sábado, 16 de diciembre de 2017

La Congregación de Hermanas Dominicas de Mérida

Colegios Santa Catalina de Sena y Nuestra Señora del Rosario de Carora, Estado Lara,  Venezuela,1944-1990
Cuando despuntaba el siglo pasado, en 1900, una joven religiosa de apenas 29 años, funda la Congregación de Hermanas Dominicas de Santa Rosa de Lima en la aristocrática ciudad de Mérida, Venezuela. Su nombre: Georgina Josefa del Carmen, hija del Dr. Foción Febres Cordero y de Georgina Troconis. Vino al mundo el 16 de noviembre de 1861, cuando el país se desangraba, lleno de odio y de miserias durante la fratricida Guerra Federal.

Su padre fue un eminente hombre de letras, abogado, y quien ejerció la rectoría de la Universidad de Los Andes en 1872. De entre sus hermanos más conocidos figuran el historiador y tradicionalista Don Tulio Febres Cordero, Rector Honorario de la Universidad emeritense en 1936. Dos presidentes de la República de Ecuador son sus allegados: León Febres Cordero y Oberto (+1872), y León Febres Cordero Ribadeneyra (+2008).
Su vocación religiosa se manifestó en uno de los tiempos más difíciles para la Iglesia venezolana, los gobiernos del Ilustre Americano, el Presidente Antonio Guzmán Blanco, enemigo declarado de todo lo clerical, posición que estaba en correspondencia con su ideario filosófico positivista y su grado de venerable masón. Durante el llamado Septenio (1870-1877) confiscó los bienes eclesiásticos, decretó el cierre de los conventos religiosos femeninos e intentó crear una Iglesia separada de la Santa Sede romana. Nada de esto logró desanimar a nuestra jovencita merideña firme en sus convicciones y creencias.
La situación familiar no era menos incierta, pues su padre, ya viudo desde 1873, creyó inconveniente que su hija entrara como novicia a las Hermanas Clarisas en Mérida, pues ello significaba dejar de lado los cuidados del hogar y de sus numerosos hermanos menores. La “ciudadela entre las nieblas”, como llamó Mariano Picón Salas, era una localidad de afincadas y antiguas tradiciones religiosas, un catolicismo de masas que aun se mantiene con vigor y aliento y que se manifiesta en buena parte del año. Por ello  y por su temple vocacional Georgina resistió con denuedo y  su recio temperamento el furioso y encrespado anticlericalismo del gobierno guzmancista. Mérida podía resistir tal ataque por su afincado catolicismo, pues fue desde 1778 Sede Episcopal. Fue el Obispo Ramos de Lora quien crea el Seminario de San Buenaventura en 1785 para educar al clero masculino, tal institución es la raíz de la eminente y esclarecida Universidad de Los Andes de nuestros días.
Una vez que el general Guzmán Blanco desaparece de la escena política, comienza a decrecer paulatinamente el enfrentamiento entre la Iglesia y el Estado venezolano. El presidente Rojas Paúl (1888-1890) permite el regreso de las Órdenes religiosas femeninas, tales como las Hermanas de San José de Tarbes, ayudó a la conformación de las Hermanitas de los Pobres de Maiquetía, congregación creada por el Padre Machado y la Hermana Madre Emilia (1888). La  ruptura de Rojas Paúl con su antiguo protector, Guzmán Blanco, fue total y consumada.
 Georgina se incorpora a la congregación de Santa Ana y atiende con afecto solícito a los enfermos en el hospital San Juan de Dios, Mérida. Algunas de estas religiosas regresan a España por estos días, no así algunas religiosas venezolanas que deciden quedarse en su lar de nacimiento, de entre los cuales destacan la hermana Georgina Febres Cordero, Julia Picón Febres, Herminia Viloria e Isabel Uzcátegui, quienes solicitan a la Diócesis emeritense una autorización para separarse  de la Congregación de Santa Ana. Fue el 19 de agosto de 1898. Este acontecimiento se constituye en el antecedente de la Orden que decide tomar por nombre Congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Rosa de Lima, quienes el 15 de octubre de 1900 reciben el Reglamento Institucional. La primera Superiora General es nuestra Hermana Georgina Febres Cordero.
Este acontecimiento memorable en nuestros anales religiosos y educativos tuvo lugar en momentos en que le Iglesia Católica universal se abría al problema social, que era un ardiente asunto de suma urgencia en la europa de fines del siglo XIX. Por un lado la cuestión obrera y la dramática explotación a la que eran sometidos los trabajadores por los capitalistas; por el otro la rápida difusión de las ideas del socialismo científico en los ambientes industriales. Era, como se podrá observar, unas amenazas que había que resolver cuanto antes.
Le tocará al papa León XIII asumir tan grande reto, recogiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano I, cuando da a conocer al mundo su famosa Encíclica Rerum Novarum en 1891, el cual se constituye en el primer documento social de la Iglesia. La Encíclica llamaba a los obreros a organizarse, apoya la propiedad privada, abogaba por el diálogo Estado, empresarios, trabajadores y la Iglesia. Y, por supuesto, alerta los peligros de la pérdida de la fe en un siglo materialista, animado de forma dogmática  por la idea de progreso e inclinado de forma peligrosa a la ciencia natural: las ideas de la evolución de las especies de Charles Darwin, la negación de toda metafísica por la filosofía de Comte, Spencer, Renan, entre otros. El siglo que moría creyó haber puesto término a todas las creencias e irracionalidades que venían del pasado y anunciaba una era de libertad al desprenderse las mentes de los hombres de toda autoridad, que no era otra que la de la Iglesia.
En nuestro país, tales ideas fueron comenzadas a discutirse en los ambientes universitarios, tales como la Universidad de Caracas, donde el alemán Adolfo Ernst y el venezolano Rafael Villavicencio abogan por la enseñanza de las ciencias naturales y desde ellas, siguiendo sus métodos, aplicarlos al mundo social. La reacción de los círculos eclesiales no se hizo esperar. Se  abre un debate entre las posiciones creacionistas y materialistas-darwinistas que tuvo por escenario la prensa y los periódicos. Desde las páginas del diario La Religión las enfrenta de forma tenaz y decidida el Arzobispo de Caracas, Monseñor Castro, el padre Crispín Pérez, entre otros.
En la ciudad natal de la Congregación de las Dominicas el positivismo será difundido  por una vasta obra de sociología, antropología, historia y literatura por dos eminentes hombres del saber: Julio César Salas (+1933), y el hermano de nuestra religiosa Madre Georgina Tulio Febres Cordero (+1938) en las aulas de la Universidad emeritense de comienzos del siglo pasado.
Bajo la amorosa y decidida dirección de tan excepcional mujer la Congregación comienza un proceso rápido de expansión por el país. En 1900 ya atienden con fervor y apasionamiento el Asilo San Juan de Dios, en 1904 el Asilo San Antonio en San Cristóbal, el Hospital Padre Justo de Rubio (1904), el Asilo Reverend de Trujillo (1917), la Casa San José de la Sierra, Mérida, 1918, el Hospital San Antonio, La Grita, 1930,el Hospital San José, Tovar, 1931, el Colegio Nuestra Señora del Rosario, Rubio, 1931, el Colegio Santa Rosa de Lima, La Grita, el Hospital Los Andes, Mérida, 1936, el Colegio Nuestra Señora del Rosario, Boconó, 1938, el Instituto Coromoto, San Cristóbal, 1941, Colegio Santa Catalina de Siena, Carora,1944,  en Carora, 1944, la Betania de la Virgen de Coromoto, San Juan, 1944.
La madre Georgina muere en su Mérida natal el 28 de junio de 1925, tras larga y dolorosa enfermedad iniciada en 1908. Al año siguiente, en 1909, debido a la fragilidad de su salud, debió pasar a su prima y cofundadora de la Congregación, la Madre Julia Picón, el mando de la novel Orden religiosa.
La madre Georgina comenzó 80 años después de su tránsito a la otra vida su proceso de su beatificación en el año 2005 en la ciudad emeritense. La madre Georgina se despidió del mundo terrenal dejando un halito de santidad y amor en el corazón de los venezolanos, en especial en los estados andinos, lugares de la inicial expansión y consolidación de la muy prestigiosa Congregación dedicada a la atención de los enfermos, la caridad y a la educación.

Superioras Generales de la Congregación:
1900-1909 Madre Georgina Febres Cordero. Fundadora.
1909-1923    Madre Julia Picón. Co-fundadora.
1923-1931 Madre Luisa Lares.
1931-1937 Madre Isabel Uzcátegui.
1937-1940 Madre Gertrudis Bustamante.
1940-1946 Madre Catalina Arria.
1946-1958 Madre Emilia Baptista.
1958-1964 Madre Fides González.
1964-1976 Madre Emilia Baptista.
1976-1988 Madre Sofía González.
1988-1994 Sor Bienvenida Orozco.
1994-2000 Sor Sofía González.

 Carora que recibe a las Hermanas Dominicas.
Carora de mediados del siglo XX tenía una población cercana a los 8.000 almas, heredera de una tradición en las prácticas y el culto del catolicismo que venía desde la Colonia. En 1918 el padre Carlos Borges la llamó “Ciudad levítica de Venezuela”, ello por la extraordinaria cantidad de sacerdotes nacidos en estas cálidas tierras del semiárido larense. Es por esa razón que su iglesia parroquial de San Juan Bautista jamás ha quedado acéfala por falta de cura, lo cual es verdaderamente excepcional. Es de hacer notar que ya en el genésico siglo XVI había ya sacerdotes nacidos acá. Podríamos afirmar que más de 160 curas han nacido en Carora, de entre los cuales destacan cinco obispos, uno de ellos candidato a subir a los altares, Monseñor Salvador Montes de Oca, asesinado por los nazis en 1944.
Pero lo que contribuyó de manera decisiva a crear una atmósfera religiosa en la ciudad del Portillo fue el preponderante papel que jugaron las hermandades y cofradías, unas estructuras de solidaridad de base religiosa, de entre las cuales destaca la del Santísimo Sacramento, fundada en 1585 por los fundadores de la ciudad. Fue un fenómeno masivo, verdaderamente popular el de las “entradas” a las distintas cofradías caroreñas. Con tal adscripción el hermano recién inscrito tenía asegurada su emergencia rauda del Purgatorio, ese tercer lugar distinto al Cielo y al infierno que no tiene base bíblica. Además, los hermanos socorrían a los cófrades enfermos, atendían a las viudas y huérfanos, lo que se constituía de tal forma en una suerte de primitivo seguro social auspiciado por la Iglesia.
Estas hermandades también poseían sus activos, unas posesiones territoriales llamadas “Haciendas de las Cofradías del Montón”, extensos parajes ubicados al oeste de la ciudad en la vía al Lago de Maracaibo. Allí laboraban unos 160 esclavos en la cría y la ganadería. En 1776 en visita pastoral a Carora el Obispo Mariano Martí, obtuvo de tales haciendas los recursos para crear las dos primeras escuelas para niños y pagar los docentes.

Ha sido, pues, la ciudad centro de un antiguo espíritu devoto, que se manifiesta en las multitudinarias semanas santas y el masivo recibimiento que se les hizo a los obispos en sus visitas pastorales. Como si todo esto no bastara, se han creado varios imaginarios religiosos, tales como el de la Virgen india de la Chiquinquirá de Aregue, la Leyenda del Diablo, y la no menos célebre Maldición del fraile.
Un rasgo social muy marcado tiene la ciudad, la existencia de una clase social dominante, de origen peninsular y canario que domina la vida económica, social y cultural hasta los días de hoy. Son los llamados “patricios caroreños”, “caras colorá” o “blancos de la Plaza”, un grupo de familias que practican una endogamia familiar y religiosa notable, las que mencionaremos seguidamente:  Alvarez, González Franco, Gutiérrez, Herrera, Meléndez, Montes de Oca, Oropeza, Perera, Riera, Silva, Yépez y Zubillaga. Este pequeño y selecto grupo de personas que ocupa el vértice de la pirámide social, no solo crea escuelas primarias, institutos de secundaria, periódicos, clubes y asociaciones, haciendas ganaderas, solventes casas comerciales, hospitales y casas de caridad, sino que también ocupan los escenarios de la religión, esto es, las vocaciones sacerdotales, las cofradías y hermanades, el culto religioso.
Los “patricios caroreños”, la expresión es de Ambrosio Perera, vivían y viven en el casco viejo de la ciudad, hoy llamada Zona de valor histórico y colonial. Los jefes de familia de este sector en un 44 % tenían ingresos superiores a 1.000 bs. y más , a lo que se agrega que era el asiento de los principales establecimientos comerciales e industriales, cuyos propietarios residen con sus familias en esta zona. En el nivel educacional encontramos que el 66 % había realizado estudios primarios, 30 % de educación secundaria o especial, y un 4 % universitarios. El resto de la ciudad no gozaba de tales ingresos y de nivel educativo. Nos estamos refiriendo a Barrio Nuevo, Pueblo Aparte, Torrellas, Trasandino y Carorita.
Es a este escenario, descrito someramente, donde son recibidas con entusiasmo y fervor la Orden de las Hermanas Dominicas de Mérida en 1944, invitadas a instalarse en Carora por este reducido número de personas, pero que tiene una gran iniciativa, así como contactos e influencias en buena parte del país. Pero son dos ganaderos de apellido Herrera Zubillaga, Teodoro y Carlos los que se muestran más animosos y decididos a darle respaldo a las Hermanas Dominicas a abrir un colegio de niñas y señoritas en Carora.
En la Levítica ciudad de Venezuela, Carora, la Congregación  fundó, como hemos dicho, el Colegio Santa Catalina de Sena en 1944, gracias a las diligencias y al aporte dinerario, entre otras personas, de Don Teodoro Herrera Zubillaga y su hermano Carlos. Luego se le colocó, en 1957, el nombre de Colegio Nuestra Señora del Rosario, Patrona de la ciudad del Portillo de Carora. Comenzó su labor pedagógica en la casa que hoy ocupa Adolfo Álvarez, en la calle Lara, esquina de la calle Ramón Pompilio Oropeza, en una casona ubicada en la actual Zona de Valor Histórico y Colonial. Un rasgo distinguía al recién fundado Colegio, el de otorgar becas de estudios a niñas de los sectores deprimidos socialmente en una ciudad en donde existía y aun  pervive de forma atenuada una separación de castas total, que bien podríamos llamar territorial, según palabras de Ambrosio Perera. El otro colegio de educación religiosa, pero masculina, se estableció en la ciudad de Carora en1951 con la llegada de los Reverendos Padres Escolapios venidos de España, quienes huían de la oprobiosa dictadura del general Francisco Franco.
 Don Teodoro era miembro de una antigua familia de origen canario, Isla Gomera, llegados a Carora en 1776. Sus padres fueron Ramón Herrera y Rosa María Zubillaga. Nació en enero de 1904. Pertenecía a la añeja Cofradía del Santísimo Sacramento, fundada en 1585; hizo sus estudios secundarios en el Colegio La Esperanza o Federal Carora, instituto que dirigía un laico comprometido, diríamos hoy: el Dr. Ramón Pompilio Oropeza; fue un hombre  de rasgos filantrópicos, pues repartía entre las familias más pobres y desvalidas carne y leche y otros alimentos. Miembro del selecto Club Torres. Era, como se verá,  un acaudalado miembro de las familias patricias caroreñas, poseedor de una probada fortuna, pues poseía la Hacienda Santa Rosa, Las Antías y el Fundo Don Benito, lugares donde se experimentó con éxito el Ganado Tipo y luego Raza Carora, Patrimonio Genético de Venezuela. Contribuyó a crear la Sociedad Regional de Ganaderos de Occidente (SORGO) en 1946. El año 1954 fue de extremada alegría en su vida pues funda en tal año la procesadora y pasteurizadora Leche Carora, al tiempo que su nombre se le coloca al Parque Ferial de la ciudad, proposición que hizo el gremio ganadero mencionado. Eran, como se notará, los años de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez.
 Uno de sus numerosos hijos será Eduardo Herrera Riera, el cual se ordena de sacerdote en Chile en 1951,  ocupa funciones de párroco en la iglesia de San Juan, el obispado de Guanare, y quien a la postre será el primer Obispo de la Diócesis de Carora, creada en 1993, asumiendo  su cargo en 1994 hasta su retiro en 2003.
Inicios del Colegio Santa Catalina de Sena en Carora.
Este renombrado Colegio de religiosas venidas de los Andes venezolanos dedicado con verdadera devoción y cariño a la instrucción de niñas y jovencitas, fue fundado en Carora en septiembre de 1944, a finales de la Segunda Guerra Mundial, en los años finales del gobierno del presidente Isaías Medina Angarita (1941-1945). Fue su primera Directora en el año escolar 1944-1945 Sor Francisca Bauste, la cual fue acompañada en los inicios del colegio por otras religiosas: Sor Consuelo del Amor de Dios, Sor Caridad de San Juan Luis de Gonzaga y Sor Estela del Agnus Dei.
Al año escolar siguiente continuó como Directora Sor Francisca Bauste, acompañada de la misma plantilla inicial de religiosas dominicas. Estas empeñosas y perseverantes mujeres, guiadas por el espíritu de Santo Domingo de Guzmán (1170-1221), religioso español, comenzaron a dar instrucción y enseñanzas morales a las siguientes niñas de Primer grado de educación primaria de la manera que se verá de contínuo:
Gertrudis Chávez, Alba María Chacón, Hilda Margarita González, Rosario Gutiérrez, Carmen Atala Perera, Carmen Socorro Herrera, todas caroreñas y quienes presentaron sus exámenes generales el 4 de julio de 1945, en presencia de un Jurado compuesto por Evangelina de Rosas, Petra Elíes de Alvarez, Sor Consuelo del Amor Divino, Sor Francisca Bauste, la primera Directora del Colegio.
Para presentar estas mismas evaluaciones en Segundo grado el mismo día 4 de julio de 1945, presentaron sus pruebas Ermila Alvarez, María Auxiliadora Florido, natural de Jabón, Gema Herrera, Aura Marina Oropeza, Graciela Prado, oriunda de Baragua, Josefina Rodríguez, Blanca Silva, Teresita de Sisirucá. Actuaron en esta oportunidad como Jurados Sor Francisca Bauste, Belén Alvarez Yépez, Carmen Josefina Arispe.
Para rendir exámenes de Tercer grado se presentaron las niñas Omaira Bracho, natural de San Francisco, Petra María Carrasco, oriunda de Muñóz, Blanca Elena Chávez, Ogla Franco, María Josefina González, Adela Rosa González, María Josefina Herrera, Teresita Herrera, Josefina Matute, Teresita Montero, Rosario Montes de Oca, María Margarita Oropeza, Virginia Silva. El Jurado calificador estuvo compuesto por María Lourdes Curiel, Sor Caridad de San Luis Gonzaga, Olga Castañeda (docente normalista), Sor Francisca Bauste (Directora). Esta ultima religiosa, Sor Francisca, marchó luego a Mérida, donde fue la primera Directora del Colegio Santa Teresita en 1963.
Como se habrá observado, no todas las niñas asistentes al Colegio de las Hermanas Dominicas asentadas en la ciudad del Portillo eran del linaje de los “patricios caroreños”, según la expresión del Dr. Ambrosio Perera, pues como dijimos atrás, la Congregación otorgaba generosamente becas estudiantiles a niñas y jóvenes de los sectores deprimidos y necesitados, que eran el grueso de la población.
El 15 de julio de 1945, un jurado compuesto por María de Lourdes Curiel B. (de ascendencia judía sefardita), Olga Castañeda, Sor Francisca Bauste, examinaron a las chicas de Quinto grado. Ellas son María Luisa Aponte, Olga Castillo, natural de Barquisimeto, Irma Colmenárez, María González, María Chiquinquirá Herrera, Blanca Cecilia Herrera, Amalia Rosa Oropeza, Dioselina Rivero.
Para examinar a las cursantes del Sexto grado de educación primaria se conformó el 15 de julio de 1945 un Jurado calificador integrado por el Bachiller Alberto José Quintero, egresado del Colegio Federal Carora, José A. Fuentes, Sor María Estela del Agnus Dei, Sor Francisca Bauste (Directora). Las jovencitas examinadas eran Teresita Arispe, Lucía Castillo, Josefina Franco, María de Lourdes Gutiérrez, Beatriz Herrera, Gladys Herrera, Josefa Pernalete, oriunda de Curarigua de Leal, Teresita Yépez.
Los inicios auspiciosos del Colegio tuvieron lugar en uno de los momentos más dramáticos vividos por la humanidad, el fin de la Segunda Guerra Mundial, pues la Alemania nazi se había rendido sin condición alguna en mayo de 1945 tras el suicidio de Hitler, en tanto que el presidente de los Estados Unidos Harry Truman pronto ordenaría arrojar sendas bombas atómicas sobre las indefensas ciudades japonesas de Hirosima y Nagasaki en agosto de 1945.
En Venezuela la situación política era muy tensa, pues se fraguaba contra el gobierno del presidente general Isaías Medina Angarita un golpe cívico-militar, el cual y en efecto tuvo lugar el 18 de octubre de 1945, dando lugar al llamado Trienio adeco, el cual rigió los destinos del país desde 1945 hasta 1948.