
Nelson Fréitez Amaro.
El sociólogo de la Universidad de
El Manteco.
Luis Eduardo Cortés Riera. cronistadecarora@gmail.com
Se fue Nelson a despedirse de la transitoriedad de la
existencia humana en un país lejano, repleto de mitos y leyendas, antiguos celtas
y gnomos verdes, grandes escritores. Que los gigantes de las letras Oscar Wilde
y James Joyce te reciban en ese ascenso laico tuyo hacia los cielos que
emprendes, hombre de maravillosas iniciativas sociales, inusual y espigada estatura
corpórea, sonrisa permanente.
Su larensidad se trasparenta en sus dos apellidos tan
occidentales como los crepúsculos y las infinitas hileras de sisal. Su fino
olfato sociológico se forma al calor del viejo mercado de El Manteco, un gentío
incrustado firmemente y renacido en la ciudad de las cinco vocales:
Barquisimeto. Su infancia y adolescencia se conformaron al calor del apacible
Barquisimeto de Casta J. Riera, Don Raúl Azparren, los Hermanos Gómez y
Mercedes Lobatón, cuando El Obelisco estaba aún retirado de la urbe y la ululante
sirena de la Galletera El Ávila retumbaba sin falta mañanera y vespertina.
Lo conocí en las filas del Movimiento Al Socialismo, MAS,
por allá en la época de la candidatura del catire Teodoro Petkoff y la visita
obligada al Palacio de los hermanos Segura en la Avenida 20. Vehemente buen
orador, le poníamos atención a sus magníficas digresiones sobre eurocomunismo, Gorbachov
y el socialismo democrático en Venezuela. Luego, durante la caída del muro de Berlín,
coincidimos en la Fundación Buría de Reinaldo Rojas y Federico Brito Figueroa,
prodigioso escenario de ideas y motivaciones.
Fue Nelson un discípulo de Marx, Wright Mills, Weber y Durkheim que nunca
deja de mirar el pasado para comprender la contemporaneidad.
“La sociología es la historia del presente”, me decía, dando
de tal manera como por sentado con firmeza que el oficio de Marc Bloch y Lucien
Febvre preside toda comprensión de la humana sociedad. Fue Nelson quien
descubre que mis cofradías o hermandades coloniales son el remoto antecedente
del poderoso movimiento cooperativista que iniciaron los sacerdotes jesuitas en
el Estado Lara hace unos 60 años.
Fue para mí fue un shock muy agradable aquella observación
tan aguda y pertinente del sociólogo egresado de la Universidad Central, y que
era dos años menor que yo. Nelson Fréitez Amaro me hizo entender que la
investigación histórica ramifica necesariamente hacia el presente, iluminándolo
y ampliándolo. Una acendrada motivación afiliativa construida por la Iglesia
Católica pacientemente a través de las centurias, que emerge para dar piso sólido
y firme a las iniciativas sociales solidarias y cooperativas del presente.
Para su enorme alegría le confesé que mis ideas sobre El
genio de los pueblos del semiárido larense venezolano, brotó de un primoroso texto
suyo en Lo bello y lo útil de Lara,
editado en 2004. Estas eran las animadas
conversaciones que vía WhatsApp sosteníamos mientras su cuerpo lacerado se lo
permitía. “Quiero leerte, sí, pero me
duele la espalda y a veces no puedo sostener mi teléfono en mis manos”. Poco a
poco se fueron distanciando aquellos estimulantes contactos donde parecía coger
un segundo aliento vital.
Desde el otro lado del océano se deslumbraba Nelson como
niño cuando le dije que había cófrades irlandeses asentados como hermanos en
los vetustos libros de la Hermandad caroreña del Santísimo Sacramento en el ya
lejano siglo XVIII. ¡Un correo trasatlántico para abrir las llaves el Reino de
los Cielos! Particularísima atención prestó al gigantesco marianismo larense al
cual califiqué de “divinopastorismo”, una palabra de mi creación que repetía
encantado desde Cork, en la muy católica Irlanda, lugar donde exhala hace poco su
postrer aliento.
La última vez que lo vi en físico, fue acá en la ciudad
del Portillo de Carora y su Casa de la Cultura, el año antepasado. Presidía una
delegación que venía desde la capital larense a comprender y eventualmente
solucionar el viejo problema de la como eterna sed de los caroreños. El agua es
un Derecho Humano fundamental y básico, decía Nelson con grave y eléctrica voz en
un auditorio repleto y ansioso de aquella mañana caroreña.
Hizo llamados a la reconciliación de los venezolanos, a
evitar las extremas polarizaciones, buscar el diálogo fecundo, crear mecanismos
de encuentro, que, lamentablemente, no existen casi, decía con cierta pesadumbre.
Paradoja fue que esa misma confrontación a la que quería aliviar con sinceridad,
motiva su exilio noratlántico en donde fue a buscar paz, sosiego y salud junto
a su familia.
Se retira de la humana existencia Nelson Fréitez Amaro,
un lasallista que la palmeta y el devocionario no doblegaron en aquellos
rígidos pupitres barquisimetanos. Rebeldía que ocasionalmente fortalecieron los
jesuitas, bolcheviques de la Iglesia, en la Universidad Católica Andrés Bello,
que termina de solidificarse en la bulliciosa Escuela de Sociología de la
Universidad Central.
Amó con pasión el
deslumbrante semiárido que nos abraza, descubriendo que ese hábitat seco y
fallo de humedad modela profundamente la conducta y las motivaciones de
nosotros los larenses. Una conexión telúrica, crepuscular, una como
geosensibilidad que me hermanó profundamente con él hasta que su poderoso pulso
vital se detuvo allá en la brumosa isla de Irlanda, retirado del iridiscente
sol occidental venezolano que iluminó su cálida y sincera sonrisa.
Paz a su alma.
Carora,
Estado Lara,
República Bolivariana de Venezuela,
martes 12 de mayo
de 2026.
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