lunes, 21 de julio de 2008

TÍTULO
Serie Poder Popular
Fondo Editorial
Alcaldía Bolivariana G/D Pedro León Torres
Carora - Lara

Hay algo de Arabia pétrea con sus
Mahomas dueños de caravanas
interpretando el rumor del desierto y los signos de las estrellas en las noches más claras, en esas estampas semiorientales del camino. Guerrilleros, poetas y místicos –producto de todo clima donde la vida circula más ardiente– salieron así de estos parajes…
Por algo una leyenda regional dice que Don Quijote vino a morir a Carora…
Y ante los muros y las gentes y el seco
vigor del mestizaje bien logrado,
(de indios, negros y blancos, para haber moldeado esta raza resistente y creativa), me puse a pensar en ese arte de coraje templado de rectitud y moderación
que se llama la hombría.
Mariano Picón Salas

Índice
Sobre losautores9
Presentación 13
Introducción 15
La Gran Nación Caquetía y los pueblos Ajaguas
del Semiárido caroreño. Msc. Luís Mora Santana 19
Solidaridad y comunitarismo en Carora colonial.
Iglesia Católica, cofradías y hermandades.
Dr. Luís Cortés Riera 31
Un oasis de progresismo social en la Carora de 1900.
Los Pbros. Lisímaco Gutiérrez y Carlos Zubillaga.
Lic. María Inés Firmenich Martínez 43
Comunitarismo y Redes Sociales en Carora a través
de los clubes sociales: Club Torres y Centro Lara.
Lic. Isabel Hernández Lameda 61
Historia de las Cooperativas en Torres.
Lic. Miriam Giménez de García 77

Sobre los autores
María Inés Firmenich Martínez: Nació en Córdoba, Ar­gentina, en el año 1975. Lic. en Sociología, egresada de la Uni­versidad de La Habana (UH), Cuba (2005). Su tesis de grado está referida al lugar de la Ética en las Ciencias Sociales, desde la filosofía de Jürgen Habermas. Es hija de Mario Eduardo Firmenich, líder del grupo guerrillero “Montoneros” de Ar­gentina en los años de la criminal dictadura que sufrió este país latinoamericano. Actualmente es asesora de la Dirección de Gestión Comunicacional de la Alcaldía Bolivariana G/D Pedro León Torres.
Isabel María Hernández Lameda: Nació en Carora, Es­tado Lara, Venezuela, en el año 1981. Lic. en Filosofía, egre­sada cum laude de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Caracas (2004). Su tesis de pregrado es un estudio marxista sobre la Alienación Ideológica, desde la perspectiva de Ludovi­co Silva. Actualmente es tesista del Programa Interinstitucio­nal de Maestría en Historia, ofrecido por la Universidad Cen­troccidental Lisandro Alvarado y la Universidad Pedagógica Experimental Libertador-Instituto Pedagógico Barquisimeto (UCLA-UPEL-IPB), Barquisimeto. Este estudio está referido a las redes sociales de Carora forjadas desde dos clubes socia­les: Club Torres y Centro Lara (1898-1960). Es asesora de la Dirección de Gestión Comunicacional de la Alcaldía Bolivaria­na G/D Pedro León Torres.

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SERIE · PODER POPULAR ·
Luís Eduardo Cortés Riera: Nació en Cubiro, Estado Lara, Venezuela, en el año 1952. Lic. en Historia, egresado de la Universidad de Los Andes (ULA), Mérida (1976). Especialista y Magíster en Historia, egresado de la Universidad José Ma­ría Vargas, Caracas (1995). Doctor en Historia, egresado de la Universidad Santa María, Caracas (2003). Se ha especializado en la Historia de la Educación y de las prácticas religiosas en el Centroccidente de Venezuela. Actualmente es el coordinador de la línea de investigación: Redes Sociales, Cultura y Menta­lidad Religiosa del Programa Interinstitucional de Maestría en Historia, ofrecido por la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado y la Universidad Pedagógica Experimental Liberta­dor-Instituto Pedagógico Barquisimeto (UCLA-UPEL-IPB) y la Fundación Buría, Barquisimeto, y Programa Interinstitucio­nal de Maestría en Historia, ofrecido por la Universidad Cen­troccidental Lisandro Alvarado y la Universidad Pedagógica Experimental Libertador-Instituto Pedagógico Barquisimeto (UCLA-UPEL-IPB), Barquisimeto. asesor ad-honorem de la Dirección de Gestión Comunicacional de la Alcaldía Bolivaria­na G/D Pedro León Torres.

Luís Eduardo Mora Santana: Nació en Curarigua de Leal, Estado Lara, Venezuela, en el año 1962. Profesor en Ciencias Sociales y Magíster en Enseñanza de la Historia, egresado de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador- Instituto Pedagógico Barquisimeto (UPEL-IPB), Barquisimeto. Se ha especializado en la Historia de la Educación y es profesor de la cátedra Geohistoria del Programa Interinstitucional de Maes­tría en Historia, ofrecido por la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado y la Universidad Pedagógica Experimental Libertador-Instituto Pedagógico Barquisimeto (UCLA-UPEL-IPB), Barquisimeto. 11
Myriam Giménez de García: Nació en Caracas, Dtto. Capi­tal, Venezuela, en el año 1953. En 1966 se establece en Carora y se incorpora al movimiento cooperativista. Lic. en Comuni­cación Social, egresada de la Universidad Cecilio Acosta (UNI­CA), Maracaibo (2005). Es actualmente la Coordinadora del Municipio Torres de la Misión Cultura, adscrita al Ministerio del Poder Popular para la Cultura y la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez (UNESR).12 SERIE · PODER POPULAR ·
Ing. Julio Rafael
Chávez Meléndez.
Alcalde del Municipio
Bolivariano
G/D Pedro León Torres13

Presentación
A continuación presentamos la primera entrega de la Serie de Publicaciones “Poder Popular”, la cual es el punto de parti­da del nuevo programa editorial de la Alcaldía Bolivariana G/D Pedro León Torres. En este primer volumen se recoge par­te del legado histórico, político e ideológico que ha permitido levantar desde esta gestión el paradigma para la construcción del nuevo Estado, del Estado bolivariano, del Estado del Poder Popular, como un proceso fundamentado bajo la guía del Pre­sidente Hugo Chávez y enmarcado dentro de la fértil dialéctica de la Revolución Bolivariana.

Esperamos que esta Serie de Publicaciones contribuya al combate comunicacional que hoy exige el proceso político que vive Venezuela, para difundir a todos los escenarios, nacional e internacional, los logros trascendentes que han alcanzado las clases populares desde la instalación del gobierno bolivariano, tanto en lo local como en lo nacional y así, blindarnos de la ma­fia informativa que el imperio controla y que ha sido un punto débil que la revolución aún no ha sabido combatir.

Desde esta Alcaldía se ofrece este aporte a esa lucha contra el cerco mediático que la derecha venezolana e internacional protagonizan en contra del proceso político que vive Vene­zuela, y para la divulgación no sólo de los logros, sino también 14 SERIE · PODER POPULAR ·
de los valores socialistas, de la profundidad y trascendencia que representa para los países oprimidos del mundo la Revolución Bolivariana.
Aspiramos que esta serie de publicaciones alimente el pro­ceso de Educación Popular, que desde las Misiones Educativas y desde los Consejos Comunales, la revolución bolivariana tie­ne el compromiso de profundizar.

Un saludo revolucionario y solidario.
Ing. Julio Rafael Chávez Meléndez.
Alcalde del Municipio Bolivariano G/D Pedro León Torres15

Prólogo
En el marco del proceso que vive Venezuela con la Revo­lución Bolivariana, se presenta la oportunidad histórica de re­construir nuestra realidad desde una visión latinoamericana, es decir, respetando nuestro verdadero origen, reconociendo el elemento principal del mestizaje que constituye a los pueblos latinoamericanos: el legado indígena. Entendemos que desde la invasión y penetración cultural y religiosa por parte de Espa­ña, heredamos la nefasta forma de concebir la historia desde la perspectiva de los poderosos, de la clase dominante, desde una concepción euro-céntrica del mundo, y nunca desde nosotros mismos.
Por esto, hoy es necesario reivindicar la labor liderizada por el Ing. Julio Chávez, Alcalde del Municipio Bolivariano G/D Pedro León Torres, del rescate y la dignificación de lo que aquí somos realmente en Torres: campesinos; aquellos que han sido los relegados, olvidados, saqueados, vejados por la historia y por los que la escriben en función de sus intereses y defendien­do siempre su hegemonía.

Por suerte este Municipio es cuna de vastos próceres que dejaron su vida por la causa independentista encabezada por Simón Bolívar; de ilustres pensadores, poetas y músicos que 16 SERIE · PODER POPULAR ·

se han constituido en el ejemplo que ofrece el pasado de esta región para que hoy seamos un paradigma a nivel nacional de la construcción del Estado Bolivariano, del Estado del Poder Popular. Porque nuestro pueblo torrense está hecho de ante­cedentes comunitarios y socialistas que son parte de su idio­sincrasia, y que fundamentan sus más arraigadas costumbres como pueblo campesino y artesano.

Por lo cual, a continuación se encontrarán desde este pri­mer volumen de la Serie de Publicaciones del “Poder Popular”, cinco ensayos que rescatan desde diferentes tiempos históri­cos los valores comunitarios y socialistas de nuestro pueblo, y las luchas sociales que en esta región del Estado Lara se han desarrollado. Elementos olvidados, ignorados por la historia formal, ésa que cuenta y pone en el centro de los procesos histórico-políticos a la elite tradicional caroreña, a la oligarquía agraria de la región, o sea, a la “godarria caroreña”.

El primer ensayo se titula “La Gran Nación Caquetía y los pueblos Ajaguas del semiárido caroreño”, donde el Prof. Luís Mora Santana recoge desde un estudio, los valores socialistas y comunitarios de los pueblos originarios de esta región, como una necesidad de sobrevivencia y subsistencia de los mismos. Costumbres que hasta hoy son parte de nuestra caroreñeidad.
Luego desde el estudio del contexto de la Carora Colonial, el Dr. Luís Cortés Riera centra su atención en las Cofradías; asociaciones provenientes de la Institución Católica que ser­vían para guardar y recolectar fondos para la asistencia de los más necesitados: enfermos, viudas, huérfanos e indigentes.

Ya para comprender a Carora entrando en el siglo XX, la so­cióloga María Inés Firmenich recoge una experiencia de pro­gresismo social, a principios de 1900 liderizada por los curas Lisímaco Gutiérrez Meléndez y Carlos Zubillaga Perera, quie­1
nes rescatando el verdadero legado de Jesucristo construyeron una importante obra social a favor de los pobres de Carora.

También, para el reconocimiento de la lucha de clases y de la negación político-ideológica que se llevó a cabo en la región durante la primera mitad del siglo XX, la Lic. Isabel Hernández Lameda realiza una crítica del comunitarismo y de las redes so­ciales que se construyeron desde la fundación de los dos cen­tros sociales más importantes de la ciudad: El “Club Torres” y el “Centro Lara”. El primero, epicentro para la sociabilidad exclusiva de la clase dominante de Carora. El segundo, epicen­tro del rescate de la esencia campesina, artesana y combativa que forma parte de la sociedad caroreña en general.

Y por último, la Lic. Myriam Giménez de García describe la organización de bases que se desarrolló en el Municipio Torres a partir de los años sesenta, a través del movimiento coope­rativista, que protagonizaron los militantes de la izquierda en Carora. Experiencia de organización social que perdura hasta hoy, y que ha sido la base social que ha permitido la precocidad de los Consejos Comunales en la región.
Así, con esta primera entrega de la Serie “Poder Popular” se reconocen y se dignifican los valores socialistas que subyacen en la memoria histórica de nuestro municipio, los cuales han hecho posible hoy vivir a Carora y a la región con obras con­cretas de revolución, desde la praxis y el liderazgo político del Alcalde Ing. Julio Chávez Meléndez.

Lic. María Inés Firmenich.
Lic. Isabel Hernández Lameda.
La gran nación caquetía
y lospueblosajaguas del semiárido caroreño
Lic. Msc. Luís Mora Santana21
La gran nación caquetía constituyó un vasto territorio que abarcaba de Este a Oeste venezolano, aproximadamente des­de la desembocadura del río Yaracuy, hasta la Península de la Guajira, y de Norte a Sur, desde la Península de Paraguaná has­ta el Departamento del Caquetá –hoy territorio colombiano–, ocupando los espacios actuales de los estados Falcón, Yaracuy, Lara, Portuguesa, Barinas, parte de Apure, Cojedes y el estado Zulia. A esta gran nación caquetía se sumaban los territorios insulares de Curazao, Aruba y Bonaire, asiento de grupos des­plazados por la ocupación española a partir de 1498. En ese espacio se desarrolló toda una cultura con representaciones sociales, económicas, políticas, religiosa entre otros aspectos, bien definidos y que conformaron la organización de los pue­blos Arawuacos. Poseían un tronco lingüístico común, carac­terística que permitía la comunicación y la relación entre los pueblos hermanos en el territorio que ocupaban.

De allí se desprende la razón que en el occidente venezola­no de hoy exista una toponimia que designa los pueblos ori­ginarios, de lugares que guardan una afinidad en el nombre, por su raíz lingüística. No es casual encontrar topónimos con una misma terminación como: Durigua, Sirarigua, Bariquigua, Curarigua, Atarigua, Sicarigua, Acarigua, Bajarigua, Barisigua entre otros. Esos nombres son vocablos Arawuacos, y en su mayoría se ubican en lo que hoy representa los estados Falcón, Lara y Portuguesa. Más allá del tronco lingüístico que unía a la gran nación caquetía, existió y aún perviven, haceres comunes y similitud en las prácticas de poblaciones venezolanas actuales. De allí la preocupación por reconstruir nuestro pasado prehis­22 SERIE · PODER POPULAR ·

pánico, tarea de principal significado para el fortalecimiento de la identidad nacional; como una forma de conocer y recono­cernos como cultura previa al “encuentro de los dos mundos”; reconocimiento que reivindica lo que somos hoy, un pueblo mestizo que ha sobrevivido con la presencia de elementos pro­pios que hoy por hoy se manifiestan en nuestras comunidades, sobre todo en las colectividades rurales.

En ese gran territorio hubo un desarrollo de técnicas agrí­colas como lo han logrado demostrar las investigaciones de re­conocidos antropólogos como Mario Sanoja Obediente e Irai­da Vargas, junto a Luis Molina y Juan José Salazar, generación dedicada de forma académica a la búsqueda de los rastros de esa cultura. Un trabajo de exploración arqueológica para levan­tar inventarios de la actividad indígena, que permita que otras ramas como la antropología le den articulación a las acciones humanas emprendidas por nuestros antepasados. La revisión de actividades ancestrales como la cerámica y el uso del barro cocido, una herencia que se ha trasmitido hasta la actualidad. De allí que sea de gran valía las muestras encontradas en el valle de Quibor, así como también en las poblaciones de Sicarigua y Los Arangues, en los sitios de Camay y Caramacate (Las Palmi­tas) vecinos de Carora. En el caso de Carora se ha de destacar, que los yacimientos arqueológicos de Camay en la Otra Banda, dieron la vuelta al mundo con los hallazgos e investigaciones realizadas por el Hermano Basilio de la Fundación La Salle, en la década del cincuenta del siglo XX, y reimpulsadas por Sanoja y Vargas con la contribución de estudiantes e investiga­dores de la Escuela de Antropología de la Universidad Central de Venezuela, en épocas más recientes. Con ello se ha podi­do demostrar que los Ajaguas manejaron técnicas de cultivos agrícolas de rubros como maíz y caraotas, un desarrollo de la cerámica y poseer gran habilidad para el intercambio comercial con otros pueblos, sobre todo de la sal.23
Esos son elementos de la existencia de la gran nación caque­tía, de presencia de comunidades cuyos haceres guardan simili­tud de vida, con pueblos que se asentaron en los terrenos de lo que hoy es Barinas y Apure, de Cojedes y del Zulia. La cerámi­ca, las técnicas agrícolas de terraceo –construcción de terrazas para la agricultura–, los rituales funerarios, el desarrollo de cul­tura gastronómica alrededor del maíz, la utilización del cocuy (Agave Cocui) como alimento y no como bebida espirituosa, entre otras prácticas que muestran afinidad cultural y parecidos en las actividades humanas desarrolladas en ese espacio.
Es importante explicar acá, que en esa gran nación caquetía, se desarrolló una estructuración social de poder que permi­tía el manejo y el control del territorio, dirigido por un jefe supremo o gran “Diao”, último de los cuales lo fue Manaure, asentado en lo que hoy es Coro, en la región “Curiana” y de allí su nombre. A esa autoridad política contribuía la organización social de los pueblos caquetíos, una estructuración matrilineal y exogámica como lo señala Juan José Salazar, permitía una relación entre los pueblos, un comunitarismo social de inter­cambio de miembros, sobre todo de sus mujeres, evitando así los problemas de orden genético y fortaleciendo las relaciones tribales a través de uniones familiares. Muy común fue el robo o secuestro de mujeres entre clanes. De esa práctica aborigen todavía existen señales en nuestros campos y se oye decir, en pleno siglo XXI, en barrios y comunidades rurales del robo de una mujer por parte de un pretendiente desconocido, cuando en realidad es que se acogen a una relación concubinaria por un método poco ortodoxo para las sociedades actuales.

En el caso de los espacios que hoy ocupan la ciudad de Ca­rora y la población de Siquisique, se ha de expresar que estaban ocupadas por familias Ajaguas, Xaguas o Achaguas, nombres dados por los cronistas de Indias que realizaron los reportes escritos, términos que son una misma cosa. Esos vocablos 24 SERIE · PODER POPULAR ·
constituyen el producto de transferir el término oral de la voz con que se hacían llamar nuestros ancestros, a la lengua escrita que manejaban los españoles. De manera que pudo cometerse errores en la transcripción y confundir la emisión fonética de algunas palabras que se han trasmitido hasta la actualidad. De esta situación se ocuparon hombres como Lisandro Alvarado y Pedro Manuel Arcaya, y más reciente entre nosotros el poeta Ramón Querales y el maestro Renato Agagliatte, investigadores dedicados a la filología –especialmente para las culturas asen­tadas en lo que hoy es el estado Lara– buscando desentrañar el significado de los vocablos originarios de nuestros pueblos primarios. Los Xaguas, al igual que los otros pueblos de la gran familia arawuaca, constituyeron culturas ágrafas, es decir, no tenían un sistema de escritura, más allá de la simbología repre­sentada en algunos petroglifos. Sin embargo, poseían todo un sistema de comunicación oral y una lengua que el conquista­dor español transcribió y que se ha mantenido hasta la actuali­dad. No cabe duda que existe una herencia, que nos señala que no se produjo una transculturización como erróneamente han manejado algunos historiadores, sino más bien un proceso de “aculturización” donde se manifiestan elementos que muestran una junta de culturas, donde se observa la presencia de rastros dejados por el poblador inicial de estas tierras. Esas huellas se notan en los nombres que tienen buena parte de los pueblos de la región, bautizados con una connotación religiosa, agregán­dose nombre de santos y puntos de la geografía española. Tal es el caso de Carora, cuyo significado es “chicharra” o “ciga­rra” en lengua Ajagua, y que se le agregó al nombre en primer orden de, “Nuestra Señora de la madre de Dios” en 1569 y lue­go en la repoblación el de “San Juan Bautista del Portillo” en 1572, haciendo mención al santo protector y al lugar de origen de su repoblador Juan de Salamanca.

Sin embargo, la herencia cultural aborigen se ha mantenido 25
en el tiempo, sobreviviendo a toda una estructura impositiva, sobre todo desde la organización educativa que por muchos años obvió la existencia del aborigen americano, limitándose a nombrarlo y en muchos casos, borrarlo de un todo al plan­tearse en los textos de educación primaria que la historia co­menzaba con el llamado descubrimiento. Pero en nuestras co­munidades, se siguen utilizando patrones de vida que echan por el suelo la propuesta oficial. A eso fundamentalmente está dedicado este ensayo, a demostrar la existencia de modelos de vida aborigen ancestral, que a pesar de los embates globaliza­dores aún sobreviven entre nosotros. Se plantea la existencia de un quehacer comunitario vivido por los habitantes de esa gran nación caquetía y destacar sus acciones en el espacio que hoy ocupa Carora, resaltando las manifestaciones, los haceres comunitarios y la vida de los Xaguas.

Un detalle que nos habla de la existencia de esquemas de vida heredados de nuestros antepasados caquetíos, es la es­tructuración de las comunidades rurales, en lo que respecta a los conglomerados humanos. Basta con recorrer caseríos de la región y notar que su organización física rompe con el esque­ma que tienen las ciudades. No existe la cuadrícula o dame­ro como forma de ordenación de las viviendas, aunque haya espacio para realizarlas. Y quiero aclarar que no es anarquía, se atiende a un patrón de necesidades que en principio servia como mecanismo de defensa, al no facilitar la entrada de extra­ños, puesto que necesitaría conocer las salidas y escapes ante ataques imprevistos. No hubo la necesidad de construir pasajes amplios entre las edificaciones para traficar animales de carga como el caballo y el burro, sencillamente por que no los ha­bía, así como tampoco de carros tirados por estos animales, y aunque luego de la llegada de los españoles los hubo, el patrón cultural siguió atendiendo al modo de vida que históricamente venían viviendo. 26 SERIE · PODER POPULAR ·

Otra de las herencias de vida comunitaria que aún se obser­va en los campos de la región y que es costumbre sobre todo en las comunidades rurales y barrios de las ciudades interiora­nas venezolanas, es la de compartir los alimentos. Por ejemplo, es tradición en nuestros campos y barrios, la elaboración de la mazamorra, que no es otra cosa que un pastel de harina de maíz, endulzada con papelón, y a la que se le puede agregar algunas especias. Persiste hoy un intercambio de este plato que incluso llega a tener un sentido ritual, dado que no se come todo el año, sino en tiempos de Cuaresma y de cosecha del maíz. Una familia se complace en enviar a otra de la vecindad una parte del pastel en señal de amistad y el grupo receptor por lo general devuelve el gesto reenviando otro parte de su propia torta criolla como señal de gratitud. Incluso se plantea la elabo­ración en colectivo de platos como estos. La olla comunitaria que se prepara para dar comida en las fiestas de nuestros pue­blos es otro claro ejemplo de solidaridad. Esa misma situación ocurre cuando se mata un animal, bien sea el que se ha criado en la casa o aquel que es producto de la cacería, que es otra práctica que a pesar de las limitaciones que ha impuesto la veda y la protección a la fauna, aún se practica. Los cazadores tienen como ley el reparto equitativo del animal a todos aquellos que participan en la cacería, y estos a su vez obsequian partes a ami­gos y familiares. Eso se estila porque la obtención de la pieza cazada, es producto de una acción colectiva.

No es extraño entre nosotros oír la expresión “convite” o “envite”. Eso es trabajo comunitario de origen indígena, don­de cada cual se compromete a realizar una tarea para la conse­cución de un fin. Se siembra la tierra, se arreglan los caminos, se realiza la cacería, se transporta el agua, se traslada la cosecha, en fin, se dan la mano para la solución de los problemas. Esta situación no nos debe extrañar. Ese tipo de acción funcionó para la defensa de los pueblos, para protegerse de invasores o 2
agresores. No existía el Estado como lo conocemos hoy, pero existía la organización comunitaria. De manera que, el Estado primitivo aborigen era la propia organización de las comunida­des, de abajo hacia arriba, es decir, que lo que se imponía era la propia necesidad de solucionar los males del colectivo, incluso, la colaboración para recoger cosechas, que aunque pertenecie­ra a un grupo, terminaba por beneficiarlos a todos, dado que había alimento para el trueque. Esa es la práctica de la “caya­pa”, y aunque el término es de origen caribe, como lo señala Lisandro Alvarado, la utilización de esta práctica era genera­lizada entre nuestros aborígenes. Esa situación se sigue prac­ticando en comunidades rurales apartadas de las urbes. Los caminos se reparan por la contribución de los que conviven en sus recorridos, sobre todo cuando las lluvias hacen estragos en su estructura. Es corriente que la gente se “convide” a cazar un animal que diezme los rebaños, práctica muy usada por los criadores caprinos, dada la forma de sociedad con que utilizan los predios de pastoreo. Los animales pastan en “espacios co­muneros” –no existe la propiedad privada– y cualquier acción de protección de los mismos, involucra a las familias que viven en ese territorio.
Al hablar de las familias que ocupan nuestras áreas rurales, se ha de destacar el modo gregario con que se han mantenido desde tiempo ancestral. Es cierto que las comunidades indíge­nas sostenían una relación filial y de parentesco y ese compor­tamiento se ha trasladado hasta la actualidad. Los espacios del semiárido caroreño y más allá hacia el norte, es decir, Baragua, Siquisique y parte del estado Falcón, conforman en buena me­dida territorios donde el uso de la tierra se hace de manera co­lectiva o comunera, tierras que son utilizadas para el pastoreo de caprinos y ovinos. Buena parte de esas familias mantienen una relación de amistad y de intercambio. Constituyen grupos de familias extendidas, es decir, no se circunscriben a la unión 28 SERIE · PODER POPULAR ·
de padre madre e hijos, sino que se agregan tíos, tías, abuelos y primos que comparten un mismo techo. Se suma a ello que estos caseríos estén constituidos por personas que en buena medida tienen un mismo apellido o parentesco familiar. Exis­te además, una abierta relación entre las comunidades vecinas, con la intención de establecer lazos filiales e intercambios co­lectivos. Una característica de la zona que hemos señalado an­teriormente es que haya apellidos asociados a esos territorios e inclusos que muchos de ellos se repitan en cada comunidad. Esa particularidad, de seguro podría hacer parte de un estudio genealógico que no se ha hecho y que seguramente arrojaría detalles muy importantes para demostrar las relaciones entre las comunidades rurales. Incluso, serviría para demostrar la fi­liación indígena de muchas personas que tienen rasgos abo­rígenes, como carencia de vellos y ojos oblicuos, y por tanto herederos de esa práctica comunitaria a la que nos hemos veni­do refiriendo. Si bien es cierto que el poseer un apellido es un agregado de la cultura europea, dado que nuestros habitantes primarios les bastaba con un nombre, sin embargo, al otorgar­se las primeras Encomiendas, la propia estructuración a la que se sometía a los indios encomendados, hacia necesario agregar­le un apellido para adscribirlo a un registro.
En el territorio de lo que hoy es Carora y especialmente hacia los pueblos de Aregue y Río Tocuyo, hubo reparto de Encomiendas de las que el historiador Ambrosio Perera, seña­la la cuantía y los apellidos de buena parte de ellos en su obra: Historia de los pueblos antiguos de Venezuela, y de donde se desprenden apellidos como Dobobuto, Guarecuco, Querales, Tua, Guaidó, Cayama, Sisirucá, Caripá, entre otros y de los cuales existen grupos familiares entre nosotros y en nuestros campos del semiárido.
De manera que la herencia aborigen y sus prácticas comu­nitarias están presentes, forman parte de una estructura mental 2
que se transmite de generación en generación. Queremos ex­presar sin ambages, que al utilizar el término “comunitario”, no se está señalando relación política con la ideología comu­nista, como la conocemos hoy. Es sencillamente una práctica de vida, una manifestación de necesidad gregaria, una razón que permite observar la solidaridad, la unión, facilitar el tra­bajo y el sentido humano. El individualismo no tiene cabida acá, y la razón es simple. Las comunidades primarias caquetías no manejaban el concepto de propiedad privada. El sentido de lo individual lo trajeron los españoles en el siglo XVI. De modo que todo se realizaba en colectivo y los bienes particula­res, no pasaban de ser los adornos u objetos que llevaban ad­heridos a su cuerpo como símbolos religiosos o como señales de distinción social. El manejo comercial se fundamentaba en el trueque y si bien es cierto que había un valor por productos de difícil obtención, como por ejemplo la sal, no mediaba otro interés que la satisfacción de necesidades básicas o rituales.
Finalmente debo expresar que, fundamentalmente en las comunidades rurales actuales existe un legado aborigen muy importante, manifestado en sus creencias, en el respecto por la medicina tradicional de las hierbas, en el trabajo colectivo que se nota en la reparación de caminos y en la celebración de fiestas, en la elaboración de viviendas –utilización del bahare­que– en la amabilidad, en la solidaridad y en el compartir que nuestros campesinos practican.
Carora, febrero de 200830 SERIE · PODER POPULAR ·
Referencias bibliográficas
Salazar, Juan José, 2006. Caciques y Jerarquía Social. Barquisimeto. Imprenta del Estado Lara. p. 228
Perera, Ambrosio, 1964. Historia de la Organización de los Pueblos Antiguos de Venezuela. Madrid. España. Imprenta Juan Bravo. 286p.
Solidaridad y comunitarismo en Carora colonial.
Iglesia Católica, cofradías y hermandades.
Dr. Luis Eduardo Cortés Riera
Dedicado a la memoria de los reverendos padres
Lisímaco Gutiérrez y Dr. Carlos Zubillaga,
protagonistas en Carora de principios del siglo XX
de un interesante antecedente
de la Teología de la Liberación.33
Pocas personas se preguntan si Carora y por extensión el mundo hispanohablante colonial era una sociedad rica u opu­lenta, o que si había pobres o no, y que de haberlos de qué manera se atendían esas clases desposeídas y miserables. Las preguntas que tratamos de responder son: ¿cómo estaba orga­nizada la sociedad caroreña durante la colonia para atender las urgencias de salud y de educación?, ¿de qué manera eran atendi­dos los pobres, los enfermos, las viudas y los huérfanos?, ¿de qué manera se accedía al dinero y a los préstamos? Tales interrogantes nacen porque el período colonial ha sido visto hasta ahora con telescopio, cuando lo que se requiere es mirarlo con lupa, como ha dicho nuestro historiador trujillano Don Mario Briceño Iragorri. Es un mundo de cosas que está más cerca de nosotros de lo que comúnmente se piensa, como mostraré a continuación.
Aclaremos que la sociedad era muy distinta a la de hoy. Du­rante la Colonia no había ministerios de salud o de educación, ni seguro social o entidades bancarias. La sociedad sin embargo estaba organizada para atender las necesidades de salud, educa­ción y del recurso dinero. Pero hay un elemento esencial para entender esa sociedad: el catolicismo colonial, un cuerpo de creencias e instituciones que ocupaba el centro de la sociedad y que permeaban casi todas las actividades humanas: la moral, las fiestas, el trabajo, el descanso, el sexo, el matrimonio, la ali­mentación, la vida después de la vida. No es gratuito, pues, que se llamara a Carora “ciudad levítica” por la gran cantidad de sacerdotes que en ella han nacido, unos 120, de los cuales des­tacan cinco obispos, y por la atmósfera religiosa acá imperante que se prolonga hasta el presente.34 SERIE · PODER POPULAR ·
Podríamos afirmar que hace tres o cuatro siglos casi todo era religión y que ella y la sociedad formaban un todo unido de forma muy compacta. La religión era la sociedad. Era el dominio evidente de lo sagrado sobre lo terrenal y mundano. El centro de las decisiones residía, pues, en la iglesia de San Juan Bautista de Carora o en el convento de Santa Lucía. Allí se tomaban las decisiones en materias como la organización jurídico-política, la educación o la salud, la moral y la ley, la vida de ultratumba. Existía un poder secular, claro está, pero no tenía el grado de penetración e influencia del otro poder, el verdadero poder, el de la Iglesia católica.
En esos siglos de nuestra existencia colonial había unas “es­tructuras de solidaridad de base religiosa”, así llamadas por Mi­chel Vovelle, las cofradías y hermandades que bien podrían ase­mejarse a los Consejos Comunales de hoy. En los siglos XVII, XVIII y XIX éramos una ciudad de artesanos y de cofradías, que se bastaba a sí misma porque era autosuficiente, o como diríamos en el presente: endógena. Los artesanos caroreños producían los mejores artículos de cuero que se destinaban a la exportación, en tanto que las mulas más apreciadas eran las que se criaban en el semiárido caroreño.
Las cofradías eran numerosas. La más antigua es la del San­tísimo Sacramento fundada en 1585 y que aún funciona en la actualidad. Otras son la del Glorioso Mártir San George, Jesús en la Columna, Benditas Animas del Purgatorio, Señor San Pe­dro, Glorioso Príncipe de los Apóstoles, Dulcísimo Nombre de Jesús, Nuestra Señora del Rosario, y que en el siglo XVIII, cuando la visita del Obispo Mariano Martí, eran conocidas como las “del Montón”. Entrar como hermano a una de estas cofradías significaba tener acceso a la solidaridad, el apoyo en caso de enfermedad o de muerte. Los hermanos, que se conta­ban por miles, enterraban a los difuntos, hacían decenas, cen­tenares y miles de misas para aligerar sus salidas del Purgatorio 35
(una noción sin base bíblica), auxiliaban a viudas y huérfanos, tal como ordenaba el Concilio de Trento, convocado por la Iglesia romana en el siglo XVI. Si se necesitaba dinero hacían préstamos, pues tenían unas haciendas con 80 esclavos en Bu­rere (Parroquia Las Mercedes) que produjeron 1.300 pesos en 1776, y que también acumulaban ciertos capitales porque para “entrar” ellas había que pagar 5 pesos. Gracias a las cofradías “del Montón” y a la venta de unas cuantas de sus yeguas para pagar los maestros, el obispo Martí creó las primeras escuelas de “primeras letras” para niños, lo cual significa el comienzo de nuestra educación pública y gratuita.
Estas cofradías eran conocidas en lugares muy lejanos, pues hemos conseguido hermanos en la del Santísimo Sacramento procedentes de los reinos de Irlanda, Francia, España, Islas Canarias, Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico, Reino de Santa Fe (Colombia), Tunja, Cúcuta. De la Provincia y la Capitanía General de Venezuela se encuentran hermanos de Caracas, Ba­rinas, San Carlos, San Felipe, Maracaibo, Trujillo, El Tocuyo, Barquisimeto, Nirgua, Valencia, Coro, Ospino, Quíbor, Tisna­dos, Calabozo, Guanare. Era tal la fama de las cofradías que en ellas se encuentra anotado en 1772 el padre de Simón Bolívar, don Juan Vicente, y un grueso número de mantuanos cara­queños de los apellidos Blanco, Obelmejías, Istúriz, Palacios, Mijares, entre otros. Estar inscrito en sus libros significaba para los indios, negros, mestizos, sacerdotes, maestros orga­nistas, alcaldes ordinarios, mulatos libres, oficiales carpinteros, indios ladinos, maestros albañiles, payadores, doctores, licen­ciados, mayordomos, bachilleres, sacerdotes, monjas, maestres de campo, capitanes, tenientes coroneles, regidores, alguaciles mayores, comisarios del Santo Oficio, sacristanes, sirvientes, oficiales plateros, tener acceso al Reino de los Cielos después de la muerte, y en la vida terrena gozar de los beneficios de vivir en comunidad.36 SERIE · PODER POPULAR ·
Es de destacar, que nuestras cofradías no hacían discrimina­ción para entrar, como las cofradías de negros y de pardos que existieron en El Tocuyo y Caracas. Otro rasgo digno de desta­car es el hecho que estas hermandades fueron copadas por los apellidos de la “godarria” caroreña durante el siglo XIX y bue­na parte del siglo pasado, pues allí aparecen reiterativamente los apellidos Oropeza, Álvarez, Montes de Oca, Zubillaga, Me­léndez, Perera, Silva, Aguinagalde, Torres, González, Herrera, Riera, entre otros. Estos apellidos ligados endogámicamente entre sí representan el 70 % de las “entradas” a la cofradía del Sacramentado, la más importante de todas.
Sin embargo fueron dos figuras de la “godarria” caroreña quienes a comienzos del siglo pasado y animados por el Conci­lio Vaticano I convocado por el papa Pío IX en 1869 y la Encí­clica Rerum Novarum de 1891 del papa León XIII, que reco­nocía el derecho de los obreros a un salario justo y a constituir sus propias asociaciones, animaron lo que se puede llamar una Iglesia social en Carora. Me estoy refiriendo a los reverendos Lisímaco Gutiérrez y al Pbro. Dr. Carlos Zubillaga, hermano mayor de Chío Zubillaga. Gutiérrez funda en 1902 el Hospital San Antonio de Carora al recoger a los heridos y muertos de la batalla de El Cascajo en 1901, una congregación monjil las Hijas de San Antonio de Padua, para atender a los enfermos, un proyecto cultural en la zona del Calvario y dos periódicos “El amigo de los pobres” y “El pan de San Antonio”. El padre Carlos dota al hospital de su edificio, reconstruye la iglesia de San Dionisio con trabajo comunitario, y entre los años 1905 y 1906 abre una escuela nocturna para obreros, el Asilo para huérfanos San Vicente Paúl, la Sociedad Amigos de los Pobres, en 1911 abren La Casa de los Pobres. Por lo cual no resulta descabellado afirmar con el poeta Luis Beltrán Guerrero que este accionar es un antecedente de la llamada Teología de la Liberación, movimiento que se abrió a la búsqueda de Dios 3
entre los pobres en Latinoamérica, luego de la convocatoria al Concilio Vaticano II por el papa Juan XXIII en 1962 y que se expresa en las personalidades de los religiosos Gustavo Gutié­rrez, Leonardo Boff, Jon Sobrino, Luis Bertrand Aristide, Er­nesto Cardenal, Ignacio Ellacuría. No otra cosa es la Teología de la Liberación, cuya realización concreta es la vida comunita­ria al estilo de las primitivas comunidades de los tiempos evan­gélicos. La Teología de la Liberación, en los grados de urgencia en la acción a la que se ha visto sometida en estos países, ha borrado la contradicción filosófica irreductible entre espiritua­lismo y materialismo.
Estas cofradías y hermandades son un rasgo de nuestra so­ciabilidad y de nuestra formación como pueblo que se forjó a lo largo de 300 años de vida colonial, pero que su presencia y su influencia se ha extendido hasta los días que corren, los albores del siglo XXI. A tal punto hago esta contundente afir­mación, pues nos permite comprender la enorme diferencia constitutiva de nuestra hechura de pueblo que nos diferencia del mundo anglo-sajón y protestante individualista y encerra­do en sí mismo, poco dado a la vida comunitaria, mezquino y egoísta, e incapaz de conductas altruistas cotidianas. Por ello las sociedades de los países ricos e industrializados de Europa y de los Estados Unidos están plagadas de seres humanos anó­nimos y solitarios, que viven a espaldas o con pocas relaciones con sus semejantes. Una grave pérdida de sentido y de libertad aqueja a las sociedades opulentas del Norte.
En ocasión del los 437 años de fundada la ciudad, es decir en 2006, dije en acto público organizado por la Alcaldía del Municipio Bolivariano General de División Pedro León Torres en la plazoleta de la Alcaldía, que las cofradías eran un antece­dente del carácter socializante de la catolicidad en Carora y en el resto del mundo hispanohablante. Que el catolicismo no es todo dogma, alienación u oscurantismo, explotación, esclavitud 38 SERIE · PODER POPULAR ·
de negros, latifundismo, como se suele afirmar muy a menudo. Este carácter mutualista de nuestra religión católica colonial, que se atenuó con el aparecimiento del petróleo a comienzos del siglo pasado, pero que se encuentra alojado muy profunda­mente en el inconsciente colectivo de los venezolanos y los his­panoamericanos, puede muy bien ser un antecedente histórico de nuestro proyecto fundamental: el Socialismo del siglo XXI, consigna preñada de futuro y de anhelos que traduce nuestro empeño en la construcción de una sociedad más igualitaria y democrática que anhelamos buena parte de los habitantes de este país. Este carácter solidario y mutualista introyectado en nuestra fibra de pueblo por el catolicismo, ha de ser una barre­ra que nos proteja del individualismo y el sentido de compe­titividad a todo trance que viene del mundo anglo-sajón rico, desarrollado y arrogante. Nuestro neocristianismo iberoame­ricano sigue punzando al corazón con una aspiración utópica: la esperanza milenarista, la fe en un nuevo Mesías, salvador espiritual que se ha convertido hoy en líder político o en hé­roe revolucionario. Allí están, pues, los nombres de Emiliano Zapata, Camilo Torres o Pancho Villa, Getulio Vargas, Túpac Amaru, Augusto César Sandino, Ernesto Ché Guevara, Fidel Castro, Eva Perón. Son nuestros héroes mitológicos, portado­res de unas ideologías que se desarrollan porque están santifi­cadas con sangre de mártires.
Es oportuna la ocasión para expresar que ese sentido mu­tualista, cooperativo y de solidaridad debe estar presente en el espíritu y en la práctica que anime a los Consejos Comuna­les como creación de la Revolución Bolivariana en el presente, pues es una herencia socio-espiritual de nuestro pasado que debe servir para construir una sociedad menos egoísta e indi­vidualista, en sentido inverso como la que intentó implantar el neoliberalismo privatizador de la llamada “cuarta república”, al cual los venezolanos dimos un rotundo y contundente no en 3
aquellas jornadas del 27 de febrero de 1989 y que tuvieron al pueblo como protagonista, sucesos sangrientos, pero también heroicos que fueron el detonante para que un grupo de jóve­nes militares se rebelaran contra aquél estado de cosas odioso y antipopular con las rebeliones militares del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992, el inicio de la Revolución Bolivariana, la que luego de nueve años de avances innegables hemos de examinar con los ojos de la autocrítica luego del traspiés del 2 de diciembre de 2007, cuando un proyecto de Reforma Cons­titucional ampliamente favorable a las mayorías, los deshere­dados y preteridos, fue derrotado por escaso margen electoral. Pero debemos tomar en cuenta que una derrota enseña, nos da numerosísimas lecciones para corregir el rumbo, más que mil victorias.
Por último es ineludible destacar que el presidente Hugo Rafael Chávez Frías es un confeso y auténtico católico, que gobierna un país en donde la devoción está más arraigada que la razón, un foso cultural que nos separa a nosotros, las socie­dades tradicionales de América Latina, de las llamadas socieda­des de la “tercera era industrial”, lo que le hace aparecer ante los ojos del pueblo humilde y llano como un líder carismáti­co y profundamente popular. En una sociedad preñada de un mensaje cristiano de salvación y liberación, el presidente de la República Bolivariana de Venezuela es percibido como un en­viado, un salvador que ha de hacer a favor de los desheredados una operación de cambio social como una proeza utópica, que son prueba palmaria de los esquemas espirituales judeo-cristia­nos en la conciencia popular de América Latina.40 SERIE · PODER POPULAR ·
Fuentes consultadas
Archivo de la Diócesis de Carora:
Libros de las Cofradías del Santísimo Sacramento, siglos XVII, XVIII, XIX y XX.
Libros de la Cofradía de San George y Jesús en La Columna. Siglos XVIII y XIX.
Libros de la Cofradías de la Animas Benditas. Siglo XIX.
Libros de la Cofradía Nuestra Señora del Rosario. Siglos XVIII y XIX.
Libros de la Cofradía de San José. Siglo XX.
Libros de la Cofradía de Santa Lucía. Siglos XVIII, XIX y XX.
Libros de la Cofradía de Nuestra Señora del Carmen. Siglos XIX y XX.
Libros de la Cofradía del Corazón de Jesús. Siglos XIX y XX.
Libros de la Cofradía del Perpetuo Socorrro. Siglo XX.
Libros de la Cofradía Santa Vera Cruz. Siglos XIX y XX.
Libros de Gobierno Eclesiástico. Siglos XVIII, XIX y XX.
Fuentes orales
Entrevista con el Pbro. Abogado Alberto Álvarez Gutiérrez. Carora, Casa cural de la Catedral de San Juan Bautista. Noviembre de 2007.
Entrevista con el abogado Gerardo Pérez González. Diciembre de 2007.
Fuentes bibliográficas
Pérez González, Gerardo. Historia del Hospital San Antonio de Carora, 1902-1950. (2007). Trabajo introductorio. Maestría en Historia, Convenio Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado- Universidad Pe­dagógica Experimental Libertador- Instituto Pedagógico Barquisimeto Luis Beltrán Prieto Figueroa- Fundación Buría, Pp. 45. (mimeo), y del cual me precio ser su tutor.
Bloch, Marc. Apología de la historia o el oficio del historiador. 1986. Fondo Edi­41
torial Lola de Fuenmayor- Fondo Editorial Buría. Caracas- Barquisi­meto. Pp. 232.
Cortés Riera, Luis Eduardo. Llave del Reino de los Cielos. Iglesia Católica, cofradías y mentalidad religiosa en Carora, siglos XVI al XIX. Tesis para optar al Grado de Doctor en Historia. Universidad Santa María. Caracas. 2003. Pp. 300. (mimeo)
González Oropeza, Hermann. Iglesia y Estado en Venezuela. 1997. Publica­ciones de la Universidad Católica Andrés Bello. Caracas, Venezuela. Pp. 518.
Lafaye, Jacques. Mesías, cruzadas, utopías. El judeo-cristianismo en las socieda­des ibéricas.(1984). Fondo de Cultura Económica. México. Pp. 210.
Mosquera D. Luis A. Carora: juicio de un proceso histórico como forma del quehacer teológico. 1988. Pp. 259. (mimeo)
Vovelle, Michel. Ideología y mentalidades. 1985. Editorial Ariel. S.A. Barcelona, España. Pp. 326.
Un oasisde progreso social
en la Carora de 1900:
losPbros. Lisímaco Gutiérrez y CarlosZubillaga
Lic. María Inés Firmenich Martínez
Pbro. Dr. Carlos
Zubillaga Perera
(1880-1911).
Pintura del artista
plástico caroreño Julio T. Arce, obsequiada por él a Cecilio “Chío” Zubillaga.
Pbro. Lisímaco A.
Gutiérrez Meléndez
(1860-1919).45
Carora como ciudad cabecera del Distrito Pedro León To­rres, constituía ya una realidad social muy peculiar para prin­cipios del siglo pasado. El escritor torrense Alí Lameda1, ha sintetizado de Carora que “si Venezuela, con respecto al resto del mundo, vivía con medio siglo de atraso, Carora vivía por lo menos con un siglo respecto a Venezuela”. Este es sin duda, uno de los rasgos de su peculiaridad: su atraso, sobre todo social. Pero –afortunadamente– no es el único, ya que asimismo ha sido cuna de reconocidas personalidades que han puesto su vida en pos del progreso, tanto humano como social y político. Y muy probablemente sea debido a su pecu­liar constitución socio-histórica, que coexistan estos contra­dictorios rasgos característicos.
La sociedad caroreña de 1900 está ya conformada por una elite claramente definida y constituida por las no más de diez familias ricas y dominantes2, por un lado; y por el otro, por los que simplemente eran llamados “los pobres”. Estos últimos, no eran otros sino los que componían el campesinado y el ar­tesanado, la mano de obra mal remunerada, explotada por los latifundistas pertenecientes a aquélla elite que mencionamos.
1 Lameda, Alí. El Humanismo Proletario de Chío Zubillaga. Fondo Editorial de la Alcaldía del Municipio Torres. Biblioteca de Autores y Temas Torrenses. Nº3. Carora, 2002. pg. 36.
2 Antonio García Ponce dice al respecto: “Unos cuantos apellidos –Riera, Herrera, Oropeza, Alvarez, Gutiérrez, Perera, Zubillaga– los vemos repetidos incisamente en todos los puestos de comando de la vida política, económica y social de Carora.” García Ponce, Antonio. Crisis, Oligarquía y Latifundio. Carora (1929-1935).Fondo Editorial Buría. Barquisi­meto, 1986. pg. 16.46 SERIE · PODER POPULAR ·
Las familias adineradas que conformaban esa elite social ca­roreña, eran en algunos casos terratenientes, latifundistas, y en otros, comerciantes. Al ser ellos la clase social dominante, son también los que dan a Carora sus médicos, farmacéuticos, abo­gados, curas, políticos, poetas y pensadores. Esta es otra de las razones de su peculiaridad como sociedad.
Pero la Carora de aquél entonces, además de estar confor­mada por esos dos contrastantes sectores sociales, tan diversos y distantes económica y culturalmente, estaba ya atravesada por otros dos rasgos característicos, que podría decirse, actua­ban –tal vez paradójicament– como hilos conectores entre las dos clases sociales, sellando así la peculiaridad social caroreña. Nos referimos a su religiosidad y su patriotismo o sentimiento republicano. En efecto, esta tierra ya había dado a uno de los patriotas héroes de la Independencia nacional, el General de División Pedro León Torres, a quien el propio Libertador Si­món Bolívar solicitara sus esfuerzos y le obsequiara su espada. Y esta misma tierra era, a su vez, de una religiosidad Católica Apostólica y Romana que en sus clases dominantes se con­vertía en instrumento ideológico conservador y reaccionario a todo progreso.
Pero evidentemente, “los pobres”, no por ser los excluídos u olvidados de aquélla sociedad, dejaban de tener sentido de la religiosidad y del patriotismo. Y tal vez sea por ello, que sur­gieran en estas tierras áridas, secas y atrasadas, dos curas, que a pesar de provenir lógicamente de familias de la elite social ca­roreña, se dieran a la tarea de dignificar y ayudar a esos pobres, sus compatriotas torrenses campesinos y obreros.
Estos sacerdotes caroreños de comienzos del siglo XX, el Pbro. Lisímaco A. Gutiérrez Meléndez y el Pbro. Dr. Carlos Zubillaga Perera, impregnados además por la renovación y ac­tualización que significó para la Iglesia Católica la Encíclica del Papa León XIII, Rerum Novarum, de 1891, realizaron obras 4
de caridad y sociales que no sólo sobresalían en el aquél con­texto, sino que incluso al día de hoy perdura alguna de ellas, más de cien años después.
La Encíclica Rerum Novarum había venido a dar respuesta a lo que se erigía en aquél momento como la primera cuestión social, luego del advenimiento de la industrialización: las con­diciones del trabajo de los obreros. Propugnaba, aunque a nivel teórico, una reacción de la Iglesia Católica respecto a los tiem­pos cambiantes, como propulsora de la caridad, remedio por excelencia a los males socio-económicos, según su visión de la época. Era en definitiva, una respuesta a las consecuencias sociales del inicio del capitalismo industrial, en contraposición a la respuesta que había dado el marxismo.
El padre Lisímaco Gutiérrez, nacido en Curarigua de Leal el 3 de abril de 1860, en el seno de una familia de vieja data, de las denominadas godas, mantuanas o patricias, es ordenado sacerdote en 1884. Hijo de Juan Agustín Gutiérrez y Rufa Me­léndez, nace además en una Venezuela enardecida por la Gue­rra Federal, donde la reciente e inesperada muerte de Ezequiel Zamora y la derrota del Ejercito Federal en la Batalla de Coplé, habían desmoralizado a las huestes que luchaban contra el la­tifundio levantando consignas liberales. A pesar de pertenecer a las familias tradicionales (poseyentes) caroreñas, se vio obligado a abandonar, durante cierto tiempo, su formación religiosa debido a la enfermedad de su padre, a raíz de la cual tuvo que atenderle un pequeño establecimiento comercial en la población de Aregue3. Durante su apostolado, surge la mencionada Encíclica Rerum No­varum (aunque es probable que haya estado más influenciado por el Vaticano I durante su formación en el seminario).
Tal vez haya sido todo este contexto histórico, político, so­cial y eclesiástico, el que influyera en su dedicación sacerdotal,
3 Datos aportados por el abogado Gerardo Pérez González en material mimeografiado.48 SERIE · PODER POPULAR ·
cada vez más entregada, hacia los pobres y desasistidos. Es así que, siendo nombrado sucesivamente, de 1885 a 1898 cura de Arenales y Auxiliar de Atarigua, cura de Curarigua para 1886, de la Parroquia y de Partido de Carora en 1898 y hasta 1893, a partir de este año cura Auxiliar de Burere y de la Parroquia de La Pastora de Carora (conservando la Capellanía del Hospital San Antonio y de la Capilla El Calvario) y finalmente, en 1911, cura Interino de Aregue y Auxiliar de la Capilla El Calvario4, desarrolla el padre Gutiérrez una vasta obra eclesiástica y social en beneficio de los pobres.
Ya desde su curato en Arenales y Atarigua, trabaja en el me­joramiento y arreglo de los templos. Avanza la construcción del Templo Nuevo de Curarigua, dejando además, al momento de ser sustituido allí, una cantidad de dinero recolectado por su iniciativa para la finalización del mismo. Siempre publicando su obra y prédica en favor de la fe cristiana cuya Iglesia –decía– se fundó “(…) no en la soberbia del magnate sino en la pobreza y humildad de doce hombres (…)”5; y repitiendo hasta el can­sancio dos frases de Jesucristo alusivas a la humildad: “apren­ded de mí, que soy manso y humilde de corazón” y “el que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”.6
Publicaba sus escritos no sólo para sus feligreses (a través de hojas sueltas que repartía en sus parroquias), sino también para todo el público lector de diversos periódicos, tanto de Carora como de Barquisimeto.
Es así que, en 1901 funda la Revista El Amigo de los pobres, bajo aprobación eclesiástica y “Bajo el amparo de San Antonio
4 Idem
5 Gutiérrez Meléndez, Lisímaco A. Mis pobres y humildes escritos. Tomo I. Fondo Edi­torial de la Alcaldía del Municipio Torres. Biblioteca de Autores y Temas Torrenses. Nº 5. Carora, 2002. pgs. 105 y 106.
6 Ibidem. Tomos I y II.4
de Padua”, y posteriormente, en 1913, El Paduano –siempre con fines religiosos.7
Devoto de San Antonio de Padua, que él llamaba “(…) el Santo de los milagros, el Santo del pueblo, el Santo de los po­bres (…)”8, fundó asimismo el Hospicio de San Antonio de Padua para socorrer personalmente a los heridos y moribun­dos de la Batalla de El Cascajo en octubre de 1901; que más tarde se constituiría en un hospicio para enfermos y desahu­ciados dirigido por él, el 19 de agosto de 1902. Para llevar a cabo esta obra, contó con la ayuda de caritativas jovenci­tas caroreñas –las llamadas Hermanitas de los Pobres– que conformaron luego la Congregación Hijas de San Antonio de Padua, también fundada por él el 16 de julio de 1906.9 Toda esta labor social a favor de los pobres, que realizaba desde su sacerdocio, no hubiera sido posible sin el socorro económico del Sr. Don Ángel Montañés, fundador de la Sociedad Amigos de lo Pobres para este fin, el Sr. Don Jacobo J. Curiel, cuya far­macia suministraba los remedios necesarios10, y la concurrencia facultada y desinteresada de los médicos Dres. Ignacio Zubilla­ga, L. Antonio Zubillaga y Julio A. Álvarez.11 Y no sería justo dejar de mencionar a la Sra. Amalia Luna, mujer caroreña que brindó su casa para atender a los heridos de El Cascajo, donde efectivamente funcionó muy modestamente lo que después se constituyera en el Hospicio de San Antonio de Padua.12 Pero quien realmente representó su apoyo en un comienzo, y de in­
7 Silva Montañés, Ismael. Biografías. Imprentas y periódicos caroreños. Fondo Editorial de la Alcaldía del Municipio Torres. Biblioteca de Autores y Temas Torrenses. Nº1. Carora, 2001. pgs. 72 y 81.
8 Gutiérrez Meléndez, Lisímaco A. op.cit. Tomo II. pg. 9.
9 Ibidem. pg. 20.
10 Ibidem. pgs. 43-45.
11 Ibidem. Tomo I. pg. 158.
12 Silva Montañés, Ismael .op.cit. pgs. 31-33 y 39-40.50 SERIE · PODER POPULAR ·
mediato, motor y propulsor de esta obra social tan progresista en esa realidad, fue indudablemente el Pbro. Zubillaga.
El móvil fundamental del padre Lisímaco Gutiérrez fue su concepción de que la caridad era lo que más necesitaban aqué­llos tiempos, y que era pilar de la fe cristiana. Allí quedaron sus escritos para atestiguar este hecho. Lo encontramos, ya avanza­da la primera década del novecientos y también su ministerio, sentenciando:
“Por nuestra falta de caridad cristiana, es que encontramos continua­mente a nuestro paso, pobres con semblantes demacrados por el ham­bre; pobres llenos de andrajos, casi desnudos; ese triste espectáculo nos está acusando continuamente de nuestra falta de caridad, ante el mundo, ante nuestra propia conciencia y sobre todo, ante Dios Nues­tro Señor, que irremediablemente será nuestro Juez: ‘Juez de vivos y de muertos’.”13
Los escritos que dejara, permiten ver que su entrega iba cre­ciendo al compás de sus años de sacerdocio. Y ya para 1903 de­cide separarse del curato de Carora, presentando excusas ade­más ante el Sr. Vicario Capitular, por rechazar el ofrecimiento de Curato y Vicaría en otros lugares “(…) por consagrarme aquí a la causa de los más pobres.”14, la misma razón por la que deja su cargo en Carora.15 Se conoce también que desarrolló una obra socio-cultural alrededor de la Capilla El Calvario.
El Pbro. Lisímaco Gutiérrez muere el 20 de octubre de 1919, cuando se desempeñaba como cura de Aregue, y sus res­tos descansan en la Capilla San José de Aregue, última obra material que hizo. El actual Hospital de San Antonio de Padua, es una de las obras que Carora le debe a la iniciativa de progre­so social de este cura.
13 Gutiérrez Meléndez, Lisímaco A. op.cit. Tomo II. pg. 33.
14 Ibidem. T. I. pg. 164.
15 Ibidem. pgs. 163-164.51
Podría decirse que el origen campesino y las limitantes eco­nómicas de su familia –a pesar de pertenecer al linaje carore­ño–, forjaron en el padre Lisímaco este sentimiento caritativo que luego, en el decursar de su sacerdocio, se vio alentado por la apertura eclesiástica que significó la Encíclica Rerum Nova­rum, convirtiéndolo ya en una sólida convicción.
A esa convicción cristiana, vino a sumarse en su camino, el Pbro. Dr. Carlos Zubillaga Perera. Este sacerdote ha sido y es una figura muy especial para los caroreños. Hijo de Teodoro Zubillaga y Rosa Perera de Zubillaga, nace el 21 de febrero de 1880 en la ciudad de Carora. Llevando uno de los apellidos más influyentes de esta ciudad cuasi-feudal de fines del siglo XIX y comienzos del XX, tuvo una vida muy corta y fecunda, que terminó trágicamente. Las paradojas de la estructura social caroreña, quisieron que de sus filas más elitistas, las poderosas familias godas, surgiera uno de los caroreños más progresistas de la época y menos recordado por sus coterráneos; provocan­do además, su abrupta muerte.
Carlos Zubillaga Perera fue un hombre de tal influencia e ímpetu que -gracias a las posibilidades que le brindara su ori­gen familiar- se graduó de Bachiller en Ciencias Filosóficas a los 18 años de edad (1898) e inmediatamente se trasladó a Ca­racas a comenzar su formación religiosa, ordenándose sacer­dote a la corta edad de 22 años (diciembre de 1922).16 El 5 de julio de 1903 regresa a Carora, siendo un sacerdote muy joven y formado al calor de la Encíclica Rerum Novarum (1891). Había sido influenciado durante el seminario, por Monseñor Uzcá­tegui, Obispo al que le tocó poner en práctica los dictados de dicha encíclica en Venezuela, y con quien Zubillaga mantuvo una estrecha relación.17 Se encuentra al regresar con la obra
16 Silva Montañés, Ismael. .op.cit. pg. 19.
17 Datos proporcionados por el padre Alberto Álvarez en entrevista realizada a él por este equipo de trabajo, el 5 de nov. De 2007 en Carora.52 SERIE · PODER POPULAR ·
iniciada por el padre Gutiérrez, e inmediatamente la secunda y le imprime fuerza y modernismo. Acrecienta así, este incipien­te movimiento de apertura hacia el progreso social, que debía luchar con aquél entorno tan cerrado y atrasado, que era el pro­pio seno de la Iglesia Católica caroreña, poderosa herramienta ideológica de la clase social dominante. Este sea tal vez, el valor primordial de aquélla obra.
Aquél retorno a su tierra del flamante Pbro. Zubillaga en 1903, se vio interrumpido nuevamente, ya que en abril de 1905 regresó a Caracas para doctorarse en Sagrada Teología. Su tesis doctoral “La Iglesia y la civilización” es un claro y apasiona­do reflejo de la efervescencia que ya se sentía de la Encíclica Rerum Novarum, y se la dedicó a Monseñor Uzcátegui. El 30 de julio de ese mismo año torna a Carora a llenar de obras su corto ministerio. Es designado para el curato en la Parroquia de San Dionisio de Areopagita, recientemente creada, cargo que asume desde la Capilla de Barrio Nuevo (La Pastora) de­bido al mal estado del templo de San Dionisio. Se consagra de inmediato entonces a la reconstrucción de este último, dando inicio con sus propias manos a la tarea en septiembre del ’05. Era tal su voluntad y talento, que en octubre de 1906 se inau­guraba el nuevo Templo de San Dionisio de Areopagita y al poco tiempo fundaba además la Sociedad de San Dionisio de Areopagita, dotándola de una biblioteca. Entonces funda tam­bién una escuela gratuita y nocturna para obreros, que con el mismo nombre y maestros que él mismo buscaba, funcionó al lado del Templo de San Dionisio.18
Establece, por primera vez en Carora, la Adoración Perpe­tua. En julio de 1909 coloca la primera piedra para la dotación del edificio al hospicio fundado por el padre Gutiérrez, y el 9
18 Ibidem. pg. 20. También el padre Alberto Álvarez nos habla de la escuela para obre­ros en la entrevista.53
Iglesia San Dionisio de Areopagita, construida sobre el antiguo y derruido templo, por el Pbro. Carlos Zubillaga en 1906.
San Antonio de Padua, santo de los negros y de los pobres. Casa Hogar San José.54 SERIE · PODER POPULAR ·
de julio de 1911, gracias al padre Carlos, queda inaugurado el nuevo edificio del Hospital San Antonio de Padua, aunque sin su presencia.19 En el acto de inauguración, el Pbro. L. Gutiérrez lamenta públicamente la ausencia del padre Zubillaga de Carora y le pide a la Junta Benéfica Patriótica –cuya existencia derivaba de la Sociedad de San Dionisio de Areopagita creada por el pa­dre Carlos– le proporcione al Hospital los retratos del Liberta­dor Simón Bolívar, del Gral. De Div. P. León Torres y del Pbro. Dr. Carlos Zubillaga, a quien él llama el Padre de los Pobres.20
El joven y enérgico padre Carlos había desarrollado además una vasta obra social en La Otra Banda, repoblando y dando nuevos nombres a sus caseríos. Esto lo hizo sobre todo en 1907, de aquí que el pasado año 2007 se celebraran los cien años de esos nuevos nombres de los caseríos puestos por el pa­dre Zubillaga.21 También había estado a cargo por algún tiem­po, de la administración del periódico fundado por el Pbro. Gutiérrez, El Amigo de los Pobres.22
Es de suponer que esta profusa labor social que impulsara y ejecutara con sus propias manos, y en tan poco tiempo, el impetuoso padre Zubillaga, haya también sido posible por el apoyo económico que le diera su familia.23
He aquí la paradoja: la ausencia del padre Zubillaga de Ca­rora se debía a un pleito de aparente índole personal entre él y el párroco de San Juan Bautista, que no era otra cosa, sino una ruinosa y frívola riña entre sus respectivas familias. Ambas familias tradicionales caroreñas se disputaron frívolamente el “status social” que daba tener a un familiar en el curato de San
19 Gutiérrez Meléndez, Lisímaco A. op.cit. Tomo II. pgs. 7-15.
20 Idem.
21 El padre Alberto Álvarez nos lo cuenta en la entrevista realizada por este equipo de trabajo al padre, el 5 de nov. de 2007, en la Iglesia San Juan Bautista de Carora.
22 Gutiérrez Meléndez, Lisímaco A. op.cit. Tomo II. Pg. 19.
23 Entrevista al padre Alberto Álvarez. Carora, 5-11-2007.55
Juan Bautista que, como catedral de Carora, lo situaba como Vi­cario, es decir, representante del Obispo en la ciudad. La disputa llegó a tal extremo que sin tener los curas un ápice de conflicto entre sí, el asunto llegó a Barquisimeto. El resultado fue que el padre Agustín Álvarez fue designado al curato de Concepción en Barquisimeto y el padre Zubillaga al de Duaca.
El problema se origina porque al crearse la Parroquia de San Dionisio y encargársele al padre Carlos, dejando al padre A. Ál­varez en San Juan, la vicaría sin embrago la mantiene el padre Zubillaga. Los dos curas sin embargo, se entendían muy bien e incluso habían compartido la homilía en San Juan, al celebrarse las bodas de plata del padre Gutiérrez.24 A pesar de ello, se ha querido suponer posteriormente que esta disputa fue de tinte político, adjudicando al padre Zubillaga concepciones liberales y al padre Álvarez criterios conservadores. No obstante, no ha quedado ninguna constancia de que esto haya sido así.25
La salida del Pbro. Dr. Carlos Zubillaga de Carora en 1911, fue traumática tanto para él, como para el Pbro.Lisímaco Gutié­rrez y para toda la obra social emprendida por ellos. El padre Zubillaga muere a los pocos meses de llegar a Duaca, el 29 de diciembre de 1911, quitándose la vida. El padre Gutiérrez se queda solo y enfermo, sin poder ya dar empuje a aquélla obra de progreso social que queda, así, paralizada. Dice al anoticiar­se de la muerte del padre Zubillaga:
“Con la ausencia del Pbro. Dr. Zubillaga, de esta ciudad, habían sufrido paralización algunas obras importantísimas de progreso que él fundó y que alimentaba con su savia benéfica; ahora con su lamentable muerte, sufrirán sin duda, notable detrimento…”26
24 Entrevista citada al padre Alberto Álvarez. Cfr. También: Silva Montañés, Ismael. op.cit. pg. 19-21.
25 Entrevista citada al padre Alberto Álvarez.
26 Gutiérrez Meléndez, Lisímaco A. op.cit. Tomo II. pgs. 17-18. 56 SERIE · PODER POPULAR ·
A pesar de ello, la corta pero intensa labor social que estos dos curas realizaron, en aquél medio tan conservador y agrava­do por provenir ellos mismos de las pocas familias que soste­nían férreamente ese orden social, representó para el Distrito Torres de 1900 un verdadero oasis de progreso social. Significó un empuje hacia la apertura social caroreña. No es casualidad pues, que el hermano menor del Pbro. Carlos Zubillaga, para quien fue referente por la ausencia del padre, haya sido el céle­bre Chío Zubillaga.
Si bien el móvil fundamental de estos sacerdotes era el de la caridad y el amor por sus coterráneos más desfavorecidos, y no el de una subversión radical del orden social mediante la lucha de clases, su obra destacó por progresista. Es cierto que se en­marcaba en la línea de una Iglesia Católica recientemente pre­ocupada por la problemática social a partir de la Encícl. Rerum Novarum, que generó obras de beneficencia y asistencia a po­bres, enfermos y ancianos. Pero hay que decir que el hecho de producirse estas obras en un contexto político, económico y social como el caroreño de principios de siglo XX, en una ciu­dad del interior de un país latinoamericano atrasado, y a sólo diez años de la primera reacción de la Iglesia Católica como institución frente a los problemas sociales, resulta a nuestros ojos un hecho de avanzada. La escuela gratuita y nocturna para obreros que fundara el padre Zubillaga es hasta vanguardista para la época. Es por eso que el poeta Luis Beltrán Guerrero ha dicho que en estos dos curas se encuentra un antecedente de lo que luego fuera la Teología de la Liberación en América Latina. Aunque no podamos reproducir con rigor histórico-político las palabras del poeta, por los contenidos reales de uno y otro movimiento eclesiástico y por no caer en anacronismos históricos, vale rescatar y señalar el importantísimo germen de progresismo social que dejaron en su tierra.
Carora, febrero de 2008.5
Bibliografía:
Lameda, Alí. El Humanismo Proletario de Chío Zubillaga. Fondo Editorial de la Alcaldía del Municipio Torres. Biblioteca de Autores y Temas To­rrenses. Nº 3. Carora, 2002.
García Ponce, Antonio. Crisis, Oligarquía y Latifundio. Carora (1929-1935). Fondo Editorial Buría. Barquisimeto, 1986.
Gutiérrez Meléndez, Lisímaco A. Mis pobres y humildes escritos. Tomos I y II. Fondo Editorial de la Alcaldía del Municipio Torres. Biblioteca de Autores y Temas Torrenses. Nº 5 y Nº 6. Carora, 2002.
Silva Montañés, Ismael. Biografías. Imprentas y periódicos caroreños. Fondo Edi­torial de la Alcaldía del Municipio Torres. Biblioteca de Autores y Te­mas Torrenses. Nº1. Carora, 2001.
Pérez, Gerardo. Pbro. Lisímaco Gutiérrez: Vida al servicio de los pobres y desasistidos. Material mimeografiado. Septiembre, 2007.
Fuentes Testimoniales:
Pbro. Alberto Álvarez. Carora, 5-11-2007.
Pbro. Oscar Freitez. Barquisimeto, 14-12- 2007.
Fuentes de Internet:
Papa León XIII. Encíclica Rerum Novarum. Roma, 15 de mayo de 1891. En: http://www.vatican.va58 SERIE · PODER POPULAR ·
Hospital San Antonio de Padua, fundado por el Pbro. Lisímaco Gutiérrez en 1902 y dotado del actual edificio (inaugurado en 1911) por el Pbro. Carlos Zubillaga.
Asilo de ancianos Casa Hogar San José (a partir de 1951), parte del Hospital San Antonio fundado por el Pbro. Lisímaco Gutiérrez. Está a cargo de las Hermanitas de los Pobres de Maiquetía. 5
Estatua levantada por intención popular al Pbro. Carlos Zubillaga, en la Plaza Ildefonso Riera Aguinagalde ubi­cada frente al Hospital San Antonio de Padua.
Comunitarismo y RedesSocialesen Carora
a travésde losclubessociales:
Club Torresy Centro Lara
Lic. Isabel María Hernández Lameda
1. Sede actual del Club Torres, ubicada
en la calle San Juan entre Lara y Carabobo. Carora.
Fotografía: Francisco (Larry) Camacho.
Comentario: Esta es la sede actual del Club Torres;
es la cuarta. Es conocida como la casa de los Herrera.
2 y 3.
Club Torres. Carora
Fotografía: Francisco (Larry) Camacho.
Comentario:
Información que se puede encontrar al entrar al Club Torres.63
“Y pienso que mi ciudad, aunque la abismen
las fuerzas económicas que contra ella conspiran,
sobrevivirá, manteniendo el prestigio moral
en que se troquelaron en la historia los aspectos de su destino.”
Cecilio “Chío” Zubillaga.
Antonio García Ponce en su texto Crisis, Oligarquía y Lati­fundio. Carora (1929-1935), afirma que la estructura económi­co-social caroreña la dominan siete familias, éstas son: Riera, Herrera, Oropeza, Álvarez, Gutiérrez, Perera y Zubillaga. Cito textualmente:
Unos cuantos apellidos –Riera, Herrera, Oropeza, Álvarez, Gutiérrez, Perera y Zubillaga– los vemos repetidos incesantemente en todos los puestos de comando de la vida política, económica y social de Caro­ra. El fenómeno adquiere mayor relieve cuando se descubre que estas familias tienen entre todas ellas estrechos vínculos de consanguinidad. A tal punto es intrincado el entrecruzamiento matrimonial entre la alta clase social caroreña que los hijos de tantos matrimonios entre primos, tíos y sobrinos, hermanos de una familia, viudos que se casan con la hermana sobreviviente, llegaron con el transcurso de los años a adqui­rir unos rasgos fisionómicos muy característicos por su impresionante parecido. Son los famosos cara colorá de Carora.1
Ciertamente estos apellidos se ven repetidos en los diversos puestos de poder, tanto económicos, como políticos, sociales, culturales, intelectuales y religiosos de Carora. Por esto, es de esperarse que para lograr tal hegemonía2, tal protagonismo en
1 GARCIA PONCE, Antonio. Crisis, Oligarquía y Latifundio. Carora (1929-1935). Año: 1986. Pág. 16
2 En el sentido que Antonio Gramsci le da al término, como el dominio estructural en una sociedad históricamente determinada de la clase dominante.64 SERIE · PODER POPULAR ·
Club Torres. Carora.
Fotografía: Francisco (Larry) Camacho.
Comentario: Recuerdo que guardan de Don Chío Zubillaga cuando fue presidente del Club Torres en 1913.65
dicha ciudad, surgiese desde sus entrañas un centro social que le permitiese asegurarse la socialización a estas familias caroreñas que conforman la elite tradicional de la ciudad. Hablamos del “Club Torres” institución que nace para garantizar la sociabili­dad exclusiva de la oligarquía agraria de Carora, y por ello, se ha constituido como un patrimonio histórico de la ciudad porque sencillamente en sus salones se han desarrollado los negocios, los matrimonios, los enlaces, las amistades y los compadrazgos que han garantizado que los dueños de la historia –mostrada o conocida– de Carora y de esta importante región del Estado Lara sean los mismos, la elite de siempre, los conocidos como los “godos” caroreños.
El “Club Torres” fue fundado el 31 de julio de 1898 por un grupo de hombres que –según Felipe Alcalde Perera- eran pro­tagonistas del quehacer diario caroreño. Estos eran: El Dr. José María Riera, Dr. José Luís Andrade, Dr. Julio Segundo Álvarez, Dr. Fernando Yépez Peraza y Dr. Lucio Antonio Zubillaga (to­dos médicos); Ramón Pompilio Oropeza3 (abogado); (3 farma­ceutas) Jacobo José Curiel Bravo (padre), Br. Rafael Lozada y Ramón José Riera; (3 ganaderos) Pablo Riera, F Franco Urrieta y Andrés Riera Álvarez; y (6 comerciantes) Francisco Manuel Álvarez, Juan José Montesdeoca, Nicanor Oropeza, Gilberto Zubillaga, Ernesto Álvarez y Julio Mármol Herrera4, (periodis­ta). No todos de igual condición social y mucho menos econó­mica, según señala Felipe Alcalde Perera, en su obra titulada: Club Torres, 100 años. (Carora) 1898-1998.
Asimismo, el Sr. Luís Montesdeoca Riera, Presidente del Club Torres en el año 1946 y hoy diácono de la Iglesia San Juan Bautista (Catedral de Carora), señala:
3 Fundador del Colegio La Esperanza, 1890.
4 Miembro de la comunidad judío-sefardita.66 SERIE · PODER POPULAR ·
“El “Club Torres” fue fundado por el Sr. José María Riera, quien era Médico y se había especializado en Cirugía en París. Al llegar aquí comprendió que las sociedades necesitaban tener una agrupación para unirse, para departir, para reflexionar y decidir sobre una serie de cues­tiones de la sociedad. Con esto, la necesidad de crear un centro social de recreación, pero al mismo tiempo de promoción de la sociedad y de resolver los problemas; de hablar sobre las circunstancias de cada momento para ayudar a resolverlas.”5
En este contexto, dentro del Club Torres nace y madura durante algunos años una organización llamada “Caridad a Domicilio”, que se encargaba de ayudar a las familias más des­asistidas de la ciudad y los fondos nacían del centro social. Pero este mismo se deslindó de la organización –apunta Montes­deoca– al entregarle los fondos de la “Caridad a Domicilio” a la iglesia católica.
Por esto, la intención al fundar el “Club Torres” fue para que exclusivamente los caballeros6 más destacados de la época en Carora tuviesen un espacio para hacer sentir su voz y contri­buir a solucionar los problemas que acongojaban a la sociedad caroreña. Así, había una necesidad de tener un espacio, –muy al estilo de los clubes o centros sociales franceses o ingleses exclusivo para caballeros–, para la recreación y para la amena tertulia, y que a su vez, sirviera para darle fuerza al pueblo y para ser un brazo activo en su progreso, “nunca pensar en cerrazones, ni exclusivismos, respondieron a lo que el pueblo en la época necesitaba.”7 Por lo menos, esta era la intención de sus fundadores.
Asegura Alcalde Perera, que al contrario de los otros centros sociales urbanos, el “Club Torres” no se crea para el despilfa­
5 Montesdeoca Riera, Luís: “El Diácono”. Entrevista realizada por: Isabel Hernández. Carora, 05/09/06.
6 Las mujeres miembros de esa elite tradicional pueden entrar al centro social a partir de los años cuarenta
7 Alcalde Perera. Felipe. Club Torres (Carora). 100 años (1898-1998). Pág. 3.6
rro y la ostentación, sino que tuvo desde su génesis como fin una función más trascendente. Alcalde Perera, –parafraseando al Dr. Pastor Oropeza– advierte:
“El “Club Torres” es la bolsa donde se realiza el comercio, es el sitio en el que se planificó la riqueza pecuaria de Carora, es el centro dis­puesto siempre a recoger todo lo que atañe a la cultura, el libro nuevo, el periódico que llega de otras latitudes, la conferencia que adoctrina, la conversación que lima asperezas y hasta la acción social benemérita de ayuda a la familia indigente.”8
Es decir, el “Club Torres” es desde donde la elite en Carora se aseguró la hegemonía económica y social y desde donde ésta divulgó su ideología y su axiología, convirtiéndose en un elemento central para la construcción de la historia de Carora, de la historia conocida, de la historia de los poderosos, de la historia de la elite.
Los orígenes de la elite tradicional caroreña, el punto de inicio de su árbol genealógico en estas tierras, hunde sus raí­ces en la Colonia; ella es la expresión de los blancos criollos, por esto, es una “oligarquía republicana”, como señala el Dr. Luís Cortes Riera; cuyo origen es colonial pero que difunde los valores republicanos, mantuanos. Por lo cual, el nombre del centro social, le hace honor al General Pedro León Torres, or­gullosamente caroreño y héroe de la lucha por la independen­cia –por la independencia de España–. Así, se adaptan los fines del centro social al contexto de la época y a los intereses de la oligarquía mantuana. A finales de siglo con Cipriano Castro, la necesidad era la de forjar una patria, desde un Estado y desde la conciencia de un pueblo, y qué mejor que desde los ideales de la independencia. De aquí, que al revisar la obra de Felipe Alcalde Perera se consigue ese espíritu patriótico fundamenta­
8 Ibíd. Pág. 468 SERIE · PODER POPULAR ·
do en los ideales de la lucha independentista, pronunciándose bajo comunicados y acuerdos ante cualquier acontecer que su­cediera en la nación y que atentara contra la estabilidad de ésta. Por esto, se puede conseguir un comunicado de la directiva del “Club Torres” ante el bloqueo de nuestras costas por los ingle­ses y holandeses durante el gobierno de Cipriano Castro.
El universal pensador caroreño Cecilio “Chío” Zubillaga fue presidente del Club en el año de 1913, estimulado por forjar desde allí un epicentro para la difusión de la cultura entre los caroreños, y se retiró del mismo cuando frustrado en su anhe­lo, observó que en el Club Torres el espíritu de sus fundadores desaparecía y se frivolizaba cada vez más, convirtiéndose en un centro social para el juego y el consumo de bebidas alcohólicas. La renuncia de Chío al Club Torres, Juan Páez Ávila la describe así: “El Club se convirtió en una institución exclusiva de los godos y Chío lo denominó el Club Boves. Para ese momento, 1917, su rompimiento era definitivo con el sector conservador de Carora”9.
La sociedad fue avanzando en el siglo XX, el control del mercado fue pasando a otras manos y el gobierno de Venezue­la también. Por esto, los intereses fueron cambiando y al mis­mo tiempo cambia también el perfil y los intereses del Club; espejo esto de la sociedad y su demanda.
El Club se hacía más exclusivo y reservado para la elite tradi­cional de Carora, sus miembros eran los protagonistas –como ya se apuntó anteriormente– de otros espacios de poder de la región, tanto económicos, políticos, religiosos e ideológicos, con­virtiéndose en un centro para la satisfacción de las demandas de sus exclusivos miembros y no para el común caroreño a quien el Club Torres se le constituía como algo absolutamente ajeno.
9 Páez Ávila, Juan: Chío Zubillaga, caroreño universal. Pág.426
Muestra de la metamorfosis del Club según las demandas de la sociedad y de la frivolización de ésta, se puede observar en el libro de actas que comprende el período de 1951-1958, el trámite y el interés del Club y de la directiva de la época de adquirir unos terrenos para la construcción de unas canchas de tenis y hacer del Club un club al estilo “country”; como expre­sión del imaginario que comenzaba a difundirse por el imperio que ya empezaba a dominar el mercado, es decir, el imaginario norteamericano.
Pero como en Carora no sólo hay siete familias, las ya men­cionadas, las que conforman la elite tradicional; las familias: Riera, Herrera, Oropeza, Álvarez, Gutiérrez, Perera y Zubilla­ga y Carora no sólo la conforman los llamados “godos”, o sea, la oligarquía agraria caroreña, sino que también la conforman en su esencia lo que Cecilio Zubillaga Perera llamó “el común caroreño”, ese proletario, ese pueblo humilde que dejaba su vida y sus sueños trabajando la tierra de la región, es decir, las tierras de la elite caroreña; y que a su vez, puebla las grandes y populares barriadas de Carora, tales como: Barrio Nuevo, El Torrellas, El Yabal entre otras, y que forjaron desde su genia­lidad, alegría y talento nato la “cultura popular caroreña”. Por lo cual, estos caroreños también requerían de un centro social para recrearse, debatir y difundir la cultura popular de Carora.
Entonces, de la mano de Cecilio “Chío” Zubillaga y otros intelectuales de avanzada de la época (Víctor Julio Ávila e Isaías Ávila); de la mano del proletario, de los artesanos y de los co­merciantes –sin linaje- de Carora, se funda el 30 de octubre de 1938 el “Centro Lara”, un centro social cuya esencia, desde su fundación es policlasista, y que aprovechando los aires nuevos, de “libertad” y “democracia” que inundó a Venezuela luego de la muerte de Juan Vicente Gómez, el “Centro Lara” se con­vierte en el epicentro, en el lugar de debate y de discusión de la izquierda en Carora, debido que el Club Torres y sus espacios 0 SERIE · PODER POPULAR ·
estaban delimitados, tal como señala el Sr. Fernando Briceño: “para la difusión de las ideas republicanas, conservadoras, pa­triarcales y machistas; expresión de la godarria caroreña”.10
Así, los espacios de este centro social sirvieron para la fun­dación de diarios de combate ideológico y político, específica­mente Cantaclaro.
También, el “Centro Lara” sirvió de desarrollo de las llama­das Tenidas11 Culturales, en la que artistas de las barriadas –o de cualquier otro sector de Carora y de Venezuela– encontra­ban el escenario para mostrar su arte, presentándose en varios de estos encuentros culturales los hoy universales guitarristas: Rodrigo Riera y Alirio Díaz. De aquí, que el primer concierto que ofrece Alirio Díaz en Carora luego que regresa de su pri­mer viaje a Europa fue en el “Centro Lara” en el año 1954.
Al respecto, Hermes Chávez afirma: “El Centro Lara lo fun­da Chío para difundir la cultura popular caroreña, en contrapo­sición al Club Torres que se funda para difundir la cultura y los valores mantuanos.”12 También, por lo que se fue convirtiendo el Club Torres –según Chío–, era necesario fundar un centro social con otras características tanto sociales, como axiológicas e ideológicas.
El Centro Lara resultó también ser el centro social de los comerciantes sin “linaje” de Carora, a los que llama Fernando Briceño la “burguesía urbana naciente” y que impulsaron la inauguración de este centro social para su entretenimiento y diversión. El Sr. José Ramón Hernández (1914), popularmente conocido como “Don Cherra” y único sobreviviente de los
10 Briceño, Fernando: “Un joven brillante”. Entrevista realizada por: Isabel Hernán­dez. Carora, 05/09/06.
11 Tenida: palabra de origen masónico, cuyo significado refiere a las reuniones y ta­lleres de las logias de estas asociaciones. Este nombre lo sugiere Cecilio “Chío” Zubillaga, encargado de dirigir estos encuentros culturales.
12 Chávez, Hermes: “La visión del intelectual”. Entrevista realizada por: Isabel Her­nández. Carora, 04/09/06.1
José Ramón Hernández (Don Cherra) en la inauguración del Edificio del Centro Lara, en la Sede actual. (14 de julio de 1951). Carora, 04/09/06.
Comentario: Don Cherra es el único miembro fundador sobreviviente del Centro Lara.
Sede actual del Centro Lara. Carora. 05/09/06.
Fotografía: Isabel Hernández L.
Comentario: Edificio propio del Centro Lara, adquirido bajo la gestión de José Ramón Hernández (Don Cherra), en el año 1951.2 SERIE · PODER POPULAR ·
fundadores del Centro Lara, afirma: “El Centro Lara ha sido y es el centro social del pueblo caroreño, donde se puede en­contrar desde un “godo” a cualquier otro caroreño. Por esto, en la primera junta directiva del centro se pueden encontrar a miembros del Club Torres como: El Dr. Ambrosio Oropeza y Guillermo Perera.”13
Sin duda, resulta interesante la lucha antagónica que hay en­tre estos dos centros sociales de Carora, expresión de la inne­gable lucha de clases que hasta hoy condiciona a la sociedad caroreña y de las particulares redes sociales que alrededor de ambos se forjaron. Ambos son patrimonios históricos de Ca­rora: el Club Torres como el epicentro de la oligarquía agraria caroreña y de la historia conocida o contada de Carora. Y el Centro Lara el lugar de encuentro del común caroreño, de los artesanos, de los intelectuales y de los comerciantes empeña­dos también en construir y contar la otra parte de la historia de Carora.
Por lo cual, al reconocer la historia y los antecedentes comu­nitarios de esta importante región del Estado Lara y de Vene­zuela tomando en cuenta al “Centro Lara” es una excusa para reconstruir esa historia que el antropólogo venezolano Miguel Acosta Saignes denominó “la historia de los de abajo”, y de exaltar esa alma campesina, artesana, solidaria, comunitaria y combativa que subyace estructuralmente a la sociedad caro­reña en general.
Carora, febrero de 2008.
13 Hernández, José Ramón: “La visión del comerciante”. Entrevista realizada por: Isabel Hernández. Carora, 04/09/06.3
Maestro Alirio Díaz con sus padres: Sr. Pompilio Díaz y Sra. Josefa Leal.
Fotógrafo: Ramón Arispe. Centro Lara. 17 de abril de 1954.
Archivo: Fondo fotográfico “Fundación Alirio Díaz”. # 3-3.1-3.
Observación: Este es el primer concierto que realiza el maestro en Carora, luego de su regreso de su primer viaje a Europa.4 SERIE · PODER POPULAR ·
Maestro Alirio Díaz en concierto.
Fotógrafo: Ramón Arispe. Centro Lara. 17 de abril de 1954.
Archivo: Fondo fotográfico “Fundación Alirio Díaz”. # 2-2.8-1.
Observaciones: Entre el público asistente se reconoce, en la primera fila a: Martín Álvarez músico bandolinista (cuñado del Maestro); Pompilio Díaz (padre del Maestro); Josefa Leal (madre del Maes­tro). En la segunda fila, se reconoce a: Don Octaviano Herrera.
Al dorso de hay una dedicatoria del fotógrafo.5
Referencias Bibiliográficas
ZUBILLAGA PERERA, Cecilio. La Voz del Común. Ávila Gráfica. Ca­racas. 1950.
GARCÍA PONCE, Antonio. Crisis, Oligarquía y Latifundio. Carora (1929-1935). Fondo Editorial Buría. Barquisimeto. 1986.
ALCALDE PERERA, Felipe. Club Torres (Carora). 1OO Años (1898-1998).Editorial Carteles. Barquisimeto.1998.
PÁEZ ÁVILA, Juan. Chío Zubillaga Caroreño Universal. Monte Ávila Editores. Caracas. 1982.
Referencias testimoniales
Chávez, Hermes. Carora, 04/09/06.
Hernández, José Ramón. Carora, 04/09/06.
Montesdeoca Riera, Luís. Carora, 05/09/06.
Briceño, Fernando. Carora, 05/09/06.
Referencias documentales
Libro de Actas del Club Torres. Año: 1951-1958.
Libro de Actas del Centro Lara. Años: 1938-1952.
Historia de lascooperativas
en el Municipio Torres
Los grupos de base
Lic. Myriam Giménez de García
Asambleas de Cooperativas. Lunes, 13/07/1981.
Teatro de Calle, en la Urb. Campanero. 1978.
1. Justificación
Desde su nacimiento en la Cooperativa Divina Pastora1, el 25 marzo de 19662, las cooperativas de Torres, estuvieron dirigidas por personas con inquietudes sociales, que ya venían de militar en el Partido Comunista de Venezuela (PCV) y que conocían el pensamiento socialista y la importancia que éste le daba a las cooperativas como el germen de la propiedad social. Es el caso de Pablo Jesús Nieves3. Chus como lo conocíamos todos. Pro­motor fundamental del movimiento en Torres. Transcurrieron tres años donde se gestaron y crearon cinco cooperativas más y es en 1970 cuando se conforma el equipo de educación que aparte de la promoción de las cooperativas, por iniciativa del Comité de Educación de la Divina Pastora, comienza a sacar un panfleto llamado “El Chivato”4, en septiembre de 1971 y a estudiar en un círculo de estudio sobre el cooperativismo y la teoría social de Marx, Engels y Lenin, y a gestar la forma cómo las cooperativas deben ser instrumentos de lucha para la
1 Fundada en Barrio Nuevo, sector tradicional de Carora declarado por la UNESCO, Patrimonio Cultural de la Humanidad por su gran acervo histórico, cultural y arquitectónico.
2 El Pbro. Justiniano Zovich, quien era para la fecha párroco de Barrio Nuevo colabora activamente en la fundación del movimiento cooperativista, impulsado por la experiencia personal de su país natal Yugoslavia.
3 Fue distinguido –entre 56 socios– como el socio número uno, por su labor de edu­cación y orientación dentro del grupo.
4 Primer periódico que tuvo el movimiento cooperativo torrense, el cual centró pautas para ser el periódico oficial del Departamento de Educación en CECOTORRES (Central de Cooperativas de Torres). Y posteriormente, pasó a ser el periódico Cooperativo Nacio­nal de CECONAVE (Central de Cooperativas Nacionales de Venezuela), cuya vida duró 10 años. Comenzó a circular el 10 de julio de 1972.80 SERIE · PODER POPULAR ·
liberación popular y no de manipulación al servicio del capital, como han sido hasta ahora. En esa discusión se determina a la luz del escrito de Lenin “Que hacer” comenzar a crear con los socios de la cooperativa Los Grupos de Base.
2. Los Grupos de Base
La experiencia se comienza a desarrollar en varios de los barrios de Carora, como Barrio Nuevo, La Guzmana, El Ro­ble, La Toñona, Cerro de la Cruz, Calle Lara y El Torrellas, y se evaluaba en una reunión semanal que realizaba el equipo de educación. Jonás Timaure fue uno de los principales or­ganizadores de estos grupos. Natividad Nieves se reunía to­dos los días con un mínimo de treinta personas en la casa del “Semeruco” Sebastián Rodríguez en La Guzmana; entre ellos: Nacho Alzuru, Víctor García, Chico Verde, Julio Gómez, Ro­berto Nieves, Gerardo Lameda, entre otros. Reinaba mucho entusiasmo por el gobierno socialista de Salvador Allende en Chile.
3. Cómo se organizaban
Partiendo de los socios de la cooperativa, se promovía una reunión en casa de unos de ellos con la asistencia de los vecinos, comenzando por impartir los cursos básicos de la cooperativa. Utilizando empíricamente el método de educación de Paulo Freire5 el pedagogo brasileño. Después la gente continuaba
5 Pedagogo brasileño que diseñó la pedagogía de la liberación, muy relacionada con la visión de los países en desarrollo y de las clases oprimidas, con el objetivo de la con­cienciación. Sus mayores contribuciones son en el campo de la educación popular para la alfabetización y la concienciación política de jóvenes y adultos de la clase obrera. Sin embargo, la obra de Paulo Freire va más allá de ese espacio y atañe a toda la educación, siempre con el fundamento básico de que no existe una educación neutra. Según su visión, cualquier educación es, en sí misma, política. Él mismo llamó a su educación para adultos Pedagogía Crítica.81
asistiendo una vez por semana para discutir la problemática del barrio y buscar soluciones. De esta manera se llegaron a orga­nizar unos veinte grupos conformados por diversos números de socios cooperativistas.
4. Temas de discusión
Después de dictado el Curso Básico de Cooperativas don­de se hablaba de la misma como un instrumento de lucha de los pobres, se continuaba con reuniones semanales donde se buscaba un tema generador que surgía de los participantes. Por ejemplo: el problema del agua, o del aumento del costo de la vida, de la educación de la escuela etc., que se publicaba en el periódico “El Chivato”. Todos participaban de manera horizontal. Se convirtieron en espacios para el diálogo y el encuentro de saberes comunitarios. Aquí también tenemos que resaltar los esfuerzos y el trabajo de Candelario Suárez, Omar Lucena, Myriam Jiménez, William Salas, entre otros.
5. Movilizaciones y acciones realizadas
De esas discusiones surgieron movilizaciones masivas del pueblo contra el aumento de la tarifa de la luz y del agua, lideri­zadas por los cooperativistas, logrando detener el aumento. Se creó la Cooperativa de Consumo “La Guzmana”. Se marchó en protesta por la Farmacia Cooperativa por las principales ca­lles de la ciudad. Todos los Aniversarios de la Central de Coo­perativas (CECOTERRES) se desfilaba hasta la Plaza Torres masivamente, con la participación de los socios cooperativistas. Un grupo de socios creó la Línea de Maxitaxis, en 1976, enca­bezados por Che Pinto. Eran cuestiones que se discutían y se llevaban a la práctica. Se discutió la concepción del movimien­to cooperativo y de allí surgió el planeamiento de transformar a las cooperativas ya fundadas en cooperativas mixtas, para dar servicios y comenzar a producir. Así fue como se creó el Taller 82 SERIE · PODER POPULAR ·
Protestas en La Guzmana.83
de Corte y Confección de la Cooperativa Divina Pastora. Se crearon cooperativas en Río Tocuyo, Sicarigua, Los Aranguez, La Pastora con esta concepción. Se estructuró todo un recurso educativo con diapositivas, folletos, teatro de calle, títeres, etc. Bajo el concepto antropológico de la cultura se diseñaron cur­sos de alfabetización, de cooperativismos, de administración, de contabilidad, de dinámicas de grupos y otros de interés para el movimiento cooperativo y comunal que se gestaba.
En esta etapa fueron intensas las discusiones desde las coo­perativas de base y las diferentes instancias de CECOTORRES, especialmente desde los Comités de Educación y el equipo que desde la Central Cooperativa se formó para estas tareas. La re­flexión, el diálogo y la construcción de políticas y estrategias se convirtieron en dinámicas permanentes de esta etapa.
6. Salimos al ambito nacional
Fue un tiempo de mucha creatividad donde el equipo “El Chivato”, así conocido en todo el país presentó en la Asam­blea Anual de Fecoacreve, –la federación que para ese enton­ces agrupaba a las cooperativas–, el famoso planteamiento de “¿Hacia dónde Vamos?”, que revolucionó el mundo coope­rativo. Comenzamos a relacionarnos con otras regiones que cuestionaban la manera cómo se venía conduciendo el movi­miento cooperativo. Estudiamos un trabajo crítico del sociólo­go Orlando Fals Borda6 que demostraba que las cooperativas en América Latina se utilizaron por la Alianza para el Progreso
6 Nació en Barranquilla, el 11 de julio de 1925. Es hijo de Enrique Fals y María Bor­da. Sociólogo y escritor; realizó estudios de maestría en la Universidad de Minnesota en 1953 y obtuvo el grado de Ph. D. en Sociología de la Universidad de la Florida en 1955. A su regreso, encontró que en su país era ineludible el estudio y aplicación de las ciencias sociológicas, por lo cual, en 1959, junto con Camilo Torres Restrepo, funda la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, convirtiéndose en su primer decano, cargo que desempeñó hasta 1961. 84 SERIE · PODER POPULAR ·
de los EEUU con el apoyo de la Iglesia Católica, léase Centro Gumilla de los jesuitas en Venezuela, para frenar el avance del comunismo y evitar las influencias que se pudiesen producir con la Revolución Cubana.
Comenzamos con Petare en Caracas, luego con Puerto Or­daz en Guayana donde fundamos la “Cooperativa Los Mo­nos”. Seguimos con Aragua y Carabobo, con el Táchira. Inclu­so se mandó gente a la Universidad Patricio Lumumba en la Unión Soviética.
Apoyamos con decisión la creación de la Central Coope­rativa Nacional Ceconave y participamos en todos sus depar­tamentos y órganos de dirección. Dirigimos los dos primeros años de la Escuela Nacional de Cooperativas, que creó el mate­rial educativo que se dictaba por módulos en toda la geografía cooperativa de las 14 centrales existentes en ese momento.
7. Pero la lucha continúa
No hay duda que fue una etapa importante donde se sem­bró la semilla de la organización popular en el Municipio To­rres. De ese movimiento surge luego el movimiento vecinal, la Federación Vecinal “Chío Zubillaga”, los Comités de Salud, los movimientos culturales. Se gestó un movimiento, parte de toda una historia de pueblo construyendo en permanente di­námica los espacios para hacer posible la participación prota­gónica con dignidad, con palabra propia; historia que merece ser investigada. Sus protagonistas, hombres y mujeres de esta tierra árida han luchado y continúan la marcha por una socie­dad de justicia, de paz, de igualdad de condiciones, de respeto hoy para las nuevas generaciones. 85
Marcha en defensa de la propuesta de la Farmacia Cooperativa.
Marcha de CECOTORRES. 1980.86 SERIE · PODER POPULAR ·
Referencias testimoniales
Víctor García.
Referencias hemerográficas
Periódico: Cooperativa “Divina Pastora” R.L. 40 aniversario. Abril 2006.
Ocho pecados capitales
Dr. Luis Eduardo Cortés Riera.
UCLA-UPEL-IPB-Fundación Buría.
luiscortesriera@hotmail.com Carora-Barquisimeto, Venezuela, julio de 2007.


INTRODUCCION.

Varias situaciones y experiencias en mi ya larga trayectoria como docente e investigador de la historia, así como la lectura de autores clásicos de la historiografía de todos los tiempos y lugares, me han animado a escribir estas reflexiones que bajo el insidioso título que le di, ojalá motiven a los jóvenes cultivadores de esta ciencia social tan nueva y que aún se haya en el tránsito hacia su edificación, a esclarecer algunos conceptos y categorías, a plantear nuevas problemáticas y a deslastrarse de las viejas y falaces, pero muy influyentes ideas en torno a la historia que han hecho carrera desde tiempos de Heródoto o de Polibio hasta llegar a Edward Gibbon o Leopold Von Ranke, y que nos han llegado con fuerza y autoridad inusitada hasta el presente.


La palabra pecado que aquí empleo se la debo al insigne historiador francés, miembro del Collège de France, Lucien Febvre, quien dice del anacronismo que es el mayor de los pecados, el más imperdonable. Desde tiempos de mis estudios de pregrado (1972-1976) en la ya bicentenaria Universidad de Los Andes y su Escuela de Historia, me había llamado la atención este pecado, el primero y más dañino que puede cometer el historiador. Pero los ojos de aquélla Escuela estaban en otros lados, la enseñanza de un marxismo vulgar asociado al estructuralismo, así como el repliegue de la izquierda insurreccional, y poco se atendía a la formación de los estudiantes en el oficio del historiador. Casi no se leía a Marc Bloch, y si ello se hacía, aquél privilegio lo gozábamos solamente los estudiantes de la especialidad en Historia Universal.


El creador de la concepción de la “historia total”, otro francés, el profesor Pierre Vilar me motivó con su obra Iniciación al vocabulario del análisis histórico (l980) magnífico trabajo de precisión y de reflexión sobre lo histórico, donde nos dice: “Siempre he soñado con un “tratado de historia”. Pues encuentro irritante ver en las estanterías de nuestra bibliotecas tantos “tratados” de “sociología”, de “economía”, de “politología”, de “antropología”, pero ninguno de historia, como si el conocimiento histórico, que es condición de todos los demás, ya que toda sociedad está situada en el tiempo, fuera capaz de constituirse en ciencia”. En este sentido he creído necesario alertar sobre los errores y las omisiones más graves y más comunes que se cometen con la historia.


De Marc Bloch, creador de la idea del oficio del historiador, me he nutrido permanentemente para enseñar e investigar la historia con las aportaciones de todas las ciencias sociales (y a veces las naturales), el empleo del método comparativo como propuso con Febvre en la Escuela de los Anales y que se presenta magistralmente en Los reyes taumaturgos (1924) y La sociedad feudal (1939-1940), pero sobre todo Apología de la historia o el oficio del historiador (1942), llamada por Georges Duby la “agenda de un artesano”, un libro escrito bajo la ocupación nazi de Francia, por lo que ha sido llamado “El manuscrito interrumpido del Marc Bloch,” que trata sobre los motivos por los que se estudia la historia y sobre el oficio del historiador. No es un libro de filosofía de la historia, ni un libro de metodología empírica: ha querido presentarnos los problemas, las dificultades que a un historiador se le presentan en la continua meditación de las razones de su trabajo; hacernos partícipes desde adentro de los procesos que éstos implican; en suma, guiarnos con su rica sensibilidad y vivacidad cultural a través de los secretos de su singular “oficio”. Es mi libro de cabecera.


Esta obra ha tenido un éxito notable en el mundo de habla castellana y se ha reeditado unas 19 veces hasta 1994 desde que el Fondo de Cultura Económica, México, la tradujo y editó por vez primera en 1952 (por Pablo González Casanova y Max Aub) con el inapropiado título de Introducción a la historia. En 1949 llega un alumno de Bloch a aquél país, Francoise Chevalier, y a sus clases asiste un perseguido de la dictadura perejimenista en Venezuela, el profesor Federico Brito Figueroa (+ 2000), quien a su regreso al país en 1960 funda los estudios de posgrado en historia en la Universidad Central de Venezuela y que continua en la Universidad Santa María, recinto en donde conoce al joven profesor Reinaldo Rojas quien le convence a venir a Barquisimeto. Acá fundan bajo un pomarroso (Mirtácea de la India) la Fundación Buría, y en 1986 editan por primera vez en el país Apología de la historia o el oficio del historiador.


Y es acá en donde se inserta desde 1989 quien escribe estas líneas en esta fértil corriente de pensamiento, pues cuando se acercaba el fin del “siglo corto”, como sostiene Eric Hobsbawm, inicié los estudios de postgrado en historia bajo la guía y conducción de los doctores Federico Brito Figueroa y Reinaldo Rojas e introducido en las posibilidades de método y del conocimiento científico de la Escuela de los Anales. En esta comunidad discursiva con sede en Barquisimeto, Venezuela, y en torno fundamentalmente a las Líneas de investigación: “Historia social e institucional de la educación en la Región Centro Occidental de Venezuela”, y la de “Redes sociales, cultura y mentalidad religiosa”, he tenido las más hermosas y edificantes satisfacciones intelectuales y personales de mi existencia.


Tiene, pues, el lector entre sus manos las meditaciones de un docente en varios niveles de la educación y de un investigador ya curtido en la ciencia de Clío y que, cual sentencia sacada de las Escrituras sagradas, se atreve a dejar entre sus manos estos Ocho pecados capitales del historiador.¿Que se puede abultar esta ominosa cantidad? Sí, es posible y además necesario, porque recordemos con el hispanista francés, el maestro Pierre Vilar que la historia es una ciencia que está en permanente construcción. Que la historia -agrega el autor de Crecimiento y desarrollo e Historia de España - es el único instrumento que puede abrir las puertas a un conocimiento del mundo de una manera si no “científica” por lo menos “razonada”. La historia-ciencia todavía se está construyendo, los pecados serían, pues, la anticiencia o la pseudociencia.


*** & ***


Primer pecado: Anacronismo.


Que no es otra cosa que ver el pasado con ojos del presente. El historiador francés Lucien Fevbre nos dio un magnífico ejemplo para comprender este primer pecado: “Anacronismo es darle un paraguas a un Diógenes y una metralleta a Marte. O, si se prefiere, es introducir a Offenbach (compositor francés de operetas) y su Belle Hélêne en la historia de las ideas religiosas o filosóficas, donde quizá no tuviera nada que hacer…”. El paraguas, un invento que como sabemos se produjo muchos siglos después y que tanta significación le da al recoleto siglo XIX. Cosa semejante sucedió a quien escribe estas líneas. Una vez inauguraron en Carora, Venezuela, un hotel con el nombre de “El Conquistador” y alguien realizó un mural con varios de estos personajes a la orilla de una playa. Uno de los conquistadores otea el horizonte con un telescopio, instrumento que, como sabemos, se debe al genio de Galileo Galilei, físico y astrónomo del siglo XVII. ¿Que un siglo es una diferencia muy pequeña? Quizás, pero que Galileo lo haya construido en 1609 y los conquistadores españoles usado en, digamos, 1569, es poco menos que un verdadero disparate colocar en uso ese instrumento óptico ¡50 años antes de su invención!. Un historiador caroreño, el doctor Ambrosio Perera sostiene que el repoblador de la ciudad en 1572, Juan de Salamanca era muy católico, como distinguiendo su particular condición de creyente, cuando en realidad todos los hombres y mujeres del siglo XVI eran fervientes católicos. No podía ser de otra manera en “el siglo que quiere creer”, según la expresión de Lucien Febvre. Anacronismo es también llamar a los conquistadores del siglo XVI europeos, pues Europa todavía no existía como entidad política; Europa es, según Eric Hobsbawm, una invención posterior, el siglo XVII. Este historiador británico marxista propone dar el nombre de cristianos a los “europeos” del siglo XVI.


El malogrado geólogo, paleontólogo y filósofo de la ciencia Stefan Jay Gould (1941-2002) nos refiere que los paleontólogos reconstruimos de acuerdo a nuestros prejuicios y a nuestras imágenes estándares. Lo dijo a propósito de la reconstrucción del escultor londinense Waterhouse Hawkins (1807-1889) de Labyrinthodon, un anfibio temprano. Nosotros sabemos ahora que este animal era elongado, con cuatro patas aproximadamente iguales. Pero Hawkins, que tuvo poco más que un cráneo para guiarse en su trabajo, reconstruyó el animal según los cánones de los anfibios de nuestro tiempo- como una rana, con poderosos muslos para saltar y un cuerpo acortado. Por esta razón, nos dice este extraordinario divulgador de la ciencia estadounidense, la crónica de las restauraciones cambiantes de las bestias fósiles se convierte también en una representación fascinante de nuestra historia social e intelectual. El juego entre estos dos factores – el empírico externo y el interno social – encierra la dinámica central del cambio en la historia de la ciencia.



Hay sin embargo un nuevo tipo de anacronismo que nació casi desde que se escribió la primera novela gótica de ciencia ficcionada (y no ciencia-ficción, un horrible anglicismo), me refiero a Frankestein o el moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley. Es un anacronismo de signo inverso, pues no va del presente al pasado, sino que, por el contrario, despega del presente y se proyecta hacia el futuro. Es el caso de las novelas 1984 de Georges Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley, autores que trasladaron las preocupaciones científicas y políticas de su tiempo: la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaky en 1945, el inicio de la Guerra Fría y el totalitarismo fascista, nazi y comunista, al que yo agregaría la enorme manipulación de las opiniones que tuvo como iniciadoras a las democracias liberales y capitalistas de Occidente, el Reino Unido y los Estados Unidos, como ha establecido el lingüista estadounidense Noam Chomsky. Describen una sociedad de terror, vigilada al extremo (el Gran Hermano), de hombres y mujeres robotizados, sin decisiones, la muerte del libre albedrío. Este anacronismo de signo inverso como que goza de buena salud, puesto que dos son los componentes del diagnóstico de nuestro tiempo que hace el filósofo alemán de la Escuela de Frankfurt Jürgen Habermas: la pérdida de sentido y la pérdida de la libertad.

Pero volvamos al anacronismo que nos interesa y dejemos estas reflexiones para otra ocasión. Es Lucien Febvre quien nos ilustra mejor este primer pecado de los historiadores cuando afirma que en el siglo XVI no podía haber ateísmo porque tal condición del espíritu humano se la debemos a la Ilustración, al positivismo (y al marxismo), sistemas de pensamiento que son posteriores al siglo XVI. Es que en tal siglo no existían las palabras adecuadas para expresar la incredulidad. Este gran historiador de lo cultural y de la psicología colectiva, lo expresa en su magnífica obra El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais, (1942): “Comenzaremos planteándonos algunas cuestiones de medios, condiciones y posibilidades. Para llegar a lo esencial formularemos un problema en apariencia simple, pero cuyos datos no ha podido reunir nadie para el siglo XVI: se trata del problema del saber qué clarividencia, qué penetración y qué eficacia (a nuestro juicio, naturalmente) podía tener el pensamiento de unos hombres, de unos franceses que, para especular, no disponían todavía en su lenguaje ninguna de esas palabras tan frecuentes hoy en nuestras plumas desde que comenzamos a filosofar y cuya ausencia no es sólo un inconveniente, sino también una deficiencia o una laguna de su pensamiento.” Y a continuación el historiador de la sensibilidad del siglo XVI nos da una lista de las palabras (utillaje mental) que faltaban:

“Ni absoluto, ni relativo, ni concreto ni confuso ni complejo, ni adecuado; ni virtual, que es de los alrededores de 1600, ni indisoluble, intencional, intrínseco, inherente, oculto, primitivo, sensitivo, todas ellas del siglo XVIII; ni transcendental, que adornará hacia 1698 (...) ninguna de estas palabras que he tomado al azar (…) pertenecen al vocabulario de los hombres del siglo XVI (…) Y sólo hemos hablado de adjetivos. Pero ¿y los sustantivos? Ni causalidad, ni regularidad, ni concepto, ni criterio, ni condición, tampoco análisis, ni síntesis (…) ni deducción ( que no nacerá hasta el siglo XIX); ni intuición, que aparecerá en Descartes y Leibniz; ni coordinación ni clasificación (palabra de 1787). Agrega este historiador de las creencias y de la religión que tampoco existía la palabra sistema, palabra que interesaron a los racionalistas. El Racionalismo no se bautizará como tal hasta el siglo XIX. O el Deísmo, que no iniciará su camino hasta Bousset (siglo XVIII). O el Teísmo, que tomará prestado el siglo XVIII a los ingleses…El Panteísmo habrá que buscarlo, en la Regencia, en Toland (1670-1722). El Materialismo esperará a Voltaire (1734).El Naturalismo aparece en 1752. El Fatalismo se encuentra La Mettrie (siglo XVIII), el Determinismo llegará muy tarde con Kant. El Optimismo, con Trévoux, en 1762, y el Pesimismo también: pero los pesimistas aparecerán hasta 1835. el Escepticismo(con Diderot). El Fideísmo surgirá en 1838. Y muchos más. Estoicismo (La Bruyère), quietismo, puritanismo,etc. Ninguna de esas palabras estuvo, desde luego, a disposición de los franceses de 1520 a 1550 a la hora de pensar y traducir sus pensamientos al francés. Menciona Febvre otro grupo de palabras (utillaje mental) que no era del siglo XVI: conformista, libertino, Espíritu fuerte, Librepensador, Tolerancia, tolerantismo, intolerancia, Irreligioso, Controversia. Tampoco tenían palabras para designar observatorio, telescopio, lupa, lente, microscopio, barómetro, termómetro, motor, ni órbita, elipse, parábola, revolución, rotación, constelación o nebulosa. Ahora podremos entender la razón por la cual el autor de Lutero. Un destino escribió con una rotundidad notable: “el mayor de los pecados, el más imperdonable: el anacronismo.”




Segundo pecado: Creerse historiador sin serlo.


Decía Lucien Febvre, fundador de la Escuela de Los Anales con Marc Bloch en 1929, y quien se especializó en la historia cultural del siglo XVI, que: “el historiador no es el que sabe. Es el que investiga”. Hay personas muy memoriosas que se saben y conocen de cabo a rabo el Diccionario de historia de Venezuela de la Fundación Polar, y esa circunstancia los hace aparecer como historiadores. Estas bienintecionadas personas, si bien pueden impresionar a los incautos, no saben o no comprenden que el historiador se fragua en su taller o en su banco de artesano, expresión que muy adecuadamente empleó Marc Bloch. Los docentes de aula pasan por ser historiadores sin serlo, pero lo que es más grave es que leen textos escolares y muy pocas veces a los verdaderos historiadores en sus obras y no refritos o pastillitas de los textos o de internet. El libro de texto le ha hecho mucho daño a la enseñanza de la ciencia de la historia en nuestras escuelas, liceos y universidades. “Es la preponderancia del triste manual en nuestra producción de lectura corriente, en que la obsesión de una enseñanza mal concebida sustituye a la verdadera síntesis”, ha escrito Bloch. El historiador no se hace sólo en las bibliotecas, sino también en los archivos. En sus viajes, en sus vivencias y en su edad. El búho de Minerva (la sabiduría) emprende su vuelo al atardecer (de la vida). Así lo comprendió nada más y nada menos que Emmanuel Kant, filósofo cumbre de la Ilustración

Marc Bloch decía en 1942, al final de su vida: “Porque hay una precaución que los detractores corrientes de la historia (Paul Válery decía que la historia es “el producto más peligroso elaborado por la química del intelecto”) no han tomado en cuenta. Su palabra no carece ni de elocuencia ni de esprit. Pero, por lo general, han olvidado informarse con exactitud de lo que hablan. La imagen que tienen de nuestros estudios no parece haber surgido del taller. Huele más a oratoria académica que a gabinete de trabajo”. Es que la labor del historiador está cargada de “humildes detalles en sus técnicas, pero la historia no es lo mismo que la relojería o la ebanistería”, nos advierte Bloch, quien agrega: “Es un esfuerzo por conocer mejor; por lo tanto una cosa en movimiento. Limitarse a describir tal como se hace será siempre traicionarla un poco. Es mucho más importante decir cómo espera lograr hacerse progresivamente.”

Los aficionados a la historia -que son legión- creen, como los positivistas del siglo antepasado, que la historia se remite a establecer cadenas explicativas de causas y efectos, que las hipótesis surgen automáticamente del estudio de los “hechos”, dan por sentado que la erudición científica puede determinar el texto, y que la sujeción de los documentos determinan la verdad definitiva de la historia. Una disciplina que, como se ve, estaba deliberadamente atrasada, dice Eric Hobswawm, quien agrega: “Sus aportaciones a la comprensión de la sociedad humana, pasada y presente, eran insignificantes y accidentales”. Pero es notable que en nuestro país ni siquiera se llegaron a aplicar tales metodologías sino en el siglo XX, pues la historia romántica, como la cultivó y escribió Eduardo Blanco (1838-1912) en Venezuela heroica (1881), símbolo literario del culto a la Patria, ha tenido una enorme difusión y ha despertado un entusiasmo colectivo hasta los días que corren. En el primer tercio del siglo XX arremetió el historiador positivista Laureano Vallenilla Lanz (1870-1936) contra lo que llamó los viejos conceptos, que no eran otros que los del romanticismo literario, divorciado, a su entender, de la metodología de la ciencia natural. En Disgregación e integración (1930) sostiene que hay dos constituciones, una de papel, y otra, la real y efectiva del pueblo venezolano, y hace un alegato notable por la construcción de una historia científica en el país bajo el paradigma positivo establecido por Ernest Renan, Hippolyte Taine, Charles Seignobos, Gustave Le Bon, Charles Langlois, pues asistió en París en calidad de oyente a la Universidad de la Sorbona y al Collège de France.

Como habrá notado el lector, no conoció Vallenilla Lanz la fisura enorme que se produjo en el positivismo y la enorme revolución conceptual que se produjo en el hacer histórico cuando en 1900 el filósofo Henri Berr (1863-1954) propuso la ampliación del objeto de la historia a la sociedad, a la economía y la cultura. Advirtió que los historiadores no reflexionan sobre los fundamentos profundos de su trabajo (…) problema que, según Aróstegui, aun sigue de pie. “Al historiador -agrega- no se le atribuyó nunca la necesidad de una formación filosófica, un conocimiento conveniente de otras disciplinas cercanas, ni una formación científica específica. El oficio se dirigió siempre hacia la mejora del tratamiento de los documentos”. En España esa formación es absolutamente insuficiente, además de inadecuada y, desde luego, culposa por parte de quienes diseñan y toleran los planes de estudios existentes, nos dice este autor. Henri Berr es de tal manera una especie de puente entre la historiografía metódico crítica del siglo XIX y la Escuela de los Anales que será fundada en la Universidad de Estrasburgo, Francia, por Marc Bloch y Lucien Febvre en 1929, constituyéndose desde entonces en el tercer hito de la historiografía, luego del positivismo y el marxismo.

Debe entenderse, en consecuencia, que el verdadero historiador debe ser geógrafo, jurista, sociólogo, psicólogo, lingüista, semiólogo, “que no debe cerrar los ojos ante el gran movimiento que transforma las ciencias del universo físico”, como decía Febvre, tales como la relatividad, la mecánica cuántica, el Principio de Incertidumbre, la ciencia del caos, los Teoremas de Gödel, las teorías de la complejidad, la cibernética, la teoría de las catástrofes, la clonación, la telemedicina, las células madres, los fractales, la resonancia mórfica, la teoría de los psitrones, la lógica borrosa, la gestalt, el Principio Antrópico, el big bang, la flecha del tiempo, la fuerza débil, los agujeros negros, los agujeros de gusano, la teoría general de sistemas, el principio de complementaridad, las supercuerdas, los quarks, el Teorema de Bell, etc, etc.



Tercer pecado: Vacilar entre la ciencia y el relato.


Conozco historiadores formados en Europa y con títulos doctorales que siguen pensando que nuestra disciplina no es ciencia, creación esta última del espíritu humano demasiado prominente y por tanto una condición a la que no tiene acceso la humilde disciplina de la historia, sostienen. Pobre de Leopold Von Ranke (1795-1886) quien ocupó buena parte de su larga existencia a construirla, y que a más de 150 años aún se ignoran sus esfuerzos. Pero la cosa no es tan simple y por ello se presta a equívocos. Lucien Febvre (1878-1956), por ejemplo, nos dice que “la historia es un estudio elaborado científicamente, y no como ciencia.” Quiso decir que la historiografía no sería una ciencia pero sí un estudio científicamente elaborado. “El trabajo del historiador, sostiene Julio Aróstegui, es un conjunto de actividades no arbitrarias, ni meramente empíricas, subjetivas y ficcionales. Es una actividad tendente a establecer conjeturas sujetas a unas reglas o principios reguladores, es decir a un método. Ello se debe a que la historia requiere el rigor metodológico de los procedimientos de la ciencia. El historiador además trata de buscar para los procesos históricos explicaciones demostrables, intersujetivas, contextualizables, como los de la ciencia. Sus resultados ni son teorías de valor universal ni puedan establecer predicciones. Existen aproximaciones científicas que concluyen no en leyes o teorías sino en el descubrimiento de tendencias probabilísticas.” Es una ciencia, pero de otra manera, tal como lo propuso en la Universidad de Berlín desde 1810 Ranke y que se expresa en su Historia de los pueblos románicos y germánicos, (1824), primera obra de la historiografía escrita con criterio científico en el tratamiento de los documentos.

Como disciplina científica, la historia tenía desde un principio, mucho en común con otras ciencias, también con las ciencias naturales, tal como venían surgiendo desde el siglo XVII, siglo de las grandes revoluciones científicas modernas con Galileo, Newton, Kepler, Boyle-Mariotte, si bien los historiadores no han dejado nunca de subrayar la diferencia que separa su ciencia de las ciencias naturales Sin embargo Ranke pensaba que la historia no dejaba de ser también un arte y no nos sorprenda que el historiador alemán Teodor Mommsem se haya hecho merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1902. Soy del criterio de que la ciencia histórica tiene sus inicios cuando el monje Mabillón, armado de la duda cartesiana, publicó en 1681 De re diplomática, verdadero inicio de la crítica del documento en los tiempos modernos. Marc bloch nos dice que: “Aquel año-1681, el año de la publicación de De re diplomática, en verdad gran fecha en la historia del espíritu humano-, fue definitivamente fundada la crítica de los documentos de archivo”.


En Francia fue la sociología, dice Iggers, la que conducía el combate contra la investigación histórica universitaria tradicional (positivista). El sociólogo Emile Durkheim negó en 1888 a la historia el rango de ciencia social, precisamente porque se ocupaba de lo especial y, por ello, no podía llegar a afirmaciones generales, empíricamente comprobables, que constituían el núcleo del pensar científico. A lo sumo, la historia podía ser una ciencia auxiliar que proporcionara información a la sociología. Pero un gran cambio vendría poco después cuando se produjo la ampliación del objeto de la historia a la sociedad, a la economía y el acercamiento de la historia a las ciencias sociales, tal como lo planteó desde la revista Revue de synthèse historique en 1900 el filósofo Henry Berr. Desde este momento se llegó al convencimiento de que una ciencia histórica moderna debía ocuparse más de la sociedad, y al mismo tiempo, empezar a intimar más con los métodos sociocientíficos, dice Iggers.

Y fue a fines del siglo XIX y comienzos del XX cuando Wilhelm Dilthey propuso un nuevo tipo de ciencias, las que llamó ciencias del espíritu, distintas en objetos y métodos a las ciencias naturales, éstas últimas hoy llamadas ciencias duras. Es por ello que el germano-norteamericano Georg Iggers (1926) dice que la historia “se constituyó en el siglo XIX en “disciplina” y empezó a llamarse “ciencia histórica”, diferenciándose del concepto más antiguo de “historiografía”. Es cierto que la historia, por una parte, se distanciaba del objetivo cognitivo de otras ciencias, esto es, el de formular regularidades -o al menos modelos de explicación concluyentes- y subrayaba los elementos de lo singular y de lo espontáneo, los cuales exigían a la historia, como ciencia cultural, una lógica especial de investigación, encaminada a entender las intenciones y los valores humanos. Se trata de Geisteswissenchaften: ciencias culturales o ciencias humanas, que sugieren que es posible el conocimiento intuitivo. La autodefinición de la historia como disciplina científica, agrega Iggers, significaba para el trabajo profesional del historiador una rigurosa separación entre el discurso científico y el literario, entre los historiadores profesionales y los aficionados”.

La historia ha debido enfrentar desde siempre una competencia que no es desleal, ni mucho menos: el de la literatura. La materia plástica de la literatura, nos dice el autor de El otoño de la Edad Media Johan Huizinga, (1872-1945) ha sido y es en todos los tiempos un mundo de formas que es, el fondo, un mundo histórico. Lo que ocurre es que la literatura puede manejar esa materia sin someterse a los postulados de la ciencia”, Vale decir, la odiosa cita a pie de página. En Venezuela tenemos a un célebre escritor de ficción y de historia enemigo declarado de las citas a pie de página: don Mariano Picón Salas,(1901-1965), a las cuales calificó de “ídolo universitario”. Y el caroreño Guillermo Morón, primer venezolano en conseguir hacerse Doctor en Historia (Madrid,1954) y ahora reconocido autor de ficciones dice: “La literatura es todo, solamente que yo diferencio la literatura historiográfica, donde se amarra la imaginación y hay que atenerse a los documentos y al estudio profundo de la Historia sin mucha imaginación (…) en cambio en la literatura de ficción, el cuento, la novela, la fábula, ahí hay que soltar la imaginación (…) en todo caso la literatura necesita soltar la imaginación (…)” Acá disentimos del autor de la novela El gallo de las espuelas de oro, pues afirmo que la historia científica también requiere de mucha imaginación, como todas las ciencias.

Pero sigamos hablando de la loca de la casa, la imaginación. Los paleontólogos Christopher Stinger del Museo de Historia Natural de Londres y Peter Andrews del Grupo Orígenes Humanos de ese mismo Museo, por ejemplo, dicen que los hechos materiales por sí solos están muy desvirtuados por un registro fósil en gran medida dependiente de la casualidad. Gran parte de las características que parecen distinguirnos esencial e irrevocablemente de nuestros parientes primates más próximos forman parte de los patrones de conducta, preservados en el registro fósil con muy poca frecuencia, o incluso nunca. Estas características deben ser reconstruidas a partir de nuestra pequeña, aunque creciente, provisión de material físico, minuciosamente examinado y descrito con la ayuda de las tecnologías más sensibles, e interpretando en la movediza frontera donde se integran un cáustico escepticismo y una imaginación abierta. En otros casos, como en las llamadas ciencias duras como la Teoría de la Relatividad y la Física cuántica, así como las Supercuerdas o el Teorema de Bell, por ejemplo, son unos alardes de imaginación. Estos físicos son más que científicos unos filósofos. Y no olvidemos que el sociólogo estadounidense Wright Mills, quien nos habló de la inmoralidad superior de la sociedad estadounidense, escribió en 1959 nada más y nada menos que La imaginación sociológica. Es que la manera de pensar científica es imaginativa y disciplinada al mismo tiempo. Esta es la base de su éxito, nos recuerda Carl Sagan, premio de la Academia Nacional de Ciencias de los EEUU.

La hermenéutica o interpretación de un texto del pasado requiere de mucha imaginación. El intérprete no puede entender el contenido semántico de un texto mientras no sea capaz de representarse las razones que el autor podría haber aducido en las circunstancias apropiadas, dice Jürgen Habermas. Pero puede ocurrir que entendemos un texto recibido merced a las expectativas de sentido que nacen de nuestro propio conocimiento previo de la cosa. Es acá cuando Hans Georg Gadamer, autor de Verdad y método (1960), utiliza la imagen de horizontes que se funden, es decir que en el proceso de comprensión, contrafácticamente superador del tiempo, el autor (ubicado en el pasado y que supiera cómo es nuestro proceso de interpretación acá, en el futuro) tendrá que liberarse de su propio horizonte contemporáneo, del mismo modo que nosotros ampliamos nuestro propio horizonte cuando como intérpretes nos introducimos en su época. Sin embargo, dice Habermas, Gadamer piensa que el saber encarnado en el texto es un principio superior al del intérprete, por lo que permanece prisionero de la experiencia del filólogo que se ocupa de textos clásicos.


Pero cuando se trata de testimonios, los documentos, aún los más claros en apariencia y los más complacientes no hablan sino cuando se sabe interrogarlos, dice Bloch tomándole la palabra a Droysen, historiador alemán del siglo XIX, y que nuestro Marc Bloch ha debido estudiar durante su pasantía en el país germano. No todas las preguntas se le pueden hacer a un texto del pasado, pues tienen que ser las apropiadas. Una vez un participante de posgrado me dijo que se interesaba en mi Línea de investigación, las mentalidades. Yo le pregunté sobre su tema-problema, a lo que respondió que se interesaba en las ideas y las formas de pensar de los negros esclavos del Valle del Río Turbio de Barquisimeto en el siglo XVIII. Medité antes de contestarle que aquello no era posible, porque los esclavos dejaban pocos o casi ningún testimonio escrito de sus inquietudes personales. En todo caso -y en esto me ayudó el Profesor M.Sc. Arnaldo Guédez- le dije al joven que los registros de los esclavos se remiten a las observaciones de cantidad, peso o estado de salud de la mano de obra esclava que anotaron los blancos criollos esclavistas o sus mayordomos de sus haciendas.

En un documento de 1585, Constituciones y ordenanzas de la Cofradía del Santísimo Sacramento de Carora estudiada por quien escribe, encontré repetidamente las palabras orden y obligación, las cuales se repiten reiterativamente (y unidas) 14 veces en el texto. Aquello no lo pude entender hasta que repasé un libro del malogrado Angel Rama (1926-1983) titulado La ciudad letrada, quien nos dice que eran palabras claves del discurso del siglo XVI. Se trata de la ciudad escritural, pues el imperio español era una gigantesca construcción en escritura basada en el orden y en la obligación. Pero los silencios también le dicen mucho al investigador. Así entré en cuenta que en las Constituciones faltaba una palabra religiosa clave para entender el siglo XVI, esto es, la palabra sin base bíblica Purgatorio (pues nació en el siglo XIII en Francia) y que está ligada a la vida de ultratumba , un tercer lugar distinto al cielo y al infierno que modificó la geografía del más allá, dice Le Goff. ¿Todo este hacer interpretativo y de imaginación puede recibir un nombre distinto al de ciencia? Me resisto a creer que no.


Cuarto pecado: Determinismo.


Fueron los positivistas los que empeñados en trasladar las leyes de la naturaleza a la sociedad los que crearon los determinismos de clima y raza. La montaña es más religiosa que la tierra llana, sostenían. Quien escribe estas líneas ha descubierto que una ciudad “llanera” y del semiárido venezolano, como Carora, es y fue tanto o más religiosa que Mérida o La Grita, localidades de los Andes de temperamento suave o templado conocidas por su acendrado catolicismo. No menos grave es el determinismo económico en el que militan los malos marxistas. Sostienen que la religión, el arte y los modos de pensar son meros “reflejos” de la base económica. Carlos Marx no dijo nunca tal cosa, más bien lo que hizo fue incorporar lo económico a la explicación de los hechos y fenómenos históricos, pues el positivismo de la época se empeñaba y centraba su atención en los grandes jefes de estado y en las batallas y los acuerdos internacionales e ignoraba olímpicamente la economía. Lo económico explica muchas cosas, esto es cierto. Pero no todas. Edward Palmer Thompson (1924-1993) escribió con genialidad que: “Pero la entera sociedad abarca muchas actividades y relaciones (de poder, de consciencia, sexuales, culturales, normativas) que no son el objeto propio de la economía política, que han sido definidas fuera de la economía política y para los cuales esta disciplina no tiene términos con qué designarlas”. Se trata, pues, de una especie de “dualismo académico” que se expresa en y con la distinción entre base y superestructura ideológica, como dice Mac Intyre.

Eric Hobsbawm dice que la Escuela de los Annales no necesitó que Marx le llamara la atención sobre las dimensiones económicas y sociales de la historia. Que hay países en Asia o en América Latina en los cuales la transformación, cuando no la creación de la historiografía moderna casi puede identificarse con la penetración del marxismo. De la influencia marxista, dice, se ha identificado con unas cuantas ideas relativamente sencillas, aunque dotadas de gran fuerza, pero que en absoluto son necesariamente marxistas, que no son representativas del pensamiento maduro de Marx. Llamaremos a este tipo de influencia “marxista vulgar” y el problema consiste en separar los componentes marxista vulgar y marxista en el análisis histórico. El marxismo vulgar según este historiador marxista británico, comprendía principalmente los siguientes elementos:

1º La “interpretación económica de la historia”, esto es, la creencia de que “el factor económico es el factor fundamental del cual dependen los demás”; y, de modo más específico, del cual dependían fenómenos que hasta ahora no se consideraban muy relacionados con asuntos económicos.

2º El modelo “base y superestructura” (que se usa de la forma más generalizada para explicar la historia de las ideas). A pesar de las propias advertencias de Marx y Engels, este modelo solía interpretarse como una simple relación de dominio y dependencia entre la “base económica” y la “superestructura”, medida a lo sumo por

3º “El interés de clase y la lucha de clases”. Uno tiene la impresión de que varios historiadores marxistas vulgares no leyeron mucho más allá de la primera página del Manifiesto comunista, y la frase la historia (escrita) de todas las sociedades que han existido hasta ahora es la historia de las luchas de clases”.

4º “Las leyes históricas y la inevitabilidad histórica”, de la cual se excluía lo contingente, en todo caso en el nivel de la generalización sobre los movimientos a largo plazo. De ahí la constante preocupación de los primeros escritores sobre historia marxista por problemas como el papel del individuo o de la casualidad en la historia. (debemos aclarar que este autor identifica otros tres elementos “marxistas vulgares”)



Quien escribe estas líneas se dio cuenta que la endogamia es un fenómeno que participa en el resguardo y evita la dispersión de las fortunas y los linajes, pero que quien la logra establecer es la Iglesia católica a través de las dispensas matrimoniales. Las creencias religiosas regulan la vida de la sociedad, la moral, la alimentación, el sexo y en el caso que nos ocupa, la propiedad de la tierra en Carora del siglo XVIII. El matrimonio actúa como una suerte de junción de lo material y lo espiritual, pues sostiene la “infraestructuras”, dice Duby. Esto se debe a que los malos marxistas son incapaces o no se atreven a leer a Max Weber o al historiador marxista de las mentalidades Michel Vovelle. Los determinismos en historia devienen también de los determinismos de la lectura. Cierta vez una participante de postgrado en historia me espetó duramente porque sugerí emplear las categorías de análisis del funcionalismo norteamericano, tales como las llamadas Redes sociales. No comprendía aquella dama que la sociedad tiene sus mecanismos para permanecer estable y que el cambio revolucionario es atenuado o postergado por estos mecanismos. De otra forma no se podría entender la extremada estabilidad del régimen colonial en la América hispana que se extendió por 300 años. Nueva España, dice el mexicano Octavio Paz, era una sociedad para durar, no para cambiar. En estas sociedades existieron unas verdaderas redes de sociabilidad como las cofradías que satisfacían las necesidades mundanas y extramundanas de los creyentes a ellas afiliados. Ellas explican, en cierto modo esta tremenda estabilidad de tales sociedades, a lo que habría que agregar que tales hermandades sobrevivieron a los hechos iniciados en 1810 y nos llegan hoy hasta alcanzarnos





Pero existe un curioso determinismo que yo llamo de signo inverso, y no es otro que el que ha sufrido el autor de Economía y sociedad (1922), el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920), la creencia vulgar que le atribuye la “teoría” de que el protestantismo es la causa del capitalismo. Es una deformación que se remonta a fuentes secundarias que surgieron con un pecado de parcialidad, nos dice José Medina Echavarría, prologuista de la edición del FCE en 1944. Creo que ello se debe, digo yo, al título de su obra más polémica, La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904-1905), trabajo que al igual que el Manifiesto comunista de Marx y Engels, apenas se le leen sus portadas y acaso sus primeras páginas de forma apresurada, nunca su texto íntegro.


Quinto pecado: Provincianismo.


Es el pecado de suponer que nuestra localidad de nacimiento o de residencia y que nuestra propia formación académica son el centro o el ombligo del mundo, que fuera de ellas nada vale la pena o puede despertar nuestro interés. No entienden estos pecadores que nuestra religión católica es un credo universal o Katolicus, y que nuestra lengua la hablan más de 400 millones de personas en nada más y nada menos que 23 países, incluidos los EEUU. Hace unos años quien escribe estas reflexiones investigó los inicios de un colegio particular de enseñanza secundaria en Carora del siglo XIX. En ese humilde y “provinciano” instituto llamado La Esperanza, el plan de estudios contemplaba la enseñanza de lenguas universales: el latín como una lengua sagrada, lengua que fue universal hasta el siglo XVII , vínculo en la actualidad entre los 1.200 millones de personas que profesan esta fe milenaria en Cristo, aunque no lo hablen, como sostiene Benedict Andersen. La otra lengua que se enseñaba en aquél colegio decimonónico no es menos universal que la del Lacio, nos referimos al griego, vehículo en el cual se construyó la civilización occidental. Palabras tan actuales como cibernética y clonación derivan de la lengua de Aristófanes. ¿Y qué decir de la Física? El bueno del Doctor en Medicina, egresado de la Universidad Central de Venezuela en 1891, Lucio Antonio Zubillaga, vicerrector del colegio arrastraba como el resto de la comunidad científica del orbe, la creencia en la ya insostenible existencia del éter que rodeaba todos los fenómenos y que dio lugar a la llamada Física del éter, hoy parte del museo del pensamiento, como el positivismo.

Provincianismo es también cerrarse a la lingüística, pues muchos cultores de Clío desconocen el celebérrimo y controversial “giro lingüístico” que se ha producido en la comprensión de la historia desde que Lawrence Stone lo propuso en 1979 en la revista británica Past and Present; cerrarse a la semiología , a la paleontología o a la física cuántica. Creo que desde que el físico alemán Heinsenberg creó el principio de incertidumbre hace ya exactamente 80 años, la ciencia de la historia ya no es ni podrá ser la misma. Y lo mismo podemos decir de la Teoría de la Relatividad de Einstein que después de 1905 acabó con la idea del tiempo en que navegaban Kant, Comte, Spencer y el mismísimo Carlos Marx. En todo caso estamos encaminados hacia la teoría de la complejidad, propuesta entre otros por Ilya Prigogine, premio Nobel de química en 1977, quien propone que el conocimiento humano se dirige a una gran síntesis de las ciencias naturales y la humanas. Una Nueva Alianza entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu. La complejidad pide una nueva integración entre cultura científica y cultura humanística. Dice Edgar Morin que esta dicotomía “cartesiana” puede y debe morir. Ya lo advertía don Miguel de Unamuno a fines del siglo XIX y comienzos del XX: “Una de las disociaciones más hondas y fatales es la que aquí (en España) existe entre la ciencia y el arte y los que respectivamente los cultivan. Carecen de arte, de amenidad y de gracia los hombres de ciencia, solemnes, lateros, graves como un corcho y tomándolo todo en grave, y los literatos viven ayunos de cultura científica seria, cuando no desembuchan, y es lo peor, montón de conceptos de ciencia mal digerida”. Ciencia mal digerida o pseudociencia como la ha llamado Carl Sagan, que en la actualidad goza de un enorme prestigio. “El escepticismo no vende”, concluye el astrónomo y divulgador de la ciencia norteamericano, muerto en mala hora en 1996.

Provincianismo es también la tendencia muy del mundo hispánico a laborar individualmente. Le tememos a las comunidades de discurso. Pascual Mora, docente e investigador de la Universidad de Los Andes, Táchira, Venezuela, estudioso investigador de la historia de la educación dice que se ha hecho demasiada historia de la educación y de la pedagogía en el país bajo este pernicioso criterio. “La insociabilidad es uno de nuestros rasgos característicos. Apena el ánimo la contemplación de los estragos de nuestra insociabilidad, de nuestro salvajismo enmascarado”, escribe don Miguel de Unamuno. Y agrega el autor de La agonía del cristianismo: “Asombra a los que vivimos sumergidos en este pantano el remolino de escuelas, sectas y de agrupaciones que se hacen y deshacen en otros países, en donde pululan conventículos, grupos, revistas, y donde entre fárrago de excentricidades , borbota una vida potente. Aquí las gentes no se asocian sino oficialmente, para dar dictámenes o informes, publicar latas y cobrar dietas”. Tal es así que ha producido asombro que en Barquisimeto, caso notable por su singularidad, se ha conformado una comunidad de discurso en la investigación sobre la historia de la educación y de la pedagogía, en la que un grupo de investigadores comparten unos criterios teóricos y metodológicos, que no son otros que los de la Escuela de los Anales. Bajo tales premisas, Historia social e institucional de la educación en la Región Centro Occidental de Venezuela, y bajo el liderazgo de los doctores Federico Brito Figueroa (+2000) y Reinaldo Rojas (1954) han sido presentadas, defendidas y aprobadas más de medio centenar de tesis de maestría y unas cinco de doctorado desde que se inició el programa en 1992 en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador- Instituto Pedagógico Barquisimeto “Dr. Luis Beltrán Prieto Figueroa”. Esta extraordinaria experiencia en el interior de Venezuela no ha estado libre de riesgos y acechanzas: la dispersión, la reiteración de enfoques y temas, la incomprensión y hasta la envidia, la pasión que corroe los pueblos hispánicos, se ha hecho presente.

No podía faltar en esta quinta trasgresión una referencia a la llamada “historia local”. En cierta ocasión un participante de postgrado animado en la idea de esta “historia de campanario” me refirió que estaba haciendo una investigación sobre un hecho fugaz acontecido en su localidad de nacimiento y de residencia, un ataque guerrillero de las FALN, Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, ocurrido en 1962. Le dije que averiguara qué otros acontecimientos ocurrieron en esos mismos días en el resto del país. Asombrado aquél joven me dijo que el ataque a Curarigua aquel 2 de mayo de 1962 había ocurrido el mismo día en que aconteció el famosísimo “Carupanazo”, estado Sucre, al otro extremo del país, evento en el cual un sector de la Marina afecto al Partido Comunista de Venezuela (PCV) se alzó contra el gobierno democrático del señor Rómulo Betancourt. ¡Qué coincidencia!, me dijo, a lo cual yo le repliqué de seguido que no era aquello casual, que aquél era un asalto que obedecía a una estrategia insurreccional a escala nacional con ramificaciones en el exterior. De modo que aquél suceso no era sino una manifestación en Curarigua de Leal, estado Lara, Venezuela de un enfrentamiento global, la llamada Guerra Fría. De modo, pues que la “historia local” no existe, le dije. Todo está conectado.



Tal cual sucedió con quien escribe estas reflexiones durante sus investigaciones que nos condujeron al Título de Doctor en Historia (Universidad Santa María, Caracas, 2003) sobre la Iglesia católica en Carora y con la estimulante tutoría del Dr. Reinaldo Rojas. Ciudad de numerosas vocaciones sacerdotales y múltiples cofradías y la mentalidad religiosa dominante que le ha caracterizado, por lo que se le ha llamado “ciudad levítica”. Siempre se ha hablado y ha quedado como establecido que nuestro siglo XVII fue una centuria de silencio y de aislamiento entre regiones de la inmensa Provincia de Venezuela, como han sostenido Laureano Vallenilla Lanz y Arturo Uslar Pietri (quien lo llama siglo silencioso). Mayúscula sorpresa al internarnos en los numerosos y gruesos Libros de cofradías, sobre todo la del Santísimo Sacramento, fundada en 1585, pues allí encontramos, como desmintiendo al autor de Cesarismo democrático, y de Disgregración e integración que a tal hermandad “entraron” 16 hermanos de El Tocuyo, 8 de Barquisimeto, ambas localidades del actual estado Lara ,7 de Trujillo, ciudad andina, otros 7 de Coro, en la costa del mar Caribe, 5 de Caracas, en el centro del actual país, 5 españoles (de la Península), 2 de Tunja, Reino de Santa Fe, 2 de la andina Mérida, 2 de Maracaibo, ciudad del Lago homónimo, 01 canario, 4 de Nirgua, actual estado Yaracuy, 68 de Carora, sede de la cofradía, y 2 forasteros. Y como hallazgo curiosísimo encontramos que al hacer el análisis temporal-comparativo interno dentro de la cofradía del Sacramentado, que el número, procedencia y variedad de apellidos encontrados allí en el siglo XVII es mayor en cantidad, variedad de apellidos y lugares que los encontrados en la hermandad dos siglos después y bajo el régimen republicano. Quiere decir, en consecuencia, que la Provincia de Venezuela y su Iglesia católica estaban mejor conectadas con buena parte mundo católico e hispanohablante en el siglo XVII y XVIII que en el republicano y liberal siglo XIX, centuria esta última del ferrocarril y del telégrafo.


Y cuando uno de los dos tunjanos, el cófrade Gerardo de Robles, murió allá en 1682, no pasaron muchos días cuando la noticia se supo en Carora y la hermandad cumplió con hacerle las misas con que se había comprometido al permitirle su “entrada”, tal y como el Santo Concilio de Trento estableció entre 1545 y 1563. Era, como le dije, al Dr. Bernard Lavallé, una especie de “Internet barroco y colonial.” (sin electricidad, pero eficientísimo). Y no nos hemos referido al siglo XVIII, centuria de esplendor de las cofradías en Hispanoamérica, cuando hubo “entradas” de hermanos a las cofradías caroreñas procedentes del Reino de Irlanda, del Reino de Francia, de los reinos de España, las Islas Canarias, Cuba, Puerto Rico, Reino de Santa Fe, y de buena parte del Occidente venezolano. Hasta el padre del Libertador, Don Juan Vicente Bolívar entró como hermano en 1772 en varias cofradías de Carora, así como una buena muestra del “mantuanaje” caraqueño. En consecuencia, cada día es más difícil hacer “historia local”.




Estas reflexiones las estamos haciendo en momentos en que esta forma liliputiense de hacer historia se le han abierto un inmensos escenarios en razón de que los Consejos Comunales creados por la Revolución Bolivariana liderizada por el presidente Hugo Chávez Frías exigen que cada uno de ellos cuente con la historia (escrita) de su localidad u ámbito territorial. ¿A dónde nos conducirá semejante dispersión, nos preguntamos con angustia, cuando se cuentan en millares en Venezuela en el año en curso (2007) tales Consejos Comunales ? Es la misma angustia que expresó el doctor Arturo Uslar Pietri (1906-2001) cuando en una ocasión el Ministerio de Educación le dio prioridad en la enseñanza primaria y media de Venezuela a la historia local o regional sobre la historia de la nación.



Sexto pecado: Teoricismo y empirismo (documentalismo).


Muchos historiadores creen que la teoría por sí misma lo explica todo. Pobre de los hechos empíricos que no cuadren con la teoría: los desechan o los modifican para que cuadren con la teoría. Creo que allí se esconde una curiosa forma de pereza mental y pereza de trasero. Esos teóricos no entienden que el oficio del historiador es una disciplina más o menos empírica, y no exactamente filosófica-especulativa, que requiere de largas y fatigosas jornadas en los archivos. Conozco una chica participante en una maestría en historia que sostenía que había un antagonismo social acusado entre el club de los oligarcas y el club de las clases populares en Carora. La investigación mostró (no demostró) que algunos oligarcas actuaron como personajes de relieve y promovieron la fundación del club popular llamado Centro Lara. Y que fue un oligarca “renegado” que movió la idea de crearlo en 1938 para la sociabilidad de las clases medias emergentes y el populacho. Me refiero a don Cecilio Zubillaga Perera, un auténtico intermediario cultural en la expresión de Michel Vovelle.

Pero en todo caso es preferible el teoricismo al simple empirismo, como ha dicho el creador de la “historia total”, el profesor Pierre Vilar (1906-2003). Los perceptores sin conceptos, como vino a decir Kant, están ciegos. Dejemos que sea el propio autor de Cataluña en la España moderna (1962) quien lo diga: “no me gusta, tampoco, lo que yo llamaría el “vértigo teórico”, las largas páginas únicamente dedicadas a consideraciones abstractas o verbales, o a justificaciones por los textos, no por los hechos. A pesar de que sigo fiel a lo que dije hace ya tiempo frente a los investigadores empíricos y positivistas: el exceso de inquietud teórica es de todos modos preferible la ausencia de inquietud”. Sé de personas que en el afán de lo empírico han retrocedido a los paradigmas investigativos superados del positivismo decimonónico y siguen creyendo que el conocimiento histórico está indefectiblemente en el documento escrito, pues sólo éste tipo de fuentes conocen. Hemos conocido de participantes de maestrías en historia que ha habido que ir a “rescatarlos” a los archivos y repositorios, pues prácticamente se han enterrado en ellos sin remedio. Andan, pues, buscando el último documento. Pero es absolutamente necesario recordar que toda ciencia -y la historia lo es- trabaja con conceptos y categorías. Reinaldo Rojas ganó en México en 1995 un premio continental de historia colonial adornado con el nombre de don Silvio Zavala con una obra titulada Historia social de la Región Barquisimeto en el tiempo histórico colonial, 1525-1810 (1995). Nos dice Rojas que ninguno de los componentes del jurado calificador ha estado jamás en Venezuela y que, en todo caso tal jurado premió el esfuerzo teórico-metodológico, la perspectiva interdisciplinar y de síntesis allí contenido. Los historiadores Cardoso y Pérez Brignoli nos han advertido que en América Latina, sin embargo, la teoría brilla por su ausencia. Es una rara avis.

Obras de gran aliento histórico y antropológico y de cobertura continental como Casa-grande y senzala, (1933) del brasileño Gilberto Freire carece por completo de conceptos. Darcy Ribeiro sostiene que ello se debe al temor de pasar por marxista, pues este autor cursó estudios con el antropólogo hebreo Franz Boas en los EEUU en la década de los 20 del siglo pasado. A pesar de ser esa obra una descripción sistemática, criteriosa, exhaustiva, cuidadosísima de los modelos culturales, pero desinteresada respecto a cualquier generalización teórica, Gilberto Freyre escribe: “Por poco inclinados que estemos al materialismo histórico, en tantas cosas exagerado en sus generalizaciones , principalmente en obras de sectarios y fanáticos, hemos de admitir la influencia considerable, aunque no siempre preponderante, de la técnica de la producción económica sobre la estructura de las sociedades en la caracterización de su fisonomía moral. Es una influencia sujeta a al reacción de otras, y sin embargo, poderosa como ninguna en la capacidad de aristocratizar o democratizar a las sociedades, de desarrollar tendencias hacia la poligamia o la monogamia. A mucho de lo que se supone el resultado de rasgos o taras hereditarias preponderando sobre otras influencias, en los estudios aún fluctuantes de eugenia y de cacogenia, se le debe más bien asociar a la persistencia, al través de generaciones, de condiciones económicas y sociales favorables o desfavorables al desarrollo humano”. Dice el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro (1922-1997) que no sería justo olvidar que ninguna de las obras clásicas de las ciencias sociales es explicable por sus virtudes metodológicas. Al contrario. Todo lo que se produjo con extremado rigor metodológico, haciendo corresponder cada afirmación con la base empírica en la cual se asienta, y calculando y comprobando estadísticamente todo, resulta mediocre y de breve duración. El hombre de ciencia, sólo necesita aprender métodos y estudiar metodologías para olvidarlos después. Olvidarlos tanto en la operación de observación como en esa misteriosa e inexplicable operación de inducción de las conclusiones. Olvidarlas, sobre todo, en la construcción artística de la obra en que deberá comunicar a sus lectores, tan persuasivamente como sea posible, lo que él sabe.” Ahora entiendo los gruñidos del doctor Federico Brito Figueroa en las aulas de clases del Pedagógico de Barquisimeto cuando decía enfática y repetitivamente: “no soy me-to-dó-lo-go”. El método es muchas veces y casi siempre una camisa de fuerza que mata la imaginación.

Pero hay otro tipo de científicos que opinan diferente. Tal es el caso del doctor Carl Sagan (1934-1996), profesor de Astronomía y Ciencias Espaciales de la Universidad de Cornell (EEUU), quien nos dice que para el divulgador de la ciencia es un desafío supremo la historia actual y tortuosa de sus grandes descubrimientos y equivocaciones, y la testarudez ocasional de sus practicantes en su negativa a cambiar el camino. Muchos, quizá la mayoría de los libros de texto de ciencias para científicos en ciernes, lo abordan con ligereza. Es mucho más fácil presentar de modo atractivo la sabiduría destilada durante siglos de interrogación paciente y colectiva sobre la naturaleza que detallar el complicado aparato de destilación. El método, aunque sea indigesto y espeso, es mucho más importante que los descubrimientos de la ciencia, dice Sagan.


La mayoría de los estudios de cuarto y quinto nivel en historia (Maestría y Doctorado) en Venezuela muestran una tendencia marcada al teoricismo. Los cuatro o seis semestres se agotan en discusiones meramente teóricas, dejando de lado el problema concreto, real e inquietante del archivo. Esta experiencia tan rica en sus particularismos (la lógica informal de la vida) se deja para el final de la escolaridad, y es allí cuando el participante se encuentra como inerme e impotente ante el fárrago de información contenido en cualquier repositorio. Una sentencia del maestro Bloch como la que dice: “nadie sabe lo que encuentra si no sabe lo que busca” le evitaría el famoso síndrome TMT (todo menos tesis). TMT que ha frustrado a más de un participante que por lo general es buen lector, que ha cultivado una buena cultura y posee una oratoria impresionante, pero que se desinfla con la paleografía o con la cartografía geohistórica. Leer y transcribir un documento del siglo del siglo XVII o construir con sus manos o con ayuda de la computadora u ordenador una carta temática de los flujos de una firma comercial del siglo XIX, por ejemplo, los desanima de tal manera que terminan quedándose con la sola aprobación de la escolaridad, y dejando la posibilidad de concluir la Tesis de Grado para un futuro remotísimo. Y eso que no nos hemos referido a la Estadística, ni a los problemas que casi siempre se presentan en la relación tutor-participante. Lo que quiere decir que el oficio de Clío es una curiosa ciencia que mezcla la empíria y la teoría de manera muy específica y particular. El Franco-Condado (1912) de Febvre es un modelo de un cuidadoso examen empírico, allí como en su obra posterior nos enseña que un montón de piezas de archivo no da respuesta al historiador si éste sabe interrogarlo. Ya lo dijo Karl Marx: “En la ciencia no hay calzadas reales, y quien aspire a remontar sus luminosas cumbres tiene que estar dispuesto a escalar la montaña por senderos escabrosos”.

Dejemos que sea el historiador marxista británico Edward Palmer Thompson (1924-1993) : La lógica de la historia. Miseria de la teoría, quien nos aclare, finalmente, la relación teoría y dato: “El discurso de la demostración de la disciplina histórica consiste en un diálogo entre concepto y dato empírico, diálogo conducido por hipótesis sucesivas, por un lado, e investigación empírica por el otro. El interrogador es la lógica histórica; el instrumento interrogativo una hipótesis (por ejemplo la manera en que diversos fenómenos hayan podido actuar unos sobre otros); el que contesta es el dato empírico, con sus propiedades concretas.(…) Adviértase bien, no los “datos empíricos” por sí mismos, sino los datos empíricos interrogados de este modo”.






Séptimo pecado: Acriticismo.


Que quiere decir que hay investigadores que creen a ciegas en todo lo que leen u oyen. Dice Bloch en su Apología de la historia o el oficio del historiador: “El verdadero progreso surgió el día en que la duda se hizo “examinadora”; cuando las reglas objetivas, para decirlo en otros términos, elaboraron poco a poco la manera de escoger entre la mentira y la verdad”. Es importantísimo el estudio crítico de los errores y deformaciones que acontecen durante la transmisión de los recuerdos. El historiador debe estudiar ante todo cómo se forman los testimonios y las tradiciones. Una de las razones del éxito de la ciencia (natural) es que tiene un mecanismo incorporado que corrige los errores en su propio seno. Quizá algunos consideran esta característica demasiado amplia, pero, para mi, dice el profesor del Instituto Tecnológico de California Carl Sagan, cada vez que ejercemos la autocrítica, cada vez que comprobamos nuestras ideas a la luz del mundo exterior, estamos haciendo ciencia. Cuando somos autoindulgentes y acríticos, cuando confundimos las esperanzas con los hechos, caemos en la pseudociencia y la superstición.


El ya mencionado Diccionario de historia de Venezuela (1997) sostiene que los restos mortales del prócer de la independencia suramericana, General de División Pedro León Torres se encuentran en el Panteón Nacional desde 1896, cuando quien escribe estas líneas prepara un viaje a Yacuanker, Colombia, a repatriarlos en breve a Venezuela. Y se supone que este útil Diccionario está hecho por especialistas investigadores. En otro caso conseguí en el Archivo de la Diócesis de Carora un “Acta de la fundación de la Cofradía del Santísimo Sacramento”, fechada en 1585. Una mano piadosa, sin embargo, cambió el nombre del documento con fines didácticos, acaso, el cual se llamaba desde el siglo XVI: “Constituciones y ordenanzas de la cofradía del Santísimo Sacramento”. Y el error prosperó y se propaló de tal forma desde 1924, fecha en que se produjo el cambio tan importante en la trascripción del documento. El espíritu de la duda cartesiana parece que no ha llegado hasta nosotros los hispanoamericanos. No en balde ha dicho el Nobel de Literatura Octavio Paz: “no tuvimos Ilustración”.

Otros creen a pie juntillas que el iniciador de la historia de las mentalidades en el país es un prominente miembro de nuestra Academia Nacional de la Historia, cuando en realidad ese caballero sólo es un historiador de las ideas o un historiador de intelecto, concepciones que parten de la idea de que las personas tienen ideas claras y que son capaces de transmitirlas. Los textos son una expresión de los autores y como tales deben tomarse en serio. El concepto de mentallité, en cambio, designa posturas que son mucho más difusas que las ideas y que, a diferencia de éstas, son propiedad de un grupo colectivo, no el resultado del pensamiento de determinados individuos. Por ello se le asocia a la historia serial, que trabaja con largas secuencias de datos (los grandes números) que son procesados electrónicamente para estudiar procesos como la idea de la muerte contenida en cientos de testamentos, o el grado del entusiasmo religioso medido por la “entrada” de miles de creyentes a una hermandad o cofradía en un período de tres y más siglos. “Y (de tal manera) el historiador fue traído de nuevo a su banco de artesano”, como dice Bloch.

En otro lugar nos dice el fundador de la historia de las mentalidades: “Un historiador, si emplea un documento, debe indicar, lo más brevemente posible, su procedencia, es decir, el medio de dar con él, lo que equivale a someterse a una regla universal de probidad. Nuestra opinión, emponzoñada de dogmas y de mitos- aún la más amiga de las luces- , ha perdido hasta el gusto de la comprobación”. En la crítica de los testimonios casi todos los dados tienen trampa, agrega Bloch. Y como refiriéndose a Venezuela de hoy, víctima de la polarización y la manipulación mediática, dice: “los periódicos no han dado aún con su Mabillón”. Este humilde monje benedictino francés del siglo XVII es un protagonista en el desarrollo de la moderna historiografía tan importante como Voltaire, lo que es justo recordar. Nuestro historiador Eduardo Arcila Farías afirma que don José Oviedo y Baños, el abuelo de los escritores venezolanos y autor de Historia de la conquista y población de Venezuela (1723) que el espíritu de Mabillón se puede encontrar en sus escritos.

El método crítico, escribe Bloch fue practicado por eruditos, exegetas, curiosos, pero no por los escritores de historia. A pesar del enorme avance logrado por la crítica en el siglo XX nos sorprende que sobre la vida de Bloch y de Febvre esté rodeada de equívocos y medias verdades. Joseph Fontana, por ejemplo, afirma que los Anales recibió financiamiento de los EEUU, otros han querido ver en el deseo de Febvre de seguir publicando la revista de la Escuela bajo la ocupación nazi como signo de su colaboracionismo. Etienne, hijo de Marc Bloch, nos ha aclarado que su padre no fue fusilado, como solemos repetir, sino que fue simplemente asesinado, ello porque no fue llevado a juicio como se procede con los que van a ser enviados al paredón. El manuscrito interrumpido de Marc Bloch, Apología de la historia también ha ocasionado más de un quebradero de cabeza. En cierta ocasión Febvre dijo que la palabra evolución no aparece en todo el libro, lo cual no es cierto, como él mismo reconoció luego. En otro momento, durante la composición tipográfica, o la corrección de pruebas, vuelve a faltar otra hoja, y Febvre crea otro enlace con las páginas restantes. Enlace en el cual poquísima gente ha reparado. Massimo Mastrogregori, historiador italiano, dice que vio por casualidad en las notas blochianas en los Archivos de Francia, que en el reverso de las fichas de lectura estaba escrito de manera apretada; y que acercando uno al otro aquellos fragmentos de hoja se podían obtener, como en un rompecabezas, páginas enteras. Con sorpresa, dice, que se dio cuenta que se trataba de apuntes para la Apología de la historia. De modo que la propia vida de Bloch es un verdadero jeroglífico al cual le han sido seccionadas partes importantes de su estructura: su familia judía, su niñez, sus estudios primarios y secundarios, su militancia política (su hijo Etienne dice que era socialista), su distanciamiento intelectual de Febvre, el proyecto de este último de proyectar simultánea y paralelamente a los Anales otra revista, su coqueteo y posterior abandono del marxismo, su deseo de emigrar a los EEUU y emplearse allí como maestro, la renuncia a esta idea. ¿Qué es lo verdadero, lo falso y lo verosímil en lo que acabamos de decir? Use usted, amigo lector, la crítica. A ello lo invitamos.



OCTAVO PECADO: CRONOLOGISMO.


Decía el recientemente fallecido profesor Pierre Vilar que: “no hay cosa que me mortifique que adivinar, en un auditorio joven, la expectativa siguiente: he aquí el profesor de historia; nos va a enseñar que Francisco I ganó la batalla de Marignano en 1515 y perdió la de Pavía en 1525”. Hace mucho tiempo que me sublevé públicamente, por vez primera, contra esta imagen”. Estas palabras de Vilar fueron dichas en 1937, en plena guerra civil de España, pero aún parece que el cronologismo goza de muy buena salud. En el reciente III Congreso Suramericano de Historia, Universidad de Los Andes, julio de 2007, Mérida, Venezuela, en una mesa sobre historia de la educación universitaria el doctor Reinaldo Rojas se refería a la existencia de dos universidades coloniales en Venezuela, la de Caracas (1725) y la de Mérida (1808-1810). Con cierta malicia preguntó el conferencista a los allí reunidos:¿ y cuál fue la primera universidad republicana? A lo que de inmediato respondieron los zulianos: “la del Zulia, fundada en 1891”. A lo cual replicó Rojas: “no, la primera universidad republicana no fue la del Zulia, pues la primera que se reformó en este sentido fue la Universidad de Caracas en 1827 y de la mano del Libertador Simón Bolívar y el doctor José María Vargas.


Este pecado es de vieja data y fueron los positivistas los que lo llevaron a sus últimas consecuencias. Pensaban que ordenar los hechos históricos en una rigurosa cronología daba explicación por sí misma a tales hechos históricos. Son las famosas cadenas de causa y efecto. Así 1810 en la historia de Venezuela explica a 18l1; 1811 a 1821; 1821 a 1830; 1830 a 1859 y así sucesivamente…Consciente de los problemas que acarrea el cronologismo, quien escribe estas líneas se enfrentó a un problema de clasificación de las temporalidades en la historia de la Iglesia católica en Carora, Venezuela, desde el siglo XVI hasta el XIX. Hubiera sido muy sencillo clasificar en dos la historia de la Iglesia: la colonial por un lado y la republicana por el otro. Pero la historia de la Iglesia responde a otras temporalidades, distintas en lapsos y en acontecimientos a los de la vida laica y seglar. En este sentido dividí la historia de la Iglesia así: a.) Tiempo de la Evangelización y del Concilio de Trento (1545-1563) b.) Tiempo de la colonización y de la cultura barroca, siglos XVII, XVIII y XIX; c.) Tiempo del Concilio Vaticano I (1870-1960); y por último Tiempo del Concilio Vaticano II (1960 hasta el presente). ¿ puede usted, amigo lector, palpar la diferencia?


Es ineludible, en consecuencia, dejar atrás la historia-crónica y ponernos en marcha hacia una historia-investigación dotada de espíritu analítico, una explicación del pasado y no su simple descripción. De tal manera pues que los cronologistas no podrán comprender las afirmaciones como la del tono que hizo nuestro Mariano Picón Salas cuando dijo que Venezuela entró al siglo XX en 1935, o esta otra del historiador francés Jacques Le Goff en el sentido que la Edad Media no se canceló en el siglo XVI sino que se prolongó hasta el siglo de la Luces, el siglo XVIII. Y qué decir del “siglo corto” de Eric Hobsbawm, tal como llama este historiador británico nacido en 1917 al siglo XX, pues, según sostiene la pasada centuria se inició con la Revolución Bolchevique rusa en 1917 y se canceló con el desmoronamiento de la Unión Soviética en 1991. ¡Un siglo de apenas 74 años!



Veamos un ejemplo de los más emblemáticos de esta sujeción canóniga a las fechas y a los calendarios. Quien escribe estas líneas realizó un trabajo para una profesora que nos dictaba una asignatura en la Maestría en Historia en la Universidad José María Vargas, de Caracas. Le pareció un buen trabajo, pero me hizo una observación: “profesor, he notado que en cada página usted coloca las fechas sin orden, es decir coloca el año 1890 al final de la hoja y al comenzarla coloca el año 1911. Eso no se debe hacer”, me dijo. Guardé silencio, pero para mis adentros reflexioné que aquella bienintencionada docente no había superado el paradigma newtoniano del tiempo y la visión positivista del universo como si fuera un sistema mecánico que se rige por la matemática. El tiempo, enseña Einstein no es un absoluto sino que depende del observador. Aquella profesora me estaba exigiendo una mera descripción de secuencias cronológicas.


Para los historiadores cronologistas habrá de resultar incomprensible la división tripartita de los tiempos que planteó Fernand Braudel (1902-1985) en un artículo denominado La larga duración (La longue durée) revista “Annales. Economía, Sociedades, Civilizaciones”. 13, nº 4 octubre-diciembre de 1958. En su obra más emblemática (y menos leída) sobre el Mediterráneo: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (1949) distingue entre el tiempo casi estacionario del mar Mediterráneo como espacio geográfico (la longue durée), el tiempo lento de las estructuras sociales y económicas (conjonctures) y el tiempo rápido de los acontecimientos políticos (évènements). Es que para los historiadores analistas no existe ya un solo tiempo, sino tiempos muy diversos. Así en el clásico ensayo de Le Goff El tiempo de la Iglesia y el tiempo del comerciante en la Edad Media nos dará una idea de lo que vinimos diciendo.


En un prólogo que escribió el español José Ortega y Gasset (1883-1955) a una obra del filósofo antipositivista alemán Wilhelm Dilthey (1833-1911) llamada Introducción a las ciencias del espíritu dijo una serie de apreciaciones sobre la cronología que puede ser muy útil para ciertas clarificaciones: “En historia la cronología no es como suele creerse, una denominatio extrinseca sino, por el contrario la más sustantiva. La fecha de una realidad humana, sea la que sea, es su atributo más constitutivo. Eso trae consigo que la cifra con la que se designa la fecha pasa a tener un significado puramente aritmético, cuando más, astronómico, a convertirse en un nombre o una noción de una realidad histórica. Cuando este modo de pensar sea común entre los historiadores, podrá hablarse en serio de que hay una ciencia histórica”. En una palabra, dice Aróstegui, la cronología es únicamente el tiempo físico, pero éste y el tiempo histórico no se oponen.



¿Por qué este octavo pecado ha tenido tan larga vida entre los historiadores? Simplemente porque la cronología ha sido desde los inicios de la civilización y quizá antes, el primer instrumento comparativo y jerarquizador de lo sucedido. Es por ello, dice Georg Iggers (1926), que un aspecto en común tiene la ciencia histórica desde Leopold Von Ranke y la ciencia histórica desde Tucídides hasta Gibbon: la exposición histórica sigue las acciones que realmente tuvieron lugar en su sucesión diacrónica, es decir, sólo conoce un tiempo unidimensional, en el que los sucesos posteriores siguen a los anteriores y se hacen comprensibles gracias a éstos.


Vivimos aún en una sociedad de dos culturas, nos dice Ilya Prigogine: la de las ciencias naturales y la de las ciencias humanas. La comunicación entre los miembros de estas dos culturas es difícil.¿Cuál es la razón de esta dicotomía? Esta dicotomía tiene una razón profunda, se debe a la manera en que es incorporada la noción de tiempo en cada una de las dos culturas. Lo que distingue a ambas culturas es describir el paso del tiempo. También se podrían tratar de distinguir por la complejidad de su objeto. La física se ocuparía de los fenómenos llamados simples, y las ciencias humanas de los complejos. Pero hoy el abismo entre los llamados fenómenos simples y los complejos se está reduciendo. Sabemos que las partículas elementales y los problemas de la cosmología corresponden a fenómenos sumamente complejos, que han dejado muy atrás las ideas que se tenían al respecto hace tan sólo unas décadas. En cambio, se han postulados modelos simples para describir (de forma esquemática, pero muy interesante) unos problemas que tradicionalmente se habían considerado complejos, como el funcionamiento del cerebro o el comportamiento de las sociedades de insectos. Más adelante dice este Premio Nobel de química que en todos los fenómenos que percibimos a nuestro alrededor, ya sea física macroscópica, en química, en biología o en las ciencias humanas, el futuro y el pasado tienen distintos papeles. Encontramos por doquier una “flecha del tiempo”. Se plantea, pues, la pregunta de cómo puede surgir del no tiempo la flecha del tiempo. ¿Es una ilusión el tiempo que percibimos? La cuestión nos lleva a la “paradoja” del tiempo que es el eje de esta obra, (Las leyes del caos. 1997).



¿Cuál es la razón de nuestro ser?, se pregunta Prigogine. Y responde señalando que los desarrollos recientes van precisamente en esta dirección. Ponen de manifiesto la extensión de la ciencia a un conjunto de fenómenos que la ciencia había relegado a la “fenomenología” (Husserl, Heidegger), y que sin embargo para nosotros son parte esencial de la naturaleza. Según Einstein para llegar a la armonía de lo eterno había que ir más allá del mundo sensible con sus tormentos y añagazas. El triunfo de la ciencia estaría relacionado con la demostración de que nuestra vida –inseparable del tiempo- sólo es una ilusión. Es un concepto grandioso, sin duda, pero también profundamente pesimista. La eternidad no conoce sucesos, pero ¿cómo disociamos la eternidad de la muerte? En cambio, el mensaje de esta obra (Las leyes del caos) es optimista. La ciencia es capaz de describir la creatividad de la naturaleza, y hoy el tiempo ya no habla de soledad, sino de alianza entre el hombre y la naturaleza descrita por él.


Hemos querido colocar estas reflexiones de Prigogine, quien fue profesor de la Universidad Libre de Bruselas, porque ponen de manifiesto la enorme y extraordinaria complejidad de la noción del tiempo y la importancia tan crucial que ha tomado a fines del siglo XX y a comienzos del XXI. Nosotros los historiadores que tenemos al tiempo y a la duración (Vilar) como nuestra materia prima no debemos estar al margen de esta alucinante, fantástica y asombrosa discusión. Recordemos con Bloch que la historia es ciencia de los hombres en el tiempo. “Tiempo, sólo tú eres eterno”, solía decir nuestro Federico Brito Figueroa.







CONSIDERACIONES FINALES.




Como corolario de todos estos pecados acá comentados, no nos queda más que denunciar la precariedad de la formación de nuestros historiadores venezolanos, expertos a lo sumo en el arte de manipular papeles viejos… y nada más. Atosigados los más con una enorme carga docente de aula, sin tener lugar ni disposición física ni mental para la lectura ni mucho menos para la meditación. El oficio del historiador es un oficio hermoso, pero es un oficio difícil y cuya preparación esta, en mi opinión, dice Bloch, muy mal organizada. Los que adelantan alguna que otra investigación, lo hacen casi en solitario, sin apoyo de ningún organismo privado o estatal. Domina lo que se puede llamar una pasión por el secreto que necesariamente habrá de trocarse en un gusto por la información, por el intercambio de información. Mucho menos ha de pertenecer a una comunidad de discurso, por lo que a la desaparición física o intelectual del investigador habrá que comenzar de nuevo. No hay, pues, continuidad de propósitos en las investigaciones. Por ello desde Barquisimeto, Venezuela, estamos enviando un mensaje de aliento y esperanza en el sentido de que los historiadores podemos romper la regla y la tradición, y que sí es posible trabajar en equipo y formar una comunidad de discurso. Eso sí, reconociendo el liderazgo intelectual de los maestros, regla de bronce para constituir comunidades de discurso, y que en nuestro caso se trata de los doctores Federico Brito Figueroa (+2000) y Reinaldo Rojas (1954). Dos hombres que en una genética del intelecto están conectados y nos conectan a los fundadores de la Escuela de los Anales y de sus fundadores: Marc Bloch y Lucien Febvre.





Ignoran, pues, nuestros historiadores los enormes avances epistemológicos, que según Martínez Miguélez, han ido logrando una serie de metas que pueden formar ya un conjunto de postulados irrenunciables, como los siguientes: Toda observación es relativa al punto de vista del observador (Einstein); toda observación se hace desde una teoría (Hanson); toda observación afecta al fenómeno observado (Heinserberg); no existen hechos, sólo interpretaciones (Nietzsche); estamos condenados al significado (Merleau-Ponty); ningún lenguaje consistente puede contener los medios necesarios para definir su propia semántica (Tarski); ninguna ciencia está capacitada para demostrar científicamente su propia base (Descartes); ningún sistema matemático puede probar los axiomas en que se basa (Gödel); la pregunta ¿qué es la ciencia? no tiene una respuesta científica (Morin). Estas ideas matrices conforman una plataforma y una base lógica conceptual para asentar todo proceso racional con pretensión científica, pero coliden con los parámetros de la racionalidad científica clásica tradicional.



En historia, más que en cualquier disciplina, estamos atados a la tradición de manera muy fuerte, ello quizá se deba a la distorsionada idea de que los historiadores sólo nos ocupamos de lo que ya pasó, ignorandose que somos una ciencia de los hombres en el tiempo, según dijo Bloch, y al hecho de que como construcción científica somos muy recientes. Somos hijos del pacato y mojigato siglo XIX. No olvidemos que somos unos artesanos de la cultura que debemos superar los obstáculos de la especialización y que estamos obligados a demostrar la legitimidad del conocimiento histórico. Es la ocasión de colocarnos en la cresta de los acontecimientos y de los procesos que jalonan la vida del siglo XXI a una velocidad de vértigo. A ello quedan invitados.












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