sábado, 7 de febrero de 2026

Fray Carlos Dovosick Pasco

 

 

Fray Carlos Dovosik Pascko:

Encuentro con lo Absoluto en La Otra Banda semiárida caroreña venezolana.

 

Luis Eduardo Cortés Riera. cronistadecarora@gmail.com

 

En medio de la infinita humildad de los habitantes mestizos del semiárido occidental larense venezolano, este fraile nativo de la atribulada nación croata se encuentra con lo Absoluto, un sentido trascendental y de significado del que carece, o ve en trance de morir Europa en los terribles años de la Segunda Guerra Mundial. La cultura de occidente parece desplomarse ante el que parece un indetenible avance del totalitarismo nazi fascista en el viejo continente. Una mitología racial supremacista que quiere acabar con las certezas que ha creado la cultura por milenios. Un vacío moral y emocional que no tenía precedentes en la humana historia. Croacia en aquellos terribles años se convierte en un estado autoritario, una marioneta al servicio de Adolfo Hitler.

 

Croacia es un país de conformación étnica eslava, pero de creencias mayoritariamente católicas. En esa condición le acompañan Polonia, Eslovenia, República Checa, Eslovaquia. El 87 % de la población de Croacia se declara seguidor del Papa de Roma. La iglesia ortodoxa griega cuenta allí con un 1,5 % de la población, y otro tanto los seguidores de Alá y su profeta Mahoma.

 

 Carlos Dovosik Pasco, que había nacido el 9 de enero de 1923 en la comarca de Verazdin, Croacia, frontera norte con Eslovenia y Hungría, decide salir al encuentro con el lugar de la Utopía en 1947: la Tierra de Gracia de Venezuela, luego de una breve pasantía por la Italia de Mussolini. Había estudiado filosofía y teología en Zagreb, capital croata, donde profundiza en el conocimiento de la humildad franciscana. Su lema y por el cual fue reconocido era “Dios salva”.  Se interna a nuestro país tropical y amable por la localidad de Araira, estado Miranda, Biscucuy en el estado Portuguesa, donde medio aprende la lengua de Cervantes. Como Humboldt dos siglos atrás, queda prendado definitivamente del trópico.

 

Los franciscanos habían establecido conventos en la Provincia de Venezuela, en El Tocuyo, Barquisimeto y Carora en tiempos coloniales, valiosas cátedras de latín, canto gregoriano, animaron el culto mariano a La Divina Pastora en el pueblo de indios de Santa Rosa del Cerrito, cercano a Barquisimeto, y la devoción a la virgen del Rosario de la Chiquinquirá de Aregue, otro poblado indígena cercano a la ciudad de blancos de Carora.  Fue el fraile Ildefonso Aguinagalde, “Papa Poncho”, protagonista de la “Maldición del fraile” en Carora en 1859, maldijo desde su posición de liberal a los godos conservadores “hasta la quinta generación.”. Es uno de nuestros imaginarios colectivos más potentes.

 

Es el obispo margariteño Críspulo Benítez Fonturvel quien recibe al joven y rubio fraile europeo en la Diócesis de Barquisimeto en 1949, y lo envía a la parroquia de La Pastora, en la ciudad del semiárido de Carora. Allí estuvo hasta 1951, año cuando asume la inmensa parroquia Montesdeoca, que comprendía los caseríos de Morroco, Palmarito, Quebrada Arriba, Altagracia y Pedernales. En esa inmensa geografía colindante con el Estado Zulia, se dio a conocer con su Toyota todo terreno color marrón, luenga barba blanca, y el hábito franciscano del mismo color, con un blanco cordel de tres nudos a la cintura, que nunca se quitaba. Igual admiración por el croata sentía el obispo de Barquisimeto Tulio Manuel Chirivella.

 

Con esa noble, poderosa máquina japonesa, visitaba enfermos, daba comuniones, responsos, y oficiaba misas en una lengua castellana con fonéticas y gramáticas croatas y eslavas de las cuales nunca logra desprenderse totalmente. Con su infaltable acordeón, me dice el profesor Alirio Martín Álvarez, acompañado de fogosos y ardientes tragos de agave cocuy, canta las canciones mexicanas de Pedro Infante y Javier Solís, las emblemáticas piezas musicales La cama de piedra y Payaso. El fraile Carlos era en ese sentido un auténtico cantor popular, un intermediario cultural, según Michel Vovelle, que se incrusta a los gustos melódicos de la gente del común.

 

 Cual un Quijote de La Mancha de las regiones equinocciales, tenía su espaldero y criado en la persona de Mamerto Mendoza, “el come papas”, quien le cargaba su acordeón, ayudaba en las misas y degustaban juntos la maravillosa bebida del semiárido extraída del agave cocuy trelease, mientras abordaban en el potente todoterreno las secas y espinosas sabanas de La Otra Banda caroreña.

 

 Era tal su confianza y certidumbre en Dios que se arrojaba temerariamente en aquella máquina de doble trasmisión a las enfurecidas aguas de las quebradas al grito de “Dios salva”, lo cual le permitía llegar a sus compromisos religiosos tras superar esas peligrosas aguas torrenciales que bien pudieron arrastrarlo mortalmente.

 

 En la anchísima y pedregosa Quebrada del Oro ocurrió, nos dice Eloy Armao, que luego de intenso aguacero arrastraba un caudal de agua marrón, remolinos, piedras y troncos. En una vieja camioneta y acompañado de unas damas, Carmen Rivero y doña Cristobalina, la cajuela full de hombres, se arroja el religioso croata al rugiente caudal quebradil al grito “Dios salva.” Pisa a fondo el acelerador y se abalanza a la quebrada sin oír las advertencias de sus asustados compañeros, quienes logran ponerse a salvo cuando el poderoso torrente de agua arrastró la camioneta, dejando milagrosamente al religioso y acompañantes en la orilla de la quebrada. La vieja camioneta desapareció de la vista de los aterrorizados paisanos del vasto erial caroreño.

 

La señora Carmen La Huerta lo ayudaba con la catequesis y alimentación de los niños en una casa contigua a la iglesia parroquial, la Ciudad de los Muchachos. Esta dama sufría de una suerte de ciclofrenia en tiempos de Luna. Cierta vez ella montó en una carretilla a varios chamos e intentó arrojarlos a la quebrada crecida contigua al poblado de San Francisco, irracional acción que evita el fraile Carlos al último momento con gritos desesperados.

 

Era su modo de vivir el Evangelio muy particular, en sus homilías se refería fray Carlos a las lluvias, la vegetación y a las cosechas, cantaba y bailaba con sus feligreses que lo adoraban. Era su muy genuina manera de interpretar a San Francisco de Asís, fundador de la orden de los franciscanos en el siglo XIII, de quien dice la tradición tenía gran cariño e inclinación por la música. Su hábito de franciscano mostraba su apego a la tierra reseca, pues los múltiples cadillos amarillentos adheridos hacían contraste con el hondo marrón de su infaltable indumentaria religiosa.  

 

El solar de su iglesia parroquial deja de ser un paraje estéril y yermo. Gracias a sus fuertes manos de agricultor sembró nuestro fraile europeo hortalizas, árboles frutales y flores, lo cual fue un maravilloso momento en aquellas soleadas tierras de La Otra Banda caroreña.  Yo mismo, en compañía de Gerardo Pérez González, vi ese prodigioso experimento agricultor en el vientre del secano larense, por allá en los años 80. Recibimos de regalo de sus nerviosas manos y penetrante y azulada mirada, cebolla en rama, recuerdo.  

 

 Los niños lo seguían encantados, cual Flautista de Hamelín, pues siempre cargaba en sus alforjas caramelos y chucherías para obsequiar a los infantes, simple pero poderoso gesto simbólico, nos dice Eloy Armao. Al visitar el caserío de La Candelaria, lugar del nacimiento del guitarrista universal Alirio Díaz, los niños lo iban a recibir a la entrada del pueblo. Traía limones, cerezos y parchitas de su parcela, y caramelos, me dice la educadora Judith Verde, quien recuerda su infaltable y emblemático pañuelo con cuatro nudos en su anciana calvicie, sus intensos ojos azules “como metras”, su porte de santo que agregaba gran intensidad emotiva a sus visitas.

 

Judith Verde, colega educadora, nos dice que fray Carlos nunca superó sus problemas con la lengua castellana. En cierta ocasión en La Candelaria, durante las fiestas patronales en julio, quiso decir “El que cree en Dios no morirá para siempre”. Al notar que no podía decir idea tan metafísica y compleja en castellano, de inmediato expresó: “Al resucitar todos vendrán en un camión más grande que Carora.”, ocurrencia con la cual ocasiona gran hilaridad en la capilla candelarense.

 

Acompañaba las procesiones con el acordeón en sus manos, bailaba al son de la música al tiempo que su hábito de franciscano y cordón de San Francisco se movían rítmicamente de derecha a izquierda. Después de los opíparos almuerzos consistentes en mondongo de chivo e incandescentes arepas cocinadas en fogones de leña, se echaba a descansar plácidamente en una hamaca que le colgaban los vecinos en la sacristía. A eso de las 4 o 5 de la tarde volvía a San Pancho conduciendo su Toyota techo duro dejando una estela de polvo amarillento.

 

   

Una extraña e insólita huelga acontece en San Pancho hace unas décadas atrás. Sucedió que la Diócesis de Carora intentó trasladar al rubicundo fraile croata a otra localidad del extenso Municipio Torres, al pueblo colonial de Río Tocuyo, lo que ocasiona que las gentes se negaron a jopear sus chivos, las mujeres a encender los fogones y enviar a sus niños a la escuela. Tres días dura aquel curioso paro laboral hasta que el obispo Eduardo Herrera Riera da marcha atrás al traslado del fraile Dovosick Pascko. Su paisano croata Félix Fierik, desde la vecina Quebrada Arriba, lo acompaña en esta legitima protesta.

 

Sintiéndose muy avanzado de edad vuelve fray Carlos a la parroquia Montesdeoca, su adoptivo terruño entrañable que lo asume como uno de los suyos durante varias décadas. La familia Armao Mosquera en el sector sanfranciscano de El Cerro le dieron hospitalidad, cariños y cuidados en su ancianidad, hasta que fallece cristiana y sosegadamente el 6 de enero de 2013. Tenía 90 años de edad cuando pide ser sepultado en las resecas y áridas tierras otrabandinas.

 

Este memorable y popular personaje, que vive a mitad de camino entre realidad y ficción, nos confesó en una oportunidad que su auténtico, genuino encuentro con el Creador había sucedido en los inmensos y desolados playones de La Otra Banda caroreña, alumbrado apenas con las titilantes luces de las estrellas madrugadoras, las tímidas luciérnagas y el lejano canto de gallos y guacharacas. Lo que el Seminario de Zagreb, allá en su nativa y lejana Croacia, le proporciona de manera formal y académica, lo encontrará de manera palpitante y viva fray Carlos en su encuentro con lo Absoluto en las soledades secas y calenturientas del semiárido occidental larense venezolano.  

 

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El presente trabajo sobre fray Carlos Dovosick Pascko (Verazdin,1923- El Cerrón, 2013) se ha nutrido de los aportes de la maestra normalista Judith Verde, vecina de La Candelaria, el profesor Alirio Martín Álvarez Díaz, sobrino del maestro Alirio Díaz, el señor Eloy Armao, vecino del sector El Cerro de San Francisco, el profesor Edecio Riera, natural de San Francisco, la señora Raquel Lameda y su padre Ramón Lameda, habitantes de Campo Alegre, el reverendo padre Juan Bautista Briceño, su cordial amigo, la señora Emérita Madrid, quien con mi padre Expedito Cortés, realizaron el Festival Folclórico de San Francisco  durante muchos años, a los sabios Yi Fu Tuam y Pedro Cunill Grau, creadores de la geografía de la sensibilidad y la emoción, y, finalmente,  al fascinante libro de George Steiner Nostalgia de lo Absoluto (2011) que me da la maravillosa idea de escribir sobre el franciscano europeo de ojos azules que se imbrica a nuestra amarillenta tierra hasta el final de los tiempos.

 

Carora,

Estado Lara,

República Bolivariana de Venezuela,

 viernes 6 de enero de 2026.

 

 

 

 

 

 

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Fray Carlos Dovosick Pasco

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