domingo, 6 de junio de 2021

La Helicobacter pylori, los yanomami y la cultura de Occidente

                                     


Hace 20 años fallece a los 78 años de edad, en Barquisimeto, Venezuela, mi padre, el docente y ecologista Expedito Cortés, víctima de una bacteria que se salió de control y que le provoca una úlcera estomacal que le condujo a un mortal shock séptico. Fue el 28 de mayo de 2001.  Este mismo año y en curiosa coincidencia, el ganador, del Premio Nobel de Medicina fue el doctor Barry J. Marshall, quien recibió este galardón por sus investigaciones sobre la hasta entonces misteriosa bacteria Helicobacter pylori, microorganismo que acompaña a todos los seres humanos y animales en magnífica y muy útil simbiosis.

Después de dos décadas del deceso de mi progenitor, me encuentro un interesante artículo de la BBC de Londres en internet en donde se relata los fascinantes descubrimientos hechos por una investigadora venezolana, la microbióloga María Gloria Domínguez Bello, sobre la microbiota de los antiguos habitantes de Sudamérica, los yanomamis, waraos, piaroas, yekwanas y guahibos, comunidades muy antiguas que llegaron desde el continente asiático hace unos 15.000 años, que se encuentran  desperdigados entre Venezuela y Brasil casi al margen de la orgullosa civilización de Occidente.
Encuentra esta tenaz mujer, que estudió biología en la Universidad Simón Bolívar de Caracas y en Escocia, que las floras y faunas intestinales de estos primitivos habitantes de nuestras selvas tropicales es mucho más rica que la de nosotros, habitantes de las urbes civilizadas. Sus investigaciones tienen un rasgo que habría gustado sobremanera al filósofo de la ciencia Mario Bunge, pues se combinan ciencia natural de la biología y ciencia social de la antropología. Comenzaron a estudiar la dieta de etnias vecinas a Puerto Ayacucho, en el Estado Amazonas de Venezuela, para encontrar que tienen muchísimos parásitos en sus intestinos y sin embargo son completamente asintomáticos. Sorprendente.

La evolución darwiniana nos dota de parásitos de todo tipo, solo que al salirse ellos de control devienen las enfermedades. Son millones de virus que viven en nuestro interior y que nos ayudan a mantenernos vivos, es lo que la ciencia llama microbioma. Pero en vida citadina estos organismos han visto reducidas sus cantidades y calidades gracias a sulfas y antibióticos que nos suministramos casi sin control, y gracias a nuestra dieta rica en productos industriales refinados que poco contienen las protectoras fibras vegetales que los yanomamis ingieren durante todo el día. Las heces de estos primeros connacionales muestra que poseen una gran variedad de protozoarios en sus entrañas, pues consumen vegetales de sus jardines y comen bastante pescado de los ríos. No conocen Pepsicola ni Mc Donalds.

Cuando estos aborígenes se trasladan a los barrios de las ciudades comienza la malnutrición y la pertinaz obesidad. Grasas, carbohidratos sin fibras, alcohol, hacen su mortal trabajo. Mientras que entre los yanomamis aislados hay casi el doble de diversidad bacteriana, en nosotros los metropolitanos ella se ha empobrecido hasta el límite. Sin agricultura y animales domésticos tienen los amerindios aislados mayor riqueza de bacterias y de parásitos intestinales. Domínguez Bello y sus colaboradores llegan a afirmar que los muy primitivos yanomamis albergan un microbioma con la mayor diversidad de bacterias y funciones genéticas jamás reportadas en un grupo humano. No conocen los antibióticos, pero albergan bacterias que alojan genes funcionales de resistencia a los antibióticos naturales y sintéticos, sentencia la investigadora venezolana. La occidentalización es un proceso antimicrobiano que se nutre de los conservantes de los enlatados y gaseosas. Hay un aumento de enfermedades inmunes y metabólicas que están asociadas a los estilos de vida urbanos en una relación causal.
Nuestra agricultura moderna no es otra cosa que la sustitución de un ecosistema complejo por uno sencillo. Decenas de variedades de maíz han desaparecido, a tal punto que causó sensación que se haya encontrado una variedad muy antigua de esta gramínea en un apartado rincón rural de México. Los agrotóxicos han hecho retroceder a las muy útiles abejas, insectos que son responsables de la polinización y con secuencialmente de la mayoría de la producción de los alimentos que consume la humanidad. Un pequeño país centroamericano, la muy democrática Costa Rica, tiene un alarmante déficit de tales helicópteros y quizás llegue a la necesidad de importarlas a la brevedad. Inaudito.
Toda esta dramática simplificación va más allá de lo meramente científico, pues entrevé una reflexión sobre nuestra cultura urbana, que se ha dado en llamar occidental. A mi modo de ver, y es mi modesta opinión, esta orgullosa y pedante cultura nuestra tiene un efecto empobrecedor y simplificante del mundo de lo social y de nuestras manifestaciones culturales. Estas ideas se me ocurren tras leer un interesante libro de Jack Goody El robo de la historia (Akal, 2011), así como el deslumbrante ensayo del Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa La civilización del espectáculo.
Todo indica que vamos en carrera desbocada hacia la banalización, lo trivial y lo insípido. Occidente se apropió de la cultura del oriente asiático, dice el antropólogo comparativista británico Jack Goody y la hizo aparecer, simplificándola, como propia. China es un país despótico, estático y atrasado dicen los europeos, como desconociendo los inmensos aportes que esta cultura al mundo: la brújula, el papel, la imprenta y la pólvora. La ciencia china ha sido superior a la de occidente hasta el siglo XVI. La “alta cocina”, que ya existía en China, India y próximo oriente, y que no es exclusivamente francesa, ha derivado ominosamente en los cubitos y sopas Maggie que horrorosamente homogenizan los sabores de la comida.
Banalización y superficialidad de la cultura es signo de nuestros tiempos, afirma alarmado Vargas Llosa. La democratización de la cultura ha significado su empobrecimiento y el retroceso de la cultura del libro. Somos consumidores de ilusiones dentro de lo que se ha llamado “cultura de masas”. Lo que busca esta cultura es divertir, hacer posible la evasión fácil, nace con el predominio de la imagen y el sonido sobre la palabra, y el proceso se ha acelerado con el uso de internet. La cerveza y los periódicos son enemigos de la cultura, escribió desolado Nietzsche a fines del siglo XIX. A quien escribe le produce enorme desazón que un autor de libros insípidos e intranscendentes como Pablo Coelho tenga muchísimos más compradores y lectores que el cubano Alejo Carpentier o un Jorge Luis Borges.
Declina el ecosistema, se asola nuestra cultura. Es un doble empobrecimiento, el del soma y el de la psiquis que avanza hasta ahora fatal e inexorable y que nos conduce a la condición planetaria de una gigantesca isla de Pascua global y a la terrible posibilidad que atisbó en 1922 el poeta T. S. Eliot: La tierra baldía. Estamos aún a tiempo de evitarlo.

 

Santa Rita, Carora,

Venezuela, 26 de mayo de 2021.

                                      Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

 

sábado, 5 de junio de 2021

El mito de las estatuas griegas blancas/ Para Ender Colina

 


Hace algunos años, el británico Martin Bernal publicó un libro muy polémico titulado Atenea negra: las raíces afroasiáticas de la civilización clásica. Sostiene este autor que la antigua civilización griega tiene una gran deuda cultural con los egipcios de la antigüedad y también con los fenicios. Esta tesis está seriamente enfrentada al llamado “modelo ario”, que fue una invención del siglo XIX para justificar la superioridad de la cultura europea, como sostiene el antropólogo británico Jack Goody, el autor de otro muy polémico libro intitulado El robo de la historia. Hoy en día somos mucho más tolerantes y aceptamos la influencia semítica sobre el “genio griego”, que se creía ajeno a toda mezcla racial y cultural, algo así como dándole razón a las odiosas tesis de Sir Arthur Gobineau, padre del racismo moderno.

Esta “revisión del modelo antiguo” no es nueva ni debe sorprendernos. E. R. Dodds en su obra Los griegos y lo irracional, sostiene que nuestra “muy racional” Grecia antigua tenía arraigadas creencias de pueblos bárbaros vecinos, como los escitas o los tracios, tales como la noción de espíritu o “pneuma” como un soplo, es decir la idea del alma como una realidad diferente del cuerpo y separable de éste. Una gota de sangre extranjera en el cuerpo de la “cultura griega”. Esta curiosa y discordante idea la asumen Empédocles y el genial Pitágoras y desde allí llega hasta Platón, y desde Platón, en un largo y sinuoso trayecto que se confunde con la historia cultural de Occidente, llega hasta nosotros, nos aclara el mexicano Octavio Paz.

La mente griega tenía una cara oculta que nuestro arrogante racionalismo no ha querido aceptar, pues entra en conflicto con la idea estereotipada de la Grecia clásica racional, democrática, lógica y científica. En 1951 publica el filólogo socialista irlandés E. R. Dodds su libro Los griegos y lo irracional, extraordinaria investigación que nos muestra las fuerzas mentales irracionales que actuaban en la Hélade: bendiciones de la locura, chamanismo, onirismo, menadismo o desvarío báquico, teúrgia o magia para invocar dioses ultraterrenos. Los griegos estuvieron a un paso de dominar la irracionalidad y crear una sociedad abierta, pero no lo lograron. Hoy en día estamos enfrentados al mismo dilema, al mismo precipicio al que debemos saltar o retroceder. Dodds piensa que esta vez nos va a ir mejor pues contamos con mejores herramientas que antes para entender nuestro lado irracional y vencer.  

La problemática con los griegos, que son base de nuestra cultura de Occidente, no se queda ahí. Dice la BBC de Londres que en tiempos recientes se ha descubierto que las estatuas griegas no eren tan blancas como se había establecido desde tiempos del Renacimiento y de la Ilustración europea, movimientos culturales que querían distanciarse del colorido arte religioso de la Edad Media, al que veían como vulgar y atrasado. Querían estos hombres zafarse de la opresión de la Iglesia y crearon el mito del arte blanco. Mito que reforzó el poeta y científico alemán Goethe en su Teoría de los colores (1810) al decir que los hombres sofisticados evitan los colores brillantes en su ropa y en el ambiente que los rodea, generalmente tratando de alejarse de ellos.

 Quedó como establecido que la ausencia de color y la falta de ornamentos era señal de sofisticación cultural, y en este sentido Europa se distinguía mejor que otros pueblos atrasados. El exceso de ornamentos de la escultórica indú o el vivo colorido de la pintura japonesa eran vistos como manifestaciones de atraso y barbarie. El eurocentrismo se nutría de la supuesta blanquitud de la escultura griega de la Antigüedad, que era tomada como epítome de civilización y de cultura. Los escultores de la Antigüedad Praxísteles y Fidias representaban la educación visual y condicionaron en Occidente la idea de cómo debía ser representado el cuerpo humano en tercera dimensión.

Las estatuas griegas estaban talladas en mármol blanco pero profusamente coloreadas y adornadas, sigue diciendo la BBC de Londres, lo que es clara evidencia de las influencias mediterráneas y asiáticas que recibió la Grecia antigua y que podemos observar, por ejemplo, en la Artemisa de Pompeya, descubierta en esa ciudad de Italia en 1760. Esta grácil dama tiene el pelo completamente rojo adornado con un bello cintillo multicolor. Los frescos de Pompeya que se salvaron de la erupción del Vesubio, también muestran gran colorido. Pero se negaban a creer aquello, pues estaban firmemente anclados a una estética incolora. Bajo esta falaz perspectiva, fueron torpemente pulidas piezas de mármol de la Acrópolis de Atenas en el muy respetable Museo Británico en 1938, hasta dejarlas blancas y brillantes. Una verdadera distorsión histórica.

Supriman el color y la ornamentación para tener una sociedad moderna, se decía a principios de la centuria pasada en Europa. El arquitecto alemán Adolf Loos, teórico de la arquitectura moderna, dio una conferencia en 1913 donde asoció los ornamentos con inmoralidad y degeneración, el ornamento es delito. Años después el fascismo europeo asume esta estética incolora que desprecia los detalles, ornamentos y el uso de colores diferentes. Una figura a color refleja mejor las emociones individuales, pero en un solo color, con preferencia en blanco, es posible proyectar cualquier ideología.

 Para los nazis la falta de color reflejaba a un hombre más moderno. Desde allí se monta el mito de la superioridad de la raza aria. Adolfo Hitler, pintor frustrado, estaba obsesionado con la famosa estatua griega del Discóbolo, obra maestra del escultor Mirón. Asociaba el dictador esta escultura, de la que compra una réplica, con la armonía, la belleza y el vigor atlético. Por ello despreciaban los nazis el arte que llamaron despectivamente “degenerado”, de maestros como Manet, Monet, Renoir, Gauguin, Van Gogh, Cézanne, Picasso, Modigliani, Chirico, Chagall, Matisse, Klee, Kandinski, entre otros. Ordena Hitler a Goebbels montar una exposición de “arte degenerado” en Munich en 1937. El subjetivismo de este arte que privilegiaba al individuo, iba en contra del ideal colectivo de los regímenes totalitarios.

En la extinta Unión Soviética sucede de igual modo una repulsa de la pintura de vanguardia. Kandinski abandona el país de los soviets por desacuerdos con los criterios estéticos del régimen estalinista. En la década de 1930 se impone el llamado “realismo socialista” y se prohíbe el arte abstracto y los formalismos. A Stalin no le simpatizaba para nada la pintura de Picasso, a pesar de que le dijeron al dictador que el genial pintor español era comunista.

Pero grandísima paradoja es que la censura o la destrucción de una obra de arte le otorga más poder, ya que su valor económico y artístico se multiplica. Es un capital simbólico (Pierre Bourdieu) que no cesa de agrandar y expander con gran fuerza y vigor. En 1863 Napoleón III ordena crear en París el Salón des Refusés o Salón de los Rechazados por la acartonada cultura del régimen. Entre los rechazados estaban Courbet, Manet y Cézanne. Inmensa ironía.

 

Luis Eduardo Cortés Riera. cronistadecarora@gmail.com

 

viernes, 14 de mayo de 2021

Ramón Fuentes Durán, benefactor de Montecristo

Vía a la población de El Paradero, Municpio Torres

Cuando quien escribe era poseedor de un magnifico rústico Toyota, visité la siempre verde finca La Vega de este ejemplar y noble hombre de campo que era Ramón Fuentes Durán, allá en la zona alta de Montecristo del Municipio Torres, Estado Lara, zona montañosa y de agradable clima templado. Era nativo del vecino Estado Trujillo y no pude comprender por qué razón él se asentó en estas tierras de la Parroquia Las Mercedes y no lo hizo en El Paradero, zona que era entonces el centro de migración interno más importante en la década de 1940 en los límites de los Estados Lara y Trujillo. Durante nuestra visita, ordena que nos compusieran una gallina, con la cual nos obsequia un sabrosísimo sancocho acompañado de arepas de maíz cosechado y molido, como el café, en su propia finca.

 Nace Ramón Fuentes Durán en la amable y simpática población andina de Carache, el 15 de julio de 1921, primogénito de siete hermanos que quedaron huérfanos, por lo que debió ayudar a su madre en la crianza y educación de sus hermanos menores. Después de vencer muchas dificultades, decide asentarse en las larenses tierras vírgenes de Montecristo, a las que llega en medio de un fuerte aguacero que dura varios días y sus noches en mayo de 1946. Fue, en consecuencia, uno de los fundadores de la hermosa y exuberante zona de vocación agropecuaria. Con el tiempo y una vez asentado allí, toma la decisión de traerse al resto de su familia.

Pasan los años y contrae matrimonio con la joven de 16 años Ana Engracia Terán, enlace del cual nacerá una macondiana y numerosa prole de diez hijos. Su espíritu combativo y eminentemente social lo impele a luchar por las necesidades de aquel lugar en que todo estaba por hacer, cual Macondo garciamarquiano. Junto a Bernabé Aldana y Ramón Meléndez comienzan a realizar diligencias para que se construya una vía de penetración en tan montañosos lugares, habitados de tupidas selvas nubladas y numerosas bestias salvajes. Después vendrán otras importantes realizaciones gracias al accionar de estos hombres, la escuela primaria, el puesto de salud y la infaltable iglesia para el culto religioso.

Fuentes Durán era devoto católico y él mismo preparaba a los niños en el catecismo que los conduciría a la primera comunión. La grey religiosa crecía sin pausa, por lo que se necesitaba un local adecuado para el culto, en este sentido la capilla fue otro de sus empeños, para su construcción traía bloques y cemento desde la lejana ciudad de Carora. Pero hacía falta un ministro de Dios para que oficiara en estos remotos parajes y logra que un sacerdote les visite ocasionalmente a llevar la promesa bíblica de salvación.

En su empeñosa y tenaz vida logra nuestro amigo casi todo lo que se propone para hacer vivible a Montecristo, pero es necesario decir que no estuvo entre sus logros más sentidos el servicio de agua corriente a domicilio y el tendido eléctrico.

Como productor agropecuario funda Ramón Fuentes Durán dos unidades de producción, junto a su hermano Máximo Fuentes y su cuñado Antonio Terán: la ya mencionada Finca La Vega, con un área de 60 hectáreas, y la Finca Río Toño, de mayor dimensión, pues cuenta con 200 hectáreas destinadas a la cría de vacunos y a la siembra de caraotas y maíz.

 

La vida de este hombre bueno y servicial se apaga el 20 de agosto de 1995. Había permanecido en estas feraces y ubérrimas tierras larenses de Montecristo por espacio de media centuria este auténtico Aureliano Buendía venezolano.

 

       Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

 

miércoles, 12 de mayo de 2021

Expedito Cortés, defensor de la vida


El padre Félix Quintana daba unos sermones muy curiosos y que pocos entendían, allá en la andina y apacible población de Sanare en la década de los años 1930, cuando Venezuela recién salía de la larga noche gomecista. Sus sermones impresionaron a un niño cuando reclamaba con vehemencia este levita desde el púlpito que se respetara la Naturaleza como creación de Dios, y advertía a los campesinos de los enormes daños que ocasionaban sus quemas y talas de árboles en las nacientes de los ríos cordilleranos.  No podía sospechar este magnífico sacerdote que sus llamados por la protección de nuestra casa natural iba a tener un impacto tan grandioso en Expedito Cortés, mi padre, quien desde esos momentos se convirtió en uno de los más apasionados, reconocidos y entusiastas ecologistas de la Región Centroccidental de Venezuela.

Cuando Expedito, siendo muy joven, fue designado docente en la Escuela Rural del caserío La Escalera, cercano a las nacientes del Río Tocuyo, recordó las palabras del presbítero Quintana y al ver el languideciente caudal de la quebrada, acometió junto con sus alumnos de la escuela primaria, la reforestación de sus nacientes. Fue este hecho uno de los primeros actos conservacionistas que se emprendieron en el Estado Lara y, quizás, en el país. Fue un acto ecologista cuando ni siquiera existía la palabra ecología, comentaron unos especialistas.

Lo que resulta admirable y hasta sorprendente es que esta vocación al servicio y protección de la Madre Naturaleza tenga orígenes religiosos. Me inclino a creer que el reverendo Félix Quintana estuvo influido por las extraordinarias disposiciones de la Encíclica Rerum Novarum del papa León XIII, instrumento conceptual que le abrió a la Iglesia Católica el mundo de lo social en 1892. La Iglesia se aparta un tanto del inútil ritualismo y del estéril ceremonialismo y sale a la búsqueda de Dios entre los problemas que aquejan a todas las sociedades.

 Y es acá donde aparece el palpitante tema de la destrucción de la naturaleza por el apetito devorador de los seres humanos. La Iglesia Católica se siente comprometida con este nuevo y vital escenario que se le presenta a la humanidad. Y debemos mencionar que ha surgido en el seno de la Iglesia una nueva teología que da la cara a la Naturaleza: la ecoteología, corriente del pensamiento que ha nacido en el país que tiene el mayor y más grave compromiso con el mundo natural, el Brasil contemporáneo. En el país carioca destaca como figura de esta novedosa corriente el sacerdote Frei Betto, a quien se le identifica como abanderado de la ecoteología del siglo XXI. Una alianza de la religión católica, la Teología de la Liberación Latinoamericana con la conservación de los recursos naturales.

Expedito Cortés profesa una ética conservacionista que le va a acompañar hasta su fallecimiento en 2001. Como católico sincero que era creyó propicio y necesario proteger la única casa que nos ha proveído el Creador y que es un dilema que no tiene alternativas: destruir o preservar. Sus convicciones religiosas fueron derivando paulatinamente a una especie de panteísmo: todo lo existente es parte de la naturaleza divina. Dios y el mundo natural son una y única cosa inseparable.

Armado de tan sólidas convicciones, emprende una labor conservacionista sin paralelo en las tierras del semiárido larense venezolano. Reforesta plazas y parques en Carora, El Tocuyo y Duaca, dicta charlas en institutos de educación, crea sociedades de protección al ambiente, de las cuales será la de mayores logros y alcances el Frente Ecológico Regional Lara, realiza Congresos conservacionistas, escribe cuentos ecologistas para niños, defiende al cardenalito y al oso frontino, redescubre la dieta aborigen a base de la nueza, así como a la Uniminarro, una diosa precolombina de las aguas. Pero su mayor logro será el de crear el Parque Nacional Dinira en 1988 y el Parque Nacional Cerro Saroche en 1989, en compañía de eminentes figuras de la conservación como Edilberto Ferrer Véliz, Robert Smith, Reina Mejías, Leobaldo Acurero, Joel Meléndez, Otto Chávez, el Chino Lau.

A costa de su salud, deteriorada por la bacteria helicobater pilory que le horadó su estómago, seguía Expedito su incansable labor en defensa de nuestro hábitat. Madrugaba y emprendía en soledad largos viajes en su vieja camioneta contentiva de diversas especies vegetales que con sus propias manos plantó en las áridas tierras del Estado Lara. Una como resignación franciscana que le llegó a convencerse de que la muerte es también creación divina.

Se retira de la vida terrena mi padre Expedito Cortés el 28 de mayo de 2001, hace ya 20 años. Tres institutos de educación llevan su nombre y su extraordinario legado espera por ser recapitulado por nosotros, hombres y mujeres del tercer milenio, tiempo en que la amenaza del cambio climático es dramática realidad.

 

Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

Carora, Estado Lara,

 República Bolivariana de Venezuela,

11 de mayo de 2021.

 

 

 

 

Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...