jueves, 20 de abril de 2017

Cecilio Hernández, docencia y deporte

   Maestro normalista, Cecilio Hernández, se sembró en la ciudad del Portillo desde 1960. Llega acompañado entonces de los hermanos Carlos y Hernán Prieto Castillo, y se instalan con sus ánimos pedagógicos a estrenar en el Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza, dirigido por mi padre, Expedito Cortés, quien los recibe con una exhortación: “Espero que me ayuden.” “Es que los directores de planteles enseñaban a trabajar la docencia”, comenta mi amigo.


 Visita mi Oficina de Cronista y comienza la grata y sabrosa conversa. Me dice que fue la difícil situación económica la que lo motiva a estudiar en la Escuela Normal en aquella Barquisimeto que carecía de universidades. “Mi titulo reza que soy Maestro Urbano”, dice sonreído. En un principio viajaba semanalmente a Barquisimeto. Pasaba a buscar a Hernán por su casa los domingos en un Volkswagen y se venían por el vértigo de la vieja carretera hacia Carora.
Con ánimo de superarseacadémicamente viaja a Caracas a estudiar en el Mejoramiento Profesional del Magisterio y el Instituto Pedagógico. Gradúa en 1983. Allí se topa con toda una leyenda de la enseñanza, el profesor alemán Ignacio Burk. “Un maracucho le dice enardecido a su profesor que su trabajo se basa en lecturas del profesor Burk-dice Cecilio-. A lo que responde aquel docente no menos furibundo: ¡es que Ignacio Burk soy yo!”.
A la muerte en primavera del profesor Alí Jiménez Avendaño es Cecilio quien lo remplaza en el deporte en el Ramón Pompilio, lo que Expedito vio con buenos ojos. Este es el momento en que entra en la docencia del entrenamiento este amigo mío que conoció la tostada caroreña en El Néctar, aquí en Carora, pues en Barquisimeto no se conocía.NicolásCuicas, dueño de ese legendario  restaurant,“nos daba fiado y hasta nos asignó un mesonero especial”, asienta.
Contrae matrimonio con Chichina, hija de otra educadora, Carmen de Chávez, quien, me dice,  “enseño a leer y a escribir a varios chinos adultos  con una pedagogía directa, visual, en su casa de la calle Lara, sin cobrarles un céntimo. Chichina, mi esposa, heredó esa magnifica actitud de docente desprendida.”, dice.
Ha participado en nueve maratones de Caracas y ganó el de Maracaibo, así como el del Colegio de Abogados. Su gran amigo, el de la Rectificadora Clemente (Fernández) lo ha patrocinadoen competencias en Maracay, Puerto La Cruz, junto a Clavillazo, ese otro fondista caroreño. “Llevo 50 años casado y la única pastilla que tomo son las zapatillas y los chores, son mis pastillas para mantener mi salud. Cero tensión”, afirma.
Como sub director fue jubilado del Liceo Egidio Montesinos en tiempos del profesor Gerardo Armao. Tiene 74 años y se siente bien de salud, pues evita los trasnochos. “Es el secreto de la vida sana”, sentencia. Es un hombre de paz y sin embargo un guardia nacional lo amenazó con violencia en la Escuela Contreras. “El supervisor, Pedro Rafael Quiñones, intercedió a mi favor”, dice. Me comenta que admira a las maestras Sadita Saldivia y Cruz Adolia Pinto por sus dotes pedagógicas y sus bellezas.
Su sobrenombre de El Tigre se lo debe a un orate que caminaba por las calles rodeado de una legión de perros. Nunca se enoja cuando se lo pronuncian, al contrario se ríe a carcajadas cuando ello sucede. “Hernán Dorantes es mi amigo, casi mi hermano, me dice, trabajamos juntos el voleibol y las bolas criollas en el Centro Lara, corporación fundada por Chío Zubillaga y donde me llevó por primera vez tu papá, Expedito”, me dice mirándome.

Por un tiempo trabajó en el Liceo Eduardo Blanco en El Tocuyo. “Viajaba todos los días en un Volkswagen y en un Hillman, dos carros alemanes”, me aclara.  Recibió su titulo de profesor de deportes en el Teatro Altamira de Caracas.Comenzó a trabajar con 40 horas en tiempos de Simón Villegas y Esperanza de Riera. “Siempre trabajé con mujeres y nunca les falté el respeto” afirma con orgullo. Dice que tiene cuatro hijas, una de ellas, Cecilia, fue mi alumna en el Liceo y ahora es maestra de mi hijo José Manuel.
Este gentil caballero, a quien no se le conoce enemistades, me cuenta que una vez salió de noche para Barquisimeto por el “curvero viejo”. En la oscuridad observa un carro accidentado. Le da unos gritos y sale la maestra Nelvia González con un Colt .38 en sus manos diciendo “Cecilio, no te disparé porque te conocí la voz.”
  Comenta que fue dos veces presidente del Centro Lara y que en ocasión de sus 60 años realizó allí un Festival del Bolero, contando con la colaboración de la profesora Haydée de Barrios y su esposo Alejandro como animadores entusiastas.
 “Cierta vez-rememora- una muchacha de La Greda muy buena deportista no quería participar. Alí Jiménez y yo fuimos a su casa y resulta que la chica no tenía pantaletas, ni zapatos, ni desodorante. Resolvimos el problema y ella arrasó en las competencias, a tal punto llega el entusiasmo que Juan Martínez Herrera los fue a recibir en El Roble con comidas y bebidas.
“Carora es una ciudad hospitalaria, se podía vivir, muy sana”, me dice este barquisimetano sembrado entre nosotros  y que ha tenido poca relación con los godos de Carora, pero que los respeta, dice para finalizar.