miércoles, 13 de octubre de 2021

Entrada del Teléfono en Carora en 1913


Se ha dicho hasta la saciedad que el invento del teléfono es el mejor negocio del mundo, y más aún cuando han aparecido los llamados teléfonos celulares y los teléfonos inteligentes, una tecnología que no pudo sospechar el escocés Alexander Graham Bell, quien le roba la invención del teléfono al italiano Antonio Meucci, un inmigrante que no tuvo dinero para registrar la patente de su genial invento en 1854, al que llamó teletrófono, o sea ¡22 años antes de que lo hiciera Graham Bell! Y no fue sino hasta el año 2002 cuando el Congreso de los Estados Unidos reconoce que el verdadero inventor del teléfono fue Antonio Meucci.


Primera Conexión Telefónica en Venezuela

¿Cuándo se Realizó la Primera Llamada Telefónica en Venezuela? Para el año de 1882, el telegrafista Gerardo Borges, instala una línea telefónica entre La Guaira y Caracas. Luego Guillermo Golding, monta una pequeña empresa que proporcionaba tres aparatos de teléfono, uno en Macuto, otro en Maiquetía y otro en La Guaira, luego comienzan a expandirse los primeros hilos metálicos sobre las casas de Caracas.


En 1883, el presidente Antonio Guzmán Blanco, firma un contrato con la Compañía Internacional de Teléfonos de New Jersey, Estados Unidos, para iniciar la primera instalación a gran escala de una red telefónica en la ciudad de Caracas. En 1930, poco antes de morir el tirano Juan Vicente Gómez Chacón, se crea la Compañía Anónima Nacional Teléfonos de Venezuela (CANTV), hasta ahora, el mayor proveedor de servicios de telefonía fija e internet en Venezuela.

 El teléfono en Carora

 En Carora, remota ciudad del semiárido larense, el prodigioso invento de Antonio Meucci llega mucho después que el del telégrafo, un invento que deslumbra a los venezolanos, dice Elías Pino Iturrieta, cuando es introducido poco antes de la sangrienta Guerra Federal, es decir en 1856.

El teléfono llega tardíamente a la ciudad del Portillo de Carora, pues no será hasta 1913 cuando comienza a estudiarse la posibilidad de instalarlo acá. La iniciativa la toman los particulares y no el Estado venezolano, un rasgo muy destacado de los emprendedores caroreños. Y tenía que ser un descendiente hebreo el que toma la iniciativa en tiempos iniciales de la dictadura de Juan Vicente Gómez. Me refiero al caballero Julio Mármol Herrera, un judío sefardita cuya familia paterna venía de la ciudad de Coro y su madre era caroreña. Don Julio fue hermano de José Mármol Herrera, fundador del La Patria, primer periódico caroreño, nacido el 7 de octubre de 1875, y que lo encontramos como administrador del periódico caroreño Ño Morian en 1892, y como miembro del selecto y excluyente Club Recreativo Torres en 1913.

El Semanario Labor, órgano periodístico del bachiller José Herrera Oropeza da cuenta de esta iniciativa comunicacional privada en su edición del 27 de julio de 1913 de la siguiente manera:

 “Empresa de Teléfonos

El martes por la tarde llegaron procedentes de Maracaibo, estado Zulia, 20 bultos conteniendo alambres y accesorios para la empresa telefónica que unirá a esta ciudad de Carora con las poblaciones de Muñoz, San Francisco, Altagracia, Aregue, Ríotocuyo (sic) y Curarigua.

Nos informa nuestro estimado amigo don Julio Mármol Herrera, entusiasta colaborador de la empresa, y por cuyo órgano y dirección se hicieron los pedidos a los Estados Unidos, y que en todo este mes deben llegar los cincuenta más bultos restantes.

Tiempo es que se proceda a poner en actividad todo lo concerniente a los trabajos para la instalación de las líneas.

 "Bien por el progreso de Carora.”

De modo parecido a como fue introducida la imprenta en Carora en 1875, la que procedía de Maracaibo, de manera semejante llegaron a la ciudad también procedentes de Maracaibo los rollos de alambre y los accesorios para instalar le empresa telefónica de carácter particular.

Obsérvese que las líneas telefónicas habrán de conectar preferentemente con poblados del semiárido del extenso Distrito Torres: el pueblo de Muñoz contaba entonces con unos 5.000 habitantes, San Francisco era habitada por unas 3.000 personas, Río Tocuyo con 8.000 almas, Altagracia con 2.000, Aregue con 3.000 almas, y Curarigua con 5.000. Como hemos notado, los planificadores de la empresa telefónica no tomaron en cuenta para su expansión los poblados del hemisferio húmedo y lluvioso del Distrito Torres, tales como El Empedrado, el caserío de Quebrada Arriba, los pueblos andinos de El Jabón y San Pedro, que tenía 2.000 habitantes. Obviaron también a los poblados del semiárido torrense como Burere y Arenales y sus 3.000 lugareños cada uno.

 A falta de datos podemos inferir que el equipo para instalar la telefonía en el Distrito Torres procedía de las compañías estadounidenses Bell Telephone Company y la Nueva England Telephone, creadas en 1877 por Graham Bell y que cubría a las ciudades de New York y Chicago. En 1889 se inventa la primera central automática de teléfonos, y en 1915 se produce la primera llamada telefónica transcontinental desde New York a San Francisco.

En 1903 la ciudad de Caracas era servida por la Venezuela Telephone & Appliances Company. En la ciudad de Mérida existía en 1911 una Compañía Anónima de Teléfonos del Estado Mérida, en tanto que en Carúpano se establece la Compañía Bermúdez Arismendi Benítez. Y Carora no quería quedar atrás en la idea del progreso de la filosofía positivista de entonces.

 Solo nos resta decir que los particulares tenían más iniciativa que el endeble Estado liberal anterior al aparecimiento del petróleo, y que fueron los “godos o patricios caroreños” los que llevan adelante la iniciativa telefónica como la que de manera similar dará nacimiento a la Compañía Eléctrica en 1920. Es que los “godos” han ejercido una verdadera hegemonía ideológica y cultural en Carora, como la pensó Antonio Gramsci, pues ellos fundaron colegios de primaria y secundaria, clubes y asociaciones, dominaban los asuntos eclesiásticos, fundaron periódicos y revistas, crearon la Raza Carora y establecieron las grandes haciendas ganaderas en el suroeste del Distrito Torres.

El teléfono en el siglo XXI

El español Ignacio Ramonet plantea que el teléfono inteligente se ha transformado en la principal herramienta de las personas para estar conectadas e informarse de lo que sucede a su alrededor, contexto al que los periodistas y los medios de comunicación han tenido que adaptarse modificando sus contenidos, estructuras y, en general, la relación con sus audiencias.

De la misma manera, estas transformaciones tienen un impacto en la política. “Los periodistas no son más los intermediarios entre los representantes y los ciudadanos (…) Gracias a las redes sociales, un presidente le habla directamente a las personas, al menos es lo que pareciera”, dice, y propone que este realidad cambia completamente el vínculo entre ciudadanos y sus representantes.

Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Jean Starobinsky: La transparencia y el obstáculo en Rousseau.


Cuando entré a la espléndida librería El Ateneo de Buenos Aires posé mi mirada en un libro excepcional del estadounidense Robert Darnton, titulado El beso de Lamourette. Reflexiones sobre historia cultural, Fondo de Cultura Económica, 2008. Contiene una serie de ensayos notables sobre la cultura de habla francesa, pero hubo uno que me atrajo irresistiblemente: Historia y literatura, que comienza con esta inquietante pregunta: ¿Qué sucede cuando un libro se vuelve un clásico? A la que agrega otras preguntas de igual tono: ¿Por medio de qué proceso un texto se aparta de todos los demás clamando atención? ¿Cómo sobrevive la temporada literaria, se metamorfosea de edición en edición, reaparece en ediciones rústicas y en tiendas de segunda mano, y se acomoda por fin en los anaqueles reservados para los libros que llegaron para quedarse?

Se refiere este aclamado periodista e historiador estadounidense a la obra Jean Jacques Rousseau: la transparencia y el obstáculo, del médico y literato suizo de origen judío-polaco Jean Starobinsky (1920-2019), un texto que se destaca como un clásico de la moderna crítica literaria, que fue presentada como tesis doctoral en la Universidad de Ginebra en 1957. Después de la lectura de este ensayo de Darnton, quedé definitivamente prendado de este extraordinario médico y literato de ascendencia hebrea que acaba de fallecer a la provecta edad de 98 primaveras el año antepasado (4 de marzo de 2019).


Como toda persona genial, desde su infancia en Ginebra forma su imagen del mundo en varias lenguas: francés, alemán, polaco, yiddist, latín. Se doctora en dos disciplinas del conocimiento casi antitéticas: medicina y filología, se interesaba por la medicina, música, literatura, historia, psiquiatría, filología, psicoanálisis, filosofía, semiótica. Su pasión iba de las humanidades a la ciencia. Fue un verdadero espíritu enciclopédico.

Con el fallecimiento de Jean Starobinsky, ya son tres las cimas del pensamiento de origen hebráico que nos dejan recientemente y que han dejado obras de verdadera trascendencia: el estadounidense Harold Bloom (El canon Occidental, La religión americana), y el francés George Steiner (Gramáticas de la creación, Nostalgia del absoluto, La muerte de la tragedia), pero a decir verdad fue Starobinsky menos conocido que ellos. La gran pasión que acompaña a los tres judíos fue la literatura, sólo que Starobinsky tenía, como dijimos, formación médica. Fue por esta razón que explora en la o desde la literatura europea un mal de la cultura de occidente: la melancolía, la languidez y el pesimismo.

El suizo Juan Jacobo Rousseau entendió la escritura como una confrontación existencial con el lenguaje, y Starobinsky trata de mostrar que un tema maestro existe en el pensador ginebrino: el afán por la transparencia, la lucha contra el obstáculo, recorre toda su obra, cohesionándola como un todo coherente. Rousseau ubica la transparencia a veces  en un pasado imaginario (Discurso sobre el origen de la desigualdad, Ensayo sobre el origen del lenguaje), a veces en una utopía futura o ahistórica (El contrato social), a veces en la ficción (Julia o la nueva Eloisa), a veces en un estado presocializado de infancia (Emilio), a veces en la festividad espontánea de la gente llana (Carta a D´ Alembert), a veces a una comunicación extasiada con la naturaleza (Las ensoñaciones de un paseante solitario) y siempre en la contemplación de su propia alma (Confesiones).

La transparencia y el obstáculo, dice Darnton, lleva las marcas del tiempo en que fue escrito: Estudio del tiempo humano (1950), de George Poulet; Fenomenología de la percepción (1945), de Maurice Merleau-Ponty; Génesis y estructura de la Fenomenología del espíritu de Hegel (1946), de Jean Hippolite; De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad (1932), de Jaques Lacan, ideas que toma Starobinsky de estos autores para comprender a Rousseau.

La idea de alienación de Hegel resultó la más útil de todas para Starobinsky, que tiene sus antecedentes en un Rousseau desconocido que puede verse como el padre del existencialismo. La caída del hombre del estado natural es una pérdida de transparencia, los artificios sociales y culturales que abrieron el camino a la civilización, pero cerraron el alma al mundo exterior. La historia es para el pensador ginebrino una trampa psíquica, pues mientras mayor es nuestra inversión en el refinamiento de las artes y las ciencias, mayor es la pérdida de contacto con el núcleo de nuestro propio ser. La negación de la naturaleza por parte de la cultura, pensamiento central roussoniano, es idea que tomaron posteriormente Hegel y Federico Engels para los procesos de la historia, Kant y Cassirer la adaptaron a un sistema de ética y estética, el antropólogo Lévi-Strauss califica al pensador ginebrino como padre de la antropología.

 

Pero, ¿de qué manera se convierte Rousseau en un gigante del pensamiento en el que abrevaron desde Karl Marx, el filósofo Derrida, el antropólogo Lévi-Strauss y el gigantesco y cruel genocida camboyano Pol Pot? ¿Cuáles fueron los inicios de este ´pensador que ha sido considerado padre de la Revolución Francesa de 1789?

Starobinsky se vale de Freud y de Lacan para adelantarnos una explicación: el traumatismo infantil, piedra angular del psicoanálisis. Rousseau era hijo adoptivo de la familia Lambercier en Ginebra, un hogar que constituía un mundo edénico de comunicación perfecta, que se vio roto repentinamente cuando fue obligado a confesar un crimen que no cometió: un peine dejado en la cocina que fue roto y todo apuntaba a que fue Juan Jacobo quien lo hizo. Recibe entonces una paliza. El mundo del muchacho se desmorona y al experimentar la injusticia aprendió a medir la disparidad entre las cosas como son en la realidad y las cosas como aparentan ser, una pérdida de la inocencia.

Se dio cuenta, dice Darnton, del estado de opacidad en el que las conciencias avanzan como barcos en la noche. Todo lo cual lo obliga a un forcejeo constante con el lenguaje, pues sólo podía ser él mismo al encontrar las palabras que liberaran su voz interna, es el afán de la “transparencia” y la lucha contra el “obstáculo” que recorre toda la obra de Rousseau. La caída del mundo en la cocina de los Lambercier puso en movimiento el mismo proceso que la caída del hombre del estado natural: el buen salvaje que pierde su inocencia.

Este acontecimiento en la vida del ginebrino me hizo recordar una traumática experiencia vivida por quien escribe. Fui expulsado del Liceo Egidio Montesinos de Carora por una larguísima semana por un crimen que no cometí. En el laboratorio de biología de segundo año un compañero de estudios toma un órgano sexual masculino de plástico y lo coloca en la cara a una de las chicas del curso. Ambos somos expulsados por el director del instituto, el profesor y abogado Rigoberto Valenzuela. Lloré amargamente por aquella injusticia que nadie trata de desmontar. Era una verdad de corbata y paltó que ocasiona en mi psiquis largas noches de insomnio y pesadillas. Desde ese terrible mes de marzo de 1965 no volví a ser el mismo, algo se había roto en mi relación con el mundo de lo social. Enmudecí y me hice parco al hablar, lo que me condujo a buscar otra vía de expresión: la transparencia de la escritura.

 

Luis Eduardo Cortés Riera. cronistadecarora@gtmail.com

 

 

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sábado, 28 de agosto de 2021

Medio siglo del film La Muerte en Venecia


Fue en Teatro de la Universidad de Los Andes merideña donde pude ver por primera vez, esta inquietante y turbadora película de culto, dirigida por el maestro italiano Luchino Visconti, cinta en la que lleva magistralmente al celuloide una pequeña novela de Thomas Mann escrita cuando se acercaba la hecatombe suicida de la Gran Guerra europea. En ese entonces no conocíamos a Seguismund Freud, y Octavio Paz estaba lejos de escribir La llama doble (1994). La pulsión de la muerte del médico austriaco y la fuerza liberadora y destructiva del erotismo que nos revela el mexicano no estaban aún en nuestro horizonte intelectual.

Ese sin igual film salido del genio de Visconti en 1971 me recuerda los alocados amores del psicoanalista suizo Carl Gustav Jung con una de sus pacientes, la joven e inteligente Toni Wolff, muchacha suiza víctima de intensas depresiones, relación que pone en peligro la salud mental y el matrimonio del psicoanalista discípulo de Freud. La llamada “psicología analítica” de su creación no pudo contra las embestidas erótica mística de tan ardorosa paciente, y sucumbe. Esta turbadora relación a tres fue llevada al cine.

  El film del director italiano, uno de los más felices encuentros entre literatura y cine, relata la vida de un austero y disciplinado escritor germano -como Tomas Mann- que ya estaba consagrado en su país. Gustav von Aschenbach es un hombre atrapado por los fríos e impersonales conceptos del racionalismo del siglo XVIII, pero que alberga en su alma una bestia irracional que destapa el demonio del romanticismo. Como Goethe un siglo atrás, quien descubre el calor y el frenesí erótico en las cálidas aguas del Mediterráneo, este flemático y apolíneo profesor Gustav Aschenbach (Dirk Bogarde) ve como en pocas semanas y en el escenario mortecino de Venecia de principios del siglo XX, se derrumban las coordenadas de su civilización de la brumosa Europa del norte, sus convencionalismos y rígidas etiquetas sociales que habrán de causar hilaridad en los militantes del orgullo LGTB de hogaño. Nosotros, que en Hispanoamérica apenas tuvimos filosofía de la Ilustración, escasamente podemos comprender el impacto de lo irracional romántico en las mentes europeas de ese entonces.

El flemático profesor germánico se instala en un hotel de la vieja urbe del Adriático, escenario breve en donde se desarrolla casi todo el film. Como en los días que corren, tiempos de la Covid19, la peste se abalanza silenciosamente sobre la ciudad y pareciera que nadie lo advierte. Las calles se van vaciando paulatinamente. Es en ese alojamiento cuando el alemán pone su vista en el bello joven polaco Tadzio que parece un mármol de la antigüedad griega y que refleja una fisonomía cercana al ideal caucásico, un mito creado en el racionalista siglo XVIII. Se enamora repentina y arrolladoramente de él. Pero, ¿por qué razón es súbdito polaco este efebo de 15 años? Pienso que este desgraciado país, que ha sido repartido en tres ocasiones por los imperios que le rodean, tiene algo que ver en la elección que hace Thomas Mann del lugar de nacimiento del jovencito encarnado por el sueco Björn Andrésen en la cinta franco italiana.

Es amor platónico o espiritual, tal como lo plantea en el siglo XVI Marsilio Ficino, filósofo neoplatónico italiano quien inventa el término, nos aclara Octavio Paz. Es por esta razón que el profesor germano apenas mira al efebo y que, de haberlo tocado o acariciado, el film y la novela habrían caído en la más simplona y ruin pornografía. Habría sido una enorme torpeza y liviandad que no le habríamos perdonado a Mann y Visconti. Tadzio no se da cuenta de que el profesor le sigue con la vista, y si el efebo le devuelve la mirada nos queda la duda de que sea la imaginación lo que crea esa esa breve ilusión en el alemán enamorado de tan apolíneo mozalbete.

Parece un contrasentido decir que La muerte en Venecia es una “pequeña obra maestra. Dice Mario Vargas Llosa que el genio que exhibe Mann en sus obras voluminosas como La Montaña mágica (1924) se halla como resumido en una economía de medios y perfección artística asombrosa que cabe en apenas 168 páginas. Por eso merece figurar, agrega el Nobel peruano, junto a otras obras maestras del género como La Metamorfosis de Kafka o La muerte de Iván Ilich de Tolstoi, con las que comparte la excelencia formal, lo fascinante de su anécdota, y, sobre todo, la casi infinita irradiación de asociaciones, simbolismos y ecos que el relato va generando en el ánimo del lector.

A quien escribe le ha sucedido algo digno de mencionar con respecto a la novela que nos ocupa. Pregunté a un amigo quién era el personaje central de la novela y el filme, me respondió de inmediato: el joven Tadzio. Me llama la atención porque desde un principio he considerado que es Aschenbach el hegemón de la trama novelesca. Sucede que en estas elecciones gravitan las inclinaciones personales,  sexualidad y  formación académica. Tadzio regresa a su Polonia natal como si nada hubiese sucedido, en cambio el germánico escritor se derrumba espiritual y físicamente, sentado en una silla de extensión mirando al efebo polaco en la playa.

Visconti, como Pasolini era católico y comunista, descendiente de una familia aristocrática de Milán. Era homosexual y filma La muerte en Venecia cinco años de su deceso en 1976. El actor británico Dirk Bogarde tenía también esas inclinaciones gays, pero era muy reservado, a tal punto que quema sus cartas y fotografías antes de su muerte. Muy mal parado después del film termina el joven sueco que hizo de Tadzio. En efecto, Björn Andrésen ha tenido que defender en varios sonados juicios su masculinidad puesta en duda en Suecia y otros países. El film lo marca indeleblemente por el resto de su vida, tal como a María Schneider, protagonista con Marlon Brando de El último tango en París. Lo persigue una suerte de maldición por haber sido el chico más bello del orbe y cae en depresión y el alcohol.

Thomas Mann vive en un mundo que se derrumba, en lo personal vive la terrible experiencia de una sexualidad reprimida y el ascenso del nazismo en su patria. Es esta pesadumbre vital, como la que sufrió también el T. S. Eliot de Tierra baldía (1922), la que le permite narrar la decadencia europea, la muerte y la enfermedad en La montaña mágica y La muerte en Venecia, novelas que son la culminación de una forma de escribir.  Este escritor, que debió huir de su patria perseguido por los nazis, quienes inspirados en Gobineau le acusaban de no ser ario puro, pues en sus venas corría sangre de madre brasileña, escribió el tema de la pasión como desequilibrio y degradación, disciplina vital y anarquía del sentimiento como ningún otro autor.

Una belleza visual como impresionista y la intensa trasmisión de lo emotivo bajo la música del compositor Gustav Mahler, hace de este film de Visconti una de las maravillas del séptimo arte, que se puede comparar a la cinta de culto Amadeus (1984), de Milos Forman. Es un film de hace medio siglo que se puede interpretar como una temprana manifestación de la “identidad gay” que hogaño no nos sorprende, pero en 1971 rodar y exhibir La muerte en Venecia fue una audaz y arriesgada aventura del entorno homosexual de Luchino Visconti cuando la homofobia campeaba. Hogaño, hasta el papa Francisco ha declarado enfáticamente que los homosexuales tienen derecho a estar en una familia.

En tiempos de la universal y espantosa pandemia del Covid19 es necesario releer la novela o volver a ver el film La muerte en Venecia, pues ella nos revela ese trasfondo íntimo de la humanidad que aparece descarnado y palpitante, el miedo, cuando la vida terrena está en peligro.

 

Referencias.

 

Bloom. Harold. El canon occidental. Anagrama. Barcelona, España, 2006. Pp.592.

González Pérez, César Octavio. Identidad en tensión. Una forma para comprender el mundo de los homosexuales. Desacatos.versión Online ISSN 24485144versión impresa ISSN 1607-050X

 Delumeau, Jean. El miedo en Occidente. Taurus. Alfaguara. Buenos Aires, Argentina, 1989. Pp. 651.

 Mann, Thomas. La muerte en Venecia. Editorial Planeta, Madrid, España, 1980. Pp. 158.

Paz, Octavio. Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Seix Barral Editores.  Barcelona, España, 1984. Pp. 650.

Paz, Octavio. La llama doble. Amor y erotismo. Seix Barral. Barcelona, España, 1998. Pp. 257.

Vargas Llosa, Mario. La verdad de las mentiras. Alfaguara. Madrid, España, 2002. Pp. 316.

 Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

 

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