sábado, 8 de marzo de 2014

Elisio Jiménez Sierra. Exquisito personero de la nostalgia



Este eximio y universal literato venezolano nació en la Atarigua Vieja, Parroquia Castañeda del entonces Distrito Torres, el lunes 20 de octubre de 1919. En los días que el agua estaba a punto de sepultar su aldea, la fue a visitar tras largos años de ausencia en Caraballeda y Caracas. Otro tanto hizo cuando un movimiento telúrico azotó este sufrido conglomerado humano del semiárido larense, que, paradójicamente, fue ahogada por millones de toneladas de agua de la Represa Cuatricentenaria.

Hizo sus primeras letras en la Escuela Federal Nº 1324, bajo la tutela de Don Gil Arturo Zambrano. Aprendió a tocar la mandolina con Jacobo Pérez y hasta formó parte de un cuarteto de serenateros bajo las estrelladas noches atariguenses, me dice Alcides Tovar, cronista sentimental de este simpático villorio situado, desde su fundación en 1850, en las márgenes de la Quebrada de La Raíz y las orillas del “Nilo de Centroccidente”, el Río Tocuyo.

Se traslada luego a la rancia y añeja ciudad de Carora a estudiar bachillerato en su Colegio Federal cuando contaba 20 años de edad. Fue, pues, en 1940 cuando lo inscribe en tal instituto Don Pompilio Jiménez Lara, quizá un tío suyo. Allí cursa en primer año las asignaturas Aritmética Razonada, Castellano, Francés, Geografía e Historia Universales, Botánica, Latín y Dibujo, según reza el Libro de Matrícula de tal Colegio en los folios 152-153.

Entre sus compañeros de estudio se encuentran Alfredo Franco, Ignacio Ramos, María Luisa Herrera, Pedro José Zubillaga, Ricardo Meléndez Silva, Rafael Ángel Oropeza, Ligia Zubillaga, el futuro historiador autodidacta Luis Oropeza Vásquez, Edgar Yajure, Eddie Morales Crespo, Aníbal Aldazoro, Julio Rafael Mármol, Elvira Herrera, Evangelina Sierralta, Sofía Gutiérrez, María Cristina Yépez, Carmen María Leal, Eglé González, Marco Fernández, Carmen Angelina Villegas,  Marcos Fernández, María Salomé Riera, entre otros.

En ese instituto de secundaria que aún tenía cierto aliento decimonónico, y que había fundado el Dr. Ramón Pompilio Oropeza en 1890 con el nombre de Colegio La Esperanza, compartió el joven Elisio con alumnos de cuarto año, tales como Homero Alvarez, Pedro Manuel Álvarez, el futuro y ya seguro poeta Alí Lameda, Miguel Alberto Meléndez, René Verde Pérez, Ana Luisa Suárez, Jacobo Vásquez, Adolfo Valera, Juan José Pérez, Diógenes Crespo.

En esos años frecuenta la casa de habitación de Don Cecilio “Chío” Zubillaga, con quien comparte su odio a las injusticias de los jefes civiles, por lo que en cierta ocasión fue reclutado en su aldea y enviado a Carora, pero su padre logra su libertad. Hace amistad con el escritor Antonio Crespo Meléndez, el padre del vate Luis Alberto. Con la prematura muerte de su papá regresa a Atarigua para hacerse cargo del negocio paterno, pero como comerciante era muy malo y muy pronto quebró.

En 1940 se muda a Barquisimeto y entraba amistad con la motivadora de la cultura Casta J. Riera. Publica en 1942 su ópera prima con prólogo de Hermann Garmendia: Archipiélago doliente. El poemario Sonata de los sueños verá la luz en 1950, en tanto que El peregrino de la nave anclada lo hará en 1958. Psicografía del Padre Borges es de 1971, La venus venezolana (1971), Los puertos de la última bohemia, Exploración de la selva oscura. Ensayos sobre Dante y Petrarca (2000) La aldea sumergida (2007).

El mexicano Octavio Paz, Premio Nobel de literatura, se refirió a Elisio Jiménez Sierra en elogiosos términos:  “Hace unos años recibí una traducción de cincuenta y pico de sonetos de Los trofeos hecha por Eliseo (sic) Jiménez Sierra. No lo conozco pero después de leer su traducción lo estimo. Es una traducción excelente, rimada y en rotundos alejandrinos que revelan a un aventajado discípulo de Darío. Un modernista en la mitad del siglo, ¿no es extraño? Nada sé de Jiménez Sierra excepto que el prólogo a su traducción está fechado en 1957. Él me la envió en 1980”.

Yo tuve la dicha, acompañada de asombro, de compartir las aulas universitarias y algunas copas espumeantes con Gabriel y Ennio Jiménez Emán, sus hijos, bohemios y también poetas, como su padre, en la Universidad de Mérida de los años 1970. La literatura era y es la contextura humana y total de aquellos díscolos  y traviesos muchachos sanfelipeños.
Los volví a ver el año 2013 en la Nueva Atarigua, porque la Vieja Atarigua es parte de la infinita nostalgia de Elisio, en ocasión del Primer Concurso Literario Antonio Crespo Meléndez. No han cambiado un ápice: siguen siendo díscolos, bohemios y muy buenos poetas, como su padre.