domingo, 19 de febrero de 2017

Chayo Barrios: Sacerdotisa del paladar de los caroreños

Persiste en mi memoria el horno de barro en forma de iglú de Chayo y las minuciosas explicaciones de su hechura que me hiera Andoche, Alejandro José Barrios Piña,  mi amigo Cronista antes que yo. Rosario o Chayo no tuvo descendencia, por ello se me ocurre lo de sacerdotisa, una vestal, casta y sin pecado de las mitologías de todo el mundo. Ella fue sin duda la encargada de la crianza de mi amigo historiador y se le puede acusar de ser responsable de las deliciosas malacrianzas que protagonizó en la ya mitológica Sociedad Amigos de la Cultura de la década de los años 1980. En ese escenario privilegiado que fue la casa de Chayo se acobijó la cultura. Allí redactábamos el periódico literario Yaguarahá mientras llegaban los deliciosos pasteles y los rebosantes vasos de resbaladera con olor a agua de azahares de Chayo, los que le trasmitían de manera mágica al texto en elaboración su sabrosura sin igual.

Nunca he visto una mesa tan suculentamente servida como en esa acogedora casa del barrio Torrellas. Fue en una ocasión en que los hermanos y galenos Curiel Bravo, esposas e hijos, se dieron cita allí para degustar la gallina deshuesada y rellena como plato bandera salida de las regordetas y hábiles en extremo, manos de Chayo Barrios. Opípara reunión que era todo un acontecimiento social ver aquellos descendientes hebraicos comer sibaríticamente los pasteles y las longanizas, los pimpinetes y morcones  de marrano salidos de las palanganas y budares de esa cocina emblemática que protagonizó esta casta mujer que deja tras de sí una estela humeante de sabores y degustaciones imborrables. Y es que allí también el socialcristianismo hacía escala suculenta en las personas de los doctores Rafael Caldera y Lorenzo Fernández, y una legión de religiosos sibaritas encabezados por el obispo Eduardo Herrera Riera.
Su contextura era rolliza y corpulenta, pero ello no era obstáculo  para bailar las melodías de la Billos y Los Melódicos, sus agrupaciones preferidas, con mucha desenvoltura y ritmo. Era cuidadosa para asistir a los velorios y últimas noches de la gente más querida. Sus pasiones, además de la gastronomía, eran el beisbol leña verde y torrellero, así como la devoción por la virgen de la Coromoto, la Patrona del vecindario. Medio siglo de devotas peregrinaciones movieron a Chayo lejos de su horno de barro y de su marchantía.
Las acemitas y paledonias de esta extraordinaria dama eran mi equipaje infaltable cuando salía con rumbo a Barquisimeto. Las fragancias que emitían aquellos yantares, humeantes aun, impedían que llegasen completos a casa de Claver y Expedito, mis padres. Esos pandehornos eran capaces de rivalizar en cuerpo y sabor con los de Monchita Martínez, otra vestal caroreña, tan arremolinada de fragancias y aromas como Chayo. Su secreto consistía en un aromatizador venido de lejanas y bíblicas tierras libanesas que adornan árboles limoneros y cidras: el agua de azahar. A lo que se debe agregar un amasado a músculo a ciertas y determinadas horas del día.  Todo este proceso bajo su atenta y cordial vigilancia.
En cierta ocasión intuyó Chayo que el amor de su vida, Andoche, le iba a ser arrebatado por una profesora de inglés que laboraba conmigo en el Liceo Egidio Montesinos, por ello me preguntó con cierta insistencia por esa dama que no era otra que Haydée Alvarez Díaz, quien le dio a la postre tres hermosos muchachos: Alejandro, Nicolás y Aracelis. Es que Chía Piña parió a Alejandro, pero era Chayo quien monitoreaba, celosamente, la vida afectiva de su sobrino.
Cuando fue develado el busto de Andoche en aquélla institución educativa, fueron sus familiares invitados al evento. En el instante  en que los alumnos y profesores corrieron el velo para descubrirlo no pude menos que mirar la lágrima que corría por los gruesos pómulos de su madre adoptiva transida de pena y dolor. Era verdadero amor maternal aquello. Y fue ella quien se opuso tenazmente a que la escultura de marras se le colocara-según pensó ella- un sitio indigno del Torrellas como la plazoleta de La Barranca. Y es que aquella mujer, que no dio frutos de sus entrañas, sin embargo sentía el más genuino amor materno por su sobrino historiador.
Los estudiosos de nuestra gastronomía popular han establecido que el semiárido larense es de hecho una Provincia Gastronómica de Venezuela. Uno de ellos es mi antiguo profesor en la Universidad de Los Andes, Rafael Cartay Angulo, quien se sintió maravillado por las explicaciones que le dimos de los yantares caroreños. Quedó a venir para visitar la fabulosa cocina de Chayo, de Mercedes y Adelis Sisirucá, pero un contratiempo detuvo en su propósito al pelirrojo historiador barinés de la alimentación.  
Chayo tenía un dedo de su mano seccionado. Sucedió un accidente en las orillas del río Morere en una pesca de guabinas familiar. Había que golpearlas allí mismo y fue de esa manera como su padre sin querer le dio un cuchillazo que dejó a la niña sin la parte última de su índice derecho. Pero esas manos lograron un inmenso portento que le consumía breves instantes: sacar los huesos y rellenar con diversos y sazonados  aditamentos las gallinas deshuesadas, su más prodigioso aporte a la gastronomía del semiárido venezolano. La virgen de Coromoto te cubra con su manto de estrellas, amiga Chayo.