sábado, 8 de octubre de 2016

Cristóbal Colón, ferviente cristiano

El historiador  Lucien Febvre sostenía que el  siglo XVI “es un siglo que quiere  creer”, y que, en consecuencia, no podía haber incredulidad y ateísmo en esa centuria. Ateniéndonos a tan sólido argumento, examinemos la personalidad del almirante genovés, estado de ánimo fuertemente dominado por el ardor religioso. Era un ferviente católico, un puro hombre de la Edad Media que no esta en capacidad de advertir las complicaciones racionalistas del Renacimiento.
Se consideraba directamente tutelado por el Cielo y se tenía por obligado a corresponder a tal favor con la entrega de sus facultades al servicio de Cristo.  Las Casas decía que era en cosas de la religión cristiana  un hombre de mucha devoción. Todos sus escritos comienzan con una invocación a la virgen María, se abstenía de juramentos, ayunaba fielmente, confesaba y comulgaba con frecuencia, rezaba las horas canónigas, y profesaba especial devoción por San Francisco.

Hay quienes sostienen que fue un profundo conocedor de la Biblia y dan una interpretación hebraísta al sentimiento que sentía  por el rescate del Santo Sepulcro, en manos entonces del turco infiel. Cultivó el genovés amistad con muchos eclesiásticos, incluyendo correspondencia con los papas Alejandro VI y Julio II.

Todos estos rasgos  del Almirante nos preparan  para adentrarnos en la génesis del “descubrimiento”. El proyecto primero y completo de Colón refundía todos los grandes anhelos de la cristiandad medieval y los resolvía a la vez: el comercio directo con las especiarías orientales: Catay y Cipango, el reencuentro con los misteriosos y evasivos cristianos antiguos de Asia del tipo de Preste Juan y su mítico reino, el cual capturó la imaginación de Occidente, y que había que incorporarlo a la fe. Junto a ello agreguemos el acabamiento triunfal del ideal de las Cruzadas con el recobro de la ciudad santa de Jerusalén. Este es un programa de una amplitud universal y de un entusiasmo mesiánico que obligan a pensar en las visiones de los profetas de Israel.
¿Y los descubridores? Lucien Febvre nos dice que: “Lo que ellos hacían nacer con sus descubrimientos, en sus almas mesiánicas, era un asombroso y antiguo fervor proselitista. Portugueses, españoles, italianos y franceses, todos ellos se vanagloriaban durante años, durante decenios, de no haber recorrido el mundo para comerciar, sino para navegar, combatir, superar todos los peligros y, sobre todo, ensanchar los límites del cristianismo: hacer cristiano al rey del Congo, para permitir al rey de Abisinia enviar embajadores a Roma y negociar las relaciones de su pueblo cristiano con el vicario de Jesucristo, para abrir, en suma, a las enseñanzas del Divino Maestro las orillas de Océano Indico, las de la India, las islas de Insulindia, la China y, muy pronto, Japón...”
Las Bulas de 1493 están signadas por el espíritu de la Evangelización, rasgo premoderno y particularmente español: “Entre las demás obras agradables a la Divina Majestad y deseables a nuestro corazón, esto es ciertamente lo principal: que la Fe Católica y la Religión Cristiana sea exaltada sobre todo en nuestros tiempos, y por donde quiera se amplíe y dilate, y se procure la salvación de las almas y las naciones bárbaras sean subyugadas y reducidas a esa misma fe.”
   Jacques Lafaye nos habla de que fue bajo una “visión bíblica” del mundo fue como los conquistadores del siglo XVI interpretaron la nueva realidad de un continente y unas tierras nuevas que auguraban la segunda venida de Jesucristo en La Parusía. Al llegar al Nuevo Mundo pensaron aquellos hombres que estaba muy cerca la Parusía, momento que solo habría de producirse cuanto todos los habitantes del orbe conociesen la verdadera religión de Cristo. Conectada a esta idea estaba otra  profundamente arraigada entonces: el Milenio, es decir que el mundo era ya un mundo viejo, cansado y que por tal motivo estaba a las puertas de una renovación total en Cristo.  El descubrimiento del Nuevo Mundo era una prueba de que este designio de Dios estaba próximo a hacerse realidad.  
Evitemos el anacronismo, es decir la tendencia de la mente humana a modernizar el pasado y ver la empresa indiana como una pura actividad económica: que la sola sed de oro y riquezas motivó el descubrimiento y la conquista de América. Hubo motivaciones espirituales  que, nosotros, hombres del siglo XXI racionalista, no atinamos a comprender.