
Edecio Riera y la geografía
sentimental del semiárido larense venezolano. (*)
Tengo entre mis manos un libro de relatos del curtido docente
y animador de la cultura Edecio Riera, quien me los hace llegar para que lo
prologue, un reto que asumo con inmenso gozo y placer. Tiene un título
admirable: La metamorfosis y sus
travesuras, una novela corta dividida en varias partes.
Se trata de un maravilloso viaje por la memoria individual
y colectiva de los seres humanos que habitan el semiárido larense venezolano que
tiene varios hilos conductores que van de la realidad a la ficción.
El primero es la geografía del semiárido larense, un
lugar de la memoria llamado La Otra Banda, de donde es originario Edecio Riera,
docente de educación `primaria. Tierra semiárida, hosca y difícil, que ha hecho
a sus moradores ingeniosos en el trabajo de la supervivencia con escasas
humedades y aguas. Es una particular geografía que ha propiciado lo que he
llamado “genio de los pueblos del semiárido.”
Le sigue como conexión el vuelo de las mariposas, que son
unos hermosos insectos migratorios que nos llevan a recorrer esa tierra mágica
otrabandina, posándonos con ellas y despegando a la búsqueda de nuevos
asentamientos humanos con curiosos nombres indígenas. Creo que es la más
original propuesta literaria de mi amigo y colega.
Estos coloridos lepidópteros encarnan la imaginación
creativa del escritor y nos conducen a parajes con nombres que rayan en lo insólito:
El Collón, El Cardonalito, El Papayo, Jebe Tuerto, La Majada, El Alemán, La
Candelaria. El polen y la música del inmortal Ludwig Van Beethoven alzan su
vuelo en las patas de estos magníficos insectos, que son responsables en gran
medida de la resurrección del semiárido, un ciclo eterno en clave de Sol anterior
a los seres humanos y que nos sobrevivirá. En alas de ellas hacemos un
fantástico recorrido por el “vasto erial caroreño”, tal como lo nombra Chío
Zubillaga, y sus inmensidades de estío que han alumbrado a Venezuela y el mundo
con su genésica y profunda genialidad.
Esta migración de los gráciles lepidópteros la traslada
ingeniosamente Edecio a una migración humana poco estudiada, la que se produjo
en Venezuela a principios de la centuria pasada cuando del vientre de la tierra
emergió una descomunal riqueza petrolera que despobló a caseríos y pueblos
agrícolas del país.
La pedagogía de
aula y de sus entornos conduce la narración. No podía ser de otra forma, pues
su autor es un curtido docente de escuelas primarias en el medio rural del
Municipio Torres. Tuvo la increíble audacia de inventar un método para enseñar
a leer de manera lúdica y entretenida a los infantes hace unas décadas. La
narración sale y entra del estrecho recinto escolar para desplazarse y recorrer
una geografía difícil y calenturienta salpicada de héroes mitológicos y
leyendas ficcionales y mágicas. Todo cabe en esa interesante propuesta
pedagógica y literaria, desde la sequía, Simón Rodríguez, el folklore, Alirio Díaz,
hasta la Escuela Artesanal Raimundo Pernalete y sus docentes, el Libertador
Simón Bolívar. Es la fecunda metamorfosis, una migración del recuerdo y la
memoria del escritor y docente que habitan en un mismo pecho.
El maravilloso proceso natural de la metamorfosis
continua en el relato de Edecio y va a parar a las aulas de clases de la
Escuela Artesanal Raimundo Pernalete de Carora. Allí nos enseña “Decho” que la
metamorfosis es palabra polisémica y de usos múltiples: todo cambia, todo se
transforma, un proceso sin fin que envuelve a la naturaleza y el pensamiento
humano. Ya en la Antigüedad Heráclito la ve como ley fundamental del Universo,
y hace un siglo, Franz Kafka le da dimensión literaria a su cuento más famoso
cuando Gregorio Samsa despierta convertido en un insecto.
Estos magníficos insectos que son las mariposas inspirarán
una película española extraordinariamente sensible: La lengua de las mariposas
(1999). Un anciano docente enseña a su discípulo infantil los cambios de la
madre naturaleza, film que me vino a la memoria mientras leo las páginas del
relato del músico y docente que es Edecio que hace de los lepidópteros la trama
argumental del desarrollo de su narrativa, la que no deja de producirnos
evocaciones macondianas, y que nos conectan con el folklore venezolano plagado
de evocaciones de tan hermosos insectos tropicales.
Las mariposas, y otro insecto igual de matamorfoseador, las
cigarras cantarinas, le dan nombre a la antigua ciudad del semiárido venezolano
llamada desde el genésico siglo XVI Carora. Este insecto permanece dormido
durante años en una suerte de hibernación tropical a la espera de una
oportunidad para rencontrarse con la vida del vasto erial, una intensa metáfora
que nos domina.
Edecio nos muestra excelentemente en su relato pedagógico
y mariposil, un encuentro feliz con lo que recientemente se ha dado en llamar
una geografía del sentimiento, una geografía cálida y sentimental donde el
paisaje es una referencia emocional de primer orden, nos dicen Yi Fu Tuam y
Pedro Cunill Grau. Esa calenturienta porción del territorio de Venezuela es
colocada a vuelo de mariposas en el corazón de sus discípulos y alumnos del
semiárido, un aprendizaje indeleble y permanente.
La “dormancia” de los seres vivos, vegetales y animales,
en un eterno renacimiento que tiene lugar en ese fantástico “lugar de la
memoria” que es La Otra Banda caroreña, sitio de escasas vegetaciones, aguas y
nubes, pero que ha poblado desde sus tunales, aljibes y casas de torta a la
nación venezolana de inmensos referentes culturales que van de la primordial
alfarería de Camay prehispánico hasta los versos de Alí Lameda, la prosa de
Juan Páez Ávila y las estrofas rítmicas de Alirio Díaz.
Mi amigo y colega educador Edecio Riera ha dicho de forma
magistral de otra manera la misma idea que me corroe desde hace algunos años:
el genio de los pueblos del semiárido larense venezolano. Establecer la manera
cómo una geografía difícil, de una tierra agria y sin jugo, ha impulsado y ha
creado a una comunidad humana que ha sabido domar la naturaleza y producir un
prodigioso talento literario y musical sin parangón en nuestro país.
Mis felicitaciones al docente de aula, músico y animador
cultural que es Edecio Riera, al ver impresas sus meditaciones sobre la
“intrahistoria” de un mundo colocado al borde de la insolación y la sed, pero
que ha sabido renacer incesantemente desde los albores de la historia, una
renovación que no tendrá término jamás, un Absoluto en la cual entró en contacto
el sacerdote croata Carlos Dovocik Pascko en esas yermas, desoladas y silentes tierras
semiáridas occidentales venezolanas.
(*) Luis Eduardo Cortés Riera. Doctorado en Cultura Latinoamericana y
Caribeña, UPEL, Barquisimeto, Venezuela. Cronista de Carora. Miembro de la
Fundación Buría.
Carora,
Estado Lara,
República Bolivariana de Venezuela,
2 de febrero de 2026.
