miércoles, 25 de febrero de 2026

Lucien Febvre, legado historiográfico

 

Combates por la historia by Lucien Febvre | Goodreads

 

Lucien Febvre:

un inmenso legado historiográfico.

Luis Eduardo Cortés Riera. cronistadecarora@gmail.com

 

Hace 70 años, el 25 de septiembre de 1956, falleció uno de los historiadores más prominentes y originales del siglo XX. Había nacido el 20 de julio de 1878. Tuvo un brillante discípulo, cosa que pocas veces se dice, en Marc Bloch, un joven judío francés con el que renueva las ciencias humanas y la historia. Una sólida amistad que no tuvo exenta de algunas discordias.

El historiador británico Peter Burke en su La revolución historiográfica francesa. La Escuela de los Annales (1929-1989), nos dice que:

 Una parte extraordinaria de los escritos históricos más innovadores y más significativos del siglo XX fue producida en Francia. Buena parte de esta historia es la obra de un determinado grupo de estudiosos vinculados con la revista fundada en 1929 y conocida como Annales. (Burke, 1990, p.11)

Esta revolución historiográfica tiene sus inicios en 1900 cuando el filósofo Henry Berr, fundador de Revue de Synthese Historique, publicación en donde propone la ampliación del objeto de la historia a la sociedad, la economía y la cultura. En América se inició una discusión parecida entre historiadores. Dos prominentes historiadores alemanes intervinieron en esta discusión teórica Heinrich Rickert y Karl Lamprecht, lo cual convirtió a la Revue en un foro internacional de discusión crítica (Georg Iggers, La ciencia histórica en el siglo XX. Las tendencias actuales.1998, p. 36)

Ese nuevo espíritu se observa en una obra temprana de Febvre que fue su tesis: Felipe II y el Franco-Condado, defendida en la Sorbona en 1911. Una perspectiva original logra al analizar todos los elementos de la región: ríos, molinos de trigo, minas, hornos, ingresos de los señoríos, la relación entre nobles y burgueses. Un enfoque detallado y meticuloso que echó las bases de un nuevo método histórico. Las magnitudes fijas que hasta entonces habían desempeñado un papel tan importante, el estado, la economía, la religión, la literatura y las artes, pierden sus límites y autonomía y se convierten en áreas parciales dentro de una cultura que lo abarca todo. Existen paralelismos entre el libro de Febvre sobre el Franco Condado y la historia económica medieval del país del Mosela de Karl Lamprecht (Iggers, 1998, p. 48, 49 y 50)

 Después de este inmenso logro epistémico, Febvre obtuvo varias cátedras universitarias: Dijon y Estrasburgo. En esta última ciudad, un nudo cultural franco alemán, entra en contacto con grandes pensadores de la época: el psicólogo Charles Blondel; el historiador pionero de la sociología histórica de la religión Gabriel Le Bras, el medievalista Charles Edmon Perrin, y, sobre todo el medievalista Marc Bloch, su amigo cercano y compañero en la revolución historiográfica que rompe con una tradición dominante desde Ranke.

Poco antes de fundar Annales, publica Febvre una biografía: Martín Lutero. Un destino. (1928) Un religioso dominico que nace en una Alemania despreciada por Europa, que sufre en su interior conflictos personales y persistentes miedos a la condenación eterna, lo que muchos historiadores daban por entendido. Febvre se atreve a traspasar los límites del idioma y de la nacionalidad. Lutero es presentado más como una personalidad religiosa sino una personalidad política, nos dice Leopoldo Cervantes Ortiz. (Lutero según Lucien Febvre: un destino reformador alemán según una mirada francesa).

En 1924 vio la luz un magnífico trabajo del joven Marc Bloch y que sería base fundacional de la historia de las mentalidades: Los reyes taumaturgos. Se trata de un estudio sobre el tacto real que curaba las escrófulas, influenciado por los antropólogos Lévi Bruhl y Marcel Mauss, el psicólogo social Charles Blondel y las ideas de Maurice Halbwachs sobre la estructura social de la memoria, publicado en 1925, que produjo profunda impresión en Bloch. Afirma Burke (1990, p.24) que “No parece fantástico sugerir que la idea de George Lefebvre del “gran temor de 1789” contenida en su famoso estudio debe algo al anterior estudio sobre los rumores compuesto por Marc Bloch.

 

 Sacar la historia de la rutina, abrir ir nuevas perspectivas, experiencias, métodos, derribar las barreras que separaban la historia de la antropología, sociología, lingüística, geografía. Su propósito era superar la historia centrada en los grandes personajes políticos, enfoque muy afín al positivismo decimonónico, y crear la historia de las mentalidades colectivas para superar la historia “historizante”, la que se basaba en unas aspiraciones de certeza absoluta que campeaban en las ciencias naturales y sociales del siglo XIX, un mundo conceptual que se estaba derrumbando apresuradamente entonces.

Annales, dice Iggers, (1998, p. 49) modifica el concepto de tiempo, que ya no es considerado un movimiento unidimensional del pasado al futuro, tal como lo consideraban no sólo Ranke, sino también Marx y Weber. Persiguen una historia cultural. Encarnan un sprit (espíritu) que invita a buscar nuevos métodos y enfoques de investigación, pero que no es ninguna doctrina.

La Revista Annales, (Burke, 1990, p. 28) estuvo a punto de ser fundada poco después de terminada la Primera Guerra y se le ofreció Henry Pirenne dirigirla, quien no aceptó. En 1928 el joven Bloch retoma la idea, pero como una revista francesa. Pirenne volvió a declinar la idea de que asumiera la dirección.  De esta manera Febvre y Bloch se convierten en directores asociados.

Dice Burke, (1990 p. 28) que Annales d” histoire économique et sociale, como se llamó primero según el modelo de Annales de géographie de Vidal de la Blanche, fue planeada desde un principio para ser algo más que otra publicación histórica. Aspiraba a ser la guía intelectual de los campos de historia económica y de la historia social. La revista fue un verdadero vocero de las aspiraciones de los editores que abogaban por un nuevo enfoque interdisciplinario de la historia. El comité de redacción incluía no sólo historiadores de historia antigua y moderna sino también a un geógrafo (Albert Demangeon), a un sociólogo de la memoria ((Maurice Halbwachs), a un economista (Charles Rits), y a un especialista en ciencia política (André Siegfried, un exalumno de Paul Vidal de la Blanche)  

Burke nos dice que en el centro del grupo de Annales están Lucien Febvre, Marc Bloch, Fernand Braudel, Georges Duby, Jacques Le Goff, Emmanuel Le Roy Ladurie. Cerca del borde se encuentran Ernest Labrousse, Pierre Vilar, Maurice Alguhon, y Michel Vovelle, cuatro distinguidos historiadores cuyo compromiso con un enfoque marxista de la historia-particularmente fuerte en el caso de Pierre Vilar- los coloca fuera de su círculo interior. En el borde o más allá del borde, están Roland Mousnier y Michel Foucault. (Burke, 1990, p. 11)  

Los primeros colaboradores del primer número de la que iba a ser célebre revista, aparece en 15 de enero de 1929, son verdaderamente excepcionales: el medievalista belga Henry Pirenne (1862-1935), un intermediario importante entre la historiografía social alemana y la francesa, escribe sobre la instrucción de los mercaderes medievales; el historiador sueco Eli Heckscher, autor de un famoso estudio sobre el mercantilismo; y el estadounidense Earl Hamilton (1899-1989) , más conocido por su obra sobre el tesoro americano y la revolución de los precios producida en España, la primera gran inflación conocida en la historia.  

Febvre es autor de uno de los trabajos de historia más fructíferos publicados en este siglo XX: El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais (1942) Junto con Los reyes taumaturgos (1924) de Marc Bloch inspiran la historia de las mentalidades, perspectiva de análisis que hará eclosión en la década de 1960.

 Febvre, que era muy irritable, se molesta mucho al escuchar decir al historiador Abel Lefran que Francoise Rabelais, autor de Pantagruel y Gargantúa (1532) era un confeso ateo que quería con sus escritos socavar el cristianismo. Febvre responde que era una interpretación equivocada y anacrónica. La incredulidad era un pensamiento que no estaba al alcance de los hombres del siglo XVI, pues estos seres humanos no tenían las herramientas conceptuales ni científicas para negar la existencia de Dios. Era un siglo que quería creer.  

El libro es una gran lección de método, una lección de prudencia: “jamás tenemos convicciones absolutas cuando se trata de hechos históricos…El historiador no es el que sabe. Es el que investiga.”  También advierte sobre el mayor de los pecados, el más imperdonable que puede cometer un historiador: el anacronismo. El libro es, dice Iggers, (1998, p. 101) un ejemplo de cómo es posible aproximarse a los razonamientos de una época mediante el análisis de su lenguaje, el cual constituye su “herramienta mental” (outil mental).

Debemos penetrar, escribe Iggers, (1998, p. 56, 57) hasta las estructuras de pensamiento ocultas en el subconsciente colectivo. Esta corriente de investigación vio allanado su camino por la obra de Febvre publicada en 1942. Para responder, por ejemplo, a la pregunta de si Rabelais fue ateo o no, no son decisivas las ideas explicitas, sino el instrumental lingüístico con el que pensaban los hombres de la época. La prioridad de la lengua ya fue formulada en la obra de Ferdinand de Saussure, Fundamentos de lingüística general, publicada póstumamente en 1916.

La segunda guerra mundial distanció a Febvre y Bloch, pues Alemania nazi había invadido a Francia. Febvre quería seguir publicando Annales bajo la ocupación, a lo que se niega rotundamente Bloch, quien se alista en el ejército. Tras la derrota se une a la resistencia hasta que la Gestapo lo detiene y asesina en 1944. En esos terribles años escribe dos trabajos señeros: Extraña derrota, una relación de un testigo ocular del colapso francés, y cada vez más aislado y ansioso por las futuras perspectivas de su familia, de sus amigos y de su país, escribe un ensayo sobre el oficio del historiador, una introducción lúcida y moderada y sensata a ese tema -y continúa siendo la mejor contribución que tenemos- afirma Peter Burke, (1998, p. 33). La primera edición venezolana en 1986, con el título Apología de la historia o el oficio del historiador, se la debemos a la Fundación Buría, por feliz iniciativa de los doctores Federico Brito Figueroa y Reinaldo Rojas.

Luego de la guerra Annales se institucionaliza. En 1946 fueron integrados a una poderosa institución de la sexta sección de la École Practique des Hautes Études, institución dedicada exclusivamente a la investigación ya la formación de investigadores, que incorpora no sólo las ciencias sociales que habían sido importantes para los Annales en los primeros años, a saber, la economía, la sociología y la antropología, sino también la lingüística, la semiótica, las ciencias de la literatura y del arte y el psicoanálisis. (Iggers, 1998, p. 52)

Mientras antes de 1939 los miembros del circulo de Annales eran unos marginados, con la creación d esta nueva institución, la École des Hautes Études en Sciences Sociales, apoyada con fondos del consejo nacional francés de investigaciones científicas (CNRS), llegaron a ejercer una gran influencia en la investigación y en la asignación de plazas. (Iggers, ibíd.)

Annales, dice Burke (p. 37) había comenzado siendo la publicación de una secta herética.” Es necesario ser herético”, declaraba Febvre en su conferencia inaugural Oportet haereses ese. Sin embargo, después de la guerra la revista se trasformó en el órgano oficial de una “iglesia ortodoxa”. Con la dirección de Febvre los revolucionarios intelectuales lograron hacerse cargo de la posición histórica de Francia. El heredero de este poder será Fernand Braudel, autor de la ciclópea obra de 600 mil palabras: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, publicada por primera vez en francés en 1949. La primera edición en castellano se la debemos al Fondo de Cultura Económica, México, 1953. La dedicatoria de Braudel dice así:

A Lucien Febvre,

siempre presente,

en prueba

de reconocimiento

y afecto filial.

 

En 1953 publica Febvre uno de sus últimos trabajos: Combates por la historia. Allí nos habla de un examen de conciencia de una historia y de un historiador. La historia no debe limitarse a estudiar el pasado, sino que tiene como objetivo comprender el presente y proyectarse hacia el futuro.

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Carora,

 Estado Lara,

 República Bolivariana de Venezuela,

24 de febrero de 2026.

 

 

 

 

 

 

   


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