Hace
algunos años, el británico Martin Bernal publicó un libro muy polémico titulado
Atenea negra: las raíces afroasiáticas de
la civilización clásica. Sostiene este autor que la antigua civilización griega
tiene una gran deuda cultural con los egipcios de la antigüedad y también con
los fenicios. Esta tesis está seriamente enfrentada al llamado “modelo ario”,
que fue una invención del siglo XIX para justificar la superioridad de la
cultura europea, como sostiene el antropólogo británico Jack Goody, el autor de
otro muy polémico libro intitulado El
robo de la historia. Hoy en día somos mucho más tolerantes y aceptamos la
influencia semítica sobre el “genio griego”, que se creía ajeno a toda mezcla
racial y cultural, algo así como dándole razón a las odiosas tesis de Sir
Arthur Gobineau, padre del racismo moderno.
Esta
“revisión del modelo antiguo” no es nueva ni debe sorprendernos. E. R. Dodds en
su obra Los griegos y lo irracional, sostiene
que nuestra “muy racional” Grecia antigua tenía arraigadas creencias de pueblos
bárbaros vecinos, como los escitas o los tracios, tales como la noción de
espíritu o “pneuma” como un soplo, es decir la idea del alma como una realidad
diferente del cuerpo y separable de éste. Una gota de sangre extranjera en el
cuerpo de la “cultura griega”. Esta curiosa y discordante idea la asumen
Empédocles y el genial Pitágoras y desde allí llega hasta Platón, y desde
Platón, en un largo y sinuoso trayecto que se confunde con la historia cultural
de Occidente, llega hasta nosotros, nos aclara el mexicano Octavio Paz.
La
mente griega tenía una cara oculta que nuestro arrogante racionalismo no ha
querido aceptar, pues entra en conflicto con la idea estereotipada de la Grecia
clásica racional, democrática, lógica y científica. En 1951 publica el filólogo
socialista irlandés E. R. Dodds su libro Los
griegos y lo irracional, extraordinaria investigación que nos muestra las
fuerzas mentales irracionales que actuaban en la Hélade: bendiciones de la
locura, chamanismo, onirismo, menadismo o desvarío báquico, teúrgia o magia
para invocar dioses ultraterrenos. Los griegos estuvieron a un paso de dominar
la irracionalidad y crear una sociedad abierta, pero no lo lograron. Hoy en día
estamos enfrentados al mismo dilema, al mismo precipicio al que debemos saltar
o retroceder. Dodds piensa que esta vez nos va a ir mejor pues contamos con
mejores herramientas que antes para entender nuestro lado irracional y vencer.
La
problemática con los griegos, que son base de nuestra cultura de Occidente, no
se queda ahí. Dice la BBC de Londres que en tiempos recientes se ha descubierto
que las estatuas griegas no eren tan blancas como se había establecido desde tiempos
del Renacimiento y de la Ilustración europea, movimientos culturales que
querían distanciarse del colorido arte religioso de la Edad Media, al que veían
como vulgar y atrasado. Querían estos hombres zafarse de la opresión de la
Iglesia y crearon el mito del arte blanco. Mito que reforzó el poeta y
científico alemán Goethe en su Teoría de
los colores (1810) al decir que los hombres sofisticados evitan los colores
brillantes en su ropa y en el ambiente que los rodea, generalmente tratando de
alejarse de ellos.
Quedó como establecido que la ausencia de
color y la falta de ornamentos era señal de sofisticación cultural, y en este
sentido Europa se distinguía mejor que otros pueblos atrasados. El exceso de
ornamentos de la escultórica indú o el vivo colorido de la pintura japonesa eran
vistos como manifestaciones de atraso y barbarie. El eurocentrismo se nutría de
la supuesta blanquitud de la escultura griega de la Antigüedad, que era tomada
como epítome de civilización y de cultura. Los escultores de la Antigüedad Praxísteles
y Fidias representaban la educación visual y condicionaron en Occidente la idea
de cómo debía ser representado el cuerpo humano en tercera dimensión.
Las
estatuas griegas estaban talladas en mármol blanco pero profusamente coloreadas
y adornadas, sigue diciendo la BBC de Londres, lo que es clara evidencia de las
influencias mediterráneas y asiáticas que recibió la Grecia antigua y que
podemos observar, por ejemplo, en la Artemisa de Pompeya, descubierta en esa
ciudad de Italia en 1760. Esta grácil dama tiene el pelo completamente rojo
adornado con un bello cintillo multicolor. Los frescos de Pompeya que se
salvaron de la erupción del Vesubio, también muestran gran colorido. Pero se
negaban a creer aquello, pues estaban firmemente anclados a una estética
incolora. Bajo esta falaz perspectiva, fueron torpemente pulidas piezas de
mármol de la Acrópolis de Atenas en el muy respetable Museo Británico en 1938,
hasta dejarlas blancas y brillantes. Una verdadera distorsión histórica.
Supriman
el color y la ornamentación para tener una sociedad moderna, se decía a
principios de la centuria pasada en Europa. El arquitecto alemán Adolf Loos,
teórico de la arquitectura moderna, dio una conferencia en 1913 donde asoció
los ornamentos con inmoralidad y degeneración, el ornamento es delito. Años
después el fascismo europeo asume esta estética incolora que desprecia los
detalles, ornamentos y el uso de colores diferentes. Una figura a color refleja
mejor las emociones individuales, pero en un solo color, con preferencia en
blanco, es posible proyectar cualquier ideología.
Para los nazis la falta de color reflejaba a
un hombre más moderno. Desde allí se monta el mito de la superioridad de la
raza aria. Adolfo Hitler, pintor frustrado, estaba obsesionado con la famosa
estatua griega del Discóbolo, obra maestra del escultor Mirón. Asociaba el
dictador esta escultura, de la que compra una réplica, con la armonía, la
belleza y el vigor atlético. Por ello despreciaban los nazis el arte que
llamaron despectivamente “degenerado”, de maestros como Manet, Monet, Renoir, Gauguin,
Van Gogh, Cézanne, Picasso, Modigliani, Chirico, Chagall, Matisse, Klee, Kandinski,
entre otros. Ordena Hitler a Goebbels montar una exposición de “arte degenerado”
en Munich en 1937. El subjetivismo de este arte que privilegiaba al individuo,
iba en contra del ideal colectivo de los regímenes totalitarios.
En
la extinta Unión Soviética sucede de igual modo una repulsa de la pintura de
vanguardia. Kandinski abandona el país de los soviets por desacuerdos con los
criterios estéticos del régimen estalinista. En la década de 1930 se impone el
llamado “realismo socialista” y se prohíbe el arte abstracto y los formalismos.
A Stalin no le simpatizaba para nada la pintura de Picasso, a pesar de que le
dijeron al dictador que el genial pintor español era comunista.
Pero
grandísima paradoja es que la censura o la destrucción de una obra de arte le
otorga más poder, ya que su valor económico y artístico se multiplica. Es un
capital simbólico (Pierre Bourdieu) que no cesa de
agrandar y expander con gran fuerza y vigor. En 1863 Napoleón III ordena crear
en París el Salón des Refusés o Salón
de los Rechazados por la acartonada cultura del régimen. Entre los rechazados
estaban Courbet, Manet y Cézanne. Inmensa ironía.
Luis
Eduardo Cortés Riera. cronistadecarora@gmail.com