sábado, 21 de enero de 2017

¿Es moderna nuestra literatura?

En una conferencia de Octavio Paz en Cambridge, EEUU, en 1971, argumentó rotundamente que no es moderna nuestra literatura, puesto que en América Latina no existe crítica, y que sin crítica no puede haber verdadera literatura moderna. Ello se debe a que no hemos tenido movimientos intelectuales originales: “En nuestra lengua no hemos tenido un verdadero pensamiento critico ni en el campo de la filosofía ni en el de las ciencias y la historia.” No tuvimos Ilustración ni filosofía critica”.  Mas adelante afirma “en Hispanoamérica no ha habido ni hay un movimiento intelectual original y propio. Por eso somos una porción excéntrica de Occidente.”
Este mexicano, Nobel de literatura 1990, ha sido, debo reconocer, mi maestro y guardo un inmenso respeto a su trabajo intelectual y a su memoria. Pero en este caso hago uso de la crítica como él mismo lo recomienda, para rebatir sus rotundos argumentos que lo hacen aparecer como un pesimista de nuestra cultura iberoamericana.
El filosofo francés Alan Guy en su penetrante Panorama  de la filosofía iberoamericana, señala que “la América llamada Latina no es en absoluto la pariente pobre de la cultura mundial. Parece ser todavía admitido que nada ibérico sea profundo y valido en materia de filosofía. Es preciso confesar que numerosos iberoamericanos han dado a menudo pruebas a este respecto de un sorprendente complejo de inferioridad; casi no parecen creer en la existencia entre ellos de una especulación metafísica, ética, epistemológica o lógica sui generis. Ha sucedido que a los filósofos iberoamericanos se les ha juzgado a priori sin duda demasiado exóticos por una orgullosa mentalidad europeísta. Me he propuesto por objetivo colmar una grave laguna de la erudición contemporánea, que casi no sospecha los ricos aportes filosóficos de Iberoamérica”.
“Muy felizmente - continúa Guy-  todo ha cambiado bastante bajo este ángulo desde las notables prospecciones de  Zea, de  O’ Gorman, de Gaos, de Salazar Bondy y de tantos otros que establecieron la idiosincrasia brillante de una potente reflexión filosófica, desde la frontera mexicano-yanqui hasta la Tierra del Fuego. Entre una tendencia eurocéntrica y una tendencia sudamericanocéntrica “existe una tercera vía: la de una filosofía original sin duda, propia de los países iberoamericanos, pero que mantiene el contacto con el conjunto de los Dos Hemisferios.”
Existe entre nosotros una cultura filosófica sui generis, poseedora de tres rasgos mayores que resaltan, argumenta Guy: primero, su atención extremadamente vigilante a la vida, es decir a lo concreto, a lo real, por otra parte el gusto por la libertad, aspiración suprema de estos pueblos; y finalmente una delicada sensibilidad estética.
Ya se trate de la escolástica, de la Ilustración, del romanticismo, del positivismo, del bergsonismo, del existencialismo, del marxismo, en las 20 repúblicas iberoamericanas se observan fácilmente las modificaciones importantes que estas corrientes ideológicas sufrieron cuando fueron repensadas por nuestros pensadores. Guy nos da un ejemplo en el venezolano Andrés Bello: “si Bello hubiese sido escocés o francés, su nombre figuraría en las historias de la filosofía universal, como uno más en pie de igualdad con los de Dugald Steward y de Brown, de Rollerd-Collard y de Jouffroy, si no incluso con los de Reid de Cousin. Es preciso, en efecto reparar esta injusticia y acordarle al filósofo venezolano-chileno el rango eminente que se le debe.”
Otro ejemplo que desmiente a Paz sería el de la teología de la liberación, cuya irrupción se debe innegablemente a un sobresalto contra la  situación de alienación social sufrida por los oprimidos en esta zona desdichada del planeta, y que quizá  llegue a ser “visiones del mundo” de vanguardia, y que se inscribe en la estela del Concilio Vaticano II: Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Dussel, Frei Betto.
Y más cerca mencionemos a un prolongador del husserlismo, Ernesto Mayz Vallenilla. Es incontestablemente el fenomenólogo más fiel a Husserl y Heidegger en toda América Latina. Nacido en Maracaibo en 1925, estudió en Caracas y Alemania, Doctor en Filosofía, enseñó en la Universidad Central y en la Universidad Simón Bolívar de la cual fue su rector. Su análisis de la gnoseología critica de Husserl explora magistralmente, en más de 400 páginas muy densas, un tema simplemente esbozado por el maestro. En su obra Ontología del conocimiento, (500 páginas), se refiere a Heidegger, cuya doctrina del Dasein busca completar mediante una original gnoseología ontológica, que invierte audazmente la fórmula cartesiana, por el llamado del Ser, proclamado: “Sum, ergo cogito”. El conocer se encuentra enraizado en la existencia.
De modo  que hemos podido contradecir a  Paz con estos pocos ejemplos, pues podríamos seguir mencionando pensadores iberoamericanos: Sarmiento, Ingenieros, Rodó, Vasconcelos, Ponce, Mariátegui, Bunge, Zea, Roig, entre otros. Podemos observar que Ortega y Gasset en España no es un caso aislado, como dice Paz, pues a esta gigantesca figura debemos colocar sin complejos los nombres que acabamos mencionar.
Quizá la matanza de Tlatelolco y su renuncia a la embajada en la India sucedida aquellos días,  expliquen el pesimismo  de Paz con respecto a la cultura iberoamericana. Pero de lo que sí estoy seguro es que con pensamiento tan frondoso y original como el señalado, podremos entrar al fin a la esquiva modernidad, un anhelo que acompañó a Paz hasta su deceso.