lunes, 3 de septiembre de 2012

Aquella Caracas de 1970


Llegué a la Universidad Central de Venezuela en enero de 1970. Caracas era una urbe aún manejable y segura de apenas dos millones de almas. Adolescente de 17 años todo me sorprendía, los edificios de la Plaza Venezuela, el Aula Magna, la variada procedencia de mis compañeros de estudios de ingeniería, las mujeres extranjeras que solían caminar a solas por Sabana Grande. En ese entonces me comí mi primer pasticho y me aloje en un pent house de un malhumorado matrimonio gallego en Maripérez. En la UCV solo se hablaba de la Renovación, la protesta estudiantil, el allanamiento de 1969 por el Ejército, el Mayo Francés del 68 y la disolución de Los Beatles. Había nacido por aquellos años un formidable movimiento, único en la historia universal: la rebelión juvenil.

Más que la Facultad de ingeniería, los sitios preferidos por “El Duende”, tal como me llamaron unos maracuchos, eran el complejo de piscinas, la Federación de Centros Universitarios y, por supuesto, el comedor. Todo presagiaba mi fracaso académico. Aquellas pizarras llenas de logaritmos y abstractas geometrías hicieron de mí un ausentita. Había, sin embargo en el pensum una asignatura y un profesor que me fascinaron: Humanidades, dictada por el Dr. Clemente Pereda. Era un personaje estrafalario y extravagante, luchador por la independencia de Puerto Rico, su patria. Decía tener pruebas de la existencia de Dios al mostrarnos unas manchas de tinta sobre papel en la que por obra del azar, pienso yo, más no aquel anciano docente, aparecían figuras de abejas, rostros, paisajes. La clase era continuamente saboteada desde el fondo del teatro de la Facultad, lugar donde nos metían en número de 120 estudiantes o más.

En esa ciudad comprendí sin embargo que el mundo era muy grande y variado. Conocí trinitarios, chilenos, españoles franquistas y exilados, gringos. El mundo se le amplió para siempre a aquel muchacho caroreño que quería saber pero no sabía qué. Antes  del allanamiento de 1970 decidí atacar duro y empeñosamente  el Análisis Matemático y la Geometría Descriptiva y confieso que me estaba dando algún resultado, pero el 3 de septiembre de ese malhadado año, el gobierno del Dr. Caldera volvió a tomar militarmente la UCV. Fueron meses de tremenda incertidumbre. Estaba solo y extraviado. Por las noches oía en un radio de pilas de la defenestración del Dr. Bianco, digno rector de la UCV y del cierre por varios meses del Alma Mater de los venezolanos.

Mis amigos comenzaron a darme consejos. Un estudiante de medicina de familia trujillana, ya fallecido, Germán Briceño, me dijo en las gradas de las piscinas, que lo pensara bien, que lo tomara con calma, que a él le había sucedido otro tanto. Mis padres estaban muy dolidos y enojados conmigo. Recuerdo que a falta de dinero hacíamos una “batidas” en la puerta de la Universidad que mira al cerro El Avila. Aquello indignó a nada más y nada menos que al primer mandatario nacional quien dijo; “ahora hay que pagar peaje para entrar a la UCV”. Fue uno de sus argumentos para intervenir nuevamente la casa de estudios que esgrimió Caldera.

En el Aula Magna disfruté de presentaciones memorables: El Quinteto Contrapunto, las alocuciones del acosado Rector Bianco que nos hacían vibrar de entusiasmo. Cuando cayó ese heroico catedrático, le hicimos una protesta al doctor De Sola, Rector interventor, colocado allí por los copeyanos. Fue en la Plaza Cubierta donde le decíamos a aquel usurpador que se fuera parafraseando y entonando una canción de Jhon Lennon.

Una noche, en la Biblioteca Central, me puse a ojear unos gruesos volúmenes de contenido humanístico. Aquello fue para mí una revelación. Recuerdo que leí que “una proposición mientras más simple será más verdadera.” Muchos años después descubrí que aquello era una fundamentación de la teoría del conocimiento, la muy famosa cuchilla de Occam. En ese momento comencé a pensar humanísticamente. La UCV estuvo cerrada largo tiempo, pero ya el giro estaba dado. Me fui, por sugerencias de Claver, mi madre, a la Universidad de Los Andes, donde me inscribí en la Escuela de Letras por insinuación de Juan Hildemar Querales, para luego y definitivamente ingresar a la Escuela de Historia. Han pasado largos 42 años y debo decir que estoy a la búsqueda de mi reconciliación con las llamadas “ciencias duras”, las que creí haber dejado atrás y para siempre, un camino por donde transita el pensamiento humano en los albores del siglo XXI, la llamada “epistemología de la complejidad”.

Mi tránsito por Caracas no fue, pues, en vano. Me hice cosmopolita al dejar el provincianismo en el recuerdo. En la ciudad emeritense, además, fuimos recibidos como unos héroes de la resistencia estudiantil y académica contra un  régimen que se nos aparecía como opresor e intolerante.

Carora, agosto 23 de 2012.