lunes, 14 de mayo de 2012

Masacre en la academia


Masacre en la academia.
                                                                                       Por Luis Eduardo Cortés Riera
                                                                                          luiscortesriera@hotmail.com
Carora,abril de 2007

Lo acontecido en la Universidad Politécnica de Virginia, Estados Unidos, el pasado 16 de abril, merece un intento de comprensión a tan alocada conducta de un ciudadano que ha conmovido en su fibra más íntima al gigantesco y todopoderoso país del norte. Digamos en principio que la tragedia se ha producido en una sociedad tardocapitalista, a la que también se la ha dado el nombre de poscapitalista y también posmoderna. Sociedad de la abundancia a la que llamó Herbert Marcuse sociedad opulenta. Ahora bien preguntémonos: ¿por qué una sociedad que ha satisfecho tantas necesidades es de tal modo tan violenta? ¿por qué estos flemáticos personas obran de manera tan criminal y con una saña poco vista en las sociedades de Occidente? ¿por qué la violencia se expresa en los centros de enseñanza en particular?¿Qué le sucede en lo íntimo a la sociedad que primero ha entrado en el siglo XXI, muy por delante de sus pares, las democracias del Occidente cristiano?

Debemos recordar que es una nación que se ha erigido sobre la base de una fuerte tradición religiosa, la de los Padres Fundadores, los valores del rígido puritanismo de los hombres y mujeres que desembarcaron en el Mayflower en el siglo XVII. Pudiera decirse que esta religiosidad moldeó por entero a las Trece Colonias Americanas, su sistema jurídico, la enseñanza, las normas de convivencia, los patrones de sexualidad y alimentarios. Pero esa pequeña nación, que inspiró al lograr su libertad a muchos pueblos del mundo a seguirle, sufrió uno de los cambios sociales, económicos y culturales más drásticos que conoce la historia de la humanidad. Se levantó sobre la base de un genocidio al exterminar a la casi totalidad de la población aborigen, se adueñó de las extensas praderas al oeste y encontrarse con el océano Pacífico, y hasta le arrebató a México más de un tercio de su territorio, se llenó de la más  gigantesca inmigración que se conozca y que la convirtió en una Nueva Babel, esclavizó en el Sur a una población negra, lo que motivó una de las primeras guerras que con propiedad  pueden llamarse modernas. Y fue en las Trece Colonias en donde se llevó a cabo uno de los más alevosos juicios que haya visto la modernidad, el de las brujas de Salem, en 1692.

Pero es el ámbito de la economía y en la producción científica en donde se producen los  más dramáticos  y espectaculares cambios en aquella sociedad anclada en fuertes vínculos tradicionales  que la colocarían a la cabeza del desarrollo tecnológico y científico en pocas décadas. Ya en el siglo XVIII el señor Benjamín Franklin había asombrado a la corte del Luis XIV de Francia con sus descubrimientos sobre electricidad, las corrientes marinas y el uso de la información, amén de sus buenas maneras y su sentido del ahorro, virtudes que un siglo después iban a inspirar al sociólogo alemán Max Weber  a escribir su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo.  Como hija de la Pérfida Albión, superó con creces a Inglaterra en el desarrollo de la producción en masa  de bienes y servicios  a través de la domesticación de la fuerza del vapor, el telégrafo y la electricidad. Pronto se hizo América una sociedad de consumidores que pacificó sus conflictos internos y se fue convirtiendo en un gigantesco e impersonal aparato anónimo que abarca a la industria y al Estado. El individualismo, el apropiamiento del método científico y el positivismo, así como su marcado utilitarismo motivaron en 1900 al uruguayo José Enrique Rodó a escribir una de las más fieras requisitorias que se le han hecho al gigante del norte: Ariel.

Experimentó esta sociedad una modernización social de tal calidad  y de tales proporciones que le creó frustraciones, carencias y déficits específicamente modernos, uno de los cuales llamó Habermas  pérdida de sentido y pérdida de la libertad”, como producto de la cosificación de los seres humanos llevada a cabo por la razón instrumental, un producto de la modernidad  que ha separado  la fe y el saber. En este sentido han quedado destruidas las antiguas certezas, creadoras de sentido unitario que proporcionaban las imágenes mítico-religiosas. Fenómeno que a principios del siglo XX llama Weber el desencantamiento del mundo; A ello se debe agregar el manejo de la conciencia y de la opinión que crearon los países anglosajones, los EEUU e Inglaterra, anticipándose en ello a la Unión Soviética y a la Alemania nazi en varias décadas,  como lo ha mostrado el lingüista Noam Chomsky.

Esta serie de críticas a la moderna sociedad industrial avanzada que hemos expresado tuvieron como foco a la llamada Escuela de Frankfurt, fundada en 1923 por Max Horkheimer y que agrupó a mentes tan lúcidas como a Herbert Marcuse ,Teodoro Adorno, Walter Benjamín y el ya mencionado Jürgen Habermas. Su propósito no es otro que la actualización adecuada del marxismo a los tiempos actuales. La crítica de la sociedad se desplaza de la base económica  y se dirige  a la esfera de la cultura, la familia, la escuela, la religión, la moral. Una investigación total de la sociedad en la búsqueda de la emancipación  por conducto de lo que llamaron la “teoría crítica”. Después de la Segunda Guerra se interesan por el fenómeno de reciente aparición por aquellos años, la industria cultural, la que, dicen estos filósofos, supone el eclipse de la reflexión crítica. Una sola y omnímoda razón domina las democracias occidentales, a lo que se agrega que el sistema soviético responde a la misma racionalidad manipuladora que en Occidente, como muestra Marcuse en su obra El marxismo soviético (1958), pensador que se dirigió a la crítica de la sociedad occidental desarrollada, que, según afirma, sólo en apariencia es permisiva, pues son las clases dominantes las que organizan el consenso y también el disenso.

En una sociedad como la norteamericana se ha establecido unos aparatos de poder y unas estructuras económicas supercomplejas extraordinariamente eficaces como producto último de la razón instrumental. Habermas sostiene que a pesar de ello existen tres mundos en los cuales opera la acción no instrumental y, por consiguiente, emancipadora: 1º: entre sujeto y realidad, 2º: entre sujeto y el mundo de la sociabilidad y 3º: entre el sujeto mismo y otras subjetividades. Estos tres mundos constituyen el mundo de la vida. En tal sociedad el conflicto se produce, ya no entre clases sociales como lo dijo Marx hace 150 años, sino entre el sistema donde actúa la racionalidad instrumental y los distintos mundos de la vida, constituidos  por valores, cotidianidades y emociones. Es decir, entre los media controladores de la opinión que intentan colonizar el mundo de la vida. Frente a este nuevo tipo de amenaza el marxismo decimonónico parece poco menos que inútil. Habermas propone que ante tan sombrío cuadro de cosas urge establecer luchas locales en defensa del mundo de la vida para enfrentar  la colonización  desarrollada  por el sistema para lograr una reunificación general de las consciencias en un mundo secularizado, es decir en un mundo  que ya no tiene los referentes teleológicos premodernos que garantizaban la jerarquía de los saberes y articulaba los valores éticos y cognitivos. El racionalismo occidental  ha desgajado ciencia, moral y arte. La fe y el saber se separan, la fe es enviada a la vida privada, se atrofia la individualidad y los centros de enseñanza  forman  la ominosa clase de los especialistas sin espíritu.


Las noticias que nos llegan por diversas vías desde los EEUU muestran un cuadro desolador  de lo que puede hacer la manipulación de los media. Todos ellos se afincan en el análisis individual, es decir en la persona del joven asiático que disparó con tal eficiencia sobre sus compañeros, pero ninguno de los medios va más allá y preguntarse qué le sucede a  esta sociedad en su conjunto para que acontezcan eventos de tal monstruosidad.  Era un joven que dejó una nota donde se queja de los más aborrecibles pecados de estos especialistas sin espíritu y gozadores sin corazón, sus compañeros de universidad, a los que llamó libertinos y charlatanes embusteros. Ninguno de los media se detuvo a meditar sobre la formación confuciana del joven Cho Seung-Hui, una ética de la vida que privilegia la virtud de los ciudadanos. Puede que haya habido un componente psicológico complejo e individual en el joven surcoreano, pero que tales perturbaciones no se hubiesen expresado de tan cruel manera si el mundo de la vida gobernara sobre los omnímodos poderes anónimos del sistema.