lunes, 14 de mayo de 2012

Elogio de la hamaca Dedicado a la red maternal de mi primogénito José Manuel


Elogio de la hamaca

Dedicado a la red maternal de mi primogénito José Manuel,

Uno de los artefactos que los cristianos (y no europeos) del siglo XVI   encontraron a su llegada a estas idílicas  y lujuriosas tierras del Nuevo Mundo americano, fue sin lugar a dudas la hamaca y su pariente el chinchorro, uno de los aportes más extraordinarios y originales que ha dado esta tierra, y el Mar Caribe en particular, al Universo todo. Es un genial invento de los hombres del neolítico, nuestros indígenas de las etnias arahuacas y caribes, que ha sabido permanecer y resistir a los embates del tiempo e incorporarse incólume a la modernidad europea y a la llamada posmodernidad de signo globalizante. La humilde palabra hamaca, oída por vez primera en la isla de Haití por los españoles, ha tenido una fortuna inmensa, quizá desmedida.  La palabreja que da nombre a  tan vituperado y exaltado artefacto ya tiene equivalente en muchas de las lenguas del mundo desarrollado, industrial y posmoderno, pues los anglosajones le llaman hammock, los tudescos Hängmate (con H mayúscula) ,los galos le dicen hamac y branle (oscilación), los ítalos amaca y hamache, los conspicuos daneses hengekoyen, en tanto que finlandeses y suecos le designan hängmattor y riippumatto respectivamente.


Pero preguntémonos a qué se debe tan rutilante e inmenso éxito. La respuesta a tan inquietante interrogante no puede ser de otra manera que histórica. Historia, recordemos con Marc Bloch, ciencia de los hombres en el tiempo.  Empecemos por decir que en toda civilización se manifiesta  necesariamente una lucha entre la Naturaleza y la Cultura, antagonismo que ya aparece en los textos sagrados del Occidente cristiano, cuando  la pareja original, Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, palabra que fue tomada por los Padres de la Iglesia del vocablo persa pairidaeza y que significa espacio cerrado y en cuyo centro se encontraba el árbol de la vida y del conocimiento, del bien y del mal. Pero el árbol no solo es elemento privilegiado del Viejo Testamento bíblico, sino que- dice Mircea Eliade- el árbol es símbolo arquetípico de las principales religiones del mundo. De modo pues que los cristianos de inicios de la modernidad que llegaron acá en el siglo que quiere creer, como afirmó Lucien Febvre, el siglo XVI, venían con la idea del Milenio, es decir  que provenían de un mundo viejo, cansado y pecaminoso que estaba a las puertas de una renovación en Cristo , que el descubrimiento de un Nuevo Mundo era el signo inequívoco  de  la Parusía , esto es, la segunda venida de Jesucristo. Aquellos hombres maravillados vieron a los aborígenes de bellos cuerpos desnudos recostados, perezosamente adormilados en aquellos artefactos movidos al vaivén y lo interpretaron como un reencuentro del humano con la  Tierra, la Naturaleza, el Pacto inicial de Dios con el Hombre. Era el inicio de lo anunciado en los textos sagrados : el comienzo de una sociedad  justa y feliz. El miércoles 17 de octubre de 1492 el Almirante de la Mar Oceano, Cristóbal Colón,  anotó en  en su diario de explorador, con su mente a mitad de camino entre la modernidad y el medievo, que visitaron la isla antillana  denominada Fernandina, en donde encontraron que sus casas( la de los indios)  eran de dentro muy barridas y limpias  y sus camas y paramentos de cosas que son como redes de algodón. Esta es la primera descripción, aunque un tanto vaga del menaje americano. Desde este momento su fama y prestigio, así como su descrédito no dejará de aumentar.

Quien da cuenta también de la existencia de este noble artefacto fue el navegante portugués Pedro Alvarez Cabral cuando descubre las costas del Brasil, la  que iba a ser la gran civilización del trópico, en 1500. Pero no fue sino hasta 1537 cuando el cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia General y Natural de las Indias, islas y tierra firme de la mar océano, 1535 ,hace la primera descripción minuciosa da la hamaca y la realiza con el aparato conceptual de los cristianos del siglo XVI: bien es que se diga qué camas tienen los indios en esta isla Española, a la cual a la cama llaman hamaca; y es de aquesta manera: una manta tejida en parte, y en partes abierta, a escaques( del árabe as-sikak, tablero de ajedrez) cruzados, hecha red (porque sea más fresca). Y es de algodón( del árabe al qutun) hilado de mano de las indias, la cual tiene de luengo diez o doce palmos (del latín palmus, medida de longitud), y más o menos, y del ancho que quieren que tenga. De los extremos de esta manta están asidos e penden muchos hilos de cabuya (voz caribe, fibra de pita) o de henequén( voz caribe, especie de pita)(…) Aquestos hilos o cuerdas son postizos e luengos, e vanse a concluir cada uno  por sí, en el extremo o cabos de la hamaca, desde trancahilo (nudo o lazo)( de donde parten), que está fecho como una empulguera(cada uno de las extremidades de la verga) , de una cuerda de ballesta, e así la guarnecen, asidos al ancho de cornijal ( cuerno,del latín corniculum, corniza) a cornijal, en el extremo de la hamaca. A los cuales trancahilos ponen sendas sogas de algodón o de cabuya, bien fechas, o del gordor que quieren; a las cuales sogas llaman hicos( voz caribe)( porque hico quiere decir lo mismo que soga, o cuerda); y en un hico atan a un árbol o posta, y el otro al otro, y queda en el aire la hamaca, tan alta del suelo como la quieran poner. E son buenas camas e limpias, e como la tierra es templada, no hay necesidad de ropa encima, salvo si no están a par de algunas montañas de sierras altas donde haga frío(…) Pero si en casa duermen, sirven los postes o estantes del buhio (voz caribe), en lugar de arboles, para colgar estas hamacas o camas; e si hace frío, ponen algunas brasas , sin llama, debajo de la hamaca ,en tierra o por allí cerca para se calentar. ¿ Qué mejor elogio de la hamaca que el que escribió el cronista del siglo XVI.? De lo primero  que da cuenta es que es muy fresca, que  son buenas camas y limpias; que no hay necesidad de ponerse ropa para dormir en ella, como en la Península. Que se puede trasladar con facilidad del monte a la casa de habitación; que es ergonómica, decimos ahora en el siglo XXI, porque es del ancho que queramos ;y finalmente que acepta cierta formas de calefacción con  las  brasas depositadas debajo. Es que  don Gonzalo intuyó de manera magnífica el rutilante futuro  que le aguardaba a esta cama tan suave, tan fresca y regalada, tal como se refirió de bella y sensual manera a ella el literato y patriota colombiano José Fernández Madrid.


Otro de los factores  del éxito universal de la hamaca ,tiene que ver con el hecho de  que  en aquellos años se estaba abriendo una nueva etapa  que los historiadores han llamado la era atlántica, pues es el siglo XVI el de los grandes viajes  y descubrimientos , los que darán inicio a lo que Immanuel Wallerstein ha llamado  economía-mundo, basado en el intercambio desigual de bienes y mercancías y que tuvo por escenarios principalísimos el mar y el océano. Desde ese momento se insertaron nuestras redes americanas en la milenaria tradición marinera de la humanidad  a tal punto que no es descabellado afirmar que ya se usaban en el segundo viaje del genovés. Así , en pocas décadas  la humilde hamaca se adaptó notablemente a las largas travesías por mar de españoles, portugueses, holandeses, ingleses y franceses, quienes las llevaron  a las lejanas islas Molucas, Filipinas, Goa, Guinea  y la Polinesia. En el fondo de las galeras dormían  al vaivén los esclavos negros en las naos portuguesas y fueron los africanos  los que en el Brasil se encargaron de darle ese carácter democrático y popular. Gilberto Freyre llega a decir  que: Varios de los complejos característicos de la moderna cultura brasileña , de origen pura  o nítidamente amerindio : el de la hamaca, el de la mandioca, el del baño de río, el del cajú, el del bicho, el de la tala, el de la canoa, el de la parrilla, el de la tortuga, el del bodoque, el del aceite de coco salvaje, el de la casa de caboclo, el del maíz, el de descansar  o defecar en cuclillas, el de la calabaza para cuencos de fariña, el de la gamella, el del coco para beber agua ,etc. Otro tanto sucedía en la América hispana, pues a decir de nuestro gran y prontamente olvidado escritor Arturo Uslar Pietri,  la hamaca es la manifestación de la americanidad fundamental de Bolívar. Había aprendido, probablemente a usarla y a amarla, en la casa paterna. Los esclavos que le enseñaron su uso debieron transmitirle también los más vivos valores tradicionales de la cultura popular de su país. Cantares, leyendas de indios, de , música, consejas, proverbios negros, de mestizos. La cama aérea ha sido, pues, una especie de vaso comunicante entre los lusitanos y nosotros.


La hamaca ha sido objeto de fuertes críticas y de improperios, en su mayoría provenientes del  prepotente y arrogante mundo europeo y anglosajón. Recordemos que fue Gines de Sepúlveda y el filósofo alemán Hegel quienes  sostuvieron la idea del vacío de  América. En el ya antepasado siglo XIX , por influencia del positivismo francés, siguiéndole los pasos a  Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), se oponía  la civilización representada en la cama  a la  barbarie simbolizada por la hamaca, todo un programa de descrédito que funcionó  en forma diaria, prolongada y fastidiosa. Uslar Pietri nos dice que durante los tiempos más difíciles y agitados de su lucha Bolívar no tuvo otro lecho. Era su cama, su silla de trabajo. Algunos de los europeos que menos le entendieron no dejaron de escribir  profusamente aquel uso de la hamaca. Les parecía que era la señal  de su inferioridad y de su barbarie. Hippisley y Docuodray Holstein, por ejemplo, que escribieron amargos libelos contra el Libertador, hablaban con insistencia de la hamaca. Les parecía degradante. En el presente se le ha asociado a la holgazanería , la dejadez y a la pereza. Incuria y negligencia era una dupla inseparable. Pero la cama aérea seguía allí, terca, obstinada. La artesanía no tiene historia, dice Octavio Paz.. De su enorme poder de seducción  no podía escapar aquella parte del mundo que se dirigía aceleradamente hacia la racionalidad, al desencantamiento del mundo, según sostiene Max Weber.



Con el aparecimiento de la industria del turismo en el siglo XIX y su ya indetenible triunfo en el XX y  XXI en el mundo occidental, rico y opulento, como dijo  Herbert Marcuse, la hamaca evoca el disfrute de la holganza. La publicidad turística de agencias de viajes, compañías aéreas, complejos hoteleros, instituciones bancarias, entidades gubernamentales e incluso las empresas  carveceras, roneras, cafeteras y otras, repiten  con frecuencia las imágenes  de individuos reposando  en una hamaca guindada en fuertes y verticales cocoteros.  De tal suerte que en las playas del mundo entero  se ha instalado esta erótica y sensual red. Han sufrido, pues, ensenadas, golfos e islas del universo un curioso y poco estudiado proceso de caribeñizacíón.  Pues ha sido el Caribe  el mar y sus 7.000 islas las que produjeron semejante  prodigio para la humanidad entera. Pero es que el Caribe ha producido otros elementos culturales de carácter planetario:  pensemos en el bolero, ese producto que al decir del puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, es un himno al romanticismo  que paseaban Chema y Juana por América la amarga , la América descalza, la América en español. Y qué decir de esa bebida que enamoró a Hemingway y que aplacaba las ansiedades de los marineros del capitán James Cook y las de los que le dieron caza a Moby Dick. Fue el Caribe, mar de piratas y de filibusteros, multilingüe y multiétnico, quien entregó  al mundo la democrática caragota (sic) una delicia gastronómica que  es  plato de gala en los mejores restauranes. Es un aporte  magnífico , en verdad menos publicitado que otros y que no hemos logrado comprender aún. A mediados de la pasada década de los 70  el malogrado crítico de literatura, el uruguayo Angel Rama me enseñó ,allá en la universidad merideña, a valorar   aquello que de forma despectiva llamamos los venezolanos y colombianos la mamadera de gallo, el equivalente caribeño de la tomadera de pelo peninsular. Aquél hombre venido del remoto sur nos había hecho entrar en cuenta de la tremenda originalidad de la mamadera y de cómo tal forma de chiste, aguda y perspicaz, era parte constitutiva , vital ,de la literatura galardonada por el Nobel del escritor caribeño Gabriel García Márquez.. Es otro de los portentos del genio de los pueblos caribeños, y les puedo asegurar que los países nórdicos de Europa están requeridos con urgencia de este resultado insólito e inesperado de la formación multicultural y multiétnica de nuestros pueblos y naciones. Dime cómo es tu sentido del humor y te diré quién eres, sentencia que se podría extrapolar a pueblos y naciones. Es acá cuando debemos referir el más acabado patrimonio de los diversos pueblos de la cuenca caribeña y no es otro que el profundo mestizaje logrado en 500  años y que haría palidecer al tan publicitado meeting polt norteamericano ,que no es otra cosa que una convivencia parcial  y de fachada  entre blancos y negros. No así en el Caribe, en donde y desde el primer momento el cristiano desnudó el cuerpo cobrizo y voluptuoso de la aborigen en un lugar inmejorable :  la hamaca, artefacto contadas veces mas erótico  y sensual que la cama, lecho europeo que dio origen al vocablo clínica. Por ello la cama europea se le asocia  a la enfermedad y a la muerte, asociación que no conoce la cama aérea americana. Esta red sensual es el lugar en donde nació y tiene origen la  llamada raza cósmica vasconceliana. Calibán  utilitarista duerme (o lo intenta) en cama, nuestro humanista y desinteresado Ariel lo hace en hamaca.




Angel Rosenblat, judío, polaco, argentino , finalmente venezolano, ha escrito que del Caribe venezolano han salido otros vocablos que han hecho fortuna  en todo el orbe hispánico. Uno es la palabra nagua de las indias de las Antillas, que se ha convertido en las enaguas de nuestras abuelas. Otro es la universal  butaca , especie de asiento que  vieron los españoles entre los cumangotos del oriente, los caribes de Venezuela. Caribe  es nuestro proverbial igualitarismo, que nos ha hecho aparecer como pueblos inclinados por naturaleza a la democracia y al pluralismo, tendencia que se ha  llenado de significado por nuestro ancestral y nunca bien comprendido tuteo. Cierta vez le dije a un colombiano que la secular guerra civil que los agobia se mitigaría de forma considerable si ellos aprendieran a utilizar el antijerárquico, igualitario y simple tu. El tuteo está soldado íntimamente a la hamaca y al humilde chinchorro, pues es sabido que no existen hamacas ni chinchorros aristocráticos y de alcurnia, pues es un lecho que guarda su estructura básica y esencial,  a la cual pocos ornamentos  y agregados se le pueden adosar. Poca distancia hay entre la hamaca del rancho o de la favela  y la hamaca de la casa señorial de un descendiente  enriquecido de los conquistadores lusitanos y españoles. La hamaca señorial tendrá agregados como las traperas, que son como una  suerte de barbas que discretamente se arrastran en el ir y venir por el pavimento.   En otros casos será más colorida, pero casi siempre su material constitutivo será la inmemorial pita, otro producto del Mediterráneo de mil bocas, como llamó Humboldt , el primer embajador de América, al Mare Nostrum, el Caribe. Pita , voz taína, nos dice el Diccionario  de la Real Academia de la Lengua Española, planta vivaz oriunda de México, de cuyas pencas se saca el pulque  mexicano y el discretamente publicitado cocuy larense venezolano. De sus largas hojas se hace la pita , una cuerda con la cual se fabrican las cabuyeras, voz caribe para designar los extremos  de nuestra red  maternal que se estira  y encoge de acuerdo a nuestro deseo y estado de ánimo. Bien podría decirse que es el artefacto más ergonómico de cuantos ha fabricado el humano desde el paleolítico  inferior hasta la llamada posmodernidad.

Es que la hamaca es del tamaño de la circunstancia  y del empleo que se le quiera dar, pues si  se trata de una pareja, siempre se desplegará generosa la red para  darle cabida a la compañera o al compañero, según sea el caso   Durante mucho tiempo fue una especie de primitiva ambulancia, no han faltado pacientes que llegan de las comunidades rurales  más distantes subidos en una hamaca que permanecía colgada de un fuerte travesaño, sostenido en sus extremos por hombres-cargadores; entre los comunidades pobres es el lugar del embarazo, parto, pauperio y amamantamiento, pues cabe insistir en la importancia que tiene la convivencia cercana de la madre y el lactante, así como el efecto de tranquilidad que provoca en neonatos y niños el balanceo de la hamaca. Fue y sigue siendo un  eficaz  medio de transporte. Cuentan los cronistas del siglo  XVI que el diao de   Coro, el gran Manaure era transportado  en hamacas a los lugares apartados  de sus vastos dominios ,los que llegaban hasta los llanos del río Meta  en la frontera actual con Colombia, a una relativa gran velocidad , cargado por un numeroso grupo de sirvientes que se iban alternando para lograr mayores distancias por jornada. Es que  Manaure era un personaje sagrado, me dice Reinaldo Rojas, y por esta circunstancia no debía tocar el terrenal suelo. Y agregó el historiador larense : El poder es algo simbólico, si no recordemos los  reyes taumaturgos  del medievo estudiados por el joven Marc Bloch antes de la primera guerra mundial.



El equivalente venezolano de la hamaca no es otro que nuestro chinchorro, delicioso artefacto que los wayú mientan süi, süli`.  Es un venezolanismo como butaca y rastacuerismo , que ha penetrado en nuestra literatura por lo menos desde el siglo XVI con don Juan de  Castellanos y su Elegías de hombres ilustres de Indias. En 1648 lo menciona Carvajal en su Descubrimiento del río Apure, luego lo hará el padre Gumilla en El Orinoco ilustrado, en ese mismo siglo lo refiere en Ensayo II el padre Gilij (1749-1780). En el siglo XIX lo  menciona Francisco de Sales Perez en Costumbres y más adelante el escritor romántico Eduardo Blanco en su novela Zárate (1882). También los positivistas lo mencionan, tal es el caso del general valenciano Francisco Romero García en Peonía (1890). Un poco antes de finalizar el siglo XIX y al anunciarse los signos del abatimiento definitivo del liberalismo, J. Calcaño lo refiere en El castellano en Venezuela. El merideño Picón Febres lo hará a su vez en Libro raro (1912)y Guerrero en 1915 en su Diccionario filológico y en el Cancionero popular de J. E. Machado. Nuestra gloria de la literatura, el caraqueño Rómulo Gallegos lo menciona en su obra más popular Doña Bárbara (1929) y también en Cantaclaro (1934). Después de la muerte del presidente Juan Vicente Gómez está el chinchorro en Uno de los de Venancio (1942) de García Maldonado, y en acá en tierras larenses lo menciona el curarigüeño Rafael  Domingo Silva Uzcátegui en Enciclopedia larense (1942) y en 1948 lo hace por última vez para desaparecer de nuestra literatura bajo la dictadura de Pérez Jiménez el escritor Olivares Figueroa: Folklore venezolano (1948). Isaac Pardo es quien lo resitúa en la lieratura venezolana en l961 en Juan de Castellanos. Es el caroreño Luis Beltrán Guerrero, bajo el pseudónimo Cándido, quien  dirá que el chinchorro es lecho y abanico,1963, frase melódica que repetirá en muchas ocasiones el Cronista de Carora,  Lic. Alejandro Barrios Piña, Andoche . El caraqueño Armas Chitty, en el Vocabulario del hato, 1966, y el afamado cultor de la novela histórica, Francisco Herrera Luque (Boves el urogallo, 1972) lo insertan en su lugar de privilegio, el llano venezolano. Luego, en 1974, Rosales y Marcano Rosas lo incluyen en Del habla popular y en Habla popular en Margarita, respectivamente.

Chinchorro y hamaca han sido vituperados desde antaño y hasta existe en el país una expresión bastante popular en Venezuela que dice: 
                 
Chinchorro colgado
Haragán acostado.
Rómulo Gallegos en Canaima pone en boca de un gringo, míster Davenport la seguridad que esa flojera, la  más grave e incurable de las enfermedades, se  llama chinchorro, que es la enfermedad más traidora de esta tierra… ¡ el chinchorrito, el chinchorrito ¡  Y es que en Venezuela , país de originalísimo castellano, enchinchorrarse equivale  a retirarse, a eludir la faena y sobre todo de la pelea en la arena política. Ello se debe a que en el trópico caribe se produjo uno de los encuentros más  inesperados  y curiosos encuentros entre dos verdaderas  instituciones de raigambre quizá  milenaria. Me estoy refiriendo a la muy hispana siesta de mediodía y a la portentosa hamaca americana, dos prodigios  que son como el resultado de formas de asumir la pasajera existencia humana. La hora sexta que venía de la civilización romana se incrustó con inaudita fuerza en la España invertebrada de don Miguel de Unamuno, hasta tal punto que en los tiempos presentes se le da el nombre de  yoga hispánico. Camilo José Cela dijo en cierta oportunidad: soy de los que duerme  la siesta con pijama, Padrenuestro y orinal. Acompañada de sueño o  no la siesta encontró en el Nuevo Mundo una vía expedita para prolongarse en el tiempo y engarzarse en las estructuras de la naciente sociedad que acá comenzó a construirse   desde el siglo XVI.  El genio español trajo a estas tierras un adminículo morisco que habría de  completar este cuadro   delicioso de cosas, la alcayata. Creo que alcayata y celosía son dos de los elementos constitutivos que  conformaron la mentalidad hispánica y, consecuencialmente la nuestra desde hace muchos siglos. En cierta ocasión reflexionó casi en voz alta el filósofo José Manuel Briceño Guerrero en las aulas de la universidad emeritense que Don Cecilio “Chío” Zubillaga era un pensador caroreño de aguamanil, zaguán y hamaca.  Cuando me alejo de la ciudad no falta  la pregunta un tanto perpleja de que si es cierto que los restauranes de Carora tienen confortables hamacas debajo de los árboles para reposar la comida. No sólo eso , les digo, hay  también lo que se llama el sueñito de la virgen para reposar ¡ el desayuno |!

Son legión la cantidad de chistes asociados a la hamaca. Uno de ellos , que es celebrado en buena parte del continente , es el que tiene como médula una imposibilidad: la de hacer el amor parado en una hamaca y sin agarrarse de las cabuyeras. Otros  tienen por escenario la levítica y antigua ciudad de Carora en el occidente de Venezuela proverbial por la pereza de sus habitantes. Un caroreño adormilado en su hamaca ve una serpiente venenosa deslizarse por una de las cabuyeras y se pregunta para sí mismo en medio de prolongados bostezos : qué remedio será bueno para la picadura  de culebra . De tono muy local y circunscrito  a aquélla ciudad cuente que sucedió una anécdota a Cachito, personaje popular, quien después de varios días de libación desenfrenada llega a su casa y se acuesta diciéndole a su mujer: vieja, vieja, meceme.  A lo que responde la consorte: y cómo , viejo, si estás acostao en el suelo.

La hamaca se ha convertido en el símbolo vivo y activo de algunas regiones de la América mestiza. Tal es el caso de la Península de Yucatán, en México, cuna de la planta del sisal, a pesar de que la red llegó a esos lares cerca del los años 1300 de nuestra era. Se la han apropiado. En Borinquen se realiza todos los años y en el mes de julio una fiesta en la localidad de San Sebastián en honor a esta obra maestra de la funcionalidad, la comodidad y la sencillez: la Feria Nacional de la Hamaca .En 1996 Don José González artesano de hamacas recibió en su  pueblo sebastianero el Título Doctoral Honoris Causa en Humanidades en la Universidad del Sagrado Corazón  por su arte en la confección de la red caribeña. Puerto Rico, Estado Libre Asociado de los EE UU permanece como el primer país de Latinoamérica en honrar la hamaca. Hagamos en Venezuela un Festival Nacional de la Hamaca y del Chinchorro. Una buena base para arrancar en este empeño no es otro que la Fiesta de la Hamaca que se escenifica con gran entusiasmo en la Cordillera de la Costa Venezolana En el Brasil contemporáneo, los bandeirantes, famosos por su extraordinaria movilidad ,se apropiaron de medio continente sudamericano reposando en la  tupida selva en la cama aérea. Los  hombres que visitaron en el siglo XVI la tierra del palo de brasilete refieren que sus construcciones son muy largas, con capacidad para doscientas o trescientas almas, nos refiere Montaigne.  ¡Trescientas hamacas bajo un mismo techo , sin tabiques separadores |!.Mejor espacio para la sociabilidad que hoy perdemos aceleradamente no ha podido haber.

En el continente ha nacido una nueva episteme, la que tiene que ver con la sensual red caribeña. Los que cultivan esta especialidad se les llama  hamacólogos y uno de los más conocidos es el  antropólogto social mexicano Roberto Campos Navarro, docente de la UNAM, autor varias citado en el presente ensayo; otro es   mi tocayo Luis da Camara Cascudo , brasileño. No podía faltar la figura de un francés connotado que se ha referido a la hamaca y no es otro que el celebérrimo  antropólogo estructuralista Claude Levi-Strauss quien descubrió que entre los indígenas la pobreza estaría representada por la ausencia de una hamaca para dormir. Y no sólo el  Libertador  era amante de la hamaca, porque también la usaron el apóstol de la independencia de Cuba, José  Martí, el comandante guerrillero Ernesto “Ché” Guevara. Se tiene información que el director de la revuelta chiapaneca, el subcomandante Marcos se recuesta en hamaca a pensar en la transformación de México.

El colombiano José Fernández Madrid, en bellas y sutiles décimas exaltó a la hamaca de esta manera:

Mi hamaca es un tesoro,
es mi mejor alhaja
a la ciudad, al campo,
siempre ella me acompaña,
¡Oh prodigio de industria!
Cuando no encuentro casa,
la cuelgo de dos troncos,
y allí está mi posada.
¡Salud, salud dos veces
Al que inventó la hamaca !


A veces me pregunto si el Viejo Mundo habría creado personajes tales como el maligno Procusto y su abominable lecho, si por allá hubiesen conocido de la ergonómica hamaca y el humilde chinchorro. Otras veces pienso que a Franz  Kafka ni se le hubiese ocurrido el cuento  que tiene como protagonista a Gregorio Samsa, si este pobre burócrata no durmiera en fría cama sino que lo hiciera en la adorable y sensual red. Su pesadilla artrópoda  no hubiese tenido lugar en tal muelle artefacto ( del latín arte factum, hecho con arte). Y el aterrador El grito, del pintor escandinavo Edvard Munch como expresión atroz de la pérdida de sentido que como diagnóstico de nuestro tiempo ha expuesto  el filósofo alemán  de la Escuela de Frankfurt Jürgen Habermas,será un óleo de motivo impensable para un artista de los trópicos,optimista, en ociosa existencia de hamaca, de sueños lúbricos, sensuales.



En el Viejo Mundo habrá algo que se asemeje  a nuestra arrulladora red, me pregunto.  La respuesta es afirmativa y se trata del muy famoso columpio, ya conocido por los brahamanes de la India milenaria y por griegos y romanos quienes lo trasmitieron a la Italia medieval y de allí por el resto de Europa. Originalmente formaba parte de un rito religioso, de una especie de ceremonia que libera las almas del Purgatorio, una idea sin base bíblica, y al crecimiento de las mieses; todavía hoy y después de 40 años de régimen comunista, los letones se columpian entre los días de Pascua, Resurrección y el día de San Juan, que como todos sabemos coincide con el día más largo del año: el solsticio de verano, 21 de junio boreal. Y no es menos importante que dos grandes pintores, uno español y otro francés hayan tomado el columpio como  motivo de sus  óleos, nos estamos refiriendo al gran Francisco José de Goya y Lucientes y al pintor impresionista Augusto Renoir. Acá, en nuestra América el columpio se asocia en Argentina a las ánimas del Purgatorio, ese tenebroso tercer lugar distinto al Cielo y al infierno, los días 1º de noviembre en una ceremonia fúnebre-religiosa. En las altas mesetas bolivianas y también en noviembre, se arman columpios , ritual en obsequio de las almas de los difuntos, según ha escrito el autor de la Rama dorada, Sir James Frazer. Otros artefactos de factura europea se asemejan a nuestra  adorable red y no son otros que por su movimiento pendular son los favoritos de neonatos y ancianos: las  cunas y las sillas  mecedoras. Los dos extremos de nuestra existencia.

Al columpio se le conoce en la Argentina como hamaca, en tanto que en España, Chile y Perú conserva su apelativo europeo. Mientras que los germano hablantes le llaman shaukel , los gringos swings. De esta  manera podemos inferir que algo de cósmico tiene esta modalidad de movimiento en vaivén que tanto agrada a niños, adultos y ancianos. Hamaca y columpio, cuna y silla mecedoras parecen obedecer a una  suerte de diástole y sístole  que anima  la materia inerte y  la viva, movimiento alternativo que ha sido solaz esparcimiento, descanso y diversión de los pueblos arios indoeuropeos y de los aborígenes americanos del tronco étnico mongoloide. Habría que investigar si en el extremo Oriente existe algo comparativo. La hamaca es una filosofía de la vida, nos dice nuestro Uslar Pietri, quien agrega que Bolívar : Había sabido macerar lo europeo en la vigilia de la hamaca criolla. En Nuestra  América  de habla hispanolusa  debemos pensarnos desde una perspectiva distinta y original, basada en lo que el filósofo argentino Arturo Andrés Roig  llama reconstruir  nuestra peculiar historicidad a partir de la producción simbólica latinoamericana. Yo quiero, dice Germán Arciniegas, que todos los amigos que me leen participen de mi propio desconcierto, y se convensan de  que nosotros los americanos vivimos  en un mundo arbitrario, en países exóticos o estrambóticos , en un gongorismo geográfico, que elude las clasificaciones de los sa bios europeos. En este mundo neoliberal, globalizado anglosajonamente, con maquilas que trituran el cuerpo y el alma no puedo menos que pensar en el cubano Paúl Lafargue, yerno de Karl  Marx, y su gigantesco y tan actual libro llamado El derecho a la pereza.


 Creo que  de manera alguna sería descabellado incluir , tomar en cuenta  a la red  vegetal que vieron, relataron y grabaron  el alemán Teodoro De Bry, el ensayista  francés Michel de Montaigne y el viajero italiano Girolamo Benzoni  en los genésicos siglos XVI y XVII, y por ello estrechamente ligada al nacimiento de la idea del buen salvaje, en el afán  y en el empeño de construir una urgente y necesaria ontología de lo americano.

Luis Eduardo Cortés Riera.
Doctor en Historia.

Carora, 10 de enero de 2006.




                                Fuentes consultadas

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