“Cuantos
sacrificios por esta causa de nuestro corazón. Con la muerte de Pedro León
Torres hemos perdido un compañero digno de nuestro amor; el Ejército un soldado
de gran mérito y la República, uno de sus hijos de esperanzas para el día de la
paz”
Simón
Bolívar, 1822.
“A
Pedro LeónTorres primero que a otro para General, es un muchacho al que se le
debe mucho el triunfo de ayer.”
General en Jefe Manuel Piar,
después
de la Batalla de San Félix,1817
“…hay fantasmas históricos que constantemente se hacen sentir,
como es el arquetipo mesiánico del Hermano Mayor, que nos carcome, de ayudar a
los pueblos hermanos (…) arquetipo que
parece venirnos de nuestros padres libertadores, pero que si hurgamos un poco
más nos damos cuenta que esa voluntad de transformación es mucho más vieja: procede de la conquista. Los libertadores
sólo la continuaron …”
Francisco
Herrera Luque.
Los viajeros de Indias,
1961
Advertencia
preliminar
Los
ensayos que acá presentamos son una suerte de florilegio, una colección de
escritos que guardan como una independencia unos de otros y que en consecuencia
se pueden leer de manera aislada. Tampoco tienen un rigor cronológico, pero
guardan un destacadísimo hilo conductor que los unifica y proporciona solidez,
esto es, la figura mitológica y legendaria del General de División Pedro León
Torres, Héroe de la Independencia de Suramérica que derrama su sangre por la
Libertad de estas tierras a la corta edad de 34 años luego de ser herido
mortalmente en la Batalla de Bombona.
Con
la presentación de estos ensayos queremos hacer una contribución pedagógica en
el conocimiento de esta eminentísima y protagónica figura, que se forja con sus
dotes organizativas, decisión y valor conduciendo sus tropas en las Campaña de
Guayana y la Campaña del Sur liderada por el Libertador Simón Bolívar, dando
lugar con esa epopeya heroica a lo que el historiador Reinaldo Rojas ha llamado
la construcción de una “religión laica”.
Han
transcurrido largas y prolongadas dos centurias desde que el General de
División Pedro León Torres ascendiese con gloria a la inmortalidad, allá en
Yacuanquer, Departamento de Nariño, Colombia, y aún no hemos logrado los
venezolanos del tercer milenio repatriar los restos mortales del Héroe de las
decisivas batallas de El Juncal, San Félix y Bomboná, la más destacada figura
de una familia completa, los llamados Siete Macabeos de la Independencia, los
Siete Hermanos Torres, consumidos por nuestra hecatombe guerrera, una
fascinante historia con resonancias bíblicas, una pertinaz deuda, una
obligación histórica que debemos saldar a la brevedad. Nuestro Panteón Nacional
aguarda al Héroe caroreño para que en ese lugar sagrado se consolide nuestra
comunidad imaginada, la Nación Venezolana. No esperemos más tiempo.
Ciento treinta siete largos días del General Torres
El
día que iba a morir, el General Pedro León Torres comenzó a evocar su breve,
pero muy intenso y fulgurante paso por la vida terrena aquella tarde de ráfagas
de frío y neblina yacuanquerinas. No encontraba cómo empezar aquella memoriosa reconstrucción
que arrancara en los días más soleados y estivales de su Carora natal. Juana
Francisca Arriechi, su madre, comenzó a sentir dolores de parto el día del
patrono san Juan Bautista, bajo el canto ensordecedor y prolongado de las chicharras,
pero el niño asoma su cabecita al mundo el 25 de junio de 1787. Esa casi coincidencia
lo marca indeleblemente hasta su intermitente y entrecortado deceso que se
anuncia en ciento treinta y siete prolongadísimos y extenuantes días, muy lejos
del balido de las cabras y del silencioso relámpago vespertino occidental del
semiárido venezolano. Se convertirá desde ese momento Pedro León Torres en
héroe mesiánico de la luz que vence las tinieblas del despotismo.
“Creo
que la bala que me tumba del caballo en los profundos y traicioneros riscos de
Bomboná no dañó mi memoria, pues mi retentiva aguantó las ráfagas de pólvoras y
metrallas realistas. No se me tranca la bestia, tal como le sucedió al
asturiano José Tomás Boves ocho años atrás, allá en Venezuela. Yo, que soy
coleador de toros desde mozuelo, no pude dejar que mi caballo se detuviera en aquel
momento preciso de la batalla. Quería mostrarle a Su Excelencia el Libertador Simón
Bolívar que mis galones y charreteras de General habían sido ganados limpiamente,
despreciando sin miedo ni sobresalto la oscuridad de la muerte.”
Arenales fue el comienzo
de los Siete Macabeos de la Independencia
La
pequeña Mesopotamia del semiárido occidental venezolano fue el lugar de inicio
de uno de los grandes portentos de la Emancipación de Suramérica. En una finca
denominada El Tigrito, una dama de ascendencia vasca y casada con tenerifeño da
a luz a los que la excepcional circunstancia
histórica convertirá en lo que llama don Tulio Febres Cordero Siete Macabeos de la Independencia o Siete
Infantes de Lara. Un verdadero prodigio epopéyico que no se repetirá en ninguna
localidad venezolana, Caracas incluida. Sus sangres venían entonces insufladas
de libertad y patriotismo por ambos progenitores, dos protonaciones de la España invertebrada: el indómito y
rebelde País Vasco y el orgullo nacional en ciernes del archipiélago de
Canarias, con epicentro en Tenerife. Dos utopías que los hermanos Torres
Arriechi pensaron hacer realidad en las tierras del ultramar americano. Y por
ello dieron sus preciosas vidas estos siete viriles y decididos varones del
semiárido venezolano por conseguirlo. Poseían acá casa solariega y una boyante y
bien administrada finca con mano esclava llamada El Tigrito.
Se convirtieron los hermanos Torres desde
niños en diestros y consumados jinetes, al tiempo que practicaban el peligroso
deporte de los toros coleados, todo lo cual contribuye a que estos hombres
hayan realizado la portentosa hazaña de recorrer a lomo de mulas y caballos
buena parte de Suramérica. Pero debemos destacar con don Mariano Picón Salas,
que estos seres humanos y estas bestias mulares eran los más resistentes de
toda Venezuela puesto que por selección genética se convirtieron en incansables
y duros especímenes. La Independencia de Suramérica debe mucho al semiárido
venezolano y a esta pequeña y remota parcela del estío llamada Los Arenales, la
Mesopotamia del Estado Lara.
En
el vetusto cementerio arenalense, rodeados de cardones y tunas, reposan los
restos mortales de su madre, Juana Francisca Arriechi, y los de su mentor y
maestro, el presbítero bachiller Félix Espinoza de Los Monteros, religioso animado
por el republicanismo y la lucha contra la odiosa esclavitud humana. Los Arenales y Carora se disputan cordialmente
el lugar del nacimiento de estos Héroes brotados del semiárido venezolano, que
fueron a derramar sus preciosas sangres muy lejos, en la feraz y cálida tierra
de la Guayana venezolana, en las inmensas y gélidas alturas de los Andes
suramericanos, y derrotar a uno de los mayores imperios de la época, el Imperio
Español, una epopeya y gloria grandiosa.
El presbítero bachiller
Félix Espinoza de Los Monteros, mentor de los Hermanos Torres
Uno
de los primeros educadores de occidente venezolano será este extraordinario
sacerdote y bachiller que abre en Arenales, hogar de la familia Torres Arriechi,
una escuela de latinidad, un verdadero portento de la cultura y del saber que
ha ignorado el arrogante centralismo cultural venezolano. El río Tocuyo comenzó
desde entonces a declinar frases y verbos en el idioma del Lacio, cuando esta matricial
lengua asistía al ocaso de su universalidad. Es que Hispanoamérica no coincide
en su hora plenamente con la hora de Europa. En esta antiquísima lengua mediterránea
conocerán los hermanos Torres Arriechi el Éxodo bíblico y la liberación del yugo
faraónico del pueblo elegido por Jehová Dios, lo cual podría interpretarse como
antecedente remotísimo de la Teología de la Liberación Latinoamericana del
siglo XX. Desde el púlpito de la iglesia por él edificada en el pequeño poblado
ribereño condenaba acremente el cura y bachiller caroreño por anticristiana la
odiosa esclavitud que justificaba desde antiguo el filósofo Aristóteles.
Las
ideas ilustradas que luchaban ardorosamente contra el fanatismo y la
superstición resuenan con entusiasmo al final del dieciochesco siglo colonial
en esta perdida aldea del semiárido, que conoce por boca del presbítero
bachiller Espinoza de Los Monteros en la Escuela de Primeras Letras y Catedra
de Latín la noticia de que las Trece Colonias americanas habían decidido
sacudirse del coloniaje de la “Pérfida Albión”, que la cabeza del rey de
Francia había rodado en la guillotina, y que los Jacobinos Negros se habían
atrevido a crear, para asombro planetario, una Republica en una pequeña isla frente a las costas venezolanas, material
literario que tomará en el siglo venidero el inmenso escritor Alejo Carpentier.
Las
ideas de este sacerdote caroreño constituirán a fines del siglo XVIII y
comienzos del XIX, un fresco histórico anticolonial, antiesclavista,
antimonárquico, una auténtica Contracultura, así la llamaría nuestro genial y malogrado
filósofo venezolano Ludovico Silva. Hizo el presbítero bachiller Félix Espinoza
de Los Monteros en pequeño y de forma oral para una pequeña y remota localidad,
Los Arenales, lo que en esos mismos años realiza el guariqueño Juan German
Roscio (1763-1821), un desagravio a la religión ofendida por la tiranía. Dios
se hizo patriota. Al calor de las lecciones de Latín y las proclamas
revolucionarias del sacerdote caroreño se formaron para la libertad el fraile
Ildefonso Aguinagalde, el de la maldición famosa, Julián Montesdeoca,
Estanislao Castañeda, Fernando Perera y los magníficos Siete Hermanos Torres. Una
pléyade de héroes formados bajo la amable protección de frondosos cujíes, yabos
y curaríes.
El Doctor Juan Agustín
de la Torre, eminente tío de los Hermanos Torres
Unos
mortales hongos alojados en sus pulmones acabaron con la eminente vida de este
sabio caroreño en 1804, quien proveniente de una familia oriunda de Tenerife,
islas Canarias llega a la Rectoría de la Real y Pontificia Universidad de
Caracas. No pudieron sus ojos ver, en consecuencia, los gritos de independencia
que brotaron después de Abril de 1810 en Caracas y que seguramente hubiese
apoyado con entusiasmo y decisión tal movimiento, pues sus precursores e
iluminados escritos nos revelan una como idea de independencia intelectual de
las colonias de ultramar de España. Si su tío, Rector de la Real y Pontificia
Universidad de Caracas desde 1789, combatió con las nuevas ideas modernas de Gassendi,
Descartes y Newton los polvorientos e inoperantes silogismos aristotélicos
enquistados en esa casa educacionista, defiende el ilustrado caroreño al doctor
Baltazar de los Santos Marrero, quien se atreve enseñar la nueva fisca
newtoniana en las aulas de la Universidad de Caracas.
Al
proclamar el racionalismo en la ciencia, dice el historiador de la educación
Ildefonso Leal, al atacar los vicios que corrompían y retardaban la ilustración
de los venezolanos, Juan Agustín de la Torre, mucho antes que Miguel José Sanz
y don Simón Rodríguez, enciende la antorcha de la libertad que se alcanzará
plenamente con la revolución de Independencia. El sabio caroreño dice que “Ninguna
nación ha hecho progresos de consecuencia por las armas, por las artes, agricultura
y comercio, hasta que se ha entregado al indispensable cultivo de la ciencia.”
Si
su eminente tío paterno combate e impugna las idas colonialistas en la academia,
por qué no habrían de hacerlo los hermanos Torres Arriechi con las bayonetas,
para derribar la casona colonial, ya políticamente vetusta y decrépita, tal como
les había enseñado el presbítero bachiller Félix Espinoza de Los Monteros en su
Cátedra Latina arenaleña, un auténtico foco de luz y de conocimiento en las
inmensidades del semiárido occidental venezolano.
Las hermanas del General Pedro León Torres: El magnicidio resbaloso. Carora, 1821
La
bebida emblemática y cargada de simbolismo de los caroreños ha sido a no dudar
la resbaladera, una refrescante libación o chicha de arroz que pierde sus
orígenes remotos en la noche colonial. Lo que hogaño se llama caroreñidad
estaría incompleta sin la fragante bebida que otros llaman horchata, potaje alrededor de la cual se involucran las hermanas del
General Pedro León Torres Arriechi y Su Excelencia el Libertador Simón Bolívar,
una anécdota cargada de simbolismos y malentendidos que deseamos destacar.
Viene
triunfante de Carabobo el Libertador y hace escala en la ciudad del Portillo de
Carora en agosto de 1821, donde es recibido espléndidamente por lo más granado
y distinguido del patriciado caroreño. Oye de nuevo aquí unas terribles palabras
que no abandonan sus oídos desde la terrible caída de Puerto Cabello:
bochinche, bochinche, proferidas por un monárquico caroreño; le ofrecen un
banquete de despedida donde baila con la señorita Felipa Oropeza y Arriechi,
degusta la tradicional resbaladera con arroz que le han preparado las hermanas del
general Pedro León Torres, quien se encuentra en esos días en la Campaña del
Sur.
Pero
al llegar a la Casa del Balcón, donde se residenció, comienza el Libertador a
sentir dolores estomacales, vomita. Sus edecanes y el general Juan José Flores
pensaron lo peor: “¡Su Excelencia ha sido envenenado!” Con muy poca delicadeza
y cortesía van de inmediato a la residencia de las autoras de la bebida
malhadada causante del “conato” de magnicidio, donde una de las hermanas Torres,
María de los Reyes, les dice airadamente y exhibiendo gran valor: “¡Díganle a
Su Excelencia el Libertador que nosotras somos tan patriotas como él!”
Los
venezolanos del tercer milenio y los caroreños en particular, hemos
desaprovechado la oportunidad inmensa de convertir bandeja y escudilla donde se
le sirve la resbaladera al Padre de la Patria en la ciudad del Portillo, en símbolo
de la Nacionalidad venezolana y del acendrado y bonachón sentimiento
regionalista de los habitantes del semiárido occidental venezolano y del
Municipio Torres. Ya lo ha hecho la República de Colombia con un florero,
precioso objeto que se ha convertido en el símbolo y alegoría de la
nacionalidad de este país hermano, una nacionalidad creada por el empuje y
decisión de los jóvenes patriotas venezolanos, de entre ellos nuestros generales
Pedro León Torres y Jacinto Lara, patriotas caroreños liderados por el
Libertador Simón Bolívar.
El óleo del General de
División Pedro León Torres pintado por Tito Salas en 1922
Mal
ubicado y soportando escupitajos de chimó, maltratos y empujones, se encuentra como
languideciendo en la sala de sesiones del Concejo Municipal de Torres el valiosísimo
óleo del Héroe de Bomboná que mandaron realizar unas damas del patriciado
caroreño a Tito Salas en 1922, el pintor de la nacionalidad en el cenit de la
fama entonces, en ocasión del Centenario de la Muerte del General Pedro León
Torres.
¿Por
qué razón fue elegido precisamente el encontronazo previo a la carnicera y
salvaje Batalla de Bomboná entre los generales Simón Bolívar y Pedro León
Torres como asunto del óleo del pintor caraqueño?, y más aún: ¿quién escogió el
espinoso tema y qué los motiva a hacer tal elección habiendo muchos otros? ¿Se
le otorgó a Tito Salas libertad para elegirlo o fueron las damas caroreñas
quienes le sugirieron el episodio? Nos inclinamos a pensar que fue el orgullo
caroreño lo que motiva tomar a Tito Salas tan difícil y encumbrada anécdota
surgida al calor de la Guerra Emancipatoria. Bolívar se encuentra en el
pináculo de su liderazgo en 1822, por lo que responderle airadamente fue un
acto de suma valentía del general caroreño, soldado que venía de una brillante
campaña en la Guayana venezolana al mando del desgraciado general Manuel Piar.
A ello debemos agregar los terribles episodios que condujeron al fusilamiento
por insubordinación del general curazoeño, en donde Torres se opone a que el
general Piar sea degradado antes de ser pasado por las armas a lo que habrá que
adicionar que fue un hermano suyo, Bruno, quien dirige el pelotón de
fusilamiento de Piar. No se ha hecho aún, se lamenta Rafael Domingo Silva
Uzcategui, un psicoanálisis del fusilamiento de Piar. Había pues lo que hogaño
se llama una agenda oculta que hace explosión previos y electrizantes momentos
antelatorios de la cruenta Batalla de Bomboná, acontecida al sur de Colombia,
frontera con Ecuador.
El
óleo del pintor Tito Salas será en este sentido epitome de un sentimiento, una
sensibilidad que le da contornos de definición a la caroreñidad. ¿Puede una
pintura lograr tal cosa? Sí, ya lo había hecho el cuadro Miranda en La Carraca
de Arturo Michelena con la nacionalidad venezolana. Es una pintura grabada en
nuestro inconsciente colectivo. El desgraciado Héroe de Bomboná será retratado
para la posteridad en y durante el altercado que protagoniza con el Padre de la
Patria en los días previos al 7 de abril de 1822, día de la cruenta Batalla de
Bomboná, un sacrificio enorme para las tropas republicanas.
La
figura del General Pedro León Torres domina de manera palmaria la superficie de
la pintura, es el militar caroreño el gran protagonista de ese momento que
intenta atrapar el genio del pintor caraqueño. Se le muestra de cuerpo
completo, ocupando un cercano 70 por ciento del lienzo. Capta Tito Salas el
instante en que el General Pedro León Torres le responde airado al Libertador
quien intenta degradarlo, quitarle el mando de las tropas, y con ello casi se
sale del óleo en un movimiento que lo impele hacia nosotros, los observadores.
La
figura de Simón Bolívar está allí presente en esa genial pintura, pero se halla
como tapada y oscurecida: ¡es apenas sombra proyectada sobre la tierra que
pisan las esplendentes botas del general Pedro León Torres! Debió de haberlo
meditado mucho Tito Salas para presentar al Libertador de tan degradada manera.
Pero de esta forma complació la decisión de los caroreños de 1922 de presentar
a su desgraciado Héroe de no mostrarse pusilánime y débil ante la soberbia y el
disgusto del Padre de la Patria cuando el militar caroreño malinterpreta sus
terminantes órdenes. A las pocas horas de este acontecimiento será herido
mortalmente por la metralla el General Pedro León Torres durante la fatídica,
cruenta Batalla de Bomboná, y morirá meses después en un hospital de campaña de
los realistas, un auténtico gesto de humanidad de los monárquicos que siempre
olvidamos, o no queremos recordar, el 22 de agosto de 1822, hace ya 200 largos e
interminables años.
Repatriación de los restos mortales del General de División Pedro León Torres
Han transcurrido largos y prolongados 200 años desde
que fallece en Yacuanquer, en la hermana República de Colombia, el Héroe de la
Independencia de Suramérica, el venezolano, caroreño y arenalense General de
División Pedro León Torres Arriechi. Había sido herido mortalmente por la
metralla en la decisiva, pero excesivamente cruenta Batalla de Bomboná,
encuentro armado de la Campaña del Sur liderada por el Libertador Simón
Bolívar, y tras larga agonía perecer el día 22 de agosto de 1822.
Había nacido Pedro León Torres, un día después que se
celebra el Juan el Bautista, santo patrón de la ciudad del Portillo, el 25 de
julio de 1787 y fue bautizado en la iglesia parroquial de San Juan Bautista de
Carora. La fe de bautismo, firmada por su futuro maestro, el sacerdote y
bachiller Félix Espinoza de Los Monteros, no nos indica dónde nace este Prócer
de la Independencia Suramericana, que ofrenda su vida por la libertad del
Continente americano cuando apenas cifraba los 34 años de edad. Los dioses los
prefieren jóvenes.
La repatriación a la República Bolivariana de
Venezuela de los restos mortales del General de División Pedro León Torres
Arriechi, es una deuda histórica que debemos cumplir a cabalidad y que no
debemos aplazar de manera alguna los venezolanos del tercer milenio. El
presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás
Maduro Moros, ha dado precisas instrucciones televisivas para que este año
Bicentenario del Fallecimiento del Héroe de Bomboná, sean repatriados sus
restos mortales para que reposen en el Panteón Nacional, Caracas, junto a su
madre Juana Francisca Arriechi y sus numerosos Hermanos, llamados con justeza
por el escritor merideño Don Tulio Febres Cordero (1860-1938) los Siete
Macabeos de la Independencia o los Siete Infantes de Lara, un martirologio con
resonancias en la Biblia, el libro de los
libros, tal como lo llama George Steiner, que no tiene parangón en la
historia patria, lo cual es digno destacar para orgullo de la caroreñidad, los larenses y venezolanos.
El General de División Pedro León Torres en un ejercicio de historia
contrafactual:
¿Qué habría pasado si…?
En un ejercicio de
lo que se llama historia contrafactual,
una gimnasia de abstracción que linda con la ficción literaria, nos preguntamos
con insistencia: ¿Cuál sería el destino del General Pedro León Torres si
participa en el Paso de los Andes en 1819? ¿Lo hubiese matado el soroche o mal
de páramo a sabiendas de que él era un hombre del caluroso semiárido venezolano?
¿qué hubiese pasado si obedece sumisamente al Libertador cuando el caraqueño lo
degrada de su rango de General momentos antes de la cruenta Batalla de Bomboná,
el 7 de abril de 1822? ¿Qué hubiese sucedido de no haber encontrado la muerte
el General Torres en aquella terrible carnicería que fue la Batalla de Bomboná
en 1822? ¿Cuál habría sido su papel en la liberación de Ecuador y del virreinal
Perú de haber sobrevivido a la terrible y cruenta Batalla de Bomboná? Y una
pregunta más insidiosa aun: ¿Cuál habría sido su posición en el espinoso asunto
de la disolución de la Gran Colombia, llamada la Cosiata, inmensa aspiración abortada, salida del genio portentoso
de Bolívar? ¿Hubiese retornado el General Pedro León Torres desde el Sur a su
patria venezolana una vez terminada la Guerra Emancipadora, tal como lo hizo el
General Jacinto Lara, su paisano caroreño? ¿A cuál de los bandos de la Guerra
Federal se incorporaría Pedro León Torres ya anciano por esos años? ¿Hubiese fallecido a provecta edad y retirado
apaciblemente de las armas en su Carora natal?
Quien escribe cree
que el General Torres hubiese participado con gloria en la inmortal Batalla de Pichincha
y Ayacucho, que seguramente asumiría posiciones de gobierno en Perú, pues había
tenido experiencias de gobierno en Guayana y fue miembro del Congreso de
Angostura de 1819, memorable momento en donde Bolívar pronuncia su célebre Discurso de Angostura que hecha las
bases de la Gran Colombia.
Este es un ejercicio de imaginación histórica
que cautiva por lo novedoso y sorprendente. Con todo, sería para los
venezolanos y los larenses una gimnasia de pensamiento necesaria y vital para
darle forma y consistencia al sentido crítico, en un país que, como sabemos,
carece cruelmente de memoria y de imaginación histórica, tal como se lamentaba
nuestro insigne Maestro trujillano Mario Briceño Iragorry (Mensaje sin destino, Ensayo sobre nuestra crisis de pueblo, 1951).
Centenario
del Natalicio del General Pedro León Torres en 1887 y la Exposición Regional de Carora en 1922
Como
hemos dicho en otras ocasiones, las Ferias de San Juan Bautista de Carora
nacieron en 1922, durante la larga dictadura del general Juan Vicente Gómez,
pero no con el nombre del santo patrono de la ciudad, Juan el Bautista. Se
llamaron tales eventos de principios del siglo XX Exposición Regional de 1922, en Homenaje al Primer Centenario de la Muerte del General Pedro León Torres. Como
se notará, el nombre de San Juan no aparece aun en este momento, pero será esta
Exposición Regional de 1922 el germen e inicio de lo que se
constituiría en las Ferias de San Juan Bautista de Carora en lo sucesivo, hasta
llegar con tal denominación al siglo XXI.1
Veamos
de qué manera la Exposición Regional de
1922, organizada por el Concejo Municipal, la Jefatura Civil, Diario de Carora, Club Torres y algunas
casas comerciales, se transforma en lo sucesivo en Ferias de San Juan Bautista
de Carora, un interesante y curioso proceso digno de enfatizar. Lo primero que debemos destacar es que
estamos asistiendo a la conformación de la Idea de Nación, la construcción de
héroes, de patriotas y de ciudadanos, como nos dice el historiador Reinaldo
Rojas 2. Sucede que el más querido y sensible Héroe de la Patria de los
caroreños es el desgraciado General de División Pedro León Torres, fallecido
muy lejos de su terruño natal en 22 de agosto de 1822 en la población de Yacuanquer,
Nuevo Reino de Granada, Colombia, tras recibir terribles heridas mortales en la
dificilísima y cruenta Batalla de Bomboná, 7 de abril de 1822. Este patriota
participa en la Campaña del Sur, liderada por el Libertador Simón Bolívar. En
ella participa otro notable patriota caroreño, el General de División Jacinto
Lara (1777-1859), pero es el General Pedro León Torres quien atrapa una
sensibilidad, un sentimiento muy marcado del pueblo que lo vio nacer en 1787.
Ello se deberá a su sinigual coraje y audacia de soldado, que hizo exclamar al
General José Antonio Páez “el valor de
Torres da miedo”, así como a su
trágica muerte acontecida tras larga agonía de 137 días, cuando apenas contaba
con 34 años de existencia, y debemos agregar el hecho de que sus restos
mortales aún no han sido repatriados a Venezuela y su Panteón Nacional 3.
Pero
hay una coincidencia cronológica que es preciso destacar: el nacimiento del
General Torres, el 25 de junio, coincide con la realización de las fiestas
patronales de san Juan Bautista de Carora. Ello quiere decir que allí se
produce, como dice el cronista Alejandro Barrios Piña, un sincretismo cultural 4 que une la tradición religiosa católica a la
tradición de la Patria en vías de conformación en los días del solsticio de
verano boreal venezolano.
Es
necesario e ineludible destacar una curiosa e interesante situación del bronce
del héroe de Bomboná. Sucedió que el busto del General Pedro León Torres ocupó
hasta 1930 el sitio que le correspondía al Padre de la Patria Simón Bolívar,
esto es la Plaza Bolívar de Carora, pero cuando se conmemora con gran
entusiasmo y boato el Primer Centenario de la muerte del Libertador en 1930, el
busto del General Torres que estuvo allí desde 1887, Centenario de su
Natalicio, tendrá otro destino, pues se le construirá una plaza en su memoria a
dos cuadras al Este de la Plaza Bolívar, en la calle principal de la ciudad de
Carora, la calle Bolívar.
De
modo pues que las Ferias de San Juan Bautista de Carora tendrán como inicio el
evento patriótico y nacionalista que se vincula estrechamente a la tradición
del catolicismo en la antigua ciudad de san Juan Bautista el Portillo de
Carora. Se trata de lo que llama Reinaldo Rojas un universo simbólico de mitos y representaciones sociales en
construcción.5, es el nacimiento de la “religión de la Patria” imbricada
indisolublemente a la religión católica que implantó el español desde el siglo
XVI en estas remotas geografías del semiárido occidental venezolano.
Queda
de tal manera abierto el camino para realizar las segundas jornadas expositivas
caroreñas en 1943. Se les llamó Primera Feria Exposición Ganadera del Distrito
Torres, y se realizan en tiempos del gobierno del civilista general Isaías
Medina Angarita y de la horrorosa Segunda Guerra Mundial. Realizadas durante el
solsticio de verano y próximas a los festejos del santo patrón, comenzaron a
ser llamadas Ferias de San Juan Bautista de Carora hasta los días de hoy. Hace
su aparición en estas segundas ferias de Carora su majestad el ganado bovino,
renglón agropecuario que distingue nacional e internacionalmente al Municipio
Torres con su insignia y bandera: el Ganado Raza Carora, único en el trópico y que
además muestra un doble propósito excepcional: la producción de carne y leche.
Una maravilla genética lograda por cruce del antiguo “ganado amarillo de
Quebrada Arriba” y la noble raza Pardo Suizo, iniciada por Teodoro Herrera
Zubillaga y sus hasta ahora anónimos ayudantes campesinos, en este empeño que
le ha dado fama universal a esta ciudad del semiárido larense venezolano.
Luego
de siete años de suspenso, las 41° Ferias de San Juan Bautista de Carora, que
coinciden con el Bicentenario del Fallecimiento del General de División Pedro
León Torres, se realizan con brillo y entusiasmo este mes de junio de 2022, un
logro del Alcalde Javier Oropeza y los sectores económicos agropecuarios, la
industria y el comercio que lo respaldaron. Estas Ferias son, en este sentido,
un capital simbólico (Pierre Bourdieu) de los “patricios caroreños” y otros
representantes de la boyante economía agropecuaria de nuestro Municipio Torres.
1
Barrios Piña, Alejandro. Crónicas de la
comarca caroreña, pág. 75.
2
Véase el interesante trabajo de Reinaldo Rojas: Venezuela: Fiesta, imaginario político y nación. 2011.
3
La repatriación de los restos mortales del Héroe de Bomboná ha sido una
aspiración imperdonablemente fallida hasta el presente, cuando redactamos este
trabajo (agosto de 2022).
4
Barrios Piña, Alejandro. Óp. Cit.
Pág. 76.
5
Rojas, Reinaldo. Op. Cit. Prólogo.
Págs. 9 y siguientes.
Cuatro ediciones del
libro de Luis Oropeza Vásquez:
Vida y sacrificio del General Pedro León
Torres.
Lo
primero que debemos resaltar es que el autor de esta destacada obra sobre el
General Pedro León Torres, Luis Oropeza Vásquez, es que se trata de un
meritorio historiador y periodista caroreño autodidacta, formado al margen de
los centros académicos dedicados a la ciencia de Clío. En tal sentido Oropeza Vásquez
con su pluma nos recuerda a otros dos egregios escritores autodidactas
torrenses: don Cecilio “Chío” Zubillaga y Rafael Domingo Silva Uzcátegui.
Quizás guiados por estos hombres de pensamiento se anima Oropeza Vásquez
escribir tan eminente biografía del Prócer de la Independencia a la que le da
el sugerente título de Vida y sacrificio
del General Pedro León Torres. Durante muchos años fue un colaborador del Diario de Carora, donde firmaba sus
artículos como Lor Vaz. Se le considera discípulo aventajado de Cecilio “Chío” Zubillaga Perera, nuestro pensador de hamaca y zaguán,
honrosa condición que ha sido pocas veces reconocida.
Primera edición (1974)
La
primera impresión de esta obra de Luis Oropeza Vásquez es del año 1974, momento
cuando gana meritoriamente el concurso literario Juan Jacinto Lara, el otro
epónimo caroreño, promovido por el Instituto Universitario Politécnico de
Barquisimeto, veredicto que emite un jurado calificadísimo: el humanista y
poeta barquisimetano Pascual Venegas Filardo, el historiador tocuyano Carlos
Felice Cardot, Luis Acosta Rodríguez y Monseñor Críspulo Benítez Fontúrvel,
máximo jerarca de la Iglesia Católica en el Estado Lara. La edición la realiza
la Oficina Central de Información, Caracas, Venezuela.
La primera edición está estructurada en apenas
tres partes: I. La familia procera. II. La Campaña en Venezuela, III.
Comandante en Jefe en el Sur. En 241 páginas, de las cuales la vida militar y en
campaña ocupa, no podía ser de otra manera, la mayor parte del libro, unas 190
páginas. Se trata, en consecuencia, de una biografía de un hombre a caballo y
en permanentes desplazamientos y encuentros armados. Los partes y órdenes de
guerra, informes de tácticas de combate y la relación de Pedro León Torres con
los jefes patriotas serán de la atención permanente del autor: Bolívar, Sucre,
Urdaneta, Páez, Mc Gregor, Santander. Se trata, en atinadas palabras de Luis
Oropeza Vásquez, de un Caballero de la guerra.
Tres
momentos desgraciados en el desarrollo del conflicto anticolonial merecen la
atención de Luis Oropeza Vásquez: primero, la insubordinación y el posterior
fusilamiento del General curazoeño Manuel Carlos Piar, doloroso suceso
acontecido el 16 de octubre de 1817. El General Torres aprueba el paso por las
armas del héroe de la Batalla de San Félix por desconocer el mando supremo del
Libertador, pero se opone obstinadamente a que fuese degradado “en respeto y
homenaje final a los laureles conquistados en la lucha por la Independencia.”.
El otro momento difícil vivido por el General
Torres tiene que ver con un malentendido con una orden dictada por Bolívar,
quien atribuye a cobardía del General Torres la detención de su marcha, quien
le quitó en el acto el mando de la División. “Torres echó pie a tierra, y con
los ojos que parecían dos rayos, le dijo: No, estas divisas que quiere Vuestra
Excelencia empañar las debo a mi valor y no son de V. E. sino de la patria, que
es el objeto de mis sacrificios: la sangre de mi familia derramada casi toda en
esta gloriosa guerra, me reclama en este momento la vindicación del ultraje que
en mi persona quiere hacérsele. Sino sirvo como General, serviré como soldado y
nadie podía impedirme este servicio más a mi patria, y al proferir estas
palabras lo hizo arrebatando el fusil a un soldado. Y más adelante agrega
Oropeza Vásquez que “El Libertador, no sé si admirado de aquella gentileza, o
complacido por la idea de que en aquella exaltación era seguro que encontraría el
sepulcro ese mismo día un republicano tan temido como Torres le escuchó lleno
de asombro y como procurando satisfacerle le dijo: “Bien, General, vuelva usted
al mando y marche usted al enemigo.”
El
desgraciado tercer momento no es otro que el terrible y doloroso sacrificio del
General Torres en la fatídica y en extremo costosa Batalla de Bomboná, el 7 de
abril de 1822: “Bolívar lamentó la preciosa sangre que había costado.” En esa
muy difícil batalla es herido mortalmente el General Torres, quien es conducido
a un hospital militar del enemigo, y tras 167 días de terrible agonía fallece
el héroe caroreño el día 22 de agosto de 1822:
La muerte y gloria en Yacuanquer. En este poblado colombiano limítrofe
con Ecuador reposan sus restos mortales en espera de su justa y merecida
repatriación este año de 2022.
Segunda
edición (1988)
En
ocasión del Bicentenario del Nacimiento del héroe caroreño, es decir en 1988,
saldrá a la luz la segunda edición de Vida
y sacrificio del General Pedro León Torres, una bien cuidada edición,
promovida por la Municipalidad de Carora, Municipio Autónomo Torres y la Junta
del Bicentenario del Natalicio del General Pedro León Torres que presidió el
mismo Don Luis Oropeza Vásquez, con prólogo de Gerardo Pérez González, acompañado
de los siguientes miembros: Alberto
Álvarez Gutiérrez, Alejandro Barrios Piña, José Numa Rojas, Rosario D´amelio,
Haydée Álvarez Díaz, Manuel Infante de La Cruz, José Luis Malavé, Pedro
Salazar, Chiquinquirá Figueroa, Gabriel Cabrales, Rito Ramón Rodríguez. Su
portada rescata el óleo del epónimo que pintara en 1922 Tito Salas, y que
hogaño se haya en lamentable condición de deterioro. Como verdadero “lugar de
la memoria” (Pierre Nora), esta inestimable y valiosísima pintura merece de
toda nuestra atención y respeto. Es patrimonio cultural de la nación
venezolana, semejante al Miranda en la
Carraca.
Este extraordinario óleo refleja
admirablemente el momento en que Simón Bolívar degrada y quita el mando al
General Torres, momentos antes de la dificilísima y fatídica Batalla de Bomboná
del 7 de abril de 1822, en la que encontrará las heridas que le ocasionarán la
muerte cinco meses después tras larga agonía en Yacuanquer, al sur de Colombia.
En un gesto un tanto histriónico, Tito Salas retrata al héroe caroreño
desafiando, valido de su coraje y arrojo en combates, la autoridad suprema del
Libertador Simón Bolívar, quien no aparece en la pintura sino como reflejo de
su sombra en el piso del afamado óleo.
La segunda edición conserva la estructura y el
contenido de la primera impresión del libro de Oropeza Vásquez, solo que se le
agregaron interesantes anexos que reflejan la opinión de los críticos sobre la
obra. Allí están las opiniones de Pascual Venegas Filardo, Adolfo Salvi, L.
Pérez Jil (Eleazar Pérez Piñuela) Antonio Crespo Meléndez, Guillermo Morón,
Augusto Mijares, Hermann González Oropeza S. J., Carlos Gil Yépez, el propio
Luis Oropeza Vásquez. Ojalá que la venidera edición de Monte Ávila Editorial Latinoamericana conserve tan interesantes y
eruditos anexos.
Tercera edición (2022)
Treinta
y cuatro años después, en 2022, hará su rutilante advenimiento la tercera
edición de la obra sobre el epónimo de nuestro Municipio, quien fallece bajo
las órdenes del Libertador Simón Bolívar en la Campaña del Sur en Nueva
Granada. Será excelente edición que correrá a cargo del Gobierno Nacional del
Presidente Nicolás Maduro Moros y de la incomparable Monte Ávila Editores Latinoamericana, en ocasión de conmemorarse el
próximo 22 de agosto de 2022 el Bicentenario de la Muerte y Paso a la
Inmortalidad del General Pedro León Torres, una auténtica y necesaria
reafirmación de lo nacional venezolano y suramericano en tiempos de agresiva y
disolvente globalización neoliberal. Será a no dudar una edición de lujo que
tratará de enmendar el olvido histórico que ha sufrido el Héroe de la Batallas
de San Félix y de Bomboná, cuyas cenizas esperan desde Yacuanquer, Colombia, ser
repatriadas a su país luego de larguísimas dos centurias de espera.
Cuarta edición (2022)
Y
no podía estar ausente una cuarta edición de la obra salida de las manos y el
estro inspirado de Luis Oropeza Vásquez, esta vez auspiciada por el licenciado
Javier Oropeza, Alcalde del Municipio General de División Pedro León Torres, auspicioso
anuncio que hizo el burgomaestre el pasado 25 de junio de 2022, en ocasión del
134° Natalicio del Héroe de San
Félix y Bomboná, conmemoración celebrada en la vecina población de Los
Arenales, localidad cercana a la ciudad del Portillo de Carora, hogar de la
familia Torres Arriechi.
Su presentación y prólogo estará a cargo del
presbítero abogado Alberto Álvarez Gutiérrez, escritor que ya cuenta con una
meritoria y resaltante obra historiográfica. Saldrá esta bienvenida edición cuarta
de los destacados y responsables talleres de la Tipografía y Litografía
Horizonte, sita en Barquisimeto, Estado Lara, República Bolivariana de
Venezuela. Será una edición de 5.000 ejemplares, todo un acontecimiento, puesto
que vencerá el magro límite del millar de ejemplares a los que estamos
acostumbrados los venezolanos.
El General Pedro León Torres y el Arquetipo
Mesiánico del Hermano Mayor.
En
1961 publica un joven médico psiquiatra caraqueño, Francisco Herrera Luque, una
interesante y muy polémica obra titulada Los
viajeros de Indias. Es una obra influida por el pensamiento filosófico de Wilhelm
Dilthey, Edmund Husserl y la fenomenología, así como de la psicología analítica
del psiquiatra suizo, discípulo de Sigmund Freud, el médico Carl Gustav Jung
(1875-1961).
Ahora
bien, preguntémonos qué son los arquetipos. Los arquetipos
de Carl Jung representan el inconsciente colectivo que compartimos todos los seres humanos independientemente de nuestra cultura, de
nuestro sexo biológico o del periodo de la historia en que hayamos vivido,
según la teoría desarrollada por este psicoanalista suizo y discípulo rebelde
del controvertido Sigmund Freud.
Es Francisco Herrera Luque quien nos habla de los arquetipos
jungianos en las páginas iniciales de Los
Viajeros de Indias, de la
siguiente manera: “…hay fantasmas históricos que constantemente se hacen
sentir, como es el arquetipo mesiánico del Hermano Mayor, que nos carcome, de
ayudar a los pueblos hermanos (…) arquetipo que parece venirnos de nuestros
padres libertadores, pero que si hurgamos un poco más nos damos cuenta que esa voluntad de transformación es
mucho más vieja: procede de la conquista. Los
libertadores sólo la continuaron …”
Los arquetipos son dinamismos psíquicos muy arcaicos que
inconscientemente motivan las conductas humanas. Los hay de distintas formas: el
amigo, el inocente, el cuidador, el explorador, el amante, el creador, el
bufón, el sabio, el mago, el gobernante, y el que acá nos interesa
particularmente: el héroe, que va
acompañado del arquetipo del Gran Padre, emparentado con el arquetipo del
Hermano Mayor del que nos habla Herrera Luque. Este arquetipo representa a un guardián del
orden y la cordura en un mundo caótico.
Este arquetipo se combina con otro complejo psicológico muy
presente en los pueblos hispánicos: el mesianismo. En nuestra cultura se dan
cita tres potentes mesianismos: el judaico, el cristiano y el islámico. En 1980
escribió en francés el antropólogo Jacques Lafaye una obra que
tituló Mesías, cruzadas, utopías, con el subtítulo El
judeo-cristianismo en las sociedades ibéricas. Escribe Lafaye que “el
radical personalismo hispánico es causa de que la conciencia y la proeza
colectiva sólo llegan a cuajar donde hay un héroe individual que las
despierte y las sepa encabezar y cifrar en su inspirada personalidad.”
Es este arquetipo mesiánico quien empuja a los Libertadores a la
Campaña del Sur, estrategia continental anticolonialista que lidera Simón
Bolívar, el personaje más conectado con este arquetipo mesiánico y de impronta romanticista,
lo acompañan fervorosos y entusiastas los muy jóvenes patriotas José Antonio
Sucre, Rafael Urdaneta, José Antonio Anzoátegui,
Francisco de Paula Santander, Manuel Valdés, José de San Martín, y nuestros coterráneos
Jacinto Lara, y Pedro León Torres.
Estos serán los
hombres que encarnan el arquetipo mesiánico sacrificial, pues tendrán un final
apresurado, una vida excesivamente breve y un desenlace trágico, lo cual
fortalecerá aún más sus estaturas mitológicas al fragor de una contienda brutal,
que aparecía como interminable: el Mariscal Sucre será vilmente asesinado a los
35 años, perseguido y desilusionado morirá el Libertador Simón Bolívar a los 47
años, a los cortos 39 años morirá José Félix
Ribas, decapitado en una plaza pública termina José María España a los 38 años,
nuestro General Pedro León Torres dejará
la vida terrena a los 34 años en un hospital militar de los realistas en
Yacuanquer, Colombia. La hecatombe de la guerra impide que ellos se acerquen siquiera
a la media centuria de vida.
Una inspiración mesiánica al calor del romanticismo envuelve a
estos magníficos seres humanos, quienes dejan atrás una vida de privilegios y
comodidades para dar auxilio al ser humano caído, una como voluntad que se
encuentra en los textos bíblicos y que anima la acción en la búsqueda afanosa y
apasionada de la veterotestamentaria redención de los oprimidos.
El busto del General
Pedro León Torres ¡en la Plaza Bolívar de Carora!
Es
necesario e ineludible destacar una curiosa e interesante situación del bronce
del Héroe de las decisivas batallas de San Félix y de Bomboná, Colombia.
Sucedió que el busto del General Pedro León Torres ocupó desde 1888 hasta 1930,
es decir 42 años, el sitial que le correspondía por ley al Padre de la Patria,
Simón Bolívar, esto es la Plaza Mayor o Bolívar de Carora, pero cuando se conmemora
el Primer Centenario de la muerte del Libertador en 1930, el busto del General
Torres tendrá otro destino en una plaza distinta construida para homenajear al
General Torres, situada a dos cuadras al Este de la Plaza Bolívar, esto es,
calle Monagas, cruce de la calle Bolívar. Ello revela el enorme sentimiento que
los caroreños profesan hacia el desgraciado General Torres, muerto en la
primavera de la vida muy lejos de su amada ciudad del tórrido semiárido
occidental venezolano.
Fueron
los munícipes caroreños de 1887, miembros del patriciado caroreño, de tal forma
nominados por Ambrosio Perera, en ocasión del Centenario del Natalicio del
desgraciado General Pedro León Torres (1887-1822), los que decidieron colocar
el busto del Héroe caroreño en el lugar que le correspondía al Padre de la
Patria, Libertador Simón Bolívar. Y lo
hicieron desatendiendo la normativa legal que existía al respecto, emitida por
el gobierno del General Antonio Guzmán Blanco, uno de los creadores del
universo simbólico nacionalista de Venezuela alrededor de la figura del Padre
de la Patria. Durante el llamado Septenio guzmancista, en 1874, la Plaza
Bolívar de Caracas se le denominaba ya con ese nombre, se acuña la moneda
nacional, el bolívar y se celebra apoteósicamente el Centenario del nacimiento
del más ilustre venezolano, Simón Bolívar, el 24 de julio de 1883.
Pero
en la antigua ciudad del Portillo de Carora se produjo, como dijimos, una
curiosa situación con la nombradía de la antigua Plaza Mayor. Veamos lo que al
respecto nos dice Luis Eduardo Mora Santana: “Sin embargo,
aquella plaza sólo le cambio el nombre, seguía siendo un espacio con alguna que
otra vieja ceiba en sus alrededores y seguramente algún viejo cují (Prosopis juliflora) en sus
inmediaciones. No poseía estructura edificada. Así la muestra una gráfica
publicada en el periódico “El Cojo
Ilustrado” hacia 1892. Ya en 1888 se había colocado allí un busto del
General Pedro León Torres, que ocuparía el lugar del Padre de la Patria hasta 1930,
fecha del centenario de la muerte del padre Libertador. Hubo de esperar hasta
1912 cuando por disposición del General Juan
de Jesús Blanco – Jefe civil y militar de Carora -, se comenzó la construcción
de una estructura arquitectónica. Era la Plaza Bolívar de Carora en ese momento
y hasta 1930, un lugar cedido al héroe de Bomboná. Una especie de comodato en
la que la gente fundía la valoración del gesto patriótico local con una
presencia espiritual de Bolívar.”
Los
patricios caroreños atrevidamente realizan la colocación del busto del General
Pedro León Torres en la Plaza Bolívar de Carora entre 1887 y 1888, años en que,
como ya sabemos, prestigio y nombradía del presidente Antonio Guzmán Blanco fue
colocado en entredicho, reprobación y se produce su exilio en París. Aprovecharon
tan precisa y oportuna ocasión para colocar el busto del Héroe de las batallas
de San Félix Bomboná en la Plaza Bolívar, lo cual nos revela que son los
patricios caroreños los constructores del imaginario simbólico patriótico en
esta remota y antigua ciudad del semiárido venezolano. Y tal audacia fue
posible gracias a que esa Venezuela era un país desconyuntado y desarticulado,
un País Archipiélago, como
acertadamente lo ha llamado Elías Pino Iturrieta, y que ello hizo posible que
lo del busto del General Torres colocado intrépidamente en la Plaza Bolívar se
conociese tardíamente en la capital de la República en momentos muy
turbulentos, cuando caía defenestrado el Ilustre Americano, General Antonio Guzmán
Blanco. Era, a su vez, una forma de reclamo más o menos velado de que los
restos mortales del General Pedro León Torres no habían sido traídos a
Venezuela en aquellos ya lejanos años.
Es
de hacer notar que esta antigua plaza de la cuadrícula colonial de Carora ha
sido lugar generador de un potente imaginario colectivo que nos alcanza en el
tercer milenio, cuando allí fueron sumariamente pasados por las armas, en 1736,
unos contrabandistas apellidados Hernández Pavón, trágico acontecimiento que da
lugar a la muy conocida Leyenda del Diablo de Carora, tradición recogida por Agustín
Oropeza en 1919 que le da firme identidad a los caroreños. Y en el siglo XIX, para
ser más precisos, en cuatro de abril, Jueves Santo de 1890, fue al pie del
busto del General Pedro León Torres ¡colocado en la Plaza Bolívar de Carora!,
donde nacerá el Colegio La Esperanza o Federal Carora unos pocos días después,
el 1° de mayo, cuando un grupo de notables del patriciado le comunican la idea al
joven abogado Doctor Ramón Pompilio Oropeza para que dirigiese tal plantel
educacionista, conocido en el presente como Liceo Egidio Montesinos.
Para
finalizar esta breve crónica, debemos destacar que el otro eminente Héroe de la
Independencia Suramericana, el General Jacinto Lara (Carora,1778-Barquisimeto,1859),
careció de una plaza conmemorativa en su ciudad natal hasta hace unas pocas
décadas, cuando en los años 1960 se construye una plaza en su honor frente al
Concejo Municipal, avenida Francisco de Miranda, colocándose allí una estatua
de cuerpo completo del Héroe de la Campaña del Sur, quien, a diferencia del
General Pedro León Torres, sus restos mortuorios reposan en el Panteón Nacional
desde el 24 de julio de 1911, honor que se le ha negado al desgraciado Héroe de
San Félix y Bomboná, General de División Pedro León Torres. Pero sería injusto
omitir que una placa conmemorativa en honor al General Torres fue colocada en
el Panteón Nacional el 16 de agosto de 1889, como afirma Héctor Bencomo
Barrios, en tiempos de la presidencia del Dr. Juan Pablo Rojas Paúl, quien
había decretado la fundación de la Academia Nacional de la Historia un año
antes, en 1888.
El escudo del
Distrito y del Municipio General de División Pedro León Torres.
La creación y diseño del escudo del entonces
Distrito Torres, fue obra de Aníbal Lisandro Alvarado, hijo del sabio tocuyano
Lisandro Alvarado. Apegado a la normativa de la heráldica, realiza Aníbal
Lisandro en los años 1955 un escudo muy influido por modelos hispánicos. Este
escudo casi es desconocido y se encuentra su óleo representativo en la Alcaldía
del actual Municipio Torres, alejado del público. El escudo que conocemos, que
se ha popularizado bastante, es una recreación que data del año 1969, que en
ocasión del Cuatricentenario de la ciudad de Carora, adorna la portada de la
obra con afán enciclopédico del magisterio torrense llamada Contribución al Estudio del Distrito Torres
y Carora Cuatricentenaria.
Tal escudo está dividido en tres cuarteles,
uno de los cuales es mayor que los otros dos restantes, que constituye lo que
la heráldica conoce como su punto de honor o corazón. Aquí aparece un conjunto
arquitectónico constituido por una hilera de siete torres, una de las cuales es
más alta que las otras seis y está coronada por la bandera tricolor flameante
de Venezuela. De inmediato asociamos esta imagen a los Siete Hermanos Torres,
los Siete Infantes de Lara o los Siete Macabeos de la Independencia, tal como
los llama el sabio merideño Tulio Febres Cordero.
La torre de este cuartel superior del
escudo más elevada será, en consecuencia, símbolo y personificación del más
destacado de estos siete mártires caroreños, el General Pedro León Torres,
fallecido en Yacuanquer, Colombia, en 1822. Esta identidad del apellido Torres
con la arquitectura facilita el trabajo creativo de Aníbal Lisandro, pues
imaginémonos lo que hubiese sucedido si el apellido de estos hermanos hubiese
sido Arriechi y no Torres. Quizá
acudiría el creativo que era don Aníbal Lisandro a la iconología de la historia
bíblica de los Macabeos del Antiguo Testamento, la cual es muy abundante. De haber sucedido esto de seguro hubiese sido
del agrado y aprobación de los caroreños y de sus patricios, puesto que, como
es sabido, es Carora conocida con justeza Ciudad
Levítica de Venezuela, rancia población del semiárido venezolano que posee
desde antiguo una densa atmósfera o mentalidad religiosa.
Una lectura de los otros dos cuarteles del
escudo de marras revela a una ciudad de afincada tradición intelectual y fervor
religioso. Aparecen a la izquierda unos gruesos libros coronados por un
sombrero negro de sacerdote, un farol o lámpara, símbolo de luz y sabiduría,
sobre la cual aparece el símbolo por antonomasia del cristianismo: la Cruz.
En el cuartel inferior derecho aparecen
cinco cabezas de ganado bovino, una representación de nuestro fundamental pilar
económico, afincado en el Ganado Tipo y Raza Carora, creación de los patricios
caroreños y de Teodoro Herrera en Particular. Se omiten las representaciones de
cabras y chivos, llamados por Chío Zubillaga estos animales del semiárido “la
vaca del pobre.” Flanquean el escudo del Municipio Torres dos ramas de café, en
otro tiempo gran riqueza derivada de la zona andina del Distrito o Municipio
Torres.
Nuestro escudo presenta ciertos
anacronismos. Uno de ellos es el yelmo o casco del conquistador, atavío que ya
no se usaba en el siglo XVI en España, pues la pólvora y los arcabuces hicieron
inoperantes estos artilugios defensivos. En lugar de las dos lanzas que brotan
del conquistador deberían aparecer dos arcabuces, que fueron las armas que
posibilitaron la dominación hispánica de América.
Aparte de estos símbolos del dominio
peninsular europeo que aparecen en nuestro escudo, es en líneas generales una
simbología dominada por el republicanismo independentista, representado de
manera notoria y destacada en los Siete Hermanos Torres lo que le imprime don
Aníbal Lisandro Alvarado en su afán por la construcción de nuestro universo
simbólico de Patria.
El General Pedro
León Torres y el fusilamiento del
General Manuel Piar en 1817
Escribe el eminente psiquiatra autodidacta
caroreño Rafael Domingo Silva Uzcátegui en su Historia biológica de Bolívar, que la constitución emotiva
ciclotímica del Libertador Simón Bolívar sufrió una terrible sacudida derivada de
la insubordinación, juicio y posterior fusilamiento del general curazoeño
Manuel Piar en 1817. Y cosa parecida
podríamos decir del General Pedro León Torres, quien había sido ascendido a
General de Brigada por recomendación del desgraciado General Piar, tras mostrar
gran audacia y estrategia en la crucial Batalla de San Félix de 1817 que libera
la muy estratégica Guayana venezolana, lugar donde se asienta la Tercera República
de Venezuela, con capital en la ciudad de Angostura (Ciudad Bolívar), donde
Bolívar pronuncia el inmortal Discurso de
Angostura, y lugar de arranque de la Campaña de Liberación de Nueva
Granada, Colombia.
Pero el “caudillo de dos colores”, como lo
llama el novelista Francisco Herrera Luque, impulsado por sus éxitos militares que
lo elevan a General en Jefe, y el apoyo de otros militares de rango, encabeza
una peligrosa insubordinación que impugna la jefatura suprema de Simón Bolívar,
un mantuano blanco que debe ser sustituido, alegan los complotados, quienes
desean fundar un régimen dirigido por los pardos, una pardocracia. Una peligrosa guerra de colores asomaba en el
horizonte.
Es detenido Piar y se le somete en Angostura
(Ciudad Bolívar) a juicio militar, proceso dirigido por el General Carlos Soublette,
que lo condena a muerte en la horca. El Consejo de Guerra que lo acusa tiene
entre sus miembros al General Torres, en quien Piar confía para reclamar una
posible clemencia del jurado, pues es su hechura: fue Piar quien asciende a
General de Brigada a Pedro León Torres. Sin embargo, la condena habrá de
ejecutarse el 16 de octubre de 1817, previa degradación militar del sedicioso
General Piar, degradación a la que con gran hidalguía y valor se opone el joven
General caroreño. Criterio que finalmente se impuso y que el Jefe Supremo,
Simón Bolívar, acepta.
Pero el General Torres acompaña finalmente a Bolívar
y no a los sediciosos a pesar de ser “predilecto” del General Piar. Nuestro
General Torres avizora que su amigo y benefactor, caído en desgracia y a punto
de ser pasado por las armas, carece de la preparación del Libertador Simón
Bolívar, que la Republica obtenida después de tantos sacrificios se hubiese
perdido de caer en manos del General Piar.
Años más tarde, en otro escenario muy
distante, en 1822, durante la Campaña del Sur, Colombia, los generales Bolívar
y Torres protagonizaran un fuerte encontronazo, producto de un malentendido a
unas ordenes, previas a la sanguinaria Batalla de Bomboná, que le da el
Libertador al General Torres. Antes de almorzar la tropa, le dijo Bolívar a
Torres, tomara las alturas que dominaban el campo, pero Torres entendió mal,
dispuso que la tropa almorzara, y entretanto el enemigo ocupó aquella posición.
Encolerizado Bolívar le ordena entregar el mando al coronel Barreto, que “seguramente
cumplirá mejor que usted”. “Libertador -le contesta Torres- si no soy digno de
servir a mi Patria como General, la serviré al menos como soldado,” y tomando
un fusil salió a alinearse en las primeras filas. Inmediatamente, escribe
Oropeza Vásquez, el Libertador desmontó de su caballo, corrió a abrazarlo y lo
repuso en el mando. Es muy probable que el General caroreño haya pensado en
esos instantes en la degradación, que, como él, tuvo a punto de sufrir su amigo
y protector, el General en Jefe Manuel Piar años antes, en Angostura en 1817.
Resulta una paradoja histórica que los restos
mortales del General Manuel Piar reposen en el Panteón Nacional venezolano
desde el 28 de abril de 2022, y que los de su amigo y protegido General Torres
no hayan logrado este honor merecidísimo. Apenas una placa simbólica ha sido
colocada en el Panteón Nacional el 16 de agosto de 1889, en tanto que su
osamenta espera aun por nosotros, hombres y mujeres del tercer milenio, ser repatriados
desde Yacuanquer, República de Colombia, después de largos y prolongados 200
años. Estamos en el momento en que estos dos hombres que la fatalidad y la
tragedia golpeó de diferentes maneras, se encuentren en ese recinto sagrado de
la posteridad, lugar de la memoria donde se edifica la Nación venezolana.
El ADN del General Pedro León Torres.
Desde comienzos del presente año de 2022, año
del Bicentenario del Fallecimiento del General Pedro León Torres, se ha
constituido en Carora, Municipio Torres, República Bolivariana de Venezuela,
una Comisión del Bicentenario del Pase a la Inmortalidad del Genera de División
Pedro León Torres, doloroso acontecimiento que se produjo a 1.800 kilómetros de
su lugar de nacimiento, Carora y Los Arenales, en la remota y alejada ciudad
sureña de Yacuanquer, Departamento de Nariño,
Republica de Colombia, límites con la Republica de Ecuador. Fallece el
patriota venezolano durante la Campaña del Sur, liderada por el Libertador
Simón Bolívar, el 22 de agosto de 1822, tras larga agonía que se extiende por
137 días en un hospital militar realista, tras recibir heridas mortales en su
cabeza durante la sangrienta Batalla de Bomboná del 7 de abril de 1822.
Desde un principio, esta Comisión repara de
una deuda histórica que constituye la retardada repatriación de los restos mortales
del Héroe de las Batallas de El Juncal, San Félix, Bomboná, que hubo intentos
pretéritos de hacerlo, uno de los cuales se produce en 1922, ocasión del primer
Centenario de la Muerte del Patriota de la Independencia suramericana. Otra fue
la que acomete el historiador Reinaldo Rojas en 2014, y la del munícipe abogado
Domingo Montesdeoca.
Se pensó con cierto optimismo que en el
presente año de 2022 que tal empresa sería facilitada por la existencia del
descubrimiento del ADN mitocondrial, portentoso hecho científico logrado en 1953
por Watson y Crick. Pero no ha sido tan fácil. Ello se debe a diversos motivos,
de entre los cuales destacamos:
Han pasado dos siglos desde el fallecimiento
del General Torres y no hay garantías ciertas de que su material genético esté
en buenas condiciones, pues con el paso de los años éste se descompone y
deteriora. Lo otra dificultad deriva del hecho de que el Patriota fue colocado
en una cripta de una iglesia y no tiene placa mortuoria que haga fácil su
localización. Se agrega que los reactivos para realizar la prueba del ADN son
sumamente costosos y que las universidades no cuentan con el personal
especializado para realizarla.
Pero hay unos éxitos indiscutibles. Uno ha
sido la exitosa celebración del 234° aniversario del natalicio del Héroe en la
población de Los Arenales, Parroquia Félix Espinoza de Los Monteros y el Carora,
el pasado 25 de junio de 2022. La orden de repatriación de los restos del General
Torres por el presidente Nicolás Maduro, al ser solicitado por la Dra. Dulce
Marrufo, agrega otro punto importante. Otro será el restablecimiento de las
relaciones diplomáticas entre Colombia y Venezuela. Y para la Conmemoración del
Pase a la Inmortalidad del General Torres el 22 de agosto de 2022 se anuncian
unos solemnes y apoteósicos actos en Carora y Los Arenales, Estado Lara, que
han sido programados en conjunto por el Gobierno Nacional, Gobernación del
Estado y Asamblea Legislativa del Estado Lara, Alcaldía y Concejo Municipal de
Torres, Iglesia Católica. Todo ello a no dudar con la masiva concurrencia del
glorioso pueblo de Venezuela.
La ansiada y muy científica prueba de ADN del
General Pedro León Torres deberá esperar otra ocasión, la que será muy probable
que se efectúe a la brevedad debido al reciente restablecimiento pleno de
relaciones de la República Bolivariana de Venezuela con la Republica de
Colombia, auspicioso acontecimiento que se ha realizado mientras redactamos
este ensayo (julio-agosto de 2022).
Una interpretación de la pintura de Tito Salas sobre
el General Pedro León Torres
En
el presente ensayo vamos a aplicar el método iconológico, creación
del historiador del arte y filósofo alemán Edwin Panofsky (Estudios sobre
iconología) al óleo del año 1922 realizado por el conocido y aclamado
pintor venezolano Tito Salas que representa al Héroe de la Independencia de
Suramérica General Pedro León Torres (1787-1822), obra pictórica que realiza
por encargo de unas notables damas del patriciado de la ciudad de Carora,
Venezuela. Panofsky crea en la década de 1930 un esquema de división
filosófico y propone para ello tres categorías o niveles de significado en la
imagen visual. Veamos:
Los tres niveles panofskianos
lº) Al primer nivel le da
Panofsky el nombre de preiconográfico; allí se produce el
reconocimiento de la obra en su sentido más elemental y expresivo. Es una
interpretación primaria de lo que se ve. En la pintura de nuestro interés
observamos un personaje central que ocupa casi toda la tela del óleo, un hombre
que a todas luces es un militar de rango elevado, reconocible por sus
charreteras, en una posición desafiante y un tanto histriónica, con un arma de
fuego muy larga blandiéndola en su mano izquierda, acaba de apearse de su
caballo, pues luce largas y negras polainas con espuelas calzadas, su rostro
bronceado de hombre joven revela un ceño fruncido, la boca adornada con negro
bigote luce apuñada, ojos que miran hacia su derecha como hacia el horizonte,
presenta largas y negras patillas; tras
de él se ve un grupo de siete personas de sexo masculino, colocados en segundo
plano en actitud de apacibilidad, cabizbajos, situados al borde de un terreno
bastante y peligrosamente inclinado que casi no se percibe sino con esfuerzo en
el cuadro de Tito Salas.
El fondo de la composición pictórica es una
monumental montaña coronada con nieve, y, más abajo, un cúmulo de nubes. Las
direcciones de las sombras entre las piernas del militar venezolano muestran un
momento de atardecer; en el piso del cuadro se puede observar con cierta
dificultad la sombra reflejada de una persona que parece tenuemente concernida
en la escena, el momento que representa el cuadro del pintor caraqueño.
2º)
El segundo nivel es el iconográfico. En él se
aborda el significado convencional o secundario de la obra. Se trata de
adivinar los contenidos temáticos. No es un estadio sensible, sino inteligible,
ya que hay que recurrir a la tradición cultural, personificaciones, alegorías y
símbolos, por lo que debemos acudir a las fuentes literarias. De allí que en la
pintura analizada identificamos un tema propio de la nuestra abundante
iconografía de la Guerra de Independencia continental: se trata de un momento en una campaña militar
que se escenifica en un vivac en la inmensa cordillera de los Andes
suramericanos, en las fronteras entre Colombia y Ecuador. Un militar arroja al
piso su sable, al que ha partido en dos y se ve abajo a la izquierda de la
composición, al tiempo que en su mano izquierda sujeta un arma de fuego tan
alargada como antigua.
3º) Llegamos
de esta manera al tercer y último nivel panofskiano, el nivel iconológico o iconografía en
sentido profundo, pues es una interpretación del significado intrínseco o
contenido de una obra. Se busca el significado inconsciente, tal como lo
entiende Seguismund Freud, que se esconde detrás de la intención de
Tito Salas, creador de esta escena pictórica. El objetivo de la
iconología no es otro que el de desentrañar los principios de fondo que
revelan la actitud básica de una Nación, un período, una clase social, una
creencia religiosa o filosófica condensada en una obra pictórica.
El
militar del óleo es el joven caroreño y venezolano General Pedro León Torres
(1788-1822), quien momentos antes de la escena pictórica ha recibido dura
reprimenda del General Simón Bolívar por interpretar de manera equivocada unas
órdenes militares durante la Campaña del Sur, lo que el Libertador interpreta
como cobardía, según sostiene su biógrafo Luis Oropeza Vásquez (Vida y sacrificio del General Pedro León
Torres, 1974) , pues es inminente el sangriento y fatal encuentro armado de
la Batalla de Bomboná (7 de abril de 1822) que resultó ser una horrorosa
carnicería. Bolívar, enojado, le arrebata el mando de la división, a lo que
Torres responde airadamente y sin mostrar abajamiento alguno: “si no sirvo como
General, serviré como soldado” y al proferir estas palabras lo hizo arrebatando
el fusil a un soldado (que no aparece en la pintura de Tito Salas). Bolívar,
conmovido por aquel desafiante gesto, le devuelve el mando al General Torres,
lo que sin embargo será su sentencia de muerte, pues recibirá en Bomboná
heridas mortales que le provocan la muerte tras larga agonía de cinco meses en
la población colombiana de Yacuanquer (22 de agosto de 1822) en un hospital
militar de los realistas. Muere el General Torres como prisionero de guerra a
los 34 años de edad.
Hay
en el cuadro de Salas tres aspectos que nos llaman la atención. El primero
tiene que ver con que el General Torres tiene la boca cerrada, cuando las
fuentes históricas revelan que fue en esa ocasión intenso cruce de palabras
entre los dos iracundos jóvenes militares venezolanos. El segundo, es que nos
llama la atención que los siete soldados del cuadro no parecen prestarle
atención a la disputa que protagonizan dos de sus altos jefes, y están como
adormilados haciendo la digestión de los ranchos, lo que fue motivo de la
disputa entre los generales Bolívar y Torres. Y el tercero, que no es menos
llamativo e intrigante: el Libertador no aparece en el óleo sino como una
sombra reflejada en el piso de la pintura, lo que nos parece como cierto
rebajamiento de la figura cimera del genio continental americano que es el
Libertador Simón Bolívar que comete Tito Salas en su cuadro, pintado por
encargo caroreño hace ya una centuria. Con todo, se trata de una joya pictórica
que requiere ser declarada Patrimonio Cultural de Venezuela a la brevedad.
Luis Oropeza Vásquez, biógrafo del General Torres
Este
extraordinario escritor y periodista caroreño, que usaba el seudónimo de Lor-Vas, tiene además un mérito pocas
veces tomado en cuenta: su formación autodidacta de historiador. Sin tener
relación con nuestras escuelas de historia venezolanas, hilvana y traza una muy
bien documentada interpretación de la historia del Héroe de la Batalla de
Bomboná que ahora se está reditando por tercera vez, que plantea el viejo
dilema del individuo en la historia, complejidad que tanto llama la atención
del marxista ruso Jorge Plejánov y del historiador británico Edward H. Carr. En
tal sentido su obra más emblemática es Vida
y sacrificio del General Pedro León Torres, 1974.
Esta destacable y de ninguna manera
despreciable condición autodidacta de Don Luis Oropeza Vásquez, nos recuerda a
la de los inmensos escritores caroreños Cecilio “Chío” Zubillaga (1887-1948) y
Rafael Domingo Silva Uzcátegui (1887-1980), quienes realizan una gigantesca
obra literaria que nos llega, influenciándonos, hasta el presente. Es que la naturaleza del idioma (español) favorece el nacimiento de
talentos extremados, solitarios y excéntricos”, escribe el Nobel de Literatura
mexicano Octavio Paz. Se trata de dos exponentes magníficos de lo que hemos
llamado tentativamente “genio de los pueblos del semiárido larense
venezolano.”, al que debemos agregar, sin titubeos de ninguna especie, el caso
emblemático de Don Luis Oropeza Vásquez, que bien se lo merece por el alcance
de su obra.
El periodista Luis Oropeza Vásquez
Don Luis Oropeza
Vásquez fue columnista destacado del diario El
Impulso, fundado como sabemos en Carora en 1904, de El Diario
de Carora, de Cantaclaro,
periódico que como sugiere el Maestro Alirio Díaz, merece una edición
facsimilar, del diario caraqueño El
Universal, fue corresponsal del
diario El Nacional de Miguel Otero Silva,
su columna Mirador de Argos era
lectura obligada de caroreños y larenses entonces, se ocupó del hogaño difícil
tema de la inmigración, de la figura excepcional del literato barquisimetano
Antonio Arráiz, creador de los arquetipos venezolanos de Tío Tigre y Tío Conejo. De manera magistral nos da a conocer de
igual modo esa evocación que habita nuestra emotiva y fértil imaginación con la
popular y siempre recontada Maldición del
Fraile, una imprecación solo posible en el ámbito del catolicismo raigal de
nuestros pueblos.
En 1973 fue condecorado por el presidente de
Venezuela Dr. Rafael Caldera, este gentil caballero que fue miembro de la
Sociedad Bolivariana de Venezuela, Centro de Historia Larense. Su sitial entre
los más reconocidos historiadores larense lo ha encontrado por su magnífica
biografía del Héroe de las Batallas de El Juncal, San Félix y Bomboná, el
General de División Pedro León Torres (1787-1822), obra con la que se hizo merecedor
del Premio Literario General Juan Jacinto Lara, auspiciado por el Instituto
Universitario Politécnico, Barquisimeto, Venezuela, 1973. Su obra sobre el Héroe
caroreño se titula Vida y sacrificio del General
Pedro León Torres, premiada por un jurado notabilísimo: Dr. Pascual Venegas
Filardo, Dr. Carlos Felice Cardot, Luis J. Acosta Rodríguez, Monseñor Críspulo
Benítez Fontúrvel.
Ésta bien
documentada obra, escrita en buen castellano, juiciosa, se encamina a ver
aparecer su cuarta edición en el presente 2022, Año Bicentenario del Pase a la
Inmortalidad del Héroe de Bomboná, todo lo cual habla de su éxito desde 1974,
año en que vio su primera edición.
-------- O --------
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