jueves, 6 de noviembre de 2014

Ante el tránsito de José Manuel Briceño Guerrero

“La verdadera muerte es el olvido.”

Cuando recibo la triste noticia de su deceso manipulaba con mi mano derecha el celular que me  comunica la sentida muerte de un verdadero Maestro, en tanto que mi otra mano se ocupaba de sostener a mi hijo, Luis Manuel, mi retoño de 15 meses. En ese momento pensé en la brevedad de la humana existencia, sus inocentes comienzos y su  ocaso irremediable. La filosofía, decía Platón, es preparación para la muerte. Y el Maestro tuvo larga existencia para destruir la angustia ante la nada, como aconsejaba Sartre. Y tuvo el privilegio de pensar en cualquier lengua la partida, pues su condición políglota se lo permitía. Todos expiraremos en cualquier momento y circunstancia, pero cada cultura lo hace y lo piensa a su manera.
Lo conocí en la Mérida de los años 70 y su ilustre Universidad, recinto donde obtuvo un verdadero récord al ser reconocido como el docente más antiguo de esa casa de estudios. Si no me equivoco estuvo al frente de ese extraordinario magisterio por casi 60 años. Me sorprendía que conociera de Carora y Barquisimeto con tanta familiaridad y detalle. Muchos años después supe que cursó estudios en el vetusto Liceo Lisandro Alvarado, institución donde conoció a su futura esposa, la antropóloga martiniqueña Jacqueline Clarac, también mi profesora en la Escuela de Historia.
Su pasión indiscutida era una: enseñar a pensar sin ataduras de cualquier especie. Donde hubiese reflexión y búsqueda allí estaba Jonuel Brigue, su pseudónimo y con el cual fue presentada su candidatura al Premio Nobel de Literatura hace unos años. Y es que era hombre enemigo declarado de los esquemas y las recetas, así como de los sesgos ideológicos de cualquier laya. Fue por ello que aplaudió el esfuerzo de algunos venezolanos para crear una opción diferente del socialismo soviético en la tierra de Bolívar.
La última vez que compartí con su sereno y apacible verbo, fue en la Posada Los Granados, propiedad de Yuyita y Cécil Alvarez. Allí dijo que mi hijo José Manuel corría el riesgo inminente de convertirse en músico por haber nacido en Carora. Ese día me autografió uno de sus libros. Al lado de mi segundo apellido, Riera, colocó por petición mía las letras s. p. (sin plata), lo cual le provocó gran hilaridad y gozo. Y es que cualquier cosa, por insignificante que pareciera, le producía asombro, que es condición necesaria del filosofar. Ese estado de ánimo le produjo otra de mis ocurrencias. Sucedió al hablarle de la existencia en Carora de una godarria negra, más goda que la godarria blanca de raíz y cepa peninsular y canaria.
Reinaldo Rojas le convocó en repetidas ocasiones al Doctorado en Cultura del Pedagógico barquisimetano. En El Eneal disertó largamente con los allí convocados sobre cualquier cosa. Pero siempre repetía que una tesis doctoral no es una simple acumulación de información, hay que agregar algo nuevo, decía.
A uno de los participantes, Juan Carlos Araque, quien le dijo iba a trabajar el humor en el siglo XIX, le recomendó con aguda perspicacia que se refiriera al doble sentido entre los venezolanos. A la caroreña Isabel Hernández Lameda le pidió indagar por qué Chío Zubillaga dejó una escuela, lo que no logró el sabio Lisandro Alvarado.  Cuando me tocó decirle de mi investigación sobre el elemento femenino en nuestra religiosidad, me pidió con humildad le enviara mi tesis, pues desconocía este aspecto de nuestra cultura.
Se nos fue el Maestro, pero queda su inmensa y hasta ahora poco conocida obra. En su último poemario escribió que la verdadera muerte es el olvido. No te olvidaremos, Maestro.