
Lucien Febvre:
un inmenso legado
historiográfico.
Luis Eduardo Cortés Riera. cronistadecarora@gmail.com
Hace 70 años, el 25 de septiembre de 1956, falleció uno
de los historiadores más prominentes y originales del siglo XX. Había nacido el
20 de julio de 1878. Tuvo un brillante discípulo, cosa que pocas veces se dice,
en Marc Bloch, un joven judío francés con el que renueva las ciencias humanas y
la historia. Una sólida amistad que no tuvo exenta de algunas discordias.
El historiador británico Peter Burke en su La revolución historiográfica francesa. La Escuela de los Annales (1929-1989),
nos dice que:
Una parte
extraordinaria de los escritos históricos más innovadores y más significativos
del siglo XX fue producida en Francia. Buena parte de esta historia es la obra
de un determinado grupo de estudiosos vinculados con la revista fundada en 1929
y conocida como Annales. (Burke, 1990,
p.11)
Esta revolución historiográfica tiene sus inicios en 1900
cuando el filósofo Henry Berr, fundador de Revue
de Synthese Historique, publicación en donde propone la ampliación del
objeto de la historia a la sociedad, la economía y la cultura. En América se
inició una discusión parecida entre historiadores. Dos prominentes historiadores
alemanes intervinieron en esta discusión teórica Heinrich Rickert y Karl
Lamprecht, lo cual convirtió a la Revue
en un foro internacional de discusión crítica (Georg Iggers, La ciencia histórica en el siglo XX. Las
tendencias actuales.1998, p. 36)
Ese nuevo espíritu se observa en una obra temprana de
Febvre que fue su tesis: Felipe II y el
Franco-Condado, defendida en la
Sorbona en 1911. Una perspectiva original logra al analizar todos los elementos
de la región: ríos, molinos de trigo, minas, hornos, ingresos de los señoríos,
la relación entre nobles y burgueses. Un enfoque detallado y meticuloso que
echó las bases de un nuevo método histórico. Las magnitudes fijas que hasta
entonces habían desempeñado un papel tan importante, el estado, la economía, la
religión, la literatura y las artes, pierden sus límites y autonomía y se
convierten en áreas parciales dentro de una cultura que lo abarca todo. Existen
paralelismos entre el libro de Febvre sobre el Franco Condado y la historia
económica medieval del país del Mosela de Karl Lamprecht (Iggers, 1998, p. 48,
49 y 50)
Después de este
inmenso logro epistémico, Febvre obtuvo varias cátedras universitarias: Dijon y
Estrasburgo. En esta última ciudad, un nudo cultural franco alemán, entra en
contacto con grandes pensadores de la época: el psicólogo Charles Blondel; el
historiador pionero de la sociología histórica de la religión Gabriel Le Bras,
el medievalista Charles Edmon Perrin, y, sobre todo el medievalista Marc Bloch,
su amigo cercano y compañero en la revolución historiográfica que rompe con una
tradición dominante desde Ranke.
Poco antes de fundar Annales,
publica Febvre una biografía: Martín
Lutero. Un destino. (1928) Un religioso dominico que nace en una Alemania
despreciada por Europa, que sufre en su interior conflictos personales y
persistentes miedos a la condenación eterna, lo que muchos historiadores daban
por entendido. Febvre se atreve a traspasar los límites del idioma y de la
nacionalidad. Lutero es presentado más como una personalidad religiosa sino una
personalidad política, nos dice Leopoldo Cervantes Ortiz. (Lutero según Lucien Febvre:
un destino reformador alemán según una mirada
francesa).
En 1924 vio la luz un magnífico trabajo del joven Marc
Bloch y que sería base fundacional de la historia de las mentalidades: Los reyes taumaturgos. Se trata de un
estudio sobre el tacto real que curaba las escrófulas, influenciado por los
antropólogos Lévi Bruhl y Marcel Mauss, el psicólogo social Charles Blondel y
las ideas de Maurice Halbwachs sobre la estructura social de la memoria,
publicado en 1925, que produjo profunda impresión en Bloch. Afirma Burke (1990,
p.24) que “No parece fantástico sugerir que la idea de George Lefebvre del
“gran temor de 1789” contenida en su famoso estudio debe algo al anterior
estudio sobre los rumores compuesto por Marc Bloch.
Sacar la historia
de la rutina, abrir ir nuevas perspectivas, experiencias, métodos, derribar las
barreras que separaban la historia de la antropología, sociología, lingüística,
geografía. Su propósito era superar la historia centrada en los grandes personajes
políticos, enfoque muy afín al positivismo decimonónico, y crear la historia de
las mentalidades colectivas para superar la historia “historizante”, la que se
basaba en unas aspiraciones de certeza absoluta que campeaban en las ciencias
naturales y sociales del siglo XIX, un mundo conceptual que se estaba
derrumbando apresuradamente entonces.
Annales, dice Iggers, (1998, p. 49) modifica el concepto de
tiempo, que ya no es considerado un movimiento unidimensional del pasado al
futuro, tal como lo consideraban no sólo Ranke, sino también Marx y Weber.
Persiguen una historia cultural. Encarnan un sprit (espíritu) que invita a
buscar nuevos métodos y enfoques de investigación, pero que no es ninguna doctrina.
La Revista Annales,
(Burke, 1990, p. 28) estuvo a punto de ser fundada poco después de terminada la
Primera Guerra y se le ofreció Henry Pirenne dirigirla, quien no aceptó. En
1928 el joven Bloch retoma la idea, pero como una revista francesa. Pirenne
volvió a declinar la idea de que asumiera la dirección. De esta manera Febvre y Bloch se convierten
en directores asociados.
Dice Burke, (1990 p. 28) que Annales d” histoire économique et sociale, como se llamó primero
según el modelo de Annales de géographie de
Vidal de la Blanche, fue planeada desde un principio para ser algo más que otra
publicación histórica. Aspiraba a ser la guía intelectual de los campos de
historia económica y de la historia social. La revista fue un verdadero vocero
de las aspiraciones de los editores que abogaban por un nuevo enfoque
interdisciplinario de la historia. El comité de redacción incluía no sólo
historiadores de historia antigua y moderna sino también a un geógrafo (Albert
Demangeon), a un sociólogo de la memoria ((Maurice Halbwachs), a un economista
(Charles Rits), y a un especialista en ciencia política (André Siegfried, un
exalumno de Paul Vidal de la Blanche)
Burke nos dice que en el centro del grupo de Annales están Lucien Febvre, Marc Bloch,
Fernand Braudel, Georges Duby, Jacques Le Goff, Emmanuel Le Roy Ladurie. Cerca del
borde se encuentran Ernest Labrousse, Pierre Vilar, Maurice Alguhon, y Michel
Vovelle, cuatro distinguidos historiadores cuyo compromiso con un enfoque
marxista de la historia-particularmente fuerte en el caso de Pierre Vilar- los
coloca fuera de su círculo interior. En el borde o más allá del borde, están
Roland Mousnier y Michel Foucault. (Burke, 1990, p. 11)
Los primeros colaboradores del primer número de la que
iba a ser célebre revista, aparece en 15 de enero de 1929, son verdaderamente
excepcionales: el medievalista belga Henry Pirenne (1862-1935), un
intermediario importante entre la historiografía social alemana y la francesa,
escribe sobre la instrucción de los mercaderes medievales; el historiador sueco
Eli Heckscher, autor de un famoso estudio sobre el mercantilismo; y el
estadounidense Earl Hamilton (1899-1989) , más conocido por su obra sobre el
tesoro americano y la revolución de los precios producida en España, la primera
gran inflación conocida en la historia.
Febvre es autor de uno de los trabajos de historia más
fructíferos publicados en este siglo XX: El
problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais (1942)
Junto con Los reyes taumaturgos (1924) de Marc Bloch inspiran la historia de las mentalidades,
perspectiva de análisis que hará eclosión en la década de 1960.
Febvre, que era
muy irritable, se molesta mucho al escuchar decir al historiador Abel Lefran
que Francoise Rabelais, autor de Pantagruel
y Gargantúa (1532) era un confeso ateo que quería con sus escritos socavar
el cristianismo. Febvre responde que era una interpretación equivocada y
anacrónica. La incredulidad era un pensamiento que no estaba al alcance de los
hombres del siglo XVI, pues estos seres humanos no tenían las herramientas
conceptuales ni científicas para negar la existencia de Dios. Era un siglo que
quería creer.
El libro es una gran lección de método, una lección de
prudencia: “jamás tenemos convicciones absolutas cuando se trata de hechos
históricos…El historiador no es el que sabe. Es el que investiga.” También advierte sobre el mayor de los
pecados, el más imperdonable que puede cometer un historiador: el anacronismo. El
libro es, dice Iggers, (1998, p. 101) un ejemplo de cómo es posible aproximarse
a los razonamientos de una época mediante el análisis de su lenguaje, el cual
constituye su “herramienta mental” (outil
mental).
Debemos penetrar, escribe Iggers, (1998, p. 56, 57) hasta
las estructuras de pensamiento ocultas en el subconsciente colectivo. Esta
corriente de investigación vio allanado su camino por la obra de Febvre
publicada en 1942. Para responder, por ejemplo, a la pregunta de si Rabelais
fue ateo o no, no son decisivas las ideas explicitas, sino el instrumental lingüístico
con el que pensaban los hombres de la época. La prioridad de la lengua ya fue formulada
en la obra de Ferdinand de Saussure, Fundamentos
de lingüística general, publicada póstumamente en 1916.
La segunda guerra mundial distanció a Febvre y Bloch,
pues Alemania nazi había invadido a Francia. Febvre quería seguir publicando Annales bajo la ocupación, a lo que se
niega rotundamente Bloch, quien se alista en el ejército. Tras la derrota se
une a la resistencia hasta que la Gestapo lo detiene y asesina en 1944. En esos
terribles años escribe dos trabajos señeros: Extraña derrota, una relación de un testigo ocular del colapso
francés, y cada vez más aislado y ansioso por las futuras perspectivas de su familia,
de sus amigos y de su país, escribe un ensayo sobre el oficio del historiador,
una introducción lúcida y moderada y sensata a ese tema -y continúa siendo la
mejor contribución que tenemos- afirma Peter Burke, (1998, p. 33). La primera
edición venezolana en 1986, con el título Apología
de la historia o el oficio del historiador, se la debemos a la Fundación
Buría, por feliz iniciativa de los
doctores Federico Brito Figueroa y Reinaldo Rojas.
Luego de la guerra Annales
se institucionaliza. En 1946 fueron integrados a una poderosa institución
de la sexta sección de la École Practique
des Hautes Études, institución dedicada exclusivamente a la investigación
ya la formación de investigadores, que incorpora no sólo las ciencias sociales
que habían sido importantes para los Annales
en los primeros años, a saber, la economía, la sociología y la
antropología, sino también la lingüística, la semiótica, las ciencias de la literatura
y del arte y el psicoanálisis. (Iggers, 1998, p. 52)
Mientras antes de 1939 los miembros del circulo de Annales eran unos marginados, con la
creación d esta nueva institución, la École des Hautes Études en Sciences
Sociales, apoyada con fondos del consejo nacional francés de investigaciones
científicas (CNRS), llegaron a ejercer una gran influencia en la investigación
y en la asignación de plazas. (Iggers, ibíd.)
Annales, dice Burke (p. 37) había comenzado siendo la
publicación de una secta herética.” Es necesario ser herético”, declaraba Febvre
en su conferencia inaugural Oportet
haereses ese. Sin embargo, después de la guerra la revista se trasformó en
el órgano oficial de una “iglesia ortodoxa”. Con la dirección de Febvre los revolucionarios
intelectuales lograron hacerse cargo de la posición histórica de Francia. El
heredero de este poder será Fernand Braudel, autor de la ciclópea obra de 600
mil palabras: El Mediterráneo y el mundo
mediterráneo en la época de Felipe II, publicada por primera vez en francés
en 1949. La primera edición en castellano se la debemos al Fondo de Cultura
Económica, México, 1953. La dedicatoria de Braudel dice así:
A Lucien Febvre,
siempre presente,
en prueba
de reconocimiento
y afecto filial.
En 1953 publica Febvre uno de sus últimos trabajos: Combates por la historia. Allí nos habla de
un examen de conciencia de una historia y de un historiador. La historia no
debe limitarse a estudiar el pasado, sino que tiene como objetivo comprender el
presente y proyectarse hacia el futuro.
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Carora,
Estado Lara,
República
Bolivariana de Venezuela,
24 de febrero de 2026.
