lunes, 10 de febrero de 2014

Cipriano Castro en Carora


A la memoria de Alejandro Barrios Piña



El 22 de agosto de 1899 llega a Carora  el General Castro, quien no encontró oposición de ninguna especie. El Doctor José María Riera, fundador del Club Torres, le brinda su apoyo, a pesar de ser declarado “Mochista”, ésto es, seguidor del popular político liberal José Manuel Hernández. Acampó acá hasta el 24, día en que marchó al caserío Parapara, actual Parroquia Reyes Vargas.
El río Tocuyo estaba crecido, por lo que se detuvo hasta el 26, cuando tropezó inopinadamente con las tropas de Torres Aular. Fue una sorpresa para ambos, pues ninguno de los contendores  había tomado precauciones militares. Los  de Castro reaccionaron pronto para combatir, mientras que las tropas del gobierno huyeron de la manera más vergonzosa. Dejaron casi todas las armas, un cañón alemán Krupp, cápsulas, y hasta el dinero para las raciones.

El suceso de Parapara, tan inaudito como degradante para Torres Aular, reanimó las tropas de Castro, que estaban decaídas de espíritu, por lo que decide seguir al Centro del país y no hacia Coro, como lo había pensado días atrás. La idea de entregarse había desaparecido, pues no había ante quién hacerlo, pues el gobierno del merideño Ignacio Andrade estaba derrumbándose por sí mismo.
En la batalla de Parapara- cosa insólita-  no hubo pérdida de vidas, y durante el resto del día Castro pudo capturar 200 hombres que habían quedado dispersos por los montes.


Lo que llevaba el tachirense Castro y su compadre Juan Vicente Gómez hacia Caracas no tenía apariencia de ejército, dice el tenaz y desgraciado opositor de Castro, general Antonio Paredes. Marchaban las tropas en pequeños grupos, con largos intervalos, sin formación ni orden de ninguna especie. Mesclados con los soldados iban mujeres y niños en gran número, a pie, en burros. Muchos subalternos iban también montados sobre ellos, en enjalmas, o a pelo, otros en mulas o caballos, con toda clase de aperos improvisados. Aunque hacía gran calor, muchos de los pasantes llevaban sobre el vestido ruanas o mantas que se usan en las frías montañas de donde habían bajado. La apariencia en general era la de una caravana que acabara de cruzar el desierto.

Aquel grupo de hombres indisciplinados, muchachos y mujeres sólo necesitaba de una carga para dispersarse, pero allí no había quien quisiera darla. Los generales a quienes el Gobierno central había confiado el mando de sus tropas eran sencillamente unos miserables, dignos de ser fusilados por la espalda por cobardes o traidores, o por ambas cosas a la vez.


Al presidente Andrade le habían anunciado lo de Parapara como un triunfo. Le habían dicho que Castro después de la derrota se había dirigido a Coro, buscando las fuerzas revolucionarias de Colina, y así se había publicado en Caracas. Pero al saberse en la capital que Castro, en lugar de seguir en la dirección indicada, iba marchando hacia Carabobo, ya nadie creyó en las victorias del Gobierno. Fue también inexplicable que pasara tan cerca de Barquisimeto sin ser atacado por los 2.000 hombres que allí estaban acampados.

Como todos sabemos, Castro entra triunfante a la capital el 19 de octubre de 1899, al mando de la Revolución Liberal Restauradora y con el apoyo de gruesos contingentes del “Mochismo” sin conseguir resistencia enérgica  alguna, dando inicio de tal manera a la larga hegemonía política de los andinos en el poder que se prolongó hasta bien entrado el siglo XX.

Su fulgurante campaña militar, iniciada el 23 de mayo de 1899 luego de fracasar en conversaciones con Carlos Rangel Garbiras para invadir conjuntamente y desde Colombia a Venezuela, apenas duró cinco meses, 150 días signados por la suerte y el sentido de la oportunidad de “El Cabito” y su astuto lugarteniente Gómez. Todo ello puso de relieve con todo dramatismo que el Liberalismo Amarillo del siglo XIX era un cascarón vacío. 

“La Invasión de los 60” en Carora tuvo dramáticas consecuencias. Una de ellas fue que el joven “Chío” Zubillaga abandonara sus estudios en el Colegio Federal Carora, instituto dirigido por el Doctor Ramón Pompilio Oropeza, que sería clausurado por Castro y su ministro de Instrucción, el escritor Eduardo Blanco, en 1900. Lo otro fue el vil y despreciable asesinato del Doctor José María Riera en el sitio de las Sábilas Coloradas, cerca de Burere, con lo cual se perdió para siempre un valioso elemento humano con estudios de posgrado en medicina en la Ciudad Luz, París.
Fuentes consultadas: Congreso de la República. La oposición a la dictadura de Cipriano Castro. Caracas, 1983. Pp. 60-64. Velázquez, Ramón J. La caída del Liberalismo Amarillo. Caracas, 1977. 380 pp. Cortés Riera, Luis Eduardo. Del Colegio La Esperanza al Colegio Federal Carora, 1890-1937. Carora, 1997. Pp. 164.