Fray Carlos Dovosik Pascko:
Encuentro con lo Absoluto en La
Otra Banda semiárida caroreña venezolana.
Luis Eduardo Cortés Riera. cronistadecarora@gmail.com
En medio de la infinita humildad de los habitantes mestizos
del semiárido occidental larense venezolano, este fraile nativo de la
atribulada nación croata se encuentra con lo Absoluto, un sentido trascendental
y de significado del que carece, o ve en trance de morir Europa en los
terribles años de la Segunda Guerra Mundial. La cultura de occidente parece
desplomarse ante el que parece un indetenible avance del totalitarismo nazi
fascista en el viejo continente. Una mitología racial supremacista que quiere
acabar con las certezas que ha creado la cultura por milenios. Un vacío moral y
emocional que no tenía precedentes en la humana historia. Croacia en aquellos
terribles años se convierte en un estado autoritario, una marioneta al servicio
de Adolfo Hitler.
Croacia es un país de conformación étnica eslava, pero de
creencias mayoritariamente católicas. En esa condición le acompañan Polonia,
Eslovenia, República Checa, Eslovaquia. El 87 % de la población de Croacia se
declara seguidor del Papa de Roma. La iglesia ortodoxa griega cuenta allí con
un 1,5 % de la población, y otro tanto los seguidores de Alá y su profeta
Mahoma.
Carlos Dovosik
Pasco, que había nacido el 9 de enero de 1923 en la comarca de Verazdin,
Croacia, frontera norte con Eslovenia y Hungría, decide salir al encuentro con
el lugar de la Utopía en 1947: la Tierra de Gracia de Venezuela, luego de una
breve pasantía por la Italia de Mussolini. Había estudiado filosofía y teología
en Zagreb, capital croata, donde profundiza en el conocimiento de la humildad
franciscana. Su lema y por el cual fue reconocido era “Dios salva”. Se interna a nuestro país tropical y amable
por la localidad de Araira, estado Miranda, Biscucuy en el estado Portuguesa,
donde medio aprende la lengua de Cervantes. Como Humboldt dos siglos atrás,
queda prendado definitivamente del trópico.
Los franciscanos habían establecido conventos en la
Provincia de Venezuela, en El Tocuyo, Barquisimeto y Carora en tiempos
coloniales, valiosas cátedras de latín, canto gregoriano, animaron el culto
mariano a La Divina Pastora en el pueblo de indios de Santa Rosa del Cerrito,
cercano a Barquisimeto, y la devoción a la virgen del Rosario de la
Chiquinquirá de Aregue, otro poblado indígena cercano a la ciudad de blancos de
Carora. Fue el fraile Ildefonso
Aguinagalde, “Papa Poncho”, protagonista de la “Maldición del fraile” en Carora
en 1859, maldijo desde su posición de liberal a los godos conservadores “hasta
la quinta generación.”. Es uno de nuestros imaginarios colectivos más potentes.
Es el obispo margariteño Críspulo Benítez Fonturvel quien
recibe al joven y rubio fraile europeo en la Diócesis de Barquisimeto en 1949,
y lo envía a la parroquia de La Pastora, en la ciudad del semiárido de Carora. Allí
estuvo hasta 1951, año cuando asume la inmensa parroquia Montesdeoca, que comprendía
los caseríos de Morroco, Palmarito, Quebrada Arriba, Altagracia y Pedernales. En
esa inmensa geografía colindante con el Estado Zulia, se dio a conocer con su
Toyota todo terreno color marrón, luenga barba blanca, y el hábito franciscano del
mismo color, con un blanco cordel de tres nudos a la cintura, que nunca se
quitaba. Igual admiración por el croata sentía el obispo de Barquisimeto Tulio
Manuel Chirivella.
Con esa noble, poderosa máquina japonesa, visitaba
enfermos, daba comuniones, responsos, y oficiaba misas en una lengua castellana
con fonéticas y gramáticas croatas y eslavas de las cuales nunca logra
desprenderse totalmente. Con su infaltable acordeón, me dice el profesor Alirio
Martín Álvarez, acompañado de fogosos y ardientes tragos de agave cocuy, canta
las canciones mexicanas de Pedro Infante y Javier Solís, las emblemáticas
piezas musicales La cama de piedra y Payaso. El fraile Carlos era en ese
sentido un auténtico cantor popular, un intermediario cultural, según Michel
Vovelle, que se incrusta a los gustos melódicos de la gente del común.
Cual un Quijote de
La Mancha de las regiones equinocciales, tenía su espaldero y criado en la
persona de Mamerto Mendoza, “el come papas”, quien le cargaba su acordeón,
ayudaba en las misas y degustaban juntos la maravillosa bebida del semiárido
extraída del agave cocuy trelease,
mientras abordaban en el potente todoterreno las secas y espinosas sabanas de
La Otra Banda caroreña.
Era tal su
confianza y certidumbre en Dios que se arrojaba temerariamente en aquella máquina
de doble trasmisión a las enfurecidas aguas de las quebradas al grito de “Dios
salva”, lo cual le permitía llegar a sus compromisos religiosos tras superar
esas peligrosas aguas torrenciales que bien pudieron arrastrarlo mortalmente.
En la anchísima y
pedregosa Quebrada del Oro ocurrió, nos dice Eloy Armao, que luego de intenso
aguacero arrastraba un caudal de agua marrón, remolinos, piedras y troncos. En
una vieja camioneta y acompañado de unas damas, Carmen Rivero y doña
Cristobalina, la cajuela full de hombres, se arroja el religioso croata al rugiente
caudal quebradil al grito “Dios salva.” Pisa a fondo el acelerador y se
abalanza a la quebrada sin oír las advertencias de sus asustados compañeros,
quienes logran ponerse a salvo cuando el poderoso torrente de agua arrastró la
camioneta, dejando milagrosamente al religioso y acompañantes en la orilla de
la quebrada. La vieja camioneta desapareció de la vista de los aterrorizados
paisanos del vasto erial caroreño.
La señora Carmen La Huerta lo ayudaba con la catequesis y
alimentación de los niños en una casa contigua a la iglesia parroquial, la Ciudad
de los Muchachos. Esta dama sufría de una suerte de ciclofrenia en tiempos de
Luna. Cierta vez ella montó en una carretilla a varios chamos e intentó
arrojarlos a la quebrada crecida contigua al poblado de San Francisco, irracional
acción que evita el fraile Carlos al último momento con gritos desesperados.
Era su modo de vivir el Evangelio muy particular, en sus
homilías se refería fray Carlos a las lluvias, la vegetación y a las cosechas,
cantaba y bailaba con sus feligreses que lo adoraban. Era su muy genuina manera
de interpretar a San Francisco de Asís, fundador de la orden de los
franciscanos en el siglo XIII, de quien dice la tradición tenía gran cariño e
inclinación por la música. Su hábito de franciscano mostraba su apego a la
tierra reseca, pues los múltiples cadillos amarillentos adheridos hacían
contraste con el hondo marrón de su infaltable indumentaria religiosa.
El solar de su iglesia parroquial deja de ser un paraje
estéril y yermo. Gracias a sus fuertes manos de agricultor sembró nuestro
fraile europeo hortalizas, árboles frutales y flores, lo cual fue un
maravilloso momento en aquellas soleadas tierras de La Otra Banda caroreña. Yo mismo, en compañía de Gerardo Pérez
González, vi ese prodigioso experimento agricultor en el vientre del secano
larense, por allá en los años 80. Recibimos de regalo de sus nerviosas manos y
penetrante y azulada mirada, cebolla en rama, recuerdo.
Los niños lo
seguían encantados, cual Flautista de Hamelín, pues siempre cargaba en sus
alforjas caramelos y chucherías para obsequiar a los infantes, simple pero
poderoso gesto simbólico, nos dice Eloy Armao. Al visitar el caserío de La
Candelaria, lugar del nacimiento del guitarrista universal Alirio Díaz, los niños
lo iban a recibir a la entrada del pueblo. Traía limones, cerezos y parchitas
de su parcela, y caramelos, me dice la educadora Judith Verde, quien recuerda
su infaltable y emblemático pañuelo con cuatro nudos en su anciana calvicie,
sus intensos ojos azules “como metras”, su porte de santo que agregaba gran
intensidad emotiva a sus visitas.
Judith Verde, colega educadora, nos dice que fray Carlos
nunca superó sus problemas con la lengua castellana. En cierta ocasión en La
Candelaria, durante las fiestas patronales en julio, quiso decir “El que cree
en Dios no morirá para siempre”. Al notar que no podía decir idea tan
metafísica y compleja en castellano, de inmediato expresó: “Al resucitar todos
vendrán en un camión más grande que Carora.”, ocurrencia con la cual ocasiona
gran hilaridad en la capilla candelarense.
Acompañaba las procesiones con el acordeón en sus manos,
bailaba al son de la música al tiempo que su hábito de franciscano y cordón de
San Francisco se movían rítmicamente de derecha a izquierda. Después de los
opíparos almuerzos consistentes en mondongo de chivo e incandescentes arepas
cocinadas en fogones de leña, se echaba a descansar plácidamente en una hamaca
que le colgaban los vecinos en la sacristía. A eso de las 4 o 5 de la tarde
volvía a San Pancho conduciendo su Toyota techo duro dejando una estela de
polvo amarillento.
Una extraña e insólita huelga acontece en San Pancho hace
unas décadas atrás. Sucedió que la Diócesis de Carora intentó trasladar al
rubicundo fraile croata a otra localidad del extenso Municipio Torres, al
pueblo colonial de Río Tocuyo, lo que ocasiona que las gentes se negaron a
jopear sus chivos, las mujeres a encender los fogones y enviar a sus niños a la
escuela. Tres días dura aquel curioso paro laboral hasta que el obispo Eduardo
Herrera Riera da marcha atrás al traslado del fraile Dovosick Pascko. Su
paisano croata Félix Fierik, desde la vecina Quebrada Arriba, lo acompaña en
esta legitima protesta.
Sintiéndose muy avanzado de edad vuelve fray Carlos a la
parroquia Montesdeoca, su adoptivo terruño entrañable que lo asume como uno de
los suyos durante varias décadas. La familia Armao Mosquera en el sector
sanfranciscano de El Cerro le dieron hospitalidad, cariños y cuidados en su
ancianidad, hasta que fallece cristiana y sosegadamente el 6 de enero de 2013. Tenía
90 años de edad cuando pide ser sepultado en las resecas y áridas tierras
otrabandinas.
Este memorable y popular personaje, que vive a mitad de
camino entre realidad y ficción, nos confesó en una oportunidad que su auténtico,
genuino encuentro con el Creador había sucedido en los inmensos y desolados
playones de La Otra Banda caroreña, alumbrado apenas con las titilantes luces
de las estrellas madrugadoras, las tímidas luciérnagas y el lejano canto de
gallos y guacharacas. Lo que el Seminario de Zagreb, allá en su nativa y lejana
Croacia, le proporciona de manera formal y académica, lo encontrará de manera
palpitante y viva fray Carlos en su encuentro con lo Absoluto en las soledades
secas y calenturientas del semiárido occidental larense venezolano.
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El presente trabajo sobre fray Carlos Dovosick Pascko (Verazdin,1923-
El Cerrón, 2013) se ha nutrido de los aportes de la maestra normalista Judith
Verde, vecina de La Candelaria, el profesor Alirio Martín Álvarez Díaz, sobrino
del maestro Alirio Díaz, el señor Eloy Armao, vecino del sector El Cerro de San
Francisco, el profesor Edecio Riera, natural de San Francisco, la señora Raquel
Lameda y su padre Ramón Lameda, habitantes de Campo Alegre, el reverendo padre
Juan Bautista Briceño, su cordial amigo, la señora Emérita Madrid, quien con mi
padre Expedito Cortés, realizaron el Festival Folclórico de San Francisco durante muchos años, a los sabios Yi Fu Tuam
y Pedro Cunill Grau, creadores de la geografía de la sensibilidad y la emoción,
y, finalmente, al fascinante libro de
George Steiner Nostalgia de lo Absoluto
(2011) que me da la maravillosa idea de escribir sobre el franciscano europeo
de ojos azules que se imbrica a nuestra amarillenta tierra hasta el final de
los tiempos.
Carora,
Estado Lara,
República Bolivariana de Venezuela,
viernes 6 de enero
de 2026.
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