martes, 11 de noviembre de 2014

Antonio Zubillaga Herrera. Un paladín de la cordialidad

Toño Zubillaga fue un amigo que heredé de mi padre, Expedito, casi desde nuestra llegada a Carora en 1960. Se retira de la vida terrena este descendiente de esa altiva raza de seres humanos, los vascos españoles. Llevaba bien colocado su apellido, que en la inmemorial lengua vascuence significa puente. Eran, y siguen siendo los Zubillaga, el puente, el vínculo y pasadero  entre los que fueron  (y son aún) grupos sociales colocados unos al margen de los otros: los godos cara coloradas y el populacho de al otro lado de la quebradón  Carora.
Fiel  a esta condición de intermediarios culturales, los hombres y mujeres que han llevado orgullosos tan sonoro apellido, han jugado un papel de primer orden en el entendimiento y aveniencia en una sociedad marcada por la polarización social y cultural, y que se expresó simbólicamente en una prohibición ya desaparecida  y odiosa: la de sentarse la gente del común en los bancos de los cara colorada en la iglesia de San Juan Bautista de Carora.
Los Zubillaga no han sufrido de este complejo y a veces incomprendido comportamiento separatista y prejuicioso. El primero de ellos en llegar a Venezuela, en 1794, Agustín Luis, pronto se puso al servicio de la causa republicana; Chío Zubillaga se enfrentó a la clase social, que se asemeja a una casta y de donde él mismo provenía, colocándose del lado de los humildes y analfabetas. Los Zubillaga han sido de tal manera mayordomos de las cofradías, dentistas, maestros de escuela, boticarios y farmaceutas, tenderos, jugadores de pelota criolla, beisbolistas, cantantes, comerciantes de víveres, empleados bancarios, administradores, oficios tan diversos en los cuales el contacto con el populacho era inevitable y a la vez fecundo en el camino de la creación de lazos perdurables de amistad y entendimiento.
Toño fue en sus mocedades un galán entre las damitas de los barrios caroreños, a ello contribuía, sin duda, su inconfundible y gutural voz, la que identificaba el beisbol tradicional, la segunda religión de los caroreños. Debo destacar que mi padre y Toño eran grandes amigos, camaradería que se selló cuando Toño apadrinó a uno de mis hermanos nacidos en Carora: Carlos Enrique. Mientras vivíamos en el Grupo Ramón Pompilio Oropeza, todos los meses de diciembre llegaba el regalo navideño para el retoño caroreño de Expedito.
 Cuando se produjeron los abruptos cambios políticos de finales de siglo XX, se colocó inmediatamente al lado del proceso que se inició en 1999, tal y como Chío Zubillaga lo hubiese hecho indefectiblemente.
Era un lector infatigable y por tal razón visitaba mi Oficina de Cronista con cierta regularidad a la búsqueda de un título nuevo de nuestro sello editorial. No le gustaba que le diera libros prestados, porque ello le impedía subrayarlos y hacerles notas marginales. Observé que a cada párrafo leído le hacía una equis de cabo a rabo. Hace poco me pidió el poema Vuelta a la Patria, de Pérez Bonalde, el cual lo bajé de internet, lo engrapé y se lo entregué en La Flor de Carora, su lugar de rochela consuetudinario y en el que estuve el día de ayer extrañando su amigable y bonachona presencia.
En cierta ocasión me acompañó al lecho de enfermo del Obispo de Carora, Monseñor Eduardo Herrera Riera, para que le hiciera una entrevista cuando este príncipe de la Iglesia  Católica veía inevitable el ocaso de su existencia terrenal. Nos reímos a carcajadas  con las ocurrencias y salidas de Eduardo.
Se nos marcha un paladín del entendimiento y de la cordialidad, un caballero que sufrió de la adversidad al perder su matrimonio y a una de sus hijas en la primavera de la existencia, pero nos queda un hermoso e inmarcesible legado de Toño, casi en su totalidad creado y construido por su expansiva personalidad: una versión sin par y extraordinaria del hombre cordial y generoso.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Las cuatro fundaciones de Barquisimeto

El récord de fundaciones sucesivas en Venezuela lo tiene la ciudad de Trujillo, por ello ha sido llamada la ciudad portátil de Venezuela por sus siete fundaciones. Don Mario Briceño Perozo dice que la actual ciudad de Nuestra Señora de la Paz de Trujillo, desde 1557 anduvo trashumante por tierras de los cuicas hasta asentarse definitivamente en el valle de la quebrada de “Los Cedros” y del río “Castán”, reducto silencioso de los cuicas.
No se queda atrás la urbe crepuscular, pues ella fue motivo fundacional  en cuatro ocasiones. En 1552, dice el historiador Reinaldo Rojas en su libro Historia social de la Región Barquisimeto en el tiempo histórico colonial, 1530-1810, que el conquistador español Juan de Villegas funda en Buría (Municipio Simón Planas del Estado Lara), el primer asiento de la Nueva Segovia de Barquisimeto. La Relación Geográfica de 1579 lo narra así: Y de El Tocuyo salió Juan de Villegas con cierta cantidad de soldados y descubrió minas de oro en la cordillera de San Pedro (…) Dícese (le) Buría porque es el nombre de un río (…) y el río de San Pedro se llama así porque se descubrió el día de San Pedro.
 Este documento no señala la causa central del despoblamiento: el levantamiento de los primeros negros esclavos encabezados por el negro Miguel en 1553. Acontecimiento que representa, dice Rojas,  el primer levantamiento antiesclavista de negros e indios en Venezuela colonial. Levantamiento que se fundamenta en los principios del cristianismo primitivo: Dios los creó a los negros hombres libres como las demás gentes del mundo, por lo que no se justifica que España los mantenga en miserable servidumbre,  sin que en otra parte del mundo hubiese tal costumbre, pues en Francia, Italia, Inglaterra, y en todas otras partes eran libres, escribe Fray Pedro Simón, poniendo el labios del Negro Miguel tal discurso.
El primer cambio de lugar, continúa Rojas, es descrito así en el mismo documento: Estuvo poblado allí el pueblo por poco tiempo, por ser el asiento donde estábamos enfermizo y muy húmedo y por las enfermedades que habían, y por morir algunas personas en él, y por tener naturales (aborígenes) lejos. Se pasó a Bariquisimeto que es junto al dicho río Bariquisimeto, en el asiento donde quemo el pueblo Lope de Aguirre.
Del tercer asiento dice Fray Pedro Simón: lo mudaron el poblado a otro más desahogado, en el tiempo del Gobernador Pablo Collado, entre dos ríos, el uno llamado Claro y el otro Turbio, porque iban así.
Y de la ocupación de la terraza actual, que se considera la cuarta fundación, hacia 1563, nos dice el mismo religioso franciscano: Tampoco les pareció haber acertado en este sitio, por ser de mucho polvo y muy noscivo en tiempos de vientos; y así lo mudaron más a la parte del Tocuyo, en tiempos de un gobernador llamado Manzanedo, en unas sabanas altas y limpias, de mejores aires, donde hoy permanece.
Y en esta terraza se quedó hasta los días que corren la ciudad que  se está convirtiendo vertiginosamente en una megaconurbación, la que pronto fagocitará a Cabudare, Quíbor,  y  a la vuelta de pocas décadas, a Yaritagua en el vecino Estado Yaracuy.

Ante el tránsito de José Manuel Briceño Guerrero

“La verdadera muerte es el olvido.”

Cuando recibo la triste noticia de su deceso manipulaba con mi mano derecha el celular que me  comunica la sentida muerte de un verdadero Maestro, en tanto que mi otra mano se ocupaba de sostener a mi hijo, Luis Manuel, mi retoño de 15 meses. En ese momento pensé en la brevedad de la humana existencia, sus inocentes comienzos y su  ocaso irremediable. La filosofía, decía Platón, es preparación para la muerte. Y el Maestro tuvo larga existencia para destruir la angustia ante la nada, como aconsejaba Sartre. Y tuvo el privilegio de pensar en cualquier lengua la partida, pues su condición políglota se lo permitía. Todos expiraremos en cualquier momento y circunstancia, pero cada cultura lo hace y lo piensa a su manera.
Lo conocí en la Mérida de los años 70 y su ilustre Universidad, recinto donde obtuvo un verdadero récord al ser reconocido como el docente más antiguo de esa casa de estudios. Si no me equivoco estuvo al frente de ese extraordinario magisterio por casi 60 años. Me sorprendía que conociera de Carora y Barquisimeto con tanta familiaridad y detalle. Muchos años después supe que cursó estudios en el vetusto Liceo Lisandro Alvarado, institución donde conoció a su futura esposa, la antropóloga martiniqueña Jacqueline Clarac, también mi profesora en la Escuela de Historia.
Su pasión indiscutida era una: enseñar a pensar sin ataduras de cualquier especie. Donde hubiese reflexión y búsqueda allí estaba Jonuel Brigue, su pseudónimo y con el cual fue presentada su candidatura al Premio Nobel de Literatura hace unos años. Y es que era hombre enemigo declarado de los esquemas y las recetas, así como de los sesgos ideológicos de cualquier laya. Fue por ello que aplaudió el esfuerzo de algunos venezolanos para crear una opción diferente del socialismo soviético en la tierra de Bolívar.
La última vez que compartí con su sereno y apacible verbo, fue en la Posada Los Granados, propiedad de Yuyita y Cécil Alvarez. Allí dijo que mi hijo José Manuel corría el riesgo inminente de convertirse en músico por haber nacido en Carora. Ese día me autografió uno de sus libros. Al lado de mi segundo apellido, Riera, colocó por petición mía las letras s. p. (sin plata), lo cual le provocó gran hilaridad y gozo. Y es que cualquier cosa, por insignificante que pareciera, le producía asombro, que es condición necesaria del filosofar. Ese estado de ánimo le produjo otra de mis ocurrencias. Sucedió al hablarle de la existencia en Carora de una godarria negra, más goda que la godarria blanca de raíz y cepa peninsular y canaria.
Reinaldo Rojas le convocó en repetidas ocasiones al Doctorado en Cultura del Pedagógico barquisimetano. En El Eneal disertó largamente con los allí convocados sobre cualquier cosa. Pero siempre repetía que una tesis doctoral no es una simple acumulación de información, hay que agregar algo nuevo, decía.
A uno de los participantes, Juan Carlos Araque, quien le dijo iba a trabajar el humor en el siglo XIX, le recomendó con aguda perspicacia que se refiriera al doble sentido entre los venezolanos. A la caroreña Isabel Hernández Lameda le pidió indagar por qué Chío Zubillaga dejó una escuela, lo que no logró el sabio Lisandro Alvarado.  Cuando me tocó decirle de mi investigación sobre el elemento femenino en nuestra religiosidad, me pidió con humildad le enviara mi tesis, pues desconocía este aspecto de nuestra cultura.
Se nos fue el Maestro, pero queda su inmensa y hasta ahora poco conocida obra. En su último poemario escribió que la verdadera muerte es el olvido. No te olvidaremos, Maestro.

domingo, 2 de noviembre de 2014

RAFAEL DOMINGO SILVA UZCATEGUI. MÁS ALLA DE LA ENCICLOPEDIA LARENSE: PSIQUIATRIA Y LITERATURA MODERNISTA

RESUMEN
Rafael Domingo Silva Uzcátegui, venezolano,  escritor autodidacta, ha sido conocido fundamentalmente por su célebre Enciclopedia Larense (1941), pero el resto de su producción permanece casi desconocida. Sus libros Historia Crítica del Modernismo en la Literatura Castellana (1925), y Psicopatología del Soñador (1931), no fueron reeditados jamás. Estas obras constituyen un despiadado y feroz ataque a la literatura modernista Fin de Siglo y sus más reconocidos representantes: Poe, Whitman, los poetas malditos Baudelaire, Lautréamont,  Mallarmé, Verlaine, Moreas, y los latinoamericanos Rubén Darío y Leopoldo Lugones, a los cuales y desde la óptica de la ciencia de la psiquiatría positivista de entonces, califica de degenerados y enfermos mentales que han producido una literatura  desequilibrada, afeminada, anormal, psiquiátrica, durísimo criterio que emite basándose en la polémica obra del médico judío-húngaro Max Nordau Degenerados, escrita en 1892. De este modo Silva Uzcátegui se convierte en su epígono tardío al tiempo que asume un casticismo academicista en extremo conservador e  intransigente.
 

Palabras claves: Modernismo, psiquiatría, positivismo, degeneración,  casticismo, Nordau, poetas malditos, Darío, Lugones.

INTRODUCCION
En 1989, mientras iniciábamos nuestros estudios de postgrado en historia bajo la dirección de los doctores Federico Brito Figueroa (*1921- +2000) y Reinaldo Rojas en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador, Instituto Pedagógico Barquisimeto “Dr. Luis Beltrán Prieto Figueroa”, Venezuela, comenzó nuestra curiosidad por conocer al Rafael Domingo Silva Uzcátegui (1887-1980) colocado más allá de su archiconocida Enciclopedia Larense (1941).  El Dr. Rojas nos advirtió de la existencia de otras obras casi desconocidas del escritor larense y venezolano. Mencionó nuestro mentor  Psicopatología del soñador, recuerdo vivamente. De inmediato sentí una gran curiosidad por aquellas producciones, que, lamentablemente, no estaban al alcance nuestro. Era yo por aquel entonces docente del área de psicología y de filosofía, orientado por el magnífico docente, profesor germano-venezolano Ignacio Burk, en el Liceo Egidio Montesinos de Carora, Venezuela, lo que se convirtió en una suerte de puente para mi incursión en la llamada “historia de las mentalidades”, postulada y cultivada por la Escuela de Los Anales francesa fundada por los historiadores Marc Bloch y Lucien Fevbre en 1929, todo lo cual me acercó, felizmente, al escritor autodidacta que nos ocupa.
Han pasado largos años desde aquel encuentro inicial con Silva Uzcátegui para que felizmente se concretara mi deseo de conocer en profundidad y detalle tan interesante escritor curarigüeño, larense y venezolano. Sucedió que escribí para la prensa larense, los diarios El Impulso y El Caroreño, un artículo sobre el baile folklórico del Tamunangue o sones de negro, en el que Silva Uzcátegui hace interesantes observaciones sobre el origen hispánico y canario de esta danza venezolana. Se lo envié al Dr. Rojas, quien en un gesto de aprobación de mis ideas, me pidió que participara en encuentro de escritores promovido por la Asociación de Escritores Larenses (ASELA) y su presidente, el Maestro Alfonso Giménez en su hermosa residencia “La Casa de La Parra”, Barquisimeto, para conversar sobre tan conocido y a la vez desconocido autor. Toda una paradoja.
Allí, en este escenario tan cálido, atento e interesado, me referí al Silva Uzcátegui colocado más allá de la Enciclopedia Larense que, como sabemos de sobra es su obra más resaltante, voluminosa y ampliamente conocida. En tal sentido hice una exposición sobre una polémica obra escrita por el larense en 1925: Historia Crítica del Modernismo en la Literatura Castellana, que es un ataque furibundo y despiadado a esta corriente literaria de finales de siglo XIX y comienzos del XX, encabezada por los “decadentes y degenerados”, según dice Silva Uzcátegui, poetas Poe, Whitman, los bardos franceses Baudelaire, Lautréamont, Mallarmé, Verlaine, Moreas y los hispano-americanos Rubén Darío y Leopoldo Lugones, entre otros.
Sorprendente ¿no? Aquella conversación con nuestros pasmados y sorprendidos escritores vernáculos  me dio la oportunidad de pensar en escribir un ensayo sobre ese escritor larense oculto tras la fama de su Enciclopedia Larense. Le comuniqué la idea al Dr.  Rojas, a los profesores Carlos Giménez Lizarzado, Héctor Torres Mendoza, José Yeo Cruz y al Cronista de Curarigua, Bernardo Yépez, quien generosamente me facilitó en fotocopia de Historia Crítica del Modernismo y otros trabajos de y sobre Silva Uzcátegui. Le quedo enormemente agradecido. Unánimemente aprobaron mi proyecto que pensé que sería un verdadero desperdicio no llevarlo a la escritura.
Trabajo que en verdad se dificulta de alguna manera. Ello porque algunas de sus obras no se encuentran con facilidad, pues son unas rarezas, son casi unas incunables impresas en Barcelona, España, o en Buenos Aires, Argentina. Lo segundo es que poco se ha escrito sobre Silva Uzcátegui en Venezuela. Resalta la serie Candideces, en una de las cuales dedicó el escritor caroreño Luis Beltrán Guerrero, crítico literario, un ensayo de cuatro cuartillas  en el cual dice que “…la Historia Crítica del Modernismo en la Literatura Castellana, con cuyo enfoque general, de crítica psiquiátrica, atento a los lineamientos de Max Nordau, no ha estado ciertamente de acuerdo el cronista” [subrayado nuestro];  y una biografía publicada por el Centro de Historia Larense del escritor Silva Uzcátegui salido de las manos de la profesora larense y curarigüeña Carmen Yolanda Pereira de Torres, editado en 1992. El historiador y literato Dr. Guillermo Morón le dedica comentarios en su columna periodística El Animal Histórico. Por su parte R. J. Lovera De Sola equivocadamente, como se verá después, dice que “fue el primer venezolano que aplicó su formación psicoanalítica, sin ser médico, a sus estudios de crítica literaria e histórica”. Su país de nacimiento  ha sido poco atento al legado del escritor larense. Es un desconocido. Por ello que hemos subtitulado exprofeso este ensayo Más allá de la Enciclopedia Larense.
Pienso que sus hijos, el Dr. Carlos Rafael Silva, fundamentalmente, han debido reimprimir los libros olvidados de su padre. El ministro de educación que fue en la década de los 70, ha podido aprovechar tan excelente oportunidad para desde tan eminente cargo ordenar la edición de las Obras Completas de su padre, quien para aquel entonces aún vivía, pues como sabemos Silva Uzcátegui falleció en 1980.
Pero estamos a tiempo. El gremio larense de escritores (ASELA) bien podría en abocarse a tan importante y significativa empresa de cultura. Imprimir libros en el interior del país ya no es tan difícil, tal y como se quejaba el poeta y ensayista Hermann Garmendia hace ya varias décadas, ante lo que consideraba una dificultad enorme en la pueblerina Barquisimeto de hace cincuenta años.
Debemos hacer otra consideración. Se trata del carácter histórico y no precisamente literario del  presente ensayo, un mea culpa. Aunque Lucien Fevbre, habría desaprobado mi posición al respecto, debo de reconocer mis enormes deficiencias literarias. Sé que mis lecturas de literatura son limitadas y a veces hechas con cierta displicencia y despreocupación, sin embargo la redacción de este trabajo me ha hecho tomar un vivo interés por las cuestiones de la versificación, la métrica y el ritmo en la poesía; y otras cuestiones, como la inspiración y la revelación poética, como diría Octavio Paz, tienen en mi sensibilidad otra connotación, nueva y renovada.
Debo dar las gracias al doctor Reinaldo Rojas y a los profesores Héctor Torres Mendoza  y Carlos Giménez Lizarzado, miembros de la Fundación Buría, por haber leído el borrador y hacerle interesantes observaciones que de otra manera no se me hubiesen ocurrido. Les quedo muy agradecido.

RAFAEL  DOMINGO  SILVA  UZCATEGUI,  SU  VIDA
     Conocido fundamentalmente por su monumental Enciclopedia Larense, editada en 1941, y no por el resto de su polémica y desconocida obra, este curioso personaje de la literatura venezolana nació en un apacible caserío del semiárido venezolano, la población con fisonomía andina de Curarigua de Leal, ubicada en el Municipio Torres del Estado Lara, Venezuela, el 25 de julio de 1887. Tuvo una larga existencia, murió en Caracas a la provecta edad de 93 años. Digamos que sufrió una especie de fijación emotiva a su terruño natal a pesar de que la abandonó a la corta edad de 10 años, no dejó nunca de visitarla con frecuencia hasta muy entrado en años.
Siempre estuvo ligado a la tierra y a las labores agropecuarias. Pasó su infancia en la finca La Sabanita, propiedad de su padre, el caroreño Rafael María Silva Riera, quien había desposado a Isabel Uzcátegui, hermana del Arzobispo de Caracas Críspulo Uzcátegui (1845-1904). Su padre toma la decisión de vender esta finca ribereña al río Curarigua, y se traslada en 1899 a la población de Agua Viva, Distrito Palavecino del Estado Lara, Venezuela, donde adquiere otra finca para continuar sus labores del campo.
A comienzos del siglo XX se traslada a Caracas a estudiar el tradicional bachillerato  nuestro en el célebre Colegio Santa María, y se aloja en casa de uno de su tío, el jerarca de la Iglesia Católica, el Arzobispo de Caracas (1884-1904) Críspulo Uzcátegui y quien décadas atrás había dado cobijo y protección a otro joven caroreño, el bachiller Ramón Pompilio Oropeza Álvarez, futuro rector fundador del Colegio Federal Carora en 1890. En dicho Colegio caraqueño, fundado en 1859 y cuando el dios de la guerra sacudía al país, entra en contacto con uno de sus mentores más importantes, guía de su existencia en lo sucesivo, como me lo ha aclarado el profesor M.E. Carlos Giménez Lizarzado, el Dr. Agustín Aveledo (1837-1926),  quien fue uno de sus fundadores.
Es polifacética la vida de Aveledo,  este prohombre del saber y del conocimiento de nuestro accidentado siglo XIX, apóstol del civilismo y de la paz, fue ingeniero, educador, político, ilustre humanista, filántropo caraqueño. Graduó de ingeniero en la Academia de Matemáticas y doctor en filosofía por la Universidad de Caracas. Ministro de Fomento. Redactor de la afamada Revista Científica,
En aquel colegio de secundaria donde enseñaron, en distintas épocas, el escritor Juan Vicente González,  el sabio alemán, introductor del positivismo en Venezuela, Adolfo Ernst, el patriota cubano José Martí, Marco Antonio Saluzzo, Luis Espelosin, Luis Sanojo, Manuel María Urbaneja, Rafael Seijas y el propio Aveledo, se nutre el joven larense de la ciencia y de la cultura de nuestro siglo XIX, dominado por el paradigma positivista de signo francés, una herencia que dejó en nuestra cultura el presidente Antonio Guzmán Blanco. Es necesario destacar que Silva Uzcátegui dedicará su polémico libro Historia Crítica del Modernismo en la Lengua Castellana, editado en 1925, a este extraordinario educador venezolano del siglo XIX  quien estaba a punto de fallecer en aquella ocasión.
Comienza a estudiar medicina en la Universidad de Caracas, pero sucede un hecho inesperado que marcará profunda huella en su existencia: la muerte de su tío, el Arzobispo de Caracas, Críspulo Uzcátegui Oropeza, ocurrida el 31 de mayo de 1904, por lo que debe abandonar la capital prontamente. Son los años del violento ataque a la soberanía nacional por las potencias europeas, Alemania e Inglaterra, que el presidente Cipriano Castro enfrentó con gran dignidad y patriotismo. A todo ello habrá que agregar las terribles y desastrosas consecuencias de la última guerra civil sufrida por Venezuela: la llamada Revolución Libertadora. Ante tal cuadro de inestabilidad y descomposición, el joven Silva Uzcátegui se vio determinado a venirse a su casa paterna en Agua Viva  a la espera de que se aclarara el confuso panorama político del país de comienzos del siglo pasado.
Fatalidad la que persigue al joven curarigüeño. Tampoco podrá seguir estudios médicos en Barquisimeto donde existía una escuela para formar facultativos en el Colegio Federal de Primera Categoría de Barquisimeto, una deficiente universidad que fue clausurada por el escritor Dr. Eduardo Blanco, Ministro de Instrucción del presidente Cipriano Castro en 1900. Ni podrá el mozuelo coronar sus aspiraciones de hacerse en el oficio hipocrático en Maracaibo o Valencia, universidades declaradas en suspenso en 1903 por el autor de Venezuela Heroica, quien alegaba la existencia de exceso de médicos y abogados, lo cual crearía un verdadero “proletariado intelectual” en el país, tal como decía el laureado escritor romántico caraqueño.
Años después, en fecha no precisada, y acosado por las dificultades que ante sus aspiraciones universitarias sufre en Venezuela, viaja a Francia, faro luminoso de la ciencia médica por aquel entonces, con la firme intención de  recomenzar su formación médica, pero un hado impide por segunda vez que el joven Silva Uzcátegui comience sus estudios. Otra muerte, esta vez la de su padre, lo conmina a venirse al estado Lara, a encargarse de la finca familiar, y a la rebautiza con el nombre de  Santa María, en honor al Colegio caraqueño donde hizo su “trienio filosófico” de nuestra educación secundaria de entre siglos.
Conviene destacar la enorme frustración que ha debido producir en el muchacho estas dos dolorosas  e inesperadas circunstancias, ajenas y colocadas fuera de su control. Un par de veces se inicia en la ciencia de Hipócrates y otras dos veces, fuera de su voluntad, debe abandonarlas. A mi modo de ver, esta eventualidad crea en el futuro escritor un mecanismo psíquico compensador ante aquel par de frustraciones: comienza a estudiar por su cuenta y en su finca de Agua Viva la especialidad médica de la psiquiatría. Se transforma de tal manera en uno de los autodidactas más importantes de la Venezuela del siglo pasado.
Contrae matrimonio con una jovencita tocuyana de apenas 13 años, Otilde Rodríguez, con quien procreó siete hijos: Rafael Nicanor, Otilde Elena, Carlos Rafael, quien fue Ministro de Educación en Venezuela, designado por el presidente Carlos Andrés Pérez en 1977 y en 1979 presidente del Banco Central de Venezuela, Otmaro, Lourdes, Isabel María y Alicia.

LA  BIBLIOTECA  DE  SILVA  UZCATEGUI
Sin descuidar la hacienda que heredó, comienza a leer y estudiar febrilmente de manera autodidacta. Se rodea de libros venidos de cualquier parte. En su biblioteca se pueden encontrar obras del Dr. Henry Baruk (1897-1999), de la Escuela Francesa de Psiquiatría, fundador de la Psicofarmacología, y vehemente opositor del psicoanálisis freudiano, pues lideró una orientación psiquiátrica fuertemente fisiológica; el Premio Nobel de Medicina Charles Robert Richet y su Tratado de Metapsíquica (1925); el médico psiquiatra Pablo Moebius quien sostenía la condición mental menor de la mujer que la del hombre; el psiquiatra francés Pinel quien hace la primera clasificación de las enfermedades mentales; Dr. Philippe Delmas, estudioso de los excitados constitucionales; Dr. Johannes Shultz, neurólogo alemán quien creó el tratamiento en base a la auto hipnosis y estudió al sabio del romanticismo alemán Goethe; Dr. Diego Carbonell, venezolano, autor de una controversial Psicopatología de Bolívar, en 1916, amigo y médico en París del poeta Rubén Darío; el alemán Dr. Ernest Krestchmer, autor de Hombres Geniales y Constitución y Carácter y quien llamó cicliodes a los enfermos maniacos.
Larga es la lista de autores de medicina psiquiátrica, la crítica literaria y otros temas que Silva Uzcátegui lee y examina en su finca del Municipio Palavecino. Pareciera que imitara con ello la vida del poeta tradicionalista castellano Gabriel y Galán (1870-1905), como veremos más adelante.  Otros son el profesor Lugiato, estudioso de los desequilibrios afectivos; el psiquiatra suizo Bleuler quien acuñó el término esquizofrenia, autor de Tratado de psiquiatría; Henry Genil-Perrín, francés, escribió Los paranoicos, y creador del concepto “personalidad bovárica, en referencia a la novela de Gustave Flaubert; el sabio venezolano Dr. Lisandro Alvarado, quien escribió en 1893 Neurosis de hombres célebres en Venezuela; Dr. Gregorio Marañón, quien hace, por cierto, un elogio a Psicopatología del soñador del escritor larense; el francés Binet Sanglé quien conmovió a Europa al publicar La locura de Jesús; el sabio argentino Ramos Mejía, autor de estudios psiquiátricos sobre los presidentes Rosas y el Dr. Francia; autores como el profesor Emmanuel Regís (1855-1918) y su Tratado de Psiquiatría, el criminalista francés  Maxime Laignel-Lavastine, el psiquiatra Grajux, Ángelo Hesnard, creador de la Revista Evolución Psiquiátrica en 1925; Porot; el autor y  soldado francés Albert Erlande; el profesor Dupré y su Doctrina de las Constituciones, el gran escritor venezolano Rufino Blanco Fombona y su libro El modernismo y los poetas modernista; Pedro Emilio Coll,  el desgraciado poeta colombiano José Asunción Silva y su novela De Sobremesa; el Dr. Pedro César Dominici y su obra de crítica literaria Tronos Vacantes, 1924; Horacio Botero Yzasa, biógrafo de José Asunción Silva, entre otros.
Pero los médicos más eminentes y conocidos de finales de siglo XIX y de las primeras décadas del XX, habrán de ser el galeno y escritor, uno de los fundadores del sionismo, el judío-húngaro Max Nordau (1849-1923) y el sobresaliente facultativo y psiquiatra francés Pierre Janet (1859-1947), uno de los más egregios representantes de la Escuela de Psiquiatría Francesa. Autores de quienes tendremos ocasión de hablar en las páginas que siguen.
Si bien es cierto que en su Historia Crítica del Modernismo en la Literatura Castellana, Silva Uzcátegui es, en palabras de Amelina Correa Ramón un “epígono tardío de Max Nordau” y su libro Degenerados (1892), el Dr. Pierre Janet afamado psiquiatra francés, le servirá de inspiración para escribir su otro controversial trabajo titulado Psicología del soñador, editado en 1931.  El Dr. Janet es el autor de un voluminoso libro de 584 páginas: De la angustia al éxtasis, 1926-1928, donde reconstruye de forma excepcional la estructura psicológica y psiquiátrica de la vida emotiva del místico, que empuja al individuo al vértigo de experiencias psíquicas que van de la indiferencia absoluta a la inquietud, la melancolía, la euforia. Otro trabajo de Janet, ampliamente comentado por Silva Uzcátegui es Las Obsesiones y la Psicastenia.  En ella se refiere a la debilidad en los centros nerviosos que perturban la relación de las personas con el mundo exterior, que aplica a los escritores Edgar Allan Poe, Baudelaire, Rubén Darío y José Asunción Silva.
Es relevante el estudio minucioso, desapasionado y exhaustivo que realizó Janet en un caso de delirio religioso. Fue en París hospital Salpetriere, donde estuvieron Charcot y Freud, con la paciente Maideline a quien atendió por dos décadas. Esta dama caía en éxtasis místicos, y hasta llegó a presentar los estigmas de Cristo. Caminaba sobre la punta de sus pies, así como reproduciendo la postura de la crucifixión. En el cuadro de la razón positiva, una singular apuesta entre mística y psiquiatría experimental.
Pues bien y como dijimos, Janet inspira a Silva Uzcátegui a realizar un estudios sobre la poesía de los soñadores, como los llama, tales como Edgar Allan Poe, Baudelaire, José Asunción Silva, Rubén Darío, y el reformador del siglo XVI Martín Lutero, en los que existe, afirma, una perturbación de las funciones cerebrales que les ha producido pérdida en la función de lo real, que ocasiona una falla cuando el individuo  trata de poner el espíritu en relación con el mundo externo, por eso el sujeto es incapaz de percibir el mundo tal como es. Los poetas sufren de estados depresivos y fallan cuando tratan de hacer una descripción de la Naturaleza, dice el escritor larense de la mano de Pierre Janet.
Eso sucedía con el soñador colombiano, dice Silva Uzcátegui en A la luz del psicoanálisis, obra breve escrita en su vejez en 1969: “El, José Asunción Silva, escribió un Paisaje Tropical en el que no nos habla de la brillante luz de las regiones tropicales, sino todo lo contrario. Su cerebro enfermo le hace captar la realidad gris y brumosa.”
Y cuando se refiere al reformador alemán Martín Lutero hace una comparación muy interesante entre la paranoia que sufren tanto el reformador religioso. Así como el Quijote: La lectura de libros de caballería y la meditación constante sobre ese mismo tema, actuaron poco a poco sobre el cerebro predispuesto de Don Quijote, hasta que llegó un momento en que él mismo se creyó un caballero andante.  Más adelante agrega Silva Uzcátegui:
Así, Lutero. Era ya un enfermo cuando llegó al convento.  No iba a leer libros de caballería, sino a estudiar otros mucho más peligrosos: de Filosofía y de Teología, elementos de cultivo para un cerebro enfermo. Llevaba ya el elemento específico del paranoico: el orgullo. Llevaba también el acervo patológico de la niñez, sus insuficiencias psicológicas caracterizadas por aquel terror que ahora habría de cambiar de aspecto, pero no de esencia: antes le aterrorizaban sus padres y sus maestros; en el convento le aterrorizarían el diablo y las penas del infierno.[1]
Mientras leemos estas líneas del escritor venezolano no puedo menos que rememorar mis lecturas de postgrado, cuando el Dr. Reinaldo Rojas me encomendó realizara un informe, de tono crítico, de una lectura sobre una obra del historiador francés Lucien Fevbre referida a Martín Lutero, un hombre atormentado por la duda y el miedo a la condenación eterna. Sigue diciendo Silva Uzcátegui: “Fue así como un delirio sistematizado convirtió a Lutero en Profeta enviado por Dios para reformar la Religión, y a Don Quijote en caballero andante.” Dos soñadores, en el lenguaje de Silva Uzcátegui.
            Al degustar estas líneas del escritor curarigüeño, seguimos pensando que se trata de una verdadera omisión, -involuntaria en este caso-  de no contar con este fundamental libro escrito en 1931: Psicopatología del soñador en el que podemos de alguna manera atisbar una continuación de su línea de pensamiento que viene de su otra obra anterior, esto es, Historia Crítica del Modernismo en Literatura Castellana, editada en España en 1925.
Pero debemos destacar que en 1969, cuando Silva Uzcátegui escribe ese pequeño libro, que es una colección de ensayos periodísticos suyos: A la luz del psicoanálisis, está ya fuera de la influencia, muy marcada en su juventud,  del médico judío Max Nordau, pues no le menciona para nada. Ahora su paradigma e inspiración lo constituye el médico francés, Dr. Pierre Janet.
Otra observación tiene que ver con el título de este libro de bolsillo. Y es que es equívoco y dudoso su nombre. El psicoanálisis, tal como le conocemos universalmente, no es empleado allí para estudiar las psicopatías y las enfermedades mentales. Sabemos que al referirnos al psicoanálisis pensamos de inmediato en el médico vienés Segismundo Freud, a quien no cita para nada el escritor larense. Es quizá influencia de sus lecturas de médico  judío francés Dr. Henri Baruk quien se opuso férreamente a las ideas del psicoanálisis desde los principios morales de la Tora y el judaísmo.
En palabras del humanista Luis Beltrán Guerrero, Silva Uzcátegui “Se ha empobrecido por la cultura”, dado el enorme esfuerzo que ha debido realizar para tener entre sus manos de campesino tan vasta y variada cantidad de libros. A lo que debemos agregar que eran constantes los viajes que realizaba al viejo continente y a la ciudad de Caracas, ciudad en la que se estableció finalmente en los años 1940  tras vender su finca. Una decisión nada sencilla.
En la capital de Venezuela ejercerá un modesto cargo en el Ministerio de Sanidad cuando su paisano Honorio Sigala fue ministro de ese Despacho. Allí dirigió la Revista Educación Sanitaria del M.S.A.S; al tiempo que sigue siendo un voraz lector autodidacta, su verdadera e íntima pasión.


LAS OBRAS ESCRITAS SILVA UZCATEGUI
El periplo vital de la escritura de este escritor larense se extiende por muchos años. Comienza en los días de la Revolución  Bolchevique cuando escribe Notas de viaje. Diario de un viaje a Europa, editada en Barquisimeto. Tipografía Vásquez e Hijos, 1917, 50 páginas. Le seguirán su polémica Historia Crítica del Modernismo en la Literatura Castellana, Imprenta Viuda de Luis Tasso, Barcelona, España, 1925. 459 páginas, con el cual ganó premio de la Real Academia Española de la Lengua en 1927 y que examinaremos exhaustivamente en este trabajo; Psicopatología del soñador, Editorial Araluce, Barcelona, España, 1931, 231 páginas, obra a la que no hemos ubicado hasta ahora, pues es una rareza bibliográfica; su magistral Enciclopedia larense, Impresos Unidos, Caracas, tomo I, 319 páginas, tomo II: 540 páginas, ejemplo de fuerza y talento, editada en 1941, erudita obra que ha sido la causante del desconocimiento del resto de su producción intelectual; en la estela dejada por el Dr. Diego Carbonell saldrá de su pluma Historia biológica de Bolívar, impresa en Buenos Aires en 1954, 231 páginas;  El Estado Portuguesa, Biblioteca de Cultura Portugueseña. Imprenta Marsiega, Madrid, 268 páginas, 1955. Más adelante escribe Barquisimeto: Historia privada, alma y fisonomía del Barquisimeto de ayer, Caracas, 303 páginas, 1959; después hace una recopilación de algunos de sus escritos en el diario El Universal de Caracas con su A la luz del psicoanálisis, Imprenta Juan Bravo, Madrid, 1969, 119 páginas, título equívoco,  pues para nada tiene que ver con el psicoanálisis como creatura de Freud;  ese mismo ve la luz su obra que será la última La restauración de monumentos históricos en Venezuela. Imprenta Nacional, Caracas, 1969.
Existen  además unas obras inéditas del curarigüeño, tales como: Estudios de crítica psicológica, varios tomos. Otro será Biografía y crítica psicológica de algunos grandes poetas americanos. Esta información la obtuvimos de su trabajo Historia Biológica de Bolívar, obra editada por la Universidad de Los Andes, Rectorado de la Facultad de Medicina, Concejo Municipal del Distrito Libertador, Mérida, Venezuela, en 1984.
Es cosa segura que existen escritos dispersos en la prensa de Venezuela y quizás en otros países. Habrá que buscar. De tal modo, la investigadora Yolanda Aris ha agregado dos títulos más a la lista de trabajos de este escritor larense. Ellos son Cuadro de la historia psicológica de la República a la Independencia y también, Biografía y crítica psicológica de algunos poetas americanos, ambos trabajos lamentablemente sin datos de imprentas y fechas de publicación, todo ello, un balance extraordinario de pasión escritural autodidacta, y que se extiende por seis décadas y dos años.
En 1981 las Ediciones de la Presidencia de la República reedita algunas obras del escritor curarigüeño en la serie Biblioteca de Autores Larenses. Son los años del gobierno del Dr. Luis Herrera Campins. Para los efectos de este magnífico trabajo ha sido comisionado el Dr. Pascual Venegas Filardo. En el tomo I de la tercera edición de la Enciclopedia Larense escribe: “la obra de Silva Uzcátegui ha sido juzgada favorablemente por autorizadas voces de otros países. Su libro Psicopatología del Soñador mereció un elogioso juicio de Gregorio Marañón. Cuando la Real Academia Española premio su libro Historia Critica del Modernismo en 1927, tan alta distinción fue respaldada por la prensa española. Debemos decir que si hombre de letras destacado, el contenido de sus libros se acerca, en su mayoría, más a la ciencia que a la literatura pura.”
Pero sin decir de qué trata y cuál es su contenido del libro Historia Crítica del Modernismo, sigue diciendo Venegas Filardo:
“Hay que decir que el examen de cada uno de  los libros de Silva Uzcátegui, permite apreciar un ángulo sustantivo de la obra de este escritor, que siempre con valentía, defendió su criterio ya en el campo literario, ya en el histórico, y supo polemizar con fe en sus principios a través de la prensa cotidiana. Si uno de los escritores más representativos del Estado Lara, lo es asimismo de Venezuela, se discrepe o no de sus juicios sobre los temas que trató.[2]
Obsérvese que Venegas Filardo habla de los elogios recibidos por el escritor larense por el libro Historia Crítica del Modernismo, pero no se atreve siquiera a comentar el contenido de tan polémica y destemplada obra que la posteridad ha mantenido oculta por casi una centuria. Le asistió un espíritu polémico, dice Venegas Filardo, lo que a mi juicio  ha impedido que se conozca en el presente la obra completa del autor larense.
A mi modo de ver, la Biblioteca de Autores Larenses no se atrevió a reeditar lo más sustancial de la obra silvauzcateguiana. Y no lo hizo por temor a abrir la Caja de Pandora que representan, y que hubieran provocado un verdadero escándalo entre sus lectores acostumbrados al tono acompasado y prudentísimo de su Enciclopedia Larense. Esta autocensura debió producirse también porque la muerte de Silva Uzcátegui acababa de acontecer el año anterior, esto es, en 1980. Atrevernos a abrir la Caja de la mitología griega ha sido nuestra determinación.
Para cumplir este cometido disponemos de edición (fotocopiada) de 1925 que es la única conocida. Tiene un largo subtítulo: Estudios de crítica científica. Psicopatología de los corifeos del modernismo, demostrada con los actos, las teorías, las innovaciones i las poesías de ellos mismos. Obra profusamente documentada. Editada en Barcelona, Imprenta Viuda de Luis Tasso. Arco del Teatro, 21 y 23. Esta obra, que dedicó Silva Uzcátegui al Dr. Agustín Aveledo, recibió elogios del Dr. Santiago Ramón y Cajal, español, Premio Nobel de Medicina en 1906, el  venezolano Dr. Luis Razetti, entre otros, como veremos después.

Historia Biológica de Bolívar
En 1954 y tras más de veinte años dedicado al estudio del Libertador, publica, en Buenos Aires, Silva Uzcátegui  Argentina, Historia Biológica de Bolívar. Obra profusamente documentada. Tiene un subtítulo bastante largo y es una suerte de índice de contenidos: La historia biológica. El genio de los estados psicopáticos. Estudios científicos hechos sobre Bolívar. Herencia y educación. Excesos y traumatismos psíquicos. Constitución psiclotímica. Los accesos depresivos. Constitución emotiva. Fenómenos inhibitorios. El estupor emotivo. El Delirio sobre El Chimborazo. El delirio de Casacoima. El rapto ansioso, etc.
Fue publicada en tiempos de la dictadura de Pérez Jiménez en Venezuela y fue comentada en diversos actos de la llamada Semana de la Patria, en Barquisimeto, Venezuela, política de ensalzamiento de los valores de la nacionalidad llevada adelante por este régimen de fuerza.
En esta obra hay un gran ausente: el médico húngaro Max Nordau y su polémica obra Degenerados, publicada en alemán en 1896 y traducida al castellano en 1902. Este libro se había constituido en libro de cabecera del temprano Silva Uzcátegui, y basándose  en sus criterios insostenibles e hirientes, escribirá su controversial Historia crítica del modernismo en la literatura castellana, en 1925, que es a su vez un despiadado ataque a los poetas franceses del siglo XIX: Baudelaire, Verlaine, Lautréamont, Moreas y a los bardos americanos Rubén Darío y Leopoldo Lugones, como se verá más adelante. Cuando el venezolano escribe esta obra Nordau  es apenas un  doloroso recuerdo  en la  cultura europea.
Observemos a continuación los elogios recibidos por esta obra. El doctor Gregorio Marañón (1887-1960), autor de Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, escribió: “Conozco bastante bien la bibliografía de Bolívar y realmente faltaba profundizar en el conocimiento del gran caudillo americano. Sinceramente, creo que el libro de usted cumple esa necesidad.”(Yépez, Bernardo. 2011, p. 29).

El médico psiquiatra francés, firme opositor del psicoanálisis de Freud, Henri Baruk (1897-1990), escribe:
Su muy bello trabajo pone en evidencia el papel de los fenómenos periódicos cíclicos o maniacos (en los genios y grandes hombres), cosa que demasiado a menudo se olvida en psiquiatría.(…) yo me prometo analizarla en las revistas francesas, en particular en la Revue Neurologique, para hacer conocer estas bellas investigaciones a los médicos a los lectores franceses.[3]

Otros comentarios, siempre elogiosos serán los del doctor José Solé Segarra quien escribe: “…saca usted acertadas conclusiones biológicas sobre el psicótico que estudia.”El médico argentino Dr. Enrique Gandía dirá: “Ha penetrado usted con sinceridad en sus emociones y en los recónditos secretos de su alma.” El muy conservador Diario La Religión dice: “El insigne escritor y crítico profundo ahonda los estados más difíciles de la psicopatología, así como de la herencia y educación que influyeron en el alma del Libertador.” Finalmente, el Dr. David Anzola, médico barquisimetano, hablará de su vasta preparación,  la seriedad en el concepto, la imparcialidad de sus juicios, su estilo castizo.”  (Yepez, Bernardo. 2011, pp 30 -33)
En el prólogo de la obra dice su autor que el libro Psicopatología de Bolívar del Dr. Diego Carbonell, escrito en 1916, es ya anticuado (p. 45).  Ello lo afirma porque el médico sucrense no conoció los avances en  psiquiatría de los eminentes psiquiatras Kraepelin, Krafft, Ebing, Dupré, Laignel-Lavastine, Baruk, Bleuler. Se trata entonces de una actualización del voluminoso y bastante técnico libro, con lo cual el joven médico se ganó serias enemistades y adversas críticas. Una de las cuales fue la del Dr. Luis Razetti, quien dijo que Carbonell está escribiendo un libro para demostrar que Bolívar fue epiléptico.
Pero es un hecho cierto que el Dr. Carbonell y Silva Uzcátegui comparten el mismo criterio cientificista del positivismo decimonónico y que bebe de las fuentes de la muy prestigiosa Escuela Francesa de Psiquiatría la que dominó tales estudios en el orbe hasta mediados del siglo pasado con las eminentes figuras de Pierre Janet y Henri Baruk, entre otros. Estos dos galenos franceses, es necesario destacar, se encuentran muy alejados de los estudios de las anomalías psíquicas llevadas a cabo desde finales del siglo XIX por el médico judío-vienés S. Freud y sus discípulos.
Para el escritor larense existe una afinidad estrecha entre el genio y los estados psicopáticos. El genio es una neurosis acompañada frecuentemente de una superioridad intelectual. Bolívar tenía una personalidad psicopática que encuadra dentro de los límites clásicos de la constitución ciclotímica de Kretschmer y la constitución epileptoide de Minckoswski. En el Libertador existían una serie de factores predisponentes  (p. 80): la herencia,  en sus ancestros hubo manifestaciones psicopáticas en ascendientes y colaterales; la educación, la pareja Rodríguez-Bolívar constituye una verdadera pareja psicopática; excesos y fatigas que le provocaron diversos traumatismos psíquicos, la muerte de su esposa en 1803, el acceso de depresión posterior sufrido en París.
En conceptos del escritor larense, Bolívar presentó dos constituciones asociadas: la constitución ciclotímica, (inestabilidad del humor, genio variable, un excitado constitucional, la depresión sucede a la energía) y la constitución emotiva.
Después establece las etapas psicológicas de la vida de Bolívar. 1º. La de la evolución puberal: joven atolondrado, quimérico, extravagante. 2º. Etapa de la edad viril. Bolívar se muestra el hombre de genio a plenitud, las grandes campañas, la actividad casi sobrehumana, es la etapa del hombre de las dificultades. 3º etapa. Es la de véspero declinante, las melancolías, la hipocondría. (p. 142 y ss).
Los accesos de melancolía del libertador fueron varios: 1º. Con la muerte de su esposa, 1803. 2º. El que sufrió en Alemania, una depresión melancólica. 3º. Con la caída de Puerto Cabello y la Primera República, 1812. 4º. El que sufrió en Pativilca en 1824, donde cayó gravemente enfermo. 5º. Un ataque de gravedad en Guayaquil, 1829. (p. 148).
La constitución emotiva del padre de la patria lo hizo padecer de frecuentes insomnios, exagerado sentimentalismos y lágrimas, hiperestesia sensorial (le molestaba demasiado el humo del tabaco), la inquietud y el fastidio. El asesinato de Sucre le turbó el espíritu. El intento de magnicidio en 1828 en Bogotá le produjo estupor emotivo: manía persecutoria con alucinaciones. (p. 197).
Un fenómeno psíquico curioso nos presenta Silva Uzcátegui: los fenómenos inhibitorios en los banquetes: en ocasiones saltó el Libertador sobre las mesas, brindaba y decía palabras exaltadas. Ello ocurrió tres veces. (p. 210).
Y no podían faltar los delirios, alucinaciones que son como una manifestación de una gran emotividad: El Delirio sobre el Chimborazo, en donde exclama: “Me siento como encendido por un fuego extraño y superior. Era el Dios de Colombia que me poseía.” Y finalmente el Delirio de Casacoima (Venezuela, 1817) donde Bolívar se puso a hablar con gran entusiasmo de grandes `proyectos. Decía que irían a libertar a Nueva Granada y después pasarían a Ecuador, de dónde irían al Perú y luego llevarían sus armas triunfantes hasta el Potosí. Fue una de las emociones-conmociones depresivas más grandes de su vida.  (p. 218).
Y finalmente el rapto ansioso: Los paroxismos de terror sucedidos durante el terrible periodo de la Guerra a Muerte en Venezuela, 1813. Y termina nuestro escritor larense con Última enfermedad y muerte: La tuberculosis le quita la vida al Libertador el 17 de diciembre de 1830. (p. 221).
Es un libro que se aparta de la historiografía tradicional venezolana en torno al héroe, muchas veces presentado en todo su romanticismo y, en consecuencia, idealizado. Nuestro escritor larense muestra a un Bolívar de carne y hueso, sometido a las contingencias y limitaciones  de una constitución biológica,  lo que a menudo  olvidamos o ignoramos.
         UN TITULO EQUIVOCO: A  LA LUZ  DEL PSICOANALISIS
En nuestras manos tenemos otro libro del escritor larense: A la luz del psicoanálisis, editado en 1969. Es una escritura madura y mucho más sensata que las que salieron de su pluma en sus mocedades, que se deslinda del estilo mordaz y duro de las décadas del 20 y 30 del siglo XX, la que encontramos en esta pequeña obra de apenas 117 páginas, impresa en Madrid, en la Imprenta Juan Bravo. En esta dedicatoria coloca cosas muy importantes y que debemos atender para comprender el hispanismo raigal: “como homenaje en la Cuatricentenaria de la ciudad de Carora, honra de Venezuela y cuna de mis antepasados, que fueron de abolengo español [subrayado nuestro], fruto de una disciplina intelectual, a la que he consagrado muchos años de mi vida”.
Por estos años reside nuestro escritor en Caracas. Desde la década de 1940 vende su finca de Agua Viva y se muda definitivamente a la capital, donde inclusive hace una muy breve carrera política sin dejar de escribir.
Digamos de entrada que el título de este libro genera bastantes confusiones. No se trata del psicoanálisis freudiano el que emplea Silva Uzcátegui para hacer sus “Estudios de crítica científica”, como es el subtítulo de la obra. Con ello quiere dar a entender que sus estudios los realiza desde una óptica objetiva, experimental, esto es, científica. Por ello desconfía  de la tradición fabulosa y desfigurada y de la biografías melífluas. Al momento de estudiar a los hombres celebres recomienda lo que llama “La anatomía de la vida íntima”, porque los da a conocer “con una minuciosidad anatómica”.  Y lo que más sorprende acá es el empleo de una metodología que llama “la histología de la historia que es un concepto  tomado del Dr. José María Ramos Mejía (1849-1914), autor de Neurosis de hombres célebres de Argentina. La neurosis en la historia, con lo que queda clara la adhesión del escritor larense a concepciones científicas ya superadas.
El argentino nos habla allí de  razón y la locura, el genio y la locura, reyes locos, la selección natural, la lucha por la existencia, la neurosis de Rosas, que tiene causas morales y físicas, la locura moral, epidemias morales en Francia, Alemania e Italia, propagación del histerismo, la melancolía, hipocondría, insomnio, constipación y delirios de persecución del Dr. Francia, la pequeña neurosis del amor, los seductores, los pintores, los literatos, todo ello, como se ha visto  bajo la conducción de la concepción positivista de la medicina de Fin de Siglo.
Al Dr. J. M. Ramos Mejía le debemos agregar otra influencia decisiva en los planteamientos del escritor larense: el célebre médico psiquiatra y neurólogo francés Pierre Janet, fallecido en 1947, toda una eminencia de la Escuela Francesa de Psiquiatría del siglo XX. No puede hablarse de Janet sin evocar su desacuerdo con Freud. En el Congreso internacional de Medicina de Londres, en 1913, Janet criticó severamente las doctrinas psicoanalíticas, en particular en lo que concierne al simbolismo de los sueños y el origen sexual de las neurosis, a la vez que reivindicaba, con un apasionamiento que no era habitual en él, la prioridad del descubrimiento del método catártico, que consideró el desarrollo natural de su propia teoría de las ideas fijas subconscientes. Cuando, veinticinco años más tarde, el yerno de Janet, Édouard Pichon, trató de organizar en Viena un encuentro entre los dos hombres, Freud se negó a recibir a su antiguo adversario.
Es por ello que hemos venido aclarando que la influencia de Freud en Silva Uzcátegui es casi o totalmente inexistente. La concepción pansexualista de Freud no agrada ni a Pierre Janet, tampoco al sureño Ramos Mejía, ni mucho menos al escritor curarigüeño. Para estos hombres el freudismo está colocado fuera del alcance de la medicina moderna. No es otra cosa que pseudociencia, metafísica.
El libro que analizamos contiene siete ensayos: 1. El cafard en la Guerra de Independencia de Venezuela. El cafard es una especie de nostalgia que sufre el soldado europeo al ser trasladado fuera de sus países. (p. 11). Plantea que se hace necesario un estudio psicológico de la capitulación de Miranda, el psicoanálisis del fusilamiento de Piar, la psicopatología de Boves. 2. José Asunción Silva, el carácter morboso de su poesía, su psiconeurosis emotiva producto de las sucesivas desgracias personales sufridas, su pérdida de función de lo real (Pierre Janet) (p. 23). 3. La psicosis de Don Quijote de la Mancha. (p. 49).  Los delirios sistematizados crónicos de su paranoia, las alucinaciones. Acá se refiere a su libro Psicopatología del soñador, editado en 1931. 4. María Eugenia Vaz Ferreira. (p. 65). El alma enferma de una gran poetisa. Su psicopatología que la induce a la soledad y al aislamiento, saboreaba un placer voluptuoso en sentirse sola. 5. “La Última Cena” de Arturo Michelena. (p. 79). Allí aparece Judas con las características físicas de un anormal: rostro flaco, pómulos salientes, barba terminada en greñas, mirada recelosa como la de los criminales 6. María Eugenia Alonso. (p. 87). Protagonista de la novela Ifigenia. Una personalidad psicopática, su carácter violento e iracundo.  7. El Asesino Gorgouloff. Psicoanálisis basado en una carta del asesino (del presidente francés Doumer), la regresión de su cerebro enfermo hacia el estado del alma del hombre primitivo.(p.101).
En estos escritos podremos observar la influencia directa de Pierre Janet en el estudio sobre el poeta colombiano José Asunción Silva, y la no declarada de Lombroso a propósito del cuadro La Última Cena, de Arturo Michelena, y la tesis de la “recapitulación” en el ensayo sobre el asesino del presidente francés, y que fue tomada como cierta y respetable,  era un producto acabado de la ciencia de Fin de Siglo, tal como veremos a continuación.

POSITIVISMO  Y  DARWINISMO  A  FINALES  DEL  SIGLO XIX
Para entender estos dos hombres, el judío húngaro Max Nordau y a su “epígono tardío”, el venezolano R. D. Silva Uzcátegui, quienes trataron de establecer una relación entre la insanía mental y la creación literaria, como veremos más adelante, debemos enterarnos del estado de la ciencia, la sociedad y la cultura de fines de siglo XIX y comienzos del XX en Europa y América. Son los años del dominio casi absoluto del paradigma de la evolución establecido, desde 1859, con la publicación por Charles Darwin de La evolución de las especies. Este concepto transformó el pensamiento humano. Casi no hubo cuestión alguna dentro del ámbito de las ciencias de la vida que no recibiera una nueva formulación basada en este concepto. En este sentido el científico estadounidense Stephan Jay Gould se expresa: “Hasta entonces, ninguna idea había sido objeto de un uso, o de un abuso, tan generalizado (por ejemplo, en el caso del “darwinismo social” o en la utilización de la teoría evolucionista para presentar la pobreza como algo inevitable”. ( 2004, p. 165).
La teoría evolucionista propició dos aberraciones que pasaron por serias y objetivas. Una de ellas fue la tesis de la recapitulación: el mono se encuentra entre nosotros;  la otra es la hipótesis evolucionista especifica acerca del carácter biológico de la conducta criminal: la antropología criminal de Cesare Lombroso.
Stephan Jay Gould, duro crítico de la ciencia positivista, escribe  en su libro La falsa medida del hombre (2004) que:
La recapitulación se deriva de unas ideas de Haeckel y fue uno de los conceptos más influyentes que produjo la ciencia de finales de siglo XIX. Fue decisiva en diferentes campos científicos, como la embriología, la morfología comparada y la paleontología. En todas esas disciplinas la idea de reconstruir los linajes evolutivos llegó a ser una obsesión, y se consideró que el concepto de recapitulación era el instrumento idóneo para dicha tarea. Las hendiduras branquiales  que se observan en el embrión humano al comienzo del desarrollo, representaban el estadio adulto de un pez filogenéticamente previo; en un estadio posterior, la aparición de una cola revelaba la existencia de un pasado reptil o mamífero.[4]
Este concepto, agrega Gould, ejerció una influencia decisiva en el naciente psicoanálisis:
Tanto Segismundo Freud como Carl Gustav Jung fueron firmes partidarios de la recapitulación, y la idea de Haeckel desempeñó un papel bastante grande en el desarrollo de la teoría psicoanalítica. En Tótem y tabú, por ejemplo, Freud trata de reconstruir la historia humana partiendo de una clave fundamental, que sería el complejo de Edipo de los niños pequeños. El impulso parricida debía corresponder a un episodio real protagonizado por unos antepasados adultos. Por tanto, alguna vez, los hijos de un clan ancestral debían haber matado a su padre para tener acceso a las mujeres.[5] 5
El británico Hebert Spencer (1820-1903),  apóstol del darwinismo social, decía que “Los rasgos intelectuales del salvaje… son rasgos que se observan regularmente en los niños de los pueblos civilizados”, esto es, los europeos y norteamericanos. Predicó la doctrina de la recapitulación el mito de la superioridad nórdica y la inferioridad de los negros, quienes nunca hubieran construido una civilización digna. Se opuso a la inmigración de italianos, griegos y españoles a los Estados Unidos.
Ese determinismo biológico de la recapitulación, nos dice Gould, hizo que muchos científicos varones aplicaran tal argumento a las mujeres:
En tal sentido las características metafísicas de las mujeres eran: impresionabilidad, emotividad sobre la lógica, un estadio femenino de la personalidad. Los suicidios eran más frecuentes entre las féminas, lo que demostraba el bajo nivel evolutivo de ellas frente al de los hombres. Y llego a establecer que la nariz griega era signo de cultura, no así la nariz chata de los africanos. Comparó el arte rupestre con los dibujos de los niños y los “primitivos” vivos. Hacia 1920 la teoría de la recapitulación había caído en descrédito. Parecía que el prejuicio y la insensatez del siglo XIX había tocado a su fin. 6
Pero volvamos al siglo XIX y toquemos las teorías de Lombroso sobre l’uomo delinquente —el hombre criminal--, quizá la doctrina más influyente que jamás produjo la tradición antropométrica y que influyó directamente en nuestros hombres, centros de nuestro interés: Max Nordau y Rafael Domingo Silva Uzcátegui, como se verá más adelante.[6]
Los criminales son tipos atávicos desde el punto de vista de la evolución, que perduran entre nosotros. Gould lo resume así: el mono en algunos de nosotros. Y sigue diciendo el estadounidense acerca de las insostenibles ideas de Lombroso:
El criminal nato se reconoce por su anatomía. Ellos son los estigmas simiescos: mayor espesor del cráneo, mandíbulas grandes, arrugas precoces, frente baja y estrecha, orejas grandes, ausencia de calvicie, piel más oscura, mayor agudeza visual, menor sensibilidad ante el dolor, y ausencia de reacción vascular (incapacidad de sonrojarse). Lombroso dedicó su obra más importante El hombre criminal, publicada en 1876, en lo que se considera como la más ridícula muestra de antropomorfismo de que se tenga noticia. Compara los criminales con los grupos inferiores: el criminal nació criminal porque nació salvaje.[7]

                                   
Los criminales no saben sonrojarse, rasgo concomitante con el crimen y la desvergüenza. Prefieren hacerse muchos tatuajes en el cuerpo, lo que revela su insensibilidad ante el dolor y un gusto atávico por el adorno. Estos tatuajes, dijo Lombroso, con frecuencia contienen ataques a la ley (“venganza”) o intentaban una justificación (“nací con mala estrella”), (“no tengo suerte”). Tienen el cerebro más pequeño  que el de las personas respetuosas de la ley. Utilizan una jerga de criminales llena de voces onomatopéyicas como si fueran salvajes que viven en nuestra esplendida civilización europea.
Para comprender el crimen, decían los representantes de esta escuela criminalística positiva, hay que estudiar al criminal, no la forma en que éste ha sido criado, su educación o la situación que pudo haberlo incitado a robar o a pillar. Los malvados, los estúpidos, los pobres, los excluidos o los degenerados lo son porque han nacido así. Las instituciones ociales son un reflejo de la naturaleza. Hay que culpar (y estudiar) a la víctima, no a su ambiente.
La teoría de Lombroso causó gran agitación y suscitó uno de los más acalorados debates científicos del siglo XIX, dice Gould, quien agrega:
Pese a haber sazonado su obra con gran cantidad de datos numéricos, como aconsejaba el positivismo, Lombroso no había rendido los debidos honores a la fría objetividad. Otros científicos le reprochaban el carácter más abogadil que científico de sus enfoques. Poco a poco Lombroso hubo de retirarse ante la andanada de críticas, sobre todo de la escuela clásica, a la cual acusó Lombroso de especulativa y metafísica. Los clásicos le reprochaban el desvío drástico de la atención hacia las tendencias innatas de los criminales, apartándola del estudio de las bases sociales de la criminalidad.[8]
 Lombroso publicó en 1889 El hombre de genio, obra donde sostenía que el genio es una patología que podía revestir múltiples manifestaciones, desde el loco o el criminal, hasta el artista y creador, idea que Max Nordau tomó para escribir su libro tan voluminoso como extremadamente polémico titulado Degenerados, publicado  en 1892.  De este modo, la influencia del judío italiano Lombroso llegó hasta el venezolano Rafael Domingo Silva Uzcátegui de la mano del médico judío y sionista Max Nordau.
Y no podía faltar otro notable hombre del siglo XIX, un verdadero epitome de las teorías raciales, Joseph Arthur Conde de Gobineau (1816-1882). Su obra más famosa, en cuatro volúmenes, la publico entre 1853 y 1855: Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas. Se le ha calificado como el abuelo del racismo académico moderno. Stephan Jay Gould nos dice que:
Sus planteamientos, afectaron vivamente a intelectuales como Wagner y Nietzsche e inspiraron un movimiento social llamado gobinismo. En buena medida gracias a su impacto sobre el fanático inglés Chamberlain, las ideas de Gobineau sirvieron de fundamento a las teorías raciales que adoptó Adolf Hitler. La  postura fundamental de este racista científico del siglo XIX es fácil de resumir, dice Gould: el sino de las civilizaciones está determinado en buena medida por la composición racial, siendo la decadencia y caída por lo general atribuible a la disolución de la estirpe pura como consecuencia del cruzamiento. Las razas blancas (especialmente los grupos arios dominantes) podrían mantenerse en el poder, pero solo si se mantienen relativamente libres de cruzamiento con las estirpes intelectual y moralmente inferiores de amarillos y negros.[9] 9



 MÁS ALLA DE LA ENCICLOPEDIA LARENSE
Ha sucedido con demasiada frecuencia con muchos  escritores que el éxito de uno de sus libros haya ocultado el resto de sus producciones intelectuales y literarias. ¿Quién conoce al autor, un venezolano por cierto, de Una noche en Ferrara o La penitente de los Teatinos? Quedaremos sorprendidos al constatar que se trata de una novela, casi desconocida, del inmortal escritor de nuestro romanticismo, Eduardo Blanco, autor de la celebérrima y gloriosa epopeya histórica Venezuela heroica. En cualquier librería o quiosco callejero la podremos hallar con relativa facilidad. No es el caso de la novela de marras. Habrá que pedir auxilio a la Sección de Libros Raros de la Biblioteca Nacional de Venezuela para dar con el paradero de esta novela desconocida de Blanco que, en tal sentido es casi una incunable.
Y algo semejante podemos decir respecto a otros ámbitos de la creación artística. La Mona Lisa o Gioconda de Leonardo Da Vinci eclipsa prácticamente sus otras pinturas, las que son tan inestimables y hermosas como aquélla. Beethoven es otro caso destacado. Su V Sinfonía mantiene como segundonas sus otras sinfonías del romanticismo musical alemán, de la cual es gloria máxima tal músico.
Ha sucedido semejante situación con Silva Uzcátegui. Una encuesta para establecer  la popularidad de sus obras dará siempre el mismo resultado: la Enciclopedia Larense. Será su libro de más uso y lectura corrientes entre los larenses y venezolanos. Este monumental trabajo, fruto de largas investigaciones  que nos descubre una disciplina escritural inmensa, se asocia indefectiblemente a su nombre: R. D. Silva Uzcátegui, (así, con abreviaturas).
Tal Enciclopedia Larense, editada por vez primera en 1941. Existen otras dos ediciones, vino en su momento a llenar un vacío, pues hasta aquel año solo existía el Diccionario Histórico, Geográfico, Estadístico y Biográfico del Estado Lara, escrito por el zuliano Telasco A. Mac Pherson y editado Puerto Cabello, Estado Carabobo en 1883. Es decir que habían pasado más de seis décadas sin que los larenses tuvieran en sus manos una puesta al día o actualización de los conocimientos de tan particular entidad federal como es el Estado Lara.
Quizá fue una enorme sorpresa para los larenses y venezolanos de aquel entonces descubrir las enormes potencialidades naturales, la riqueza de paisajes, así como de la valiosa historia, instituciones, cultura musical, folklore y los personajes destacados del estado, todos estos elementos de cultura que permanecieron ocultos y desconocidos tras los largos años de la barbárica dictadura de J. V. Gómez. Es decir; Silva Uzcátegui oportunamente nos brindó una imagen de Lara que no teníamos sino fragmentariamente, sin ilación alguna.
Eran los años del gobierno civilista y democrático del presidente Isaías Medina Angarita (1941-1946)  quien se rodea de eminencias intelectuales de la talla de A. Uslar Pietri, Mario Briceño Iragorri, Caracciolo Parra, Alberto Adriani, el médico caroreño Pastor Oropeza, Rafael Vegas, José Nucete Sardi, entre otros; todo lo cual contribuye a crear una atmósfera cultural significativa: es el renacimiento de la cultura y las letras, tras largos años de dictadura  y que tendrá un abrupto y desgraciado final con el artero golpe de estado cívico-militar llevado a cabo el 18 de octubre de 1945, una fecha luctuosa en la historia nacional.
Esta prodigiosa obra está dividida en dos tomos. El primero dedica a los aspectos físicos del Estado Lara, superficie, división política, razas (sic) pobladoras, orografía, los Andes, Sistema Caribe o del litoral, productos naturales, hidrología, geología, mineralogía, paleontología, fauna, aves, reptiles, geografía política y económica, hombres notables que han estado en Barquisimeto, geografía económica de los municipios, historia sintética de la locomoción en el Estado Lara, exposiciones regionales, historia constitucional del Estado Lara, gobernantes larenses, historia militar regional.
El segundo tomo, más extenso, además mucho más interesante y meduloso que el primer tomo. Es motivo en el presente de investigaciones de historiadores, lingüistas, antropólogos, sociólogos, literatos, entre otros. Comienza con una magnifica Historia de la cultura larense, Educación, Ciencias médicas, ciencias jurídico-políticas; hace énfasis notable en la sección de música y músicos, cultura musical, orquestas, la pintura y la escultura; examina el estado de nuestra producción literaria, su especialidad junto a la psiquiatría, en Resumen de historia crítica de la literatura larense, índice bibliográfico, primeras imprentas, prensa larense, leyendas folklóricas, y remata con un delicioso Diccionario de provincianismos, redactado en la mejor tradición dejada por el sabio larense Lisandro Alvarado.
Ese enjundioso y bien elaborado trabajo recibió los elogios más benévolos y auspiciosos de personalidades y de la prensa.  El historiador Dr. Enrique de Gandia, Secretario de la Academia Nacional de Historia de la argentina declaró: es un monumento de erudición, ejemplo de fuerza y talento como hubo pocos en América. Otro tanto hizo el Dr. E. Mendoza Spósito (Mérida, Venezuela) dirá: conceptúo este trabajo uno de los más densos y útiles publicados en Venezuela. El Diario La Esfera, de Caracas, referirá: “en esta Enciclopedia Larense el autor reafirma sus conocimientos profundos y pone en alto su talento. Para el estudio de nuestra historia servirá de mucho la obra (…) Escrita en estilo sencillo, esta obra se adueña del lector y logra su aplauso. El Diario Heraldo, de Caracas escribirá: “el aventajado historiador, realiza un severo estudio acerca de la Geografía, Historia, Cultura y Lenguaje del Estado Lara, ajustado a una amplia y brillante documentación. Bien estaría si cada uno de los Estados de la Unión se historiara en la forma en que lo ha hecho este distinguido compatriota.”  (Yépez, B; 2011, pp. 26 - 29).
Y finalmente El Diario de Carora destacará que “Silva Uzcátegui (es) una de las mentalidades más preocupadas por la cultura y el estudio que posee nuestra región, y quien ha dado a la publicidad libros de gran valía  (no los menciona) que han merecido elogiosas críticas de nuestro continente y de los países europeos. Pareciera que se trata de la prosa de Cecilio “Chío” Zubillaga la que escribe que:
  Esta enciclopedia hacía notable falta para un mayor conocimiento del territorio larense, que ofrece valiosos rasgos como fecundo venero de la Patria, y que no solo permanece desconocida en sus riquezas, en sus valores y demás expresiones, de los venezolanos, sino también de muchos larenses, de nosotros mismos, que como la generalidad hemos estado pendientes del exterior y sus embelesos, y hemos mirado con profunda indiferencia lo que debemos conocer, amar y valorizar… [10]
  
Pues bien, este es el Silva Uzcátegui que mejor conocemos y que ha entrado en nuestra cotidianidad: un hombre sereno, un investigador metódico y reposado. El crítico literario caroreño Luis Beltrán Guerrero escribe en 1969, en la ancianidad de Silva Uzcátegui, lo siguiente:
El caballero larense, el noble y erudito caballero, está en su puesto. Se ha empobrecido por la cultura, ha servido a la Nación, sin que ésta le haya distinguido en lo más mínimo. Se le ataca, se le vitupera a veces. Los intereses creados tienen ardientes defensores. Pero el caballero sigue impasible. Sin condecoraciones, fuera de las academias, pero con libros que son monumentos de la sapiencia venezolana, que algún día aplaudirá la posteridad.[11] 11
 Atrás y en el olvido han quedado por esos años las posiciones polémicas y las controversias subidas de tono del escritor curarigüeño de sus ardientes años mozos, cuando enfiló baterías contra una corriente literaria americana y europea y se atrevió a escribir en su Historia Crítica del Modernismo en la Literatura Castellana (1925), que «El risible nombre de modernista inventado para provocar hilaridad con su sola pronunciación, apareció entonces”. Juicios de tal naturaleza que no encontraremos en su producción más reciente, ni mucho menos en su Enciclopedia Larense (1941).
Es que Silva Uzcátegui ha cambiado, pues con el paso de los años y ante el triunfo indiscutible del modernismo, ha podido retractarse ante palabras tan hirientes  y ofensivas contra los poetas modernistas salidas de su pluma en 1925, tales  como: “seres [...] que llevaban largas melenas, vestían ropas sucias, fumaban malolientes pipas i escribían versos kilométricos, todos llenos de nenúfares, crisantemos, lejanías i atardeceres glaucos…” al referirse a lo que llama corifeos del modernismo, quienes a su juicio sufren de una psicopatología y un daño cerebral evidente.” (1925. p. 21).
Pero en la Enciclopedia Larense hay un rasgo indeleble de la personalidad de su autor: el sólido anclaje al positivismo decimonónico.  Todavía en 1952, en ocasión del Cuatricentenario de la ciudad de Barquisimeto, escribe en la Guía Económica y Social del Estado Lara, algo así como considerando a la sociedad  un organismo vivo, sujeto a leyes naturales fijas:
A  estos factores biológicos y sociológicos, creo que se debe en gran parte el por qué los hijos de las principales familias de esta región (el Estado Lara), figuran siempre entre los primeros en el movimiento científico e intelectual del país. Por las razones expuestas, la sociedad de estas ciudades (El Tocuyo, Barquisimeto y Carora), como sucedió en otras de Venezuela que se hallaban en el mismo caso, fue formada por una especie de selección natural, (subrayado nuestro) cuyos efectos contribuían a mantenerlos las leyes de entonces y ciertas costumbres sociales conservadoras.” Guía económica y social del Estado Lara.[12]
Y como dándole al componente hispánico de nuestra cultura un papel desmesurado, algo así como obviando los otros dos factores de nuestro mestizaje, aborígenes y negros africanos, dirá: “Es un hecho que está fuera de discusión, que en estos conglomerados sociales de núcleo reducido, de El Tocuyo, Barquisimeto y Carora, hubo en algunas familias y en varias generaciones, no uno, sino muchos hombres que se destacaron por su inteligencia y su saber, tanto como por su virilidad y la austeridad de sus costumbres.” (Cámara de Comercio de Barquisimeto. Varios autores. 1952, p. 81 y  ss).
De tal manera explica el autor curarigüeño el poblamiento colonial de lo que el Dr. Reinaldo Rojas llamará a fines del siglo pasado Región Barquisimeto, veamos:
Vimos en el tomo primero de esta Enciclopedia, que El Tocuyo, Barquisimeto y Carora, eran ciudades pobladas por españoles. En tiempos de la Colonia, el núcleo básico de la sociedad de estas poblaciones, estaba constituido por distintas familias oriundas de España o de ascendencia española, formadas por hombres recios, enérgicos, pues no podían ser de otro modo los que se aventurasen a venir a conquistar y colonizar. Muchos de ellos fueron enviados por el Gobierno español, con cargos de importancia y, lógicamente tenían que ser individuos de alguna capacidad e instrucción. Ya sea por esto o por la posición social de que gozaban, ellos a su vez trataron de dar la mejor educación posible a sus hijos.[13]  
Acá podemos constatar el uso de tradición, medio geográfico y razas como categorías básicas del positivismo venezolano aplicado en la explicación cientificista del pasado colonial de lo que más tarde llamará el Dr. Reinaldo Rojas Región Barquisimeto. En el discurso silvauzcateguiano la tradición se trasmite de la misma manera que los caracteres genéticos, así como que la historia de Venezuela comienza con la llegada de los españoles. En la Colonia se formaliza, pues, el dominio de los blancos (españoles y americanos).
Silva Uzcátegui da una importancia capital a la educación, como agente de incorporación de la población al desarrollo y la afirmación de la ciencia como ideal del conocimiento humano, lo que guarda sin duda una llamativa semejanza con el paradigma positivista. A diferencia de otros positivistas venezolanos, Vallenilla Lanz entre ellos, que emplean la categoría de mestizaje en la interpretación positivista de nuestra historia, el autor larense apenas se ocupa de ella en sus escritos.

POSITIVISMO FILOSOFICO Y LITERATURA MODERNISTA DE  FIN DE  SIGLO
Sin embargo hay que poner en claro que el positivismo filosófico y la literatura modernista no eran opuestos como equivocadamente se podría pensar. Los literatos del modernismo eran en efecto positivistas. Nos dice el escritor venezolano Luis Britto García,  ellos pensaban que los aires europeos, y señaladamente franceses, habrían de remover las fibras conservadoras y atrasadas de Hispanoamérica que venían como un pesado fardo histórico desde la Colonia. La noción de progreso, tan cara a los comteanos y spencerianos, terminarían por establecer en Iberoamérica una civilización industrial ligado a la implementación de un nuevo lenguaje en la literatura basada en la ciencia y que dejara atrás tanta metafísica, religiosa y supercherías. Citemos en extenso las ideas de Britto García:
El ideario positivista también influye en la escuela literaria modernista. La mayoría de los modernistas son asimismo positivistas: en la base de su pensamiento están el laicismo, el escepticismo, el hedonismo, un vitalismo mezclado a veces con cierta complacencia en el pesimismo y en la decadencia, y la convicción de que el atraso y la fealdad del mundo americano deben ser corregidas mediante formas estetizantes derivadas de la cultura europea o de un vago cosmopolitismo visto a través del cristal de aquella. En el plano estético, estas convicciones se manifiestan mediante un extremo sensorialismo (después de todo, para el positivista el único origen del conocimiento es la sensación); en un gusto por el ritmo tanto en el verso como en la prosa (todo ritmo expresa vitalismo) y en un continuo empleo de alusiones y comparaciones foráneas para prestigiar la descripción de lo americano. Son  positivistas Manuel Díaz Rodríguez, Rufino Blanco Fombona y Pedro Emilio Coll y, en los momentos más vigorosos de su prosa, Rómulo Gallegos. Es modernista Enrique Bernardo Núñez, aunque denuncia a los teóricos positivistas y descree de sus proyectos modernizantes.[14]
Más adelante agrega el mismo Britto García:
“El cientificismo positivista se refleja cabalmente en el estilo y las temáticas del naturalismo literario venezolano de Manuel Vicente Romerogarcía,  Manuel Vicente Urbaneja Achelpohl, Miguel Pardo y Teresa de la Parra. José Rafael Pocaterra participa del naturalismo aunque es acérrimo enemigo del gomecismo y de sus intelectuales. La obra de los naturalistas positivistas se caracteriza, ante todo, por el realismo, que pretendía pasar por fiel reproducción de la verdad. Luego, por el telurismo, por la insistente descripción de paisajes rurales por autores en su mayoría citadinos. Además, por una presentación peyorativa del pueblo, al cual se describe esencialmente por sus carencias y atrasos. Por la creación de personajes símbolos, que representan en forma casi unilateral modos de vida, regiones, clases sociales. Y en contraste, por la presencia de personajes que intentan implantar proyectos de modernización agraria o civil en dura lucha con el atraso y la indiferencia.[15]
           Europa el modernismo reaparece polémicamente en el campo cultural, para referirse a las propuestas de renovación del arte y de la literatura como de la religión. En la América  de habla hispana, los propulsores de una renovación literaria, dicen Graciela Montaldo y Nelson Osorio Tejeda en el muy útil Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina lo siguiente:
…representados especialmente por Rubén Darío, reivindicaban el nombre de “modernismo” para identificar su propuesta de un arte que responda a las demandas y condiciones de los tiempos modernos. El modernismo excede los límites de una escuela poética, en el sentido convencional, para convertirse en un verdadero movimiento cultural que progresivamente va impregnando diferentes manifestaciones de la vida que se estaban social: una nueva prosa periodística que no escatima la belleza verbal, una retórica particular, impregna los comportamientos sociales de las burguesías latinoamericanas consolidando en el Fin de Siglo y que marcó un gusto por el lujo, lo exótico, los interiores barrocos, la rareza.
   La modernización significa el ingreso de América Latina a los grandes mercados capitalistas de la civilización industrial, es el marco en el que surge y se desarrolla el movimiento literario que se conoce como modernismo hispanoamericano. Ese “Fin de Siglo” es el que retrata el escritor venezolano Ramón Díaz Sánchez en la Caracas de entonces:
Impregnada de efluvios franceses, la literatura, la pintura, la música (…) tienen por esta época en Venezuela un meridiano francés. Es, en pintura, el florecer de Cristóbal Rojas y Arturo Michelena con sus motivos sociales e historicistas; en literatura la invasión de la novela de Zolá , de Daudet, de Maupassant, de los hermanos Goncourt; en poesía la influencia simbolista e idealista de Baudelaire, de Rimbaud, de Lautrémont, de Verlaine, de Mallarmé, de Moreas; en música el ensueño del vals, (…) Chopin, el triunfo de Teresita Carreño (…) y e asimismo el impacto de los estudios historiológicos que producen Taine y Renan.[16]


EL MODERNISMO LITERARIO DESDE LA PERSPECTIVA ACTUAL
Antes de pasar a examinar los furibundos y violentos ataques del escritor larense R. D. Silva Uzcátegui al modernismo literario europeo e hispanoamericano, un verdadero “asedio antimodernista”, como lo ha calificado Amelina Correa Ramón, veamos de qué manera es captada en el presente esta corriente literaria tan en boga en el Fin de Siglo.
Comencemos con las opiniones que sobre el modernismo expone Jorge Luis Borges en un prólogo a El Payador del poeta modernista argentino Leopoldo Lugones. Veamos:
“A fines del siglo XIX y principios del XX, el modernismo renovó la literatura de la lengua española. Esta renovación era necesaria; después del siglo de oro y del barroco, la literatura hispánica decae y los siglos XVII y XIX son igualmente pobres.” Y más adelante dice el genial autor de El Aleph que: “El modernismo por obra de Darío, triunfó en América y en España. Darío, en este último país, no es un forastero; se ha incorporado a la tradición nacional y se habla de él como de Garcilaso o de Góngora. Darío es así, para la historia de la literatura, un gran poeta de España y de América.” (Leopoldo Lugones. El Payador. Prólogo de Jorge Luis Borges, p.xi).


El mexicano Octavio Paz refiere que:
…desde el triunfo de la versificación italiana, en el siglo XVI, solamente en dos periodos la balanza se ha inclinado hacia la versificación amétrica: en el romanticismo y en el moderno. En el primero, con timidez; en el segundo, abiertamente. El periodo moderno se divide en dos momentos: el “modernista”, apogeo de las influencias parnasianas y simbolistas de Francia, y el contemporáneo. En ambos, los poetas hispanoamericanos fueron los iniciadores de la reforma; y en dos ocasiones la crítica peninsular denunció el galicismo mental” de los hispano-americanos para más tarde reconocer que esas importaciones e innovaciones eran también, y sobre todo, un redescubrimiento de los poderes verbales del castellano.[17] 17

Esta posición tan favorable hacia el modernismo habría de causarle a Silva Uzcátegui una fuerte desaprobación y censura como se verá más adelante. ¿Acaso leyó el escritor larense al mexicano? Quizá jamás lo sabremos, pero lo podemos intuir.
Sigue diciendo el Premio Nobel de literatura mexicano que:
“El movimiento “modernista se inicia hacia 1885 y se extingue, en América, en los años de la Primera Guerra mundial. En España principia y termina más tarde. La influencia francesa fue predominante. Influyeron también, en menor grado, dos poetas norteamericanos (Poe y Whitman) y un portugués (Eugenio de Castro).” ( Paz,O. 1972, p. 92).
Y al referirse al poeta nicaragüense Rubén Darío, tan maltratado y ofendido por el escritor curarigüeño, dice Paz:
Hugo y Verlaine, especialmente el segundo, fueron los dioses mayores de Rubén Darío. Tuvo otros. En su libro Los raros (1896) ofrece una serie de retratos y estudios de los poetas que admiraba o le interesaban: Baudelaire, Leconte de Lisle, Moréas, Villiers de l´Isle Adam, Castro, Poe, y el cubano José Martí, como único escritor de lengua castellana…Darío hablaba de Rimbaud, Mallarmé y, novedad mayor, de Lautréamont.[18]
Que son precisamente los poetas a quien dirigirá sus dardos más venenosos el escritor larense. Pero sigamos con el mexicano cuando dice:
 La poética del modernismo, despojada de la hojarasca de la época, oscila entre el ideal escultórico de Gautier y la música simbolista: yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, dice Darío, y no hallo sino la palabra que huye…y el cuello del gran cisne blanco que me interroga. La “celeste unidad” del universo está en el ritmo. En el caracol marino el poeta oye un profundo oleaje y un misterioso viento: el caracol la forma tiene de un corazón. El método de asociación poética de l0s modernistas, a veces verdadera manía, es la sinestesis. Correspondencias entre música y colores, ritmo e ideas, mundo de sensaciones que riman con realidades invisibles. En el centro, la mujer: la rosa sexual (que) al entreabrirse conmueve todo lo que exista. Oír el ritmo de la creación—pero asimismo verlo, y palparlo—para construir un puente entre el mundo, los sentidos y el alma: misión del poeta. [19]
Y  como  contradiciendo  a  Silva  Uzcátegui  directamente  dirá  Octavio  Paz:
 Los “modernistas” inventaron metros, algunos hasta de veinte silabas; adoptaron otros del francés, el inglés y el alemán; y resucitaron muchos que habían sido olvidados en España. Con ellos aparece en castellano el verso semilibre y libre. La influencia francesa en los ensayos de versificación amétrica fue menor; más decisivo, a mí parecer, fue el ejemplo de  Poe, Whitman y Castro. A principios de siglo (XX) los poetas españoles acogieron estas novedades. La mayoría fue sensible a la retórica “modernista” pero pocos advirtieron la verdadera significación del movimiento. Y dos grandes poetas mostraron sus reservas: Unamuno con cierta impaciencia, Antonio machado con amistosa lejanía. Ambos, sin embargo, usaron muchas de las innovaciones métricas.[20]
El británico Gerald Martin, en su inigualable  biografía Gabriel García Márquez. Una vida,  nos brinda una interesante visión anglosajona de Darío,  del cual dirá:
García Márquez ya estaba escribiendo poesía bajo el pseudónimo de “Javier Garcés”. Martín (su profesor) se centraba especialmente en las obras de Rubén Darío, el gran nicaragüense que había revolucionado, prácticamente sin ayuda de nadie, el lenguaje poético tanto de España como de América Latina entre 1888, cuando apareció Azul, y 1916, fecha de su muerte. Darío, cuya infancia guardaba inquietantes paralelismos con la de García Márquez, se convertiría en uno de los principales dioses del Olimpo poético de los jóvenes colombianos.[21]
Y no podía faltar en este recorrido las opiniones de nuestro gran venezolano Mariano  Picón Salas, quien en su libro, indispensable por más, Formación y Proceso de la Literatura Venezolana (1940) se referirá a los modernistas de forma polarmente opuesta a la del autor larense, es decir con respeto  y una alta consideración de sus innegables aportes a la literatura de América, España y venezolana Fin de Siglo, veamos:
20 Idem, pp. 93-94.                                                                                                       .                          21 2013, p. 112.        
…fue el movimiento que fue el más considerable y contagioso de toda la Historia de nuestra Literatura. Es 0bvio decir en alabanza del modernismo que creó una nueva sensibilidad lingüística y estética en las letras americanas; que hizo más inquietas y cosmopolitas; que sacó nuestra literatura de su estancamiento provincial y con nombres como los de Silva, Rubén Darío, Rodó, Lugones, Herrera y Reising, Manuel Díaz Rodríguez, dio a la lengua española un primor expresivo que no había conocido desde los días de Cervantes y Góngora. América—porque el modernismo fue un movimiento genéticamente americano—devolvía a España una lengua más dúctil y nerviosa, mas adaptada a la inquietud del alma moderna de mayor brío y luminosidad impresionista que aquel idioma un poco de bronce, de cláusulas cerradas y fundidas como el escudo de los conquistadores que nos vino en el siglo XVI; que se acartonó bastante con el fastidioso neoclasicismo del XVIII y que trataron de violentar y modernizar algunas personalidades del siglo XIX, como Bolívar, Sarmiento, González Prada, Justo Sierra, Martí.[22]
Y sigue diciendo el humanista merideño que:  “…el Español decimonónico había caído en un rancio arcaísmo de museo —como en el que escribían los académicos— o en llaneza desvestida y sin estilo, como la que disminuye la evidente fuerza y contenido dramático de las novelas de Galdós.” (Op Cit; p. 254).
Y como desmintiendo a Silva Uzcátegui, quien se amuralla en un estéril casticismo literario,  escribe Picón Salas:
…las otras lenguas europeas —Francia, Inglaterra, Alemania— lograban, por contraste, su mayor perfección estilística. Paradójicamente, puede decirse que necesitábamos afrancesarnos, anglizarnos, germanizarnos, (subrayado nuestro), recibir el contacto de otras culturas y viajar al mismo tiempo —como lo hizo Rubén Darío— a las más olvidadas fuentes de nuestra tradición lingüística, para que el Español alcanzara el espíritu moderno. Que fuese algo más nuevo y ágil que una panoplia, y más elevado que los chistes madrileños del género chico. En ello consistió, esencialmente, el aporte renovador del Modernismo.[23]
Pero sin caer en los tremendismos y crudezas del escritor larense dirá Picón Salas, algo así como recriminando a los modernistas:
Y fuera de la grandeza de Darío, de Silva, de Lugones, de una decena de excelentes poetas y prosistas, el Modernismo se agotó tempranamente porque puso su mayor interés artístico en el instrumento verbal más que en el contenido y el mensaje; porque a veces fue sólo juego juglaresco que -como cualquiera otro- estereotipaba su propia retórica. Un epígono de la escuela, sirviendo a todas las causas y casi sin comprometerse en ninguna.[24]
Y no podíamos olvidar al malogrado crítico literario Ángel Rama, quien en su libro Rubén Darío y el modernismo (1970) afirma que el Modernismo en general y el de Rubén Darío, en particular, representan la “autonomía poética de América Latina, la comprensión de un sistema literario (con un corpus literario coherente, un publicó efectivo y productores especializados) y la instauración de una tradición poética.”
Pero veamos las opiniones de un crítico literario, larense como Silva Uzcátegui, el caroreño Luis Beltrán Guerrero quien escribirá que: “Rubén Darío (1867-1916) es el más grande poeta de ambas Españas, desde el siglo de oro hasta hoy, y le debemos el enaltecimiento de la lengua española y de la cultura latina en general, a más de una mayor riqueza del mundo interior.”  (Prosa crítica, p. 177).
Guerrero, quien como dijimos al comienzo, conoce la Historia Crítica del Modernismo en la Literatura Castellana de su paisano Silva Uzcátegui, pero quien se declara en desacuerdo con las destempladas apreciaciones de su coterráneo, dirá del bardo nicaragüense que: 
 Rubén Darío, alcanza a representar no sólo a una nación, ni a un conjunto de naciones, sino, aún más, a una cultura, que nace en el Lacio bajo las siete colinas, y crece y se fortifica con los fugitivos de Troya llegados a la Magna Grecia. (…) la perspectiva del tiempo ha esclarecido el tema polémico accidental de si fue el Poeta de América o más lo fue de España, inútil discusión ante quien se llamó español de América y americano de España.[25]
Guerrero, quien fue llamado “el humanista de Venezuela”, nos brinda además una suerte de definición del modernismo:
Desde 1888, Darío inicia el uso del vocablo modernismo, que significaría “la libertad y el vuelo, y el triunfo de lo bello por sobre lo preceptivo, en la prosa, y la novedad en la poesía; dar color y vida y aire y flexibilidad al antiguo verso que sufría anquilosis, apretado entre tomados moldes de hierro.[26]
Hechas estas apreciaciones, pasemos a develar de qué manera el escritor curarigüeño gana  Premio de la Academia Española y por qué hasta ahora no se conocían las circunstancias precisas en las cuales esta conservadora institución, atada a un anacrónico casticismo radical, da un espaldarazo a los furibundos asedios antimodernistas de Silva Uzcátegui.



SILVA UZCATEGUI GANA PREMIO DE LA REAL
ACADEMIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA (1927)


Dos años luego de la publicación de su virulento ataque a los poetas “decadentes y degenerados” de Fin de Siglo, el escritor larense obtendrá un premio por su Historia crítica del modernismo en la literatura castellana, en 1927.  Lo recibirá de la muy conservadora Real Academia de la Lengua Española. El presidente de la Academia Venezolana de la Lengua, Javier Pérez,  escribe sobre estas corporaciones:
Defensoras comprometidas con una manera de hacer lingüística, las academias decimonónicas, las más o las menos, se supieron corporaciones abocadas a avalar los buenos usos y a sancionar los incorrectos. Ello hizo que se (mal) entendieran como centros de poder lingüístico conducidos por el preceptismo y por el purismo, ideales preservadores de una limpieza de sangre lingüística que solo existía en la mente de los censores, pero que nada tenía que ver con la fuerza transformadora de la lengua, ni con los usos frescos que llamaban, desde siempre, a su natural renovación. Estos roles punitivos, rotularon a las academias en general y a algunos de sus miembros en particular, de "policías correccionales" (y la formulación de este principio se la debemos a Oscar Wilde) y la estela negativa que dejaron fue nefasta, tanto que, de cuando en cuando, aflora sin que podamos comprenderla viva aún (la América hispana ha sido y es profundamente conservadora en esta materia, mucho más que España; resultado de una corriente de oposición al auge de los nacionalismos y criollismos que a más de uno mortificaba en el siglo XIX.[27]
27 Pérez, Javier.  El Nacional, 25-11-2013. P A-8.                                                                                                                                 
Pero examinemos con cuidado y atención la España de principios del siglo XX, la España que premia una obra que despotrica de las novedades e innovaciones literarias y artísticas  que vienen del otro lado de los Pirineos, algo así como refugiándose en su proverbial conservadurismo, es el hálito de la España de la Contrarreforma.  La España de por aquel entonces que es un imperio que se desmorona desde comienzos del siglo XIX y que termina en  desastre con la pérdida de Cuba y las Filipinas en 1898. Nunca como entonces estuvo más amenazada la unidad moral española. Por esos días cobra enorme fuerza el casticismo, una corriente de ideas conservadoras de lo puro español, sin contaminaciones extranjerizantes de su lengua y su cultura.
El país sufre las amenazas de un anarquismo ibero que recoge antiguas particularidades españolas a lo que habría de sumar el terror que ocasionó en las capas altas la Revolución Bolchevique de 1917. El país se divide entre “germanófilos” y “aliadófilos”. El hispanista francés Pierre Vilar en Historia de España, (pp. 117 y ss) se refiere a las crisis contemporáneas: la crisis de la monarquía (1917-1931), periodo de constantes disturbios, el problema marroquí, la cuestión regional vuelve a plantearse: el País Vasco, Cataluña; en Andalucía se llama el “trienio bolchevique” el periodo 1919-1921, el terrorismo asola a Cataluña, Zaragoza, Bilbao. Vendrá una segunda fase: la dictadura (1923-1930). Se intenta un programa social que imita al fascismo italiano, prohibición de las huelgas. El general Primo de Rivera destierra a Unamuno, la peseta bajaba, los financieros pierden la confianza en la dictadura. Una tercera fase, agrega Vilar, es la de la caída de la monarquía (1930-1931). Luego vendrá la República (1931-1936), que habrá de terciar con el grave problema de la religión, incendio de iglesias, la reforma agraria, la derecha obtiene un éxito inesperado. Así murió, agrega Vilar, la república reformista y jacobina. Luego vendrá el “Alzamiento nacional” con el que se dará inicio a la Guerra Civil española, antecedente y campo de pruebas de la Segunda Guerra mundial.
Pero no todo era tragedia y desencuentros en aquella “España invertebrada”, al decir de Unamuno. El historiador británico Hugh Thomas en La Guerra Civil Española, escribe sin embargo que:
El siglo XX contempló un despertar del espíritu español: la volatilidad política de los años transcurridos entre 1898 y 1936, más intenso todavía entre 1931 y 1936, fue la expresión de una vitalidad que se extendía a la mayor parte de las esferas de la vida nacional. La primera parte del siglo XX fue más rica desde el punto de vista artístico, por ejemplo, que ningún otro momento después del siglo XVII. Los nombres tan famosos de Picasso, Dalí, Miró, García Lorca, Juan Ramón Jiménez,  Antonio Machado, Pío Baroja, Buñuel, Falla, Casals, Unamuno y Ortega son solo las cumbres de un periodo brillante. Indudablemente a principios de siglo XX España estaba saliendo de su larga decadencia. Este renacimiento se veía tanto en la derecha como en la izquierda, en la enseñanza y en el arte.[28]
En consecuencia, podemos hablar de las dos Españas: una, la nacional, aristocrática y católica, partidaria de la monarquía, domina el ejército, celosa de sus prerrogativas. “Es la España negra, vieja pesadilla del liberalismo”, dice Vilar. Agrega el hispanista francés: “Su garantía será el orgullo de casta, equivalente español al orgullo de raza nazi. El español hidalgo y caballero cristiano vale por su “estilo de vida”, que dicta el “imperativo poético”. He aquí otra de las conclusiones de las corrientes literarias de rehabilitación del Quijote, y del “casticismo” místico y guerrero”.
La otra España es la que mira con expectativas al otro lado de los Pirineos, la de las Luces, que desea para el país los regímenes liberales y constitucionalistas, la separación de poderes, el laicismo y la libertad de expresión. No ve a Francia como enemiga de la tradición, como pensaba la  otra España, la “España negra”. El aislamiento hispánico, dice Octavio Paz, empieza por ser un defecto moral y termina por ser una falla intelectual. A lo que agrega el Nobel de Literatura:
Buena crítica literaria ha habido siempre, lo que no tuvimos ni tenemos son movimientos intelectuales originales. No hay nada comparable en nuestra historia a los hermanos Schlegel y su grupo; a Coleridge, Wordsworth y su círculo; a Mallarmé y sus martes. O si se prefieren ejemplos más próximos: nada comparable al New Criticism de los Estados Unidos, a Richard y Leavis en Gran Bretaña, a los estructuralistas de París. No es difícil adivinar la razón—o una de las razones—de esta anomalía: en nuestra lengua no hemos tenido un verdadero pensamiento crítico ni en el campo de la filosofía ni el de las ciencias y de la historia.[29]
Ahora bien, ¿cuál de las dos Españas es la que premia a nuestro escritor venezolano Silva Uzcátegui? Sin ninguna duda que la España que como corriente histórica se nutre de la Contrarreforma católica, la monarquía absoluta, el neotomismo de un Jaime Balmes, calificado por Pío XII “Príncipe de la apologética moderna”, la España  que habría de tener un pasajero triunfo en la Guerra Civil española, (1936-1939).
La Real Academia de la Lengua Española reconoce en el venezolano su defensa a ultranza de la lengua de Cervantes ante lo que consideran la corruptora lengua de los franceses. El autor larense cita a Rubén Darío, “hijo espiritual de Francia”, de la siguiente manera:
Repetición vacía de una vieja retórica ya muerta, empecinábase (el lenguaje) en esta quimera anticientífica (?) i antinatural: que en el Nuevo Mundo siguiese hablando como España. Solamente para el idioma, que es la más notable de las funciones humanas, no había existido emancipación. El falso purismo de la Academia, la belleza formulada en recetas de curandero, la parálisis rítmica, la indigencia de la rima, el verso blanco i la licencia poética, la abundancia declamatoria, todos esos accidentes, que no son sino justificaciones de la ignorancia i autorizaciones a la mediocridad, constituían nuestro código, o mejor dicho codex, en materia de idioma. Imitar, imitar siempre a los clásicos inimitables era la prescripción…” Historia crítica del modernismo.[30]
Quiero decir que aquellos graves  y católicos caballeros de la Academia de la Lengua Española de los turbios años de la dictadura de Primo de Rivera en España, vieron a Silva Uzcátegui como una suerte de Andrés Bello en el siglo XX, dispuesto a salvar la unidad de nuestro tesoro más preciado: la lengua castellana. La Academia no perdonó a aquel poeta nicaragüense “su devota francofilia”, utilizando la retórica silvauzcateguiana, y premió al escritor venezolano por su casticismo raigal que ataca a los degenerados que se reúnen en los cafés de París, como a continuación leemos:
Los galiparlantes (que) han invocado siempre la pobreza del  castellano para corromperlo con galicismos i otras voces exóticas. El castellano es por todos respectos mui superior al francés; porque no es enriquecerlo (el castellano) sino corromperlo, echar en el olvido las expresiones castizas para suplantarlas con las exóticas impuestas por la moda o por el “sencillo buen gusto” de los que prefieren una jerigonza (sic) de francés españolizado. 31
31 Ídem. P. 374.
Después de todo fue lema de la Academia, desde su fundación en 1713, la de «fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza». Esta corporación promovió el  panhispanismo o hispano-americanismo para promover la idea de la patria grande de habla castellana y matriz hispana, heredera de una misma literatura.
 En tal sentido, nuestro autor venezolano se hizo eco de los estatutos de la Real Academia Española de la Lengua, los cuales rezan que:
(...) tiene como misión principal velar por que los cambios que experimente la Lengua Española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico. Debe cuidar igualmente de que esta evolución conserve el genio propio de la lengua, tal como ha ido consolidándose con el correr de los siglos, así como de establecer y difundir los criterios de propiedad y corrección, y de contribuir a su esplendor. Para alcanzar dichos fines, estudiará e impulsará los estudios sobre la historia y sobre el presente del español, divulgará los escritos literarios, especialmente clásicos, y no literarios, que juzgue importantes para el conocimiento de tales cuestiones, y procurará mantener vivo el recuerdo de quienes, en España o en América, han cultivado con gloria nuestra lengua. Como miembro de la Asociación de Academias de la Lengua Española, mantendrá especial relación con las Academias Correspondientes y Asociadas.[31] [32]

En la actualidad el Ministerio de la Cultura de España, a propuesta de las Academias de la Lengua de los países de habla hispana, otorgan, desde 1976, el Premio Miguel de Cervantes, el galardón literario más importante en lengua castellana. Allí se ha premiado a literatos que han hecho contribuciones importantísimas a la renovación del habla castellana, americanos en su mayoría, a los cuales los académicos de la Real Academia de la Lengua Española de la década de 1920 habrían tildado de incomprensibles y maltratadores de la lengua castellana en su pureza: Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato, Octavio Paz, Guillermo Cabrera Infante, Álvaro Mutis, Elena Poniatowska, para citar solo algunos.
¿Una reivindicación de los pecados antaño cometidos por la Academia de entonces? Sin duda. Nuestro escritor venezolano, Silva Uzcátegui, habría de haber oído los anuncios del otorgamiento del Premio Cervantes con estupor y hasta asombro, pues han triunfado en la posteridad los hombres de letras innovadoramente audaces de la lengua. Rubén Darío es un poeta tan latinoamericano como europeo ¿Quién lo pone en duda? Sepultada en el olvido quedó la afirmación rotunda de Silva Uzcátegui de que “el modernismo afrancesado de Rubén Darío no solamente no es una literatura americana, sino que [...] es una literatura enteramente ANTI-AMERICANA.”  (Idem,p. 253).
Amelina Correa Ramón en su ensayo Nuevos asedios antimodernistas. Relación discurso-poder en Historia crítica del modernismo de Silva Uzcátegui  escribe al respecto:
La utilización simplificadora del mito dariano a la hora de justificar los orígenes del movimiento finisecular en España ha sido convenientemente tratada por una parte de la crítica especializada prácticamente desde la irrupción del término modernismo en las letras hispanas –aunque en mayor medida a lo largo de los últimos años – y nosupone, en lo que hace referencia a este artículo, sino uno más entre los anacrónicos y vehementes postulados que hallaremos en la paradójica obra del venezolano R. D. Silva Uzcátegui. Un volumen sintomático a todos los niveles debido a las excéntricas opiniones documentadas que suscribe su autor, quien trata, desde la situación canónica del establishment literario, de desvalorizar y denigrar esta corriente de finales del XIX y principios del XX y a todos aquellos escritores que, de una manera u otra, la cultivaron. [33]33
Y es que nuestro autor venezolano está firmemente anclado al lenguaje positivista del darwinismo que se afincó de manera muy perdurable en la ciencia médica de entonces, sobre todo en la psicología patológica francesa, encabezada por Ribot y el doctor Pierre Janet entre otros, quienes permanecen muy cerca del evolucionismo y los prejuicios de la naturaleza. Son partidarios de la observación prolongada, crean laboratorios de psicología experimental y tratan de hacer a un lado la psicología filosófica y escolástica, tan metafísica como dañina. Su distanciamiento del freudismo es, en consecuencia, notable. Es la aplicación de los principios darwinistas a las ideas.
Silva Uzcátegui se aferró a esta tradición positiva francesa. Recordemos que intentó estudiar medicina en Francia y que sus viajes a este país eran frecuentes mientras vivía en Agua Viva, estado Lara, Venezuela. En tal sentido no fue permeable a las nuevas corrientes que desde principios del siglo XX vinieron a desplazar al positivismo, que había saturado de cientificismo los discursos. En Iberoamérica el heraldo del antipositivismo es el uruguayo José Enrique Rodó. Su Ariel (1900) es, dice Alan Guy en su Panorama de la filosofía Iberoamericana,  el manifiesto de la desconfianza hacia el yugo positivista y norteamericano.
Le seguirán otras corrientes filosóficas que vienen a airear la pesada atmósfera cientificista del siglo XIX en Iberoamérica, tales como el marxismo de Aníbal Ponce y Mariátegui; kantismo, bergsonismo, de José Vasconcelos, raciovitalismo de Ortega y Gasset, que tanto influyó en el mexicano Samuel Ramos (el complejo de inferioridad del mexicano), Francisco Romero, Leopoldo Zea, Mariano Picón Salas.  Y sobre todo la fenomenología alemana de Dilthey y Husserl de la cual se registra su profunda impronta en El laberinto de la solead de Octavio Paz. Finalmente, el existencialismo sartreano.
De igual manera el autor larense desconocerá  la antipsiquiatría de Cooper y Laing, opuestos a la concepción excesivamente biologicista de las enfermedades mentales  así como los trabajos sobre el genio y la locura del psiquiatra y filósofo alemán Karl Jaspers; la psicología de Jacques Lacan que significa una vuelta al freudismo, la monumental Historia de la locura en la época clásica, del Maestro del Pensamiento Michael Foucault. Los trabajos de los venezolanos correrán igual suerte, pues ignorará la portentosa obra del médico psiquiatra caraqueño Francisco Herrera Luque y su Viajeros de Indias, (1961), o Las personalidades psicopáticas (1969).
Me interesa destacar la posible relación entre Silva Uzcátegui y el eminente psiquiatra caroreño Dr. Ricardo Álvarez (1896-1956), quien graduó de Doctor en Ciencias Médicas en la Universidad Central de Venezuela con su tesis La esquizofrenia (1926), y autor de Historia de la psiquiatría en Venezuela, editada en 1942. Es uno de los padres de la psiquiatría en Venezuela. Es una labor que dejo a futuros investigadores.
LAS   RELACIONES   MAX NORDAU   SILVA  UZCATEGUI   EN HISTORIA CRITICA DEL MODERNISMO  EN  LA  LITERATURA CASTELLANA,  1925

A raíz de nuestros estudios sobre el psiquiatra autodidacta, el larense y venezolano, natural de Curarigua, R. D. Silva Uzcátegui, nos hemos  topado con una increíble y delirante figura del siglo XIX: el médico y periodista Max Nordau, nacido en Budapest en 1849 y fallecido en París  en 1923. En su momento fue una verdadera celebridad. Junto con Teodoro Herzl, es uno de los fundadores del sionismo y trazó gran parte del programa práctico del sionismo temprano. Pero lo que queremos destacar es el mayúsculo escándalo que provocó en Europa la publicación, en 1892, de su obra más conocida: Degenerados (Entartug, en alemán), un éxito sensacional, el cual dedicó a su maestro, el criminólogo judío-italiano Cesare Lombroso (1835-1909) de quien tomó algunas de las ideas de su libro Genio y locura, editado en 1864.
Sostiene Max Nordau que: “…no todos los degenerados no son siempre criminales, prostitutas, anarquistas o lunáticos, con frecuencia son autores y artistas”.
De este modo todos los esfuerzos de los artistas modernos desde los prerrafaelistas hasta Oscar Wilde a Huysman, pasando por Tolstoi, Ibsen, Zola, Ruskin, Warner, y Nietszche, a los que debemos agregar el filósofo Schopenhauer, quedan reducidos a simples síntomas de degeneración patológica. Estos síntomas pueden serla egolatría, la sensualidad, la conducta anti-social, la debilitación de la autocrítica, de los centros inhibitorios, y hasta la tendencia de formar escuelas y cenáculos. El artista se convierte en basura social y debe ser recluido en el manicomio.
En el cuadro del pensamiento determinista del positivismo y el darwinismo social, alega Nordau que las degeneraciones son hereditarias y que afectan la moral, la religión, la política. Por ello propone, además de los sanatorios, una liga mundial de hombres sensatos, así como planteó también la idea del “judío musculoso”, para acabar con el viejo prejuicio del hebreo débil y enclenque. El propio antisemitismo, afirma, es un síntoma de la enfermedad de la época, la degeneración.
Resulta una verdadera paradoja histórica que las ideas de degeneración de un judío, Max Nordau, fuesen, años más tarde, en 1933 para ser exactos, el alimento ideológico de una abyecta idea de los totalitarismos del siglo XX que comenzaron a perseguir y a anatemizar a los artistas degenerados en la Alemania nazi. El concepto arte degenerado (Entartetekunst), fue empleado por Hitler y su ministro de propaganda Goebbels para denominar el arte moderno. Sucede en ese fatal año la quema de libros en Nurenberg, Berlín y otras ciudades; se clausura el movimiento de Bauhaus, “caldo del bolchevismo cultural”, como se le anatemizaba. En Munich se realiza una exposición de arte degenerado con obras de los impresionistas Manet, Monet, Renoir, Pissarro, Paúl Gauguin, Van Gogh, el padre del cubismo, Cézanne, Pablo Picasso, Amadeo Modigliani, de Chirico, el judío ruso Marc Chagall, Braque, Grosz, Henry Matisse, autor de la famosa pintura La odalisca de pantalón rojo, obra perteneciente al estado venezolano, Paúl Klee, Kandinski, los componentes del grupo “El Puente”, entre otros.
El venezolano R. D. Silva Uzcátegui, “epígono tardío de Nordau”, como lo llama Amelina Correa Ramón, y quien ganó un premio en España por su libro Historia Critica del Modernismo en la Literatura Castellana, editado en 1925,  dice que:
Algunos hombres de ciencia han utilizado los conocimientos suministrados por la psicología y la Patología para estudiar el arte patológico, pero el primero que publicó una obra de critica científica aplicada exclusivamente a la literatura, fue el insigne psicólogo alemán (sic), Dr. Max Nordau, reconocido como una autoridad mundial en la materia.[34] 34
En su obra maestra, dice el escritor venezolano, Degeneración, Max Nordau combate
las diversas manifestaciones de la literatura de fines del siglo pasado:
…i demuestra que todos sus aspectos: parnasianismo, diabolismo, simbolismo, decadentismo, etc., son un arte patológico, debido al estado mental de sus autores. Así vino a ponerse en claro que la extravagancia de los corifeos del modernismo, su lenguaje disparatado e incoherente, muchas veces incomprensible, sus estrafalarias teorías con las cuales pretendían crear un arte que según ellos no era para todos porque se necesitaba tener el talento de ellos, ese mismo orgullo de que estaban poseídos i que les hacía creer que eran superiores a todos los demás hombres: todo eso en fin, que fue tomado por algunos pocos como un movimiento serio que destruiría el arte establecido i crearía el de lo porvenir, para el psicólogo seria otra cosa muy distinta.[35]

En este sentido afirma el médico judío que el poeta Verlaine es un mongólico, idea que por determinista  bien pudo rechazar Stephan Jay Gould (001), Mallarmé un lunático y el músico Warner un sadista que supo sublimar sus inclinaciones en la música. De Baudelaire, dice el médico húngaro:
no es necesario demostrar prolijamente  que Baudelaire fue un degenerado. Ha muerto de parálisis general, después de haberse revolcado durante largos meses en los grados más abyectos de la demencia. Era a la vez místico y erotómano, tomaba haschich i opio i se sentía atraído por los demás dementes, degenerados o depravados.[36]




MAX NORDAU  Y SILVA UZCATEGUI CONTRA LOS POETAS BAUDELAIRE, POE, WHITMAN, VERLAINE, MALLARME, MOREAS.

R.D. Silva Uzcátegui escribe, basándose siempre en el médico judío-húngaro que el iniciador del gran movimiento literario francés del siglo XIX Baudelaire:
Nordau dice que Baudelaire dio título a su libro Las flores del mal, lo que denota el conocimiento que tenía de sí mismo y de su cinismo. Es un autor que odia la vida. La naturaleza le deja frío o le repele porque ni la percibe ni la comprende. Así el poeta dice en Un muerto alegre: “En una tierra repleta de grasas podridas i caracoles—Quiero cavar yo mismo una fosa profunda—Donde pueda a gusto tender mis viejos huesos—I dormir como un tiburón en las ondas…Antes que implorar una lágrima del mundo,-Vivo, preferiría invitar a los cuervos— A sangrar todas las puntas de mi osamenta inmunda.[37] 37
 El escritor venezolano pide disculpas por reproducir versos de tan mal gusto, “que ofenden el buen gusto de los lectores”, los versos  que, al modo de ver de Octavio Paz, significarían un redescubrimiento de los poderes verbales del castellano, lo que Silva Uzcátegui niega rotundamente y obstinadamente, como se verá más adelante.
Y  sigue citando,  como lo hace muy seguido,  al médico Max Nordau:
Conocemos ahora todos los rasgos de que se compone el carácter de Baudelaire. Tiene el “culto de sí mismo”; aborrece la naturaleza, el movimiento, la vida; sueña con un ideal de inmovilidad, de silencio eterno, de simetría i de artificial; ama la enfermedad , la fealdad, el crimen: todas  sus inclinaciones son opuestas en una profunda aberración a los seres sanos; lo que encanta a su olfato es el olor de podredumbre; sus ojos, la vista de las carroñas, de la sanie i del dolor ajenos; se siente a gusto en la estación de otoño fangosa i nublada; sus sentidos no son excitados sino por el placer contra la naturaleza. [38]38
No reconoce Silva Uzcátegui al Baudelaire creador del poema en prosa (Spleen de París), género anfibio creado por el genio francés, al decir de Octavio Paz. Género literario en donde acompañan al denostado poeta Aloysus Bertrand, Michaux y René Char. No tiene métrica ni rima, por lo que produce en el lector una grata sensación de libertad. ¡Qué horror!, ha debido pronunciar nuestro escritor larense. Y es que el poeta francés se muestra allí como un crítico de la mojigatería religiosa, así como la hipocresía dominante en la Francia de su tiempo. La prosa poética significa el rompimiento definitivo con las formas poéticas clásicas: el camino hacia Una temporada en el infierno (1873) de Rimbaud está abierto.
Queda claro que Silva Uzcátegui defenderá la tradición en la que se expresó el pensamiento moderno:
Obsérvese el estilo de los grandes pensadores que además de retóricos son hombres de Ciencia experimental: un Pascal, un Trousseau, un Dieulafoy, un Max Nordau… Qué belleza, qué armonía, que claridad en sus pensamientos! Las reglas fundamentales de la Retórica clásica, no son, pues, arbitrarias: ellas no hacen sino revelar, indicar, el modo cómo un cerebro vigoroso elabora sus pensamientos…. [39]
En una larga cita a pie de página, Silva Uzcátegui dice, citando a varios biógrafos de Baudelaire “A más de que los antepasados de Baudelaire, según él mismo, eran todos idiotas o locos, era  hijo de un viejo de sesenta i años. Baudelaire dice que su madre tenía veintisiete años, por lo que decía: Unión desproporcionada, patológica, senil.” (1925, p. 39).
Cuando se refiere al escritor del muy celebrado poema El Cuervo, el estadounidense Edgard Allan Poe, dirá con Lombroso que es un dipsómano. Luego escribe: “Schopenhauer fue equilibradísimo i estupendo escritor i filósofo; compárense con Nietzsche que murió en un manicomio, i se verá lo que es armonía en uno i desequilibrio en otro. Comparence no menos Goethe con Poe, Gabriel i Galán con Verlaine el borracho, Santa Teresa con Rachilde.” (1925, p. 80).
Sobre el poeta de la democracia estadounidense Walt Whitman, cita otra vez  a Nordau quien dice:
Lombroso indica con razón este cambio frecuente de carrera como una de las señales características de la perturbación de espíritu (….) Le coloca expresamente entre los genios locos. Era un vagabundo i un infame libertino.”Dice, muy por el contrario el mexicano Octavio Paz, que:“La poesía de Witman es un gran sueño profético, pero es un sueño dentro de otro sueño, una profecía dentro de otra aún más vasta y que la alimenta. América se sueña en la poesía de Whitman porque ella misma es sueño.[40] 40
Sobre el poeta simbolista Verlaine, uno de los dioses mayores de Rubén Darío dirá,  citando como  siempre a Nordau:
En este hombre encontraremos reunidos, de un modo asombrosamente completo, todos los estigmas físicos e intelectuales de la degeneración. Vemos un espantoso degenerado de cráneo asimétrico i rostro mongoloideo, un vagabundo impulsivo i dipsómano que ha sufrido pena de prisión a causa de un extravío erótico, un soñador emotivo, débil de espíritu (…) poeta disparatado cuyo lenguaje incoherente, las expresiones sin significación i las imágenes abigarrada revelan la ausencia de toda idea precisa en su espíritu.[41]
De seguido la descarga contra Mallarmé, quien, como dijo Octavio Paz, concibió a la poesía  como la única posibilidad de identificación del lenguaje con el absoluto. Así dirá el escritor larense del bardo francés que:
se hizo célebre por su estilo confuso i embarullado i esto, que sus admiradores consideran un arte exquisito, un hallazgo, en fin, del maestro a quien se despepitaban por imitar, la psiquiatría encontró que es el mismo lenguaje incoherente que se observa en las producciones de los degenerados.” Luego se precipita sobre el bardo griego Moreas era un noctámbulo rabioso que nunca volvía a su casa antes de la aurora i que invariablemente se levantaba al caer la tarde(…)era, como todos los modernistas, un cultivador del yo. La sombra de Baudelaire sugiere a ese joven ágil i pletórico vagas ideas obscuras, relámpagos de satanismo.[42]
Del mismo modo, satírico y burlón, escribe: “Lautreamont no es sino uno más de los odiadores de la humanidad, uno más de la clase de los megalómanos. I llegó a tanto su odio, que soñó que se había convertido en puerco.” Apenas es necesario decir con el mexicano Octavio Paz que Lautréamont profetizó que “un día la poesía seria hecha por todos.”¿Odiaba acaso la humanidad el conde Lautréamont como afirman Nordau y Silva Uzcátegui.
Fue Rimbaud, quien afirmó que el nuevo poeta crearía un lenguaje universal, del alma para el alma. Sin embargo el escritor venezolano escribe:
Este célebre simbolista tuvo gran fama entre sus conmilitones, porque como se sabe fue uno de los inventores de la audición colorada (sic), fenómeno que (…) es síntoma de una grave perturbación mental. Rimbaud insulta, ensucia, convierte en fealdades en pequeñas composiciones en verso o en prosa, en horribles idilios, cuyas imágenes corrompidas hasta la inmundicia, son, (…) más de un bribón que de un hombre cualquiera.[43] 43


MAX  NORDAU    Y    SILVA  UZCATEGUI   
CONTRA   EL   POETA NICARAGUENSE  RUBEN  DARIO


Paradójico e incomprensible resulta que Rubén Darío haya destacado al médico y escritor  Max Nordau en su libro Los raros, editado en 1896, y que un escritor venezolano, Silva Uzcátegui a su vez haya utilizado precisamente  al médico judío húngaro para enfilar sus baterías contra Rubén Darío. El poeta nicaragüense ha leído incontablemente a este “raro” judío, padre del sionismo. La relación entre el arte y los alienados, le viene de su formación médica en la Universidad de Budapest y de su relación con Charcot y Lombroso. “Es un raro que ataca la rareza”, dice Erin Graff Zivin. Veamos lo que escribe Darío de Nordau:
Cuando el Dr. Nordau publicó su la obra célebre (…) la figura de Verlaine, casi desconocida para la generalidad (…) surgió por la primera vez en el más curiosamente abominable de los retratos. El poeta… estaba señalado como uno de los más patentes casos demostrativos de la afirmación pseudocientífica de que los modos estéticos contemporáneos son formas de descomposición intelectual.[44]
Más adelante dice Rubén Darío que:
La psiquiatría pone su lente practico en regiones donde solamente antes había visto claro la pupila ideal de la poesía.” Con ello rechaza la intervención de la ciencia médica en los asuntos de la revelación poética. Lo raro del médico europeo será también su condición de judío que ataca la rareza. Incluye Darío 21 raros, entre los que destacan el estadounidense Edgar Allan Poe, “uno de esos divinos semilocos necesarios para el progreso humano”, Verlaine, “padre y maestro mágico”, Lautréamont, “quien vivió desventurado y murió loco”, HenrikIbsen, “visionario de la nieve”, José Martí, “adorador como fue hasta la muerte del ídolo luminoso y terrible de la patria”, el “inspirado poeta de fantasía oriental” Eugenio de Castro, el judío Dr. Max Nordeau, entre otros.[45]
El escritor venezolano ataca fuertemente a Darío tal como lo hizo otro venezolano, Carlos Brandt quien publicó en Puerto Cabello, Venezuela, en 1906, el libro  El Modernismo, con opiniones formadas al calor de las ideas de Nordau.  Dice Silva Uzcátegui que la fama del nicaragüense se le debe a sus propagandistas, “un puesto que le dieron sus sectarios, quienes agotaron el repertorio del ditirambo.”  Y además:
Tocante a Darío, agrega, no hay que negarle las dotes de poeta con que lo favoreció la naturaleza. Pero no es como pretendieron sus sectarios ni el primero de los poetas americanos, ni mucho menos el poeta castellano más grande de todos los siglos. En lo más característico de su obra no fue ni siquiera poeta castellano, porque ávido de rarezas i extravagancias, con un temperamento sumamente sugestionable, con muy poca cultura clásica i en cambio, saturado de “la más flotante literatura francesa”…claro está, se fue siguiendo las huellas de la marquesa verleniana i se extravió en el modernismo afrancesado de los concurrentes al café de Francisco I.[46]
Pedro Hernríquez Ureña escribió años antes, en 1910, cuando el inmenso poeta centroamericano aún vivía,  todo lo contrario de lo que dice Silva Uzcátegui,  veamos:
Sabido es también lo que Darío ha significado en las letras hispanoamericanas: la más atrevida iniciación de nuestro modernismo. Fue él mucho más revolucionario que Casal, Martí y Gutiérrez Nájera, y en 1895, quedó, con la muerte de estos tres, como corifeo único. Su influencia ha sido la más poderosa en América durante algunos años, y su reputación una de esas que en la misma actualidad se tornan legendarias. Es el sumo artífice de la versificación castellana.[47] 47
Más adelante dice el dominicano Henríquez Ureña que: “Con el cincel del estilo modela Darío el tosco mármol de la versificación, y crea la estatua, ya deidad olímpica, ya miniatura alada, plástica  y rítmica como las cosas vivas.”
Estos dos juicios, totalmente antagónicos y opuestos, sobre el bardo nicaragüense nos inducen a pensar decididamente en el ánimo destructor del escritor venezolano. Más adelante escribe que lo que consiguió Darío fue ser el portavoz de todas las extravagancias inventadas en Francia, era además un dipsómano, prueba de su degeneración hereditaria, que le produjo efectos desastrosos en su organismo y cerebro, tales como la neurosis.
Pero antes de terminar con las invectivas contra Darío, dejemos que Silva Uzcátegui descargue otro dardo venenoso  contra el bardo nicaragüense:
Darío, sin quererlo, evidentemente ha conducido a los jóvenes a la extravagancia, i a la ridiculez, al lileralismo (sic), a desdeñar la cultura científica i filosófica, a desviarse de la observación directa de las cosas i de los hombres. A causa de él, América se ha poblado de cisnes, de faunos, de marquesas versallescas; i los sueños de negros que estaban adormecidos desde Méjico al Plata despertaron al conjuro de sus versos i desbordaron sobre el continente.[48]

Definitivamente, cuesta trabajo creer que tales improperios se hayan escrito sobre el poeta centroamericano, a quien la posteridad ha llamado Precursor de la unidad hispanoamericana. Su libro Cantos de vida y esperanza, que dedicó a Rodó, debería ser libro de cabecera de cada hispano, los de aquende y los de allende, los de la Península y los americanos.

MAX NORDAU  Y SILVA UZCATEGUI CONTRA EL POETA MODERNISTA LEOPOLDO LUGONES

Antes de entrar a analizar las diatribas del escritor venezolano contra el autor de Lunario Sentimental, dejemos que sea su paisano argentino, Jorge Luis Borges quien se exprese sobre el gran poeta Leopoldo Lugones (1874-1938). Veamos:
La obra en conjunto (de Lugones) es una de las mayores aventuras del idioma español. La literatura de América aún se nutre de la obra de este gran escritor; escribir bien es, para muchos, escribir a la manera de Lugones. Desde el ultraísmo hasta nuestro tiempo, su inevitable influjo perdura creciendo y transformándose. Tan general es ese influjo que para ser discípulo de Lugones, no es necesario haberlo leído.[49]
El Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz, señala:
 El modernismo, también abre la vía de la interpenetración entre prosa y verso. El lenguaje hablado, y asimismo, el vocablo técnico y el de la ciencia, la expresión en francés o en inglés y, en fin, todo lo que constituye el habla urbana. Aparecen el humor, el monólogo, la conversación, el “collage” verbal. Como siempre, Darío es el primero. El verdadero maestro, sin embargo, es Leopoldo Lugones, uno de los más grandes poetas de nuestra lengua (o quizá habría que decir: uno de nuestros más grandes escritores). En 1909 publica su Lunario Sentimental. Es Laforgue pero un Laforgue desmesurado, con menos corazón y más ojos y en el que la ironía ha crecido hasta volverse visión descomunal y grotesca. El mundo visto por un telescopio desde una ventanuca de Buenos Aires. [50]
Vistas estas dos apreciaciones sobre el gran poeta y prosista argentino y universal que es Lugones pasemos a considerar las negativas ideas que  Silva Uzcátegui arroja sobre el autor de Lunario Sentimental, no sin antes poner de relieve que Lugones aún vivía cuando nuestro escritor larense lo ataca de manera inmisericorde. Como es sabido, Lugones se suicidó por amor, afirma Borges, el 18 de febrero de 1938. ¿Se habrá enterado de los arteros párrafos que le dedicó el autor venezolano en 1925 y con los cuales ganó premio de la Academia en 1927?  Quizá nunca lo sabremos. Habrá que investigar.
Silva Uzcátegui dice que “Una de las características del modernismo en España i América, fue el acatamiento servil a todo lo francés  i odio sistemático a todo lo español. Esa galomanía (…) la evidencia uno de los más devotos francófilos, Leopoldo Lugones.” (p. 359).
Lugones como es sabido ataca la vieja retórica y critica la idea de que en América se siga hablando al modo español. Propone una emancipación de la lengua castellana en Hispanoamérica. El argentino se referirá “al falso purismo de la Academia y sus recetas de curandero, la parálisis rítmica, la indigencia de la rima, la abundancia declaratoria.”A lo que el escritor venezolano responde: “Francamente, si Lugones se hubiera puesto a escribir un conjunto de despropósitos, no lo hubiera hecho de modo tan cabal. Aunque eso de decir las cosas al revés no es nada extraño en él; antes bien, es habito.”
Luego dirá Silva Uzcátegui del autor de El Payador:
Habla Lugones, irónicamente, de clásicos inimitables. I por salirle siempre las cosas al revés, ha resultado que ésta es quizá la única verdad que hai en su larga peroración. Porque, efectivamente, los clásicos castellanos son inimitables. Se pueden imitar fácilmente las extravagancias de un Lugones, por ejemplo, i por eso, él que no es sino un imitador de otros modernistas, ha tenido tantos imitadores.[51] 51
Sigue diciendo el escritor venezolano, citando a otros escritores, del:
rastacuerismo intelectual de Lugones, sus poses de erudito, la ostentación que hace de sus conocimientos, vicio que ha de culparse de su condición de autodidacta, orgulloso de su erudición sin consistencia, improvisada, sin método, e ignaro en su orgullo de cuánto le falta todavía aprender para alcanzar la sabiduría verdadera.[52]
Jorge Luis Borges, quien en cierta ocasión se burló de la poesía de Lugones, arrepentido, años después escribirá:
Por la activa pasión de su inteligencia, por la pulcritud de sus intenciones por la pluralidad de sus inquietudes, por la constante busca de una verdad que tantas veces lo llevó a contradecirse, Lugones constituye en este país (Argentina) un fenómeno insólito. Su personalidad excede sus libros; la imagen de sí mismo que un escritor deja en los otros es también parte de su obra. [53]
En otro lugar escribe Borges del Lugones  prosista e historiador:
En el caso de Leopoldo Lugones, la imagen del hombre ha escrito ha oscurecido la literatura escrita por él. Admirables trabajos como, como El Payador, la Historia de Sarmiento, como Las fuerzas extrañas y como El Imperio jesuítico permanecerán virtualmente inéditas hasta que nuestro tiempo las redescubra.[54]
El crítico literario Federico de Onis se refiere a Lugones  de la  siguiente manera:
Todas sus ideas, por arbitrarias o contradictorias que perezcan, tienen plena justificación y sentido en la unidad intelectual, sentimental o estética de su personalidad. Semejante en esto al español Unamuno, el valor superior de sus ideas está, no tanto en su significado objetivo, como en el tono y temple que su temperamento les presta.” Lugones. [55]
El 18 de febrero de  1938, Lugones puso fin a su vida suicidándose “por amor, bebiéndose su cicuta”, como dice Borges. ¿Qué pensó Silva Uzcátegui de aquella terrible decisión del bardo argentino? Solo diremos que  nuestro escritor venezolano escribió en 1925:“Lunario sentimental, un libro heterogéneo, atormentado, sin espíritu propio, un fatigoso esfuerzo de resolución de dificultades; un ejercicio retórico infecundo para el arte verdadero.” (Op. Cit; pp. 359-360).
Como se habrá notado consistentemente, Silva Uzcátegui, amurallado en un infértil y anacrónico casticismo, aliado de lo que será eventualmente la falange española,  embiste sin razón a la unidad intelectual, sentimental y estética de la  personalidad de este gran bardo argentino.

INNOVACIONES DEL  MODERNISMO EN LA METRICA
Uno de los pocos capítulos de Historia crítica del modernismo en la literatura castellana de Silva Uzcátegui en el que se ocupa de lo estrictamente literario es el capítulo VI.  Hacemos referencia a tal situación, pues como dice Amelina Correa Ramón, el resto de ellos han sido colonizados por el discurso médico-psicológico que parece tener su hegemonía durante décadas. Tal capítulo se llama Innovaciones del modernismo en la métrica, y comienza diciendo:
…el degenerado es el reino de los caprichos, la prueba más palpable de ese estado del alma, resalta de la versificación de los corifeos del modernismo.” Más adelante escribe: “I, naturalmente, los innovadores de por acá, que fueron a beber inspiración en las fuentes de París, la dieron por introducir en el verso español todas las innovaciones i extravagancias que los modernistas de allá hacían en el verso francés. Lo gracioso es que…tales innovaciones no eran sino cosas mui viejas, desechos de los antiguos. De modo que los que querían impedir que se “fosilizase” la poesía española, creían renovarla poniendo nuevamente en práctica las torpezas de los versificadores primitivos i desenterrando metros que desde tiempos remotos habían caído en desuso porque se habían sustituido por otros superiores. Eso demuestra que el verdadero objeto de los imitadores no era perfeccionar el arte: en el fondo no había sino el deseo de buscar lo raro, lo más extraño, dondequiera que estuviese.[56] 56
Opina Henríquez Ureña todo lo contrario. Llama a Darío el Sumo Artífice de la versificación castellana: si no el que mejor ha dominado ciertos metros típicos de la lengua, sí el que mayor variedad de metros ha dominado. Sigue diciendo el historiador de la cultura dominicano que “la principal innovación realizada por Darío y los modernistas americanos ha consistido en la modificación definitiva de los acentos; han sustituido con la acentuación ad libitum la tiránica y monótona del eneasílabo, del dodecasílavo hijo de las viejas coplas de arte mayor, y del alejandrino. (Op. Cit,  p. 334 ).
Sobre el versolibrismo o prosa rítmica que tanto recrimina Silva Uzcátegui a los modernistas, escribe Henríquez Ureña:
…que está resuelta en otros idiomas, y no exclusivamente por modernistas: la versificación libre, esto es, la sucesión de versos de medidas y ritmos desiguales, se conoce y emplea con más o menos frecuencia en alemán, desde Goethe; en inglés, desde Walt Whitman; en francés, desde la era del decadentismo; si en italiano no está generalizada, ya aparece triunfalmente en D’Annunzio. La virtualidad musical de esta versificación la demostró, aprovechándola en sus dramas, Warner, maestro sin rivales en el arte de fundir la palabra con la música.[57]
Sigue diciendo el gran humanista dominicano que “Otras novedades ha implantado  Darío, como la colocación de pausas después de palabras a-rítmicas, y muchas de menor importancia. Si hay exageración en algunas, es porque toda revolución  (subrayado nuestro) contra un sistema tradicional tiene que tocar a veces el extremo contrario.” (Op cit; p. 306).
Estas consideraciones escritas  por Henríquez Ureña cuando aún vivía el bardo nicaragüense se condensan cuando dice: Todo lo dicho y aún todo lo citado quizás no bastarían a justificar el alto puesto que el futuro asignará a Rubén Darío en la historia del verso castellano, si en ello no fueran implícitos el alto ingenio y la genial inspiración del poeta.”
Y como si fuera poco  escribe el maestro dominicano:
El modo de expresión de su temperamento hiperartístico pareció en su tiempo flor exótica, porque el genio de la lengua—en apariencia esquivo en su necesaria evolución—tendía acristalizarse en líneas severas y fijas. Y sin embargo, la suma sapiencia, la donosa ingenuidad, la flexible sutileza de ese estilo siempre claro y brillante, tienen su origen tanto en el estudio del arte más espiritualmente bello de Grecia y del Lacio, de Francia y de Italia, como en el dominio de los secretos y recursos del castellano.[58] 58
Parece ironía que nuestro escritor Silva Uzcátegui no haya tenido en cuenta tales juicios del gran humanista dominicano para escribir sus imprecaciones e imprecaciones contra Rubén Darío, lo que nos mueve a pensar en que el escritor larense experimentó lo que la psicología colectiva llama indigencia cognitiva, una especie de limitación que conduce a la procesar la información de manera sesgada.  Se basa en modelos simples de procesamiento de la información, cuando de manera exagerada coloniza su discurso, presuntamente literario, por otro discurso, el de la medicina y de la psicología de finales del siglo XIX y principios del XX.

LENGUA  CASTELLANA  FRENTE  A  LA LENGUA  RANCESA
El hispanista francés Pierre Vilar ha escrito que la historia contemporánea del pueblo español comienza (…) con sus primeros esfuerzos por readaptarse al mundo moderno y que:
Estos esfuerzos chocan con las formulas sociales y los hábitos espirituales que hemos visto nacer con la Reconquista, fijarse con la Contrarreforma y fosilizarse con la “decadencia”. Una minoría se abre a las ideas del siglo XVIII, pero lo hace con moderación y timidez. Se hacen algunas reformas con Jovellanos, Floridablanca, Feijoo, Campomanes, Aranda, pero el respeto a la tradición, al espíritu histórico las privan de ese vigor, de esa seguridad en sí misma que hicieron en Francia el siglo revolucionario por excelencia.[59]
La vieja fuerza instintiva de España, dice Vilar, se revela con enorme furor durante la invasión napoleónica. El combatiente medio lucha contra el francés “ateo”. El guerrillero va cubierto de imágenes piadosas. Y la virgen del Pilar “dice que no quiere ser francesa”. Le excéntrica condición de España le hace decir a Vilar: En el occidente europeo, el anacronismo español permanece intangible.
En el siglo XIX se producen interesantes movimientos intelectuales en la Península. Entre 1860 y 1880 la literatura quiere delimitar lo nacional, lo español. Una reacción contra el nuevo complejo de decadencia, dice Vilar, que la derrota de 1898 vino a exasperar, hecha las bases de la “Generación del 98”. Agrega el hispanista francés que “Los hombres del 98 quisieron, al mismo tiempo, criticar el complejo español y exaltar su mito (…), sin embargo, y como siempre en España, la síntesis se realizará entre el aliento tradicional y el no conformismo.
Frente a la lengua de los habitantes de más allá de los Pirineos habrá un intenso debate en los tiempos modernos en España y en Francia. Son dos comunidades imaginadas que, según Benedict Anderson, se nuclean alrededor de las lenguas. Quiénes son ellos y quiénes somos nosotros, será la cuestión medular de tan apasionada contrastación. Francia examina los fundamentos con la crítica, España solo cree. España  es un acto de fe. El aislamiento hispánico empieza por ser un defecto moral y termina por ser una falla intelectual, dice Octavio Paz.
Desde tiempos de Feijoo (1676-1764)  ya se pensaba en comparar las lenguas de ambos lados de la Marca Hispánica. Son, en efecto, dos lenguas romances, hijas del latín: el castellano y el francés. En la actualidad y desde Chomsky estamos dados a creer que existe una gramática universal, una gramática común a todas las lenguas. Esta condición se hará aún mucho más evidente entre el francés y el castellano, dos idiomas derivados de la lengua del Lacio.
En 1830 un tal Dómine Lúcas decía que “comparar la lengua castellana a la lengua francesa se le antojaba lo mismo comparar con un órgano un chiflo decastrador.”Y la suiza Madame de Staël, mujer que dominaba varias lenguas europeas, dijo en cierta ocasión: todo lo que no es claro, no es francés. Vieja discusión entonces.
El problema de la lengua francesa  en la lengua castellana fue asumido por el venezolano Rafael María Baralt a mediados del siglo XIX. El marabino publicó, en 1855, su Diccionario de galicismos, impreso en la Imprenta Nacional de Madrid de la cual era administrador. Marcelino Menéndez y Pelayo escribió al respecto:
El libro de Baralt que era antídoto necesario contra la nube de barbarismos con que una turba inepta deshonraba y envilecía la más rica y sonora de las lenguas neolatinas, ha hecho mucho bien.”  El venezolano José Ramón Ayala nos dice: “En España, a pesar del resurgimiento literario del siglo XIX, seguían aun entonces muchos escritores valiéndose de giros y palabras provenientes de la lengua hermana. Incorrectos usos del “que” y de los derivados verbales; viciados empleos de los posesivos y del llamado artículo indefinido; el dar acepciones gálicas a frases y vocablos que no las poseían; la introducción de muchas palabras no necesarias de la nación vecina, eran lunares que afeaban todavía las producciones españolas.[60] 60

De modo que resulta plausible colocar a Silva Uzcátegui en la línea de pensamiento de Baralt: Un casticismo dieciochesco que se opone a lo francés y a su producto más acabado: el pensamiento ilustrado. El casticismo es, en ese sentido, conservador y reaccionario. Lo castizo para Unamuno es lo puro, sin elementos extraños, lo que resiste a la invasión europea. Una persona castiza será más española que todas las demás. El filósofo vasco rechazará los refinamientos de la vida francesa, el exceso de civilización, la trivialidad de sus jóvenes, el materialismo y el progresismo como concepciones de vida: Son demasiados lógicos y carentes de pasión y de intuición.
En su defensa a ultranza de la lengua castellana, Silva Uzcátegui se pregunta si las obras de Cervantes y de Góngora fueron cosa de los galicistas, ¿imitaron ellos a los galicistas?,  se  pregunta.  Más adelante  argumenta:
Los galiparlantes han invocado siempre la pobreza del castellano para corromperle con galicismos i otras voces exóticas. Esto envuelve un doble error: primero, porque el castellano es por todos respectos mui superior al francés; i segundo, porque no es enriquecerlo sino corromperlo, echar en el olvido las expresiones castizas para suplantarlas por las exóticas impuestas por la moda o por el “buen gusto” de los que prefieren una jerigonza de francés españolizado. [61]
Dice más adelante dice, citando a  otro obcecado casticista, Julio Calcaño, que “el orden lógico del francés impide que esa lengua se compare al castellano que tiene una mayor libertad de construcción. Poco después se refiere a la multiplicidad de estilos que logran los escritores en castellano, lo que no es posible en la lengua francesa, pues todos sus trabajos pareciera que salen de una misma pluma.” (Op  cit; p 363).
 Mientras se redacta este trabajo la Academia Sueca hace entrega del Nobel de Literatura, 2014. a un francés, Patrick Modiano quien de esta manera se coloca como el Nobel en Literatura número 15 de nacionalidad francesa. Ninguna otra nación tiene tan significativo palmarés. ¿Qué pensaría Silva Uzcátegui de tan demostrativo récord logrado en la lengua de Voltaire y Sartre?
Luego se va el escritor venezolano a los números. Afirma, con el Conde de Casa-Valencia, que el castellano tiene mucho más vocablos que el francés, veamos:
 El Diccionario de la Academia francesa, dice,  monta el número de vocablos en 30.625, en tanto que la Academia española los coloca en 59.227, “superando a aquél idioma en 28.602 voces, cifra que se acerca mucho al total de los términos franceses.” (192; P. 372).
En la actualidad el Diccionario de la Lengua Española (2014) establece el número de vocablos en unos 93.000, en tanto que el Diccionario de la Academia Francesa coloca 25.524. Pero el diccionario Le Grand Robert nos entrega unos 100.000 vocablos. En este sentido,  Silva Uzcátegui agrega:
Del idioma francés, sí puede decirse que es tanta la pobreza, que carece de muchísimas palabras para nombrar seres u objetos que uno necesitaría mencionar con frecuencia. Por ejemplo, no tiene las voces nieto, cuñado, suegra, camarera, comedor, papa, & ; ni forma la infinidad de derivados que tiene el español, como cañonazo, puñetazo, puñalada, & Todo esto  tienen los franceses que expresarlo con combinaciones de palabras, algunas veces ridículas por estrafalarias, como cuñado, dicen: bello hermano; suegra, bella madre;  papa, manzana de tierra; camarera, mujer de cuarto; &..”.[62]
En otro lugar escribe el autor venezolano de forma sentenciosa que:
El castellano tiene su propia riqueza, dice en otro lugar el venezolano, y por ello no necesita andar mendigando vocablos de otros idiomas. No es progreso sino retroceso despojar al castellano de sus cualidades esenciales que le han colocado entre los idiomas más perfectos, ricos i armoniosos que ha conocido el hombre.[63] 63

Pero la lengua francesa ha conquistado sitiales a los cuales la lengua castellana solo podrá aspirar. Estamos de acuerdo con Octavio Paz en que los países de habla castellana hemos sufrido de una excentricidad frente a Occidente:
¿Cuándo comenzó esa excentricidad: en el siglo XVII o en el XVII? Aunque no tuvimos un Descartes ni nada parecido a lo que se llama la “revolución científica” me parece que lo que faltó sobre todo fue el equivalente de la Ilustración y de la filosofía crítica.  No tuvimos siglo XVIII: ni con la mejor buena voluntad podemos comparar a Feijoo o a Jovellanos con Hume, Locke, Diderot, Rousseau, Kant. Allí está la gran ruptura: allí donde comienza la era moderna, comienza también nuestra separación.[64]
Con todo, en castellano se ha escrito la mejor literatura del planeta en el siglo XX: Borges, Vargas Llosa, Onetti, Neruda, Asturias, Fuentes, Vallejo, Lugones, Guillén, Lorca, Machado, Rulfo,  Sábato... La novela Cien años de soledad, por ejemplo, se ha convertido, afirma Gerald Martin, en la primera novela verdaderamente global. Los grandes nombres de la novela llegan hasta los años cincuenta (Joyce, Proust, Kafka, Faulkner, Woolf); pero en la segunda mitad del siglo, quizá el único escritor que haya cosechado verdadera unanimidad haya sido García Márquez.
Pero veamos de qué manera resuelve El Gabo lo de la civilización francesa frente a la cultura de habla castellana.  Gerald Martin escribe:
Cien años de soledad fue nombrada Mejor Novela Extranjera en 1969 en Francia. García Márquez se negó de plano a asistir a la ceremonia. Meses después le dijo a un entrevistador que “yo siempre tuve la impresión de que el libro en Francia no marcharía” y que no había vendido mucho a pesar de  la buena acogida de la crítica; tal vez porque, por desgracia, “entre el racionalismo de Descartes y la imaginación desbordada y loca de Rabelais, en Francia ganó Descartes.[65]

LA POESIA  EN  EL  ESTADO LARA  EN  VENEZUELA  DE  COMIENZOS  DEL SIGLO  XX.    ROBERTO  MONTESINOS  BAUDELERIANO


En 1951 escribió uno de nuestros pocos críticos literarios del interior de Venezuela, el señor Hermann Garmendia, lo que llamó Mapa de una Poesía, un ensayo introductorio que pudo ser más meduloso y extenso, sobre los poetas larenses de los siglos XIX y XX. Afincándose en los críticos de la capital, Luis Correa, entre ellos, califica a nuestros liricos de la provincia como unos inacabados. Más adelante Garmendia los denomina expresión de su ámbito telúrico, mariposas sentimentales, románticos poetas en tono menor, que emplean el romanticismo como una puerta de evasión, casi vírgenes de influencias extranjeras. Ellos son, en orden cronológico: Simón A. Escovar, Gelasio Rivero, Hilario Luna y Luna, Ezequiel Bujanda, los hermanos Bracho de Carora, los cuales adquirieron una cultura fundamental de cepa humanística con aliños de enciclopedismo francés. (La poesía larense, 1951. p. 13).
En otra parte escribe Garmendia, uno de nuestros poquísimos críticos literarios de la provincia, que: Son liricos ocasionales, de vivac, que producían para su ocasión y entorno, no eran ningunos precursores ni innovadores, pues estaban atados a un aislamiento insular, en donde las palpitaciones de la cultura llegaban con sensible retraso, en un tiempo en que las comunicaciones son difíciles, agrega, la difusión de la cultura es lenta:“Si aparecen como marginados en relación con las corrientes literarias de su tiempo -con las más adelantadas-ello tuvo su causa en circunstancias sociológicas bastante conocidas.  (Idem, p.14).
Pero bien pronto hubo de producirse un cambio bastante radical en la sensibilidad de nuestros poetas larenses. Así precisará Garmendia que:
Con Roberto Montesinos se hace un alto, para oír una voz nueva, para sentir un aire poético renovado. Cuando Roberto Montesinos publica “La Lámpara Enigmática” -con prólogo de Lisandro Alvarado- una luz honda, de extracción francesa, nutrida de alucinante sustancia poética, hace brusca irrupción proyectando una luz firme en el panorama de nuestra literatura nacional (subrayado nuestro). No se trata de un poeta silvestre, del hombre de la improvisación en el corrillo, sino de un gran señor de las letras, lleno de los más enciclopédicos conocimientos, de un ágil cultura, de naturaleza mercurial, que se desplaza y se mete, como agua por entre las baldosas, por las más variadas parcelas del saber, haciendo su brusca y espontánea aparición a propósito de cualquier tema.[66]
Son pues nuestros modernistas tardíos: Roberto Montesinos, Pío Tamayo los hermanos Losada, quienes al decir de Garmendia: “alcanzan su madurez cuando ya el modernismo de Darío despedía las últimas palomas de su palomar sonoro.”Estos bardos viven en una sociedad muy tradicional, fuertemente estamental y jerárquica como El Tocuyo, poblado colonial fundado en 1545, llamada la Ciudad Madre de Venezuela. Atados a un entorno de sembradíos de caña de azúcar, arquitectura barroca y una mentalidad atada al catolicismo más tradicional de conventos y lecciones de latín, producen sin embargo una literatura radicalmente opuesta  a todo lo que desde siglos coloniales se había escrito allí. Los modernistas tocuyanos -los hermanos Hedilio y Alcides Losada, Pío Tamayo, Ernesto Nordohof, Rafael Guédez, Rafael Elías Rodríguez, y el propio Montesinos  -fundaran La Quincena Literaria, que apareció entre 1925 y 1929, animarán el estudio del marxismo  en un círculo de iniciados llamado El Tonel de Diógenes, fundado precisamente cuando al otro lado del orbe nacía la Gran Revolución de Octubre de 1917, como la aurora de los nuevos tiempos.
El marxismo de inspiración soviética, la lucha contra el latifundismo y el régimen de J. V. Gómez que ha creado un ambiente de opresión y penuria espiritual los empujará a la acción política, y de tal manera irán a dar con sus huesos a las ergástulas del gomecismo los poetas Hedilio Losada y Pío Tamayo. Allí conseguirán la muerte a muy temprana edad. Son, en este sentido, “los raros” de la profundo de la provincia venezolana. Guardan, pues, un asombroso parecido a los raros de los cuales había escrito años atrás Rubén Darío en 1896, y en particular al poeta cubano José Martí, muerto en combate por la libertad de su patria.
El 1925 va a ser una fecha muy especial para los efectos de nuestro ensayo histórico-literario, pues resulta una paradoja que en este preciso año aparecerán publicados dos libros contrapuestos. “Ya sabemos, dice Octavio Paz, que las relaciones realmente significativas no son las relaciones de afinidad sino las de oposición.” Tales obras son: Historia Crítica del Modernismo en la Literatura Castellana de Rafael Domingo Silva Uzcátegui publicado en Barcelona, España, en tanto que en Caracas, Venezuela, será impresa La Lámpara Enigmática, del poeta tocuyano, y larense como Silva Uzcátegui, profesor Roberto Montesinos (1887-1956), llamado significativamente “el poeta maldito.”
La Lámpara Enigmática produce un abrupto corte en la sensibilidad poética larense y venezolana. Y lo hace en un momento desolador para la cultura venezolana, “ambiente de opresión y penuria espiritual”, dirá Mariano Picón Salas. El solo hecho de haber sido prologado este poemario por el sabio Lisandro Alvarado, un historiador que convierte a la Psiquiatría en Ciencia auxiliar de la Historia y masón confeso, le da un relieve pocas veces visto a tan significativo poemario. Es Montesinos una suerte de Baudelaire del semiárido venezolano que asombró a sus lectores con un lenguaje agresivamente renovador.
Solo su título provocador insufla sentimientos encontrados y hasta opuestos. Una lámpara es sinónimo de luz y entendimiento. Es un instrumento que desbroza el camino del episteme. Es el símbolo de la racionalidad moderna. Pero una lámpara enigmática parecerá un contrasentido notorio. Es una lámpara oscura. Con ello pareciera entroncar el poemario de Montesinos con la tradición esotérica hermética, alquímica y teosófica de finales del siglo XIX, presente en la cábala, el tarot y una astrología de trasfondo pitagórico en personajes como Madame Blavastky y el escritor modernista español Ramón del Valle Inclán y su libro La Lámpara Maravillosa. Ejercicios Espirituales. Es una clarísima reacción contra la filosofía positivista escéptica y fuertemente antimetafísica.
Del poemario del escritor tocuyano hemos tomado Los Poemas Malditos. Invitación. (Introducción a los Poemas Malditos),  los que encontramos, dice Picón Salas, ingenuamente satánicos, donde menciona prostitutas, manicomios, medianoches, hostias negras, el cadáver de algún judío ladrón, el Gran Macho cabrío:
 “Yo amo  la profunda hora de medianoche,
Cuando el Bajísimo hace su saturnal derroche
De  pavorosas cosas.
Entonces los truhanes Salen de sus covachas,
lo mismo que los canes,
Y con llaves  falsas,
en las calles oscuras,
Sin  meter  ruido  abren  honradas  cerraduras”.

Y en otro tenebroso lugar del largo poema dirá el bardo tocuyano:
De la absurda hostia negra la maligna receta.
Las brujas la preparan con uñas recortadas
De rígido cadáver de algún judío ladron.


Es pues clara la influencia de Baudelaire, poeta maldito, quien en Las flores del mal escribe:
Durante una noche junto a una horrible judía,
Como cadáver tendido,
Pensaba al lado de aquel cuerpo vendido,
En esta triste
Belleza de la cual mi deseo se priva.
Silva Uzcátegui no conoció estos poemas de Montesinos y jamás hubiera calificado estos como producto de una mente sana, pues algún mal en el cerebro habría de haber afectado la sensibilidad del poeta tocuyano quien es su paisano larense y venezolano. Mencionar tumbas malditas, antros de vicio, plumas de búho quemadas, aquelarres, palacios trágicos donde viven los locos, las huellas del Enemigo Malo, el Infierno, significan inevitablemente que “es una literatura que no es sana, ni equilibrada, ni robusta; es enfermiza, desequilibrada i afeminada; es anormal, psiquiátrica, erotómana, falsamente mística, que junta lo más sagrado con lo más lascivo…inmoral i determinista.”
Seguramente Silva Uzcátegui conoció la producción lírica del poeta tocuyano tiempo después cuando visitaba las librerías del centro de Caracas, ciudad a la que se mudó en la década de 1940. Hoy Roberto Montesinos figura como uno de nuestros más importantes líricos de todos los tiempos, muy a pesar de Silva Uzcátegui y Max Nordau, quienes lo hubiesen calificado prontamente de “degenerado”.
Pero no se crea que ambos escritores larenses estaban al tanto de lo que sucedía por aquellos años en Europa. No. Ambos estaban visiblemente retrasados frente a lo que en el arte y la literatura acontecía en Francia, Inglaterra, Alemania e Italia. Y es que ha sido una constante de Hispanoamérica no coincidir o estar a tono con la modernidad. Silva Uzcátegui es un “epígono tardío” de Max Nordau, un hombre del siglo XIX y quien moriría decepcionado del mundo en París en 1926. Y es que nuestro escritor larense optó por el pasado al plegarse servilmente al concepto psiquiátrico de “degenerados” de Nordau y Lombroso, y lo hizo de esa manera puesto que una verdadera crítica literaria no existe en Hispanoamérica. Ello se deberá a  que carecemos de movimientos intelectuales originales, tal como ha sostenido Octavio Paz.
La lámpara enigmática, por su parte, se publicó cuando las vanguardias artísticas y literarias más notables del siglo XX hacían su espectacular aparición o eran ya cuestión del pasado. El cubismo y el expresionismo alemán lo hicieron en 1905, el dadaísmo en 1916, los poetas ultraístas en 1919, y el surrealismo de Breton y sus secuaces un año antes de la publicación del poemario de Montesinos, esto es, en 1924.Destaquemos las gigantes figuras literarias de la novela a de aquel entonces: A la búsqueda del tiempo perdido de Proust aparecerá justo al finalizar la Gran Guerra, o sea en 1918, las veinticuatro horas del Ulises, del irlandés James Joyce en 1922, y la novela de Kafka sobre un hombre sin apellido, El proceso, será publicada en 1925. A la par de ello se produjeron dos enormes y significativos hechos históricos que tuvieron resonancia planetaria: la Primera Guerra mundial y la Revolución Bolchevique de 1917, y a todo ello debemos agregar que los “camisas negras” del fascismo habían tomado el poder en la Italia de 1923.
Y en España son los años de ascensión de la fructífera Generación del 20, conectada a su vez con los grandes poetas latinoamericanos, en especial, César Vallejo, Pablo Neruda, y Vicente Huidobro, el fundador del movimiento creacionista. Y los años del oscuro trabajo poético del judío Fernando Pessoa, cuya poliforme personalidad enriquecerá y trasformará la literatura de habla portuguesa.
De modo pues que a Silva Uzcátegui y a su paisano Roberto Montesinos se les vino encima todo un mundo de espectaculares y delirantes movimientos literarios y artísticos de la vanguardia del siglo XX. Solo que el autor de La Lámpara Enigmática habría de haberlos disfrutado a plenitud y con gozo hasta su apacible muerte  en 1956 en su Tocuyo natal, ciudad a la que bautizó “Ciudad de los Lagos Verdes”. Estas “modas patológicas del arte” seguramente fueron el suplicio y tormento de Silva Uzcátegui hasta el final de sus días en la trepidante ciudad de Caracas de 1980. Sería sumamente interesante saber qué pensaba en su vejez el escritor curarigüeño de la poesía de Louis Aragón, la pintura de Dalí y el cine de Buñuel, artistas sumamente influenciados por los descubrimientos de las teorías del psicoanálisis freudiano a las que tanto rechazó, tal como hemos dicho más atrás.
Este pensamiento, en extremo conservador del venezolano le hará citar a personajes como el Doctor J. R. Ayala, quien en su Discurso sobre el modernismo, Caracas, Venezuela, 1923, escribe:
La historia no nos dejará mentir: el filosofismo engendra la revolución, la revolución produce la anarquía, la anarquía es la ruina del ideal. La revolución destrona toda autoridad; la anarquía entroniza la oclocracia; la ruina del ideal es la negación del arte. La autoridad destronada cae bajo la cuchilla del verdugo como el último de los Estuardos, Luis XVI y Nicolás II; la sociedad anarquizada se devora a sí misma como la Convención Francesa i el Bolsevismo (sic) Ruso; el arte sin ideal se niega a sí propio: por eso la literatura modernista culmina en el cubismo i en el incomparable dadaísmo.”[67]
El modernismo como corriente literaria comenzó a ser atacado muy tempranamente, en un proceso de negativización, pues algunos autores sostienen, Richard Cardwell entre ellos, que la invención de la generación del 98 en España fue un intento temprano de neutralizarlo. Amelina Correa Ramón nos dice que el escritor sevillano Manuel Machado, escribió en 1913 que:
La palabra Modernismo, que hoy denomina vagamente la última etapa de nuestra literatura, era entonces un dicterio complejo de toda clase de desprecios (…) más dura fue la lucha con los escritores, críticos y literatos que ocupaban por entonces las cumbres del parnaso español.[68] 68
Los escritores españoles hacían burlas y rechiflas de la corriente modernista que venía de América y de Francia, usando para ello las páginas de los diarios Madrid Cómico,  Gedeón y La Gran Vía.
Resulta curioso constatar que en exterior se ha escrito con mucha más frecuencia de Silva Uzcátegui que en su país natal, Venezuela. Bien pudieron hacerlo, por ejemplo, los críticos literarios larenses, sus paisanos y que de seguro conocieron sus escritos, Luis Beltrán Guerrero y Pascual Venegas Filardo quienes durante muchos años redactaron para el diario El Universal de Caracas sus crónicas sobre literatura. En otros países hemos hallado referencias muy críticas y otras no tanto a La historia crítica del modernismo en la Literatura Castellana, tales como las de Guillermo Díaz-Plaja, en 1951, Raimundo Lida, en 1967, Guillermo Carnero, en1987, Richard Cardwell, en 1996, y la propia Amelina Correa Ramón en 2002.
El británico Richard Cardwell nos dice que ha sido una manipulación ideológica  en donde el modernismo queda claramente invalidado:
El discurso privilegia lo nacional, lo patriótico, lo español, (especialmente lo castellano) frente a lo cosmopolita, lo parisino, lo europeo. Establece un sistema de binarios: normal/anormal, sano/enfermizo/; altruista/egoísta; atento al destino nacional / alienado y escapista; masculino/femenino y, al fin y al cabo, auténticamente español/auténticamente afrancesado.[69]
De tal modo del poeta castellano Gabriel y Galán, quien se aparta del modernismo, defiende la tradición, el dogma católico y la vida campesina, dirá el  escritor larense que:
No hubo menester Gabriel y Galán ir a beber inspiración en las fuentes corrompidas i malsanas de un Baudelaire o de un Verlaine. Despreció eso; lo consideró digno de los cucos i de los loritos reales. I sin embargo, dificilillo es encontrar en todo el repertorio modernista algo que por la armonía, la espontaneidad, el sentimiento i la maestría de los versos que a Gabriel i Galán le inspiran los campos de Castilla i el amor de los suyos.[70]

De la manera parecida a como emplea el positivismo y el darwinismo decimonónico para caracterizar a la sociedad larense como un organismo vivo, Silva Uzcátegui compara los movimientos literarios con las distintas etapas por las cuales transita un ser vivo: la mocedad suelta i bulliciosa (del romanticismo); la madurez de la sentada edad (del realismo); i la caducidad pueril de la vejez (el modernismo).
El ya mencionado Cardwell nos dice también que el escritor venezolano emplea discursos ajenos a lo estrictamente literario y se deja llevar por otros tales como el discurso religioso: los modernistas se refugian en diversas sectas abiertamente paganas. El discurso patriótico: tendencia al escapismo de los modernistas que para nada les ocupa lo nacional. Insensibilidad ante la lengua castellana y sus tesoros. Discurso social: los modernistas no escriben para las muchedumbres (como lo hizo Gabriel y Galán), sino para una minoría compuesta de refinados. Discurso moral: los modernistas son viciosos y degenerados que han dado que  hacer a la policía y a los tribunales. Discurso sexual: el arte modernista es afeminado y decadente. Discurso de la naturaleza: los modernistas prefieren lo artificial y aborrecen lo natural, como Baudelaire. Discurso médico psicológico: que es el más predominante en la escritura silvauzcateguiana cuando elabora una crítica literaria fundamentado en la criminalística italiana de Lombroso, y en forma extrema en las ideas de “degeneración” del médico húngaro Max Nordau, publicada en alemán en 1892, como hemos visto. La obra de este médico húngaro y sionista fue traducida rápidamente a la lengua castellana,  y ya para 1902  circulaba ampliamente entre los lectores peninsulares.

SILVA  UZCATEGUI  A  CONTRACORRIENTE
Cuando el libro Historia Crítica del Modernismo en la Literatura Castellana fue publicado en 1925 era ya un anacronismo condenado al ultraje del tiempo,  para emplear una expresión de Jorge Luis Borges.  En efecto, las primeras décadas del siglo XX vieron caerse a pedazos las certezas elaboradas por los prejuicios cientistas del positivismo. Atrás quedaron las incontrovertidas verdades de la ciencia del siglo XIX: la objetividad del conocimiento, el determinismo de los fenómenos, la primacía de la experiencia  sensible, la cuantificación aleatoria de las medidas, la lógica formal y la “verificación empírica”.
A todo ello debemos agregar las no menos perjudiciales visiones. Dice  Miguel Martínez Miguélez: la visión del cuerpo humano como una máquina; la visión de la vida social como si tuviese que ser forzosamente una lucha competitiva por la existencia: darwinismo social; el traslado mecánico de las leyes de la naturaleza al mundo de lo social, la creencia en el progreso material ilimitado, que debe alcanzarse mediante el crecimiento económico y tecnológico.
Y fue en el ámbito de la física, la más científica de las ciencias, donde se produjo el gran cambio que hizo de las exigencias del positivismo algo insostenible: Einstein relativiza los conceptos de espacio y tiempo;  Heisenberg introduce el principio de indeterminación; Pauli formula el principio de exclusión; Bohr establece el principio de complementariedad: pueden haber dos explicaciones opuestas para los mismos fenómenos físicos; Planck y Schödinger echan las bases de la mecánica cuántica. La realidad objetiva se evaporó ante los ojos de los científicos de entonces.
El rechazo a los dogmas del positivismo en las ciencias humanas será también radical y profundo. La gestación la inician Wilhelm Dilthey y las ciencias del espíritu, Wundt, Brentano, Ehrenfelds, William James, el filósofo Edmund Husserl y la fenomenología, la sociología comprensiva de Max Weber, entre otras.
Pero la fuerza del paradigma newtoniano y cartesiano, desde donde se constituyó el positivismo filosófico, continuaría expresándose hasta muy entrado el siglo XX. Era un enfoque que constituyó el paradigma conceptual durante casi tres siglos, pero se radicalizó en la segunda mitad del siglo XIX.  Lo viejo se resiste a morir.
             Es en este contexto donde debemos ubicar al psiquiatra autodidacta, larense y venezolano, R. D. Silva Uzcátegui cuando afirma que:
El desarrollo de las ciencias biológicas, ha permitido la creación de una nueva crítica que, dotada del espíritu positivista de la Ciencia experimental, busca como ésta, la razón, el porqué de las cosas.” Con ello rechaza la crítica impresionista por subjetiva, pues depende del gusto de quien la ejerza. Así la obra de arte no será el objeto único del análisis, sino que habrá que estudiar la psicología del artista.[71]

Para lograr tal cometido nuestro escritor se basa en los controvertidos criterios del médico húngaro Max Nordau a quien muy repetidas veces emplea en sus análisis sobre el  modernismo literario, y a quien llama en muchas ocasiones “sabio alemán”.  Esta actitud de Silva Uzcátegui se explica porque en Hispanoamérica, si bien hemos tenido buenos críticos literarios, de Bello, a Henríquez Ureña, y de Rodó a Alfonso Reyes, pero que, dice Octavio Paz, no tuvimos ni tenemos movimientos intelectuales originales.  Anomalía que es producto de la inexistencia en nuestra lengua de un verdadero pensamiento crítico, acota el Nobel de Literatura mexicano.
Resulta curioso que al escritor venezolano se le confunda como español y hasta como natural de Asturias, pues se aferra de manera obcecada a principios casticistas, cuando ha debido españolizar el impetuoso avance del modernismo literario. No vio el espíritu nuevo que iba a realizar la proeza de liberar a la lengua castellana de antiguos y desusados moldes y esquemas, cuyo epitome sería el romanticismo literario del siglo XIX: Campoamor, Bécquer, Núñez de Arce.
El casticismo, casi hermano del purismo, dijo Ángel Rosenblat, arrastra una carga semántica de ingratas exclusiones. La casta remite, socialmente, a un linaje determinado por consanguinidad. El casticismo se asocia a grupos sociales cerrados. En lo referente a la lengua desea que el castellano que hablamos y escribimos  se rija por la gramática del Diccionario de la Real Academia Española. Esta corporación conservadora es quien decide lo correcto y lo incorrecto en la lengua, lo que desemboca en un árido gramaticalismo. Los casticistas del siglo XIX, como Silva Uzcátegui lo hizo mucho después, atacaron con gran furia a la poesía de Rubén Darío.
Otra manera de desacreditar el modernismo fue el de considerarlo una enfermedad mental, nos dice Javier Serrano Alonso en su trabajo Los liróforos glaucos: la imagen del poeta en la sátira antimodernista, veamos:
Con la ayuda de la psiquiatría, Antonio de Valmala sentenciaba que eran pobres neurasténicos, encastillados en su ninfomanía, perdiéndose en el horizonte gris de los neologismos extravagantes y la pseudosensaciones  pecaminosas. La sinestesia y las audiciones coloreadas llegaron a verse como símbolos de decadencia y pruebas suficientes de enfermedad mental. En América Latina florecieron este tipo de trabajos, como el de Manuel Roldán Cortés Literatura y psicopatías 1909 y el extenso y tardío de Silva Uzcátegui en 1925.[72] 72
     De tal modo podemos considerar a Historia crítica del modernismo en la literatura castellana de Silva Uzcátegui como una manera nítida e impecable de expresarse lo que llama Pierre Bourdieu una “revolución conservadora”, es decir una restauración del pasado que se presenta como una revolución o una reforma progresista, una regresión, un giro hacia atrás que se da por un progreso. Esta idea se nos ocurrió cuando observamos en el texto de Silva Uzcátegui frecuentes referencias y ensalzamientos al poeta José Antonio Gabriel y Galán (1870-1905) como un verdadero y auténtico bardo:
Gabriel i Galán no se inspira en libros de nadie (sic). Los motivos de sus cantos están en la Naturaleza castellana, el amor al hogar, en el vivir de los sencillos habitantes de su tierra   habla la misma lengua de todos, hasta le gusta expresarse en el dialecto de los campesinos extremeños, pero sus versos resultan originalísimos porque van henchidos  de una poesía virgen que solamente mui contados poetas han podido i sabido  tomar de la Naturaleza misma.[73]
Y es que la poesía de este bardo, tradicionalista, estoica y sencilla, fue utilizada para atacar a el modernismo y a su máximo exponente, el americano (hoy dirían sudaca estos tradicionalistas) Rubén Darío. Sigamos leyendo al venezolano cuando escribe:
No hubo menester Gabriel i Galán ir a beber inspiración en las fuentes corrompidas i malsanas de un Baudelaire o de un Verlaine. (...) I sin embargo, dificilillo es encontrar en todo el repertorio modernista algo que por la armonía, la expontaneidad (sic), el sentimiento i la maestría con que está hecho, supere a los versos que a Gabriel i Galán le inspiraron los campos de Castilla i el amor de los suyos (...). [74]
Se trata, de la eterna Castilla de los tradicionalistas castizos. Un sentimiento de exclusión de lo español frente a lo europeo. Pierre Vilarha dicho que España es una especie de continente menor, un ser histórico aparte. La Contrarreforma, escribe Fernando de la Flor, se pone en acción como una conquista semántica del mundo sub specie religiosa. Una cosmovisión católica, una historia providencialista y mesiánica de la humanidad. Un religioso del siglo XVII, fray Juan del Sacramento lo dijo de forma maravillosa “Siendo la nación española la más a propósito de las europeas para el retiro, la soledad y clausura, por ser la más occidental y, como tal, la más grave, reputada y seria, por ser la parte del mundo donde el sol, totalmente desengañado, se retira, fenece y sepulta.”
Esta posición ultraconservadora, tradicionalista y casticista de Silva Uzcátegui deberá también explicarse por su genealogía familiar. Ambrosio Perera coloca a la familia Silva como una de las familias patricias caroreñas en su Historial genealógico de familias caroreñas. En efecto, el alcalde ordinario de Carora, don Manuel Silva y Aguiar, nativo de Portugal, arribó a esta ciudad en 1633. Siempre se mostró nuestro escritor orgulloso de pertenecer a tan conservador linaje que, junto a otras familias, ha conformado hasta el presente la llamada “godarria caroreña.”
Esta godarria se afinca en un catolicismo militante como forma y visión del mundo. En este sentido no debemos olvidar que Carora será llamada “Ciudad levítica de Venezuela”. La hegemonía social y cultural de la godarria no se podrá comprender sin este su vínculo raigal con la Iglesia Católica, institución  que le dio justificación a la innegable preeminencia a este grupo social minoritario y endogámico, endogamia en la que fue en extremo propiciadora la Iglesia al otorgar numerosísimas dispensas matrimoniales, práctica que ayudó a impedir la dispersión de la propiedad de la tierra y le dio a la ciudad otro título no menos singular: “refugio de la hispanidad”. Es lo que llama Perera “mantuanismo caroreño”, “caracoloradas”, “blancos de la plaza”, “patricios caroreños”, quienes han vivido con una preocupación, dice Brito Figueroa, la limpieza de sangre, lo cual les ha estratificado en términos similares a una casta. “España está donde se encuentra un español. Y de América nunca se marchó”, dice viejo un adagio español.
Y recordemos que eran frecuentes los viajes de Silva Uzcátegui a España, a tal punto que se empobreció, dice Luis Beltrán Guerrero, a causa de ello y de su manía, casi una excentricidad,  de comprar libros. En sus viajes a España se hizo un casticista a carta cabal, con lo cual hasta logró que creyeran erróneamente que su nacionalidad era la española.
Todos estos elementos históricos, culturales y familiares, conformaron toda serie de firmes pensamientos en Silva Uzcátegui con los cuales explicó la “novedad” del modernismo en 1925. Es lo que en la psicología social de Moscovici se ha llamado anclaje. De tal manera se referirá a la necesidad de volver a la estética helénica, a Homero, al Virgilio que le canta a Roma, a los sublimes pasajes del Dante de la Divina Comedia, a Cervantes, quien “encarna en su obra al pueblo español de su tiempo i aun de todas las edades de España”, a Camoes quien refiere las hazañas descubridoras de los portugueses en Las Luisiadas, a Shakespeare que “expresa de forma magistral el puritanismo de su época i de su pueblo”. Op cit. Pp. 232.
De tal manera Silva Uzcátegui ante lo problemático y poco familiar que le resulta el modernismo literario, sus estrafalarios y degenerados exponentes, desde Poe, Baudelaire, Verlaine, Moreas, Rubén Darío y Lugones, los incorpora a su sistema preexistente de categorías:
 Hubo mucho más ilustrados que Rubén Darío,
Los grandes hablistas de América”: Bello, Baralt, Fermín Toro, Cecilio Acosta, Juan Montalvo, Juan Vicente González, Miguel Antonio Caro, Rufino José Cuervo, Eduardo Calcaño, José Martí, Antonio Gómez Restrepo, Eduardo Blanco. Estos son los auténticos y verdaderos escritores americanos, pues el modernismo afrancesado de Rubén Darío, un alcoholizado neurótico, “no solamente no es una literatura americana, sino que es una literatura “ENTERAMENTE ANTIAMERICANA.[75]
Pero existe un rasgo muy marcado en el discurso silvauzcateguiano: su raigal laicismo, talante que quizá sea una herencia de la Ilustración francesa y de su retoño, el positivismo filosófico. A pesar de que sus años mozos convivió con la fe en Carora, “Ciudad levítica de Venezuela”, ella no permea su visión del mundo y de la vida. Estuvo protegido  por su tío, el Arzobispo de Caracas, Críspulo Uzcátegui, pero no dio muestras de confesionalismo de ninguna manera. Digamos que ese laicismo le fue introyectado por el sabio caraqueño Agustín Aveledo, quien como ya dijimos atrás, fue el responsable de su formación de bachillerato en su célebre Colegio Santa María. Quizás su catolicismo fue más bien liberal, en la senda del filósofo Miguel de Unamuno, quien proponía descatolizar el cristianismo. Habrá que investigar.
Con todo, habrá que encomiar la empecinada posición de nuestro autor, que a contracorriente e imperturbable a la crítica de su tiempo, supo sostener sus posiciones un tanto anacrónicas ya. Afincado en las posiciones de la ciencia médica positivista francesa y en los dislates del médico húngaro Max Nordau, creyó defender a ultranza los valores de la hispanidad y su literatura. En ello creyó firmemente hasta el final de su larga existencia.
Solo nos resta decir que estas obras, salidas de su temple y pasión escritural, que permanecen como sepultadas, sufriendo el borgeano ultraje del tiempo, merecen ver de nuevo la luz  para mostrar que pese a la tendencia general de nuestros escritores a la incompletud, y a lo que debemos agregar el ambiente político autocrático, enemigo declarado de las humanidades, supo mostrar un sentido de disciplina y de sistemático trabajo intelectual pocas veces visto en Venezuela.





FUENTES   BIBLIO-HEMEROGRAFIAS   Y   ELECTRONICAS CONSULTADAS

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Vilar, Pierre. Historia de España. Editorial Crítica, Barcelona, España. 1999. 180 pp.
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TABLA  DE  CONTENIDOS.
                                                                                                                            Pag.      
INTRODUCCION.                                                                                              4
1. Rafael Domingo Silva Uzcátegui, su vida.                                                         3
1.1. La biblioteca de Silva Uzcátegui                                                                     6
2. Las obras escritas por Silva Uzcátegui.                                                              8
2.1. Historia biológica de Bolívar.                                                                       10
2.1.1. Un título equívoco: A la luz del psicoanálisis.                                           12    
3. Más allá de la Enciclopedia Larense.                                                               17
4. Positivismo y darwinismo a fines del siglo XIX.                                             21
5. Positivismo filosófico y literatura modernista de Fin de Siglo.                       21           
6. El modernismo en la perspectiva actual.                                                         22
7. Silva Uzcátegui gana premio literario en  España, 1927.                                 25
8. Relaciones Max Nordau y Silva Uzcátegui en -Historia Crítica   - - -  -   -  -  -  - -                                       .   del Modernismo en la  Literatura Castellana, 1925.                                       30---                                           
8.1.Max Nordauy Silva Uzcátegui contra Baudelaire, Poe, -------  --------   ..     ..   Whitman, Verlaine, Mallarmé y Moreas.  -                                                 --  31
8.2. Nordauy Silva Uzcátegui contra Rubén Darío.                                             33
8.3 Nordau y Silva Uzcátegui contra Leopoldo Lugones.                                   35
8.4. Innovaciones del modernismo en la métrica.                                                37
8.5. Lengua castellana frente a la lengua francesa.                                              38
9. La poesía del Estado Lara, Venezuela, a comienzos del siglo   -   --              -       .   XX. Roberto Montesinos  -baudeleriano.                                                         41
10. Silva Uzcátegui ante la crítica europea.                                                          45
11. Silva Uzcátegui a contracorriente.                                                                  47























[1] 1 Silva Uzcátegui, R. D. (1925) p. 68.

[2]  Silva Uzcátegui, R. D. (1981, Reedición). Tomo I.  Presentación del Autor
[3] Yépez, Bernardo, (2011), p. 30
[4] P.343
[5] Gould. Stephan J. (2004). P. 342. Idem. 6

[6] Gould. Stephan J. (2004). P. 342. Idem
[7] Idem. p. 345
[8] Idem,  p. 432
[9] Idem, p. 437
[10] Yépez, Bernardo. (2011). P.28
[11] Guerrero, L.B. (1969). P.51
[12] Cámara de Comercio de Barquisimeto. . Varios autores. (1952), p. 81 y ss.
[13] Ídem, p . 81
[14] Britto García, L. (2014, Septiembre, 10).  http://www.aporrea.org/actualidad/a184824.html
[15] Britto García, L. (2014, Septiembre, 10).http://www.aporrea.org/actualidad/a184824.html
[16] Díaz Sánchez, R. (1964).p. 229
[17] (1972), p. 92.
[18] 1925), pp 92-93.                                                                                                      
[19] Ídem. p. 93.        
[20] Idem, pp. 93-94.                                                                                                       .                         
[21] 2013, p. 112
[22] Picón Salas, M. (1984), p. 254

[23] Ibídem, p. 112
[24] Ídem, p. 258
[25] Guerrero, L.B. (1950), p. 180
[26] Ídem, p. 189.                                                                                                                                 
[27] Pérez, Javier.  El Nacional, 25-11-2013. P A-8
[28] Hugh, T.  (1995), p. 214.
[29] (1990), p. 44.
[30] (1925), p. 117
[31] 31 Ídem.
[32] P. 374  Real Academia Española. 2014, Septiembre, 13). http://es.wikipedia.org/wiki/                                                                                                                                                                                                                                    
[33]  Revue Romane 37-1-2002) Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. www.cervantes virtual.com
[34] (1925), p 29
[35] Idem, p. 30
[36] Idem, p. 31
[37]  (1925), p. 31
[38] Ídem, p. 33
[39] Ídem,  p. 323.
[40] Idem, p. 33
[41] Ídem, p. 124
[42] Ídem, p. 62
[43] 43 Ídem, p. 95
[44]  (1925), p. 58
[45] Ídem, p 111
[46] Ídem, p. 116
[47] (1983), p 295
[48] (1925, p. 195
[49] (1983), p. xv
[50] (1978), p. 95
[51] (1925), p. 357
[52] Ídem, p. 354
[53] Borges, Jorge L. en Estudios Introductorio a  El Payador. (1983),  p. xvii. (1925), p. 58
[54] Idem, p xviii
[55] Ídem. Contraportada
[56] (1925), p. 354.                                                                                                                   
[57] Henríquez Ureña, Op. Cit; p. 295.                                                                                                                  
[58] Ibídem, p 111
[59] Vilar, Pierre. (1979), p. 100. (1925), p. 58
[60]ttp://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080019122_C/1080019123_T2/1080019123_19.pdf                                                                                                                   .           

[61] (1925), p. 359
[62] (1925), p. 374
[63] Ídem, p. 375.                                                                                                                                         
[64] (1995), p 45
[65] (2013), p. 386
[66] (1951).p. 23
[67] (1923), p. 225
[68] www.cervantesvirtual.com. 15, Octubre, 2014.
[69] www.cervantesvirtual.com. 15, Octubre, 2014
[70] 70  70 (1925), p. 299
[71] (1925), p29.
[72] http://www.academia.edu/4334761/La_satira_antimodernista_y_su_incidencia_en_el_discurso_historiog
[73] (1925), p. 148
[74] Ídem, p. 298
[75] Idem, p. 253