lunes, 7 de diciembre de 2015

El helicóptero de Da Vinci

El helicóptero de Leonardo ha sido para mí un objeto recurrente de mis pensamientos y de mis más desaforados e incomprensibles sueños. Me ha acompañado desde mi infancia y creo que su silente y reposado vuelo me acompañará hasta mi final ya cercano. Con una nitidez impresionante recuerdo la vez primera que vi, para mi asombro, aquel artilugio que semejaba algo así como un tornillo aéreo, fue algo así como la visión y el estado de ánimo posterior  que experimenté como una revelación al conocer el enigmático  odradek de Kafka o el golem de la mitología judía. Mi padre me mostró aquel objeto que no cabía en mi imaginación temprana, allá en las cimas andinas. 

 Pero estaba allí y no pude apartarlo de mi aparato neuronal. Era persistente y tenaz y parecía violar las antiguas leyes de la asociación mental. Pasaron muchos años desde aquel encuentro con el artilugio volador davinciano, quien me siguió con su vuelo subrepticio hasta la occidental llanura caliente. Cuando allí me coloqué mi primer pantalón vaquero sentí que la parte superior de mi existencia se iba de ascenso tras aquel maravilloso ingenio del siglo dieciséis. Luego traté infructuosamente fabricarlo con mis torpes extremidades. Nada. Me salieron, eso sí, primitivos submarinos y carritos movidos por gomas enrolladas.  Con las cometas tuve algún éxito pasajero, pero no logré dar con la formula secreta que animaba aquel pájaro en espiral de mis sueños. Me puse en contacto con un viejo y encorvado relojero suizo para que me ayudara en mi empresa, la que ya daba signos de agotamiento y extenuación. Me dijo con su voz gutural derivada de la nicotina,  que yo seguiría fracasando si no encontraba aquella maravillosa llave que daba con el conjuro que me abriría el camino hacia el vuelo giratorio. No logre despegar del suelo sino en las noches cuando vencía la ley gravitatoria al caer en brazos de Morfeo. El insensato Icaro y los hermanos Montgonfier, así como los planeadores del brasileño René Dumont eran mis búsquedas en aquellos interminables anaqueles de la biblioteca de mi escuela de primaria. Planeadores de lona y madera, seres en suspenso  y globos aerostáticos iban y venían a hacerme más placentera mi existencia que parecía extraña e incomprensible a mis compañeros de escuela. Sólo María Fernanda Martínez me comprendía y hasta animaba mi insensata búsqueda de la flotabilidad. Antes de acudir, casi con desesperación, a los hermanos Orville y Wilbur se me ocurrió una mañana colocarme dentro de la cabeza primorosa de Leonardo, pero el presente con todas sus nimiedades y fruslerías arruinó esa empresa, pues no podía evitar modernizar el pasado que le tocó vivir al magnifico  dibujante renacentista. Poco a poco me di cuenta que la historia de Occidente era una búsqueda y una delirante empresa por gobernar los aires, los etéreos espacios. Desde la antigua pneuma de los presocráticos, los querubes y serafines  medievales hasta llegar al capitán que quería acabar con las guerras desde el aire y el famoso cañon Columbiad, nacidos de la imaginación prodigiosa de Julio Verne. En 1969 aquel sueño profético del francés se hizo realidad con el diminuto artefacto llamado Apolo 11 que profanó la superficie selenita aquel mes de junio de mi adolescencia. Volátiles artefactos tripulados o no que desembocan en los impalpables drones del presente. Todo se me parecía como una eterna manía por regir las nubes y los vahos celestiales. Un mediodía sucedió lo que no esperaba jamás. Un aeroplano cargado de rumiantes se precipitó en las cercanías de mi hogar dando muerte por incineración a los vacunos. Pensé que la mano de Leonardo tenía alguna responsabilidad lejana en aquel sombrío suceso aéreo, pero aquello no era posible y caí en cuenta de que era producto de mi imaginación, una quimera que me hacía derivar toda la realidad que se presentaba a mis ojos de los bocetos del dibujante renacentista. Allí se detuvo el autogiro de Leonardo, que no era otra cosa que mi propia vislumbre adolescente.