
Gerald Brenan:
El laberinto español.
Luis Eduardo Cortés Riera.
cronistadecarora@gmail.com
Debí de haber leído y examinado al británico Gerald
Bernan y su extraordinario libro El
laberinto español, editado por vez primera en 1943, antes que a su paisano
historiador Hugh Thomas (1931-2017), y su magnífica obra La guerra civil española, que ve la luz en 1962, pero sucedió al
contrario, pues en 2003 Thomas estuvo entre mis manos. Acá dice de su paisano
que El laberinto español, un libro
brillante que para muchos ingleses ha servido de iniciación para el estudio de
la España moderna. Es Brenan un autor excepcional que muy poco se le conoce en
América Latina, lo cual constituye una omisión imperdonable, pues es también
agudo conocedor de la América hispana.
Los británicos Gerald Brenan y Hugh Thomas se agregan
a los notables hispanistas que he conocido y estudiado: el francés Pierre Vilar
y su Cataluña en la España moderna,
Washington Irvin (Leyendas de la
conquista de España), Ian Gibson
(Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca), Paul Preston (El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y
después), Henry Kamen (La inquisición
española), Irving Leonard (Don Carlos
de Sigüenza y Góngora), Lewis Hanke (La
imperial ciudad de Potosí),
Marcel Bataillon (Erasmo en España),
Noel Salomon (la vida rural castellana en
tiempos de Felipe II), Magnus Morner (Actividades
políticas y económicas de los jesuitas en
el Río de la Plata), Earl J. Hamilton (El
tesoro americano y la revolución de los precios en España, 1501-1650), Raymond Carr (Estudios sobre la República y la Guerra Civil
española), entre muchísimos otros…
Este año de 2024 que comienza descubro por casualidad
la deslumbrante obra y vida de Brenan, pues fue un libro editado por Ruedo
Ibérico en París, 1975, año en que muere el general Francisco Franco, dictador
que lo prohibió durante su larga autocracia. Lo recibí de regalo el pasado mes
de enero. La lectura de tan extraordinario autor me ha dejado poco menos que
maravillado, ello por la prodigiosa penetración histórica y psicológica del
genio español que exhibe el británico. Por su profundidad de análisis y
comprensión histórica lo coloco al lado de don Miguel de Unamuno o de Américo
Castro, aunque sea hijo de la cultura de la “Pérfida Albión.”
Quizás sea porque nació en en 1894 en la isla de Malta
bajo dominio británico, “dulce como la miel”, como la llamaron los griegos de
la antigüedad, la razón por la cual este impenitente viajero y aventurero
inglés se enamora tan profundamente de España, extraño y exótico país al que
ofrendó sus últimos alientos en 1987, celebrado como uno de sus hijos ilustres,
rodeado del fervor de jóvenes y viejos. Nació en una aldea pesquera maltesa
llamada Sliema y expiró en Málaga, a orillas del mare nostrun.
Su estadía en esa Península Metafísica, que es como me
gusta llamar a España, se inicia en 1919, después de que fue desmovilizado como
capitán del ejército tras el fin de la horrorosa e inútil Primera Guerra
mundial. Será como una suerte de huida del convencionalismo de la cultura de
occidente, a la cual rechaza vehementemente desde su adolescencia. Vivió en
Suráfrica, India, la muy católica Irlanda e Inglaterra. En 1912 huye de su
hogar con el deseo de establecerse en Asia, lejos de occidente “civilizado”.
Regresa a su patria insular tras llegar a Bosnia balcánica. Será de tal modo
una suerte de Gauguin británico.
El
Círculo de Bloomsbury.
A su regreso a casa se relaciona con el afamado
Círculo de Bloomsbury, un grupo de intelectuales británicos que brilla a
comienzos del siglo pasado. Influyente grupo de escritores liberales humanistas, intelectuales,
filósofos y artistas ingleses, entre cuyos miembros más conocidos estaban Virginia Woolf y Leonard Woolf, Roger
Fry, John Maynard Keynes, E. M.
Forster, Lytton Strachey, Vanessa Bell,
Duncan Grant, T. S. Eliot.
Una auténtica aristocracia intelectual que
rechazaba la moral victoriana, el realismo decimonónico y la religión. Los
principales objetos de la vida eran para el Círculo el amor, la creación y
disfrute de la experiencia estética, el arte por el arte, y la búsqueda del
conocimiento. Con el estallido de la Gran Guerra de 1914, el
pequeño mundo de Bloomsbury quedó irremediablemente destrozado, aunque
siguieron brillando en el universo intelectual europeo. La tragedia y el
suicidio acompaña a este selecto grupo, no así a Brenan, quien morirá
apaciblemente de muerte natural en España.
Gerald Brenan llega a España.
Buscando la paz y el sosiego que no consigue en
su acartonada patria victoriana, huyendo del Círculo de Bloomsbury y sus
excentricidades, entra a la pintoresca España por La Coruña en 1919. El 13 de enero de 1920 se instaló en el pueblo de Yegen, habitada por unos 700 moradores, Sierra de Granada, a pocos kilómetros del Mediterráneo, donde
posteriormente tendría una hija, Miranda Helen, con una criada de quince años
llamada Juliana. Esa misma primavera recibió en su casa la visita de sus amigos
de Bloomsbury: Ralph Partridge, Dora
Carrington y Lytton Strachey. En 1923 lo visitaron Leonard y Virginia
Woolf.

Así describe Brenan en sus memorias la aldea
que le da cobijo: El lugar tenía algo que me resultaba atractivo. Era una aldea pobre,
elevada sobre el mar, con un panorama inmenso a su frente. Sus casas grises en
forma cúbica, con un mellado estilo Le Corbusier, en rápido descenso por la
ladera de la colina y pegadas una a otra, con sus techos de greda planos y sus
pequeñas chimeneas humeantes, sugerían algo construido por insectos.
Durante su larga estancia en España se interesó
por el místico San Juan de la Cruz, el asesinato del poeta García Lorca, hizo
duradera e íntima amistad con el antropólogo Julio Caro Baroja, escribió en
1951 una Historia de la literatura
española, en 1962 su autobiografía Una
vida propia, La faz de España, Al sur de Granada, en 1943 publica el
libro que nos ocupa en el presente ensayo
El laberinto español, un estudio minucioso sobre los antecedentes
geográficos, económicos, político, sociales y culturales de la Guerra Civil
española 1936 a 1939, como antesala de otro inmenso conflicto: la Segunda
Guerra Mundial. Es una obra que muestra un sentido global de la historia, como
explicaré en lo sucesivo.
Estructura de El laberinto
español.
Es un libro de 301 páginas que tiene por
subtitulo su propósito: Antecedentes
sociales y políticos de la guerra civil. Tiene dos magníficos prólogos en
donde se entrevé una formación intelectual de primera línea de su autor. Uno de
1950 de dos medulosas cuartillas; en tanto que el de 1943 constará de otras
ocho interesantísimas cuartillas. Las comentaremos después.
El texto del Laberinto español está dividido en tres partes, a saber:
Parte I.
El antiguo régimen, 1874-1931: La Restauración; la cuestión catalana, los
liberales y la Iglesia, el ejército y el sindicalismo en Barcelona; la
Dictadura de Primo Rivera.
Parte II: La situación de la clase trabajadora:
La cuestión agraria en Galicia, Asturias, País Vasco, Castilla, Cataluña,
Levante, Granada, Castilla, La Mancha, Extremadura, Andalucía; Los Anarquistas,
Los anarcosindicalistas, Carlistas, Socialistas.
Parte
III: La República: Las Cortes Constituyentes; el Bienio Negro; El Frente
Popular, Epílogo: La guerra civil.
Consta
de dos apéndices, uno sobre Comunas y cooperativas campesinas; otro sobre
Tendencias socialistas en España en el siglo XVII. Las notas adicionales ocupan
las páginas 257 hasta la 281; así como de una muy amplia y variada bibliografía
que ocupa 17 páginas.
Los prólogos de El laberinto
español.
El prólogo de 1950, mucho más breve que el
primero, de 1943, comienza diciendo que “Este libro se escribió durante la
guerra civil e inmediatamente después.” Se trata de un relato asombrosamente
imparcial, dice Raymond Carr, pues Brenan debió luchar contra fuertes
prejuicios que albergaba su pecho, que hacían difícil ver con objetividad los
asuntos españoles. No era su propósito justificar su apoyo a los republicanos,
“sino más bien explicarme a mí mismo y explicar a los demás por qué las cosas
ocurrieron así.” Los hombres de
izquierda eran de su máximo interés, pues eran más honrados y justos, pero,
víctimas de sus ilusiones cometieron grandes errores.
Acá destaca Brenan el papel clave de la Iglesia
española en la estructura social del país, muy distinta a la iglesia anglicana
de su país insular. Es una institución que tiene una cierta capacidad
insospechada de resurgimiento y expansión. En España una mentalidad destructiva
y escéptica va unida, a menudo en la misma persona, a un ansia profunda de fe y
certeza (p. VII). Allí dice el británico
que “La Iglesia española tiene una vitalidad que no se revela en su conducta.
Cuando uno ha terminado de referirse a su estrechez de espíritu, a su
obstinación, a su talento para crearse enemigos, así como su incapacidad para
adaptarse a los tiempos modernos, queda todavía mucho por decir. Ella es el
poder cuando han pasado las guerras y las revoluciones, cuando todo lo demás ha
fracasado, ella es la que está en la posición del padre al que, de mejor o peor
gana, regresa el hijo pródigo.” Una iglesia así, tan rígida e intransigente, no
se concibe en Francia o Italia. Los
liberales españoles y sus intelectuales la ven como obstáculo para la inserción
del país en la modernidad europea. Pero, dice el británico, que la principal
virtud de España reside en su intratabilidad, si la miramos de este lado de los
Pirineos” (P. VIII) A la muerte por monotonía, uniformidad, despersonalización
(del mundo anglo sajón y protestante, infiero que quiere decir Brenan) opondrá
España, este bonito mundo nuevo, una prolongada resistencia.
Y cierra Brenan este pequeño prólogo así: “Con
un poco de paciencia, las derechas hubieran conseguido sin guerra mucho de lo
que querían, pues el Frente Popular se estaba desmoronando rápidamente a causa
de sus discordias internas, y las izquierdas habían ya intentado su revolución,
que había fracasado (La Revolución socialista de Asturias, 1934). Pero los
jefes nacionalistas, deslumbrados por la Alemania nazi, no se conformaban sino
con una victoria total por aniquilamiento de sus enemigos; y sus seguidores,
que en todo caso no podían elegir, estaban atemorizados. El resultado ha sido
una guerra civil que ha arruinado a España para medio siglo.”
El prólogo de 1943.
Este primer prologo es mucho más extenso y
penetrante que el segundo, del año 1950, y que acabamos de comentar. Escrito
durante los terribles años de la Segunda Guerra mundial en 1943, cuando los
soviéticos atrapan el Sexto Ejército alemán en Stalingrado, los Aliados
desembarcan en Sicilia, Benito Mussolini es depuesto del poder, nos coloca ante
un autor de sólida formación histórica, que ha comprendido el complicadísimo
problema español que condujo a la guerra civil de 1936 a 1939, que finaliza con
el triunfo de los nacionalistas de Franco apoyados decisivamente por Alemania
nazi e Italia fascista de Mussolini.
Una cita de Karl Marx.
Comienza Brenan así: “Hace casi noventa años
observaba Karl Marx que, en su tiempo, el conocimiento de la historia de España
era en general imperfecto. “Acaso ningún otro país, excepto Turquía -escribía-,
es tan poco conocido y tan mal juzgado por Europa como lo es España.” (El laberinto español, p. IX). Las
historias corrientes de la Península dan una impresión falsa de los sucesos que
describen. La razón principal es la siguiente: España, tanto económica, como
psicológicamente difiere en tal grado de los países de Europa occidental, que
las palabras con que se hace principalmente la historia-feudalismo,
aristocracia, liberalismo, Iglesia, ejército, parlamento, sindicato, etc.-
tienen sentidos muy distintos de los que se les presta en Francia o
Inglaterra.”
La “Patria Chica” española.
Lo primero, dice
Brenan, que hay que observar en España es la fuerza del sentimiento regional y
municipal. España es el país de la “patria chica”. Cada pueblo, cada ciudad, es
el centro de una intensa vida social y política. Un hombre se caracteriza en
primer lugar por su vinculación a su ciudad natal, a su familia, a su grupo
social, y sólo en segundo lugar a su patria y al Estado. España es un conjunto
de pequeñas republicas, hostiles e indiferentes entre sí, agrupadas en una
federación de escasa cohesión. Una existencia separada y egoísta. Esto es lo
que le ha dado su carácter espectacular a la historia de España.” (p. IX). Esta reflexión está sin duda alguna
influenciada por el filósofo José Ortega y Gasset, quien escribe en 1921 su
famosa obra España invertebrada. Allí
examina los particularismos, los movimientos separatistas catalán y vasco, una
realidad que nos alcanza en el siglo XXI. Resulta interesante señalar que, para
Ortega, “cuando una sociedad se consume víctima del particularismo,
puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse particularista fue
precisamente el Poder central”. Y esto, afirma, es lo que pasó en
España: “Castilla ha hecho a España y Castilla la ha desecho.”
“España
es un país difícil de gobernar que Castilla, militar y autoritaria, ha querido
centralizar. La causa principal del separatismo español ha sido la apatía
industrial y comercial de los castellanos, sostiene el británico.” (p. X)
De espaldas a la modernidad europea, España ha
conservado un tipo de vida que era corriente en la Edad Media y en la
antigüedad: su independencia de carácter, su reacción rápida y completa ante
cualquier situación social, su integridad emotiva, su don de palabras, su
crónica indisciplina. Los españoles han continuado viviendo la ciudad–estado
griega, la tribu árabe, el municipio medieval. La tertulia y el café ocupan el
lugar del ágora. En política quien pierde, paga. Así se explica la agudeza
política y la ineficacia española. Esto
ha hecho de los españoles el pueblo más vigoroso y humano de Europa, pero que
los ha condenado al estancamiento político y a la inoperancia.
El problema regionalista es superior a la
estratificación y la lucha de clases: el
anarquismo y el trotskismo catalanes, el marxismo rígidamente autoritario y
centralizador de los castellanos, el liberalismo de Andalucía, los cacicazgos
locales. (p. XI).
La geografía de España.
Seguidamente establece una relación entre la
estructura política y la geografía de España: “En el Este y en el sur se
produjo el nacionalismo catalán entre las clases medias y el anarcosindicalismo
entre los obreros industriales y agrícolas. En Castilla habrá un
conservadurismo autoritario y católico basado en la posesión de la tierra y un
marxismo igualmente autoritario cuya fuerza radicaba en el hambre de tierras.
En el norte había movimientos autonomistas vinculados a una doctrina
ultracatólica y agraria llamada carlismo.
¿Por qué estas distintas partes de España se
mostrarán incapaces de entenderse entre sí?, se pregunta nuestro autor. “La
misma que explica que las naciones de Europa les resulta tan difícil vivir en
armonía. España es una miniatura de Europa, y los españoles tiene gran apego al
poder.” La exacerbación regionalista tiene una base económica. España es el
país clásico de las insurrecciones. (P. XII). Todavía, en 23 de febrero de
1981, tras la muerte del generalísimo Francisco Franco, el teniente coronel
malagueño Antonio Tejero protagoniza un fallido golpe de Estado, y que el
general Sanjurjo se alza contra la República en 1932.
La influencia de la religión.
De entrada, escribe Brenan que “La España
moderna debe su existencia como nación a la Reconquista, un proceso larguísimo
de 800 años que fue su vocación, ímpetu del cruzado, que da forma al carácter
nacional, ímpetu que continuó España con la guerra a los protestantes, con
total descuido de los propios intereses.” (P. XII). Recordemos el Concilio de
Trento del siglo XVI dominado por España, y la fundación de la orden militar de
los jesuitas en esa misma centuria por un español. “Sufrimos aún los efectos
del Concilio de Trento”, afirma el venezolano Mariano Picón Salas.
La doctrina liberal, “lejos de afirmar la
supremacía moral del Estado, sustenta el punto de vista cristiano de que todo
ser humano, cualquiera sea la capacidad e inteligencia, es un fin en sí mismo,
y de que el Estado existe únicamente para servir esos fines. La necesidad de la
fe o ideología interiores, ideal religioso que ha arraigado en España más profundamente
que en otros países europeos, ello se debe en gran parte seguramente a la
influencia de ideas musulmanas sobre una sociedad cristiana. Y remata Brenan diciendo de forma rotunda:
“Las más profundas capas del pensamiento y del sentimiento políticos españoles
son orientales.” (p. XV). Estas ideas las ampliará desde el exilio Claudio
Sánchez Albornoz, historiador republicano que en 1956 publicará España, un enigma histórico. El
régimen de Franco rechazaba las tesis de Américo Castro de la confluencia de
las culturas cristiana, islámica y judía en la formación de España y marginaba
el siglo XIX, excepto la guerra de la Independencia (1808-1813), porque se
trataba de un siglo de liberalismo que desembocó en la Republica “marxista y
masónica”.
El fin de una cultura en
España.
La
guerra civil de 1936-1939 y el triunfo del general Francisco Franco, dicen
Matilde Alonso Pérez y Elíes Furió Blasco, “supusieron el fin de la cultura que
España había vivido durante los años 30 en la que se acumularon las llamadas
generaciones del 98, del 14 y del 27. Muchos intelectuales y artistas (Miró,
Juan Ramón Jiménez, Pau Casals, José Gaos, Claudio Sánchez Albornoz, María
Zambrano, Pedro Salinas, Luis Cernuda...) apoyaron a la República y optaron por
el exilio. No faltaron intelectuales de la derecha que apoyaron a Franco, como
Ramiro de Maeztu, asesinado en 1936 y Eugenio d’Ors, o que se incorporan a la
España nacional, como Marañón, Zuloaga y luego Salvador Dalí. El asesinato de
García Lorca fue un símbolo de lo que Franco tenía reservado para la cultura
bajo su régimen.”
La España del presente.
Hace
Brenan, como el que hizo brillantemente más tarde Hugh Thomas, y el francés
Pierre Vilar, un balance positivo de la cultura de España, “pueblo singular”,
de esta manera: “España ha producido el arte de Pablo Picasso, en ingeniería el
autogiro (Juan de la Sierva), en medicina una invención nueva y sorprendente
(Severo Ochoa), por lo menos.” Sin embargo, le reclama a España que en su
contribución a las ideas sociales “no hay nada concreto.” Y continúa diciendo:
“Bajo la insensatez y el frenesí de la política española, hay una actitud
firma. Fijémonos, en dos productos típicos del país: el anarquismo y el
carlismo. Como sistemas políticos, no es posible considerar seriamente a
ninguno de ellos: uno trata de realizar un sueño del futuro remoto, otro de
resucitar un pasado idealizado.” (p. XV). Pero es de destacar el mérito
hispánico de la creación de la voz liberal y liberalismo, afirma José Luis
Abellán, que comenzó a usarse en Cádiz en 1811, y de allí pasó a Inglaterra,
Francia, hecho reconocido por la literatura anglosajona.
Hace
poco, en 2013, el hispanista irlandés Ian Gibson decía: “Tengo la sensación de que si no estuviéramos
en Europa aquí no habría garantía de estabilidad. Este país da la sensación de
que se puede deshacer en cualquier momento. Si no hubiera sido por Europa, no
hubiera sido tan democrático. Porque la derecha española es la peor del
continente: no perdona, no acepta responsabilidades, no admite errores, expresa
desdén hacia los otros...”

Epílogo. La guerra civil española.
Ha pasado apenas menos de un lustro cuando
Brenan publica en 1943 El laberinto
español, por ello cree que es difícil establecer una visión objetiva del
proceso extremadamente sangriento que acaba de ocurrir en la Península entre
1936 y 1939. No es el centro de la investigación el conflicto, aclara, “está
fuera del alcance de este libro” (p. 237).
“Los alzados en armas pensaron equivocadamente,
dice Brenan, que podían ocupar España, excepto Barcelona y quizás Madrid, en
pocos días. Ellos tenían a su disposición la mayor y mejor parte de las fuerzas
armadas del país la guardia civil, la legión extranjera, una división de tropas
moras del marrueco español, cuatro quintas partes de los oficiales de
infantería y artillería, levas carlistas, la promesa de tanques alemanes e
italianos. El gobierno republicano tenía solamente a la guardia de asalto y una
pequeña y mal armada fuerza aérea. Pero el plan de los rebeldes fue desecho por
el tremendo coraje y entusiasmo conque el pueblo se alzó apara defenderse a sí
mismo y por la libertad de la marinería, que en ese momento crítico les privó
de la soberanía de los mares. Como cada lado poseía el control de una mitad de
España, la guerra civil resultó inevitable.”
“Adoptaron los “rojos” o “leales” una actitud
nacional y patriótica en defensa del país. El Partido Comunista pro soviético
poseía la mayor influencia. Los nacionales se sentían cada vez más bajo la
influencia germano-italiana y se servían de la fuerza política de los
falangistas, indisciplinados e irresponsables, para ganar apoyo popular. El
resultado de la guerra fue decidido por la ayuda extranjera. La ayuda alemana e
italiana fue mucho más poderosa que la de Rusia y por esta razón las fuerzas de
Franco obtuvieron la victoria. El sostén
de las masas, entusiasmo y espíritu de sacrificio estuvieron de parte de la
República. Derrotaron a los franquistas en Barcelona y Madrid los trabajadores
organizados en sindicatos. Se convirtieron en los auténticos conductores del
país y en los organizadores de la guerra (p. 238). Fue la fase soviética de la
revolución española. Algo semejante a cuando las tropas francesas de Napoleón
Bonaparte invaden la Península en 1808.”
El Terror Rojo y Terror Blanco.
“Fue un movimiento espontáneo que ocurre en los
dos primeros meses del conflicto. Se consideraba al enemigo de adentro (quintas
columnas) como las de afuera. Los sospechosos eran seleccionados por
trabajadores y ejecutados por pequeños grupos de hombres que los sacaban de sus
casas de noche. Los fascistas sospechosos eran sacados de las cárceles por las
turbas en represalia por algún raid aéreo alemán.”
“Los
actos más típicos de terrorismo de masas ocurrieron a manos de la Columna
Durruti de Aragón o por las milicias de Madrid. Fue por sus implicaciones
psicológicas algo semejante a las matanzas de 1792 en Francia revolucionaria.
(p.238). el gobierno republicano trató de detener el terror, condenando las
ejecuciones irregulares, y de cierto modo lo logra. El terror logra desacuerdos
hondos entre los miembros de los partidos antifascistas.” (p.239).
“El terror blanco es peor que el rojo. En el
norte cualquiera que se sospechase vinculado a los republicanos era fusilado
sin piedad. Desgraciadamente la Iglesia, que debía representar un elemento
moderador, aplaudía estos horrores. (p. 241). Por cada persona ejecutada en el
territorio del gobierno, dos o tres fueron ejecutados en la zona rebelde. El
método de ejecución delos blancos era similar al del lado republicano. Los
jóvenes falangistas y carlistas sacaban a las personas de sus casas y los
fusilaban antes del amanecer. Nada es tan semejante, dijo Galdos, a un
alzamiento de españoles revolucionarios a un alzamiento de españoles
reaccionarios. Las autoridades republicanas eran fuertemente opuestas al
terrorismo y pusieron fin al mismo tan pronto como les fue posible. La voluntad
de exterminar a sus enemigos nunca faltó a los nacionalistas”. (P. 242), lo que
nos recuerda al Estado de Israel frente a los palestinos de hogaño.
Las colectivizaciones.
“Los comités se apoderaron de tierras, fábricas
y negocios de los reaccionarios, que corrió a cargo del Frente Popular con
Largo Caballero, el Lenin español, a la cabeza. Las verdaderas
colectivizaciones las realiza la Unión General de Trabajadores, sobre todo en
La Mancha y Castilla la Nueva. (p.239) los anarquistas tenían su propia dea de
la colectivización de la tierra y la industria, primer paso para una revolución
social. La guerra no era una simple lucha contra el fascismo, veían en ella una
oportunidad para crear un nuevo tipo de sociedad. Era una prueba de que venía
un mundo nuevo y mejor. Estas colectivizaciones tuvieron e algunos casos éxitos
sorprendentes. (p.240), tales como las que adelantaron los anarquistas
catalanes. No así en Andalucía donde fueron emprendidas de mala gana por la
CNT. Al final de estas grandes colectividades industriales no fue tan feliz
como al principio. Los anarquistas que no eran lo suficientemente fuertes no
pudieron abolir el Estado, explica el fracaso de las colectivizaciones. Ningún
gobierno, ni mucho menos en tiempos de agitación, puede permitir que las
grandes empresas se gobiernen a sí mismas.” (p. 240)
La intervención extranjera.
“El factor decisivo en la guerra fue la
intervención extranjera. (p. 242). Alemania e Italia sostuvieron a los rebeldes
desde el principio. Stalin solo se decidió a intervenir en septiembre de 1936.”
Recordemos que el líder soviético tenía una situación muy difícil en su patria,
las depuraciones, la mayoría de mariscales y generales son fusilados en los
procesos de Moscú, guerra contra Japón y Finlandia, el peligro inminente de
invasión de Alemania nazi. Una nación envilecida por el terror poco podía hacer
por la República española. “Stalin escribió a largo caballero y le recomienda
atraerse a los campesinos y a la pequeña burguesía, tranquilizar el capital
extranjero, unos consejos extremadamente sensatos”, apunta Brenan.
Toma partida Brenan por las democracias y por
su patria al decir que “la guerra se perdería o se ganaría en Londres. Rechaza
seguidamente a “Rusia país totalitario gobernado por una burocracia. La
mentalidad de sus dirigentes…es cínica y oportunista. Toda la construcción del
Estado es dogmática y autoritaria. Esperar que semejantes hombres puedan
dirigir una revolución social en un país como España, en donde el más ardiente
idealismo está combinado con una gran independencia de carácter está fuera de
lugar” (p. 243). Y como adelantándose en décadas a la acerba crítica de la Unión
Soviética que determina su desplome en 1991, dice: “Los rusos pueden, es
verdad, pedir mucho idealismo a sus admiradores extranjeros, pero con él
solamente pueden llevar a la creación de un Estado burocrático de hierro en
donde todos piensan igual y en donde cada uno obedece las ordenes de su
superior.” (p. 243).
Más adelante realiza el británico una disección
de las izquierdas españolas: “Los comunistas sentían un odio inmenso y una gran
reserva a lo que ellos llamaban trotkismo, al pedante marxismo del POUM, al
entusiasmo de los anarcosindicalistas y a las izquierdas socialistas. El
momento de aquellos partidos ya había pasado. En España una revolución
triunfante no puede ser llevada a buen término por obreros y labradores sin la
ayuda de la clase media.” (p. 243).
Gracias a los rusos dio a los comunistas una posición que no habrían
tenido nunca de otro modo en España. Puso a los anarquistas en sus manos.
Durante dos años fueron el corazón y el alma de la resistencia
antifascista. Crearon de la nada un
magnifico ejército que obtuvo victorias contra poderosos enemigos. P. 244. El
prestigio de las Brigadas Internacionales que salvó a Madrid (20 de julio de
1936), fue otro factor.
Los comunistas dieron la espalda a la gran
cantidad de sentimientos que acompañan a una revolución. Ponían mal gesto en
todos sus impulsos, tanto los creadores como los crueles y aplicaban un
espíritu severamente práctico a todas sus manifestaciones. Ello chocaba con la
gran espontaneidad de palabra y de acción, única en Europa, tan diferentes de
la restricción y de la reglamentación. P. 245. Los comunistas españoles no eran
un producto nativo, sino que eran un producto de importación, ya preparado, que
venía de afuera y que actuaba bajo las ordenes e intereses de un dictador extranjero,
Stalin. (P.245)
Los falangistas.
Muy fuerte criterio de Brenan frente a los
falangistas españoles, pues escribe que ellos “nunca fueron más que una pálida
imitación de sus maestros italoalemanes, tenían una creencia fija de su
superior conocimiento y capacidad, siendo incapaces de una discusión racional.
Cuidadosos en no arriesgar sus vidas sus vidas en las batallas. Les salía por
los poros su espíritu rígido y totalitario. Su sed de poder y de mando era
insaciable, con una carencia absoluta de escrúpulos. La Falange nunca consiguió
ser un partido fascista coherente, sino que siempre fue una manada de cazadores
de gangas unidos a una vociferadora y poco respetable guardia de hierro”
(p.247)
La guerra del lado de la República.
Casi terminando su libro, Brenan hace estas
observaciones del bando republicano: “A fines de 1936, el periodo de los
comités y de la revolución social había pasado. Comunistas, trotkistas y
anarquistas se enfrentaron en Cataluña. En Barcelona cae el gobierno de largo
caballero por disputas por el control del ejército, pues los comunistas
esperaban imponer una dictadura militar” (p. 246). Si no se hacía así, dijo La
Pasionaria, no llegaría la ayuda de Rusia. La política anglofrancesa de no
intervención les facilita tal cometido. Romper con Stalin era la pérdida
inmediata de la guerra. Los comunistas se hicieron indispensables. Su
influencia comienza a disminuir cuando “Stalin se retira de la aventura
española y que no habría más envíos de armas” (p. 246).
La guerra del lado del general Franco.
Los primeros seis meses pasaron sin la menor
traza de entusiasmo y alborozo que habían sido vistos entre los republicanos.
La atmósfera estaba cargada de odios y recelos en Burgos y
Salamanca. (P. 247). Manuel Hedilla, jefe falangista, cae en desgracia, bajo la
acusación de conspirar contra Franco. Carlistas, tradicionalistas y monárquicos
se oponían a Franco. La muerte en accidente de aviación del general Mola, el
más inteligente de todos los militares, fue duro golpe contra ellos, ya que
abrigaban las esperanzas de que suplantara a Franco, un general que se hizo del
poder de manera accidental y al que le faltaban cualidades que deben adornar a
un verdadero caudillo. P.247. En verano
de 1938 el general falangista Juan Yague pronunció un discurso en que trató a
los alemanes e italianos de pájaros de presa y ensalzó el valor de los soldados
republicanos.
“Hubo
motines en varios lugares. El médico canario y presidente del gobierno Juan
Negrín del PSOE, hizo un llamado a la reconciliación a través de unos “trece
puntos”, un momento favorable para el gobierno inglés de repudiar la estúpida y
cínica farsa de no intervención y anunciar a los alemanes que no se
consentirían nuevos envíos de armamentos.”
Finaliza Brenan su libro criticando severamente
a su país y a la Unión Soviética, de esta acre y corrosiva manera: “Pero, la
política de apaciguamiento estaba en su cenit y Chamberlain, primer ministro
británico, no vio nada de extraordinario ni de perturbador en la perspectiva de
una victoria de alemanes e italianos. Incluso hizo una presión fuerte sobre el
gobierno francés para que cerrase sus fronteras con España. En estas
circunstancias (Rusia había retirado ya su ayuda) fue realmente milagro que el
gobierno pudiera seguir resistiendo hasta marzo de 1939”. (p. 248)
Como sabemos, Chamberlain fue extremadamente
débil frente a la agresiva campaña expansionista del Tercer Reich de Adolfo
Hitler, así como de Italia de Mussolini, y hubo de renunciar a favor de Winston
Churchill en mayo de 1940. Nos parece bastante llamativo, además, que Brenan no
haga ninguna mención al Congreso de Intelectuales Antifascistas de julio de
1937, realizado en Madrid, Barcelona y Valencia, en donde asistieron Pablo
Neruda, Octavio Paz, Elena Garro, Antonio Machado, Jacinto Benavente, André
Malraoux, Rafael Alberti, César Vallejo, Tristán Tzara, entre otros. Igualmente
omite al muy famoso cuadro Guernica, pintado en 1937 por el genial pintor
español Pablo Picasso. Finalmente diremos que el conflicto español guarda
semejanzas notables con la actual guerra de Ucrania y Rusia.
Bibliografia consultada.
Alonso Pérez, Matilde y Elíes Furio Blasco. La
transformación cultural de la España contemporánea. La cultura, la industria
cultural y la industria de la lengua. HAL
Id: halshs-01226123 https://shs.hal.science/halshs01226123.
Brenan, Gerald. El laberinto español.
Antecedentes sociales y políticos de la guerra civil.
España Contemporánea, Editions Ruedo Ibérico. París, Francia, 1975.
Grey, Ian.
Stalin. Biblioteca Salvat. Grandes Biografías. Barcelona, España, 1986. 2
vols.
Thomas, Hugh.
La guerra civil española. Grijlbo Mondadori. Barcelona, España,1995. 2
vols.
Vilar, Pierre. Historia de España. Crítica, Barcelona, España, 2005.
Carora,
Estado Lara,
República Bolivariana de Venezuela.
23 de enero de 2024.