viernes, 19 de febrero de 2021

Expedito Cortés, director emérito del G.E.R.P.O. de Carora


El 15 de septiembre de 1981, un día antes de entregar con pesar a su sucesor la dirección del flamante Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza de Carora, después de 21 años de excelente conducción de ese magnífico instituto, me dice apesadumbrado mi padre, el maestro normalista Expedito Cortés, debajo del tupido y verde bosque que sembraron durante cuatro lustros sus nerviosas manos en esa escuela de primaria: “Mire, Luis, todo esto se va a acabar.”

Ni un ápice se equivoca mi progenitor. Desde ese año comienza un veloz e intenso proceso de deterioro físico e institucional de esa escuela que fue centro piloto de la educación en el Distrito Torres en las décadas de 1960 y 1970. Lo primero que pierde el augusto centro educacionista es unos vigilantes permanentes, que vivían con sus esposas e hijos dentro del recinto de aquella noble arquitectura que diseñara Carlos Raúl Villanueva en estilo neocolonial para el gobierno civilista del presidente general Isaías Medina Angarita. Y es que los planificadores de la educación pensaron entonces en unas residencias para el director y el subdirector de la institución. La escuela quedó de tal manera solitaria aquel fatídico 16 de septiembre del año 1981 y a merced de la “malechuría”, empleando una palabra salida del genio de Chío Zubillaga.

El frondoso y bucólico bosque fue otra de las víctimas, pues lo primero que  hicieron las nuevas autoridades del plantel fue cerrarle los numerosos grifos que  alimentaban su hermoso verdor. Poco a poco fue desapareciendo el microclima que hacía a las aulas de clases del Grupo Escolar agradables y frescas en aquella ciudad sembrada en el ancho semiárido larense venezolano. Hogaño ha retrocedido la vegetación en un 80 por ciento y ella se retrotrae a las especies adaptadas al semiárido, ceibas, nims, cujíes y olivos, pues las especies vegetales que mi padre adaptó a fuerza de tesón durante dos décadas a este clima duro y seco fueron progresivamente desapareciendo: limoneros, toronjas, cayenas, flamboyanes, uvedas. Eran tiempos cuando el sindicalismo no había pervertido el trabajo escolar y los bedeles y obreros sin rechistar cargaban a pulso baldes de agua para regar las plantas. El subdirector del plantel, tan andino como Expedito Cortés, tuvo la ocurrencia de darle un nombre polémico a tan tupida floresta. Propuso el profesor Gerónimo Becerra se llamara Bosque Israel aquel hermoso vergel escolar.  Pero sucede algo que no estaba en los planes de estos educadores: la nutrida colonia árabe asentada en Carora protesta enérgicamente aquella denominación y le piden una entrevista a mi padre, quien de forma muy gentil les escucha. Dejaron en manos de Expedito algunos libros y panfletos panárabes, entre los cuales figuraba el nombre de Nasser. Los conservo en mi biblioteca.

El director de la institución, mi padre Expedito, se gana hace cosa de media centuria la enemistad de los docentes a su cargo, pues desde un principio fue en decidido y tenaz enemigo de la eliminación del doble turno escolar. Una sirena sonaba a un cuarto para las ocho, y otra vez ululaba a un cuarto para las dos para anunciar el inicio de ambos turnos escolares. Las clases sabatinas corrieron el mismo destino al ser eliminadas. Este día se destinaba a exaltar el sentido de lo patrio, entonábamos el Gloria al bravo pueblo y recitábamos el Himno al Árbol de Manuel Felipe Rugeles Cacique.

Para anunciar el inicio de los turnos, el comienzo de los recesos, así como el fin de la jornada, mi padre colocaba música clásica del excelso Maestro guitarrista caroreño Alirio Díaz Leal, y también valses vieneses. Los altoparlantes fueron sustraídos y el plantel escolar enmudeció desde entonces. Hogaño hay exalumnos del Grupo Escolar Ramón Pompilio que me dicen que aquella música oída en sus infancias afinó sus gustos musicales.

El auditorio escolar era una maravilla y tenía un mural hermosísimo en su escenario, que fue torpemente borrado por una espátula asesina y anónima. Las sillas plegables que eran de madera y metal se ausentaron como por arte de magia tras mi padre entregar el instituto. En esas sillas se acomodan los espectadores que iban a deleitarse con conciertos y obras teatrales que organizaban Juan Martínez Herrera y mi progenitor, cofundadores de la Casa de la Cultura de Carora en 1965. Con ello quiero decir que la primera sede de la Casa de la Cultura de Carora fue el auditorio del Ramón Pompilio Oropeza.

El provecto aparato cinematográfico marca RCA Víctor y con el cual proyectábamos películas para recabar fondos para la escuela, lo observé hace años arrumados en un polvoriento depósito de cosas olvidadas en el Grupo Escolar, una especie de basurero de la historia de donde pude recatar a hurtadillas una hermosa fotografía artística del Doctor Ramón Pompilio Oropeza Álvarez (1860-1937), epónimo del plantel. Cada vez que se cumplía un año del natalicio de este extraordinario educador caroreño, godo, pero pobre, estábamos como obligados a visitar su tumba en el Cementerio Municipal de la Avenida 14 de Febrero acompañados de los docentes y algunos padres y representantes.

Expedito Cortés tuvo una ventaja sobre los directivos de la institución que le sucedieron, es preciso destacar. Fue a no dudar la larga permanencia suya dirigiendo el plantel: 21 largos y provechosos años desde 1960 hasta 1981. Los nuevos conductores de la institución apenas cumplen tres o cuatro años en la dirección del plantel y llegan al cargo cuando ya están cansados y en trance de jubilación. Mi padre, por el contrario, asume la dirección del centro educativo muy joven y con bastantes bríos, lo que iba en concordancia con su nombre: Expedito, palabra que significa ágil, rápido.

Durante estos 21 años ese incansable hombre fue cofundador de la Casa de la Cultura de Carora, el Rotary Club, presidente del Centro Lara, fundador del Movimiento Electoral de Pueblo, el partido del Dr. Luis Beltrán Prieto Figueroa, cofundador de los Bomberos de Carora, fundador del Frente Ecológico Regional, fundador de la Escuela de Especialidades Femeninas Petra C. de Aldazoro, animador de la construcción de la sede de la Casa del Educador, dirigió la representación del Distrito Torres al Festival Folklórico de Lara, fue secretario ejecutivo del Retorno a Carora en 1967, editó el libro que sobre el Cuatricentenario de Carora le dedicaron los educadores a la ciudad, se desempeñó como docente de la Escuela Normal Cecilio Zubillaga Perera, profesor de biología en Ciclo Básico Juan Oropesa de Río Tocuyo, presidente de la Federación Venezolana de Maestros, dirige la primera huelga magisterial del año 1969, gestiona la creación del IPASME en Carora, plantó varios bosques en distintos barrios de Carora…

 Luego de su merecida jubilación en 1981, se traslada a Barquisimeto, donde funda el Frente Ecológico Regional y asume el cargo de Comisionado de Asuntos Ambientales de la Gobernación del Estado Lara, está entre los fundadores del Parque Nacional Dinira y el Parque Nacional Cerro Saroche en el semiárido, asesor del Congreso de la República en asuntos ambientales.

Como se habrá visto, fue mi padre un hombre verdaderamente incansable, y que tuvo sin embargo lugar para levantar y darle educación a una numerosa familia de ocho hijos. El día anterior a su fallecimiento, que ocurre el 28 de mayo de 2001, día del árbol, salió caminando de nuestra casa en Pueblo Nuevo y por sus propios medios sube a una ambulancia que lo traslada a la Policlínica Barquisimeto, lugar donde termina la aventura humana de este excepcional educador que fue ecologista cuando ni siquiera existía la palabra ecología. Hogaño tres institutos de educación llevan el nombre de este ser humano excepcional que fue vencido finalmente por la bacteria helicobpácter pylori que horada su resistente estómago. Hace 20 años que se hizo tributario de la tierra este hombre que prefería lo llamasen Maestro de Monte, y que nutrió su visión del mundo a través de los dos libros cimeros de la cultura occidental: La Biblia y el Quijote de la Mancha.

Paz a su alma.

Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

 

miércoles, 17 de febrero de 2021

El profesor Zanahoria


Cuando en 1977 empecé a laborar muy emocionado la docencia en el Liceo Egidio Montesinos de Carora, me encontré con un personaje singular, el profesor Fausto Pérez, un tocuyano a quien los chamos habían bautizado con el remoquete de Zanahoria por lo del subido color de piel. Era un albino delgado y bajito, de unos 50 años entonces y que libraba una guerra permanente con los futuros bachilleres. Ese enfrentamiento fue tan permanente que el director del instituto, profesor Gilberto Agüero, debió hacer todas las artimañas legales para dejarlo sin horas docentes, es decir que le quitó el contacto directo con los muchachos.

A pesar de ser egresado del Pedagógico de Caracas en la mención biología, era un hombre de sólida formación humanística, un adelantado de la teoría de la complejidad. En las conversaciones que tuvimos en los días de huelga magisterial -que eran muchos- me di cuenta de que era un marxista y que procedía del estado Barinas, donde los adecos le hicieron la vida imposible. Logra cambio para Carora con ciertas reservas, pues es una ciudad de godos aristócratas, decía él. Llega a la ciudad a mediodía un 12 de septiembre de 1969 y consigue que no hay acá ninguna alma. A las horas comienza a ver gente por las calles y pregunta por aquella desolación meridiana. Alguien le dice: estábamos echando un sueñito.

No tomaba licor ni fumaba y tenía una dieta especial vegetariana que apenas permitía el pollo y el pescado, pues su sistema digestivo era muy frágil. El pelo completamente cano y su cara enjuta calzaban siempre unos lentes oscuros. “Soy albino, me decía, de una manera particular pues mis ojos no bailan de derecha a izquierda como los del copeyano Abdón Vivas Terán”.

Recién llegado a Carora se asentó con su familia en el popular y dicharachero barrio Torrellas. Cierta vez fue el estudiante Ricardo Díaz Rodríguez a buscarle para hacerle unas consultas relacionadas con su asignatura y no daba con su paradero. Pregunta a unas niñas, quienes le dicen no conocerlo. Ricardo les dice a las chamas: Sí, es un pelo blanco que le dicen Zanahoria. Fausto, que estaba detrás de la celosía de la ventana próxima lo oye y acto seguido espeta: Zanahoria será el c… de tu madre.

Jesús Expedito es el cuarto de mis hermanos y era estudiante destacado, por no decir brillante. Sin embargo repara una asignatura en quinto año, en un tris de graduarse liso sin reparar jamás en todo el bachillerato. Repara en septiembre “Chús” Cortés la asignatura biología, pues fue una forma de venganza de Fausto con las tremenduras cometidas por Jesús, quien le gritaba por las calles de Carora al verlo conduciendo su Opel de dos puertas: Zanahoria, Zanahoria.

Con el pasar del tiempo Fausto le coge gusto a la ciudad del Portillo y decide construir su morada entre nosotros. Escoge un lugar al lado de una de nuestras múltiples quebradas, al final de la calle Coromoto, cerquita del Parque Exposición Teodoro Herrera. Cierta vez se detiene una camioneta frente a la casa de nuestro querido profesor y se bajan dos tipos. Uno de ellos dice: vamos a botar este perro muerto aquí, pues ese viejito no ve nada, a lo que responde Fausto desde el porche de su casa: no veo nada, pero huelo, c… de sus madres, vayan a botar su perro en otra parte, bien lejos de aquí.

Su misma constitución física lo hacía coger rabias innecesarias, era parte de su carácter. El Liceo tenía o sufría de una enorme gotera cercana a la dirección del instituto. Unos ingenieros de FEDES llegaron por la tarde y fueron recibidos por Fausto investido con el cargo de subdirector, quien les muestra la enorme grieta por donde en época de lluvias se desparramaban enormes chorros de agua. Uno de los ingenieros saca su cámara fotográfica y cuando apunta la grieta de marras le dice Zanahoria: “Qué riñones tenés vos, tomando fotos, trae arena, cemento y tela metálica, asfalto, que es lo que necesita esa tronera, no que le tomes fotos…!”

Laboraba infatigable Zanahoria de día y de noche. En el Liceo nocturno atendía a personas adultas de las barriadas populares de Carora. Una vez y por insinuación nuestra, se inscribe allí La Chinqui, una muchacha que atendía el sabroso y económico Restaurant de Juan Bejuco, en Barrio Nuevo, donde almorzábamos y cenábamos un bojote de profesores. En una clase Fausto le pregunta a la joven: A ver tú, ¿por qué no podemos dormir con plantas en las habitaciones? A lo que responde de seguido La Chiquin: ¡porque podemos chocar con los porrones!”. No era mamadera de gallo, como razonó Fausto, aquella respuesta de la chica, era su ingenua y poco académica manera de pensar.

Era un hombre que amaba el conocimiento y era apasionado lector. Recuerdo que íbamos a la estación de servicio de Sabaneta a adquirir unos magníficos libros de divulgación científica en el carro del profesor de matemáticas Orlando Meléndez, tales como El gen egoísta de Richard Dawkins o también El universo debocado de Paúl Davies. Al llegar al Liceo Egidio Montesinos nos sentábamos a leer y a comentar con el viejo Maestro que era Fausto, aquellos asombrosos textos que vieron nuestros ojos admirados en la década de 1980.

Después de 35 años, seis meses y tres días de servicio en la docencia en educación media, se retira Fausto Pérez a descansar después de tanta fatiga, alegrías y malhumor. Un familiar se lo lleva para una hacienda ubicada en un agradable clima cerca de Palmarito, vía Lara-Zulia. Allí fuimos años después a visitarle en mi Toyota todo terreno en el caserío Agua Linda, pero con tan mala suerte que no dimos con la finca donde Zanahoria pasaba sus postreros años sembrando rosas y dalias y amansando unas mansas ovejas, aquel sencillo ser humano que hacía gala de su nombre por aquello del “anhelo fáustico” de Goethe. Poco después, estando yo en Barquisimeto en la Zona Educativa y en el Pedagógico, me entero con pesar que este magnífico y sin igual docente de biología, que tenía una gran sensibilidad musical y pictórica, era tributario de la Tierra.

 Paz a su alma esclarecida.

Luis Eduardo Cortés Riera.

 cronistadecarora@gmail.com

 

 

martes, 9 de febrero de 2021

Caroreños en la Batalla de Carabobo, 24 de junio de 1821


En medio de grandes dificultades, el pertinaz enfrentamiento político, la crisis económica y la pandemia de la Covid19, Venezuela se prepara para conmemorar con entusiasmo y alegría este encuentro armado con el que el camino de la Libertad venezolana y de Sudamérica queda abierto. La segunda Batalla de Carabobo de 1821 fue una acción bélica crucial en la que el Libertador Simón Bolívar derrota al Mariscal de Campo Miguel de la Torre, y que resulta decisiva para la liberación de Caracas y el resto del territorio de Venezuela.

Pocos días después de Carabobo y en su paso para la Nueva Granada, en agosto de 1821, el Libertador pernoctará por tres días en la ciudad de Carora, donde fue agasajado en la Casa del Balcón de los Álvarez, frente a la Plaza Mayor o Bolívar. Allí sufre, después del baile, fuertes dolores abdominales, por lo que sus edecanes pensaron erróneamente que Su Excelencia había sido envenenada con resbaladera, una bebida muy caroreña, elaborada por una hermana de Los Siete Macabeos de la Independencia, los hermanos Torres. Debieron pedir disculpas los edecanes por aquel malentendido.

La expulsión definitiva de los españoles de nuestro país se producirá años después, en la Batalla Naval del Lago de Maracaibo, el 24 de julio de 1823.

Los hijos de Carora, “Ciudad Procera de Venezuela”, y de su jurisdicción, que se suman a la Gesta de Independencia y participan en la gloriosa e inmortal Batalla de Carabobo del 24 de junio de 1821, son los que a continuación mencionamos:

Teniente Coronel /Francisco José del Rosario de la Torre y Arriechi (1790/1850)

Nace en Carora el 10 de noviembre de 1790 y fallece en Valencia en 1850, este prócer, de los Siete Macabeos de la Independencia. Desde muy joven se alista junto a sus hermanos a las filas republicanas. Estuvo en la Campaña Admirable de 1813 y en la de 1814. Fue de los expedicionarios de Los Cayos, y desde Ocumare hasta Los Alacranes, con el escocés Gregorio Mc Gregor y Carlos Soublette, hizo la famosa expedición de los seiscientos. Estuvo bajo órdenes del Libertador en el Batallón Bravos de Apure, la división que lideraba el General de División José Antonio Páez y que se cubre de gloria en la Batalla de Carabobo. Hizo la campaña de coro en 1822 y forma el Estado Mayor del General Páez, en el asalto y toma de Puerto Cabello en noviembre de 1823. El Libertador lo asciende al grado de Coronel. Al finalizar la Guerra Magna se retira a Valencia, ciudad donde fallece pobre y sin bienes de fortuna.

Coronel /Miguel María Lara Meléndez (1766/

Nace en Carora, 1776 y fallece en Araure. Hijo de Miguel Lara y de Juana Paula Meléndez, hermano del prócer de la Independencia General de División Juan Jacinto Lara Meléndez. Participa en la batalla de Las Queseras del Medio, 1819, al mando del General José Antonio Páez Herrera. Forma parte del ejército que lleva a cabo el Paso de los Andes en 1819 con el objeto de liberar la Nueva Granada. Participa en las acciones de Bonza, Pantano de Vargas y Boyacá, 1819. En 1821, ya en Venezuela, se bate en la inmortal Batalla de Carabobo.

Coronel: Manuel Morillo

Capitán del batallón Bravos de Páez, participa en las más gloriosas campañas de Venezuela y Nueva Granada. Desde Los Horcones hasta Bomboná, pasando por el Pantano de Vargas, Boyacá y Carabobo fue un combatir sin tregua. Cayó sin vida en Bomboná, en 1822, al clavar la bandera en la cumbre del Pasto, y allí cayó también el General Pedro León Torres.

Teniente: José Manuel Samuel

En 1815 se incorpora al Ejército de Apure, bajo el mando de José Antonio Páez Herrera hasta 1819, año en que pasa a las órdenes de Simón Bolívar en la Batalla de Boyacá. Asistió a la segunda Batalla de Carabobo en 1821, y bajo las órdenes de su cuñado el Coronel Cala en el asalto y toma de la plaza de Puerto Cabello. Al terminar la guerra se retira a vivir en Apure.

Teniente: José de la Cruz Samuel 

 Todos los integrantes de la familia Samuel, como también lo hicieron los Torres, abrazaron la causa de la libertad. En Niquitao y Los Horcones recibe su bautismo de fuego. Milita en los llanos bajo las órdenes del legendario “Catire” Páez, y como sargento en el ejército de Apure, cosecha el lauro inmortal de Carabobo. Muere muy joven en la ciudad de Barinas.

Teniente: Juan López Samuel

En 1812 sirve bajo las órdenes del Marqués del Toro en la fracasada Campaña de Coro. En 1813 está en las batallas de Niquitao y Los Horcones. Se pone bajo el mando del general Páez en 1815. En 1819 está con los de Boyácá, Nueva Granada. En 1821 asiste a liberar a Venezuela en la inmortal sabana de Carabobo. En 1823 va a Coro con González, donde muere.

Coronel: José María Camacaro

Nació en Río Tocuyo, pueblo de indios cercano a Carora. Actúa en la Campaña de Coro con el Marqués del Toro. En las de 1813 y 1814 está bajo el mando de Simón Bolívar. En 1816 está en compañía del General Páez en la batalla de la Mata de la Miel, Las Mucuritas, El Yabal. En Las Queseras del Medio fue indómito centauro. Después en Bonza, Pantano de Vargas, Boyacá y luego Carabobo.

En 1822 parte a la Campaña del Sur de Colombia, Ecuador y Perú. Participa en las batallas de Junín, Ayacucho y el puerto de El Callao, Perú, último vestigio español en Suramérica.

Fue el Libertador quien le otorga el grado de Coronel.  Con el Mariscal Antonio José Francisco de Sucre Alcalá estuvo en el Portete de Tarquí, Ecuador, donde consigue la muerte en 1829.  

 Coronel: Andrés María Álvarez Armas (1795/

Nace en Carora en 1795. Muy joven es reclutado y obligado a enrolarse en las filas del Rey. Sirvió con el Indio Reyes Vargas en los llanos, pero pronto se pasa a las filas de José Antonio Páez. Fue elegido Edecán por el Libertador, encontrándose a su lado en la segunda Batalla de Carabobo. Hizo la Campaña del Sur de Colombia, y en la hecatombe de Bomboná luchó valerosamente. Estuvo con Bolívar en la gloriosa tarde de Junín.

Concluida la guerra en el Perú pensó alistarse en las divisiones colombianas que pensaban libertar a la Perla de las Antillas, la isla de Cuba. Cuando en 1828 y 1829 conspiraban contra el Padre y fundador de cinco repúblicas se puso a sus órdenes, exigiéndole que le avise para estar a su lado.

Fue el primer Cónsul General de Venezuela en el Perú. Al quedar inválido le fue otorgada una justa pensión por el Gobierno de su Patria. Murió en la Ciudad de los Virreyes, Lima, en 1854. 

Coronel: José de los Reyes Oliveros (1792/

Nace en Curarigua de Leal en 1792. Estuvo en la campaña de Guayana bajo el mando del desgraciado General Piar. Se bate en la batalla de San Félix, donde resulta herido. Con San Félix se conquista la Guayana. Estuvo en Carabobo y en la campaña de Coro. Después de la guerra se retira a Atarigua. En 1830 acompaña a Castañeda en su oposición a que se desintegrase la Gran Colombia. Forma parte del Partido Liberal en 1835, y fiel a esta causa falleció.

Teniente: Luciano de Samuel y  Baños

Era hijo del comandante José de la Trinidad Samuel Pernalete. Estuvo con Ribas en Niquitao y Los Horcones y en la Campaña de 1814. En 1815 milita en las legiones de Apure del general Páez y bajo su mando asiste a la Batalla de Carabobo el 24 de junio de 1821. Fue uno de los cien lanceros apureños del coronel Elorza, que guiados por Páez, dieron el asalto a Puerto Cabello, último bastión realista en Venezuela.

Terminada la guerra se radica en Barinas, donde funda el Partido Liberal en 1846. Fue gobernador de Apure y Comandante de Armas de Barquisimeto. Durante la Guerra Federal estuvo al lado del General Ezequiel Zamora Correa. Murió en Barinas como General de la Federación Venezolana.

Como dato resaltante es necesario destacar que ninguno de los héroes epónimos de la Ciudad Procera de Carora, el General de División Juan Jacinto Lara Meléndez y el General de División Pedro León Torres no participan en la Batalla de Carabobo, puesto que en 1821 luchaban ambos patriotas caroreños por la libertad de Nueva Granada, Colombia. Juan Jacinto Lara Meléndez se encontraba en las operaciones de Santa Marta, Riohacha y Valledupar, al mando del Coronel Mariano  Montilla y Díaz Padrón. El General Pedro León Torres Arriechi estaba en territorio neogranadino bajo las órdenes del Libertador, en lo que se conoce como Campaña del Cauca, participando en las Batallas de Pitayó de 1820 y en la de Geno en 1821. Al año siguiente, el 22 de agosto de 1822, morirá Torres a los 34 años de edad, tras recibir mortales heridas en la Batalla de Bomboná este portentoso soldado de la libertad suramericana y que espera ver repatriado sus restos mortales a Venezuela.

Referencias.

Diccionario de Historia de Venezuela. Fundación Polar. Caracas, Venezuela, 1995. 4 volúmenes.

Zubillaga Perera, José María. Procerato caroreño, segunda edición. Tipografía El Impulso. Barquisimeto, Venezuela, 1941. 172 páginas.

Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

 

martes, 19 de enero de 2021

Por qué fue quemado vivo Giordano Bruno


En el año 1600 fue quemado vivo el filósofo neoplatónico, teólogo, poeta y astrónomo italiano  Giordano Bruno  (1548-1600) en una plaza pública, el Campo de las Flores, en la Ciudad Eterna, Roma. Fue juzgado por la Iglesia Católica y ejecutada tan bárbara acción que aun hoy lamentamos, por el temible Tribunal de la Santa Inquisición, a pesar de ser él mismo miembro de la Orden de los Dominicos.

Le toca vivir a Giordano  Bruno en una época de transición de la Edad Media a la modernidad como a Galileo Galilei, Descartes y Kepler. El peso de la superstición medieval era tal que la ciencia moderna que estaba por nacer vacilaba y a veces retrocedía. Es una terrible paradoja en la historia del pensamiento que Bruno fuera llevado a la pira el mismo año en que se inicia lo que más tarde habrá de llamarse el Siglo de la Revolución Científica, esto es, el siglo XVII. Un mundo conceptual que fue construido por los físicos y su más excepcional creación:  el método científico que se abría entonces camino en medio de enormes dificultades a vencer. Bruno es indiscutido precursor de tan importante siglo que es como partero de la modernidad.

Bruno militaba en lo que se llamaba hermetismo renacentista neoplatónico. Allí estaban Ficino, Pico de la Mirándola, Agrippa, Campanella y Bruno. Este movimiento, escribe el mexicano Octavio Paz, se expande por Europa, inspira a las Academias francesas, al mágico isabelino John Dee, y a los rosacruces de Alemania. A través de las sectas ocultistas y libertinas esta corriente entronca con el movimiento socialista, Fourier, y con el pensamiento poético moderno, de los románticos a la poesía contemporánea. La religión de los astros de Bruno y Campanella es el origen común del socialismo y la teoría de la correspondencia universal sostenida por los primeros románticos alemanes e ingleses, Nerval y Baudelaire, los simbolistas, Yeats y los surrealistas de Breton. La sociedad de los astros es el doble arquetipo de la sociedad política y de la sociedad del lenguaje.

En el hermetismo neoplatónico renacentista había una mezcla de platonismo e ideas del antiguo Corpus Hermeticum y la Cábala de la tradición judía. Había una visión mágica que convivía con la nueva ciencia de la astronomía, la física y la alquimia. Ciencia y magia estaban tan imbricadas que resulta imposible separarlas. El empirismo y la manipulación de la materia de la alquimia preparó la ciencia moderna.

Bruno hace suyas las ideas del polaco Copérnico y les da por primera vez una formulación filosófica. Al mismo tiempo se vale de la nueva astronomía y de la nueva física para justificar a la magia. Además, hay un pacto entre hermetismo y egipcianismo.  Bruno dice: Egipto la gran monarquía de las letras y la nobleza, es el padre de nuestras fábulas, metáforas y doctrinas. Los jeroglíficos son el lenguaje de los dioses. Bruno, Pico y Ficino creían que el cristianismo se había apropiado de los antiguos ritos y símbolos de la antigua religión de los astros y los había deformado, creencia que le costó la vida a Bruno. La egiptomanía es una de las enfermedades intelectuales del siglo XVII. Una obsesión que llega al iluminismo del siglo XVIII y el romanticismo del XIX. A ella le debemos La flauta mágica de Mozart.

El humanismo renacentista descubrió a Platón, Plotino y al Corpues Hermeticum, escrito en griego antiguo. También desenterró a otros filósofos y ofreció a la conciencia europea una nueva y más veraz imagen de estoicos, epicúreos y escépticos. La resurrección de Lucrecio, que deslumbró a al sabio venezolano Lisandro Alvarado, y el descubrimiento del atomismo de Demócrito y Leucipo, que maravillaron al físico germano Werner Heisenberg, fueron determinantes en la evolución intelectual de Galileo y de Bruno, asienta Octavio Paz.

El hermetismo de Bruno era anticristiano: Bruno quería regresar a la antigua religión de los astros, creía que los cristianos se habían apoderado, sin decirlo, de un poderoso talismán de los egipcios, el signo de la cruz estaba grabado en el pecho de la diosa Isis y que los cristianos se lo habían robado. El signo de la cruz era más antiguo que el cristianismo. Para bruno la verdadera cruz era la crux ansata y tenía poderes mágicos, una creencia que consumó su perdición.

Estas extravagantes ideas de Bruno y los hermetistas son poco conocidas. El juicio y muerte de Bruno en la hoguera han llegado hasta nuestros días por otras de sus creencias: postular un Universo infinito y la pluralidad de mundos habitados, ideas que habrán de recibir el aplauso de Stephen Hawking. Es esta una nueva concepción que se atribuye a Copérnico, Galileo, Kepler y otros. Es cierto solo en parte. La verdad es que según historiadores modernos, Arthur Lovejoy entre ellos,  el neoplatonismo fue el verdadero responsable del cambio. Esta corriente filosófica y espiritual que había sido reprimida durante toda la Edad Media pero a fines del siglo XV regresó con extraordinario vigor y conquistó a las mejores mentes del siglo XVI. Al negar a la Escolástica, dibujó otra idea del mundo que se enlazó con la nueva ciencia física y cosmográfica. Los grandes iniciadores científicos estaban muy influidos por el neoplatonismo. Ahora bien, lo que distingue a la imagen del mundo que desplazó al universo ptolemaico finito no fue tanto el heliocentrismo de Copérnico, adoptado más bien tarde, cuanto ciertas proposiciones que no eran, estrictamente, consecuencias y deducciones de la nueva ciencia: la infinitud del universo, la ausencia de centro del cosmos, la pluralidad de mundos habitados. Sin embargo, debemos aclarar que Bruno no postuló un universo infinito por razones que hogaño llamaríamos científicas sino ontológicas, morales y temperamentales, es una idea que contiene un eco de Platón: Todo lo que es, aun lo malo, es bueno.

Estas extraordinarias ideas tuvieron eco en el Nuevo Mundo Americano, la monja novohispana sor Juana Inés de la Cruz las conocía a través del jesuita alemán Atanasio Kircher, un alucinante escritor barroco del siglo XVII que sufría de un egiptomanía incurable. Sor Juana seguramente conoció del juicio a Bruno y Galileo, pero callaba. “No quiero ruidos con la Inquisición”, solía decir esta magnífica poetisa mexicana del siglo XVII.

Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

 

Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...