lunes, 6 de diciembre de 2021

Un libro desconocido del Doctor en Agronomía Rafael Tobías Marquís Oropeza


En 1908 publica en la naciente República de Panamá el Doctor Rafael Tobías Marquís Oropeza (Carora, 1882-Valera, Venezuela, 1922), un libro casi desconocido a pesar de su enorme y extraordinaria importancia epistémica. Se trata de la obra Algunas palmeras industriales de la flora istmeña, que fue el fruto de sus investigaciones cuando se desempeñaba como primer Director del Museo Nacional de Panamá. La importancia de esta Tesis Doctoral deriva de que fue escrita en castellano y no en inglés, el idioma dominante entonces y ahora en las investigaciones científicas.

Dice Lidia Ponce de la Vega, de la Universidad Mc Gill de Canadá, experta y acuciosa en la búsqueda de descolonizaciones epistémicas, que Marquís Oropeza “Es un ejemplo único que contrarresta las tendencias centradas en Estados Unidos.” De 185 trabajos de investigación revisados por Ponce de la Vega, el trabajo de Marquís Oropeza es el único registro escrito en castellano y en donde la producción del conocimiento tuvo lugar en Panamá e independientemente de los Estados Unidos y Europa.  Además, este trabajo destaca la colaboración relacionada con la biodiversidad dentro del Sur Global, actuando además como un ejemplo de agencia epistémica en espacios no hegemónicos. Se trata de un ejemplo casi único de agencia epistémica en espacios no hegemónicos.

Marquis Oropeza destaca como una rareza, un caso único de resistencia epistémica frente a la aplastante hegemonía estadounidense en los asuntos de investigación científica. Es posible que el Doctor en Agronomía venezolano haya sido influenciado entonces por el pensamiento del uruguayo José Enrique Rodó, quien en su Ariel, obra escrita en 1900 y que tuvo repercusiones continentales, mostraba su desconfianza ante la hegemonía utilitaria y positivista de los Estados Unidos.

A pesar de que Marquís Oropeza se doctora en Ciencias de Agronomía en New York y que su libro está en manos del Jardín Botánico de Nueva York, el “filósofo, científico y agrónomo venezolano” y caroreño tuvo la enorme audacia de hacer de manera autónoma su investigación sobre la palmera istmeña, y que aun dominando la lengua de Shakespeare, expresa en castellano el fruto de sus investigaciones empíricas, lo cual es muy digno de exaltar.

De este modo, este eminente caroreño, que fue discípulo del Dr. Ramón Pompilio Oropeza Álvarez en el Colegio Federal Carora, y del agrónomo trujillano Enrique Luppi y su Instituto Agrario, se ha convertido en un adelantado de la independencia del conocimiento en América Latina. Y como si fuera poco, es un adelantado de la educación secundaria para la mujer al fundar el Liceo Contreras en 1914 en su ciudad natal del semiárido larense de Carora, recinto donde promocionó el feminismo en una sociedad altaneramente machista. Nos deja una extraordinaria revista femenil que habría impresionado a Simone de Beauveoir: Minerva, Revista Científico Literaria, uno de cuyos ejemplares atesoro en mi biblioteca de Cronista de Carora.

En la cúspide de su brillante carrera científica en el Istmo, se viene a su tierra caroreña a sembrar conocimientos. Incomprendido por los godos de Carora, se retira desilusionado a la ciudad de Valera, estado Trujillo, en donde funda el Colegio de secundaria Padre Rosario y consigue la muerte precozmente a los 40 años de edad. Los venezolanos no hemos comprendido a cabalidad la gigantesca figura de este extraordinario hombre que fue Rafael Tobías Marquís Oropeza. Estamos a tiempo de reivindicar su memoria y para ello propongo que el núcleo de la Universidad Nacional Experimental Politécnica Antonio José de Sucre de Carora lleve su nombre.

Referencias.

Cortés Riera, Luis Eduardo. Del Colegio La Esperanza al Colegio Federal Carora, 1890-1937. Fondo Editorial de la Alcaldía del Municipio Torres, Fundación Buría. Carora, Barquisimeto, Venezuela, 1997.

Cortés Riera, Luis Eduardo. El Doctor Rafael Tobías Marquís Oropeza, 1882-1922 Científico, educador y feminista caroreño. Diario El Impulso. Barquisimeto, Venezuela, 5 de abril de 2021.

Moreno, Hiram A. 'Tras las elusivas huellas de Rafael Tobías Marquís Oropeza. El primer Director del Museo Nacional de Panamá. Canto Rodado, vol. 10, 2015, págs. 163–75.

Ponce de la Vega, Nidia. La geopolítica de los metadatos: conociendo Panamá a través de la Biblioteca del Patrimonio de la Biodiversidad. Biodiversity Heritage Library.18 noviembre de 2021.

Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

domingo, 5 de diciembre de 2021

Gilberto Agüero Docente sindicalista y cañicultor

Un Pequeño automóvil europeo avanza por las interminables y soleadas carreteras del Sur del Lago de Maracaibo. Se dirige al caserío Capazón en el Estado Mérida. Se trata del Maestro Normalista Gilberto Ramón Agüero, quien asumirá el cargo de docente en ese pueblecito perdido en la geografía venezolana, tras ser removido de su cargo de manera arbitraria en Barquisimeto. Era una forma indirecta de despido que usaban los adecos para castigar a los disidentes cabezacalientes del magisterio. Atrás deja a su esposa y dos pequeños hijos, lleva el firme propósito de no renunciar a su cargo de educador. Pronto se hace querer de aquella gente buena y primitiva. Cuatro años estuvo entre ellos, pero a su regreso al estado Lara constata que ha perdido su matrimonio.

 “Como maestro de primaria ganaba muy poquito, me dice. Por ello me inscribo en el Pedagógico a cursar la especialidad de Castellano y Literatura”. Se gradúa prontamente y le asignan 40 horas en el Liceo Egidio Montesinos de Carora en 1977. Es allí donde le conozco y comienzo a admirar sus extraordinarias dotes como persona y como docente sindicalista. Era, como yo, profesor de aula en aquel ambiente dominado políticamente por adecos y copeyanos. Al poco tiempo se gana la confianza de los 84 profesores del plantel y asume el cargo de Delegado Sindical del poderoso Colegio de Profesores del estado Lara, liderado por el profesor Edgar Bazán Rivero, su gran amigo.

Los adecos se desgastan en el poder y ganan las elecciones de 1978 los socialcristianos, un poderoso partido en Carora en ese entonces dirigido por Jesús Antonio Morillo Gómez. La oposición magisterial llama a un paro nacional por un contrato colectivo justo. En el Municipio Torres es el profesor Agüero quien asume la dirección del movimiento de reivindicación salarial de los maestros y profesores. Tiene grandes dotes de dirigente organizador, adquiridos en la capital del estado Lara y en el estado Mérida. Fue esa huelga un triunfo rotundo del magisterio frente a las pretensiones aviesas del ministro de educación Dr. Rafael Fernández Heres.

Los copeyanos comienzan a favorecer a su gente y designan para el cargo de subdirectora académica en nuestro plantel a una militante prominente del partido. No cumple ella con sus funciones y el Liceo inmediatamente se paraliza.  En mi presencia, Agüero le califica duramente de “corrupta”, a lo que la profesora responde citándolo para levantarle un acta punitiva con la asesoría de dos supervisores afectos a su partido. Me llaman a firmar aquel espurio documento a la dirección del Liceo, a lo que me niego rotundamente. Gilberto Agüero siempre me agradeció aquel gesto de valentía de mi parte, puesto que adecos y copeyanos confabulados querían defenestrar a mi amigo y sacarlo nuevamente del juego.  

Se acercaban las elecciones de la Federación Venezolana de Maestros y Agüero suena inmediatamente como candidato contra las pretensiones continuistas de los verdes. Casi gana las elecciones sin tener maquinaria partidista de respaldo frente a un partido de gobierno todopoderoso, en tiempos del presidente Luis Antonio Herrera Campins.  Los copeyanos dejan el poder y una cierta normalidad se respira con el nuevo gobierno de Jaime Ramón Lusinchi.

En esos días y para mi sorpresa descubro que mi amigo tiene una curiosa especialidad en la cría y cuidado de canarios y otras aves canoras. Nos explica en largas y sostenidas conversaciones de qué manera hacer cambiar de dieta a estos animalitos, de qué forma reparar sus paticas quebradas y cómo cruzarlos con el cardenalito, un ave colorida y endémica del semiárido larense. Preside en varias ocasiones la Sociedad de Cañicultores del Estado Lara y gana varios premios con presencia de jueces belgas que vienen a calibrar el canto de estas magnificas aves de encierro. Toñita, su segunda esposa, atiende a las amarillas aves mientras él se viene a Carora a cumplir con su labor docente. Era muy ducho en cuestiones de ornitología, pero, cosa digna de destacar, ignoraba olímpicamente la botánica.

Descubre acá en Carora las singularidades de esta heteróclita ciudad del semiárido larense, sus godos o caracoloradas, pues labora en el instituto donde cursan estudios sus hijos. Se gana la confianza de Ermila Álvarez, su propietaria, quien le admira su capacidad para dictar clases a aquellos muchachos difíciles y consentidos durante 19 años. Otra de sus pasiones fue la singular gastronomía de la ciudad del Portillo.

En Liceo asume Gilberto la asesoría de las promociones de bachiller y organiza los muchachos para obtener recursos para el ansiado grado académico y el consiguiente paseo para las playas de Adícora en el Estado Falcón y hasta la isla de Margarita, con todos los gastos cubiertos. Rifas y fiestas con afamadas orquestas logran el cometido dinerario. Los actos académicos en octubre eran todo un espectáculo de luz y colorido que terminaba con fuegos de artificio. Dos hermosas e inteligentes chicas de quinto de ciencias, Taty Suárez y Briyeli Pérez Castejón, eran una suerte de eficientes y atractivas secretarias de Gilberto en aquellos afanes en 1989, año en que se producen los terribles sucesos de el “caracazo” y que en Carora fueron relevantes por su intensidad.

Mi amigo Gilberto era de mediana estatura, sano y fuerte, poco se enfermaba. Corpulento y piernas arqueadas. Tez morena y pelo sin canas. No consumía alcohol sino en ocasiones especiales.  No sabía bailar. Su rostro amplio cobijaba una boca ligeramente desviada. Al saludar decía: “Poeeeta”, al tiempo que calzaba sus anteojos y extendía sus brazos abiertos hacia atrás. Sus íntimos lo llamaban “Abimael” por lo de sus posiciones izquierdistas que estremecían los acartonados poderes magisteriales. “Hay que saber jefear”, repetía siempre este hombre que tenía hundidas sus raíces familiares en la ciudad de Quíbor y que amaba las conversaciones inteligentes.  

Debido a sus claras dotes gerenciales asume la dirección del Liceo Egidio Montesinos en 1993 con el apoyo de la mayoría de los docentes. Los cambios políticos se veían venir y en 1996 gana la gobernación del estado Lara el señor Orlando José Fernández Medina, quien se lleva a Gilberto para tareas de dirección en la Zona Educativa, un gigantesco monstruo.  Comienza una labor muy importante al hacer ajustes de carga horaria, traslados y ascensos entre aquel personal docente que no simpatizaba con la llamada “cuarta república” y que estaban por esa razón como arrinconados y vegetando en sus cargos. Uno de esos movimientos fue el mío y fue a comunicármelo a mi casa en diciembre de 1995.

Formaba parte de una numerosa familia de educadores de la “ciudad de los crepúsculos”, quienes inspirados por su madre estudiaron casi todos en el Instituto Pedagógico de Barquisimeto. “Ella era analfabeta, me decía Gilberto, pero, cosa extraña, era escéptica en asuntos religiosos.”  Su padre era gallero empedernido, arte que trasmitió a mi amigo.

       Retirado de la docencia en 2003 con 36 años de servicio, se dedica a la compra venta de automóviles. Vino a Carora a mi matrimonio con la médica cirujana Raiza Mujica en 2005. Siempre nos comunicábamos vía wasap, hasta que a mediados de este año 2021 me dijeron que necesitaba oxigeno por haber contraído el Covid19. Sus canarios y cardenalitos avisaron del vuelo a la eternidad de este magnífico docente y sindicalista que fue Gilberto Ramón Agüero.

 Paz a su alma.

 

Santa Rita de Carora, 4 de diciembre de 2021.

Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

 

 

 

 

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domingo, 28 de noviembre de 2021

La Pequeña Edad de Hielo Dedicado a Rafael Javier Rodríguez, Cátedra Libre de Cambio Climático, UCLA


Philippe Blom es un joven historiador alemán nacido en Hamburgo en 1970, quien nos asombra con su interesante y muy polémica interpretación de la historia moderna europea con su libro El motín de la naturaleza. Historia de la Pequeña Edad de Hielo (1570-1700), publicado por Anagrama. Sostiene que una pequeña edad de hielo entre los siglos XVII y XVIII es cierto modo responsable de la edificación de la Edad Moderna europea. Se le ha acusado de determinista por hacer derivar los grandes y decisivos cambios sociales y culturales de la modernidad a un cambio brusco de temperatura a fines del siglo XVI y que se extendió hasta mediados del XVIII.

De este modo, Blom establece una relación de las bajas temperaturas con el Renacimiento, la Revolución Científica del siglo XVII y el formidable movimiento de la Ilustración dieciochesca. La caída de dos grados de temperatura determina la ruina de la agricultura medieval, lo que propicia el aparecimiento del capitalismo y se activa de gran modo el comercio. Se fortalecen las ciudades y aparece una nueva forma de pensar con la burguesía. Esta clase social ya no ve el cambio de clima como un castigo divino, sino que comienza a darle una explicación racional. Galileo, Kepler, Descartes y Newton representan este nuevo enfoque del mundo natural despojado de milagrerías y castigos de Dios.

A finales de la Edad Media bajan abruptamente las temperaturas, poniendo fin a la regularidad climática que disfrutó la humanidad desde el hundimiento del Imperio Romano. Las cosechas se pierden por el hielo, las hambrunas y las pestes hacen desastres, se producen grandes migraciones hacia las ciudades, donde nacerá la burguesía, clase social con una nueva mentalidad empírica y crítica, lejana de los milagros y los castigos divinos.

No están claras las razones de la edad de hielo y ni siquiera la NASA con toda su ganada autoridad es concluyente al respecto. Conjetura a veces con ellas Philipp Blom. Y tanto menciona una desviación en la rotación del eje terrestre como habla de la disminución de la actividad solar o alude a un recrudecimiento de los fenómenos sísmicos. El aumento de la actividad volcánica llenó la atmósfera de más polvo, más o menos como si una especie de película terminara filtrando o alterando el alcance de los rayos del Sol.

Sobrevinieron las catástrofes de las cosechas, pero las hambrunas y las guerras de religión que sacudieron el continente en la pequeña edad de hielo precipitaron al mismo tiempo la transición de la oscuridad hacia la luz, una especie de catarsis y de proceso selectivo que produjo grandes desplazamientos humanos del campo a la ciudad y que puso a cavilar a los pensadores, a los científicos y a los nuevos apóstoles de la modernidad. Las mentes más lúcidas de la naciente modernidad se refugian del frio en sus habitaciones y bibliotecas y comienzan a pensar el mundo que nos llega hasta hoy. Y allí están Montaigne, Newton, Voltaire, Rousseau y Kant como estrellas rutilantes. La modernidad es un parto del frío, los mejores hombres vienen del frío.

Estas ideas de Blom han sido criticadas por deterministas y por ello se acercan a las del geógrafo alemán Friedrich Ratzel (1844-1904), de tal modo el atractivo ensayo se resiente de un cierto oportunismo en las prospecciones más ambiciosas. Pues cabe una pregunta: ¿No se hubieran producido las revoluciones sin la adversidad meteorológica? En lo personal me siento más cercano al posibilismo geográfico del francés Paul Vidal de La Blanche (1845-1818).  Su interés se centra más en las transformaciones que el hombre hace sobre el medio, es decir el hombre como agente geográfico, que en las influencias del medio geográfico sobre el hombre y la sociedad.

Philippe Blom ha estudiado un fenómeno climático del pasado que duró un siglo y medio, del cual no fue responsable la humana actividad. Sin embargo, cuando le preguntan por el terrible y ominoso cambio climático del siglo XXI responde que la humanidad está al borde de su autodestrucción inminente. Tiene razón de sobra para afirmarlo.  Pero extrapola una analogía con la angustia contemporánea por un cambio climático que evidentemente es responsabilidad humana. Ayer fueron dos grados de temperatura que bajaron, hogaño se trata de dos grados de temperatura que van al alza por impertinencia y ofensa del hombre. Una diferencia que Blom no parece apreciar en su justa medida.

 

Santa Rita de Carora, 26 de noviembre de 2021

Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

 

 

martes, 23 de noviembre de 2021

Libros de mi infancia y juventud. Proyectos de investigación



Mi infancia y adolescencia está repartida en tres escenarios muy distintos del estado occidental venezolano de Lara, Venezuela. Nací en el barrio Chirgua de la amable población andina y larense llamada Cubiro, en tiempos del gobierno dictatorial del coronel Marcos Evangelista Pérez Jiménez y su marioneta, el doctor Germán Suárez Flamerich, un presidente que casi nadie recuerda, pues somos un país sin memoria histórica, como se lamentaba con amargura don Mario Briceño Iragorry. Los primeros impresos en caer en mis ávidas manos fueron el libro Victoria, de primer grado, así como la inmortal Revista Tricolor, me enamoré en ella de las ilustraciones de Morita Carrillo, del indiecito Kary y del díscolo Paperrule. Recuerdo una remota tarde lluviosa en que fui con mi padre Expedito Cortés a la Oficina de Correos a retirar una colección de libros argentinos que Ernesto Sábato dirigía. De los tres tomos, aún conservo uno de ellos a mis 69 años de edad y viviendo en Carora.


Luego viví un año en la bella población de Humocaro Alto, cercana a los estados Portuguesa y Trujillo, andina de temperamento. Allí me deslumbró Abajo Cadenas, un libro para la educación de adultos que tenía como personaje central a Pedro Camejo. Aun lo recuerdo conduciendo un tanque de guerra del Ejército de Venezuela, y la constante repetición de “Ala, casa, tapara, maraca.”. Fue en el año escolar 1959-1960. La escuela de ese apacible pueblito se llama Guayúta y estaba diseminada en zaguanes y cuartuchos, pues carecía de local apropiado. Tío tigre y tío conejo eran nuestras lecturas de los cinco hijos que ya éramos de la familia Cortés Riera. E hicieron su aparición los suplementos o comics ilustrados de La pequeña Lulú y el infaltable La zorra y el cuervo. Estas comiquitas tan despreciadas entonces, me abrieron al mundo y debo confesar sin pena o vergüenza alguna que a ellas debo mi visión universalista de las cosas.

El 16 de septiembre de 1960 me mudaron abruptamente de geografía y de temperamentos conductuales. Descendimos a la calenturienta y antigua ciudad del semiárido larense llamada Carora, vocablo en lengua aborigen arawack que se puede traducir como “chicharra” o cigarra. En la biblioteca del Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza me topé con un ejemplar de propaganda soviética llamado El plan Quinquenal, en donde el régimen de los soviets defendía la superioridad de la economía planificada sobre la del capitalismo caótico y botarate. Una gran curiosidad me provoca encontrar un folleto de 1950 escrito por el antropólogo venezolano Miguel Acosta Saignes: Tlacaxipeualiztli: Un Complejo Mesoamericano Entre Los Caribes. Toda una extrañeza que aún me mantiene perplejo. Pero todavía quede más maravillado con un libro del escandinavo Thor Heyerdahl, quien hizo un viaje transpacífico desde Perú a la Polinesia en una embarcación de troncos de balsa y papiro.  Yo me dormía con aquel libro abrazado, que mi madre, Claver Riera, me quitaba y lo guardaba amorosamente en una repisa de mi habitación. Kon-tiki era su nombre. Siempre me he lamentado que en una de esas mudanzas desapareciera tan importante libro que construyó mi memoria.


Otros impresos que acompañaron mi infancia fueron la revista de sexualidad Luz, ya desaparecida, y que leía a hurtadillas de mi madre; estaban en el escaparate matrimonial los dos tomos del Historial genealógico de familias caroreñas, que su autor, el doctor Ambrosio Oropeza Perera, dio prestado a mi padre Expedito. Todos los meses llegaba sin falta la Selecciones del Reader Digest, que pasaba de mano en mano entre la familia. Desde la Librería Trasandina de Juan Pablo Hernández llegaba con pasmosa puntualidad los fascículos de la Enciclopedia Monitor en 16 gruesos volúmenes, que intenté leer en unas vacaciones escolares. Era demasiado exigirles a mis pestañas y fracasé en el loable intento.


Contando con 13 años me topé con los dos volúmenes de un libro que iba a cambiar mi vida. Era Historia Universal, una obra obligatoria en segundo año de bachillerato y que escribió el tocuyano Áureo Yépez Castillo en dos gruesos volúmenes, un caballo de batalla en todos los liceos de Venezuela. Me enamoré perdidamente de tan gigantesca producción histórico literaria de manera tan fuerte como de mi compañera de estudios Nora Gamboa. Gracias al profesor Áureo me decidí años después estudiar la carrera más ambiciosa de todas: historia universal en la ilustre Universidad de Los Andes de la ciudad de Mérida. Son de esos mismos años los recuerdos memorables de dos de los libros por los cuales he sentido enorme respeto Álgebra de Baldor y Venezuela y sus recursos de Levi Marrero, ambos, por cierto, cubanos.


Otro gigante del pensamiento que me ha acompañado siempre fue el filósofo germano venezolano Ignacio Burk (1905-1984) y sus libros de filosofía y de psicología que entraron a mi vida en 1980 cuando ya era graduado universitario. Sucedió en el Liceo Egidio Montesinos de Carora cuando su director el profesor Simón Villegas Lozada me ofrece tales cátedras ¡que no cursé en pregrado! para dictarlas en cuarto y quinto año de bachillerato. Todo un reto del que partí casi desde cero… Desde ese momento me hice amante de Freud y de Kant, de Aristóteles y de Rafael Villavicencio Cerdeña, de Wundt y de Watson y su conductismo. Comencé a entender la fenomenología de Husserl y la monadología de Leibnitz, la filosofía crítica germana, el deseo de Ortega y Gasset de colocarnos a tono con la modernidad, la visión de la estructura del Universo de Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII, la psicología de la Gestalt.  Toda esa serie de ideas, debo confesar, me produjeron cierto vértigo y un estado de como ensimismamiento.


Afortunadamente y como ya he dicho en otro lugar, en 1989 me topé con la muy famosa Escuela de Anales, fundada por Marc Bloch y Lucien Febvre en 1929, Estrasburgo, Francia. Con Reinaldo Rojas y Federico Brito Figueroa, cultores de esta escuela de pensamiento histórico en Venezuela, comencé a adentrarme en la llamada Historia de las Mentalidades que iniciara Bloch con Los reyes taumaturgos, y Febvre con su magistral Lutero. Un destino. Desde allí pude aplicar mis conocimientos recién adquiridos gracias a Ignacio Burk a los requerimientos de una historia de las ideas y de lo cultural a dos venezolanos eminentes: el psiquiatra caraqueño Francisco Herrera Luque y su obra de juventud Los Viajeros de indias (1961), así como al psiquiatra autodidacta y larense Rafael Domingo Silva Uzcátegui y su casi desconocida obra de crítica literaria llamada Historia crítica del modernismo en la literatura castellana (1925). Sin las enseñanzas del noble profesor del Pedagógico de Caracas que fue Ignacio Burk no hubiese podido acometer tan exigente trabajo de investigación, que agradaron de suma manera a los doctores Reinaldo Rojas y Federico Brito Figueroa en la Maestría en Enseñanza de la Historia de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador de Barquisimeto.

Son cuatro tradiciones de pensamiento que me han acompañado felizmente en mi ya larga existencia: la de la Escuela de Historia de la Universidad de Mérida, en primer lugar; la segunda la que me proporciona el Maestro Ignacio Burk; la tercera por vía deviene de Reinaldo Rojas y Federico Brito Figueroa quienes me hacen conocer las posibilidades de conocimiento y de métodos de la Escuela francesa de Anales, en cuarto lugar. Esta formación hizo posible mi Tesis Doctoral en 2003 en la Universidad Santa María de Caracas titulada: Iglesia Católica, cofradías y mentalidad religiosa en Carora, siglos XVI al XIX, que ha sido editada en Alemania.

Y como dijo Marc Bloch “en historia no hay investigación concluida”, sigo mis investigaciones sobre lo que he llamado “Genio de los pueblos del semiárido larense venezolano”, un ethos que se manifiesta en la música y en la literatura, principalmente, bajo un fervor religioso polarizado entre María Santísima y San Antonio de Padua, la danza negroide del tamunangue; y continuo mis investigaciones sobre un antecedente de la “Teología de la Liberación Latinoamericana” basada en la Encíclica Rerum Novarum del papa León XIII que adelantaron dos eminentes sacerdotes caroreños desde 1900: el padre Lisímaco Gutiérrez Meléndez y el Pbro. Dr. Carlos Zubillaga Perera en una remota ciudad del semiárido larense asolada por las guerras civiles decimonónicas, la pobreza y la enfermedad, el enorme analfabetismo cercano al 80%, noches a oscuras, violenta, con exceso de militares de montoneras (¡unos 300 generales y coroneles!), casi sin moneda circulante, sin hospital para la caridad para tanto pobre, y con su Colegio Federal y Escuela Primaria Anexa clausurados por Cipriano Castro y su Ministro de Instrucción Eduardo Blanco. En ese adverso escenario social fundan estos dos admirables levitas escuelas nocturnas para obreros, una banda de música, el Hospital San Antonio de Padua, una orden religiosa femenina para la atención de los menesterosos, un periódico, El Amigo de los pobres, que circula por diez años hasta 1910, ollas comunitarias. Una Iglesia que sale a la búsqueda de Dios entre los más pobres y que no gustó a cierto sector de la sociedad que logra la expulsión de Zubillaga de su amada Carora en 1911 para encontrar la muerte prematura en Duaca, Distrito Crespo.


Hogaño releo por enésima vez la novela global de Gabriel García Márquez Cien años de soledad, editada por vez primera en Buenos Aires en 1967, y también La conjura de los necios del estadounidense John Kennedy Toole, quien se suicida los 31 años por no poder publicarla en 1969. Otras lecturas a las cuales siempre vuelvo son Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, del Nobel mexicano Octavio Ireno Paz Lozano, así como El canon occidental del recientemente fallecido crítico literario hebreo estadounidense Harold Bloom. Colaboro con las revistas Letralia, de Aragua, Venezuela, Archipiélago, de México y Ciscuve, de Caracas, con el diario El Impulso de Barquisimeto. Me preparo para la presentación y defensa de la Tesis Doctoral sobre la Devoción de San Juan Bautista de Carora, del licenciado y magíster Henry Vargas Ávila, UPEL, Barquisimeto, y la Tesis Doctoral de Yasser Lugo Hernández, titulada LETANÍA DE LOS DESESPERADOS (ANÁLISIS DE LAS IDEAS NORMATIVAS Y LITERARIAS RELATIVAS AL SUICIDIO EN VENEZUELA ENTRE 1800 Y 1950. Trabajo de grado para optar al título de Doctor en Humanidades en la Universidad Central de Venezuela.

Jehová Dios me dé vida para continuar en mis afanes en estos tiempos de terrífica pandemia y extrema polarización política que nos ciega.

Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

 

Santa Rita de Carora, Venezuela, 22 de noviembre de 2021.

 

 

 

 

 

 

Fin milagro alemán

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