos infolios de la Iglesia Católica. Tenemos cómicos y muchas fiestas porque no tuvimos Ilustración, diría Octavio Paz.