viernes, 11 de abril de 2014

FOTO DEL RECUERDO

De izquierda a derecha: Prof. Víctor Hugo Rodríguez Burgos, Dr. Luis Eduardo Cortes Riera, Godofredo Arroyo Muelo y Héctor Ávila Pérez. tomada entre los años 1978/1979, en la cerca perimetral del Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza, (calle José Luis Andrade esquina de la Av. Franciso de Miranda), Carora Municipio Torres, estado Lara. obsequio de Ramón  "Monchito" Gudiño Romero el 10 de abril de 2014. digitalizada por el MSc. Henry Alfredo Vargas Ávila, actual jefe del Archivo Municipal de  la Alcadía de Torres Carora.

martes, 8 de abril de 2014

El Negro Tino Carrasco. Bandolina, paltó y pajilla



Fue durante uno de los Festivales Folklóricos del Estado Lara donde asistí de la mano de mi padre, Expedito, allá por los años 1968 o 1969, cuando vi por vez primera al Negro Tino Carrasco. Vestía su infaltable paltó a cuadros y su emblemático sombrero de pajilla. Mandolina tocada a la derecha. Una pañoleta cubría su negro cuello. Por momentos se lo descubría para colocar uno de sus dedos en un aparato que le permitía modular unas palabras graves y gruesas.
Había nacido en el Barrio Nuevo del pardaje caroreño, barriada laboriosa y de sobrada calidad artística en 1901, recién pasado por estas tierras el general Cipriano Castro. Ni su piel cobriza ni su apellido hundían sus raíces en el patriciado caroreño. Lomo de Perro era la  residencia de quien iba a ser llamado El Roble Caroreño.
Barrio Nuevo tiene y tendrá talento musical y poético de sobra: Juancho Querales, Rodrigo Riera, Min Suárez, Plinio Bracho, Chemaría Suárez Lameda, Javier Meléndez, Vale Cayayo, El Chingo Ángel, Los Hermanos Gómez, Isabel y Lolo Carrasco. Carora sin Barrio Nuevo es una guitarra sin cuerdas.
El Negro Tino fue un músico popular, sin academia, del mismo origen humilde que Alirio Díaz y Rodrigo Riera. Solo que los dos guitarristas pudieron seguir estudios en conservatorios y academias musicales. Tino, en cambio, se abrió camino gracias a su inmenso talento innato con sus composiciones poéticas y su infaltable bandolina.
Don Mariano Picón Salas dijo que Tino improvisaba las más intencionadas coplas. Darle al negro tino un pie forzado y ya lo estará desarrollando y devolviéndolo como una gallarda serpentina. Es Tino, dice el merideño, parte de una inmensa tradición rapsódica venezolana que remonta a las viejas canciones coloniales, a los cantares de gesta de la Independencia y la Federación y a todas las peripecias contemporáneas que pule y elabora su inventiva de artista, se pone al hablar con su garganta.
En su Corrido de las Cien mujeres, agrega Don Mariano, que por la fluencia de la versificación y la agilidad de los retruécanos parece la obra de un Lope de Vega selvático y mestizo que no tuviera otro maestro que la más alegre y desenfadada Naturaleza… Es en la invención  de nuestra música popular, el curioso e inspirado equivalente de Feliciano Carvallo en nuestra pintura.

Yo agregaría que el Negro Tino tiene también en sus composiciones algo de tragedia griega, pues explora los abismos y vericuetos del alma. En su golpe más emblemático, Amalia Rosa, por ejemplo, escribe: “Toma niña este puñal / ábreme por un costao / pá que veas mi corazón / con el tuyo retratao.
 La presencia del alma en una historia de amor es un eco platónico y lo mismo debo decir de la búsqueda de la inmortalidad, nos dice el mexicano Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura. Veamos cómo se expresa en Tino Carrasco el dialogo con los muertos en su danza Soñar despierto: Yo te seguiré queriendo / hasta después de la muerte, / no creas que eso es mentira / que después también se quiere…/ yo te quise con el alma/ y el alma nunca se muere.
 La muerte tiene en la tradición occidental, dice el mexicano, una función capital: despierta al amante extraviado en sus sueños. En el Negro Tino sueño y vigilia se confunden y le dan sentido de muerte a la vida y sentido de vida a la muerte: Soñé que me había muerto / y viste pasar mi entierro / soñé que tú me querías / que mentira son los sueños / soñé también, vida mía / soñé que el Sol me alumbraba / y por soñar imposible / soñé que tú me querías… / Y por soñar imposible / soñé que tú me querías. La pasión amorosa, como se habrá notado, y  su carácter simultáneamente real e irreal es penetrante y finísima en el trovador caroreño. La historia de la poesía es, pues, inseparable de la del amor.
Pero El Negro Tino tiene un rasgo esencial: es uno de los iniciadores de la llamada Trova Social o canción de protesta en Venezuela, y que en Latinoamérica tiene como exponentes connotados a Facundo Cabral, Atahualpa Yupanqui, Alberto Cortez, Mercedes Sosa, Violeta Parra, Víctor Jara, Daniel Viglietti, Carlos Mejías Godoy, Pablo Milanés, Chico Buarque, Silvio Rodríguez, Piero, Alí Primera, entre otros.
Ese sentido de la protesta tan genuino le vino a Tino Carrasco por haber sufrido una descomunal injusticia al pagar cárcel durante nueve años. Un reo de alta peligrosidad se le fugó a su padre, el alguacil Alejandro, por lo que los esbirros de la dictadura lo obligan a entregar a su hijo Celestino para que pagara los años de condena que le correspondían al delincuente fugado.
En una composición dice de los estadounidenses y su sentido utilitarista que fustigó duramente el uruguayo José Enrique Rodó: Empezaron a venir / cuando los americanos / empezaron a venir / y sólo se oía decir: / qué bien están los zulianos. Y más adelante: Pa’ acabarnos de arruinar / nos mandaron las victrolas / ortofónicas, radiolas / y los carritos de a real / quién se iba a imaginar / que vinieran hidroaviones, / automóviles, camiones / y el teléfono sin hilo / y cosas por el estilo / que inventan esos ladrones.
También hubo de componer unas piezas al triunfo de la evolución cubana en 1959: Ya cayó otro dictador / de los que estaban en lista / fue huyendo a Santo Domingo / un tal Fulgencio Batista / él era un imperialista /y un avaro caudillo, / se fue a Ciudad Trujillo / / no con buenas intenciones, / fue derrotado por Castro / y sus grandes seguidores.
Este juglar, músico itinerante de la patria, bohemio impenitente, falleció el 8 de febrero de 1975. En días pasados fui a visitar la que fue la peña de los músicos barrionovenses durante muchos años: El Rinconcito Arrabalero. Allí, a la sombra de silentes y añosos cujíes, muebles desvencijados, olvido, me pareció oír por un maravilloso instante el sol re la mi de la bandolina de Tino.

domingo, 30 de marzo de 2014

Respetable Logia “Estrella de Occidente” Nº 50. Barquisimeto, 1856.


A Cécil Humberto del Sacramento Álvarez Yépez


En 2005 presentó la licenciada Yasmina Mejía Singer una interesante investigación sobre la masonería en el estado Lara, acontecimiento académico que tuvo lugar en la Maestría en Historia, Convenio Ucla-Upel-Fundación Buría. Aprobada con honores y bajo mi tutoría paso a continuación a considerar algunos aspectos de tan notable trabajo de indagación histórica.
Notables personalidades han sido masones. Carl Gustav Jung – por ejemplo – no vacila en explicar que las sociedades secretas pueden ser a veces un adecuado paso intermedio en el camino de la individuación, sobre todo en una época en que el individuo se encuentra amenazado por el anonimato.
En la mercúrica ciudad de Barquisimeto la masonería se inicia a principios del siglo XIX siguiendo el Primer Grado del Rito Escocés. Los personajes que inician este movimiento son personas notables y distinguidas. Uno de ellos es el  iniciador de la imprenta en la ciudad,  Pablo Judas, Francisco del Castillo, el futuro encargado del Poder Ejecutivo, Don Vicente Amengual, Félix Vásquez, Pedro Piñero, Isaac P. Chapman, Manuel Antonio Peraza, Miguel O´ Callagham y Juan Cranevelth.
Las llamadas “Tenidas” o reuniones masónicas se hicieron en casas de familia, hasta que en 1862 la Logia alquiló una casa a Ramón Corral Mayor. La Logia otorgó títulos especiales al General Eladio Lara, al caroreño Idelfonso Riera Aguinagalde, quien por primera vez en Venezuela escribiría las palabras “Democracia Cristiana”. Por aquellos años eran tensas las relaciones de la masonería y la Iglesia Católica. En 1865 la Iglesia negó a darle los santos óleos a José Ruiz, miembro de la Logia crepuscular. En su lecho de muerte, Ruiz, que era católico, fue conminado por el Sacerdote Domínguez a quemar todo lo relacionado con la secta, a lo que el moribundo se negó rotundamente. Se le prohibió en consecuencia dar cristiana sepultura a sus restos en el cementerio de San Juan, que era el camposanto de la gente pudiente, por lo que hubo de ser enterrado en el distante cementerio de San José, que era el de la gente humilde. La autora de la investigación sostiene que este hecho bien puede ser el primer caso de excomunión entre nosotros los larenses por causa de la masonería.
Entre los años 1861 y 1864 la Logia incorpora como aprendices a Antonio Dávila, Francisco Gadea, Juan Crisóstomo Dudamel, Manuel María Rosales, José Santiago Casorla, Martín R. Landa, Juan Nepomuceno Llamosas, José María Hernández, Pedro María Pineda, A. G. Alvizu, Jonás Álvarez, Ramón Escovar, José Montesinos, el curazaeño Jaime R. Blanch, Obdulio Ramos, Gregorio Acosta, Lermit Solaigne, Andrés Torrellas, entre otros.
El patrono universal de la masonería es San Juan Bautista, por lo que la corporación destinó 100 pesos para celebrar la festividad el 24 de junio de 1864 con una visita a la iglesia de Altagracia, en donde el orador de orden fue el Pbro. José Antonio Ponte.
La Logia dejó de funcionar durante los difíciles años posteriores a la Guerra Federal. En 1867 se desvanece temporalmente la Respetable Logia “Estrella de Occidente”. Sus muebles fueron rematados por 195 pesos para pagar el alquiler de la casa que hacía de sede. El Venerable Maestro Pablo Judas expresó la pena que le causaba el cierre del Taller Masónico. Entraba en receso o “sueño” la masonería en Barquisimeto y habría que esperar 23 años para reactivarla.
Así fue como en 1890, 16 de marzo, se reunieron en la vivienda de José del Carmen Alejos los señores Ramón Enrique Dias, Juan Bautista Iribarren, Antonio María Salom, Luis Fernández, Demóstenes Trujillo, Miguel Domínguez, Claudio Rocha, Ramón Escovar, Miguel Guerra, Leonidas Agüero, Pedro María Piñero Planas, Marco Antonio Piñero y Rafael María Lugo, para sacar de su “sueño” a la Logia crepuscular. Solicitaron a Caracas la revalidación de la Carta Constitutiva, lo cual se logró el 11 de abril de 1890. Memorable acontecimiento con lo que se designaron los funcionarios de la Respetable Logia seleccionados por votación nominal:  Dr. Leonidas Agüero Venerable Maestro, Luis Fernández Primer Vigilante, Ramón Escovar Segundo Vigilante, Dr. Luis María Castillo Orador, Antonio María Oviedo Secretario, Antonio María Salom Tesorero, Dr. Jesús María Arroyo Guarda Sello, y Timbres, Pedro María Piñero Primer Experto, Miguel Guerra Segundo Experto, José del Carmen Alejos Hospitalario, Juan Bautista Iribarren Primer Maestro de Ceremonia, Pedro María Luna Segundo Maestro de Ceremonia, Dr. Manuel Silveira Arquitecto Decorador, Ramón Enrique Dias Primer Diácono, Claudio Rocha Segundo Diácono, Demóstenes Trujillo Maestro de Banquetes y Rafael María Lugo Guarda Templo Intendente.
La respetable Logia Masónica “Estrella de Occidente Nº 50  es la Logia Madre de la masonería en el estado Lara, pues de ella se derivan la Logia Renacimiento, Logia Iniciados de Tebas, Capítulo Rosacruz Lisandro Alvarado, Logia General de División Pedro León Torres Nº 185, en Carora, Logia Sol de Curpa Nº 112. Igualmente ha servido de apoyo para los comienzos de la masonería femenil: Logia de Adopción Betel, Logia Despertad Nº 343.
De modo pues que no pudieron las Encíclicas católicas de los papas Clemente XII y León XIII prohibir la Francmasonería entre nosotros. Ni de igual manera lo pudo hacer el intransigente Monseñor Pedro Felipe Montes de Oca en Carora, quien advertía al Dr. Pablo Alvarez Yépez, “Paúcho”, sobre el satánico peligro de fundar el Rotary Club, institución que el levita confundía con la masonería.
 

martes, 11 de marzo de 2014

Escuela pictórica de Río Tocuyo



El maestro Alfredo Boulton escribió que en la Venezuela colonial hubo tres escuelas pictóricas resaltantes: Caracas, Mérida y Río Tocuyo. Fundado Río Tocuyo como pueblo de indios tributarios en 1620, se encuentra en la zona semiárida del Municipio Torres del Estado Lara, Venezuela, a unos 25 kilómetros de Carora. Boulton lo llama pueblo venezolano, centro de gran actividad pictórica popular. 

Un programa y una política de la imagen que tiene como propósito motivos espirituales, y la necesidad de la evangelización entre los grupos indígenas, dice Serge Gruzinski, es lo que explica la aparición en este perdido y remoto pueblo, de una importante escuela pictórica en nuestros tiempos barrocos coloniales, y que se expresa hasta el siglo XIX con alguna fuerza.

El pintor popular, dice Boulton, tiende a la simplificación del concepto lineal, a la reducción de un esquema, contrariamente a lo que harían artistas de cultura académica. Tiende a presentar su obra de la manera más simple y directa, ejecutándola a base de rasgos fáciles de entender y evitando todo rebuscamiento superfluo. Ese desnudamiento del rasgo se encuentra magníficamente logrado, tanto en obras clásicas griegas, en los pintores persas, en imágenes bizantinas, así como en la catedral de Chartres o en nuestras pinturas de Río Tocuyo. Es una de las maneras más remotas de la expresión humana , que ha sido denominada ingenua, cándida, autodidactica, mestiza, popular, primitiva, “naïve”.

Las imágenes de Río Tocuyo estuvieron concebidas con la mayor economía de rasgos, y cierta dureza en el dibujo, pero también con una exaltada vibración en los colores, factores que casi siempre se repiten en muchas de sus producciones. Al estudiar sus características, dice Boulton, resalta la actitud algo hierática y como de aislamiento espiritual que envuelve y que va más allá de la simple representación gráfica del propio sujeto. Pareciera que respondiesen a un estado de ánimo que afloraba de aquellos seres y que les hacía aparecer como incomunicados y abstraídos; sensación que el artista acertó plenamente a dar dentro de la magnífica intensidad del colorido.
 
En estas pinturas es frecuente observar el empleo de la témpera. Aquellos artistas no solo utilizaron el óleo, sino que recurrieron a este proceso ya en desuso para aquel entonces. La témpera le daba le daba a la superficie de las tablas como un brillo de calidad esmaltada, lo cual unido a la intensidad del colorido, le confirió a la imaginería de Río Tocuyo el muy especial carácter que tiene.

De este pueblo colonial conocemos, por lo menos, cuatro obras de la misma mano. Su autor el “Pintor de Santa Teresa de Jesús” a causa de una imagen de esta advocación. Son igualmente del mismo artista una Santa Bárbara, y una Santa Rita de Casia. La imagen de Santa Teresa de Jesús es, en cuanto a colorido, de una belleza pocas veces lograda en nuestra pintura vernácula, afirma Boulton. La gama tonal que logran los ocres, rojos, verdes, blancos y sepias -todos de extraordinaria exaltación- produce una reverberación de alta intensidad que el anónimo pintor supo dominar con suma destreza.


En la iglesia de Río Tocuyo se halla el lienzo de la Educación de la Virgen, en el que vuelven a figurar las mismas características. Es obra de mano anónima. El artista conjugó armonías fuertes y sombrías que resaltan, dice Boulton,  a causa del contraste tonal que logró dar al verde de las montañas que se asoman por la ventana.


Existen razones para pensar, agrega Boulton, que la escuela de Río Tocuyo mantuvo sus formas características hasta bien entrado el siglo XIX. Comprobará esta opinión nuestra pintura que también pertenece a la propia iglesia del poblado en la cual un bizarro Santiago Matamoros cabalga pisoteando muertos y heridos. Este lienzo presenta un interesante detalle de significación política, pues el rostro del santo es el del Autócrata Civilizador Antonio Guzmán Blanco, quien aparece con su barba y largos bigotes a lo Napoleón III, emperador de Francia en aquellos días.

Invitamos a los venezolanos a conocer in situ tan formidable milagro de la cultura colonial venezolana, en la población de Río Tocuyo que, dicho sea, ya se prepara para festejar su Cuatricentenario en 2020.


Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...