
6 × 467 Carora en 1919:
“La densa niebla de la monotonía
habitual
de la parroquia.”
Luis Eduardo Cortés Riera.
cronistadecarora@gmail.com
Acababa de terminar en Europa la horrorosa primera guerra
mundial, Alemania es humillada en Versalles en 1919, la fatídica Gripe Española
comienza su esperado retroceso, tímidamente se inicia la industria petrolera en
Venezuela, el general Juan Vicente Gómez sufre un conato de golpe en enero, en
junio fallece el médico Dr. José Gregorio Hernández, el diario El Impulso de Federico Carmona y familia
decide mudarse desde Carora, su lugar de nacimiento el 1º de enero de 1904, a la
pujante ciudad de Barquisimeto, ocasión cuando el bachiller José Herrera
Oropeza (1885-1935) resuelve llenar ese hueco informático fundando el Diario de Carora el 1º de septiembre de
1919 con el quijotesco editorial Por las
llanuras manchegas. El periódico pronto se convierte en refugio de la elite
cultural con figuras como Cecilio “Chío” Zubillaga, Agustín Oropeza, Francisco
Manuel Mármol, Dionisio Oviedo G. y el propio José Herrera Oropeza.
Es un diario con
evidentes inclinaciones literarias, pues su primer número inicia con un poema
del mexicano Amado Nervo, recién fallecido en mayo de 1919, titulado Primera Página, donde se expresa la
lucha y la búsqueda de la vida. En esta obra el poeta invita a la lectura a
través de una invitación a subir a un Arcano, simbolizando la búsqueda de la
espiritualidad y la conexión con lo divino. La letra destaca la belleza y la
oscuridad de la naturaleza, reflejando la dualidad de la vida y la muerte.
Entrega el novel
periódico en los siguientes números del mes de septiembre diversos cuentos: Dos muertos de un tal ABC, El héroe, La Tumba, Muerte de Galba, de Luis de Oteyza, Un buen juez, un mal
matrimonio, de Verville, El Milagro,
Los tres espejos, Muerte de Salomé de Rubén Darío, De
guardia en la prisión, De cómo “All
raight , resulta a veces “All wrong”,
El legado del suegro, Unas bodas de oro, un poema de Francisco
Villaespesa El poema del desierto, de José Santos Chocano Senos de Reina, El gran siglo de Felipe
Sassone,
El nuevo periódico caroreño “De intereses generales”, tal
como se autocalifica El Diario -cosa
sorprendente que deberían imitar los periódicos actuales- parece más una
revista literaria que otra cosa o un vulgar pasquín.
Pero merece
destacado lugar la novela Robinson Crusoe
de Daniel Defoe, editada en 1719 en el Reino Unido, presentada por entregas en
una reducción (resumen) de Dionisio Herrera. La empresa editora Tipografía del
Comercio de El Diario la imprime en
presentación de folletín.
La isla es
poderosa metáfora del aislamiento y la manera en que el náufrago resuelve y
afronta problemas, tal como la ciudad de Carora en su secular recogimiento en
el semiárido larense venezolano soluciona sus problemas en relativa soledad. La
ciudad se mira a sí misma en la poderosa narrativa de Defoe. En un vasto erial colocada
la urbe desde el siglo XVI, ciudad de blancos que logra admirar y levantar
elogios a Oviedo y Baños, José Luis de Cisneros, al Obispo Martí y a nuestro
contemporáneo Mariano Picón Salas, quienes observan que Carora ha creado un
hábitat favorable para la civilización y la cultura en medio de una geografía
imposible: intenso calor, la “depresión de un calor inmisericorde”, abrasadora
sed, a lo cual debemos agregar que es una sociedad esquiva, con un mantuanaje
en su vértice, fiel a su pasado hispano o canario, que elude a extraños y viajeros,
abroquelándose como una celosa casta orgullosa de su pasado colonial. Ellos se
han apropiado de la memoria y ejercen una hegemonía ideológica y cultural.
Carora es una suerte de isla rodeada de tierra por todas partes. Carora es un
Robinson Crusoe al borde de una geografía imposible.
En la columna Ecos y Glosas de El Diario de Carora de fecha viernes 12 de septiembre de 1919, hay
una queja sobre el hecho de que las retretas habían desaparecido y que lo mismo
estaba por suceder en septiembre: “¿Por qué se han acabado las retretas? Nadie
lo sabe. Se acabaron de golpe, sin que hayamos podido saber la causa. Y es una
lástima. Las retretas hacen mucha falta. Son unas horas de grato esparcimiento
en las noches dominicales. La belleza de nuestras mujeres en el Parque (Plaza
Torres o Bolívar) y las notas de la música, disipaban, siquiera por breve tiempo, “la densa niebla de la monotonía habitual
de la parroquia.”
¿Por qué razón se expresa de tal manera El Diario de la ciudad que le sirve de
sede y que acoge el nuevo impreso tras la mudada del diario El Impulso a Barquisimeto? Es un
ejercicio de psicología social comprenderlo y darle sentido.
Lo que asalta es el reciente paso de la mortal plaga de
la Gripe Española en 1918, pandemia que ocasiona unas 25.000 víctimas mortales
en Venezuela. “El mayor cataclismo nacional, afirmó el Dr. Luis Razetti, desde
el terremoto de 1812 y el cólera de 1855.” La esperanza de vida era apenas de 45 años,
hubo brotes recurrentes de paludismo, fiebre amarilla, peste bubónica, tifus,
cólera, disentería y lepra. Cortejos fúnebres y numerosos cuerpos aparecían en
las calles. La gente se recogía temprano por las noches rezando una oración a
la Divina Pastora. Reunirse festivamente en la Plaza Bolívar para una retreta
era un verdadero riesgo de contagio. El Hospicio de San Antonio de Carora
estaba a reventar de enfermos. La Botica del Carmen de Rafael Zubillaga hacía
múltiples despachos de medicinas, fórmulas médicas y drogas las 24 horas del
día. El Colegio Federal Carora, dirigido
por el Dr. Ramón Pompilio Oropeza, cierra sus puertas por varias semanas el 17
de febrero de 1919.
Carora se estaba reponiendo entonces de la trágica muerte
en Duaca en 1911 del presbítero doctor Carlos Zubillaga, doloroso hecho que
enluta los corazones. En 1914 una afligida sociedad le erige una estatua de
cuerpo completo en la Plaza Aguinagalde, al este de la ciudad. Este notable
levita había sido fundador, junto al padre Lisímaco Gutiérrez, del Hospital San
Antonio de Padua, imprimieron un quincenario El Amigo de los Pobres en 1900,
crearon escuelas nocturnas para obreros, una congregación de religiosas,
una banda de música, implementaron ollas comunitarias. Se ha considerado a Zubillaga
y Gutiérrez unos precursores de la Teología de la Liberación Latinoamericana
del presente. Fue una pérdida irreparable para la ciudad la muerte de Zubillaga
a los 31 años de existencia, a lo que debemos agregar la muerte de Gutiérrez en
1919. Dos extraordinarios varones que hicieron realidad momentánea la Encíclica Rerum Novarum (1891), del
progresista papa León XIII: la búsqueda de Dios entre los pobres.
Otro levita, el conservador padre Pedro Felipe
Montesdeoca, mantenía a raya los excesos lúbricos y voluptuosos, reclamaba a
los ricos por negarse ayudar a los pobres, “los que les dan tres cambures
podridos o un pedazo de pan roído por las ratas por salirles más barato.”, era
un moralista a todo trance, que sumió a la ciudad en los rígidos preceptos del
Concilio de Trento del siglo XVI: La fe sin obras es cosa vacía, moralidad y frugalidad.
Una ciudad que con viejo espíritu devoto
se desvela por los misterios de la fe y el terror a las pailas del infierno.
Sus días eran iguales a sus días, continuo y monótono repique de campanas en
San Juan, la capilla del Calvario y San Dionisio, rosario en familia todas las
tardes y al anochecer, el sonido del esquilón de la muerte. Los libros de
cofradías de la Iglesia Católica eran una suerte de prisión de tinta y papel. Los
varones del patriciado caroreño se refugiaban en los salones de aristocrático
Club Recreativo Torres, vedado a las féminas y a todos aquellos que no hundían
sus raíces en el patriciado local, el mantuanismo. Una sociedad cuadrada en sus
pautas ciudadanas que conducían a una monotonía tiránica. Un poco de Comala en
su rutina circular donde vivos y muertos coexisten, un poco de Macondo por su
marcada endogamia entre los patricios.
En esos años la dictadura de Juan Vicente Gómez cierra
sus fauces. Queda atrás la luna de miel iniciada en 1908 y que se expresa en
las presidencias interinas del larense José Gil Fortoul (1913 – 1914), y Victoriano
Márquez Bustillos (1914-1922), y que en Carora tendrá su en carnación en el
simpático general Juan de Jesús Blanco, aceptado por la sociedad y hasta
miembro del selecto Club Torres, pues era un jefe civil de consenso. Había
inaugurado el acueducto en 1914, remozó el Parque Bolívar, extendió la red
telegráfica en el extenso Distrito Torres, pero sobre todo fue artífice, junto
con Chío Zubillaga, de la reapertura del Colegio Federal Carora en 1911,
institución que había sido clausurada por el general Cipriano Castro en 1900.
Luego fue abierta una escuela de primaria en 1915 con el nombre del médico Dr.
Ezequiel Contreras. Chío Zubillaga y el Dr. Ramón Pompilio Oropeza apoyan al
general Juan Vicente Gómez en su deseo de elegirse presidente en 1910.
Carora se sume en el tedio y la rutina de sus horarios
previsibles, menos opciones de ocio, entretenimientos escasos. Los novios no
pueden entrar a casa de sus novias, y si lo hacen pueden ser objeto de multas
por parte de la Iglesia Católica. Luego del matrimonio la esposa era entregada
a su marido diez días después de la boda. La baraja y la bebida se adueña de la urbe a
tal punto que alarmado el Dr. Ramón Pompilio Oropeza crea una clase de
antialcholismo en el Colegio Federal. La monotonía se afinca aún más con el
calendario litúrgico, la repetición de los rituales año a año, Adviento,
Cuaresma, Semana Santa Corpus Christi, primeras comuniones, cada estación trae
las mismas celebraciones casi sin variantes, las mismas oraciones, los mismos
cantos, trasmitidos de generación en generación, lo que refuerza la sensación
de rutina y monotonía. Solo el granizo caído luego del vendaval era una rareza
y motivo de sorpresa, “fue la nota alegre y mejor.”
¿Quién escribía estas observaciones tan mordaces y a
veces irónicas en El Diario de Carora
en 1919? Me inclino a creer que eran las plumas de Chío Zubillaga y José
Herrera Oropeza. Chío y no otro fue capaz de escribir que “hay que ridiculizar
esos fatuos pujos aristocráticos…que desde 1789 la aristocracia está en
descrédito, que la limpieza de sangre es un contrasentido hoy.” (martes 9 de
septiembre de 1919). Aquí en germen tenemos al Chío Zubillaga que va a
enfrentar a su misma clase social, los godos de Carora, con una retórica
antilatifundista, en defensa de los pobres y los mas humildes. Un auténtico
“intermediario cultural”, un mediador entre las elites patricias y el pueblo
alpargatudo y analfabeto, basado en la Encíclica
Rerum Novarum del papa León XIII y la Revolución Bolchevique sucedida dos
años antes en 1917. Lenin y Jesucristo estaban albergados en un mismo pecho.
Sorprende que, en un medio tan conservador, como escribe César
Humberto Soto, “una ciudad silenciosa amodorrada en la canícula de su clima
tropical y veía trascurrir su vida mansa como la corriente terrosa del río
Morere”, alternen en El Diario de Carora plumas tan disímiles y
hasta opuestas. Fue un carácter pluralista el que observamos con satisfacción
en ese humilde periódico del semiárido larense en el que pueden escribir figuras
antitéticas como el padre Pedro Felipe Montesdeoca, Chío Zubillaga, Don Agustín
Oropeza, Dr. Francisco Manuel Mármol. Esa magnífica condición editorial
refuerza aún más nuestro ensayo que titulamos en 2023: Carora: las luces del gomecismo. No todo fue oscuridad bajo la bota
de los andinos.
Este ensayo se basó en la edición facsimilar de la
colección del mes de septiembre de 1919 de El
Diario de Carora, homenaje al
Cuatricentenario de la ciudad de Carora, ediciones de la Presidencia de la
Republica. Caracas, Venezuela, 1969. Era presidente de Venezuela el Dr. Rafael
Caldera.
Carora,
Estado Lara,
República
Bolivariana de Venezuela,
martes 6 de enero de 2026.