jueves, 12 de mayo de 2022

A 40 años del libro Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe.


En 1982 estaba leyendo el prestigioso diario El Impulso de Barquisimeto, Venezuela, en donde se anunciaba que el reconocido escritor mexicano Octavio Paz había publicado una extraordinaria investigación histórico literaria sobre la monja y poetisa novohispana del siglo XVII sor Juana Inés de la Cruz. Le di algún dinero a mi madre Claver Riera de Cortés para que, en viaje a Caracas, me comprara en la librería del Fondo de Cultura Económica aquel libro que intuí excepcional e inmenso. No me equivoqué en absoluto, juicio que sigo repitiendo hoy, mayo de 2022, con igual vehemencia. Lo edita la prestigiosa editorial Seix Barral, Biblioteca Breve, Barcelona, España, en 658 medulosas páginas. Hay reconocidos críticos literarios que sostienen que el galardón del Nobel literario en 1990 le fue otorgado fundamentalmente al mexicano por esta obra señera y eminente. Han pasado cuatro largas décadas y este libro monumental no termina de producirme gozos y sorpresas. Es para mi libro de culto, al que he dado en préstamo a varias personas para no sentirme solo en su muy agradable degustación. Fue un dinero muy bien invertido.

 

En el Liceo Egidio Montesinos:  Octavio Paz e Ignacio Burk.

En esos años ya lejanos enseñábamos en el Liceo Egidio Montesinos de Carora las asignaturas Filosofía y Psicología de la mano del sabio germano venezolano profesor Ignacio Burk, cuando se produce la llegada de este libro de Paz. Juntos, el alemán y el mexicano, obraron en mi mente un verdadero parto intelectual que pocas veces repite. Ellos me enseñaron a pensar y a reflexionar con sentido crítico, con el filoso instrumento de la crítica como rasgo céntrico del pensamiento de la modernidad, y a escribir de buena y ajustada manera, todo lo cual coadyuvó de manera demasiado decisiva a coronar con éxito mis estudios de maestría y doctorado, de la mano inteligente y orientadora de los doctores Federico Brito Figueroa (1921-2000) y Reinaldo Rojas, mis maestros y amigos sinceros.

 

El olmo que sí da peras.

 

Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe es epitome consagrado de la biografía bien lograda y juiciosa, en la mejor tradición de Emil Ludwig o Stephan Zweig. Uno no puede menos que sentir asombro ante la enorme erudición de su autor y la manera sencilla y agradable con la que escribe, una sencillez que tanta falta hace a tantos escritores de mi patria. Con mucha humildad confiesa que en más de una oportunidad estuvo a punto de abandonar su escritura, hasta que finalmente la termina en 1981.

Se trata de un libro que aborda, simultáneamente, de un estudio del tiempo en que sor Juana vivió y una reflexión sobre su vida y obra: historia, biografía y crítica literaria. Un portento de escritura, sin duda. Como historiador de formación que soy, he aprendido de Paz lo que significa hacer bien nuestra labor en la “ciencia de los hombres en el tiempo”, tal como la entiende mi maestro Marc Bloch, fundador de la escuela francesa de Anales en 1929.

El prólogo.

 

El prólogo es una verdadera delicia. Allí dice Paz cosas excepcionales y muy interesantes sobre los enigmas de la vida de la monja y poetisa novohispana, un jeroglífico. Afirma que hay una relación entre la vida y la obra de un escritor, pero esa relación nunca es simple. La vida no explica enteramente la obra y la obra tampoco explica a la vida. Entre una y otra hay una zona vacía, una hendedura. Hay algo que está en la obra y que no está en la vida del autor; ese algo es lo que se llama creación o invención artística y literaria. El poeta, el escritor, es el olmo que sí da peras. Estas afirmaciones de Paz me hicieron recordar al Nobel de literatura peruano Mario Vargas Llosa, quien realiza furiosas y acertadas críticas a la insípida vida moderna cuando en tiempo real disfruta y saca provecho de ella.

 

Como sabemos, la religiosa mexicana sufrió una persecución obstinada de sacerdotes de la jerarquía eclesiástica de ciudad de México que finalmente la hundieron, haciéndola abjurar de las letras profanas.

 

       Utilizando magistralmente el método comparativo de historiadores, Paz nos habla de las horrorosas persecuciones que la ortodoxia comunista de la difunta Unión Soviética emplea ferozmente contra la disidencia.  Dos ortodoxias entonces, la católica y la comunista, las que nos parecen igualmente execrables, que abatieron a Bujarin y sor Juana. Una comparación que no agradó a los intelectuales comunistas venezolanos, el caroreño Federico Álvarez entre ellos.

Penetración psicológica.

La prodigiosa penetración y sensibilidad psicológica es otro inmenso rasgo inigualable de Paz. Siempre releo lo del asesinato simbólico que sor Juana realiza sobre su ausente padre, un tal Asbaje.  Y lo mismo diré de las relaciones amorosas y de amistad de la monja con las virreinas de México, pues era ella favorita dama de la corte. ¿Una relación homosexual? Sí y no. Debemos recordar que esos ya remotos tiempos eran corrientes las ideas del neoplatonismo renacentista de Marsilio Ficino, el amor platónico, que nos hacen pensar en otra cosa. Carlos Fuentes, otro escritor mexicano, se atreve a decir que, en efecto, sí eran relaciones lésbicas.

Una mirada múltiple.

 

Creo que sor Juana ha sido víctima de variadas interpretaciones y miradas, algunas que han llegado a lo caricaturesco. La del alemán Ludwig Pfandl es una de ellas. Se obsesiona el germano por los aspectos neuróticos de la personalidad de sor Juana, pero ignora casi del todo las circunstancias histórico sociales que la rodean: el virreinato de Nueva España del siglo XVII. Empleando las ideas del médico vienés Sigmund Freud, Paz dice que el mal de la monja poetiza no era la pobreza sino la riqueza: una libido poderosa sin empleo. Para Freud el sueño pone en libertad al deseo sexual.  Confieso que la creatura de Freud, el psicoanálisis, no es santo de mi devoción tras mis lecturas del demoledor de las dañinas pseudociencias modernas: el filósofo argentino Mario Bunge, declarado enemigo de las perjudiciales imposturas de diván.

Atanasio Kircher: el último hombre que quiso saberlo todo.

Sor Juana vivió en un mundo aislado, que no conocía sino con evidente retraso de los portentos científicos y filosóficos que preparaban la modernidad en Europa. La ortodoxia católica y su temible brazo inquisitorial se encargaban de impedir, sin éxito, que se leyera a Copérnico o Descartes, demoledores de las certezas escolásticas.

De esa manera sucedió que nuestra hermosa monja, ávida de conocimientos y de saber, se comunica con los portentos del conocimiento allende al océano a través del espejo deformante del sacerdote jesuita alemán Atanasio Kircher, un hombre dotado de una “temible erudición” con la que quería abarcar todo el conocimiento humano.  Tenía un gran prestigio, a tal punto que la misión jesuita enviada a China en 1656 llevaba dos docenas de ejemplares de sus libros Musurgia Universalis y otras dos del Oedipus Aegiptiacus. En sus escritos musicales nos habla de la Gran Armonía Divina, donde la creación puede verse como una invención musical.  

Era una suerte de ciencia barroca la que construye el sacerdote germano, lo que me hizo recordar la ciencia romántica de Goethe, que hizo inventar a Kircher una serie de curiosísimos aparatos: estatuas hablantes, megáfonos, órganos mecánicos, linternas mágicas, una suerte de computadora para componer música, muchos de ellos con forma de caracol, algunos de los cuales habitaban la sorprendente celda de sor Juana en el lejanísimo México colonial.  

Estaba atacado el padre Kircher, nos dice Paz, por la enfermedad intelectual del siglo XVII: la egiptomanía: una interpretación egipcia de las civilizaciones desde China a México, ideas mezcla de erudición y fantasía que fueron leídas con fascinación por sor Juana y su amigo “estrellero” Carlos de Sigüenza y Góngora, todo lo cual impidió que estos mexicanos dieran el salto definitivo a la modernidad. México e Hispanoamérica eran en ese entonces mundos congelados. ¿Lo seguiremos siendo?

Primero sueño (1685):

Poesía del intelecto ante el cosmos.

Se trata de un poema tan impersonal como la filosofía del alemán Enmanuel Kant, pues sor Juana apenas aparece al final de este largo poema de 975 versos, composición poética que es, dice Paz, una totalidad autosuficiente, como lo es de parecida manera la novela Cien años de soledad.

Con apenas 40 años crea la religiosa un poema muy original a pesar de ser una imitación muy ingeniosa de Góngora. No hay nada semejante al Sueño en la literatura española de los siglos XVI y XVII, y habrá que esperar, agrega Paz, al poeta francés Sthéfane Mallarmé para conseguir algo equivalente. Una extraña profecía.

 

Arranca el sueño de una idea: el alma es prisionera del cuerpo, un legado escita o tracio, una gota de sangre extranjera en el cuerpo de la cultura griega. La Iglesia Católica siempre la vio con desconfianza y nunca aprobó. Pero no logra eliminarla por completo. Acá debemos hablar del viaje espiritual, viaje donde el alma se libera del cuerpo, tradición que viene de Pitágoras y Empédocles, llega a Platón y de Platón, en un largo y sinuoso trayecto que se confunde con la historia espiritual de Occidente, (Dante, Kepler, Kircher), llega hasta nosotros.  Quien escribe encuentra este viaje espiritual en Ramón Pompilio Oropeza, cuando de joven estudiaba el caroreño su “trienio filosófico” en el Colegio de la Concordia tocuyano en 1889.

El poema es expresión de un género nuevo, una significación universal increíblemente ignorada, se lamenta Paz.  Es la antigua tradición del viaje espiritual durante el sueño que sor Juana quebranta. Se produce algo nuevo de extrema gravedad pues implica un cambio absoluto de las relaciones de la criatura humana con el más allá. La ruptura es una verdadera escisión y todavía padecemos sus consecuencias históricas y psíquicas. Será desde el romanticismo el eje espiritual de la poesía de Occidente. Es la revelación de que estamos solos y de que el mundo sobrenatural se ha desvanecido. De una manera u otra, todos los poetas modernos han vivido, han recreado la doble negación de Primero sueño: el silencio de los espacios y la visión de la no-visión. En esto reside la gran originalidad del poema de sor Juana, no reconocida hasta ahora, y su sitio único en la poesía moderna, asienta Paz. Como todas las obras únicas y singulares Primero sueño, es irreductible a la estética de su tiempo. Poema barroco que niega al barroco y que prefigura a la modernidad más moderna.  Es el polo opuesto de la Divina comedia.

Primero sueño no hace alusión a Cristo, una única alusión hace a la Biblia, no aspira unirse a Dios como persona, sino que quiere, a la manera platónica, conocerlo y contemplarlo como Alto Ser y Primera Causa. Es que en esos años el neoplatonismo produjo un cambio notable en la imagen del universo, tanto o más importante que las ideas de Copérnico, Kepler, Galileo.

Sor Juana repetía constantemente que no quería ruidos con la Inquisición, enorme poder en Nueva España entonces. Es cristiana pero insumisa. Este sentimiento, afirma Paz, es el eje secreto de su vida psíquica.

Inaugura sor Juana una pasión nueva en la historia de la poesía, lo convirtió en tema poético|: el amor al saber. Un héroe mitológico griego será su modelo, el desgraciado faetón. Quien representa la libertad en su forma más extrema: la transgresión. Es la libertad que se arriesga y que no teme romper los limites.

Aunque parezca increíble, no son estas ideas la que hundieron a la monja al final de su vida.  Ella no hacia comentarios de las Sagradas Escrituras, y cuando hizo alusión crítica a un sermón del padre jesuita portugués Antonio de Vieyra, dio pábulo a sus persecutores para hacerla abjurar con saña y sin miramientos a las letras profanas. Ella responde con el admirable Respuesta a sor Filotea de la Cruz, que es el obispo de Puebla Manuel Fernández de Santa Cruz, texto al que nos referiremos en otra ocasión.

 

Luis Eduardo Cortés Riera. cronistadecarora@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué es la cultura hispanoamericana?

 

La obra es también, y como si fuera poco, una inmensa y aguda reflexión acerca de nuestra cultura de habla castellana, una cultura cuya hora no coincide casi nunca con la europea o norteamericana. Siempre estamos atrás o delante de ellos. Esta idea me hizo reflexionar sobre las posiciones economicistas del marxismo vulgar que pocas veces pensó en ello, excepción sea dicha del peruano José Carlos Mariátegui. Es que en el siglo XX, como dijo mi paisano merideño Mariano Picón Salas, seguimos bajo los efectos del Concilio de Trento.  A pesar de dos siglos de enciclopedismo y crítica moderna, los hispanoamericanos no nos hemos evadido del laberinto barroco: el nepotismo, la figura familiar del patriarca parrandero, la madre sumergida en los oficios del hogar, nuestro amor por las generalizaciones y el desprecio de los hechos concretos y particulares, nuestra antipatía por las explicaciones pluralistas, nuestro nihilismo cínico, el fanatismo de nuestros intelectuales, que abrazan con igual fervor el positivismo de Comte o el marxismo-leninismo. Sin embargo, hemos creado una extraordinaria cultura popular afincada en la más hermosa tradición, gracias a la cual no somos simples caricaturas de las naciones avanzadas, una idea que intuyó genialmente hace casi un siglo mi paisano caroreño y venezolano Cecilio “Chío” Zubillaga.

 

Ensayo de restitución.   

De tal manera llama Octavio Paz la parte final de su libro, pues se trata de “una tentativa de restitución, restituir a sor Juana a su mundo, la Nueva España del siglo XVII, la vida y la obra de sor Juana. A su vez, la vida y la obra nos restituye a nosotros, sus lectores del siglo XX, la sociedad de la Nueva España en el siglo XVII.  Restitución: sor Juana en su mundo y nosotros en su mundo.”  Y lo llama ensayo, pues es una restitución histórica, y por lo tanto relativa y parcial.

 

Tentativa de restitución que termina con una palabra sorprendente: jeroglífico. La vida breve de sor Juana es verdadero jeroglífico, y como tal acertijo, proclive a diversas, variadas interpretaciones, las que serán siempre parciales y tentativas.

 

 

 

 

 

 

Postescritum.

 

Tal ha sido mi inmenso fervor y admiración por la monja novohispana, que me atreví en tiempos de pandemia universal, escribir un ensayo titulado Sor Juana y Goethe: del barroco al romanticismo (2021), en donde afirmo que: “me atrevo decir que la obra de sor Juana se asemeja en originalidad, hondura y densidad a la de Goethe, y que si ella hubiese tenido las condiciones más favorables de la que disfrutó el poeta y científico tudesco, quizá habría llegado a igualar y hasta superarlo en más de un aspecto. La posteridad tiene la palabra”. Ensayo que envié a la Academia de Ciencias de Rusia, prestigiosa institución académica del país eslavo que, para mi enorme sorpresa y emoción, ha resuelto publicarlo a la brevedad.

 

Santa Rita, Carora,

República Bolivariana de Venezuela,

mayo 10 de 2022.

 

 

 

 

 

 

sábado, 30 de abril de 2022

Una interpretación panofskiana de la pintura de Tito Salas sobre el General Pedro León Torres


 En el presente ensayo vamos a aplicar el método iconológico, creación del historiador del arte y filósofo, el alemán Edwin Panofsky (Estudios sobre iconología. Madrid, 1972) al óleo del año 1922 realizado por el  conocido y aclamado pintor venezolano Tito Salas que representa al héroe de la Independencia de Suramérica General Pedro León Torres, obra pictórica que realiza por encargo de notables de la ciudad de Carora,Venezuela. Panofsky crea en la década de 1930 un esquema de división filosófico y propone para ello tres categorías o niveles de significado en la imagen visual. Veamos:

  lº) Al primer nivel le da Panofsky el nombre de preiconográfico; allí se produce el reconocimiento de la obra en su sentido más elemental y expresivo. Es una interpretación primaria de lo que se ve. En la pintura de nuestro interés observamos un personaje central que ocupa casi toda la tela del óleo, un hombre que a todas luces es un militar de rango elevado, reconocible por sus charreteras, en una posición desafiante y un tanto histriónica, con un arma de fuego muy larga blandiéndola en su mano izquierda, acaba de apearse de su caballo, pues luce largas y negras polainas con espuelas calzadas, su rostro bronceado de hombre joven revela un ceño fruncido, la boca con bigote luce apuñada, ojos que miran hacia su derecha como hacia el horizonte, presenta largas y negras patillas;  tras de él se ve un grupo de siete personas de sexo masculino, colocados en segundo plano en actitud de apacibilidad, cabizbajos, situados al borde de un terreno bastante y peligrosamente inclinado.

  El fondo de la composición pictórica es una monumental montaña coronada con nieve, y, más abajo, un cúmulo de nubes. Las direcciones de las sombras entre las piernas del militar venezolano muestran un momento de atardecer; en el piso del cuadro se puede observar con cierta dificultad la sombra reflejada de una persona que parece tenuemente concernida en la escena que representa el cuadro del pintor caraqueño.   

2º) El segundo nivel es el iconográfico. En él se aborda el significado convencional o secundario de la obra. Se trata de adivinar los contenidos temáticos. No es un estadio sensible, sino inteligible, ya que hay que recurrir a la tradición cultural, personificaciones, alegorías y símbolos, por lo que debemos acudir a las fuentes literarias. De allí que en la pintura analizada identificamos un tema propio de la nuestra abundante iconografía de la Guerra de Independencia continental:  se trata de un momento en una campaña militar que se escenifica en un vivac en la inmensa cordillera de los Andes suramericanos, en las fronteras entre Colombia y Ecuador. Un militar arroja al piso su sable, al que ha partido en dos, al tiempo que en su mano izquierda sujeta un arma de fuego antigua.

3º) Llegamos de esta manera al tercer y último nivel panofskiano, el nivel iconológico o iconografía en sentido profundo, pues es una interpretación del significado intrínseco o contenido de una obra. Se busca el significado inconsciente, tal como lo entiende Segismund Freud, que se esconde detrás de la intención de Tito Salas, creador de esta escena pictórica. El objetivo de la iconología no es otro que el de desentrañar los principios de fondo que revelan la actitud básica de una Nación, un período, una clase social, una creencia religiosa o filosófica condensada en una obra pictórica.

 

El militar del óleo es el joven caroreño y venezolano General Pedro León Torres (1788-1822), quien momentos antes de la escena pictórica ha recibido dura reprimenda del General Simón Bolívar por interpretar de manera equivocada unas órdenes militares durante la Campaña del Sur, lo que el Libertador interpreta como cobardía, pues es inminente el sangriento y fatal encuentro armado de la Batalla de Bomboná (7 de abril de 1822) que resultó ser una horrorosa carnicería. Bolívar, enojado, le arrebata el mando de la división, a lo que Torres responde airadamente y sin mostrar abajamiento alguno: “si no sirvo como General, serviré como soldado” y al proferir estas palabras lo hizo arrebatando el fusil a un soldado que no aparece en la pintura de Tito Salas. Bolívar, conmovido por aquel desafiante gesto, le devuelve el mando al General Torres, lo que sin embargo será su sentencia de muerte, pues recibirá en Bomboná heridas mortales que le provocan la muerte tras larga agonía de cinco meses en la población colombiana de Yacuanquer (22 de agosto de 1822) en un hospital militar de los realistas. Muere el General Torres como prisionero de guerra a los 34 años de edad.

 

Hay en el cuadro de Salas tres aspectos que nos llaman la atención. El primero tiene que ver con que el General Torres tiene la boca cerrada, cuando las fuentes históricas revelan que fue en esa ocasión intenso cruce de palabras entre los dos iracundos militares venezolanos. El segundo es que nos llama la atención que los siete soldados del cuadro no parecen prestarle atención a la disputa que protagonizan dos de sus altos jefes, y están como adormilados haciendo la digestión de los ranchos, lo que fue motivo de la disputa entre los generales Bolívar y Torres. Y el tercero, que no es menos llamativo e intrigante: el Libertador no aparece en el óleo sino como una sombra reflejada en el piso de la pintura, lo que nos parece como cierto rebajamiento de la figura cimera del genio continental americano que es el Libertador Simón Bolívar que comete Tito Salas en su cuadro, pintado hace ya una centuria.

 

 

Estado actual del óleo de Tito Salas sobre el General Pedro León Torres

 Esta extraordinaria obra pictórica requiere ser declarada a la brevedad Patrimonio Cultural de la Nación venezolana. Su autor, Tito Salas (1887-1974), es una de las glorias del arte pictórico venezolano, a la altura de Juan Lovera o Arturo Michelena. Se forma en la Academia de Bellas Artes de Caracas y en la famosa Academia Julian, en París, Francia. Es el autor de La lección de Andrés Bello, Boda de Bolívar, Juramento en Roma, Terremoto de 1812, Batalla de Araure, Emigración a Oriente, Paso de los Andes, Mi delirio sobre el Chimborazo, Retrato ecuestre del Libertador.  

 En el cenit de su prestigio pictórico recibe Salas el encargo de realizar un cuadro sobre el héroe de Bomboná en 1922, en ocasión del Primer Centenario de la Muerte del General Pedro León Torres. El encargo procede de un grupo de notables de la ciudad de Carora pertenecientes al “patriciado caroreño”. Entre ellos podemos identificar a Cecilio Zubillaga Perera, Rafael Lozada, José Luis Andrade.

 

1922: El Centenario de la Muerte del General Pedro León

El Centenario de la Muerte del General Pedro León Torres es acompañado por la primera Exposición Regional de 1922, evento que se transforma posteriormente en Ferias de San Juan Bautista de Carora, un interesante y curioso proceso.

Lo primero que debemos destacar es que estamos asistiendo en 1922 a la conformación de la Idea de Nación, la construcción de héroes, de patriotas y de ciudadanos. Sucede que el héroe de la patria de los caroreños es el desgraciado General de División Pedro León Torres, fallecido en 22 de agosto de 1822 en Yacuanquer, Nuevo Reino de Granada, Colombia, tras recibir heridas mortales en la Batalla de Bomboná en 7 de abril de 1822. Este patriota participa en la Campaña del Sur, liderada por el Libertador Simón Bolívar. En ella participa otro notable patriota caroreño, el General de División Jacinto Lara, pero es el General Torres quien atrapa un sentimiento muy marcado del pueblo que lo vio nacer en 1788. Ello se debe a su trágica muerte acontecida cuando apenas contaba con 34 años de existencia, y al hecho de que sus restos mortales aún no han sido repatriados 3.

Pero hay una coincidencia cronológica que es preciso destacar: y es que el nacimiento del General Torres, el 25 de junio, coincide con la realización de las fiestas patronales de san Juan Bautista de Carora. Ello quiere decir que allí se produce un sincretismo cultural 4 que une la antigua tradición religiosa católica a la tradición de la Patria en vías de conformación.

 El busto del General Torres en la Plaza Bolívar.

Es necesario e ineludible destacar una curiosa e interesante situación del bronce del héroe de Bomboná. Sucedió que el busto del General Pedro León Torres ocupó hasta 1930 el sitio que le correspondía al Padre de la Patria Simón Bolívar, esto es la Plaza Mayor o Bolívar de Carora, pero cuando se conmemora el Primer Centenario de la muerte del Libertador en 1930, el busto del General Torres tendrá otro destino en una plaza distinta, situada a cuatro cuadras al Este de la Plaza Bolívar.

De modo pues que las Ferias de San Juan de Carora tendrán como inicio el evento patriótico y nacionalista que se vincula a la tradición del catolicismo en la antigua ciudad de san Juan Bautista el Portillo de Carora. Se trata de lo que llama Reinaldo Rojas la construcción de un universo simbólico de mitos y representaciones sociales.5, es el nacimiento de la “religión de la Patria” imbricada indisolublemente a la religión que implantó el español desde el siglo XVI en estas remotas geografías del semiárido occidental venezolano.

Es en este momento de reafirmación de lo nacional venezolano cuando los notables caroreños encargan en 1922 el óleo del General Pedro León Torres al reconocido pintor caraqueño Tito Salas, el más grande exponente de la pintura de historia en la época de Juan Vicente Gómez. Pintura que tuvo gran aceptación popular y entre los círculos oficiales.

 Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

 

 

 

 

 

 

LA POESIA DEL ESTADO LARA EN VENEZUELA DE COMIENZOS DEL SIGLO XX: ROBERTO MONTESINOS BAUDELERIANO

A la memoria del profesor Obed Méndez,

 quien animó este ensayo.


En 1951 escribió uno de nuestros pocos críticos literarios del interior de Venezuela, el señor Hermann Garmendia, lo que llamó Mapa de una Poesía, un ensayo introductorio que pudo ser más meduloso y extenso, sobre los poetas larenses de los siglos XIX y XX. Afincándose en los críticos de la capital, Luis Correa, entre ellos, califica a nuestros liricos de la provincia como unos inacabados. Más adelante Garmendia los denomina expresión de su ámbito telúrico, mariposas sentimentales, románticos poetas en tono menor, que emplean el romanticismo como una puerta de evasión, casi vírgenes de influencias extranjeras. Ellos son, en orden cronológico: Simón A. Escovar, Gelasio Rivero, Hilario Luna y Luna, Ezequiel Bujanda, los hermanos Bracho de Carora, los cuales adquirieron una cultura fundamental de cepa humanística con aliños de enciclopedismo francés. (La poesía larense, 1951. p. 13).

En otra parte escribe Garmendia, uno de nuestros poquísimos críticos literarios de la provincia, que: Son liricos ocasionales, de vivac, que producían para su ocasión y entorno, no eran ningunos precursores ni innovadores, pues estaban atados a un aislamiento insular, en donde las palpitaciones de la cultura llegaban con sensible retraso, en un tiempo en que las comunicaciones son difíciles, agrega, la difusión de la cultura es lenta:“Si aparecen como marginados en relación con las corrientes literarias de su tiempo -con las más adelantadas-ello tuvo su causa en circunstancias sociológicas bastante conocidas.  (Idem, p.14).

Pero bien pronto hubo de producirse un cambio bastante radical en la sensibilidad de nuestros poetas larenses. Así precisará Garmendia que:

Con Roberto Montesinos se hace un alto, para oír una voz nueva, para sentir un aire poético renovado. Cuando Roberto Montesinos publica “La Lámpara Enigmática” -con prólogo de Lisandro Alvarado- una luz honda, de extracción francesa, nutrida de alucinante sustancia poética, hace brusca irrupción proyectando una luz firme en el panorama de nuestra literatura nacional (subrayado nuestro). No se trata de un poeta silvestre, del hombre de la improvisación en el corrillo, sino de un gran señor de las letras, lleno de los más enciclopédicos conocimientos, de un ágil cultura, de naturaleza mercurial, que se desplaza y se mete, como agua por entre las baldosas, por las más variadas parcelas del saber, haciendo su brusca y espontánea aparición a propósito de cualquier tema.

Son pues nuestros modernistas tardíos: Roberto Montesinos, Pío Tamayo los hermanos Losada, quienes al decir de Garmendia: “alcanzan su madurez cuando ya el modernismo de Darío despedía las últimas palomas de su palomar sonoro”. Estos bardos viven en una sociedad muy tradicional, fuertemente estamental y jerárquica como El Tocuyo, poblado colonial fundado en 1545, llamada la Ciudad Madre de Venezuela. Atados a un entorno de sembradíos de caña de azúcar, arquitectura barroca y una mentalidad atada al catolicismo más tradicional de conventos y lecciones de latín, producen sin embargo una literatura radicalmente opuesta a todo lo que desde siglos coloniales se había escrito allí.

Los modernistas tocuyanos -los hermanos Hedilio y Alcides Losada, Pío Tamayo, Ernesto Nordohof, Rafael Guédez, Rafael Elías Rodríguez, y el propio Montesinos -fundarán La Quincena Literaria, que apareció entre 1925 y 1929, animarán el estudio del marxismo en un círculo de iniciados llamado El Tonel de Diógenes, fundado precisamente cuando al otro lado del orbe nacía la Gran Revolución de Octubre de 1917, como la aurora de los nuevos tiempos.

El marxismo de inspiración soviética, la lucha contra el latifundismo y el régimen de J. V. Gómez que ha creado un ambiente de opresión y penuria espiritual los empujará a la acción política, y de tal manera irán a dar con sus huesos a las ergástulas del gomecismo los poetas Hedilio Losada y Pío Tamayo. Allí conseguirán la muerte a muy temprana edad. Son, en este sentido, “los raros” de lo profundo de la provincia venezolana. Guardan, pues, un asombroso parecido a los raros de los cuales había escrito años atrás Rubén Darío en 1896, y en particular al poeta cubano José Martí, muerto en combate por la libertad de su patria.

El 1925 va a ser una fecha muy especial para los efectos de nuestro ensayo histórico-literario, pues resulta una paradoja que en este preciso año aparecerán publicados dos libros contrapuestos. “Ya sabemos, dice Octavio Paz, que las relaciones realmente significativas no son las relaciones de afinidad sino las de oposición.” Tales obras son: Historia Crítica del Modernismo en la Literatura Castellana de Rafael Domingo Silva Uzcátegui publicado en Barcelona, España, en tanto que en Caracas, Venezuela, será impresa La Lámpara Enigmática, del poeta tocuyano, y larense como Silva Uzcátegui, profesor Roberto Montesinos (1887-1956), llamado significativamente “el poeta maldito.”

La Lámpara Enigmática produce un abrupto corte en la sensibilidad poética larense y venezolana. Y lo hace en un momento desolador para la cultura venezolana, “ambiente de opresión y penuria espiritual”, dirá Mariano Picón Salas. El solo hecho de haber sido prologado este poemario por el sabio Lisandro Alvarado, un historiador que convierte a la Psiquiatría en Ciencia auxiliar de la Historia y masón confeso, le da un relieve pocas veces visto a tan significativo poemario. Es Montesinos una suerte de Baudelaire del semiárido venezolano que asombró a sus lectores con un lenguaje agresivamente renovador.

Solo su título provocador insufla sentimientos encontrados y hasta opuestos. Una lámpara es sinónimo de luz y entendimiento. Es un instrumento que desbroza el camino de la episteme. Es el símbolo de la racionalidad moderna. Pero una lámpara enigmática parecerá un contrasentido notorio. Es una lámpara oscura. Con ello pareciera entroncar el poemario de Montesinos con la tradición esotérica hermética, alquímica y teosófica de finales del siglo XIX, presente en la cábala, el tarot y una astrología de trasfondo pitagórico en personajes como Madame Blavastky y el escritor modernista español Ramón del Valle Inclán y su libro La Lámpara Maravillosa. Ejercicios Espirituales. Es una clarísima reacción contra la filosofía positivista escéptica y fuertemente antimetafísica.

Del poemario del escritor tocuyano hemos tomado Los Poemas Malditos. Invitación. (Introducción a los Poemas Malditos), los que encontramos, dice Mariano Picón Salas, ingenuamente satánicos, donde menciona prostitutas, manicomios, medianoches, hostias negras, el cadáver de algún judío ladrón, el Gran Macho cabrío:

 

 “Yo amo la profunda hora de medianoche,

Cuando el Bajísimo hace su saturnal derroche

De pavorosas cosas.

Entonces los truhanes Salen de sus covachas,

lo mismo que los canes,

Y con llaves falsas,

en las calles oscuras,

Sin meter ruido abren honradas cerraduras”.

 

Y en otro tenebroso lugar del largo poema dirá el bardo tocuyano:

 

De la absurda hostia negra la maligna receta.

Las brujas la preparan con uñas recortadas

De rígido cadáver de algún judío ladrón.

 

 

Es pues clara la influencia de Baudelaire, poeta maldito, quien en Las flores del mal escribe:

Durante una noche junto a una horrible judía,

Como cadáver tendido,

Pensaba al lado de aquel cuerpo vendido,

En esta triste

Belleza de la cual mi deseo se priva.

 

Silva Uzcátegui no conoció estos poemas de Roberto Montesinos y jamás los hubiera calificado como producto de una mente sana, pues algún mal en el cerebro habría de haber afectado la sensibilidad del poeta tocuyano quien es su paisano larense y venezolano. Mencionar tumbas malditas, antros de vicio, plumas de búho quemadas, aquelarres, palacios trágicos donde viven los locos, las huellas del Enemigo Malo, el Infierno, significan inevitablemente que “es una literatura que no es sana, ni equilibrada, ni robusta; es enfermiza, desequilibrada i afeminada; es anormal, psiquiátrica, erotómana, falsamente mística, que junta lo más sagrado con lo más lascivo…inmoral i determinista.”

Seguramente Silva Uzcátegui conoció la producción lírica del poeta tocuyano tiempo después cuando en su ancianidad visitaba las librerías del centro de Caracas, ciudad a la que se mudó en la década de 1940. Hoy Roberto Montesinos figura como uno de nuestros más importantes líricos de todos los tiempos, muy a pesar de Silva Uzcátegui y Max Nordau, quienes lo hubiesen calificado prontamente de “degenerado”.

 

Pero no se crea que ambos escritores larenses estaban al tanto de lo que sucedía por aquellos años en Europa. No. Ambos estaban visiblemente retrasados frente a lo que en el arte y la literatura acontecía en Francia, Inglaterra, Alemania e Italia. Y es que ha sido una constante de Hispanoamérica no coincidir o estar a tono con la modernidad. Silva Uzcátegui es un “epígono tardío” de Max Nordau, un hombre del siglo XIX y quien moriría decepcionado del mundo en París en 1926. Y es que nuestro escritor larense optó por el pasado al plegarse servilmente al concepto psiquiátrico de “degenerados” de Nordau y Lombroso, y lo hizo de esa manera puesto que una verdadera crítica literaria no existe en Hispanoamérica. Ello se deberá a que carecemos de movimientos intelectuales originales, tal como ha sostenido Octavio Paz.

La lámpara enigmática, por su parte, se publicó cuando las vanguardias artísticas y literarias más notables del siglo XX hacían su espectacular aparición o eran ya cuestión del pasado. El cubismo y el expresionismo alemán lo hicieron en 1905, el dadaísmo en 1916, los poetas ultraístas en 1919, y el surrealismo de Breton y sus secuaces un año antes de la publicación del poemario de Montesinos, esto es, en 1924.Destaquemos las gigantes figuras literarias de la novela a de aquel entonces: A la búsqueda del tiempo perdido de Proust aparecerá justo al finalizar la Gran Guerra, o sea en 1918, las veinticuatro horas del Ulises, del irlandés James Joyce en 1922, y la novela de Kafka sobre un hombre sin apellido, El proceso, será publicada en 1925. A la par de ello se produjeron dos enormes y significativos hechos históricos que tuvieron resonancia planetaria: la Primera Guerra mundial y la Revolución Bolchevique de 1917, y a todo ello debemos agregar que los “camisas negras” del fascismo habían tomado el poder en la Italia de 1923.

Y en España son los años de ascensión de la fructífera Generación del 20, conectada a su vez con los grandes poetas latinoamericanos, en especial, César Vallejo, Pablo Neruda, y Vicente Huidobro, el fundador del movimiento creacionista. Y los años del oscuro trabajo poético del judío Fernando Pessoa, cuya poliforme personalidad enriquecerá y trasformará la literatura de habla portuguesa.

 

De modo pues que a Silva Uzcátegui y a su paisano Roberto Montesinos se les vino encima todo un mundo de espectaculares y delirantes movimientos literarios y artísticos de la vanguardia del siglo XX. Solo que el autor de La Lámpara Enigmática habría de haberlos disfrutado a plenitud y con gozo hasta su apacible muerte en 1956 en su Tocuyo natal, ciudad a la que bautizó “Ciudad de los Lagos Verdes”.

Estas “modas patológicas del arte” seguramente fueron el suplicio y tormento de Silva Uzcátegui hasta el final de sus días en la trepidante ciudad de Caracas de 1980. Sería sumamente interesante saber qué pensaba en su vejez el escritor curarigüeño de la poesía de Louis Aragón, la pintura de Dalí y el cine de Buñuel, artistas sumamente influenciados por los descubrimientos de las teorías del psicoanálisis freudiano a las que tanto rechazó, tal como hemos dicho más atrás.

Este pensamiento, en extremo conservador del venezolano le hará citar a personajes como el Doctor J. R. Ayala, quien en su Discurso sobre el modernismo, Caracas, Venezuela, 1923, escribe:

La historia no nos dejará mentir: el filosofismo engendra la revolución, la revolución produce la anarquía, la anarquía es la ruina del ideal. La revolución destrona toda autoridad; la anarquía entroniza la oclocracia; la ruina del ideal es la negación del arte. La autoridad destronada cae bajo la cuchilla del verdugo como el último de los Estuardos, Luis XVI y Nicolás II; la sociedad anarquizada se devora a sí misma como la Convención Francesa i el Bolsevismo (sic) Ruso; el arte sin ideal se niega a sí propio: por eso la literatura modernista culmina en el cubismo i en el incomparable dadaísmo.

El modernismo como corriente literaria comenzó a ser atacado muy tempranamente, en un proceso de negativización, pues algunos autores sostienen, Richard Cardwell entre ellos, que la invención de la generación del 98 en España fue un intento temprano de neutralizarlo. Amelina Correa Ramón nos dice que el escritor sevillano Manuel Machado, escribió en 1913 que:

La palabra Modernismo, que hoy denomina vagamente la última etapa de nuestra literatura, era entonces un dicterio complejo de toda clase de desprecios (…) más dura fue la lucha con los escritores, críticos y literatos que ocupaban por entonces las cumbres del parnaso español.

Los escritores españoles hacían burlas y rechiflas de la corriente modernista que venía de América y de Francia, usando para ello las páginas de los diarios Madrid Cómico, Gedeón y La Gran Vía.

Resulta curioso constatar que en exterior se ha escrito con mucha más frecuencia de Silva Uzcátegui que en su país natal, Venezuela. Bien pudieron hacerlo, por ejemplo, los críticos literarios larenses, sus paisanos y que de seguro conocieron sus escritos, Luis Beltrán Guerrero y Pascual Venegas Filardo quienes durante muchos años redactaron para el diario El Universal de Caracas sus crónicas sobre literatura. En otros países hemos hallado referencias muy críticas y otras no tanto a La historia crítica del modernismo en la Literatura Castellana, tales como las de Guillermo Díaz-Plaja, en 1951, Raimundo Lida, en 1967, Guillermo Carnero, en1987, Richard Cardwell, en 1996, y la propia Amelina Correa Ramón en 2002.

El británico Richard Cardwell nos dice que ha sido una manipulación ideológica en donde el modernismo queda claramente invalidado:

 

El discurso privilegia lo nacional, lo patriótico, lo español, (especialmente lo castellano) frente a lo cosmopolita, lo parisino, lo europeo. Establece un sistema de binarios: normal/anormal, sano/enfermizo/; altruista/egoísta; atento al destino nacional / alienado y escapista; masculino/femenino y, al fin y al cabo, auténticamente español/auténticamente afrancesado.

De tal modo del poeta castellano Gabriel y Galán, quien se aparta del modernismo, defienden la tradición, el dogma católico y la vida campesina, dirá el escritor larense que:

No hubo menester Gabriel y Galán ir a beber inspiración en las fuentes corrompidas i malsana de un Baudelaire o de un Verlaine. Despreció eso; lo consideró digno de los cucos i de los loritos reales. I sin embargo, dificilillo es encontrar en todo el repertorio modernista algo que por la armonía, la espontaneidad, el sentimiento i la maestría de los versos que a Gabriel i Galán le inspiran los campos de Castilla i el amor de los suyos.

De la manera parecida a como emplea el positivismo y el darwinismo decimonónico para caracterizar a la sociedad larense como un organismo vivo, Silva Uzcátegui compara los movimientos literarios con las distintas etapas por las cuales transita un ser vivo: la mocedad suelta i bulliciosa (del romanticismo); la madurez de la sentada edad (del realismo); i la caducidad pueril de la vejez (el modernismo).

El ya mencionado Cardwell nos dice también que el escritor venezolano emplea discursos ajenos a lo estrictamente literario y se deja llevar por otros tales como el discurso religioso: los modernistas se refugian en diversas sectas abiertamente paganas. El discurso patriótico: tendencia al escapismo de los modernistas que para nada les ocupa lo nacional. Insensibilidad ante la lengua castellana y sus tesoros. Discurso social: los modernistas no escriben para las muchedumbres (como lo hizo Gabriel y Galán), sino para una minoría compuesta de refinados. Discurso moral: los modernistas son viciosos y degenerados que han dado que  hacer a la policía y a los tribunales. Discurso sexual: el arte modernista es afeminado y decadente. Discurso de la naturaleza: los modernistas prefieren lo artificial y aborrecen lo natural, como Baudelaire. Discurso médico psicológico: que es el más predominante en la escritura silvauzcateguiana cuando elabora una crítica literaria fundamentado en la criminalística italiana de Lombroso, y en forma extrema en las ideas de “degeneración” del médico húngaro Max Nordau, publicada en alemán en 1892, como hemos visto. La obra de este médico húngaro y sionista fue traducida rápidamente a la lengua castellana, y ya para 1902 circulaba ampliamente entre los lectores peninsulares. De tal modo Silva Uzcátegui será su epígono tardío, pues glosó al médico húngaro Max Nordau después de 33 largos años de publicado su polémica obra Degenerados. 

 

 

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