lunes, 3 de septiembre de 2012

Hace 11 años fue sembrado el educador, folklorista y ambientalista sanareño


 
 
 
Quien en su fecunda vida fue Director del Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza, cofundador de los Parques Nacionales Dinira y Saroche. Dos planteles educativos llevan su nombre, uno en Carora y otro en Barquisimeto. Todo motivación y  hacer cultural era su persona.
Homenaje que le rinden su esposa, hijos, nietos y bisnietos.
Paz a su alma.
Fotografía tomada  en su pueblo natal por Mateo Viera en 1943.

Carlos Fuentes: Un Nobel que no fue


Seguramente tenía frente a sí como numen el cuadro Las Meninas de Velázquez, cuando el inspirado y prolífico escritor Carlos Fuentes comenzó a escribir Terra Nostra, la gran novela que, sin duda, le sobrevivirá. Su estructura tripartita está repleta de evocaciones históricas, lingüísticas, mitológicas, poéticas, y pictóricas, las que nos sumergen en una galería de espejos fascinante. Un mundo de sueños que tiene como conexión el milenarismo, la antigua creencia en la segunda venida de Cristo y que ha llegado a nuestros días en proyectos utópicos de toda laya. Sus tres partes son: I. El viejo mundo; II. El mundo nuevo; y III. El otro mundo. Con tal prodigio en el uso del engaste o muñecas rusas  ganó el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos en 1977, galardón que han obtenido otros tres mexicanos: Fernando del Passo, Angeles Mastretta y Elena Poniatowska.

 Es esa novela, paradigma de la creación totalizante, un viaje en el tiempo desde los Reyes Católicos, los Austrias, hasta examinar el complejo del poder mesiánico de los líderes latinoamericanos. El nepotismo, el patrimonialismo español, que han impedido, sostenía, hacer que México se convirtiera en una nación plena y cabalmente moderna. Idea que compartía con el Nobel de Literatira Octavio Paz (1914-1998). Por ello sostenía que lo que separa a México de los Estados Unidos no es una frontera: es una cicatriz. La herida se está abriendo de nuevo, advertía en 1992.

Quien no haya leído tan monumental novela, género literario como producto de la modernidad, decía Fuentes, hágalo leyendo otro grandioso trabajo suyo escrito en ocasión del Encuentro de Dos Mundos en 1992: El espejo enterrado. Se refiere Fuentes a los  espejos de obsidiana encontrados en El Tajín precolombino hasta los espejos cervantinos y velazquianos, lo que se constituye en una biografía espiritual de los dos mundos. Allí esta España, ese “Enigma histórico” como la calificó el historiador  Claudio Sánchez Albornoz: griega, cartaginesa, romana, visigoda, árabe, judía, y ahora sudaca, agrego yo, hasta encontrarnos con esa Iberoamérica mestiza, barroca y surrealista. Dice el mexicano, de la misma manera que nuestro Uslar Pietri: que de España heredamos el terror y al mismo tiempo la fascinación por la muerte. Es lo que yo he llamado la muerte barroca.

Fue el polígrafo Alfonso Reyes, al que conoció en Brasil, quien lo introdujo en la literatura. Le enseño a leer los clásicos en primer lugar para luego leer a los modernos, “solo así nace la verdadera literatura”, le recalcaba. Además le señaló que la tradición cultural del mundo era nuestra (los latinoamericanos) por derecho propio. Reyes lo regañaba por no haber leído a Donne, Sthendal, Marlowey, Sterne, a quienes el joven Carlos leyó en sus propias lenguas por su condición de políglota, pues era hijo de un diplomático, fue por ello nació por azar en Panamá en 1928.

Muere Carlos Fuentes a los 83 años de un ataque al corazón, decepcionado de la izquierda latinoamericana, en especial de la revolución cubana y del sandinismo, tras haber tenido la muy dolorosa pérdida de sus hijos, haber incursionado en el ensayo político, el séptimo arte, y sin haberse hecho merecedor del Premio Nobel de Literatura, galardón para el cual tenía méritos sobrados el autor de La región más transparente, Gringo viejo y La muerte de Artemio Cruz. En varias ocasiones pensé que podía hacerse con el premio de la Academia Sueca antes que el peruano Mario Vargas Llosa.

Paz a su alma, manito.

Carora, 15 de mayo de 2012.

 

 

Víctor Hugo interpretado en Carora, 1891


La enorme fuerza del romanticismo literario, encarnado en la obra del escritor francés Víctor Hugo, 1802-1885, tuvo eco en Carora de finales del siglo XIX. En efecto, fue al finalizar el primer año del “trienio filosófico” que se dictaba en el Colegio La Esperanza cuando el 6 de agosto de 1891 se llevó a efecto la entrega de la Medalla de Honor a los alumnos más destacados de aquel Colegio de secundaria recién fundado el 1º de mayo de 1890 por el Dr. Ramón Pompilio Oropeza, Andrés Tiberio Alvarez y Amenodoro Riera como financistas del novel instituto que nació como particular o privado, al calor del “patriciado caroreño”.

Ese emotivo acto tuvo como escenario la iglesia de San Juan Bautista. Su barroco de sobrio estilo fue testigo de aquel memorable momento en nuestra historia educacionista, iniciándose con un discurso de Monseñor Maximiano Hurtado, prelado tocuyano residente en nuestra ciudad. Luego leyeron Don Agustín Zubillaga y el Dr. Tertuliano Herrera unas composiciones poéticas. El Rector del Colegio, Dr. Oropeza leyó el Acta de la Medalla de Honor,  ganada por el joven siquisiqueño Rafael Lozada. El médico y poeta Juan José Bracho pronunció el discurso de orden y el Dr. Hurtado cerró el acto con un Te Deum cantado solemnemente.

Pero a mitad de aquel acto, dice Cecilio Zubillaga Perera en sus Obras Completas, tomo II, página 214, el señor Mateo Trovat, seguramente un músico francés de pasada por estos lares, cantó un retazo de Hernani, una obra de teatro escrita por el autor de Los Miserables, que representa el triunfo del romanticismo literario sobre la contención, equilibrio, permanencia de nuestro clasicismo, estrenada en el Teatro Francés de París  el 25 de febrero de 1830. Hugo narra la tragedia del  bandido Hernani y su amante Doña Sol,  obra ambientada en la España medieval, por lo que se reconocen allí elementos góticos y una exaltación al amor natural. Hernani es una localidad vasca, lugar de misterio de esa “península de pasión”, como gustaba llamar Hugo a  España.

Esta anécdota pone de manifiesto que entre nosotros el romanticismo decimonónico alargó su influencia hasta bien entrado el siglo XIX, centuria dominada por la filosofía positivista, contraria a todo elemento metafísico, emocional, así como a los elementos naturales. Aunque debemos destacar que la traducción castellana omitió deliberadamente los ataques y las críticas a la religión. Seguramente Monseñor Hurtado leyó el retazo a ser cantado por Trovat con anterioridad, permitiendo de tal manera que aquella inmortal obra se cantara en nuestro recinto religioso. Otra hipótesis que planteo es la que Trovat interpretara la traducción castellana de Eugenio Ochoa, quien retiró del texto lo que percibía como inmoralidad, lo que en España se traduce como ofensa al catolicismo.

Víctor  Hugo dominó la literatura francesa del siglo XIX y se le considera el equivalente francés de Shakespeare. Otros críticos dicen que resulta esclarecedor compararlo a Charles  Dickens, autor de Historia de dos ciudades. Durante su vida se vendieron más de un millón de ejemplares por año en su país y era muy leído en el extranjero. Los Miserables, por ejemplo, fue editada simultáneamente en ocho grandes capitales del mundo. Más de 55 óperas se basaron en sus obras, proyectadas y esbozadas por un variado grupo de compositores, tales como  Bizet, Warner, Mussorgsky, Medelsshon Berlioz, Liszt, Rachmaninoff, Verdi, entre otros. ¿Cuál de las versiones musicales de estos compositores fue la que interpretó el señor Mateo Trovat en la iglesia de San Juan aquel día 6 de agosto de 1891 en la “levítica ciudad de Venezuela”, Carora? Quizá jamás lo sabremos, pero el lector podrá inferirlo utilizando para ello cierta perspicacia.

Carora, 25 de julio de 2012.

Genes Caquetíos


Entre los estados Falcón y Lara, occidente de Venezuela, existe una antiquísima relación que es muy anterior a la llegada de los europeos en los siglos XV y XVI. En efecto, estudios recientes del ADN mitocondrial efectuado por el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, ha establecido una base genética común en las poblaciones de ambos estados, así como  de la isla de Curazao, que tiene varios milenios de establecida. Esa relación se prolonga hasta el presente y se puede observar en nuestros rasgos fenotípicos como la estatura, el color de la piel, el pelo, entre otros aspectos de nuestra base genética aborigen común. Nicolás Federmann  fue el primer cristiano en darse cuenta de aquello al arribar a estas tierras en 1530. Estuvo en el valle del río Turbio, en las cercanías de Barquisimeto, en donde observó una concentración humana y una economía de cultivos notables. Notó que hablaban la misma lengua que la que oyó de los habitantes de las costas corianas y de Paraguaná.

Era, en efecto, una gran nación la caquetía, pues, según sostiene Reinaldo Rojas,  se extendía desde Cuba por el norte hasta adentrarse en Colombia, en la zona del Caquetá. El jefe de este vasto estado en transición hacia  un estado centralizado era el Gran Diao, quien gobernaba con su casta sacerdotal y sus funcionarios reales desde Coro, “lugar de los vientos”. A la llegada de Juan Ampíes era gran Diao  caquetío el cacique Manaure, quien  recibió espléndidamente y con grandes atenciones al español y sus huestes. Ese estado embrionario gozaba de eficaces comunicaciones, un sistema de correos que hacía llegar las noticias en relativamente poco tiempo en sus dilatadas extensiones. El Diao podía hacer largas travesías por aquellas inmensidades acostado en una hamaca cargada por hombres que se iban cambiando por  otros frescos según los alcanzara el cansancio y la extenuación. Tal ruta de contactos le permitió a Manaure huir de los maltratos de los Welser e ir a refugiarse a un lugar no determinado del estado Apure, limítrofe con Colombia. Allí llego enfermo y desolado por la actitud de los teutones. Murió lejos de su lugar de nacimiento, siendo enterrado con toda la magnificencia de su estado de nobleza en las cercanías de San Fernando.

Acabo de regresar de Paraguaná. Allí pude observar la misma mirada, los mismos semblantes y actitudes que son semejantes o muy parecidos a las de mis paisanos de la Otra Banda, de Río Tocuyo o de Barquisimeto. Recorrer la Península es como adentrarse en las carreteras serpenteantes que van a Siquisique o Baragua, en el municipio Urdaneta, o transitar los cardonales de La Candelaria o de Taguayure, en el Municipio Torres del estado Lara. Sequía, tunas, cabras y cardones dominan la geografía, así como las relaciones de parentesco amplias y extendidas que les permiten sobrevivir gracias a la cooperación en estos lugares de extrema escases del recurso agua. Ello explica la muy significativa cantidad de apellidos como Chirinos, Petit, Amaya, Yajure, Corobo, Véliz, Leal, Colina o Alvarez  desparramados por estas cálidas extensiones del semiárido larafalconiano, formando unas tramas de familiaridad  y de solidaridad  no conocidas en otros lugares de Venezuela. A todo ello debemos agregar la vivencia un catolicismo popular de signo mariano, que de tan firme arraigo  ha cohesionado tantas comunidades dispersas del semiárido.

Esta magnífica construcción social ha sido poco comprendida y poco estudiada por nuestros historiadores, antropólogos  y sociólogos. Quizás se deba ello a que la mirada desde el presente no nos permite comprender ese rico pasado que fue común, que las artificiales divisiones políticas y administrativas de la Venezuela petrolera han ocultado. Se requiere de una visión que vaya más allá de los que los estados Falcón y Lara, por separado, no nos permiten avizorar ni ver.

Yo me atrevo a afirmar que existe en estos dilatados y soleados parajes, cálidos y soleados del occidente venezolano, algo así como lo que he llamado “genio de los pueblos del semiárido venezolano”. Tal idea se me ha ocurrido al leer lo que  sobre  Lisandro Alvarado escribió Mariano Picón Salas al referirse el sabio tocuyano a la “ciencia jafética y europea”, con la que no es posible comprender muchos aspectos de la psicología y la cultura de los pueblos no blancos. Se trata de otra lógica, que nada tiene que ver con el sistema de ideación occidental. Es acaso-dice el merideño- por su “antijafetismo” que se interesa Alvarado por todo lo popular venezolano: la canción o el cuento folklórico, la palabra indígena o la receta del brujo. Es una mirada que desde la antropología histórica, tal como la cultivó Marc Bloch, está por hacerse en estos pocos comprendidos lugares de nuestra geografía espiritual venezolana.

Carora, 22 de julio de 2012.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hermann Hesse: medio siglo


El 9 de agosto 1962 murió en su patria de adopción, Suiza, el eminente escritor alemán Herman Hesse, quien formó una trilogía cumbre, en el siglo que nos dejó atrás y en la lengua de Heine y Goethe con otros dos notables escritores: Thomas Mann y Berthold Brecht. Esto literatos cautivaron nuestra juventud en la década de 1970 mientras realizábamos estudios universitarios. En Mérida era común encontrar compañeros de estudios con un ejemplar de El lobo estepario, o bien  Demian, novelas que nos introducían en una atmósfera emotiva alucinante, en donde personajes solitarios experimentaban estados psíquicos influidos por las religiones filosóficas orientales. Cierta vez estaba yo de entrada a la Facultad de Humanidades de la Universidad de Los Andes, cuando se me acercó una jovencita de excepcional belleza y a la cual desconocía, quien en gesto de suprema cordialidad me obsequió un ejemplar de la novela Demian.

Era, pues, una lectura casi obligatoria en aquellos años, pues teníamos noticias del enorme éxito editorial de Hesse en los Estados Unidos, país hegemonista que en aquellos años perdía por impopular la primera guerra de su historia en el lejano Vietnam. La contestataria y rebelde juventud lo tomó como icono y estandarte de su pacifismo. Recordemos el Flower Power y el movimiento hippie, los que hicieron del consumo de drogas y de estupefacientes una vía de escape en lo que veían como un conflicto que los enviaba a una muerte casi segura. Otros notables pensadores se unieron para combatir aquella agresión injustificada: Bertrand Russell y Herbert Marcuse, quienes se colocaron a la vanguardia de la tremenda conmoción universal protagonizada por la juventud luego del inolvidable Mayo francés de 1968.

Se ha calculado que de Hesse se han vendido unos 150 millones de ejemplares de sus obras.  Debemos agregar otras, tales como Siddartha, la palabra de Buda, lectura favorita de mis  coterráneos caroreños Cécil Alvarez, Nelson Martínez, Juan Hildemar Querales  y Juan María Morales, novela que acusa una influencia de las ideas del psicoanalista suizo Carl Gustav Jung. A mi particularmente me atrapó la mencionada novela Demian, en la que unos jóvenes descubren la existencia de Abraxas, el dios del bien y del mal que habita las llamas y fogatas. Una simultaneidad  que me asombraba y no terminaba de comprender desde la óptica de mi formación de católico, cuerpo de creencias que no admiten tales hibridismos, los que son tan naturales en el budismo y el taoísmo orientales. Estos amigos caroreños leyeron casi toda la novelística hessiana, pues se bebieron a Narciso y Goldmundo y así como también  El Juego de abalorios, obra cumbre de la novelística hessiana.

Siempre recuerdo una de las  frases favoritas de Hesse cuando dijo que “La gente del siglo XX se cree culta porque llena crucigramas”, o aquella otra “Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros”, o este otra no menos genial: “Hay personas quienes se consideran perfectos, pero es solo porque exigen menos de sí mismos”, sentencia que pone en boca de sus personajes atormentados por el siglo que les tocó vivir, así como por la Guerra Mundial que comenzó en 1914 y terminó en 1945.

Su vida terminó cuando también acabó la de una  rubia rutilante y erótica que se sobrepasó de barbitúricos y sedantes, hecho lamentable que ha tenido en los días que corren una cobertura mediática colosal a escala planetaria, no así el fallecimiento de este literato alemán que a comienzos de la pasada centuria vislumbró la enloquecida máquina del progreso que tritura a los seres humanos. Es un síntoma del gran mal del espíritu de nuestros tiempos y que Mario Vargas Llosa acusa severamente en su más reciente obra,  La civilización del espectáculo, (Alfaguara, 2012). Y es que pareciera que a pocos interesa la vida de este luchador antifascista, defensor en plena Segunda Guerra mundial del acosado pueblo judío, quien además abogaba por una cultura verdadera y realmente ecuménica, y que como tal, recogiera lo mejor de cada una de ellas para elevar a los seres humanos a niveles hasta ahora desconocidos de conocimientos y de responsabilidad moral.

Recibió tardíamente el Premio Nobel de Literatura, en 1946, pero no pudo presenciar la enormidad de su colosal éxito literario, que es global en todos los sentidos, acaecido desde los turbulentos años 60 del siglo XX, década cuando aconteció algo sin precedentes en la historia universal: nació la rebeldía juvenil. En la paridura de ese fenómeno planetario el escritor germano contribuyó, a no dudar, de forma decisiva. Murió a los 85 años en un apacible pueblecito helvético mientras dormía, de una hemorragia cerebral, este paladín de la contracultura del siglo pasado.

Carora, agosto 8 de 2012.

La civilización más antigua del mundo


Resulta curioso constatar que no existe un criterio único sobre cuál es la civilización más antigua del mundo. Este privilegio se lo disputan distintas naciones y equipos de investigadores. Los libros de historia que leí en mis estudios emeritenses sostenían que la historia comenzó en Sumeria, actual Mesopotamia, el Irak ocupado militarmente por el arrogante mundo occidental. Pero buscando en internet he encontrado que no hay unanimidad al respecto. Veamos.

Unos sostienen que es China la más antigua, pues su historia deviene de hace 5.000 años en forma casi ininterrumpida. Eso es cierto. Pero hay otras que son más viejas pero ya han desaparecido y solo tenemos  de ellas las evidencias arqueológicas. Estas son la mayoría. Por ejemplo, en el Perú  se ha descubierto una serie de ruinas que nos colocan ante una cultura anterior a la egipcia o la mesopotámica. Fue descubierta hace 12 años al norte de Lima: la cultura Caral que data de 3.000 años antes de nuestra era. Su descubridora es la arqueóloga peruana Ruth Shady Solís, quien se ha convertido en una celebridad al haber descubierto estas evidencias arqueológicas preincaicas que son tan sofisticadas como las de las culturas del río Indo o de China.

Los israelitas por su parte, imbuidos de la idea de ser un pueblo elegido, dicen que la ciudad más antigua del mundo es la bíblica Jericó, la cual-sostienen ellos- está cumpliendo 10. 000 años de existencia. ¿Quién la construyó? Bien se podría decir que fueron los antecesores de los actuales palestinos, como sugiere el historiador hebreo contemporáneo Shlomo Sand, quien ha formado un verdadero revuelo con sus explosivas opiniones al decir que el pueblo judío es una invención. Se nota de inmediato que Sand leyó la obra de Eric Hobsbawm llamada precisamente La invención de  la tradición.

Shi Shi es el nombre de un renombrado investigador chino, quien afirma que ha encontrado pruebas de que su civilización tiene la friolera de 10.000 años. El doctor Shi no habla en el vacío, pues lo hace montado en el Instituto de la Historia de las Nacionalidades, en Beiging. La localidad llamada Dadiwan es el renombrado sitio, excavado en China y colocan allí datas de 5.300 años antes de nuestra era.

Alemanes y  turcos en comandita han agregado más leña al fuego, pues sus excavaciones en el sitio de Göbelli Tepe en el sur de Turquía arrojan datos impresionantes: 11.500 años atrás fue levantada esta ciudadela por cazadores del neolítico, antes de la sedentarización de los humanos y de la invención de la agricultura. Los expertos de la Universidad de Heidelberg dicen que estas ruinas, descubiertas en 1964, constituyen la edificación de naturaleza religiosa más antigua del mundo, y hasta sugieren que puede remontarse al mesolítico.

Y qué decir de las ciudades sumergidas en lagos, mares  y océanos del mundo que nos hacen repensar la historia de la humanidad. Allí están las ruinas sumergidas del Golfo de Cambay, India, de 9.500 años de antigüedad o las de la isla Yonaguni del Japón, están también las del Golfo de Yucatán en Brasil. Pero todo ello debe examinarse y verse con escepticismo, pues la ciencia está llena de escándalos cuando se le ha intentado falsear. Si no recuerden el quimérico humano  prehistórico descubierto en Gran Bretaña, llamado hombre de Piltdown y que resultó ser un cráneo humano fosilizado artificialmente. Más recientemente el jefe de propaganda nazi, Joseph Goebbels, creó una arqueología que demostraba la existencia de la raza aria desde muy antiguo. Hoy sabemos que lo de ario no es más que un mito creado por el racismo germano. Gran ruido produjo la piedra de Kensington, hallada en Minnesota, Estados Unidos, y que demostraban la llegada de los vikingos a esos lugares en el siglo XIV, ¡un siglo antes que Colón!.

Así que en lo sucesivo use el método crítico y ponga en duda los hallazgos más sonados  exhibidos en los canales pseudocientíficos de la televisión, uno de los cuales, el más mentiroso acaso sea The History Chanel, creado en los EEUU en 1995 y que desde el año 2001 comenzó a tergiversar y falsear la historia para consumo de los latinoamericanos. Para estar prevenidos léanse El sutil arte de detectar camelos (engaños), del desaparecido divulgador estadounidense de la ciencia Carl Sagan, el cual se encuentra en su libro El mundo y sus demonios, la ciencia como una luz en la oscuridad, extraordinario esfuerzo de reflexión crítica sobre el cual hice una exposición en el primer posdoctorado en educación que ofrece la Upel en la ciudad de Barquisimeto.

Carora, agosto 19 de 2012.

 

SERENATA: CARORA LE CANTA A BARQUISIMETO.


El antropólogo y etnomusicólogo español Francisco Cruces se pregunta ¿A qué suena la cultura? A lo que responde: Los antropólogos acostumbran a comparar la cultura con  un organismo, un cuerpo vivo, un mecanismo,  un esqueleto, una red,  un mapa, pero es sintomático que tales modelos hayan dejado de lado, sistemáticamente, la dimensión sonora. En vista de esto, ¿no resulta de esto el sonido de la cultura, una metáfora necesaria?, se pregunta Cruces.

La música es una forma particular de la cultura, dice Merriam. La música es un arte por definición desanclable en tiempo de traslocaciones y relocalizaciones, afirma el japonés  Hosokawa. La música siempre aparece, agrega Cruces, como un instrumento fundamental de supervivencia cultural y se comporta como heurístico para la comprensión de la cultura como un todo. Y remata afirmando el antropólogo español que: La metáfora musical se puede emplear para concebir en su totalidad y densidad la sociedad humana, tal como lo establecieron Max Weber y Mijail  Bajtin.

Esta breve introducción me ha llevado a evocar unas apreciaciones del Maestro Francisco Tamayo sobre el folklore larense escritas en ocasión del Cuatricentenario de Barquisimeto en 1952. Decía que la exclamación tan típicamente larense “ah mundo”, que expresa, según el tono, sorpresa, alegría, añoranza, hondo pesar, el sentimiento se manifiesta por medio de una multiplicación de la vocal débil (u), emitiendo a la par, con cada una de la úes resultantes, unas notas que se hacen tanto más agudas cuanto mayor sea la intensidad del sentimiento a expresar. Este desdoblamiento literal con su correspondiente música recae siempre sobre la vocal acentuada, sea ésta débil o fuerte.

Pero antes de escribir sobre la exclamación que nos identifica a los larenses, escribe el sabio sanareño: “Lo que podríamos llamar el tipo venezolano considerado desde el punto de vista antropológico y social, y más aun espiritual no podría generarse  en zonas como el Llano, los Andes, Margarita, el Zulia y Caracas misma, porque estas son regiones excluyentes las unas de las otras, y dotadas de ambiente y colorido local tan fuertes que en ellas priva lo regional sobre lo nacional. El llanero-agrega Tamayo-puede ser venezolano o colombiano. El andino venezolano se parece más a un andino colombiano, ecuatoriano o peruano que a un barloventeño o cumanés. Pero en Lara se reúnen y confunden casi todos los medios físicos y biológicos del país se ha estado engendrando un tipo humano de características medias, equilibradas, entre las unas y las otras tendencias confluentes. Esta síntesis humana de todo o casi todo lo nacional es el tipo humano por  autonomasia, por ser expresión total de los cuerpos y almas de aquellas regiones parciales. En Lara nace, pues, lo nacional, lo venezolano. Lara es la matriz de Venezuela, es el crisol donde se polariza el mestizaje de lo nacional, sin fobias ni exclusivismos”.

Hechas estas consideraciones podremos comprender cómo ha llegado a ser Lara la entidad de mayor envergadura folklórico-musical de Venezuela. Las tres ciudades coloniales fundadas en el siglo XVI, El Tocuyo, Barquisimeto y Carora, contribuyeron sin duda a ganar para Lara tan justa y clara denominación. Lo hispano, lo aborigen y lo afro se han mestizado acá de manera distintiva, de manera más acabada que en otras regiones del país. Esa diversidad de paisajes y ese tipo humano que nos describe Tamayo, han contribuido a crear históricamente entre nosotros una sensibilidad y una apreciación por la música que no encontramos en otras regiones. Es por ello que nuestra entidad es el escenario donde nace la manifestación folklórica más completa y compleja del país: el tamunangue, que ha hecho repensar lo venezolano al sabio José Manuel Briceño Guerrero.

La música ha tenido entre nosotros los larenses mayor encumbramiento y reconocimiento social que la pintura, la poesía, el teatro y hasta la misma literatura. Y es que desde la Colonia ya producíamos talento y oído musical. El primer profesor de música de la Universidad de Caracas, Francisco Pérez Camacho, era tocuyano. Silva Uzcátegui dice -inclusive -que tuvimos una Edad de Oro musical, la cual ubica en las dos últimas décadas del siglo XIX. Hasta el presidente del estado, el general Aquilino Juares, tenía una afición musical. En las casas de la alta sociedad barquisimetana, lo mismo que en El Tocuyo, Carora y otras ciudades, había frecuentemente veladas musicales. En algunas de las mansiones, todos eran artistas. Estaba tan generalizado el estudio de la música en la sociedad-añade Silva Uzcátegui-, que siendo presidente del Estado el General Aquilino Juárez, fueron a darle una serenata un grupo de quince músicos casi todos ellos doctores en Medicina o en Derecho. El único músico profesional que formó parte del grupo, fue el barquisimetano, hoy nuestro célebre violinista Franco Medina. Son los años cuando nacen la orquesta La Pequeña Mavare, la Banda Bolívar, la Banda de Conciertos del Estado Lara, la Banda de Conciertos Antonio Carrillo.

Y al venirnos al siglo XX, el maestro Pompilio Torres dirige la Orquesta Occidental de Barquisimeto en 1926, la Orquesta Euterpe nacerá en El Tocuyo en 1935, Carora verá el nacimiento de la Banda San Antonio al despuntar el siglo pasado, Antonio Carrillo crea el Conjunto Típico que lleva su nombre; en Carora enseña el maestro Juancho Querales, nacen al unísono, en 1923, los dos gigantes a escala mundial de la interpretación y ejecución guitarrística, Alirio Díaz y Rodrigo Riera;  Carora será semillero de guitarristas: Alirio Camacaro, Valmore Nieves, Alvaro Alvarez y allí mismo Juan Martínez Herrera fundará la primera Orquesta Infantil de Venezuela; la Ciudad Madre de El Tocuyo será pionera con su Coro de Campanas.

            En lo popular nacerán Carota, ñema y tajá, Diapasón, Maguey, Alma de Lara, Expresión y Sentir Larense, Santoral, Canela fina, Lara, sabor y tambor, Brecha. Tierra de cantantes, los producirá de excelencia: Aquiles Machado, Juan Tomás Martínez, Cheíta Quintana, Cheo Bullones, de formación académica. Lo más serán los populares: Pío Alvarado,  Tino Carrasco, Benito Quiroz, Los Hermanos Gómez, Juan Ramón Barrios, Napoleón Arráez, Alexis Riera, Adilia Castillo, Goyito Yépez, Jesús Gordo Páez, Edgar Tatoa Alvarez, Rafa Pérez, Lalo Coronado.

Como epítome de toda esta extraordinaria y fecunda actividad musical será la creación del Sistema Nacional de Orquesta y Coros Juveniles e Infantiles por Antonio Abreu, el cual tendrá a su más brillante exponente al director orquestal larense Gustavo Dudamel, quien ha triunfado, cual Teresa Carreño, en los escenarios más importantes del orbe.

Todo ello motiva a ofrecerle en la noche de hoy, 14 de septiembre de 2012, y en ocasión de sus 460 años de fundada, una Serenata llamada Carora le canta a Barquisimeto, nuestra capital cumpleañera. En esta actividad participarán un variado grupo de músicos y cantantes caroreños, un verdadero florilegio polifónico con el cual la ciudad del Portillo de Carora ha contribuido de manera decisiva a hacer y forjar a Barquisimeto como la ciudad musical de Venezuela.

Dr. Luis Eduardo Cortés Riera.

Cronista Oficial del Municipio G/D Pedro León Torres.

 Carora, agosto 30 de 2012.

Aquella Caracas de 1970


Llegué a la Universidad Central de Venezuela en enero de 1970. Caracas era una urbe aún manejable y segura de apenas dos millones de almas. Adolescente de 17 años todo me sorprendía, los edificios de la Plaza Venezuela, el Aula Magna, la variada procedencia de mis compañeros de estudios de ingeniería, las mujeres extranjeras que solían caminar a solas por Sabana Grande. En ese entonces me comí mi primer pasticho y me aloje en un pent house de un malhumorado matrimonio gallego en Maripérez. En la UCV solo se hablaba de la Renovación, la protesta estudiantil, el allanamiento de 1969 por el Ejército, el Mayo Francés del 68 y la disolución de Los Beatles. Había nacido por aquellos años un formidable movimiento, único en la historia universal: la rebelión juvenil.

Más que la Facultad de ingeniería, los sitios preferidos por “El Duende”, tal como me llamaron unos maracuchos, eran el complejo de piscinas, la Federación de Centros Universitarios y, por supuesto, el comedor. Todo presagiaba mi fracaso académico. Aquellas pizarras llenas de logaritmos y abstractas geometrías hicieron de mí un ausentita. Había, sin embargo en el pensum una asignatura y un profesor que me fascinaron: Humanidades, dictada por el Dr. Clemente Pereda. Era un personaje estrafalario y extravagante, luchador por la independencia de Puerto Rico, su patria. Decía tener pruebas de la existencia de Dios al mostrarnos unas manchas de tinta sobre papel en la que por obra del azar, pienso yo, más no aquel anciano docente, aparecían figuras de abejas, rostros, paisajes. La clase era continuamente saboteada desde el fondo del teatro de la Facultad, lugar donde nos metían en número de 120 estudiantes o más.

En esa ciudad comprendí sin embargo que el mundo era muy grande y variado. Conocí trinitarios, chilenos, españoles franquistas y exilados, gringos. El mundo se le amplió para siempre a aquel muchacho caroreño que quería saber pero no sabía qué. Antes  del allanamiento de 1970 decidí atacar duro y empeñosamente  el Análisis Matemático y la Geometría Descriptiva y confieso que me estaba dando algún resultado, pero el 3 de septiembre de ese malhadado año, el gobierno del Dr. Caldera volvió a tomar militarmente la UCV. Fueron meses de tremenda incertidumbre. Estaba solo y extraviado. Por las noches oía en un radio de pilas de la defenestración del Dr. Bianco, digno rector de la UCV y del cierre por varios meses del Alma Mater de los venezolanos.

Mis amigos comenzaron a darme consejos. Un estudiante de medicina de familia trujillana, ya fallecido, Germán Briceño, me dijo en las gradas de las piscinas, que lo pensara bien, que lo tomara con calma, que a él le había sucedido otro tanto. Mis padres estaban muy dolidos y enojados conmigo. Recuerdo que a falta de dinero hacíamos una “batidas” en la puerta de la Universidad que mira al cerro El Avila. Aquello indignó a nada más y nada menos que al primer mandatario nacional quien dijo; “ahora hay que pagar peaje para entrar a la UCV”. Fue uno de sus argumentos para intervenir nuevamente la casa de estudios que esgrimió Caldera.

En el Aula Magna disfruté de presentaciones memorables: El Quinteto Contrapunto, las alocuciones del acosado Rector Bianco que nos hacían vibrar de entusiasmo. Cuando cayó ese heroico catedrático, le hicimos una protesta al doctor De Sola, Rector interventor, colocado allí por los copeyanos. Fue en la Plaza Cubierta donde le decíamos a aquel usurpador que se fuera parafraseando y entonando una canción de Jhon Lennon.

Una noche, en la Biblioteca Central, me puse a ojear unos gruesos volúmenes de contenido humanístico. Aquello fue para mí una revelación. Recuerdo que leí que “una proposición mientras más simple será más verdadera.” Muchos años después descubrí que aquello era una fundamentación de la teoría del conocimiento, la muy famosa cuchilla de Occam. En ese momento comencé a pensar humanísticamente. La UCV estuvo cerrada largo tiempo, pero ya el giro estaba dado. Me fui, por sugerencias de Claver, mi madre, a la Universidad de Los Andes, donde me inscribí en la Escuela de Letras por insinuación de Juan Hildemar Querales, para luego y definitivamente ingresar a la Escuela de Historia. Han pasado largos 42 años y debo decir que estoy a la búsqueda de mi reconciliación con las llamadas “ciencias duras”, las que creí haber dejado atrás y para siempre, un camino por donde transita el pensamiento humano en los albores del siglo XXI, la llamada “epistemología de la complejidad”.

Mi tránsito por Caracas no fue, pues, en vano. Me hice cosmopolita al dejar el provincianismo en el recuerdo. En la ciudad emeritense, además, fuimos recibidos como unos héroes de la resistencia estudiantil y académica contra un  régimen que se nos aparecía como opresor e intolerante.

Carora, agosto 23 de 2012.

 

 

 

Monseñor Eduardo Herrera Riera


Gracias a una maquinita de escribir que le presté,
 se ganó Guillermo Morón sus primeros 10 bolívares”


Luis Eduardo Cortés Riera.

Me recibe Monseñor en su hermosa casa con una generosa sonrisa y cariño. Ello me hace recordar que fue fraternal amigo de Expedito, mi padre. Asisto a esta primera entrevista gracias a Antonio Zubillaga, quien me puso en contacto con el padre Eduardo. Unas graciosas y gentiles monjitas me reciben. Obsequian a mi paladar unos hermosísimos semerucos que seguramente plantaron allí unos querubines. Su habitación esta al final de ese preciosos recinto, vecino de la Plaza Bolívar de Carora. Su memoria continúa intacta, casi sin actos fallidos. Esta jubilado desde hace 10 años el Primer Obispo de la Diócesis de Carora, fundada el5 de julio de 1992 gracias a sus diligencias.
Comenzamos a hablar de sus estudios secundarios. A los 16 años su padre Teodoro Antero Herrera Zubillaga lo inscribe en el Colegio Federal Carora el 27 de septiembre de 1943, dirigido en esa oportunidad por Miguel Ángel Meléndez. Allí  cursa  las asignaturas castellano y Literatura, Raíces Griegas y Latinas, Matemáticas, Ciencias Naturales y Educación Artística. Judith Pernalete, Elena María Coronel, los hermanos Curiel, José Elías, Salomón y Jacobo, así como Hermes Chávez, el Bachiller Alberto Quintero, Joel Gutiérrez, Nano Yépez y Pachús Zubillaga comparten aquellas lecciones en esos años apacibles del medinismo, en plena Segunda Guerra Mundial.
A los 12 años lo emocionó la oratoria sagrada de  unos capuchinos, lo que completó el ambiente de riguroso catolicismo que reinaba en su hogar. Su padre enviudó a los 37 años y debió encargarse de una numerosa progenie de nueve hermanos, por lo que tuvo que ayudar a su padre en las labores ganaderas. Egresado como bachiller estudia agricultura en los Estados Unidos, donde aprendió a media la lengua de Shakespeare. Pero fueron los sacerdotes Van Grieken y Pacheco a quienes le manifestó su deseo de tomar los hábitos sacerdotales. Una monja, Justa de San José, le regala el libro Imitación de Cristo  de Tomás Kempis que termina de darle el empujón definitivo. Así pues y a los 22 años parte para el austral y gélido Chile, donde ingresa a la Universidad Católica. La temperatura en invierno bajaba a 3º centígrados, y no teníamos calefacción. Solo nos proporcionaban a nosotros los tropicales (se ríe) unas estufitas para calentarnos manos y pies.
En el Sur estuvo por seis años en tiempos de la rectoría universitaria del padre  Emilio Tagle Covarruvias, en tanto que su director espiritual era Alberto Rencoré, quien más tarde vino a Carora y le predicó su primera misa. Su papá  no pudo asistir-agrega-por tener cáncer de pulmón. Casi me da un ataque cardiaco cuando me comunica que uno de sus compañeros en las lecciones santiaguinas de latín y Filosofía era Gustavo Gutiérrez Merino, sacerdote peruano quien más tarde  usaría por vez primera las palabras Teología de la Liberación, un anatema para la Iglesia Católica. Se hizo gran amigo mío, dice Monseñor cerrando los ojos, era más o menos inquieto. Luego fue a Bélgica y era chiquito y feo, agrega, al tiempo que se da un sorbo de “resbaladera”, una bebida refrescante caroreña.
Su padre apenas tenía sexto grado, pero leía mucho. Hizo una primera selección de las mejores vacas, las de pelo de color más claro,  del llamado “Ganado Amarillo de Quebrada Arriba”. Comenzó a experimentar con la raza Holstein lechera, pero no le sirvió. Siguió documentándose y se fijo en los Pardo Suizos. Le escribió a un señor de apellido Streuli que vivía en la suiza de habla germana, quien le envía seis vacas y dos toros en un vapor que debía llegar a Puerto Cabello, el cual no pudo atracar puesto que en el país helvético había fiebre aftosa. De tal modo que Jaime, hijo de Streuli, quien venía a acompañar a los animales, debió quedarse seis meses en La Orchila, donde aprendió a hablar castellano, con groserías y todo. Appezel es el pueblecito de donde partieron en largo periplo estos animales. Yo visité mucho después, dice el Obispo Eduardo, al viejito Jaime y a su familia.
Don Teodoro le dijo al joven suizo que no tenía como pagarle, por lo que se lo refirió a un ganadero de Acarigua, Ángel Alberto Yépez, quien canceló el costo de los Pardo Suizos y su traslado. Este ganado es más de leche que de carne-agrega-  acto seguido me nombra  de forma deletreada a una de las vacas de segunda importadas llamada Franjo Eva Jung, la cual  dio  tres partos y 53 litros de leche al día.
Me comenta que el Pbro. Dr. Carlos Zubillaga, el fundador del Hospital San Antonio,  era tío de su papá, así como Cecilio Zubillaga, Chío. El padre Carlos, quien según palabras de Luis Beltrán Guerrero, fue uno de los adelantados de lo que hoy se llama Teología de la Liberación realizó una pastoral a la búsqueda de Dios entre los más humildes junto al sacerdote curarigüeño Lisímaco Gutiérrez. Para finalizar me confía Monseñor que su parroquia más querida ha sido la de la iglesia  de la virgen de la Coromoto, ubicada en el Torrellas, donde recibió un enorme entusiasmo de la población y de dos figuras notabilísimas del barrio: Doña Pura y Nicanor Graterol, quienes con la ayuda de las cornetas de su Radio Violeta  arrimaron el hombro para crear el ambiente parroquial desde aquel 15 de septiembre de 1961.
De tal manera concluyo esta primera entrevista con Monseñor Eduardo, uno de los últimos sobrevivientes en asistir por Venezuela al Concilio Vaticano II en 1965, con la firme promesa de seguir charlando de manera tan amena y cordial con este Príncipe de la Iglesia Católica, quien me despide con la bendición y un consejo: no te quedes con José Manuel como tu hijo único.
Carora, septiembre 1º de 2012.