sábado, 8 de julio de 2017

Pedro Chávez, Conde de Transilvania

PEDRO CHÁVEZ "LA DRACULA"
Fue en enero de 1970 cuando comenzó mi amistad con Pedrito, “La Drácula”, quien ya era ampliamente conocido  en los pasillos de la Universidad Central de Venezuela cuando yo llegué allí a mis 17 años de edad a estudiar ingeniería. Perteneció en esa casa de estudios a su grupo de teatro, junto al fallecido  Primer Actor Gustavo Rodríguez. Dormía en las residencias estudiantiles, donde conoció a muchos guerrilleros de la década violenta.  Sus lugares favoritos eran las piscinas, la Federación de Centros, y por supuesto, el comedor universitario. Todos creían que era un aventajado estudiante universitario, pero en verdad apenas sacó el sexto grado en la Escuela Contreras de Carora. Su gestualidad y tono de voz lo hacían aparecer como un miembro más del alma mater caraqueña. Eso sí, vendía cualquier cosa que se le pusiera en las manos, tales como revistas de la Cadena Capriles, a una de cuyas agencias yo le acompañe en cierta ocasión.  

Cuando cerraban el comedor universitario comenzaba nuestro sufrimiento y penurias. Fue allí cuando se nos ocurrió pedir dinero “para la guerrilla” con unos potes a la entrada de la UCV por la puerta de Plaza Venezuela. En cierta ocasión Rafael Caldera, presidente de la republica entonces, dijo en su programa televisivo que para entrar a esa casa de estudios había que pagar una suerte de peaje. El allanamiento militar estaba cerca de producirse junto a la defenestración del digno rector Jesús María Bianco.
Cuando ese doloroso e injusto hecho sucedió nos fuimos a estudiar a la Universidad de Los Andes. Mi sorpresa fue mayúscula, pues allí estaba Pedrito acomodado en una residencia estudiantil con Raulito Adrianza, Alirio Camacaro, Arnoldo y Jesús Cortés, Nelson Martínez, Juan Querales  y Héctor Ávila. Como había sucedido en la UCV, rápidamente se une al grupo de teatro emeritense. Es el momento en cuanto logra notoriedad haciendo el papel de El Guaco, en una obra de Carlos Contramaestre llamada “Cabimas, Cabimas carroña vidriosa”.
Tenía cierta sensibilidad por la poesía y los valores estéticos, los que a fuerza de vivir en dos ilustres universidades adquirió. En cierta ocasión me pronunció de memoria La balada de Hans y Jenny, del poeta y humorista Aquiles Nazoa. Y fue precisamente ese bello poema el que recita cuando lo vi por última vez en un acto cultural en las Librerías del Sur en Carora,’
  y cuando ya mostraba los signos de la ceguera que le ocasionó lentamente la diabetes.
No era un sin oficio. No, pues tenía la labor de Jesucristo, la carpintería. De esa ocupación vivió largos años en Barquisimeto en un negocio que montó al lado de El Portal del Chivo. Allí le visitaban con regularidad Miguel Aldana, Ricardo Pereira y Carlos Cortés con la finalidad de reírse de sus magnificas ocurrencias y chistes.
No era exactamente caroreño, pues su heredó el apellido merideño, Montilla, de su madre, a la que conoce su padre en un tour de force que realizó a Timotes junto al padre de El Negro Chávez, el popular Cúchare. De los Andes vinieron comprometidos en matrimonio estos populares caroreños de tiempos ya idos.

Como Cronista de Carora me había propuesto hacerle una buena entrevista, pero la fatalidad del fin de la existencia me ha hecho hacerle este reconocimiento post morten a esa existencia trashumante y de intensas correrías por el país. En conversaciones informales me decía que muchas de sus picantes e increíbles anécdotas eran producto de la invención y de la enorme capacidad ficcional de los caroreños. “No era cierto que papá me dijo que no me ajuntara con El Drácula. No era cierto que le di un paltozaso con un ladrillo en uno de los bolsillos a un tipo en un templete de las Ferias del Sol en Mérida y lo cual lo tiró de rollito desmayado.”
En la serrana ciudad se enamora perdidamente de una tal Arelis, actriz nativa de Santa Bárbara del Zulia y quien le acompaña en el elenco teatral merideño. Era una mujer en extremo hermosa y extrovertida, la que sin embargo se enamora del director del Grupo teatral, el dominicano Rómulo Rivas.  Cuarenta años de aquella peripecia amatoria seguía recordándola con verdadera pasión.
Viendo acercarse el ocaso de la existencia se viene a Carora. Me decía que le tenía mucho miedo a la vejez, circunstancia de la vida que no conoció, pues siempre fue un joven sin ganas de ponerse anciano nunca. En sus vistas postreras a mi Oficina se quedaba dormido aquel hombre que practicó con vehemencia y ahínco la bohemia y la recitación. Estaba perdiendo facultades inexorablemente aquel sujeto que tenia fama de gozar una enorme potencia sexual y que era capaz de soltar unas flatulencias verdaderamente rabelesianas.
Pedrito, fuiste mi seguro y cordial amigo, que me condujiste con tino y acierto por la intrincada vida caraqueña a finales de mi adolescencia, por ello agradecido te he escrito estas líneas de despedida cuando se acercan las fiestas de San Juan, un día siete de julio de 2017.   


jueves, 6 de julio de 2017

Terú Nezú y Santos Chirinos Génesis del judo en Carora

TERU NEZU
Terú nació en la martirizada ciudad de Nagasaki, Japón, pero la bomba atómica no lo afectó. Llega como obrero a esta Tierra de Gracia por invitación de la familia de industriales Yonekura, se instala en Puerto Cabello, pero la insurrección militar del Porteñazo lo avienta a Carora. En 1963 abre en la calle Bolívar, casa de Domingo Matute, su famosa Casa Japonesa. Un día cualquiera de 1963 un joven lo ve descargando un camión y le dice “¿Chino, te ayudo?”, a lo que responde Terú de inmediato: “no soy chino, ayuda, yo pago.” Se trataba de Santos Chirinos, futuro discípulo y edecán del asiático en las artes marciales niponas.
En una ocasión Eduardo “Lalo” Herrera le dice en casa de Domingo Perera: “Terú, todos los chinos saben pelear, menos tú.” A lo que responde el nipón: “traiga los muchachos.” Es allí cuando en un improvisado tatami hecho de cajas de cartón  y un encerado de camión, se incorpora la primera camada de futuros y extraordinarios judocas caroreños: Pedrito Marchán, Cecilio Meléndez, “El Mapuche”, Pedrito González, Rubén Becerra, Naudy Suárez, “El Coloso”, y su hermano. Los primeros días estos novatos no sabían el nombre en japonés de mano, brazo o piernas, caída, agarre o envión. Tras unas breves semanas de rápidos  y asombrosos aprendizajes salen al encuentro de su primer compromiso en Maracaibo, se hospedan en el Liceo Baralt.
RUBÉN BECERRA GUTIÉRREZ (hijo) - SANTOS CHIRINOS 

Rubén Becerra es quien lleva el judo a Barquisimeto durante unas Ferias de la Divina Pastora. Un karateca llamado Ling  Sung  llama a Terú, y es de tal forma como se instala desde Carora el judo en la ciudad crepuscular. El judo tiene en el Estado Lara ciudadanía caroreña. Luego vendrán los triunfos arrolladores y sin pausa en las universidades de Mérida, Zulia, Carabobo y la Central de Caracas. Santos  Chirinos obtiene Cinturón Marrón en Carabobo, luego de dos años de duro entrenamiento.
En el judo hay una teoría y no existen los aporreos. Fue el credo de Jigoro Kano, fundador del judo en el país del sol naciente, fallecido en 1938. Todo deriva del judo, incluso el kung fu chino y el kárate japonés.
Terú abraza el cristianismo, al igual que su esposa Yoko. Sus padrinos de bautismo fueron el doctor Pablo “Paúcho” Álvarez y Otto Herrera y Socorro, respectivamente. Luego vendió la Casa Japonesa. Terú es muy humilde y no es necesariamente rico. Cuatro hermanos se casaron con otras cuatro hermanas, allá en Japón. Al despedirse de Carora le dice a Chirinos: “no me deje morir el judo”, lo que ha cumplido a cabalidad este magnifico auxiliar y edecán  del súbdito del Emperador.


Santos Chirinos no cobra ningún sueldo por su extraordinario trabajo con el judo cercano al medio siglo. Ocupa su academia un galpón de la Alcaldía, quien no le ha cobrado alquiler nunca, y espera que a la brevedad se le otorgue la pensión del Seguro Social. Su hija Mahlin ha sido su continuadora en la enseñanza del judo. Se casó con el campeón internacional Melvin Rodríguez, un verdadero as de la disciplina por sus capacidades innatas, estatura, músculos y una gran seriedad. Es Campeón Panamericano, medalla dorada en Guadalajara, México.
EL CAROREÑO MELVIN RODRIUGEZ
CON LA BANDERA DE VENEZUELA
En la academia Jucaro de la avenida Miranda, nunca ha habido accidentes graves, solo lesiones leves en este escenario excepcional del combate  y de la inteligencia, pues aprovecha la fuerza del contendor para vencerlo. Chirinos siente gran orgullo al haber representado a su país cinco veces: en México, Ecuador, República Dominicana, Perú, Cuba, Argentina y en Europa. Me cuenta Chirinos que Japón perdió por primera vez un campeonato mundial frente a Holanda, lo que ocasionó un trauma nacional. No se resignaron los nipones, pues buscaron desde el nacimiento al futuro campeón, un niño que al nacer pesó más de cuatro kilos y que a los 14 años, dotado de una enorme fuerza y que pesaba 125 kilos, venció a los europeos este joven que llegó a ser el predilecto del Emperador Hirohito.
Chirinos expresa que su gran deseo es el de visitar en alguna ocasión la Tierra del Sol naciente y saludar al fundador de la disciplina Jigoro Kano en su tumba. Ha preparado para su gran satisfacción campeonas en el judo, tales como Nataly Chacón, Marlica Sánchez, Génesis Méndez, Rosmelin Rodríguez, entre otras. En 1986 sucedió un hecho increíble, me dice: el Estado Lara, comandado por la delegación torrense arrasó con 18 premios en diversas categorías  en campeonato nacional. Un hecho casi irrepetible.
SANTOS CHIRINOS EN EL JUDO DE CARORA

Los nombres de Terú Nezú y Santos Chirinos deberían ser colocados con letras doradas en alguna instalación deportiva de nuestra ciudad, pues estos dos caballeros han llevado muy lejos nuestro gentilicio caroreño.  

Visita Pastoral del Arzobispo Silvestre Guevara y Lira a Carora en 1865

SILVESTRE GUEVARA LIRA
El Arzobispo de Venezuela Dr. Silvestre Guevara y Lira tenía ganado ya un buen prestigio al llegar a Carora, pues había firmado el Decreto de Abolición de la Esclavitud en 1854, logró firmar un Concordato con la Santa Sede (1862), llamado por Hermann González Oropeza “un Concordato frustrado”, puesto que fue rechazado por el Congreso. Años después de su visita a Carora, asistió Guevara y Lira al Concilio Vaticano I (1868), a su regreso fue expulsado del país por el gobierno de Guzmán Blanco. En 1874  Guzmán Blanco propuso que lo sustituyera un caroreño, el Obispo de Guayana Monseñor José Manuel Arroyo Niño Ladrón de Guevara (1814-1884) y debió enfrentar la idea guzmancista de crear una Iglesia venezolana e independiente de Roma (1876).
 Vino a Carora a preparar el terreno para que fuese ejecutada la Bula de Erección del Obispado de Barquisimeto, la que fue firmada  el 16 de diciembre de 1865.  Guevara y Lira debió afrontar en Carora un problema que era correlato de la precaria situación en que se hallaba la Iglesia después de la Independencia. Un grupo de cófrades de las hermandades caroreñas, encabezados por Rafael A. Álvarez, José María Zubillaga, Agustín A. Álvarez, Ramón Urrieta, Flavio Herrera, Antonio María Zubillaga y el judío converso Jacobo Haím Curiel,  miembros de la godarria caroreña. Refieren ellos al Arzobispo que las cofradías: “Que en otros tiempos tenían fondos más que suficientes (...) sus cuentas están reducidas a su más sencilla expresión (...) y que muchas de sus posesiones de valor y algunos censos se hagan en poder de los herederos del último mayordomo, José Paulino Guerrero”. La Guerra Magna, el descuido y el poco celo acabó, decían, con lo que llegó a ser una gran riqueza. Pidieron entonces a Guevara y Lira: “Solucionar el complicado negocio de las cofradías dejando instrucciones y facultades al Vicario Foráneo (...) y aún nos parece que alguna persona con nombramiento, formal de su Señoría Ilustrísima podría arreglar ese negociado y desenmarañar ese hilo de cofradías.”
 
HERMAMM GONZÁLEZ OROPEZA
Estas posesiones de valor a las que se refieren estos caroreños no son otras que las que hoy forman las tierras más fértiles del Municipio Torres en los valles del Río Quediches. Habría que averiguar de qué manera fueron transferidas esas ricas tierras por los herederos de su último mayordomo José Paulino Guerrero a sus actuales poseedores. Eran esas posesiones las llamadas “Cofradías del Montón”, tal y como se le llamaban en el siglo XVIII. El Obispo Martí refiere que “las que nombran del Montón” eran las cofradías del  Santísimo Sacramento, Nuestra Señora del Rosario, El Glorioso Príncipe de los Apóstoles Señor San Pedro, San George y Las Benditas Ánimas del Purgatorio. Fueron estas cofradías las responsables de que, desde principios del siglo XVII, fueran ganadas para la producción agropecuaria las inmensas y fértiles tierras ubicadas al Oeste de la ciudad de Carora, la zona de calor húmedo de la Vicaría. Aún no se ha hecho un estudio sistemático y profundo de este proceso de colonización de esta ubérrima zona del Municipio Torres. Nosotros podemos adelantar que tales tierras fueron pedidas por Pedro y Andrés de Almarás al Capitán General de la Gobernación Señor Don Francisco de Oberto para que “conceda en que puedan pastar las yeguas de esta Sta. Cofradía y otros ganados que adquirieran en tiempo futuro en tierras baldías en los ejidos del común...” . Aparecen en el  documento los nombres de Diego Gordon, Francisco de la Hoz Berrio (Gobernador de Venezuela entre 1616 y 1622), Pedro Delomar, Alonso Sánchez Cambero (párroco de la iglesia de San Juan Bautista del Portillo de Carora), Diego González Rodríguez de Narváez, Martín de la Peña, Francisco Cano Galera, Francisco Bazán, Alonso Serrano y Andrés Gordon.
 
GUZMÁN BLANCO

En estas tierras ejidales se asentaron las cofradías “del Montón” en los alrededores de los sitios de Burerito, elevado a curato por el Obispo Martí en 1776, Guede, Hueso de Venado, Cadillar, Venadito, La Sabaneta, Daguayure, La Redonda, Zaragoza, Lagunicha, Los Quediches y Boraure.  Estaban muy activas esas cofradías  a principios del siglo XIX.  Durante la Guerra de Independencia constituyó un apetitoso botín para los bandos en pugna por sus numerosos ganados, yeguas, cabras, caballos, mulas, burros, marranos, aves de corral, quesos, maíz, plátanos, piñas; así como también sus caudales y su mano de obra tanto esclava como libre. Pero sus administradores ayudaban tanto a patriotas como a los partidarios del rey de España. 

lunes, 3 de julio de 2017

Carora, “Ciudad levítica de Venezuela”

Lisandro Alvarado
Quien le dio a Carora  su  bautismo de Ciudad Levítica de Venezuela,  fue el presbítero Doctor Carlos
Borges, poeta de inspiración mística y amatoria. Nació en familia acomodada en Caracas en 1867 y falleció en Maracay en 1932. Descendiente de Andrés Bello, conoció a José Martí, antiguzmancista,  secretario privado del presidente Cipriano Castro, pagó cárcel en La Rotunda por ello, enamoró apasionadamente de Lola Consuelo, cuya muerte en 1912 lo sume en el alcohol, se enamora nuevamente y piensa viajar a Estados Unidos con su amada. Luis Beltrán Guerrero dice de este personaje que: “Durante los días de Semana Santa de 1918, el presbítero Doctor Carlos Borges fue predicador sagrado de Carora.
Andrés Bello
Venía  a cumplir aquí  penitencias necesarias  para borrar profanos deslices. Renegaba de sus versos gentiles, de las debilidades  de la carne...”   Dice Guerrero que Borges fue  rodeado en Carora  por la amistad y admiración  de  todos. “El correspondió  a esos sentimientos con el oro de su palabra”. En carta para Don José Herrera  Oropeza, Director de El Diario, fechada el 30 de Septiembre de 1921, “traza en unos párrafos el mayor elogio lírico en lengua del modernismo que se ha hecho a la ciudad”:  “Urbe veneranda, ciudad matrona: doctoral, levítica, guerrera 3, tiene las virtudes características de sus rancias abuelas españolas.
Cuando considero su sapiencia, su cortesía, su piedad, su bravura, viénenseme a  la mente Salamanca y Toledo, Ávila y Zaragoza. Me gusta Carora como una joya antigua, como un libro clásico, como un vaso litúrgico, como una panoplia de antaño. Por  sus tradiciones domésticas, por sus costumbres patriarcales,  por su devoción religiosa, por su cultura social, por su amor reverente a las glorias pretéritas, me inspira profunda simpatía esa urbe austera y bondadosa, ciudadela de refugio contra el repugnante modernismo que por dondequiera nos invade. Académica, aristocrática, católica, procera, Carora es, por lo mismo, conservadora. Suyo el  catecismo de Ripalda, cabal compendio  de la  eterna sabiduría, evangélico grano de mostaza, llave del Reino de los Cielos;  con pastas de seda y canto de oro, sobre la mesa de la sala, el libro de Carreño. Suyas la toga y la muceta y todo el paramento de la corte universitaria, donde, en mejores tiempos, gallardeara de iris de las borlas –azul, gualda, rojo, violeta, distintivo de matemáticos, médicos, juristas  y teólogos –honrosa gala que Minerva ponía en el pecho de sus paladines -¡Cajigal, Vargas, Roscio, Ávila!– como quien decora con banderas las encinas de un bosque  sagrado. Suyo el dedal de hierro junto a la sortija de diamante en la mano  hacendosa  y  fina de la que es luz y sal, y miel y mirra, y óleo del hogar. Suyo el carbón de incensario con  que traviesos monacillos, a riesgo de duros  palmetazos, trazan en las paredes de la sacristía sus propios nombres, que resultan después  ilustrísimos en la historia de nuestra Iglesia. Suyo el acero de temple boliviano en la espada de Torres y en la pluma  de Riera Aguinagalde. Suya, en fin, la azucena de mármol que, frente al pueblo-
 Cuando se creyó oportuno que el Distrito Torres tuviese  su escudo, acudió al llamado  Aníbal Lisandro, hijo del Dr. Lisandro Alvarado, quien diseñó en 1955 un escudo que más que un símbolo de una ciudad, esto es,  representativo de un colectivo social, se asemeja a un blasón, escudo de armas  de una familia aristocrática, pues la armadura  de conquistador español ocupa su parte superior  tal  y como de igual manera  aparece  en los blasones de las familias godas de Carora:  Riera, Zubillaga, Oropeza y Herrera. Pero a los efectos de lo que particularmente nos interesa,  debemos hacer notar que en el cuartel inferior izquierdo aparecen varios símbolos de religiosidad, lo que llama la atención, puesto que en lo que se refiere al Escudo Nacional o a los escudos de los Estados venezolanos, tales alegorías no aparecen frecuentemente. Así pues, en el escudo que nos ocupa aparecen una cruz, símbolo inequívoco del  catolicismo,  ¡un sombrero de sacerdote!,  un farol que  reposa sobre unos libros; de entre los cuales,  a no dudarlo, deben estar La Biblia o Los Evangelios. Refleja el escudo de Alvarado un imaginario,  que en modo alguno es neutro, puesto que tiene un significado social: el escudo del Distrito es el símbolo de unos poderes instituidos, el de los godos y el de la Iglesia Católica, poderes que desde hace  siglos dominan el escenario social caroreño.